EROTISMOS

CONFESIONES
Conferencia dictada  el 31 de octubre de 1998 en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja, Colombia

Mi pata enyesada de Xalapa Sex Simbol 2008


Marco Tulio Aguilera Garramuño

Según Georges Bataille [1] "lo que diferencia  al erotismo de la actividad sexual simple es la investigación o búsqueda psicológica, independiente del  fin natutral dado en la reproducción y en el ansia de tener niños". Para Octavio Paz[2] "el erotismo no es mera sexualidad animal: es ceremonia, representación. El erotismo es sexualidad transfigurada: metáfora".  Para el poeta mexicano "el agente que mueve lo mismo al acto erótico que al poético es la imaginación". El teórico italiano Francesco Alberoni plantea que no hay un erotismo sino dos: el masculino y el femenino, y dice que éstos están marcados por una diferencia bien clara: mientras que el erotismo masculino "tiende a la discontinuidad, a la revelación de lo diferente, de lo totalmente nuevo", el femenino busca la continuidad, la unión estable, el contacto, el tiempo".[3] Esos dos tipos de erotismos, plantea Alberoni, son incompletos y necesitan de su contraparte: "La unión de lo continuo y lo discontinuo crea la identidad y, por consiguiente, la posibilidad de crecimiento, la tendencia a lo alto, a la perfección".
            Comparto, en términos generales, estas tres concepciones del erotismo y de ellas saco algunas conclusiones: la idea de que el juego erótico es una actividad en la que se busca en primera instancia el placer, en segunda el deber y en tercera el descanso del exceso de energía que impide dormir (aunque el orden no sea siempre el mismo); la convicción de que el juego erótico es el modelo mismo de la poesía, en la que por medio de la belleza se busca una significación trascendente; y la idea de que en la mujer hay un mayor compromiso, un intento más serio, de buscarle sentido y valor al acto erótico, mientras que el hombre tiende a ser frugal en el amor, pues siempre parece tener la cabeza en otra parte.
            Desde mis primeros recuerdos como escritor el erotismo estuvo ligado a lo que he escrito. La misma actividad de la escritura fue siempre para mí un asedio erótico, es decir, el resultado de una curiosidad, de un amor, de una pulsión hacia un tema (y mis temas en muchas oportunidades no han sido más que mujeres). Uno de mis primeros cuentos fue un texto truculento en el que un niño visitaba a su hermana prostituta para decirle que su madre estaba en el lecho de muerte. Recuerdo que en ese entonces mi madre me preguntó que por qué no escribía sobre las glorias del mundo y no sobre sus miserias. Luego escribí un cuento que llamé "Clemencia ojos de cierva" en el que narraba el acoso de toda una familia en torno a una sirvienta hermosa e inocente, que terminaba sucumbiendo ante el embate de los jóvenes machos de la familia. El erotismo de ese cuento podría clasificarse en dos tipos, netamente diferenciados: el erotismo  morboso de los hermanos, y los juegos, casi infantiles y seudoeróticos, del narrador del cuento. (Leer desde pag. 212 hasta el final).
            No es un secreto digno de ocultarse que este relato y otros surgieron casi en bruto de la materia prima de mi vida. El papel represor de la religión cristiana, que dominó laxamente mis primeros años, contribuyó a crear un misterio en torno al acto erótico, basado en la prohibición; y el papel propulsor fue proporcionado por la presión social de los compañeros de edad, para quienes no era macho quien no estuviera iniciado en los deleites del amor del cuerpo.  Casi siempre estuvo separado el concepto de amor de la práctica del erotismo. Los juegos con las novias nunca incluían trasgresiones que involucraran el sexo. Toda sexualidad estaba ligada, ya sea a las prostitutas o a las sirvientas, que fueron las maestras del amor o las víctimas de mi generación.
