PECAR COMO DIOS MANDA

SOBRE LA HISTORIA SEXUAL DE LOS MEXICANOS
En el México antiguo había tal cantidad de grupos sociales, etnias, culturas, y estaban de tal manera imbricados, que con dificultad se podría sacar en claro un concepto definido de cómo podría ser el de los comportamientos sexuales de los mexicanos. Más fácil  sería hacer una especie de diccionario de personajes, de dioses, de héroes, de seres memorables y de individuos que de alguna manera determinaron lo que es hoy el mexicano contemporáneo. Por ello voy a desistir de buscar una sistemática en el libro de Eugenio Aguirre  Pecar como Dios manda. Me limitaré a reproducir algunas curiosidades, extravagancias, ritos atroces o poéticos, que registra el libro: hablemos primero de loa nahuas. Entre ellos Tlazolteótl, era considerada diosa de la carnalidad, de la lujuria y la lascivia desbordadas, de las trasgresiones sexuales, comedora de excrementos e inmundicias, vinculada íntimamente a la noción de pecado que impregnaba la mentalidad de los nahuas.
En general se muestra una intensa actividad sexual entre los habitantes originales de México, y  se le da gran importancia a tan importante sector de la existencia; la culpa está presente en los casos de adulterio y excesos. La excepción es la de los  cuextecas, “que no se confesaban para obtener perdón, porque no asumían la lujuria como un pecado”. En general el mito de Adán y Eva está  presente, como en la mayoría de los grupos humanos. La primera deidad de la cosmogonía maya es dual y tiene nombre masculino y femenino: Ometeótl y Ometecuhtli. A partir de ella se origina una teofanía que constituye una Welanschauung tan particular como podría ser la de los egipcios o los griegos.
De entrada  Aguirre asevera: “Debido a la promiscuidad amatoria atribuida a los dioses, que en cierta forma no eran más que el reflejo  de lo que sucedía entre los hombres bajo el pretexto de la  reproducción, tarea felizmente sazonada con el deleite sexual, el panteón náhuatl proliferó en deidades consagradas a la satisfacción de los deseos carnales, a los desmanes inspirados por la lujuria, a la voluptuosidad incontrolada, más también al castigo de los excesos que se cometían en las esteras o petates terrenales”. Entre las curiosidades que hallamos en el libro está la descripción de Mayahuel “la diosa del pulque, deidad lunar por excelencia, que era representada con 400 pechos”. Los nahuas tenían la costumbre de atravesarse la lengua con  palitos cada vez que cometían un pecado. Lo que lleva a conjeturar a Aguirre que la expresión actual “echarse un palito”, que designa lo que llamaríamos un acostón ocasional,  deriva de aquélla de horadarse la lengua cada vez que se cometía un desliz. Según Aguirre Tlazoltéotl, “la diosa de la carnalidad de los nahuas y de la fertilidad, de la lujuria y la lascivia desbordadas, de las trasgresiones sexuales, comedora de excrementos e inmundicias, vinculada íntimamente a la noción de pecado que impregnaba la mentalidad de los nahuas y otras culturas, fue a todas luces, la más influyente y definitoria del comportamiento sexual de los pueblos que la veneraban”.
Entre los huastecos había una actitud bastante cínica con respecto a la confesión: “Esta confesión auricular –escribe Aguirre-- sobre todo de adulterios, la hacían los varones cuando ya eran viejos, porque argüían que habiendo cometido muchos pecados en su juventud, no los confesaban hasta la vejez para no verse obligados a dejar de pecar antes, ya que si reincidían no tendrían perdón ni remedio, y serían condenados indefectiblemente a pena de muerte, procedimiento que se realizaba machucándoles la cabeza”.
Abundan en el libro de Aguirre historias de personajes que harían palidecer a Lucrecia Borgia o al marqués de Sade. Un ejemplo es la de Chalchiunenetzin, una jovencita protegida de Netzahualpilli, rey de Texcoco, que le fue entregada como concubina y que a espaldas de su protector se dedicó a todos los excesos lúbricos imaginables cuando todavía era apenas una Lolita. No le bastaba con satisfacer sus gustos nimfomaníacos, sino que sacrificaba a sus satisfactores y guardaba sus cadáveres en ánforas que conservaba en un salón. Descubierto el adulterio, se hizo un juicio público: la voraz lolita se le aplicó garrote, a los tres galanes que la estaban empalmando simultáneamente al momento de ser descubierta se les quemó, y a 2000 cómplices se les dio garrote y se les arrojó a un barranco. Eso dice Aguirre.
Relata también Aguirre que debido a que la poliginia era aceptada entre los gobernantes aztecas, muchas mujeres permanecían en estado de insatisfacción, por lo que se desarrolló la costumbre de utilizar el pistilo lubricado de una flor, la tetraxincaxochítl,  a manera sustituto del falo, lo que evitó varios adulterios y los consiguientes castigos.
Cito otro fragmento: “Casi ninguna mujer, fuera de la condición  que fuese, estaba exenta de la violencia sexual que los hombres imponían para ejercer su dominio (…) En algunas culturas se practicaba una especie de  violación,  quizás de carácter profiláctico, como acontecía entre los totonacas, cuyos sacerdotes efectuaban la circuncisión a los niños, en la forma tradicional de cortar el prepucio, sólo que ellos lo hacían con los dientes; y en el  caso de las niñas, éstas eran desfloradas  con los dedos”.
