JOSEPH CONRAD, EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS

EL ARTE DE LA NOVELA

El corazón de las tinieblas: la novela irreductible
Segunda sesión de El arte de la novela,  en la Escuela para Escritores de Xalapa. 17 de agosto de 2002.
Marco T. Aguilera
 El corazón de las tinieblas[1]  de Joseph Conrad nos presenta una nueva forma de novelar en la que el narrador le cede la palabra a un personaje para que éste cuente la historia central. Este mismo procedimiento fue el que utilizó Sergio Pitol en  Domar  a la divina garza:  poner a hablar a un personaje y que éste cuente la historia principal de la novela. Marlowe, el protagonista de  El corazón de las tinieblas,  es un marinero, pero no un marinero típico, que carece de rumbo y que se embarca en cualquier barco, con tal de que le paguen; el rumbo de Marlowe no es sólo geográfico, sino moral: busca algo más allá de la paga física. Tal actitud fue también la de Conrad: a lo largo de su vida: emprendió viajes imprevisibles, con intenciones que rebasaban el deseo de aventuras y la ambición de dinero o poder. Lo suyo era la búsqueda de un saber que no se encuentra en los libros, sino en la vida: en una vida vivida de acuerdo a principios irrenunciables. No dudo que Marlowe sea el antecedente más directo, el  pariente más cercano, del Maqroll  de Álvaro Mutis, cosa que ni el mismo Mutis, creo, niega; tampoco Pitol debe negar que el procedimiento que utilizó en  Domar a  la divina garza proviene directamente de  El corazón de las tinieblas. Mutis es demasiado antisolemne para querer apropiarse de glorias ajenas y Pitol nunca ha tenido pretensiones de originalidad. El procedimiento de escritura que usan Conrad, Mutis y Pitol no es nuevo, es más bien bastante viejo: el contar una historia dentro de otra historia; lo usó la Scherezada de Las mil y una noches y fue usado en los Cuentos de Canterbury y en El Decamerón. La novedad se halla en que Conrad se salta olímpicamente la verosimilitud temporal y se permite contar de un tirón historias que en la vida real llevarían varias horas. Es pues un procedimiento artificioso, pero que en el arte de la novela, se disuelve.
El corazón de las tinieblas  no es solamente una novela de aventuras, sino una  novela de búsqueda moral, una especie de Odisea  de la naturaleza humana. No se va en busca de monstruos mitológicos, de grandes descubrimientos geográficos o de batallas desiguales y heroicas, sino que se busca (o tropieza) con aquello que en el fondo del alma guarda el ser humano. El protagonista de El corazón de las tinieblas no sabe lo que busca, pero sí conoce que todo cuanto encuentre, habrá de calibrarlo con grandeza y magnanimidad, sin intolerancia. De alguna manera Marlowe va en busca de lo que ya tiene: se busca a sí mismo en el mundo. En su aventura en la selva hay un intento de comprender las fuerzas oscuras, primitivas, que yacen en el fondo de todos los seres humanos, incluso de los más civilizados. Conrad compartía, sin duda, la idea de Thomas Hardy, según la cual “la tarea del poeta y del novelista es enseñar la vileza que se encuentra debajo de las cosas más grandes y la grandeza que se encuentra en las cosas más viles”.
Repitamos una frase interesante de Pitol con respecto a Conrad: “Llegar a Conrad marca uno de los momentos decisivos que puede conocer un lector cultivado”. La cima de esos momentos, sería, a no dudar, la lectura y un cierto tipo de comprensión del  Ulises de Joyce,  que, como señalamos anteriormente consitituye el Everest de la novela. (Everest que tiene un más allá en la novela Finnegans Wake, del mismo Joyce).
 El corazón de las tinieblas se abre con un barco anclado en la inmovil oscuridad de la desembocadura del Támesis. En la cubierta de ese barco los marineros escuchan la historia que cuenta Marlowe sobre su aventura en el Congo en busca de Kurtz, un agente comercial de la misma compañía, que se encuentra enfermo en el corazón de la selva
La narración de Marlowe es tensa y angusiosa y sus escuchas (y sus lectores) se ven atrapados en ella. El relato se inicia con la descripción de una navegación por un territorio lleno de amenazas, de hombres cercanos a la bestialidad, de ritos inconcebibles. En su nivel más aparente la novela es una una denuncia mordaz de los abusos de la civilizacion sobre las tierras y habitantes africanos, una denuncia amarga, llevada al extremo. Marlowe  ve aquella tierra sombría y diferente con ojos inquisitivos, además con una especie de intención trascendental: pretende explorar más allá de la convención occidental, que ha convertido a Africa en tierra de salvajes y fuente de riquezas. Marlowe descubre que Kurtz, ese agente comercial al que busca y pretende rescatar, se ha convertido en una especie de semidiós para los nativos. Y aquí es donde comienza el misterio: en el hecho de que el agente comercial, Kurtz, no es un occidental convencional, sino una persona de gran poder, que de una forma inexplicable ha entrado en la médula de aquella tierra aparentemente opaca a la comprensión de los ojos extranjeros. Marlowe conserva su honradez hasta el final, su odio a la mentira y termina por admirar en Kurtz su despiadada ambición de riqueza y su atrevimiento para invlucrarse en el misterio de un mundo secreto, aparentemente incognoscible.
