PRIMER CAPITULO DE MI HISTORIA DE TODAS LAS COSAS

Aquí está el primer capítulo de mi novela Historia de todas las cosas que publicará la Editorial Educación y Cultura de Puebla. Son 18 páginas, pero lo prometido es deuda, no duda.
1. El primer negro, segunda época, otro negro. El ranador se aburre de su ficción y le pone color.

Solamente había un negro de pura cepa en San Isidro de El General cuando se estaba terminando de construir la primera catedral. Vino contratado por un desconocido que le había enviado una carta solicitando sus servicios de zapatero, que porque en esas extremidades no había siquiera un mísero remendón y como él no tenía ningún negocio pendiente en Puerto Limón y como estaba desesperado por asuntos de amores y recuperándose de una picadura de machaca que le había tenido el aguijón enhiesto quince días con sus noches correspondientes, se vino a convalecer y a aventurar tierra adentro. Todavía le escocía el pito por los emplastos de menstruo que le puso una virgen piadosa y que le obligó a soportar una semana en conserva, pero aun así decidió cambiar su oscuro destino apostándolo a una carta elegante y bien redactada y con perfume a vainilla de Papantla. Tuvo que viajar bajo la estructura de un vagón de ferrocarril. Ya en la Meseta Central escapar mil veces de la guardia civil y de los inspectores del Ministerio de Higiene, Cultura y Deportes, caminar durante una noche entera y un día negro de ceniza del volcán Irazú hasta Cartago, encapucharse allí para comprar un tiquete del bus marranero en el que prestaba servicio Óscar Pedernera, y permanecer ovillado las ocho horas que duró el viaje hasta que llegó al Valle de El General.
            Allí, aquí, lo primero que hizo fue tirar los guantes blancos y la capucha a la basura y mostrar a los siete vientos su negritud orgullosa que había violado fragantemente la Ley de No Inmigración de Chinos, Negros, Mulatos y Otros Extranjeros desde la Costa hacia el Interior, vigente por entonces en todo el territorio nacional. Como es natural fue recibido por una corte de crueles niños asombrados y de lindas putas de pechos libres que comenzaron a columbrar las dimensiones del nuevo miembro. Y pronto Denario Treviño estuvo contemplándolo desde la azotea de su edificio de dos pisos y medio, recién construido. Marilú se asomó por la ventana de la ferretería de los Po, con James, no Yeims sino James, un niño Dios de Rafael Sanzio en brazos. Y el ferretero Fermín Fano aprovechó la oportunidad para regocijarse en la admiración de tamaña mujer que no cabía en el sueño de ningún hombre. Y Baruch Gelststeinberg Hohensollen, que sólo tenía el don de las niñas, e Ibrahím, ya carcamal y chimuelo del bajo vientre, ni se inmutaron al ver aparecer a la bella Marilú. Y el padre Soto, inmune por completo a la ponzoña de las hembras, escandalizado, convocó a una reunión de alto nivel con las beatas, María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, la del cine del mismo nombre, al frente. Reunión a la que no asistió Sebastián Pereira por considerar absurdo el querer expulsar de la ciudad a una persona por el simple accidente de ser negro y tener una sonrisa más efectiva que un balazo al corazón. Eso pensó desde la distancia el eterno proyecto de diputado recordando la escena años más tarde.
            Se formó pues una comisión cívica que fue a protestar ante el alcalde, quien, estrenando su casaca de terciopelo rojo con bordados en flor de lis y su traje grano de pólvora, terminó por aceptar que la violencia ejercida a la antedicha ordenanza irremisiblemente llevaría a la degeneración de la raza, la decadencia del país y eventualmente a la extinción de la especie humana, que antes de apagar sus alientos, sería negra de pies a cabeza. Argumentos que fueron bíblicamente fundamentados por el padre Soto en el subsiguiente sermón en la Catedral de Las Latas.
            Don Eutifrón, el alcalde, sin una cana todavía, habló con el nuevo agente de policía, Robustiano, un muchacho de estatura desmedida, atlético, de pelos parados, quien respondió que vería qué se podía hacer. Uno nunca sabe lo que son o pueden ser los negros, dijo, y pensó no sin inquietud en el famoso dicho, ¿qué tú sabes del amor si nunca has besado a un negro? Ajustó sus cananas, se caló el sombrero tejano antecesor del kepis galonado y se dirigió al parque. San Isidro de El General en pleno imaginaría muchos años después lo que años antes recordarían quienes conocieron a los negros originales y lo compararían con el recuerdo futuro de lo que sucedió en el pasado.
