Mundo y circo

MUNDO Y CIRCO
Jorge Ruffinelli, Sobre Breve historia de todas las cosas. Publicado originalmente en La palabra y el hombre, 1976.
El título mismo,  Breve historia de todas las cosas, apunta con claridad adónde ha querido Marco Tulio Aguilera Garramuño: en el limitado curso de una novela  de mediana extensión, el narrador busca dar cuenta de “todas las cosas”. Esto es, construir un mundo de personajes, anécdotas, peripecias, conflictos que se multiplican hasta dar la imagen de ese micromundo ubicado sólo en el mapa de la ficción: San Isidro del General. No resulta insólito el recurso, todo lo contrario: vivimos el tiempo de la novela de los lugares míticos: Yoknapatawpha, Santa María, Comala, Macondo, pero en el caso de Marco Tulio Aguilera Garramuño esa “ciudad” tiene ante todo una función urgente y necesaria: hacer que se le dispare la multitud de todo (“todas las cosas”) en el vértigo de su narración.
Y es que la narración tiende a aglutinarse en núcleos convencionales mientras constantemente renueva los sucedidos. Comparte rasgos con varios géneros conocidos pero nunca se asimila totalmente a ellos. “Parece” una novela por entregas, por ejemplo, y la titulación de los capítulos lo está declarando: “7. El premio del Paticorvo Palomo, Fellini contra Santo El Enmascarado de Plata. Los Jueves de El Prado Bar”, “16. Tragedia en dos actos y un descanso. La Sietecolores se viste de yeso. La Musoc y la Vuioleta. El biznieto de William Walker”, etc. Y sin embargo le falta la curva de tensiones, le falta la continuidad típica del folletón.
No es sólo San Isidro del General el núcleo espacial que unifica lo disperso: hay también un narrador. Mejor dicho, un cronista, quien desde la cárcel, desde la tranquilidad del ocio y del encierro, se ha dispuesto a contar cómo nació San Isidro, cómo se fue formando, cuáles fueron sus avatares. ¿Novela picaresca? Este cronista no-participante (o apenas participante) se llama Mateo Albán en transparente alusión a mateo Alemán, el autor de Guzmán de Afarache, pero de la picaresca como género histórico no toma más  que cierto tono y nada de su estructura interna. Si es cierto que la latinoamericana es una novela mestiza, mixtión y apropiación de la variedad, ello lo comprobaría  Breve historia de todas las cosas: a su técnica de aglutinamiento de lo variado hay que sumar el recurso del saqueo de las formas, ya que el saqueo de los temas puede hacerlo directamente a partir de la realidad misma.
A este nivel, al nivel de “todas las cosas” están aquí representadas: el gremialismo, la rebelión estudiantil, las relaciones amorosas, las pandillas, los clubes nocturnos, las orquestas de pueblo, los monumentos, los negros, los judíos, los iluminados y los farsantes, pero nada de ello sin pasar antes por el tamiz del prodigio, de la fantasía, de la hipérbole. Es por eso que  Breve historia de todas las cosas recordará a algunos la fantasía de García Márquez (y anterior aun, la de Jorge Zalamea, con su Gran Burundú Burundá), aunque los antecedentes no valgan sino como observación marginal: lo que importa es la vocación de fantasía (en los parámetros aludidos) que lejos de ser impostada brota del libro como de un manantial.
Por detrás de esta proliferación, que a menudo es riqueza y a veces lastre, alienta asímismo una posición, una toma de partido y una visión de lo real. Es de esas novelas que tienen consciencia de sí mismas (en el texto puede leerse alguna vez la referencia a “esta novela”) y por lo mismo es previsible que contenga su ars narrandi y hasta la visión del mundo que la sustenta. Os momentos claves nos dan ejemplos de eso. Uno, en el capítulo 8, cuando un personaje le reprocha a Mateo Albán la fragmentariedad de sus historias: cuando “el escuchante le tomaba cariño o aversión al negro Vladimiro, por ejemplo, ya el autor lo hacía desaparecer como si fuera un retablo de las maravillas”. A esta objeción Mateo Albán contesta defendiendo a su novela, dice que “el mundo de la realidad es así:  una especie de circo en el cual gracias a las palabras mágicas del anunciador los titiriteros tenían que desmontar rápidamente su industria para dar paso a los domadores y domados, quienes… cuando se les había vencido su tiempo, debían retirarse sonriendo para que entraran los equilibristas de largas pértigas, los payasos con grandes zapatos, los gitanos de oscuras greñas, los faquires mostrando flacos huesos…”, etc. En el capítulo 20 otra objeción se le expresa al cronista: que sus personajes son “intrascendentes” y no grandiosos como Jesucristo, Carlomagno, Julio César o Bismark. “Mateo le respondió desde su mundo torturado. Sonrió débilmente. Sí, eso creí alguna vez. Indudablemente la gloria es un sueño muy bello, pero no deja de ser eso, un sueño, y cuando más grande más irrepetible. La Historia es el lugar de los nombres. Sólo la vida es el de los hombres”.
Si no siempre la novela se asienta en esos presupuestos o a menudo los oculta o los excede en su fárrago dejándonos la impresión –esa sí indeleble—de la vida como circo, es un libro que merece inequívocamente la lectura. Y esa lectura trae el premio de la gratificación por su amenidad.  Novela, entonces, amena y hasta por trechos regocijante; de inventiva ingeniosa y sostenida, con un  humor que cuesta llamar alegre por el rictus que conlleva,  Breve historia de todas las cosas accede a la narrativa colombiana y latinoamericana con brío y un despunte de sabiduría (sabiduría narrativa, técnica, y de la otra: de la vida) y se instala cómodamente en la “nueva” novela con la certidumbre de encontrar aquí a un narrador que con el tiempo, sin perder el brío, madurará su sabiduría.

Marco Tulio Aguilera

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