UN CAPÍTULO DE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS

El siguiente es un capítulo de la novela que proximamente publicará la Editorial Educación y Cultura de México. Esta novela está basada en la novela original que en 1975 publicó Ediciones La Flor de Buenos Aires. Al volumen original le agregué 250 páginas. Quedó en 515 páginas.

34. Tragedia en dos actos y un descanso.
La Sietecolores se viste de yeso. La cocote de los Beryeres.

Portada de la edición original en Ediciones La Flor de Buenos Aires, 1975
El Bar Tico quedaba exactamente al frente de El Embajador de la Elegancia, en plena Calle del Comercio, lo mismo que el Bar Rojo, cuyo olor inconfundible abarcaba sesenta metros a la redonda y formaba una especie de invisible barrera contra la cual tropezaban las gentes de decencia comprobada. La Casa de Clementina La Más Fina estaba al lado del Almacén de Sebastián Pereira. Además había otros lugares más distinguidos, discretos y conspicuos donde se podía hacer en habitaciones tapizadas del todo con espejos: suelo, paredes y techo, o entre querubines y grandes fotografías de coitos históricos e impunes. Tenían diversos nombres eufemísticos que a veces ocasionaban equívocos. Se les llamaba posadas, innes, boites, fábricas restauradoras, se encubrían también bajo propagandas comerciales que anunciaban artículos finos para caballeros elegantes, fábricas de cobijas especiales, almacenes de aspiradoras galantes, de juguetes para niños traviesos, órganos e instrumentos musicales, casas de confecciones a la medida. Claro que los sitios reservados habían aparecido sólo últimamente. Antes la profesión era pública y se ejercía con orgullo. Cuando las mujeres pasaban en fila hacia la revisión sanitaria en la Unidad de Salud, encabezadas marcialmente por Robustiano y cantando sus incoherencias, los empleados de las tiendas y los estudiantes les coqueteaban, tratándolas como si fueran personajes muy principales de la comunidad y se decía, don Camilo decía, que las bellas famullas eran tan importantes como el servicio de drenaje y que sin ellas la ciudad estaría cubierta por una nata de tristeza y las calles asoladas por amantes deprimidos y las cantinas llenas de suicidas ensopados. Ahora, con mayor cantidad de gente circulando, con dólares en los bolsillos y muchos clientes nuevos y sofisticados, habían llegado fulanas de otros lugares que llevaban atuendos muy llamativos, y también damiselas refinadas y discretas, a competir, lo que hacía bajar los precios y afinar las técnicas, y en la lucha las provincianas eran las que llevaban la peor parte por su falta de espíritu cosmopolita y de modernas perversidades: más allá del trabajo del prestigiado muchiqui no prestaban otros servicios de satisfacción. Las nuevas sí eran limpiamente desenvueltas, había que verlas, algunas hasta tenían un contador público diplomado a su servicio, y entre todas ellas hubo una que en cuanto la vieron bajarse los amigos del Paticorvo Palomo, agresiva y dominante, de la Musoc, pensaron que era nada menos que la Lorena Velázquez en carne, hueso y tacones de inconcebible altura: lucía piel de zorrillo morado desafiando los 41 grados centígrados de su triunfal llegada, anteojos azules ahumados, vestido de Dolce y Gabana largo hasta los tobillos, ceñido al cuerpo como un pellejo de nutria y abierto a un lado de modo que dejaba entrever la punta del calzón color seda de oro, pañoleta verde olivo, piel blanquísima de lactante, piernilarga, cejijunta y cartera color pollito de granja. Naturalmente la ayudaron con el equipaje. Ella les dijo merci bocú, pelaos y les preguntó que dónde quedaba el Restaurante de Pascual que porque se iba a hospedar allí ya que le habían dicho que era lo mejor en guaracha. Apenas les dijo esto, los muchachos se dieron cuenta que se habían equivocado: la Velásquez jamás de los jamásmente jamases y nunca se hospedaría en ese antro, pero no podían echarse atrás, la llevaron hasta la puerta y ella tuvo la insolvencia de negarles propina diciéndoles chao bambinos y merci bocup otra vez, nos vemos por ái, manos. Ellos le respondieron ái nos vigilamos, resignándose a clasificarla entre las mujeres de poco celuloide y mucho combo y orquesta sin nada de enjundia. Se quedaron todos con las cabezas juntas y las lenguas anudadas espiándola. La vieron entrar, hablar con el villamuelino Pascual mientras alborotaba su estola de piel de pájaros amazónicos con las manos de bailarina de flamenco, la vieron y la siguieron viendo alejarse hacia la puerta del fondo (para mear, afirmó con poca fineza y guiñándoles un ojo...) y sonreírles antes de desaparecer.