            Mis primeros acercamientos al erotismo fueron favorecidos por la abundancia de prostitutas en un pequeño pueblo de Costa Rica llamado San Isidro del General, donde pasé mi adolescencia. Mi cuerpo manifestó sus urgencias gracias a la contemplación de una joven sirvienta, que luego serviría de modelo para Clemencia. Sólo contemplación me fue dada con Clemencia, pues muy adelante en la carrera del erotismo se hallaba mi hermano mayor, que se llevaba la primicia de casi todas las mujeres, jóvenes o viejas, que llegaran a una casa donde no había amo, sino una madre que siempre estaba ausente, en busca del sustento para la familia.
            Mi iniciación en el contacto real con las mujeres se llevó a cabo en El Barco del Amor, un prostíbulo no muy elegante, en el que una prostituta joven, vestida de mexicana, se tendió en un rústico lecho de tablas, levantó las enaguas, se despojó del calzón y dijo vénganos en tu Reino. Con más susto que placer terminé mi efusión y tras el acto salí lleno de confusión, preguntándome si aquello era todo, si ese vértigo sin límites precisos era el paraíso que tantos amigos y tantas lecturas me habían prometido. Ya por entonces había leído la versión no expurgada de Las Mil y una Noches, con su erotismo juguetón, y los trópicos de Miller, con esa versión destructiva y machista del sexo. Vale la pena aquí citar un párrafo del libro El amor y Occidente[4], en el que hallo una caracterización algo rústica del concepto de la mujer que manejaba Miller y que según el francés, coincidía con los conceptos de Lawrence y Caldwell:
            Ya estamos hartos de sufrir por ideas, ideales, pequeñas hipocresías idealizadas  y perversas en las que ya nadie cree. Habéis hecho de la mujer una especie de divinidad coqueta, cruel y vampiresca. Vuestras mujeres fatales, vuestras mujeres adúlteras, vuestras mujeres resecas de virtud nos han quitado la alegría de vivir. Nos vengaremos de vuestras "divinas". La mujer es antes que nada una hembra. La haremos arrastrarse sobre el vientre hacia el macho dominador. En vez de cantar la cortesía, cantaremos las astucias del deseo animal, el imperio total del sexo sobre el espíritu. Y la gran inoocencia bestial nos curará de vuestro gusto por el pecado, esa enfermedad del instinto genésico. Lo que llamáis moral es lo que nos hace volvernos malos, tristes y vergonzosos...
El párrafo no da cuenta cabal de la concepción del amor y del sexo de Miller, pero sirve a grandes rasgos para caracterizar una actitud frente a las mujeres, que coincide en mucho con el machismo tan dominante en los tiempos de mi pubertad y adolescencia.
            A los catorce o quince años de edad yo tenía una olla de grillos en la cabeza, en la que amor, sexo, erotismo, hombría, no eran más que palabras que ocultaban la efercescencia de mi cuerpo y, lo más terrible, de mi imaginación. Ni siquiera el paso de los años ha logrado acallar este escándalo interior, y lo más reciente de mi larga investigación me ha llevado a querer escribir con narradores femeninos. Muchísimos años me llevó ligar el amor y el sexo, muchas mujeres, lecturas y equivocaciones.
            La experiencia de vivir en San Isidro del General no me marcó de la manera sórdida en que haría suponer el primer cuento de la prostituta y la madre muerta, sino que dejó en mí secuelas jocosas.  Gracias al hecho de vivir en aquel pueblo, en el que el convivir con las prostitutas era asunto de todos los días, fue que pude escribir una novela como Breve historia de todas las cosas en la que hay un mundo de alguna manera doméstico, donde el sexo y el erotismo eran el pan de cada día y cada uno de los personajes lo consigue de la mejor forma posible. Veamos cómo satisfacían sus ansias eróticas los presos de la cárcel de San Isidro (leer página 43 y 44)
            En el libro Cuentos para después de hacer el amor inicio la exploración del erotismo como tema dominante en mi literatura. En el cuento "Viaje Compartido", incluido en este libro, se da una visión caricaturesca de las trasgresiones del cuerpo y de los atrevimientos de la imaginación. El narrador habla con su esposa, que permanece callada todo el tiempo, y le relata su primera escapatoria, desde el mundo de lo cotidiano (la casa, la iglesia, el trabajo) al mundo de la farándula, el strip tis y el erotismo hecho público. La idea del erotismo como un deber, que sustenta el narrador, y que se basa en una  práctica cotidiana fundamentada en los mandatos de la religión cristina, se ve vapuleada por el descubrimiento de que el erotismo puede ser una actividad compartida y muy emocionante, un juego peligroso en el que se pone en cuestión la capacidad que tiene el hombre de ejercer su libre albedrío, es decir, su imaginación.