            A los hechos: el muy cínico negro Vladimiro brillando como un pescado bajo el sol, sin siquiera agitarse y boquear, aunque sin duda estaba fuera del agua de su natural y rústica realidad original, mirando pasmado el armatoste lleno de escamas bulliciosas de la catedral que al viento organizaban una sinfonía que hacía pensar que el pueblo era azotado por una marea de rayos y relámpagos de la ira del Señor.
            Robustiano lo tomó del brazo interponiendo entre su piel y la de aquella criatura exótica un pañuelo, temiendo acaso el contagio de ese mal oscurecedor y desconocido y le dijo que quedaba detenido. Con calma, le respondió Vladimiro, con calma, conversando y un itacate se llega a Roma, sentémonos en el parque y démosle conversa al asunto, su majestad no se despreocupe, mi amigo, que vengo en son de paz y en misión de desprogreso.
             Desplegó una sonrisa tan dulce que parecía una amenaza de amistad infinita e indestructible. Cualquiera sabe que un pueblo sin negros es un pueblo triste, agregó con una especie de suave e irrefutable sabiduría. Le dijo que venía buscando a un señor Crisóstomo Reflejo, que según cuentos tenía en su poder y a su arbitrio a toda la ciudad y gran parte del país y el mundo.
             El policía respondió que ni antes ni ahora ni después ni nunca habían oído los sanisidrogeneraleños de aquel humano que tenía nombre de caricatura y que se diera por preso de acuerdo con las leyes y la constitución de la república en él representada. De paso le preguntó por qué hablaba tan desacomedidamente: tan al revés pero tan al derecho.
            El negro no encontró pasión para contestarle. Entre otras cosas porque Vladimiro se sintió atropellado por una admiración grande como una cornada en pleno pecho por la pompa desaforada que tenía al frente—no medía el policía todavía los dos metros de alto ni transportaba la inconcebible circunferencia que llegaría a tener, pero iba en camino— y así lo expresó diciéndole que sería un inmerecido deshonor ser detenido por una autoridad tan llena de poder y majeza.       Eso más o menos le dijo haciendo titilar sus frondosas pestañas de brocha gorda. Muchas e fuertes razones e historias debió dar y contarle el negro a Robustiano, quien, por una vez en su vida gustó de otra persona que no fueran su padre y las lindas putas de todos calados y fermosos relentes, no todos de muy buen aroma, que ya pensaba incluir en su agenda de deleites semanales. Sin embargo y apenas por tranquilizar a los ciudadanos necios y rancios del Barrio de Abajo, lo encaneció al negro lindo prometiéndole eso sí que lo liberaría a la primera oportunidad que se le presentase. ¿Dónde habíase visto un negro tan negro y tan sabio que hasta brillara en la oscuridad? Y eso dijeron y dirían los chismosos de siempre, que Vladi brillaba en la oscuridad.   
            Y aquí vino a dar aquel macizo montañoso de músculo y hueso, nos hizo compañía varios meses y contó, sin dejar de sonreír, sus desbuenaventuranzas, decía, que todo para él era al revés, sin desabrocharse la sonrisa de los labios, maldiciendo no ostante al señor Reflejo que lo había metido en tan tremendo embrollo del cual pensaba, sí señor, salir con bien, aunque nostalgioso, pues siendo hombre acostumbrado a los cuatro horizontes, al espejo del cielo y al cachondeo femenino de la mar, cavilaba, contradictorio del todo el endivido, morir de saudade sin hembra que le ladrase encerrado manque fuera en una cárcel tan grande e limpia (Orate y perjudicado de mente debía estar el negro e imaginado del todo para decir esto) como la presente y yo no tuve la fuerza de mala voluntad para decirle que había sido mi mitotera persona, Mateo Albán, historiador sin título y literato famoso para el resto de la eternidad con obra sobre rieles, quien viendo aquella cibdade tan descolorida y poco literaria y habiendo conocido a un vecino no muy respetable de Puerto Limón que habló maravillas de Vladimiro, había conseguido su dirección y señas particulares con el noble objetivo de agregarlo a mis personajes y crear un poco de desconcierto y conmoción humanas de las cuales estaba floja mi tramoya.