A pesar de haber llegado con altas aspiraciones pronto se dio cuenta que la competencia era tenaz. Buscó trabajo en los sitios más refinados (la rechazaron en Los Pollitos por no ser rubia. Corrió a teñirse el pelo y regresó disfrazada de tonta Marylin: la volvieron a rechazar por no ser rubia auténtica y por insultar y vulnerar la memoria de la santa patrona de la casa. Echó a caminar Calle del Comercio abajo, Calle del Comercio arriba. Conclusión: todas las plazas estaban ocupadas y las solicitudes de plazas llenas. Intentó pescar solapadamente en los bailes del Prado Bar y lo logró por algún tiempo haciéndose pasar por una turista francesa o italiana, en los dos casos libertina, que se alojaba en el mismo Motel El Prado y prefería hacer sus cochinadas al amparo del guayabal o donde el villamuelino la dejara acomodar sus huesos. Hacía sus levantes y se rendía a las súplicas de los galanes calenturientos después de mucho devaneo haciéndolos sentir tenorios exacerbados doblegando una presa que tenía todo el aspecto de ser de caza mayor. Cuando fue conocida por la mayor parte de los braguetones, quienes comentaban el suceso deslumbrados y desplumados por sus argucias amatorias, comenzó a perder prestigio hasta que ya no la dejaban siquiera entrar a los Jueves del Prado Bar. Por eso debió buscar otro sitio donde desplegar sus artes y oficios. Cuando se aburrió de gastar sus zapatillas de lagarto artificial taloneando calle abajo y calle arriba por la del Comercio, se dijo que lo importante era trabajar y cumplir su noble misión en el mundo y dejarse de vainas y se metió en el Bar Tico rindiéndose a todas las condiciones que le quiso imponer la Musoc, ama y señora del prosticomio. Las mujeres la recibieron con risas desordenadas, insolentes, burlonas y despectivas, al ver aquella facha tan llena de colorines y la piel de pájaros amazónicos que le cubría los hombros (con 39 grados centígrados a la sombra más dos grados húmedos y apestosos al fondo del bar) y el escándalo de sus manos flamencas, pero pronto logró ganarse el aprecio de las chicasmalas y no pasó mucho tiempo sin que se la considerase una de las más principales e influyentes. Tenía sus gustos muy especiales y para satisfacerlos debía trabajar horas extras y utilizar las partes menos sociables de la anatomía: la nariz (que tenía destacada sobremanera y en forma de tobogán) y los rascasobacos (parte sólo por ella conocida y subutilizada por el resto de sus colegas). Los bajos precios que allí imperaban, imponían horas doblemente extras y costumbres inauditas, hasta se alquilaba de fiado con tal de que le dejaran algo en garantía: con ella se quedaron el reloj Orient de Epaminondas, la chaqueta con el escudo de Supermán del Bogar, el libro de ejercicios (medio libro de ejercicios) de Betóben, los zapatos agujereados de Alisio, la llave de la moto de Termidor, un tomo de los poemas A mí mismo del director del Liceo y calculo unos doscientos cachivaches más, si consideramos el elevado número de servicios asistenciales y de primeros auxilios que prestó durante el par de décadas que estuvo en febril y fervorosa actividad puteril.
Parece que las preferencias de los isidreños tenían sus bases bien asentadas, lástima que nunca trajeron detenida a tan afamada operaria para poder dar fe más objetiva sobre estas afirmaciones. De todos modos dicen, y de lo dicho algo debe ser cierto, que se sabía los siete efectos, el triple invertido, la demoledora, el exprimidor, el pollo asado, el lechoncito velga, el trinchante, el salsa blanca y la milanesa, el alrededor del mundo y otros cincuenta, todos muy satisfactorios.
