Erotismo y literatura

                         EL GRAN MODELO[1]
            (Notas sobre el erotismo y la literatura)
                  Marco Tulio Aguilera Garramuño


A lo largo de los siglos el hombre ha intentado dejar un testimo­nio de su existencia sobre la tierra. Las pirámides de Egipto y América, los bisontes de las Cuevas de Altamira, los garabatos de Picasso y las obras de Shakespeare, los graffitis en los baños de las cantinas y las cabezas monumentales en la isla de Pascua, todos ellos son testimonio de una especie de narcisi­simo origi­nal, de necesidad de reconocimiento de artistas anónimos y de culturas civilizadas. Los escritores no somos ajenos a esta necesidad. Más bien, por el contrario, somos testimonio de una tendencia megalóma­na a dejar un territorio orinado que nos permita vivir más allá de la muerte y más allá del espacio físico en que habitamos. El hecho de tener hijos es la forma más elemen­tal de perpetuarse. A los hijos se llega por el camino del amor, que bien entendido y desarrollado, debe llevar al erotismo. Y estos son los grandes misterios que han movido los actos del ser humano. Es cierto: uno escribe para ser amado --hay quienes escriben para ser odiados, como el Marqués de Sade, pero terminan siendo amados porque nunca falta en el amplio espectro de la naturaleza humana quienes adoren lo que se parece a sus sueños más negros-- y sólo amando se puede llegar a escri­bir algo que trastorne la naturaleza que se nos fue dada con tanta castidad y fragor. Sólo destruyendo el orden original se puede construir un nuevo orden. He ahí la razón de la sataniza­ción a la que son sometidos los escritores, de la lucha eterna entre el orden de lo establecido y el nuevo orden que pretenden instaurar los artis­tas.
  El erotismo ha estado presente en la mayor parte de los actos del ser humano. El erotismo es la magia al alcance de todos. Hay erotismo en el trazo de las grupas de los bisontes y en las obras más abstractas, en la arquitectura del Empire States Building y en las tiendas de los indígenas iroqueses. Las culturas son más o menos eróticas cuanto más se alejen de la animalidad y más se acerquen a la imaginación. Las obras que trascienden son las que hacen palpitar nuevas criaturas sobre la tierra, las que se convierten en un llamado al principio incomprensible, las que nos hacen compartir una emoción, aunque sea la emoción de lo inédito y desconocido. Y toda emoción --más allá de las simplificaciones que parten de las lecturas leves de Freud, el funcionalismo, el conductismo y todos los ismos que ya parodió Cortázar-- está cargada de erotis­mo: de una fuerte tendencia hacia un objeto o persona, hacia la aprehen­sión de  un sector de la realidad, hacia la comprensión y pose­sión de algo de lo que carecemos.  El erotismo es la historia de una carencia, la fábula de la lucha por satisfacerla, es el amor a lo desconocido que en cualquier momento puede brotar del ser que nos acompaña.
  En "Clemencia ojos de Cierva" uno de los primeros cuentos que escribí hoy descubro la transparente necesidad de apropiarme de un trozo de vida que perdí en mi pubertad. En el cuento yo trataba de descu­brir el secreto que ocultaba una mujer, casi una niña, Clemencia, que encarnó en ese entonces --cuando yo tendría acaso 15 años-- a todas las mujeres. Resulta que Clemencia poseía --o yo creía que poseía-- algo que a mí me hacía falta: una sabiduría del mundo y un descubrimiento del cuerpo. Nunca alcancé a acercarme a la Clemen­cia real, pero mucho años mas tarde, cuando comencé a escribir, supe que sí podría poseer a Clemencia y ponerla a mi servicio, bajo mi capricho, porque ya Clemencia no era un ser real y concreto, sino una criatura de mi memoria, y luego, de mi imaginación. (Los escrito­res son como los primiti­vos, que por medio de dibujos tratan de atrapar las criaturas que se les escapan en la realidad).