Entre los nahuas, afirma el autor,  hay denominaciones que muestran un divertido y grande descaro en las costumbres. A los prostíbulos se les llama “Casas de los alegres” o se anuncian así “Lugar donde se venden traseros” o “Lugar donde se compran traseros”. Hay putas decentes y putas malas. Las decentes son las que recompensan a los guerreros tras las hazañas;  se les llama “maahiltiame”. A las malas se las llama “ahuiani”;  éstas son putas mercenarias, que trabajan para su placer y provecho. Entre los nahuas había también refinamientos sexuales: existían lugares de reunión, en los que las mujeres practicaban las artes y se preparaban para agradar a los hombres, como lo acostumbran las geishas en Japón.
Aprende uno en este libro nuevas y útiles palabras:” Teponi” para pene; “totonqui” para vulva florida. Los nahuas tenían toda una farmacopea a su disposición para estimular sus apetitos y su rendimiento. Llama la atención la carne del  mazacoátl  “que es una culebra con cuernos, prieta, sin eslabones en la cola”, con la carne de esta culebra se hace un preparado que los nahuas toman “muy templado y muy poco y si lo toman destempladamente siempre tienen el miembro amarrado y podrán tener acceso a cuatro y a cinco y a más mujeres, a cada una cuatro o cinco veces porque siempre despiden simiente, y los que esto hacen mueren porque se vacían de toda sustancia de su cuerpo y se secan, y se mueren deshechos y chupados ; y andando de esta manera al final mueren en breve tiempo, con gran fealdad y de semejanza de su cuerpo y de sus miembros”.
La segunda parte del libro se ocupa de la sexualidad de los mayas. Una de las historias más atrayentes y trágicas es la de dos doncellas que fueron ahorcadas por los conquistadores, no por culpa alguna sino porque eran muy hermosas y porque podían hacer caer en tentación a los españoles (aquí vale la pena destacar un detalle que a mi juicio le resta seriedad al libro de Aguirre: las frecuentes bromas, en general de mal gusto, que hace en algunos pasajes. Por ejemplo, cuando relata que a algunas mujeres mayas los españoles les cortaban los pechos y las lanzaban a las lagunas, el autor comenta que tal historia confirma la versión popular de que  sin tetas no hay paraíso).
               Entre los mayas el matrimonio y la castidad fuera de él eran muy exaltados. Lo que no quería decir, naturalmente, que estuvieran libres de pecado. En los bailes no se admitía quien llegara sin calzoncillos. Según Aguirre los mayas hacen una aportación al lenguaje coloquial del idioma castellano, al integrar la palabra “concha” como sinónimo de la vulva. Cito textualmente: “”A las niñas, al cumplir tres años, se les colocaba una concha roja sobre el pubis, que deberían conservar intacta hasta la celebración de los ritos de la pubertad”. Con el paso de los años la palabra concha se usó para aludir a la parte verenda fundamental de la mujer.
               Afirma Aguirre: “El amor verdadero como se le ha concebido a lo largo de los siglos, tenía muchos asegunes entre los mayas y lo más probable es que sólo se diese en las relaciones extramaritales (…) porque en el matrimonio ni siquiera se contemplaba”. Ello debido a que los padres eran los que escogían las parejas y los mayas no tenían preparación alguna para la institución matrimonial.
Afirma el autor que entre los mayas hubo cultos fálicos, como en casi todas las culturas primitivas.  Dice que en Uxmal se hallaron once falos con medidas de dos o tres pies. Otras curiosidades que se encuentran en el libro de Aguirre. Refiriéndose a la región de los mixtecas, habitantes de Oaxaca, uno de los cronistas decía: “A orillas del río Athólar  hallaron  algunos de los gigantes que habían escapado de la segunda edad, los cuales siendo gente robusta y confiados con sus fuerzas y mayoría de cuerpo, se señoraron de los nuevos pobladores, de tal manera que los tenían tan oprimidos como si fueran sus esclavos, y a sus mujeres violaban con sus falos enormes y les hacían estragos tanto por la vía natural como por el ano o las obligaban a sorber en sus bocas el jugo hediondo que arrojaban por el pene…” Esta es una de las leyendas que difundieron cronistas que hallaron grandes huesos, posiblemente de animales prehistóricos o… tal vez, resultado de la existencia de criaturas de otras eras de la humanidad. Que hubo en el pasado de esta humanidad gigantes es relatado por mitologías griegas, egipcias y de otras culturas.
               Luego habla sobre regiones en las que había canibalismo ritual, regiones en las que las cópulas se preparaban untándoles a las mujeres chocolate en la zona a visitar , chocolate que los hombres debían lamer antes del asunto fundamental.
   LOS COMPORTAMIENTOS SEXUALES DE LOS ANTIGUOS MEXICANOS
Hay en este libro una especie  de complacencia por toda clase de historias truculentas, y no se busca la fidelidad histórica o la veracidad, sino el hallazgo, la desmesura, el exceso, que puedan hacer atractiva para el lector contemporáneo aquella vida de los habitantes originales de México. Es por ello que no se hace uso de notas de pie de páginas u otros artilugios eruditos que podrían hacer pesada la lectura. Un ejemplo es la siguiente historia que podría ser jocosa, si no fuera trágica por el abuso que describe. Ya entrado el libro en la sección referente a la sexualidad tras la conquista,  Aguirre reproduce un párrafo que es en sí mismo una historia memorable, digna del Decameron: “Fray Miguel de Oropeza, franciscano de treinta años, fue denunciado por otro religioso de la misma orden quien vio que al estar confesando a una india, fray Miguel “tuvo acceso carnal con ella, en una rincón de la iglesia de Tepeaca. Cuando estaban en el acto, ella debajo y él arriba, continuaron más tarde la confesión, de la que resultó absuelta la india”.

Marco Tulio Aguilera

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