VILLAMUELAS, VALSES EN PIZZICATO Y EL NEGRO VLADIMIRO

Capítulo 29 de la novela Historia de todas las cosas 

Con el edificio de Pascual el asunto fue diferente. Cuando terminaron de construir su casa faltaba un carpintero que se había quedado en el interior arreglando una puerta descuadrada, y por más que lo buscaron y le gritaron, no pudieron hallarlo. Desde ese día el villamuelino supo que el arquitecto no le había construido lo que él quería, un establecimiento funcional y cómodo, sin complicaciones, sino precisamente lo contrario, un entreveramiento de corredores, habitaciones, puertas y ventanas, que carecía del más elemental sentido y supo que su edificio no era algo corriente, sino una especie de casa de sustos en la que bastaba entrar para sentirse inquieto, como si existiera algún odio pegado a las paredes que se fuera segregando lentamente con el paso del tiempo. Pero Pascual no era español por haber nacido en Villamuelas, tierra de muchas caries, sino porque era terco, más terco que una mula encinta y se dijo que podía tener la mera sucursal del infierno encerrada en su casa pero no se iba, y para hacer rabiar al espíritu, al engendro maligno, al enemigo malo, o a lo que fuera, montó un restaurante donde vendería celebérrimas salchichas, butifarras catalanas, lechoncito belga y sobre todo unos ravioles muy sabrosos por lo sucios y sabrosos. Su especialidad más conocida y apreciada era la pimienta de cucaracha. Y lo más digno de loa era este detalle: ni el más leve ingrediente de sus recetas era secreto: allí los clientes sabían lo que estaban comiendo porque podían ilustrarse gracias a cartelones muy bien escritos, que incluían fotos minuciosas de los platillos y sus públicas recetas. Que la mugre es muy buen condimento, decía, la mejor vacuna, y si no miren a los pobres, que todo lo saben: comen hasta mierda y hay que ver cómo les aprovecha: van directo a la sepultura sin mucho gasto de recursos naturales agotables, eso es dignidad, sí señores, decía el villamuelino. Pascual, con su cachucha y su pañuelo de caricatura y su camiseta a rayas horizontales y su pantalón ceñido de torero, tenía también sus momentos filosóficos, y aunque pretendía crear una especie de merendadero familiar, donde se llenaran las barrigas los más esquilmados, pronto fueron llegando los ricos, entre ellos Óscar Pedernera, que hizo una fortuna fulminante. De ayudante de bus pasó a conductor. Se dice que antes fue arriador de cerdos. De conductor de bus a propietario. Se rumora que desbarrancó en el Cerro de la Muerte al dueño auténtico de la empresa tras una borrachera en la que lo despojó de la factura del bus de escalera. De propietario a arrendatario y así sucesivamente hasta que poseyó medio San Isidro. También fueron asiduos Denario Treviño, que tomó a Pascual como confidente de sus cuitas de amor con Clementina, y Sebastián Pereira, mesurado y calculador, que había aprendido más del matrimonio que de Alcalá de Henares, Salamanca y Harvar. Cuando la mujer habla el hombre calla y los ¿? salen ganando, acostumbraba a decir el eterno proyecto de diputado. Y andando el tiempo, ya viejos y no siendo conveniente que se los viera rondar en torno a mesas de póker, cervezas calientes y ravioles, los que ocuparon las barras y los reservados fueron los hijos, los renombrados Profesionales, en especial Serafín Pereira. Pero sucedió que los clientes ya no se satisfacían con salchichas y ravioles y pedían hacer la digestión practicando abdominales con sus amigas de quince pesos y como Pascual era comprensivo y el infierno tan temido le montaba un cacahuate, diciendo que a él qué diablos le iba a asustar el demonio si había dormido con él dos años en Navarra durante la guerra dizque civil. ¡Infames, cuál guerra civil! ¡Toda guerra es incivil! De Franco. ¿Qué Franco? Ah, Franco, ese hideputa, hipócrita vil y rastrero. A mí con infiernos, coño, recoño, leches y hostias, si San Isidro es el paraíso, qué me voy a estar ocupando de infiernos.Lanzaba besos al cielo. Y mujeres, bah, se las regalo, todas pa ustedes, a mí la paz de mi cama, el sosiego de mi sepulcro y con su pan se las coman.