  He sido un lector voraz e indisciplinado, pero de todos los libros que he leído sólo unos cuantos han dejado un sedimento que sirvió de tierra nutricia para mi literatura, una literatura cada vez más marcada por una especie de Weltanschauung fundamentada en el universal dominio del erotismo. Reconozco mi heredad. Perte­nezco a esa clase de escritores que como Proust, Miller, Durrell, Lawrence, se dejan llevar por sus torrentes interiores y se entregan con el cuerpo abierto a sus lectores. Soy de los que pueden sacrificar cualquier cosa de su vida personal para confi­gurar su propia obra. Poco de lo que yo haya escrito pertenece a un territorio ajeno a mi propia persona. Lo que invento en el papel es lo que vivo, invento o imagino en mi vida cotidiana. De modo que mi literatura no es otra cosa que una serie de variacio­nes sobre mi propia existencia. Mis libros configuran el mapa de mis obsesiones y ni siquiera vale la pena ocultarlo. Y si hay excesos en lo que escribo, ello se debe a que yo mismo soy un excesivo, un desaforado: todo lo quiero hacer en grande: comer, beber, correr, escalar, escribir, pelear y, naturalmente, disfru­tar de los dones del cuerpo.
  Hasta el momento no ha habido un crítico que haya seguido el hilo rojo de mis motivaciones personales para escribir como Peter Broad. Según él, ha habido un ascenso en mi literatura, desde una especie de elementalidad, hacia una complejidad en la comprensión del erotismo y el amor. Entre los juegos elementales, irraciona­les de dos adolescentes resentidos en una casa solitaria, que fueron tema de "Clemencia ojos de Cierva" y la construcción de una mitología erótica llena de edificaciones estéticas e intelec­tuales, que aparece en Mujeres amadas y Los placeres perdidos, ha pasado mucha agua, calma y turbulenta, bajo el puente de mi vida. Más o menos veinte años separan a ese cuento de la más reciente novela.
  No es un misterio que lo que se gana en sabiduría se pierde en candor. Pero tampoco es una regla general. ¿Cómo concebía el amor y el erotismo ese muchacho de veinte años que escribió "Clemencia ojos de cierva?" Me atrevo a suponer que como una masa amorfa en la que no se diferenciaba --porque no entendía, porque carecía de la experiencia-- entre amor y erotismo. Todo lo que el protago­nista sentía hacia Clemencia era una fuerza gravitacional en cuyas raíces se hallaban varias fuerzas succionantes: la belleza física, la simpatía, la necesi­dad de entender qué son las muje­res, la complicidad, el encanto de romper con ciertas barreras y la obligación de cumplir con los ritos sociales, la obligación de acostarse con una mujer para alcanzar el estatus de macho y develar de paso uno de los más grandes misterios de la naturaleza humana.
  En Los placeres perdidos --una novela escrita veinte años después del cuento de "Clemencia" --se da entrada a un nuevo erotismo, que además de tener algo de caballeresco, da gran impor­tancia al juego: se crea una unidad hombre-mujer que se permite trasgredir todas las reglas para crear su propio univer­so. Ya no es la necesidad de cumplir con ritos impuestos, sino el imperati­vo de fundar una nueva irracionalidad. Romper con un mundo preestablecido y fundar una nueva utopía, en la que la unidad será ya no la colectividad, sino la pareja, y un nuevo tipo de seres, los frenápteros, que son los imaginiativos, los amorosos por excelencia, en contraposición a los frenolitos, seres de mente petrificada.
 Cómo encaja esta obsesión por el erotismo con la época contem­poránea en la que cayó la cortina de hierro, se rompió al bipola­ridad del mundo, se acabó el optimismo por las revoluciones, pasó el entusiasmo del boom, Europa se unificó para defenderse de los metecos; Estados Unidos, México y Canada se proponen unirse para formar un nuevo club de ricos y dejar fuera de sus murallas a las hordas de los miserables al sur de la nueva frontera?
