TODOS LOS HOMBRES DE ARMANDO



Todo libro, especialmente un libro de cuentos, es una apuesta que hace el autor contra la literatura (es decir, por la literatura), una apuesta en la que puede tocar ese fugaz cielo, o simplemente gesticular en  el vacío, sacarle opaco lustre a la retórica y contribuir a  la proliferación de la  nada. Veamos en esta absurda contabilidad literaria que propongo si a mi juicio Armando Ortiz, este joven escritor de 32 años que vemos aquí haciendo debutar a su retoño en esta Feria de vanidades y justas glorias -uno no sabe si decir joven escritor es un insulto o un elogio, pero pasemos a otro tema menos trillado - veamos si este joven escritor de 32 años alcanza, como diría un Faulkner menos pesimista que el conocido, la pena de gloria o gloria de la nada.
El cuento que da título al libro Todos los hombres está  escrito de forma tan sencilla, sin retórica, sin aderezos ni adornos, que en ocasiones piensa uno, ya sea en un narrador infantil o en un estilo permeado por Borges, aunque sin la fineza estilística del argentino. El narrador en todo momento elude citar el nombre del protagonista, quien es definido mediante la huella que van dejando en él los eventos y los personajes secundarios. Tras recorrer un montón de manías y traumas que lo llevan de la impotencia a la prepotencia, de la fe a la incredulidad, del autoerotismo compulsivo al amor compartido, de la humildad a la vanidad, de la satisfacción sexual al horror por los cuerpos ajenos, el hombre se va haciendo poco a poco como los demás. Cito el final del cuento: “Porque el miedo a la soledad es lo único que hace comunes  a los hombres. No el sexo ni las hormonas, no es el hecho de que orinen parados, ni la afición por el fútbol ni las malas palabras; tampoco es el hecho  de que los hombres no deban llorar; es el miedo, el miedo a quedarse solo, lo que hace que el hombre sea, como todos los hombres”.
            “Los hijos de la corista” es un hermoso relato en el que el protagonista es de nuevo un varón sin nombre, sin identidad, que la halla gracias a las personas que lo rodean, una corista y a sus hijos. Hay de nuevo la intervención de un narrador omnisciente, editorial, que da mensajes: “el hombre no sabe, y está a punto de aprender, que la vida no puede permitirle una dicha completa.” El sentimiento dominante es el mismo del primer cuento: la soledad, y el mensaje final -los de Armando son cuentos con mensaje- es que el amor pleno es imposible. La narración es rápida, directa, casi cinematográfica, efectiva y sin rebuscamientos, aunque en ocasiones el tino se desvíe en la selección de palabras y se le escabulla algún lugar común.
            A partir del segundo cuento la apuesta comienza a hacerse complicada: el lector se pregunta si el autor podrá sostener esta despersonalización de sus protagonistas, esta falta de nombre, de identidad, de otros objetivos que no sean el abandono de la soledad y el hallazgo del amor  más allá del instante.
            El tercer cuento, “Líneas paralelas” hace tambalear algunas dudas: con el mismo personaje que es todos los hombres, nos presenta una historia limpia en la que se mezclan tres destinos: dos hombres y una mujer. Todo está ajustado en el texto, todo lleva a un final imprevisible, todo hace pensar en un autor que se quiere demiugro. Bien escrito, económico, agradable, sin muchos detalles, nos lleva a lo esencial con una precisión cinematográfica. Aquí uno confirma que Hugo Gutiérrez Vega tiene razón cuando dice que “Armando Ortiz es un narrador nato que nos muestra que narrar por narrar es, en el fondo, la esencia misma del trabajo literario”.
            El cuarto cuento, “Hombrecitos” narra una relación que lleva a ese hombre que es todos los hombres a la homosexualidad: “la soledad debe ser peor que cualquier forma de pecado”,  tal razonamiento justifica su caída. El tema, delicado en sí, es tratado con sutileza, describiendo los movimientos de los personajes, sus pensamientos, sus actos: los personajes en realidad carecen de voluntad: son juguetes de fuerzas superiores: y esas fuerzas superiores no son el destino o algún pato griego  a la naranja, sino sus propias debilidades, su pequeña, ínfima, humanidad. La incapacidad de soportar la soledad es el motor del amor, del trabajo, de la voluntad y todo lo que lleve al hombre más allá de sí mismo.  Tal leit motiv está presente en casi todos los textos. En este sentido no sólo cualquier hombre es todos los hombres (como dice Borges en la cita que  da entrada al libro de Armando) sino cualquier cuento de este libro es todos los cuentos del mismo libro. No hay pues variación en la esencia, sólo en los accidentes. Pero los accidentes son los que hacen las historias. Las historias no son otra cosa que accidentes que les suceden a seres convencionales (todos somos convencionales …todos somos hombres… los hombres somos accidentes).