Consiguió clientes fijos, con horas establecidas y pago mensual. Ocupaba los días difíciles, las horas muertas y las de sueño, los dedos de los pies y las zonas increíbles. Los más generosos le pagaban por adelantado pues reconocían las exquisiteces de la funcionaria y el peligro de quedar fuera de la lista y además porque eran conscientes que una mujer de esas tenía derecho a rarezas como vestidos con lunares de plata y lunas venecianas, pieles de mink, foca o nutria, zuecos, coturnos, bufandas de seda holandesa y telas de papalina y velos árabes que traían la marca Scherezade en el orillo. Casi con vergüenza las Fernández, Sol, Cielo, Estrella y Lucero, tuvieron que reconocer que si la Sietecolores (así la bautizaron los amigos del Palomo) lucía alguna prenda extraña era porque antes de un mes se pondría de moda. No es que ella tuviera una gran intuición, sino que quién sabe cómo diablos estaba suscrita a las principales revistas de moda europeas que le llegaban con puntualidad de rentista. ¡O la la!, decía a sus amigas, que reclutaba al inicio entre las putitas más delicadas, decentes, pulcras, elegantes y discretas, que en realidad no eran ni delicadas, ni decentes, ni pulcras, ni discretas pero sí sabían parecerlo, tejiendo poesías en el aire con su velo Scherezade, para mí, Dino di Laurentis es le plus bonne de tutos los modistos, y cada uno de sus gestos hacía cotizar más alto sus acciones. Para pagar sus lujos se excedía, como dije, de la jornada de diez horas dispuesta por el gobierno cantonal. Robustiano vivía importunándola. La Musoc le gritaba: ¡A que ésa no la conseguís, Margarito, Mariflorio, Floripondio, Miniprepucio, Pitonimio! Y él, con sus dos metros de alto y sus dos metros de ancho se emputaba, o por mejor decir se emberracaba, enojaba o emberrenchinaba. Primero la fregó con el cuento del carné de salud. Y  yo para qué quiero esa caca, le preguntaba ella haciéndole vibrar las cuerdas más interiores de los conductos seminales. Luego con lo de la licencia. Y acaso voy a manejar un carro, le gritaba. Por último le confesó que estaba enamorado, enculado y con luna llena.
–Enamorado de qué, Salchichónconpatas, y usté que se creyó, ¿qué yo soy desas? No señor, soy puta honesta pa que sepa, y las putas no se enamoran, soy una profesional, una cocote de raca mandaca, como las de Montparnás y Liverpool y Fábricas de Francia.
Total que no cedió y no se dio y Robustiano tuvo que ocultar su derrota llevándose a una fornida matrona al patio de la alcaldía. Habrá que investigar su nombre y su historia. Lo que sí se sabe es que el sargento, por el talante desaforado de su dotación masculina, generalmente escogía putas de aguante. Ya en más de una oportunidad había defenestrado a muchachas inexpertas y de corta capacidad de asimilación. Y eso ya no pensaba permitírselo Robustiano, que aunque craso, gigantesco y consciente de su poder omnímodo sobre el pueblo, tenía sus escrúpulos con las damiselas. El caso es que cuando abandonaba a alguna criatura después del natural abuso, tenía la precaución de dejarla viva en previsión de un segundo asalto y le daba un billete para la farmacia.
Para desventura de la Sietecolores, siete días después de una farra agotadora, alucinante, en la que ella y los ingenieros de la RRR voltearon el mundo y los intestinos al revés, destruyeron mesas, sillas, camas, bebieron toneles, quebraron todos los faroles del nuevo alumbrado de mercurio del parque, bailaron los tambitos de Benito von Chúber, el punto guanacasteco, las cumbias desenfrenadas y unos mapalés francamente obscenos que los dejaban en el otro mundo, la Sietecolores amaneció con el pan infectado, enrojecido y goteante. No hubo emplastos, curaciones de hierbas ni oraciones que curaran aquella peste, y lo peor de todo fue que Robustiano se dio cuenta y le prohibió trabajar si no se entregaba.
Me rindo, le mandó decir con uno de los negritos de Vladimiro que limpiaba zapatos a las puertas del Bar Tico y hacía mandados a velocidad de la luz.