 Pascual era, sí señor, compasivo y comprensivo, y por eso complació a los machacadores consuetudinarios arreglando habitaciones en las que había camas de somier (y nadie sabía que diablos era eso), papel tualet y baño particular y toallas de terciopelo violeta con bordados en flor de lis de color rosa mexicano. Parece que al inicio lo de Pascual era de un lujo similar al de la primera casa de Clementina, y da mucho que pensar el estado en que, según dicen, ahora se halla. Yo mismo he pedido permiso para ir a visitarla pero no se me ha concedido. Si con dificultad se me permite ir al baño, pero bueno, con mi limitación me basto, que gracias a una loquilla que conozco y con la que duermo y me levanto, puedo ir a todas partes sin rejas ni permisos y órdenes de alcaldes.

Pero el caso es que pocos llegaron a conocer las delicias de Pascual ya que comenzó a circular el rumor de que los amantes subrepticios se perdían en los corredores intrincados y ni los gritos servían para guiarse pues los ecos repetían no sólo las palabras recién pronunciadas sino las dichas en épocas remotas, y sugieren los conocedores que quien se dedicara a recopilar y estudiar las voces bien podría escribir la historia arcaica de San Isidro de El General y aclarar de una vez por todas unos cuantos enigmas pendientes: 1. ¿Quién era ese bendito general que no dejó, aparte de su título, general, un solo recuerdo y únicamente legó un orgullo flotante y corrosivo a los isidreños? 2. ¿A qué se debía el hecho de que las prostitutas hubieran estado presentes, siempre prósperas y en flor, a lo largo de tantos años, incluso en las temporadas de prohibición draconiana en las que hubo hasta penas de estupro masivo y leña verde? 3. ¿Por qué la piedra del Cerro, a pesar de inclinarse a lado y lado con los ventarrones y a pesar de aumentar su inclinación año con año, nunca se caía? 4. ¿Dónde estaban todos los negros lindos que vinieron con la primera carretera? Y, sobre todo 5. ¿Por qué había tantas, pero tantas, tantísimas mujeres de belleza espantosa, insoportable, perniciosa, aletargante, que convertían a los hombres emprendedores del pueblo en simples conductores de carretas floridas, celebrantes del amor, del placer, del ocio y la garrulería?

Ante el hecho de tener un averno doméstico en el local donde había decidido hacer su vida, Pascual no se amilanó. Lo primero que hizo fue estudiar los vericuetos para hallar caminos de salida y ya con los planos en la mano se dedicó a pintar flechas que sirvieran de guía a los descarriados. Aún así, los lugareños, salvo contadas excepciones (Serafín Pereira, La Sietecolores, el marino Eric Huurensohn y Violeta, luego apodada la Malandra, hija de la Musoc) temían ir más allá del salón que servía de restaurante y ninguno que tuviera más de dos dedos de frente se hospedaba allí, o usaba las habitaciones para hacer un día de campo con su novia.

Pero sólo fue años después de la inauguración, cuando la noticia de que en San Isidro había una casa encantada se esparció. Por lo pronto, y dos días después de la desaparición del primer carpintero, Pascual decidió estrenar su mansión a todo bombo. Era martes trece o domingo siete (las versiones se contradicen) porque aunque la fecha fuera de mal agüero al villamuelino le importaba un cohombro y un pepino y una zarigüeya, aún más, parece que lo hizo a propósito pues afirman que le gustaba retar a la mala suerte y no desperdiciaba ocasión para pasar debajo de una escalera, romper espejos o regar sal, coleccionaba gatos negros y todo tipo de fetiches que conseguía en el Barrio del Cementerio o en el mercado. Nadie sabe si es cierto lo del odio pegado a las paredes, algunos suponen que toda esa farangalla era un invento fraguado por un empedernido lector de obras malditas o que la fementida costumbre de guardar ídolos le hacía imaginar desgracias constantemente, y otros más tendenciosos, dicen que tenía una secreta afición, un gusto por las atmósferas asesinas, e incluso comentaban que tramaba horrores e impulsaba a los muchachos, a Serafín, al marino hijueputa y la Malandra, a cometerlos, o que mataba niños para cortarles los dedos y así fabricar sus famosas o siniestras salchichas con pimienta de cucaracha, de modo que cualquiera estaba expuesto a encontrar una uña en lo mejor del bocado como en una novela de Curzio Malaparte que me envió la admirable y desconocida poetisa payanesa.