Algo diferencia claramente el estilo de Conrad del estilo de un libro de aventuras: la capacidad de reflexionar sin hacer concesiones: “No, no me gusta el trabajo. Prefiero holgazanear mientras pienso en todas las cosas buenas que podrían hacerse. No me gusta el trabajo, a nadie le gusta—, pero me gusta lo que hay en el trabajo; la oportunidad de encontrarse uno mismo”. Es Marlowe quien habla, pero tras él está Conrad más Conrad que nunca: en esta novela el autor recrea, revive la aventura que él mismo vivó en el Congo Belga. En el viaje en vapor remontando el río —como los remota el Macqroll de Mutis— hay un aire de alucinación: la naturaleza es de tal manera abrumadora, que el hombre no puede sino sentirse pequeño, víctima indefensa en manos de un destino monstruoso.Así describe un tramo de río en el que la extrañeza está más presente que de costumbre: “El tramo era angosto, recto, con altos árboles, como terraplenes de ferrocarril. El crepúsculo fue deslizándose sobre él antes de que el sol se hubiera puesto. La corriente fluía mansa y rápidamente, pero una muda inmovilidad cubría las márgenes. Los árboles  vivientes, aprisionados por las enredaderas y por cada uno de los arbustos vivientes de la maleza, podrían haber sido convertidos en piedra, hasta la rama más delgada, hasta la hoja más liviana. No era un sueño; aquello parecía innatutral, como un estado de trance. No podía oírse ninguna clase de ruido, ni aún el más débil. Uno miraba pasmado y empezaba a sospechar si no estaría sordo. En esto se hizo la noche, repentinamente, y nos dejó también ciegos”.
El barco avanza río arriba  en busca de la estación donde está Kurtz, el agente comercial que envía marfil, grandes cantidades, desde el fondo de la selva, hacia Europa. Pero el viaje en el vapor es azaroso. Varios de los marineros son caníbales, se escucha un tam tam constante, el vapor es débil, hecho prácticamente de remiendos. En la espesura se adivinan grandes peligros, se escuchan gritos desgarradores.
Marlowe encuentra a Kurtz muy cerca de la muerte, recoge todo el marfil restante, lo sube en el barco y confronta la personalidad de Kurtz, un hombre que ha sido seducido por la selva, a la que considera suya, que está consubstanciado con ella, con su arcano. “Todo le pertenecía, pero eso era una insignificancia. La cuestión era saber a qué pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas le reclamaban como suyo”. Algo ominoso se cierne sobre el lector, el narrador no puede o no quiere precisarlo y es este núcleo de misterio el que mantiene tensa la narración.  El corazón de las tinieblas  es el tipo de novela que no cede sus secretos y en este ocultamiento que parece a veces casi vergonzoso o púdico se cifra su encanto renovado. (Un párrafo de la correspondencia de Conrad ilumina este aspecto: “Todas las grandes obras de la literatura han sido simbólicas, y, de este modo, han ganado en complejidad, en poder, en profundidad y en belleza”).
El descubrimiento de que Kurtz, en su inmensa soledad,  no sólo había escrito una especie de tratado  para la Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes, sino que había entrado en relación con esas costumbres y además, “cuando sus nervios le fallaron”  comenzó a “presidir ciertas danzas nocturnas que terminaron en indescriptibles ritos que se ofrecían a él” —intriga y turba a Marlowe. La narración de este nudo ciego de sentido hace que la narración se torne más tensa, más opresiva. El protagonista no entiende qué es lo que yace en el corazón de las tinieblas, pero lo siente, lo sufre, y de la misma manera lo padecen sus lectores. La narración asume caractéteres menos incidentales, más esenciales, cuando intuimos que Conrad no alude a los salvajes sino a todos los seres humanos, que ocultan en su corazón lo innombrable, lo indecible.  