            El origen de este cuento puedo rastrearlo en el hecho de haber conocido a una persona muy similar a la del cuento: un hombre extremadamente religioso, entregado a las rutinas de su trabajo y su familia, tan adicto a los horarios, que, supuse, el día que viera rota su rutina, con seguridad tendría una crisis de valores. Lo que hice para convertir a esta persona en personaje, fue sacarlo de su contexto familiar y colocarlo en el Teatro Blanquita de Monterrey, donde convive en una gran fiesta de la carne el pueblo y todo se convierte en carnaval que desfila por un escenario: vedetes, comediantes, desnudistas, acróbatas. Un público compuesto por obreros, albañiles, estudiantes, oficinistas, se entrega al relajo más total, todo ello dentro de unas normas de orden desordenado o de desorden ordenado. (leer desde página 54 hasta el final)
            "Arrepiéntete pecador", del mismo libro nos presenta un romance, casi exclusivamente erótico, entre un profesor universitario maduro, y una joven estudiante de sociología. La típica situación del hombre que no quiere comprometerse y de la mujer intelectual liberada, se desarrolla mediante una serie de encuentros eróticos en los que el hombre no logra, de ninguna manera, satisfacer a la mujer. Esta situación tan contemporánea, en la que ni uno ni otro personaje quieren involucrarse en una relación que incluya afecto o documentos, se torna patética, cuando comienza a desarrollarse una necesidad mutua.
            El erotismo, libre de afecto o incluso amor, resulta ser una  impostura, en la que se falsea no solo la situación actual, sino la misma personalidad de los involucrados (leer cursivas de pag. 109)
            En la novela Los placeres perdidos se da una situación diferente. Nos encontramos con un protagonista, Adolfo Montaño Vivas, cuya característica fundamental es la inocencia, característica que se halla matizada por una imaginación poética. Aquí se intenta dar una versión del erotismo, en la que el amor y el arte se hallan íntimamente asociados. La novela se desarrolla en base al intento de corrupción que toda la sociedad que lo rodea ejerce sobre la humanidad de este personaje. (Leer el inicio, pag 134, 135 hasta 142, 150, 160).
            Otro acercamiento al erotismo, este sí caricaturesco en extremo, es el que se da en "Amor contra natura", cuento en el que un rinoceronte se enamora de un helicóptero. Los papeles de la hembra etérea y del macho dominado por pulsiones fundamentalmente fisiológicas, son parodiados, en una especie de fábula sobre la mezcla de los reinos de la biología y de la tecnología. (Leer p. 13 y 14)
            El erotismo conyugal, tema no muy frecuente en la literatura latinoamericana, especialmente cuando es tratado por hombres,  aparece en el cuento "La noche de Aquiles y Virgen", en el que se retrata una pareja de lo más convencional, que en el campo de batalla de las plumas, se transforman en un par de heroes casi mitológicos. (Leer desde página 191  hasta inicio cuento porno...)
            En este mismo cuento, se incluye un ingrediente muy importante de la ficción erótica, como es el contar una historia dentro de la narración básica. Se da pues un erotismo en un grado menor, que es el que desarrollan Aquiles y Virgen, y un erotismo en grado mayor, que linda con la pornografía. Este erotismo en grado mayor se halla en el cuento pornográfico que le cuenta  Aquiles a su esposita Virgen: (Leer de pag. 198 hasta el final).
            La función del cuento pornográfico es crear una mediación, aplazar el final del juego, para elevar la tensión erótica.