Aunque Pascual no conocía a nadie en el pueblo, hizo una invitación pública para inaugurar la construcción.

Conozca a Pascual


rezaban las pancartas en forma de emparedado que le colocó a Alexis, Príncipe de Mónaco, quien, de acuerdo a los chismes, únicos documentos asequibles en un pueblo de fin del mundo donde no había registro civil, era en realidad hijo de un conde español llamado Quincuagésimo de Montalbán de la Reguera, el cual, viendo la calidad de cretino que había engendrado, viajó hasta América, bajó en un puerto de negros y turcos y españoles y árabes y la madre entera, tomó un autobús hasta la meseta, luego otro vehículo destartalado y sin techo rumbo al Cerro de la Muerte. Bajó el noble caballero descastado al valle con su manso menso bien abrigado. Él, con una pulmonía cuaternaria, tuvo que pernoctar casi tres meses de fiebres y vómito, hasta que se recuperó y después se despidió de su vástago. Lo abandonó en el sitio más alejado que pudo encontrar. Y aquí el muchacho se dedicó a conversarle a las paredes sobre no sé que castillo y no sé qué doncella defenestrada, y las hermosísimas del pueblo, hallándolo muy parecido en todas sus partes menos en las patas a los príncipes de cuentos, dieron en la costumbre de acariciarlo y convertirlo en una especie de animal amoroso y sentimental que haría cualquier cosa por complacerlas, por dura que fuera la faena. Historia bastante poco edificante no pertinente agora. La que estábamos contando era atinente a la inauguración del edificio de Pascual y la llevábamos por el extremo donde el villamuelino colocó dos cartones para que el bobo los paseara por el pueblo y los tales cartones iban el uno en la popa y el otro en la proa. Y como le dificultaban el caminar, Alexis, con la deslumbrante lucidez de los idiotas, optó por colocárselos de lado, sobre los dos brazos, y como los cartones siguieron balanceándose, arriba-abajo-arriba-abajo, de pronto se descubrió pájaro y salió corriendo. Movía tan rítmicamente las alas que los niños (Epaminondas, Bogar, Betoben, un tal James Po, el Palomo, amistados por esa ignorancia de la connatural maldad del género humano a la que llaman infancia) lo siguieron largo trecho para ver si levantaba vuelo y efectivamente vuelo levantó pero no hacia arriba, sino hacia abajo pues cayó en un barranco abierto al borde de la Cuesta Pedregosa y se reventó el correspondiente hocico. Oh Alexis, a pesar de su fracasada vocación ornitológica siguió conservando virgen el sentido del deber y como el caballo prieto azabache se dijo que podía ser o parecer todo lo taradito que quisieran pero cuando le encargaban una misión la cumplía por sobre todas las cosas. Levantóse entonces con sus alas enderezadas como Dios le dio a entender, desanduvo la empinada ruta del barranco rumbo a la superficie, recorrió el Barrio de Liceo, regresó a la Panamericana, enrumbó al Cementerio, bajó la Cuesta Pedregosa, dio varias vueltas al parque corriendo y gritando entre sudor y sangre

conozca a Pascual

nosca a bascual



hasta terminar aullando

mosca en la sal


con los cartones pegados al cuerpo en el Bar Tico donde culminó su periplo y echóse a dormir amparado por brazos maternales y etílicos en la cama de una suripanta compasiva en disfrute de su merecido recreo.