  Es claro que ya casi ningún escritor latinoamericano quiere escribir un Ulises o una Divina Comedia y que muchos se conforman con géneros menores, con literatura intimista, literatura negra, o se vuelcan hacia el relato de las pequeñas historias de sus vidas. Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, Donoso, Cortázar, Carpentier, emprendieron obras universalizadoras, epopéyicas, enciclopedistas, correspondiendo a un período optimista de la historia de Latinoamérica. Sus libros fueron traducidos y leídos en gran parte del mundo, porque Latinoamérica estaba de moda. Era divertido para los lectores norteamericanos y europeos leer sobre realidades exóticas, coloridas, mágicas. Luego, ya perdió presti­gio ser latinoamericano. Vinieron el narcotráfico, la guerrilla, la corrupción y terminó el auge. Pasó el tiempo de los dictado­res, esa noche triste que duró más de una década. Retornó la democra­cia, y otra vez estamos poniéndonos de moda los latinome­ricanos. Ahora en la plástica lo que más se vende es arte latino­americano: Botero, Matta, Cuevas, Lam, etc, son nombres respeta­dos y cotizados, en muchas ocasiones más por el valor de sus firmas que por la calidad de sus trabajos.
  Es claro que ya no hay una corriente, ya no hay una unidad ni una tendencia ni una asociación ni metas comunes, ya no hay un aparato publicitario que promueva nuevos escrito­res. Las edito­riales son cada vez más mezquinas y lamentosas. Cada quien se rasca sus propias pulgas. El mercado de la litera­tura se ha anquilosado en cinco o seis nombres, a la manera de las trasna­cionales. García Márquez es a la literatura lo que la Coca-Cola al mercado de los refrescos. Se le consume no por su calidad sino por el bombardeo publicitario que lo sigue a todas partes. Lo curioso es que con todo y eso, García Márquez haya seguido produciendo buena literatura, algo complaciente y conven­cional, pero todavía legible.
  La profesión del escritor sigue siendo heroica no solo en Latinoamérica sino en todo el mundo. Es la profesión del humilla­do y ofendido, del perro bajo la escalera. Y en este esquema a veces un poco desolador, qué papel tiene un escritor colombiano que vive en México y  dirige una revista científica. La verdad es que mis proyectos no son humil­des de ninguna forma: escribo sobre mi persona y mi entorno, pero de manera tal que mi escritura tenga un sentido universal. ¿Cómo?, si vivo en una ciudad peque­ña, lejos de la acción. ¿Cómo puedo participar en la historia? La única forma en que he logrado solucionar este enigma es inscri­biéndome en la corriente de la literatura universal, asumiéndola como una aventura, comparando mi vida con la de Miller, Durrell, Lawrence, Schepenhauer, Leonardo, Miguel Angel, para tratar de darle estatura a mi espíritu y dimensiones heroicas a lo que escribo. Si no puedo luchar en las guerras del Peloponeso ni ayudar a liberar a Helena de Troya, ni estar en la Batalla de Lepanto, ni correr para la presidencia de mi país, ni estar a la mesa con Mitterand y Fidel Castro, sí puedo invitar a mi casa a Sir Richard Burton, a San Agustín, a Paganini y a Beethoven. No me quejo. Tengo buenas compañías.
  Con estas ideas me consuelo. Y escribo con ganas y rabia y absoluta sinceridad: no lo que vivo, solamente, sino lo que imagino. Y en estos tiempos de pequeños proyectos, de pesimismo, del sida y la desilusión, de cambios de clima, me he lanzado a una aventura que podría compararse con un recorrido por el Amazonas o el atravesar a nado el estrecho de Bering: estoy escribiendo una novela de amor en seis tomos que he titulado El libro de la vida. Proyecto absurdo, sin duda, anacrónico, pero que voy a coronar antes de cinco años. Ya debió aparecer en Colombia el primero y el segundo libros de la serie. El primero está a punto de aparecer en México. El tercero lo acabo de concluir. Cuarto y quinto están en borradores avanzados. Y ya estoy conclu­yendo la primera versión del último. Lo dicho: quien no nada contra la corriente nunca va a encontrar what is all this fucking ling of life about.
