MAS SOBRE MI AMAZONAS

El Amazonas de Garramuño
Rafael Antúnez
Artículo publicado originalmente en Berlín en la revista Otro Lunes http://otrolunes.com/
(Nota: No es la misma nota aparecida en esa revista y publicada en este blog hace varios días. Es otra... obviamente)

Hace cosa de un mes, o un poco más, estuvo en Xalapa el gran poeta Tomás Segovia. El motivo, o el pretexto de su charla, era presentar su reciente traducción de una pieza de William Shakespeare. Tomás habló largo y tendido sobre Shakespeare, la traducción y la poesía. Cuando llegó el momento de que dialogara con el público, alguien, sin venir a cuento con el tema, le preguntó cuál era el destino de la novela. Esta pregunta hecha a un novelista parece una impertinencia, pero hecha a un poeta parecía, y era, una barbaridad. Tomás la sorteó como pudo y acabó hablando de una novela escrita por él.
Su respuesta no me convenció, aunque intuyo que no hay una respuesta a esa pregunta que pueda convencer a todos. ¿Cuál es el destino de la novela?
La pregunta me rondó varias veces la cabeza, sin que alcanzara a hallar una respuesta cabal. Probablemente la hubiera olvidado, tal y como uno suele olvidar todo lo que pasa en las presentaciones de libros, pero la lectura de Agua clara en el Alto Amazonas de Marco Tulio Aguilera (Benemérita Universidad de Puebla, Colección Asteriscos, México 2010), me hizo volver sobre ella.
Quizá mi respuesta les parezca una perogrullada, pero tengo mis razones para creer en ella. A mí me gusta pensar que el destino de la novela es no tener destino. Creo que ésta es una de las grandes enseñanzas que Cervantes nos regaló a los novelistas. Hay que salir a los caminos, pero no recorrer las mismas sendas, hay que viajar, sí, pero no repetir los itinerarios de viaje de otros novelistas. Salir al camino como lo hizo don Quijote, renunciando a ser el hidalgo Alonso Quijano y convirtiéndose en el Caballero de la Triste Figura, dejar de ser cuerdo y volverse loco.
La novela de Marco Tulio se inscribe en una tradición (el viaje por el río en busca de algo o de alguien) que tiene representantes tan dignos como Joseph Conrad y Álvaro Mutis, pero, a diferencia de ellos, Marco Tulio escribe una novela celebratoria, su personaje no viaja al corazón de las tinieblas, sino, como su título lo dice, en busca de agua clara, contempla deslumbrado la inmensidad de la jungla, la turbulencia de sus aguas, escucha el ensordecedor rumor de la selva, ve embelesado la belleza de las indígenas y las posee, en sueños, en historias… El personaje de Marco Tulio, al alejarse de la sociedad e internarse en la jungla, al quedar libre, o desnudo de todos los ropajes que la sociedad da o impone, se convierte en un hombre que debe enfrentarse, más que con la naturaleza, consigo mismo. Confrontarse para descubrir si es bueno o malo. La herramienta que los personajes de Marco Tulio eligen es la narración más que la acción. La narración de hechos que pueden ser o no ser verdad. En este sentido, Agua clara… está más cerca del espíritu de Las aventuras de Huckleberry Finn, que del de las tribulaciones de Maqroll el Gaviero. La narración les sirve para remontar el río del tiempo. “En realidad la novela teje dos historias de viajes –ha escrito Joaquín Díez-Canedo–: una crónica de un viaje real de un académico universitario a la selva y una novela en la que se narra un viaje imaginario de un personaje muy semejante al que hace el cronista de la primera historia. Estas dos historias se confunden, se relacionan y se fecundan. En las dos líneas narrativas los protagonistas asumen actitudes cínicas, pero de un cinismo al estilo de Diógenes: los dos pretenden vivir con pocas cosas y aislarse del mundo para recuperarse a sí mismos. Hay dos tipos de viajes: uno, el exterior, en el que hay muchas anécdotas, aventuras y peripecias; y otro, el viaje interior, en el que tales aventuras propician una transformación. El protagonista (los protagonistas) se conocen a sí mismos al conocer el mundo”.
¿Habrá estado alguna vez Marco Tulio Aguilera en el Alto Amazonas? A mí me gusta pensar que no. O, mejor dicho, que no ha estado físicamente. Y que como a todo buen novelista, le bastó con leer sobre el tema y dar rienda suelta a su imaginación.