En mientras el villamuelino desarrollaba una actividad frenética: adornó la sala de la casa, que todavía no tenía trazas de devenir en restaurante, consiguió mesitas prestadas en el Restaurante de los Camioneros, roció el piso, costumbre de piratas devenidos dueños de fonda, con vino amoroso, colgó cintas con los colores heráldicos de la sin par Villamuelas y contrató música. Esa fue la parte más ardua de los preparativos. Casi nadie sabía de músicos todavía. Tuvo que recorrer muchos barriales bajo una lluvia pertinaz que hacía más húmedo el calor y más caliente la humedad, antes que le soplaran que por la Cuesta Pedregosa vivía un chavalillo que fabricaba armonías con un instrumento maullador. Así le dijeron. Hacia allá se dirigió. A medio camino se quitó los botines charolados de cordón hasta la canilla y los guardapolvos de gamuza. Se arrolló los pantalones encima de las rodillas. Entró a una covacha al lado de la cual se estaba desperezando una gran construcción de madera muy similar a su propia casa. Y allí, ¿qué vio? Un majo grandísimo, de pelo vertical a pesar de los litros de grasa de cerdo que aglutinaban los mechones apestosos como vellón de carnero viejo. Reclinaba la cabeza sobre un pañuelo que estaba extendido sobre la quijadera de un violín sobre cuyas cuerdas brincaba un arco como la prolongación de la mano y el brazo mismo, ora apasionado, ora violento y lento, como el discurrir de un río que parece no avanzar y cuyo estruendo de aguas sin embargo escuchamos, mientras las facciones del muchacho se contraían y distendían al ritmo de una melodía endiablada, y tal parecía que al engendro aquel le estuvieran sacando las cuatro muelas del juicio y al mismo tiempo toda la horda de maestras del placer le estuvieran exprimiendo hasta las últimas gotas del fundamentum inconsumptus veritatis.

 Pascual carraspeó. No hubo respuesta. Le tocó el hombro. El sudor empapaba el pañuelo y parecía que la interpretación de la partitura era cada vez más difícil, más placentero y doloroso el trance, más cercano a algún impreciso final. El codo bajaba y subía poco ortodoxamente a velocidades increíbles, el arco saltaba como enviando un urgidísimo mensaje en clave morse. Pascual pu so su mano de manera enérgica sobre el hombro del muchacho.

Con tres golpes de arco impetuosos y teatrales acabó aquello que, bien vistas las cosas, parecía un ejercicio de mímica extrema.

Que necesitaba un músico, le dijo, y el otro, que apenas estaba aterrizando del éxtasis, le respondió que no se vendía. Pascual se rascó la marrullera cabeza, reflexionó un momento y luego, iluminado, le habló de Bach y Beethoven y Van der Kerkof, de Vivaldi, Frescobaldi y Francesco Totti. La receta estaba justa a la situación y en la dosis adecuada. A las ocho tuvo música esperando sobre una silla y dos botellas de Marqués de Rascail sobre una mesa haciendo el papel de atril. El resto de los preparativos estuvo a punto a las ocho y cuarto. A las ocho y media el villamuelino se asomó en busca de la multitud que iba a gozar de su dadivosidad. A las nueve la llovizna impertinente se estaba poniendo seria. El villamuelino miró al cielo y puteó a todos los santos. Entró de nuevo y le preguntó al muchacho (cuál es tu nombre, Rey David) qué clase de pueblo era ese donde la gente no asistía a las fiestas de regalo. El músico le respondió, como era tradición, que San Isidro de El General no era un pueblo, sino una ciudad, y no una ciudad cualquiera, sino una ciudad de un género muy especial, donde sólo había prostitutas, beatas, camarajunioristas y los demás eran solamente imágenes inventadas por quién sabe qué orate para desorientar a los turistas. Pascual se acercó al músico mirándolo a los ojos para ver si descubría en ellos la chispa de la insania o la opacidad de la broma y halló únicamente un par de enanos mágicos y escuchó la voz quebradiza del hombre que le decía.

 —Entre usted y yo hay algo especial.

 El villamuelino se estremeció y prefirió ocuparse de las salchichas y butifarras catalanas, el hielo y las bebidas. Sintió retumbar el mundo bajo el impacto de un rayo de Dios que convirtió en oro todo lo visible y por un instante permitió ver lo invisible. Cuando salió de su estupor y del reconocimiento de que hasta lo más insignificante poseía una belleza de muerte, se asomó de nuevo a la puerta. La lluvia pintaba de rayas casi sólidas y continuas el cielo y por la Cuesta Pedregosa bajaba un torrente de barro que comenzaba a anegar el parque.

—Y dicen que antes no se conocía la palabra pecado en San Isidro —dijo Pascual.