Pitol, en el prólogo, aventura que estos ritos se incluyen orgías de orden sexual, pero en la novela en ninguna circunstancia se menciona tal cosa, sólo se repiten adjetivos ominosos: innombrable, espantoso, pavoroso. Tal vez en la traducción, en las traducciones, se perdió algo de esa verdad oculta. (Habría que preguntarse si Pitol, Araceli García  e Isabel Sánchez ocultaron algo, lo maquillaron). ¿Qué pasó con Kurtz? Nunca se sabe en realidad. Se dice que participó en ritos terribles con los indígenas y se hace una reflexión de carácter general: “”La selva había logrado poseerlo pronto y se había vengado en él de la fantástica invasión de que había sido objeto. Me imagino —dice Marlowe— que le había susurrado cosas sobre él mismo  que él no conocía, cosas de las que no tenía idea hasta que se sintió aconsejado por esa gran soledad”. Kurtz es rescatado, casi moribundo, de la selva, por Marlowe, pero la selva lo reclama. Kurtz vuelve a escapar del vapor, casi arrastrándose, y regresa a la selva. Marlowe lo sigue.  Dice Marlowe: “Intenté romper el hechizo, el denso y mudo  hechizo de la selva, que parecía atraerlo hacia su seno despiadado desertando en él olvidados y brutales intintos,  recuerdos de pasiones monstruosas y satisfechas”. (Tal vez Kurtz puso al servicio de sus instintos más bestiales, de sus gustos más extravagantes, a los y las nativas, tal vez se entregó a una vida de absoluto placer, sin restricción alguna... Tal vez. En la novela no se aclara este asunto).
Es este no decir, no mencionar, lo que hace oscura la novela: como que se alude a un fantasma de algo que no se atreve a decir su nombre. Este no decir, este “fantasma” de lo que no se puede nombrar, se encuentra también en otras novelas: en  Pedro Páramo, con respecto a la relación de Susana Sanjuan con su padre; en  Muerte en Venecia, con respecto a la verdadera esencia de lo que siente von Aschenbash hacia Tadzio.
Poco a poco Marlowe va descubriendo los resortes del imperio de Kurtz sobre los nativos y la selva: ha tomado posesión de la voluntad de las tribus circundantes y ha saqueado todos los alrededores, mediante el poder de su personalidad subyugadora, sin despreciar la violencia o la complicidad incluso obscena como método. Y sin embargo, tiene el poder de encantar a quienes lo conocen. He aquí la paradoja. Es como si Kurtz estuviera atrapado en el fondo de la selva y el marfil fuera el pretexto para seguir allá. Es como si hubiera algo más, algo aterrador y subyugador, que Marlowe (y Conrad) sugiere pero no revela... quizás porque no alcanza a comprenderlo. Se intuye que Marlowe termina por admirar el imperio de Kurtz sobre los indígenas, sin importar los medios mediante los cuales haya logrado su dominio. Se adivina que hay una aceptación de la superioridad de la raza aria, a la que pertenece Kurtz, pero también un temor reverencial y una admiración por el misterio ancestral que guardan los salvajes, que acaso se relacione con la parte demoníaca del ser humano. Tal vez los nativos conozcan algún gran secreto que tenga que ver con el placer o la plenitud, tal vez...
Kurtz es arrastrado por Marlowe de nuevo al vapor. El barco escapa con su cargamento de blancos entre la pena y la ira de los nativos, que gritan desde la orilla, protestando por lo que podría ser el rapto de su mesías. El vapor escapa río abajo. Cuando Kurtz muerte, entre alucinaciones, Marlowe reflexiona: “Permanecí aquí, para soñar la pesadilla hasta el fin, y para demostrar mi lealtad hacia Kurtz una vez más. El destino. ¡Mi destino! ¡Es curiosa la vida..., ese misterioso arreglo de lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que se puede esperar de ella es cierto conocimiento de uno mismo..., una cosecha de inextinguibles remordimientos”.
Tratar de encuadrar la novela de Conrad en una tipología sería evidentemente empobrecedor: algun estudioso diría naturalista, otro, que de misterio, el de más allá, psicológica, otro diría que de  aventuras escuetamente, el de más allá, que de aventuras metafísicas, alguien, que autobiográfica, otro que de crítica social, de denuncia, demoníaca, en fin, básicamente compleja, y, como los sueños, con un ombligo que la ligará siempre con lo desconocido. Es, sin duda, un reto, una puerta abierta a lo desconocido e innombrable que yace agazapado en el alma humana. Una novela que habla a manera de parábola a cada lector con un lenguaje diferente, personal y que le permite a ese lector leerse: los muchos sentidos permiten esta ambigüedad, que es básicamente la de la vida: el misterio que no encuentra solución.


[1]  Utilizo la versión de Araceli García, publicada por Alianza Editorial, 1976;  en algunos casos la confronto con la de Sergio Pitol, publicada en la Universidad Veracruzana, 1966.

Marco Tulio Aguilera

1 comentario:

  1. Me gustó mucho tu crítica sobre este libro; refleja un gran conocimiento literario. Mejor explicado lo inexplicable, no puede estar. Un saludo desde la Ciudad de los palacios, María Avila Ramírez

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