            El expediente del aplazamiento es el peón cuatro rey de la jugada erótica, gracias a él se hace necesario el trabajo de la imaginación, con ella entra en el campo del amor el arte del buen amante, que suple con otras armas lo que el cuerpo se empecina en rendir apresuradamente. Que el erotismo es un trabajo no hay duda, y lo sabe muy bien quien está casado y tiene que luchar contra la rutina. Sin imaginación no hay emoción, no hay tensión, no hay arte, no hay complicidad, elementos básicos de la actividad camestre compartida.
            El símbolo de la espada, como mediadora entre los cuerpos, es bien sabido, representa la distancia que hay en una pareja, que por algún impedimento, no puede consumar el acto erótico. Al respecto vale la pena mencionar el estudio de Denis de Rougemont, en  El amor y occidente sobre el mito de Tristán e Isolda. La separación de los amantes y el hecho de no consumar el acto es lo que conforma la tragedia: Isolda pertenece al rey y, aunque esté enamorada del caballero Tristán, no podrá consumar su amor. Este espacio, esta ruptura de la relación, es precisamente la que establece una diferencia tajante entre el erotismo y la pornografía: el el erotismo siempre habrá un más allá inalcanzable, un misterio, una nebulosidad, un hoyo negro, mientras que en la pornografía todo se reduce a una aburrida e interminable trasgresión de todas las prohibiciones.
            El amor incluye, quierase o no, un respeto mutuo, una adoración casi sagrada del cuerpo y del alma y si en alguna circunstancia se vulnera este respeto y se rompen los límites de una pareja, rebasando el nivel del erotismo y entrando en el de la pornografía, hay un replegarse, un arrepentirse, un disfrutar de la parte diabólica que todos los seres humanos tenemos, para luego regresar al dominio de la parte divina. Al respecto tengo un cuento inédito, cuyo título provisional es "El amor y los espejos" en el que relata la entrada de una pareja en el territorio de lo que es para ellos nefasto: la contaminación del alma por medio del cuerpo. La historia relata la llegada de una pareja a la habitación de una casa de huéspedes en la que hay un enorme espejo. Este espejo impulsa a la pareja a hacer lo que nunca han hecho: (Leer felación de cuento)
            El gusto de los hombres maduros por las niñas aparece en varios textos. Uno de ellos, llamado "Cantar de niñas" o "Fruta verde" es un cuento breve en el que se plantea la relación entre una Lolita y un hombre en términos casi estrictamente románticos, pero en el que se anuncia que la pareja está dispuesta a esperar que la naturaleza desarrolle la relación hasta el final. En otro texto, de orden jocoso, utilizo una especie de épica erótica más que amorosa. Se trata de "Las aventuras del Doctor Amóribus", incluidas en la novela Las noches de Ventura. Uno de los episodios de esta novela dentro de la novela desarrolla la relación entre una jovencita y un hombre que se ostenta como Consultor erótico y sentimental. El Doctor Amóribus es una especie de Doctora Corazón, que resuelve problemas a mujeres, generalmente hermosas y jóvenes, con las que termina haciendo el amor y, para su desgracia, de las que termina enamorándose. "Ranita" es el apodo del personaje que es puesto en manos del Doctor Amóribus para su tratamiento: (Leer inicio y partes seleccionadas).
            La novela Las noches de Ventura está formada por un contrapunto entre la vida "real" del protagonista y lo que él inventa al escribir las aventuras del doctor Amóribus. La parte más álgida de la novela explora los arcanos de la fellatio, actividad a la que está muy acostumbrada planteramente Bárbara Bláskovitz, amante titular del protagonista Ventura, un escritor algo desaforado en cuanto a sus proyectos literarios y en cuanto a sus prácticas eróticas. (Leer fragmentos de fellatio BB). La obra comienza precisamente en el momento en rel que la relación entre Ventura y BB. inicia su declinación (Leer fgto.).


    [1] El erotismo,Georges Bataille, Marginales Tusquets,, Barcelona, 1979.
    [2] La llama doble, Octavio Paz, Seix Barral, Barcelona, 1993.
    [3] El erotismo, Francesco Alberoni, Gedisa Editorial, México, 1991.
    [4] El amor y Occidente, Denis de Rougemont, Editorial Kairós, 1973, Barcelona.

Marco Tulio Aguilera

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