Hace algunos años apareció un libro que tiene por título ¿Fue Marco Polo a China? Lo escribió una connotada cinóloga, Frances Wood, experta en historia antigua de China y conocedora como pocos del chino clásico. Ella buscó y rebuscó en viejos archivos, anales y crónicas del medievo chino y llegó a una sorprendente conclusión: el viaje de Marco Polo a la China nunca tuvo lugar: “Marco Polo, cuyo libro impulsó al rey don Enrique el Navegante a enviar navíos a la India y a Cristóbal Colón a buscar por el Oeste los tesoros del gran Kan, no salió nunca de Europa, y su relato es una falsificación de tercera o cuarta mano, un zurcido de cronicones embusteros y testimonios mal contados por otros”. Pero este embuste es, si bien lo vemos, también uno de los grandes triunfos de la imaginación.
Marco Tulio, prefiero pensar, inventó su Amazonas, su río de historias, falsas y verdaderas. La verdad literaria siempre será más bella que la verdad, porque no necesita pruebas ni testimonios, no requiere de ningún tipo de comprobación. Si el novelista dice que ha estado en el Amazonas y el lector duda de él, bien hará en cerrar la novela e ir en busca de un libro de viajes. Marco Tulio no deja lugar a dudas sobre su postura. Escribe: “Es claro que escribir una novela no salva a nadie, es simplemente un pretexto, una aventura que digiere el tiempo, ayuda a vivir y a escapar de las rutinas a veces insoportables. Las novelas son mentiras grandes que parecen verdaderas y que mientras más mentirosas sean resultan más verosímiles. El novelista termina por habitar más en su mundo que en el de los demás. Es, ni más ni menos, un esquizofrénico. Lo separa del mundo un abismo y lo une un puente: su obra.”
De una manera muy cervantina, el narrador olvida o trastoca, como ustedes quieran, los nombres de su o sus amadas, la real o reales y las imaginarias. Y al trastocar una y otra vez la realidad, al hacerla tan confusa o tan hermanada a su fantasía, el narrador no hace otra cosa que volver una y otra vez (por sus propios senderos y con sus propios medios) a esa vieja y siempre nueva pregunta que campea por la gran novela desde Cervantes hasta nuestros días: ¿Qué es la realidad? Hasta qué punto son reales las historias que nos refiere el narrador, hasta qué punto es real su viaje. Don Quijote, el santo patrón de los novelistas, es un alma errabunda que sale a los caminos en busca de aventuras, labrando a cada paso su destino. La novela, y Agua clara en el Alto Amazonas es buena prueba de ello, hace lo mismo. Es una loca que está cuerda, una mentirosa que se vale de las mentiras para decir su verdad, para lanzar sus preguntas, sus impertinencias, sus vicios, sus dudas y certezas a los cuatro vientos. Fundada sobre la libertad y sobre la duda, pues sin dudas no hay libertad, el narrador se sincera, o finge sincerarse (en realidad no importa) para decir a cada momento su verdad: “Sé que en verdad no estoy engañando a nadie, pues la imaginación es una de las más altas formas de la realidad. Einstein dice que la imaginación es más importante que el conocimiento. Estoy de acuerdo. Quienes me conocen en carne y hueso, saben que fui deportista voluntarioso, atleta mediocre, para no desentonar con la medianía que es mi regla de vida y mi mejor estrategia para triunfar –y que la vanidad o el temor a la vejez y a los achaques del amor tardío (mi mujer es quince años menor que yo, acudió a mis clases de redacción científica; de ahí pasó a mi cama y luego al registro civil: hoy tenemos tres hijos) me han mantenido relativamente en forma. A los cuarenta y nueve conservo una figura no del todo estropeada. Sé también que soy ligeramente mitómano, lo que no es nada excepcional. Una de mis características sobresalientes es la imprudencia. Repito: soy el inmodesto director de una revista científica de provincia, pero también el héroe de mí mismo y de algunos lectores ingenuos o desorientados”.
Agua clara en el Alto Amazonas es una novela de viajes, al interior de la selva amazónica imaginada por Marco Tulio Aguilera. Como un moderno Aduanero, Marco dibuja, inventa, una flora, una fauna, un río que es muchos ríos, un narrador que es muchos narradores, una mujer ideal que es muchas mujeres, y una novela que no dudo en calificar como de las mejores escritas por él. Una novela que crea su propio destino, errabunda y licenciosa, poética y turbia como las aguas del Amazonas, de donde este novelista nos ha traído un poco de agua clara.



Marco Tulio Aguilera

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