            Pero plugo a Dios que a Robustiano, en contra de opiniones menos autorizadas y más llenas de fundamentum inconsumpum veritatis, se le reblandeciera el corazón y liberara a tan buen contador de historias e inventor de artificios, que dejó más de uno sin terminar, particularmente el de Benjuil Mnemjian El Todopoderoso y la Flor de Paúd. Sin embargo no me entristecí porque por una parte esperaba que en el mundo de los de afuera, para unos menos y para otros más real que el de adentro, rindiera más provecho. Y por otra, Mateo Albán acababa de recibir, enviado desde Popayán, un libro complicado y poco corriente llamado Mirme Glucario, tratado sobre las costumbres no muy decentes de las hormigas, muy poco erudito en otros extremos del saber, escrito por Johnatan Kardon…
            El negro Vladimiro quedó otra vez bajo el sol de alucinación, mirando los mil resplandores de la catedral y oyendo su estruendo de tormenta eléctrica en alta mar, pensando en su perra suerte. Es curioso, sin perder la sonrisa abotonada, la sonrisa congénita. No tenía dónde caerse muerto porque había abandonado todas sus propiedades, entre ellas su morado corazón en la costa: de ese talante eran las promesas del incomprensible Crisóstomo Reflejo. Años más tarde, cuando el negro ya se había creado una posición en la comunidad, usaba relatar los jardines que le pintó el malhadado Reflejo, mezcla de valles vírgenes trasmontanos, áfricas recuperadas y paraísos multiplicantes por los que discurrían ríos de leche y aguardiente en los que se bañaban encueradas las hijas de Dios que no reconocían pecado alguno en el comercio del amor sin reglas y sin yugos y sin pensiones alimenticias, y todo sucedía en extensísimos prados sombreados por árboles serios y dispendiosos bajo los cuales campeaba una comunidad de criaturas felices que aceptaban resignadas que el trabajo era el peor invento de Dios, asunto que no incumbía a los mortales. Vladimiro creyó esos embustes, excepto la maledicción que se atribuía al trabajo, que él consideraba sagrado, y como era un hombre honesto, dispuesto a darle la razón a todo el mundo, decidió aceptar las promesas de Reflejo. Una de sus reglas era la siguiente: en la duda no te abstengas, pendejo. Eso de que le escribieran a uno cartas perfumadas con vainilla desde tan lejos, con detalles como saludos cordiales a toda la familia, como si lo conocieran a uno desde la parusía, y que lo trataran a uno de señor Vladimiro y otros mil menjurjes, cuando lo más que lo habían llamado era Miro y lo menos Machucavergas, cuando nunca había recibido otras cartas que las de la baraja… eso no era cosa de voltearle la cincelada espalda.
            Los primeros días de su libertad anduvo como un topo al sol, dándose mojicones y pintándose verdugos contra las miradas judicadoras y sintiendo la admiración de las niñas díscolas que no terminaban por ponerse de acuerdo sobre las dimensiones de su músculo necio. Atrevidas eran las muñecas de sololoy, sin embargo no se atrevían a poner su pepa como mascarón de proa y vanguardia del ejército del amor con negros.
            Estuvo sentado bajo un almendro, el único árbol que había en la cibdade fuera del parque, y allí se durmió. Soñó que estaba sentado en el mismo sitio donde dormía su cuerpo de príncipe moro. Soñó que allí florecía una tienda de libros de nombre extraño. Y soñó que al pasar una rapaza rabiosamente bella y espléndidamente embarazada, dejaba caer en su mano una moneda. Cuando despertó tenía la mano extendida, el árbol estaba en su sitio, y en la mano había un doblón de oro con un peso de dos castellanos. Sin saber a ciencia cierta por qué, se puso triste. Recorrió la Calle del Comercio y se entretuvo en ver correr el agua transparente y roja del caño a cielo abierto que hacía las dichas de los niños curiosos con sus bajeles de hoja de plátano. Miró sin ver a Marilú, la insoportablemente preciosa mujer de Ponciano Po. Regresó al parque, dobló en la esquina y entró al Restaurante de Los Camioneros. Se sentó ante una mesa adornada con orquídeas de plástico, industria de la beata María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa. Colocó la cara entre las manos y redobló su tozuda sonrisa que ya resbalaba peligrosamente hacia la más apestosa melancolía. De sus axilas comenzó a exhalar un insoportable olor a orín de coneja en celo. Son cosas de la vida, se dijo. Sintió una palmada en la espalda y tuvo que mirar hacia arribísima: era un hombre con brazos como piernas de cerdo colgadas de un gancho y pecho como fuelle de fundición, un bigote de macho bragado en buen cultivo de su masculinidad, haciendo marco a una quijada prógnata, y cubriéndole la cabeza una cachucha que decía Ford.
            Qué le pasa a mi negro, dijo con voz tan grave y conmovedora que llamó la atención de todos los presentes que eran más bien pocos: un par de vagos que nunca llegaremos a conocer y una mesera bastante guapa, que ya le estaba aventando pedradas de cariño con los ojos al hombre grande.
            Le contó. De Puerto Limón, del sueño y de cómo estaba desesperado por asuntos de amores y recuperándose de una picadura de machaca que le había tenido el aguijón enhiesto quince días con sus noches correspondientes. El hombre puso su mano derecha llena de callos sobre un hombro de Vladimiro y le dijo: Que una mano se lava con la otra, que en el Barrio de Arriba había trabajo, que en este pueblo los únicos que se mueren, se mueren de amor y con las pelotas inflamadas, porque San Isidro de El General tiene la más alta densidad de mujeres lindas, altivas y despectivas por metro cuadrado en el mundo océano. Pobres mujeres lindas, el espejo se las come. Dijo.