A las doce de la noche el villamuelino estaba arranado y amojamado a la puerta de su casa, con la quijada entre las manos, pensando en cuánto había dejado abandonado en la incomparable Villamuelas, donde era cierto que tenía mala fama, cicatero le decían, pero por lo menos estaba entre gente alegre y dicharachera, entre vaqueros con vacas y pastores con cabras, que no despreciaban una buena bota de vino aunque estuviera medio agrio, y recordando también su llegada a este país de nombre tan promisorio y después su peregrinación por los pueblos donde lo recibían el alcalde y el cura y le pedían noticias de la madre patria, o hacía discursos políticos que en más de una ocasión lo pusieron en aprietos con otros españoles renegados y renegridos de sol, pero generalmente las lindas del pueblo le guiñaban ojo y medio y los niños lo seguían y tantas cosas que le sacaban lágrimas al compararlas con la indiferencia de este lugar al cual había caído atraído por leyendas engañosas de impunidad y amnistía y bienfacencia.

Estaba ya lo estaba cabalgando la yegua de la negra melancolía cuando acertó a pasar Vladimiro, calado hasta los tuétanos pero ebrio de lluvia y vigor, cantando y haciendo de la vida un espectáculo y era como si lo estuviera siguiendo una compañía de cómicos y filarmónicos y frenápteros, pues decía al viento que había llegado con su Niña Blanca a la cifra de siete negritos más cinco mulatas más dos pares de gemelos del todo blancos, todos enteritos de sus partes, hermosos y sanos como un batallón de soldados acuartelados y sin guerra.

Vladi se allegó hasta el alero de Pascual y entonces fue cuando el villamuelino concibió la idea de cachetear a la fortuna y vengarse de los generaleños: la celebración se iba a llevar a un término con un solo y humilde invitado, aunque éste fuera del color de la amargura, y su rencor incubaría huevos de serpiente al calor de las habitaciones escondidas tras las puertas secretas.

Pascual invitó al negro que le pareció el más negro de todos los negros imaginables, un lujo de negro, con dientes y palmas de manos blancos como la primera nieve en primavera.

Invitólo a pasar, dije, explicándole el motivo de la fiesta y como Vladimiro era de los que entran sin pensarlo dos veces en todas las fiestas y comilonas y en aquellas puertas que se abren en una sola ocasión igual que las fisuras en el universo o las verdades en el sueño, allí se introdujo todo un espectáculo de músculos de pantera destellando en la noche a la espera de algún suceso interesante. No se atrevió a preguntar al hombre de la boinita y el calzón de puto si se llamaba Crisóstomo Reflejo, pero hasta el final conservó la sospecha. Tengo mucho gusto del disgusto de conocerlo, dijo Vladimiro, cosa que el villamuelino entendió como sabiduría vernácula.

Pascual se dirigió al músico y le dijo que se fijara, que ese hombre no era ni camarajuniorista ni beato ni prostituto y sin embargo tenía características muy poco fantasmales. Rey David estaba verdaderamente muy asombrado y tupefacto. Tuvo que tocar al negro y abullonarle el pelo apretadamente enroscado, tentar la cara de festival vallenato y reconocer las ventanillas amplias de la nariz, los labios explosivos y la piel de entraña oscura.

—De verdad que es un negro, un negro fino, como los de los cuentos o como un rey mago – concluyó-, definitivamente San Isidro está cambiando.

Pascual, satisfecho por el triunfo sobre la fantasía de Rey David, volvió a asomarse para ver si pescaba algotra persona. La lluvia vertical le azotó el rostro y con ella un cardumen de peces bigotones que caían en tupida formanción del cielo sobre la acera formando pronto una alfombra viva, vibrante y repulsiva. Pateó los que pudo y siguió oteando el horizonte. Nada podía sorprender al villamuelino: había asistido a una lluvia de sapos bufo spallanzoni en Asturias y vio caer del cielo una formación completa de golondrinas sobre la capilla de santa Apolonia en su pueblo natal. Iban volando tan sosiegas, dijo, y después de girar en torno a la torre mayor parecieron tropezar con un muro de calor. Cayeron absolutamente todas sobre la plaza y de forma tan simétrica que en el mismo suelo parecían seguir volando.