La tarde de su apoteosis el sargento acometió el hecho histórico de bañarse, se acicaló con su mejor pachulí, la canana nueva, el pistolón rodillero y el pelo hacia atrás peinado con 250 gramos de grasa de la más fina (grasa artificial, es claro, pues como se tiene dicho los chanchos eran sagrados en San Isidro y sus derivados prohibidos incluso por la iglesia). Una magna faja de piel de ternera fina contenía su vientre de luchador de sumo. Con pasos de Hernán Cortés entrando en Tenochtitlan salió de la Inspección, atravesó el parque ya a oscuras, saludó a Óscar Pedernera y a Baruch Geldsteinberg Hohensolen. Hizo un gesto de amenaza medio burlón a los amigos del Palomo que se paseaban por la Calle del Comercio y entró en el Bar Tico. Esperaba una recepción amorosa y marcial, coqueteo, traqueteo, brillada de hebilla, cervecitas y después el suave y prolongado encatre. Lo que halló fue a la Sietecolores impaciente, afiebrada, pateando el suelo como un pura sangre antes de la carrera y maldiciendo la pérdida de tiempo.
Tomó al gigantón del brazo como una madre cabrona y encabronada y lo arrastró hacia el interior, a los desvencijados cuartos hechos de maderas verdes ya retorcidas a efectos del calor, donde era como hacerlo en una vitrina. Ella se tendió en la cama después de sacudir las sábanas y espantar con un grito de batalla a las pulgas. Con un movimiento brusco de las piernas y los músculos del atlético y sano vientre hizo que la falda de abundantes pliegues de percalina se le viniera a la cara descubriendo su secreto muchiqui, veterano de tantas difíciles empresas.
La muy expedita, comentaría el sargento, ni siquiera tuvo la decencia de utilizar sus calzones de seda de oro. La muy vil me hizo montar a pelo para facilitar el ajetreo.
Al policía, gran conocedor, comenzó a darle rabia ya que para él en asuntos peristálticos lo mejor era el aderezo, pero como el pan estaba en el horno y de pronto se quemaba, si no hay lomo de todo como, se dijo, y puso el instrumento a la obra. Fue como montarse en una montaña rusa, pero sólo de bajada. En realidad todo terminó casi antes de comenzar. La mujer no tenía una fruta deleitosa entre las lindas piernas sino un ávido hocico de lobo feroz, que no sólo lo exprimió sino que magullólo, masticólo, vapluleólo y dejólo casi al segundo inservible quizás para el resto de la vida. Ya la Sietecolores iba a dar por finiquitado el negocio cuando Robustiano le abrió la puerta de par en par a su bestia y la fue abrazando como quien quiere espichar un mango. Después alegó que había sido legítima pasión y que él no tenía la culpa que ella tuviera los huesos de leche y flojos los costillares.
El Doctor Tremens se encargó de radiografiarla, recetó yeso para tres costillas quebradas en forma de fractura conminuta y reposo total. De paso le reconoció el angelito y descubrió una sífilis cuaternaria que ya estaba echando costra. No es enfermedad de humano sino de burra promiscua, comentaría luego en privado el doctor y escribió una receta para caballos. Eran los tiempos en que la letra de Tremens podía ser descifrada sin gran esfuerzo.
Una desgracia de ese tamaño no estaba en las previsiones de la ilustre profesional. ¿Cómo iba a pagar las suscripciones a los magazines, los perfumes más caros que veinte buenas yogadas, los abrigos, las lunas venecianas de plata, los coloretes, los vestidos de piel de pantera y la entera tienda de abarrotes, vinos y licores que era su camerino en el Bar Tico? ¿Cómo iba a cumplir con los contratos pagados por adelantado por más de media docena de conocedores de sus talentos?... El yeso que le pusieron le cubría desde las coyunturas de las piernas hasta los hombros, donde sólo dejaba libre la cabeza y los brazos y un rombo en el sitio de la barriga, para que al comer la digestión pudiera llevarse a cabo.