            —Cualquiera sabe –dijo- que para el amor las feas, las gordas y las contrahechas son la ley. Y si no fueran ley, por lo menos se esfuerzan más. Y es que, amigo, para el amor, se necesita talento y ganas. Y eso es lo que les falta a las lindas.
            Y también, gratis, le interpretó el sueño: La que viste fue a Penélope, amante del más grande contrabandista del sur, madre precoz de Sol y Cielo, dos niñas como no existen ni en el mismo paraíso de Mahoma y madre años más tarde de Estrella y Lucero, una de ellas grandísima puta y la otra tirando a santa. Doña Pene te dio una moneda antigua y eso quiere decir que vas a tener dinero, no mucho, pero sí lo suficiente. El embarazo quiere decir que vas a gozar de más hijos que una tortuga de carey. El árbol que se transforma en librería me da mala espina, creo que indica desgracia, pero no puedo estar seguro.
También dijo algo extraño:
—Un consejo: evita pronunciar la palabra pero. El día que lo hagas la vida te pondrá una zancadilla y te romperás irremediablemente el hocico.
Y luego, tras comerse un kilo de bisté y medio de cebollas cabezonas y cuatro tomates en rama y beber tres litros de cerveza e invitar al negro a comer y beber otro tanto, cosa que hizo con deleite y con ventaja y que hubiera seguido haciendo si no le gana la cortesía propia de los negros recién llegados, lo encaminó hacia el Barrio de Arriba por un sendero lleno de piedras, entre matorrales, le regaló un pedazo de cuero ocioso al saber que era zapatero, montó en un enormísimo camión que más paercía un tren carguero cargado de árboles muertos y desapareció, engullido por el polvo rojo en la carretera que algún día sería apellidada Panamericana.
Antes de desaparecer en medio del polvo rojo gritó ah, y no se te ocurra gastar la moneda del sueño.
Ya con ese cuero en las manos, Vladimiro se instaló bajo un techo de cartón piedra que encontró en un basurero en medio de una miríada de niños juguetones e insolentes, consiguió prestados leznas, agujones y cáñamo y se puso a trabajar. De su primera obra dependían el prestigio y el nombre, pero su afán de lograr una obra de arte le hizo olvidar las auténticas dimensiones de los humanos seres. No pensó que a efectos de tan tremendos calores, que en tales menesteres nuestro pueblo no es recatado, el cuero se encogería más de lo previsto. Cuando terminó los zapatos eran talla cuatro, y al día siguiente amanecieron en menos dos, eso dicen, merced a los 45 grados de fiebre del mundo, que vulneraron las buenas intenciones de los isidreños castos. Le costó mucho trabajo venderlos, nadie tenía el pie tan pequeño. Como al mes de andarlos exhibiendo, alimentado como una liebre silvestre sólo de hierbas de epazote y pasto gigante, por toda la ciudad en una bolsita de plástico celofán, una señora muy demacrada, con la cara plagada de pecas rosadas, lo llamó desde una tienda: era la esposa de Baruch Geldsteinberg Hohensollen, que había parido un cuatromesino, tan diminuto que parecía el hijo reducido de un enano, una criatura con los dedos de manos y pies unidos por membranas, y los oídos, la boca, el ano y la uretra tan tapiados por la inmadurez que fue necesario horadarlos con agujas de plata aportadas y administradas por Calixto Scientificorum.
Al ensayo de los zapatos asistieron todas las presuntas vírgenes de El Embajador de la Elegancia conjuradas para ver dos prodigios juntos: un negro legítimo y un niño casi invisible, que cabía con todo y zapatos en la palma de una mano. La pestilencia a orín de coneja en celo que partía de los sobacos de Vladimiro alborotó a las niñas, al punto que tuvieron que hacer fila en el baño para desengañar las urgencias de sus cuerpos.
Aviva de Geldsteinberg Hohensollen, con sus pecas en ebullición, orgullosa de la curiosidad que causaba su engendro, se dejaba rodear y pronunciaba palabras suaves e indescifrables. No había aprendido todavía ni los más elementales rudimentos del español, y nunca los aprendería. Apenas servía para torturar el piano, empecinada en la taradez propia de judía hija de genio. Juicio de su esposo, Baruch, dueño de El Embajador de la Elegancia.
Hablaron el negro y la judía con el lenguaje de los dedos. La “V” de la victoria cerró el trato por dos centavos. El negro salió perdiendo, porque la “V” de Aviva era romana y la suya era latina y marcaba apenas el par.

Marco Tulio Aguilera

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