Pedro Ángel Palou presenta La pequeña maestra de violín

Texto leído durante la presentación de la novela La pequeña maestra de violín en la Feria del Libro Universiario en Xalapa, 2004.

Jalapeño nacido en Colombia, Marco Tulio Aguilera Garramuño es uno de los escritores más prolíficos de la literatura latinoamericana, su libro Cuentos para después de hacer el amor, es considerado como uno de los más importantes del siglo XX en Colombia y su muy particular visión del erotismo en la literatura, lo hacen, ya, uno de los imprescindibles en el panorama literario nacional contemporáneo.
El estado moderno, el orden moral y lo políticamente correcto, asociados, sueñan con que el hombre se convierta en un esclavo total y con que, por lo tanto, sea asexuado. Pero nada impedirá que se sexualice a ultranza: tan pronto como el Estado disponga de técnicas para imponer o limitar los hasta ahora llamados "desenfrenos", el hombre hallará formas de superar las barraras. Es necesario, pues, que lleguemos a un acuerdo: o refrendamos la libre disposición del Ser, o lo pagamos. Esto es odioso, pero esa es la solución que emana del sistema.
El personaje principal de La pequeña maestra de violín (Universidad de Puebla, 2003), que es un "escritor medianamente soportable", como lo dice Trilce, la misma pequeña maestra de violín, vive en función de su erotismo, de su deseo sexual. Las relaciones del escritor --el protagonista de la novela es escritor-- con las mujeres: Bárbara Blaskowitz, madre de Trilce, la misma Trilce, violinista caprichosa, Carmina Ximena, la Princesa de Huamantla, La de los Senos más Eminentes de la Parroquia, y algunas otras, giran en relación con al sexo y sus delicias. Ventura, el protagonista, es un erotómano, un estudiante de las mujeres y sus comportamientos.
La esencia de la obra toda de Aguilera Garramuño me mueve a algunas reflexiones que pongo a consideración para, considero yo, mejor entender su propuesta estética. La discusión que hay para intentar diferenciar entre la “belleza libidinizada” (lo erótico) y la “fealdad funcional” (la pornografía) es gratuita, subjetiva y apenas digna de sacristanes veleidosos. Uno después de otro los libros pasarán por obras eróticas o por obras pornográficas, que no es el caso de este libro, lo menciono sólo para buscar un marco referente. Vaya usted a tratar de diferenciar lo que es pornográfico de lo que es erótico.
El cine sigue siendo joven para suministrarnos referencias al respecto; la literatura ofrece puntos de referencia más seguros. Siempre hubo, en las obras importantes, tal decencia en el estilo, tal inteligencia en la intriga, que ninguno de esos textos podía ser tachado de pornográfico. Agreguemos de buena gana que la falsa necesidad de hacer moral dañaba a todos esos pequeños maestros del siglo XVIII (sin exceptuar a Sade, por lo demás, algo que los censores actuales deberían saber) que por momentos parecen plagiar los más insoportables sermones de Bossuet o de Saint-Just. Pero hay que reconocer que, tras haber ofrecido sacrificio al becerro moralizante, todos esos escritores --digamos desde Brantone hasta Restif de la Bretonne-- consiguen decirlo todo, poco más o menos, bastante cercanos a la fórmula célebre y celebrada: "El libro erótico es un medio cuyo fin es la sensación".
Tomar clases de violín para estar cerca del luminoso objeto del deseo, guisar un revoltijo de cebollas, papas y huevos bajados con vino de alcantarilla, tomar café hasta la gastritis en La Parroquia jalapeña. Eso hace el escritor-narardor. Sí, con tal de estar cerca del brillante objeto del deseo y tener la oportunidad de llegar con él a la cama, a la piedra de los sacrificios, al tálamo del pecado.
La aventura es la seducción, la consecución es sólo el moño de la caja, la cereza del pastel. El juego de la seducción, lo que sucede en la imaginación mucho antes que en la realidad, es la baza importante del erotómano personaje de La pequeña maestra de violín.
Generalmente, en este libro no es el caso, el pretexto moralizante de los escritores libertinos se convierte en pretexto científico en los escritores eróticos: el filósofo se vuelve médico. Y al carecer desesperadamente de relieve la sexualidad ordinaria, el sabio suelta la sexualidad patológica o seudopatológica. De cualquier manera, el distingo entre erotismo y pornografía no supone ninguna ayuda para resolver entre dos aspectos de una realidad enmarañada. Las agresiones de la fealdad no son en absoluto inconvincentes, sobre todo hoy, cuando las inmundicias acumuladas y precintadas pasan por obras de arte. Nos queda la óptica de una visión personal y uno mismo pegará la etiqueta de pornográfico o de erótico.
Si atendemos a Julien Green, el erotismo puede ser la fuente envenenada de un universo que se nos escapa. Green afirmaba, ustedes califiquen su aseveración: "Estoy seguro de que la finalidad normal del erotismo es el asesinato". Si al menos hubiese hablado de pornografía el artificio de la separación de géneros habría sido casi aceptable. El erotismo es quizá una cierta sublimación del amor tal como Occidente lo concibe, la "memoria del sexo", el desahogo lírico de la pasión no expresada. En el erotismo convergirían así los impulsos del deseo en estado puro -sin los cuales no habría especie- y las largas estratificaciones de la memoria, a las que Stendhal llamó cristalización. Común denominador ideal, en suma, en el que se unen las razones de la biología con las razones de la cultura.
La noción de pasión que yace en La pequeña maestra de violín, me parece fundamental. Por momentos el personaje principal, el tipo que toma lecciones de violín con la finalidad de seducir, o ser seducido, por la pequeña maestra de violín, y ella misma, me hicieron pensar en dos espíritus completamente opuestos, pero que coinciden con respecto a la pasión, como es el caso de San Agustín y Buss-Rabutin. El primero afirma: "La medida del amor consiste en amar sin medida". El otro: "Y el exceso es la medida razonable que debe otorgarse al amor". Sólo que el estudiante de violín y Trilce tienen diferentes caminos para transitar por la pasión; Trilce tiene la música, es una romántica; el erotómano piensa en el sexo por el sexo, en el sexo y nada más en el sexo.
En Aguilera Garramuño el erotismo supone culto y voluptuosidad del deseo, empleo de lo imaginario, y, frecuentemente, de la inteligencia, para arribar, más allá de los comportamientos, a una cierta cualidad de alegría cósmica, a una fiesta sin medida, a la conciencia de una falencia, generadora tanto de misticismo como de sadismo multiforme (el modo de vengarse en el prójimo de la imposibilidad del éxtasis).
Hay música, pintura, literatura, la vida de Jalapa, sus rincones más oscuros, sus plazas y jardines, los personajes que pululan por sus noches y sus días. La esperanza siempre viva y constante de algunos escritores de ganar premios internacionales de literatura que les permitan una jubilación temprana, una vida disipada, la molicie como forma y estilo vital. Cuando casi al final de la novela el escritor y personaje principal, por fin obtiene los favores de la pequeña maestra de violín -más por cansancio, por vengarse de la madre, por aburrimiento-, sin embargo el crescendo esperdo, el clímax, el culmen, no llega, el asunto transcurre sin la mayor pasión, ésta se ha consumido en el proceso de seducción, en mil ilusiones, en mil alucinaciones. Finalmente Trilce es una persona de carne y hueso, no el claro objeto del deseo que acompañó al personaje a lo largo de las páginas de la novela. En el fondo el juego de la seducción de Trilce no era más que un pretexto para seguir haciendo literatura, para vivir con intensidad la ilusión de lo que no es más que sombra.


Marco Tulio Aguilera

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