Mientras se sintió demasiado débil comió gracias a sus compañeras y a la venta de cachivaches y chunches que había recogido en prenda. Luego, cuando se le terminaron, ya estaba un poco restablecida. Cualquiera otra se hubiera dedicado a cocinar empanadas para venderlas en alguna esquina bien comercial. Ella no, su vida era su vida y no iba a cambiarla por un insuceso sin importancia. Por otro lado hubiera preferido empeñar la cabeza a abandonar sus lentejuelas, perfumes y neceseres. De modo que un día de tantos, después de limar el yeso lo suficiente para que no estorbara, apareció en el Bar Tico, alegre y bamboleante como las gigantas de circo o como las chicas grandes, grandísimas, del Coro de Las Doscientas Voces, pero con las facciones demacradas y un tabaco en los labios que desde ese día pareció petrificársele. A sus compañeras les pareció extraño que ella fumara esos tabacos de trailero. ¿Ella, que se llamaba la cocote de los Beryeres, fumando de los de cuatro por dos céntimos? ¡Cómo cambian las cosas!, se decían, y le preguntaban que por qué. Ella les respondió que ya no era una cocote de los Beryeres sino una puta igual a todas, sólo que con una culofalda de yeso encima. Las muchachas pensaron que había regresado más por nostalgia que por necesidad. Pronto se dieron cuenta que estaban equivocadas. Apenas llegado el primer parroquiano le cortó el camino pizpireta, con cambio de luces y un irresistible y sugerente barrido de lengua por los labios rojo rabioso. Está más gorda, pensaría el cliente, don Poeta Gordo, que teniendo una sílfide y tricoferina por esposa, esbozaba en prostíbulos y metederos de mala muerte su apetito por hembras jamonas, extensas y de lonjas generosas. Sin más hipótesis y preámbulos, se fueron de horizontal deleite extraconyugal. Nadie sabe ni le alcanza la imaginación para comprender cómo se las ingenió la Sietecolores. Lo cierto es que don Poeta salió como gato gordo relamiéndose los bigotes y al día siguiente regresó haciendo lenguas sobre las habilidades de la proletaria del amor impune y diciendo que seguramente lo que había pasado era que a ella le estaba sucediendo lo que a los ciegos o a los mudos, que perdiendo una facultad desarrollan extraordinariamente otra. Las niñas no se tragaron el cuento: según ellas ese hombre de poderoso vientre y lira poética inspirada había sido pagado por la colega para que le hiciera propaganda. Y no fue así, según se deduce de otras declaraciones fidedignas, pues de la misma forma hablaron los demás, y en especial el Doctor Tremens, quien sí era muy puntilloso antes de su irremediable declinación en asuntos horizontales, y Termidor, que ya llevaba veinte años aburriéndose de ver a su negra barrigona, y Fermín Fano, quien por perseguir y alcanzar a la esposa de su mejor amigo se había quedado solterón y corcoveante.
Pero aquello fue un florecimiento temporal. Después que le quitaron el vestido de yeso quedó tiesa, llena de marcas muertas, multicolor de pellejo, torcida, perdió aquella afamada pericia de los siete efectos y no hubo forma de retornarle los anteriores atributos. Sin embargo siguió fiel a su puesto cerca de la rokola de los doscientos discos dominados por Julio Jaramillo y el jefe Daniel Santos, con el tabaco apestoso, interminable, camuflador de su olor a muerta viviente, echando humo que todas las niñas entendían como una máscara de recuerdos y consiguiendo clientes ocasionales que se lo pedían por compasión o descuido.
Fue engordando a ritmo acelerado hasta que sus nalgas no cupieron en una silla ni en dos y hubo que juntarle tres, como a Celina. Le creció una gran papada que unió el mentón con el plexo solar y así permanecía sudando y esperando, a la escucha de las canciones de Pigalle y la Suite Cascanueces y Los Patinadores hasta que le dio cáncer en la base de la columna y se murió en las mismas bancas de las viejas y provechosas transacciones, al lado de la rokola de los doscientos discos, y todo esto sucedió en menos de un año.
En su honor se siguió haciendo sonar La Marsellesa versión de Pérez Prado todas las noches a las doce y las guerreras del campo de plumas se ponían en formación y presentaban armas de amor. Doy fe por interpósitas personas.

Marco Tulio Aguilera

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