  La mera verdad es que yo no busco otra cosa que entender de qué se trata este asunto de la vida. Pero para llevar a cabo una búsqueda semejante debo comportarme como un niño ingeniero, que desarma todas las piezas de la vida y de su vida, para volverlas a armar a su leal entender. No es otra cosa la creación: un tomar las piezas de la naturaleza, desordenarlas y volverlas a ordenar. Oficio de competencia con Dios, ni más ni menos, pero oficio honrado y feliz. De los mejores, si no el único digno de quien aspire a cumplir a plenitud su naturaleza.
  Virginia Woolf escribió "Napoleón y Mussolini insisten con tanto énfasis en la inferioridad de las mujeres, porque si ellas no fueran inferiores, ellos no serían superiores". Y explicó que si las mujeres no habían producido obras a la altura de Shakes­peare, ello se debía al hecho de que casi nunca tuvieron una habitación propia. ¿Será cierto? Tal vez. Tal vez no. El orden de la naturaleza fija la existencia de extremos, y entre éstos el de lo femenino y lo masculino, son ineluctables. El caso es que las mujeres más que grandes productoras de literatura, son grandes generadoras de ellas. Sin las mujeres serían inconcebibles las obras maestras de la literatura. Para mí las mujeres han sido la gran clave del misterio del mundo. Ellas parecen cifrarlo todo. Y ello es así porque la mujer es el gran arquetipo: ella es la muerte del narcisismo, la motivadora de la guerra, la conquista superior, el gran símbolo, la mujer es el conocimiento, pero también lo incognoscible (las mujeres son como los sueños: siempre habrá un estrato de ellos que nunca podremos desentra­ñar).
  Apelaré a una anécdota tomada directamente de una agencia noticiosa. Sharon Stone, protagonista de la película Basic instinct contó a los periodistas  que cuando el director de Silver le pidió que hiciera una escena de mansturbación, le mostró la foto de un hombre desnudo y le dijo que si la miraba mientras lo hacía sería más convincente. Sharon Stone cometó: "¡Qué poco entiende ese director a las mujeres! Para nosotras la mansturbación no tiene nada que ver con el sexo, sino con otra cosa: un testimonio triste de su soeldad, una delicada necesidad física, muy privada, que despierta compasión".
  En nuestra cultura falócrata, la mujer pasa por ser siempre la Gran Víctima.  Pero ella es en realidad la muerte del macho, la verdadera vida, la mujer es la paz espiritual, pero también la fuente de toda posible depravación y perturbación. De la mujer --como de Dios-- no se puede establecer ciencia alguna. Sólo se puede escribir y crear y bailar en torno a ella. La mujer ha resistido todos los embates: de la biología, de la hermenéutica, del marxismo y del psicoanálisis. Después de cuarenta siglos de civilización y de mil siglos de cultura, la mujer sigue intacta, opaca a todo saber. Ella es el reducto de lo estético y el refugio del encanto que guarda la naturaleza humana. Si el mundo estuviera integrado solamente por hombres, ya se habría acabado el arte, la religión, la felicidad. Pero, como la naturaleza es sabia, si no hubiesen existido las mujeres, algunos hombres se habrían meta­morfoseado para conver­tirse en hembras y guardianas del miste­rio. El erotismo es el gran umbral que nos acerca a la mujer. Y al acercarnos a la mujer, nos acerca a nosotros mismos. Y al acer­carnos a nosotros mismos, nos acerca a Dios,  a la muerte, a la serenidad y a la paz. Pero mientras no lleguen todas estas paradisiacas expectativas, viviremos en guerra perpetua contra la mujer, es decir, a favor de ella. Escribe el poeta Hierro: Serenidad para el muerto, yo estoy vivo y pido lucha. La lucha contra la mujer es el modelo, a escala doméstica, de todas las grandes guerras. Entender a la mujer es comenzar a entender la vida. No es otra cosa lo que intento hacer en lo que escribo.




    [1] Conferencia con la que Marco Tulio Aguilera inauguró el XIX Congreso de Literaturas Hispánicas organizada por la Universidad de Indiana en Pennsylva­nia. Pronunciada el 17 de octubre de 1996. Incluida en el volumen Poéticas y obsesiones, Universidad Veracruzana, Colección Biblioteca, 2a ed. 2010.

Marco Tulio Aguilera

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