 A lo lejos, en la oscuridad y ofendidos por las agujas de agua que les daban directamente en los rostros, en la oscuridad del parque, con el barro hasta las canillas, alcanzó a ver a dos figuras que avanzaban tambaleantes discutiendo a gritos bajo la lluvia torrencial y sucia. ¿Qué discutían? Pascual no pudo saberlo debido a la distancia.

Nosotros sí. Discutían a gritos bajo la lluvia sucia la posesión de una mujer. Eran, después se supo, Fermín Fano, el gran ateo, y Ponciano Po, don Tuercas y Tronillos, y discutían, entre trago y trago, si correspondía al hombre apoderarse de una mujer por la fuerza del amor o si más bien llevaba ventaja el que la había ganado por virtud de la institución sacramental. El mo…



Se suspende el manuscrito. Don Garrapata se compromete a buscar el cuadernillo correspondiente para reproducir las partes faltantes. Mientras tanto se permite un ejercicio de imaginación, esperando no ser infiel.



Y también dijo que en realidad San Isidro no existía, sino en la mente de un presidiario que entretenía sus ratos de ocio, que eran todos, entre rejas, inventando insensateces, y que si en realidad existiera, sería muy diferente ciudad: discreta y turística, emporio de empresas, de mujeres sí muy lindas pero también muy mucho decentes. Varonas bragadas, madres de familia tozudas, hembras de ley. Y hombres tesoneros, honestos y respetuosos de las leyes de Dios. Y agregó que tal vez hasta el segundo San Isidro no existiera y ni siquiera el presidiario fuera ente de razón, sino todo ello producto de la mente proditoria de un muchacho greñudo y desgreñado, apodado don Garrapata, quien en alguna oportunidad sí vivió en el San Isidro de la realidad real, quien en sus ratos de inspiración, ya bastante lejos de aquí, dio en la ocurrencia de calumniar a tan alta ciudad, que es hoy en día el orgullo, blasón y bastión y todo lo que quieran de bueno, generoso y noble en un país próspero, pacífico, lleno de seres humanos entrañables.

Se reanuda donde se suspendió. Falsa alarma. No se perdieron páginas, simplemente se cuatrapiaron.



… tivo de la discusión era la fenomenal Marilú, esposa del ferretero, que estando casada con uno, descaradamente decía, y era fama que lo decía con desfacho, estar enamorada del otro. Y como eran tan amigos, la compartían, por lo menos en la imaginación, en los sueños y en las borracheras, y sabían tanto de las costumbres íntimas y privadas el uno del otro y el otro del uno, que a veces se confundían e intercambiaban papeles y el amante sentía celos del esposo y el esposo quería ser el amante y todo de ida y vuelta y nadie entendía en verdad qué embrollo era aquel.

Hasta los dos disputadores se llegó Pascual y con cien zalemas y doscientas promesas los atrajo hacia su casa. Ya allí los dos próceres de San Isidro tuvieron gran espanto al ver al negro Vladimiro sentado muy tranquilamente haciendo bailar a los enanos de sus ojos, sabiéndose bello como sólo un negro puede serlo y aceptando con tranquilidad su destino de amansador de fieras y enderezador de bizcos.



Como podrá darse cuenta cualquier lector atento el negro en cuestión es un personaje que aparece cuando se le da la gana. Antes, en uno de los pasados capítulos, llegaba a San Isidro y se quedaba mirando las torres de la catedral, ahora resulta que vivía allí desde que la construcción se estaba iniciando. Esto sólo puede explicarse por un descuido de Mateo Albán —uno de los innumerables descuidos; veamos otro: ¿cómo podían convivir los niños Epaminondas, Bogar, Betoben, un tal James Po y el Palomo, con el primer Pascual, que fundó su restaurante cuando ellos no habían nacido?—. Sí, podría explicarse por un descuido de Mateo Albán o por un amaño malicioso de los sucesos y los tiempos o por la elemental pereza del escritor que no se ocupó de asuntos cronológicos, aunque no puede eludirse la posibilidad de que Vladimiro fuera uno de los últimos descendientes de los negros angoleños que vinieron forzados a construir la primera carretera y que durante todo ese tiempo, desde la inauguración de lo de Pascual, hasta la época en que ya estuvo construida la catedral, hubiera estado confinado en el Barrio de Arriba, y que ahora, recién abierta la Cuesta Pedregosa, hubiera bajado a conocer la parte nueva del pueblo donde habita la gente de razón.

