INFIDELIDAD

 DIARIO DE 1998


Mi amiga la bruja Liriam dejó el asunto en paz como diciendo: Hay cosas que ignoras y quieres
 seguir ignorando. Allá tú. Me atrae y repele mi amiga la bruja Liriam. Sé que estoy en su poder
pero no puedo evitarlo. Cada vez que llego a Bogotá se absorbe y se presenta
como mi consejera espiritual, mi gurú y mi representante. Poco faltó para que viajara conmigo a Tunja
donde tuve que dictar talleres de casi ocho horas diarias. Imaginar a Liriam mirándome
constantemenete mientras yo hablaba y sabiendo que ella sabía más de mí que cualquier persona, me
causaba escalofríos. Lo ideal es dictar charlas y conferencias frente a desconocidos, que no le conocen
a uno sus historias, sus argumentos, sus debilidades. Afortunadamente a última hora Liriam tuvo
compromisos ineludibles con uno de sus pacientes.
            Conozco el método que usa Liriam para asegurarse de que voy a regresar a ella. Antes de
despedirnos me lleva a su biblioteca y busca algún libro inhallable, un texto que parece
rescatado del incendio de la Biblioteca de Alejandría. Me lo entrega solemnemente y dice: "Sé que
mientras tengas este libro en tu poder, vas a pensar en mí, y que cuando regreses a Colombia, me lo
vas a traer. Hay muchas cosas que no te he dicho y que necesitas saber. De todos modos desde mi
casa te estoy viendo. Basta que se abra la puerta del espacio-tiempo para que yo vea cada uno de tus
actos".
            En esta oportunidad Liriam me prestó un volumen de novelas bizantinas, en traduccion de
Juan B. Bergua, que incluye Las etiópicas de Heliodoros, Aventuras de Leukippé y Kleitofón, de
Aquiles Tatius, y La novela de Kallimachos y Chrisorroé, anónima. Los libros son como sogas que
me unen a ella. Hubo un momento en el que, mirando directamente a los ojos de Liriam, le pregunté:
¿No serás acaso el demonio? Ella respondió: Yo con ese señor mantengo relaciones distantes.
            Ya en el avión de regreso a México me dedico a mirar por la ventanilla. Como el ala me
impide ver, decido cambiarme a un asiento vacío, cerca de una señora de las que llamarían
distinguida, que viaja sola. Comenzamos a hablar, intercambiamos la información habitual. Ella me
informó que se dedica a la consultoría, yo le dije que escribía libros. Preguntó mi nombre. Se lo dije.
Hizo gesto de ignorancia. Preguntó los nombres de mis libros. Cuando le mencioné Cuentos para
después de hacer el amor el rostro se le iluminó. Dijo: "Yo tengo ese libro". (Atención: No dijo yo
leí ese libro, sino yo tengo ese libro). "Y, ¿sobre qué escribe?" Le dije que sobre mujeres:
relaciones de hombres y mujeres, mujeres que conozco y me impresionan, historias curiosas,
alteraciones de la conducta de las mujeres, erotismo femenino, aventuras entre románticas,
cursis y truculentas (el célebre José Homero calificó mi "línea" como la del erotismo mandilón; otro
autor, creo que fue Ignacio Padilla, dijo que yo escribía sexo-ficción; algunas mujeres me han
calificado de machista y egocéntrico, etc). En síntesis le desmadejé el rollo y la mujer (con un coqueto
botón de la blusa desabotonado y mostrando el incicio de un par de sanos pechos cuarentones) cayó
en la trampa. Pronto me estaba contando intimidades que no le había contado a nadie. Dijo que después
de 20 años de fidelidad le había sido infiel a su marido. Que nunca había pensado en ello, pero que en
cierta ocasión, cuando fue a un gimnasio de masajes (decente, aclaró) notó que un hombre muy
hermoso (el esposo de la dueña del salón de masajes, una mujer en extremo desagradable) la
miraba con mucha atención y que el individuo le dijo a quemarropa "usted me gusta mucho".
Gracias, respondió ella, con simpatía. El hombre la acompañó al auto, le abrió la puerta y le dijo
"pienso que usted y yo podríamos ser buenos amigos". La mujer siguió yendo al gimnasio y el hombre
terminó por decirle: "Pienso que ese cuerpo suyo merece grandes homenajes y no estoy seguro de
que los tenga". La mujer, valientemente le respondió: "La verdad es que mi vida sexual es normal y
creo que no necesito más". El hombre se rió. "Mire, señora, me está dando la razón y quiero que me
dé la oportunidad de demostrárselo". La mujer le respondió que estaba loco y él le dio la razón. Al
despedise insistió: "Entonces qué, señora, ¿me da la oprotunidad de mostrarle que su esposo no
ha sido juicioso con esta maravilla de mujer que es usted?"
            La señora súbitamente pensó que  efectivamente, su esposo era demasiado somero en
asuntos sexuales, fogoso, sí, pero apresurado, y que ella, ya al borde de la edad en que las aventuras
son más difíciles de emprender, por una vez podría atreverse a probar la infidelidad. Y se lo dijo:
"Bueno, pero vamos a un sitio discreto". "¿A un hotel?", preguntó el hombre. "No", respondió la
mujer, "a mi apartamento: mi esposo está ahora en el consultorio y mi hijo en la escuela".
            La señora, con una sonrisa pícara, se acomodó en el asiento del avión y me dijo: "Lo que
hicimos en esa tarde no lo olvidaré nunca, aquello era un juego entusiasta, interminable, una diversión,
magia pura, un encanto como nunca lo había tenido con mi esposo".
            Las horas del viaje en avión pasaron volando. La mujer me contó todo lo que había hecho con
el tipo y dijo que no se arrepentía de ello, que había sido como abrir la ventana de un cuarto
sórdido a un hermoso y vertiginoso paisaje.
            Cuando descendimos del avión no tuvimos tiempo ni de despedirnos. La bella señora se fue
a sus negocios y yo a mi casa. Cambié los dólares ganados y me dije: Ahora es cuando arreglo mi
querida caminoeta S 10, le doy un dinerito a L para avanzar la construcción y regreso a mi vida de
civil: director de una revista científica, horas de oficina, básquet, a esperar la aparición de mis
artículos en sábado y de mi libro de cuentos infantiles El pollo que no quiso ser gallo y a
continuar en la dura batalla no para escribir (lo que es un placer) sino para publicar dignamente lo que escribo.
Fin del Diario de 1998
            Recuerdo ahora las palabras de Tomás González frente al mar en Coney Island: "A mí lo que me importa es escribir, no publicar. Yo lo que quiero es escribir una novela de cinco mil páginas que me tenga ocupado el resto de mi vida. Pienso que es una tontería buscar editor. Cuando era joven pensaba que la literatura podía servir para otra cosa, como hacer dinero o ser famoso. Ahora sé que el verdadero fin de la literatura es proporcionarle al escritor un mundo feliz, propio, con reglas particulares, diferentes a todas las demás,

Marco Tulio Aguilera

1 comentario:

  1. Postagem digestiva nesta página, assuntos como aqui está dão motivação ao indivíduo que ler neste blog !!!
    Faz mair quantidade do teu blogue, a todos os teus cybernautas.

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