            “El todopoderoso” es un joven movido, de nuevo, por la soledad, hacia su conversión: de junior común y corriente, a personaje rudo de película de matones: movido por la imitación de un implacable peleador de la escuela y por el ejemplo de los rudos del cine, nuestro protagonista, ya menos despersonalizado -habla en primera persona, lo que lo hace apartarse del proyecto unificador del libro- encuentra su identidad, su amor y su fracaso. El cuento es de los más logrados: se ata principio y fin de manera más que admirable, previsible, pero no por ello decae el interés: éste, como los demás cuentos de Armando, son más cinematográficos que literarios: parecen apretadas síntesis para guiones a  desarrollar.
            “Un beso que dure un milenio” es un relato de acción en el que el objetivo es derrotar a la soledad en el deprimente cambio de milenio. El protagonista es el mismo hombre que es todos los hombres, es decir, un solitario en busca de compañía -que no de amor (el protagonista, este hombre que es todos los hombres, busca siempre compañía, no amor, hay que enfatizarlo: es por lo tanto un ególatra, un macho, un ser que privilegia sus proyectos, sus gónadas y secreciones  por encima de los demás). El ritmo del cuento es incesante, rápido, y el tono en que se cuenta es el de la novela negra: el hombre rudo, que quiere divertirse con nenas generalmente tontas, que si no lo fueran, resultarían inútiles para satisfacer la vanidad del macho. Buen cuento, muy bien escrito. La apuesta por la literatura (contra la literatura) comienza a ganarse por knock out: el libro vale, divierte, da propuestas, tiene voz propia.
“La madre del monstruo” es la historia clínica de un asesino serial, que tiene predilección por niñas impúberes. La narración es vertiginosa, casi un resumen biográfico de la vida de este individuo, desde su infancia, en la que fue víctima de  abusos sexuales por parte de su padre, hasta la culminación, en la que corona su carrera: es ya un  asesino hecho y derecho, un asesino cum laude, que tiene muy bien definidas las causas de su vicio. De nuevo pienso más en la síntesis de un guión cinematográfico que en un cuento o relato, lo que no es, de ninguna manera una objeción literaria, sino una caracterización. Lo que sí es claro es la velocidad del relato, su falta de elementos accesorios. Apenas se encuentran por ahí algunos lugares comunes o unas observaciones poco brillantes del narrador, que nos hacen dudar si la apuesta está ganada por completo o falta todavía apostar.
            “La virginidad” es un cuento tan preciso y contundente como una infidelidad in fraganti. Está escrito con la rabia e impiedad de un Rubem Fonseca. Un honrado padre de familia se levanta un día con la decisión de borrar una afrenta. Una dama en su auto último modelo día a día lo insulta urgiéndolo a que se apure. Sale el honrado ciudadano a llevar a sus hijos a la escuela en su datsunsito 82, recién encerado, y espera a la dama que todos los días lo acosa con el cláxon, insultos e imprecaciones. El resto del cuento, aunque es previsible, es compartido salaz y fruiciosamente -si se me permite el término- por el lector. El placer de la venganza es más dulce cuando no hay castigo y ello es posible gracias al cine y a la literatura, es decir, a la imaginación impresa u objetivada.
            Salvo dos o tres textos de relleno, pecados de vanidad paternal o necesidades de engordar un poco el libro  y darle un lomo de ligas mayores, Todos los hombres es una obra que muestra a un cuentista hecho, sólido, que nos hace pensar en otros mexicanos recientes, como Enrique Serna, que sabe contar y tiene algo que contar. Sin duda Armando Ortiz supo ganar la apuesta que tan arteramente propuse al inicio de estas líneas. Un buen cuentista es una aguja en un pajar. Armando es una aguja de tejer en el pajar de la literatura veracruzana reciente.

Marco T. Aguilera Garramuño
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Marco Tulio Aguilera

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