Queda pues anotado uno de los tantos errores, omisiones o gatuperios que este libro, no se sabe por quién escrito, si por Mateo, por la negra con balcón, por don Garrapata, Benengeli u otro embaucador, reproduce fielmente en el convencimiento de que muchas veces el yerro oculta más verdad que el acierto mismo.



Y en cuanto Fermín Fano y Ponciano Po vieron al negro Vladimiro muy tranquilo, con la sonrisa abotonada en los labios y los enanos bailando en los ojos y supieron que Robustiano no había cumplido con el sagrado deber de salvaguardar la pureza de la raza, pretendieron esfumarse mostrando su indignación, pero Pascual les cerró la puerta y les dijo por hoy están presos en la cárcel del rencor, carraspeó, dirigiéndose a Rey David:

—Maestro por favor toque usted La creación del mundo, si es que la canción existe y si no existe, invéntela.

Y el músico colocó solemnemente el arco ladeado en la tercera cuerda e inició una nota eterna por dulce y necesaria, seguida por dos desgarradoras, otras dos similares y una semejante a la primera, hasta que el tono se fue elevando en melodías que fueron incontenibles, llenas de truenos, relámpagos y explosiones que se mezclaban con cantares de arroyos idílicos y con trinos y rugidos y el pecado tenía su expresión y el misticismo y la vanidad y la corrupción y la fe y la credulidad ingenua y la perversidad inútil, y Vladimiro trataba de ver a través de sus bruñidos y serenos ojos de hombre feliz, no comprendiendo y sin embargo gozando del instante, y los dos amigos medrosamente refugiados en un rincón.

La música se detiene. Vladimiro medita, sonríe de nuevo y concluye sabiamente:

—Es la vida — nada más eso dice-: es la vida. Cosa sencilla, cosa grande.

Pascual intenta decir unas palabras alusivas a la celebración pero descubre que no tiene nada que decir, que todo lo ha dicho el negro. Y desde ese momento comienza a amar a Vladimiro y le escancia los mejores vinos, lo rodea de los mejores aromas y colores, y ¡venga música!, y mientras tanto los dos notables enlagunados en medio de aquel caos impenetrable encuentran un aire de rito fatídico en la escena y se prometen hacer una formal denuncia a la autoridad terrestre competente y a los representantes celestiales y al mirar a Vladimiro lo hallan rodeado por un halo de luz que se les antoja infernal y unas pestes solferinas inconfundibles de coneja en celo y escuchan sonidos tras las puertas y vienen valses, polcas, mazurcas, sonatas y tambitos. Y los amigos negándose a probar una gota de aquellos líquidos mefíticos encerrados el uno en el otro, el tiempo pasando y acercando cada vez más al español y al negro hasta que finalmente se abrazan y lloran de alegría contando glorias pasadas. El uno de elegantes truhanerías por los caminos de España y de hordas de bárbaros entrando en su casa; el otro de fiestas y bailes y cantos y pitos parados día y noche. El resto era gritar ¡música, maestro! Y viene Paganini, pasa Stauss, llega Mosar, hasta que súbitamente algo sucede con esa especialísima prolongación del brazo de Rey David, la seda palúdica y amorosa que acariciaba las cuerdas se distiende y, como un milagro, lo que antes parecía sólido se abre igual que la cola de un pavo real.

—Se está desprendiendo el odio de las paredes —grita Pascual, y le pregunta al músico si es posible seguir fabricando música sin arco. Rey David como quien aquieta las aguas y pone a volar los pájaros dice ¡pizzicato!, y entonces son valses en pizzicato, como a saltitos de rana, pero música al fin y al cabo. Valses en pizzicato, grita el negro Vladimiro emocionado, como si acabara de descubrir agua en el desierto de Sara.

—Si algo ha de de salvar al mundo son los valses en pizzicato —sentencia el negro con una sonrisa de paz y serenidad que podría iluminar la tierra hasta el horizonte. Amén, dice Pascual, tal vez pensando que tenía que ser un negro el que diera justo en el blanco.

Marco Tulio Aguilera

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