TUNJA PARA DONCELLAS EROTICAS

DIARIO DE 1998
Portada de Maelstorm agujero negro publicado en el 2009
en la Colección Ficción de la Universidad Veracruzana.
El taller de cuento erótico en Tunja fue, a diferencia del taller en la Universidad del
Rosario, un acontecimiento. 35 personas asistieron, escucharon mis textos eróticos, mis ideas, 
escribieron, liberaron sus fantasías. Vi rostros hermosos y maduros sonriendo desde sus
secretos pensamientos y mirándome con picardía. Recibí tarjetas con poemas invitándome a volar
juntos. Todo les pareció maravilloso. Me recibió el doctor Benigno Avila, doctor de la
Complutense de Madrid, un hombre pequeño, tímido, enamorado de sus alumnas y de su
secretaria, un cascabel de mujer, llena de curiosidades y de represiones. Me impresionó ver el cambio
que sufrió en un solo año un muchacho, el novelista estrella de Tunja, que en 1997 se me presentó
como un generador humano, optimista, dispuesto a escribir obras maestras, seguro de sí mismo, y
que en octubre de 1998 era apenas una sombra pálida, ojerosa, sin aliento, un hombre avejentado y
derrotado por la vida. Asistió a una sola sesión del taller y luego desapareció. Recuerdo la 
mirada de desafío y pasión que lo acompañaba cuando me entregó apenas el año pasado su primera
novela y cómo se le llenaba el pecho al mostrar que era un escritor, un genio en potencia, un creador,
 al que el mundo le quedaba chico.
            Al finalizar el taller hubo doce discursos floridos, en los que se me dijo de todo, sabio, héroe
griego, maestro y todo el repertotrio. Yo les correspondí con un discurso tan florido como el de ellos.
Luego hubo una sesion de vino y chistes eróticos que duró dos horas. Y yo me estaba cayendo de sueño,
pues en dos días había hablado interminablemente, casi ocho horas diarias, pero aguanté como los
valientes. La secretaria del doctor Benigno y otra alumna eternamente sonriente y maliciosa,
estuvieron haciendo preguntas sobre erotismo en un restaurante, como si no supieran nada y yo en
verdad supiera algo del asunto. Una gordita, morena y simpática, me invitó abiertamente a la cama y
yo me hice el desentendido. Lo mismo había sucedido con una jovencita fragil, de trenzas, rubia, en el
taller de la Universidad del Rosario. Me mantuve en mis principios: fiel hasta la muerte, aunque
en la imaginación y en el papel me dedique a todo tipo de fantasías (recuerdo que no hace
mucho una iracunda lectora me insultó por medio de correo electrónico y afirmó que mi querida L
era una cornúpeta y yo un pobre escribidor sin mérito).
            El autobús de Los Libertadoras me llevó de regreso a Bogotá, en una carrera vertiginosa que me
tuvo al borde del pánico. El chofer parecía un loco furioso, rebasando en curvas, echando carreras
contra tráilers y contenedores de gasolina, bajando de manera suicida a unos abismos aterrorizantes.
Cada vez que daba una vuelta estaba a punto de volcarse. Le pregunté a una monjita que por qué los
pasajeros iban tan tranquilos si estabamos a cada instante al borde de la muerte, y ella me respondió sonriente que aquello era perfectamente natural en Colombia. Le dije que por qué no nos uníamos para
protestar y me dijo que no lo hiciera, pues el chofer, que ella conocía por haber hecho el mismo viaje
varias veces, se enfurecería y correría aun más. Ni siquiera cuando subí al rocket de Can Cun (que es
una cauchera gigante que lanza al incauto hacia el cielo a una velocidad que le ha ocasionado paro
cardiaco a más de un turista -antes de subir al roket el incauto debe firmar una especie de
testamento, en el que libera a la empresa de toda responsabilidad) tuve una emoción y un terror tan
grandes. 
            De regreso a Bogotá, mi amigo Dago García, guionista de la telenovela Tres veces Sofía, me
llevó a Suba a comer trucha. Renovó su oferta de que me instalara en Bogotá y dijo que me daría
trabajo como guionista de telenovelas, con 4000 dólares de sueldo. Le dije que por ahora no me
atrevía a dejar México, donde tenía demasiados compromisos. Lo único que yo tendría que hacer
sería inventar lo que iba a suceder en el siguiente capítulo de la novela: Dago y su equipo se
encargarían de poner el argumento en diálogo.  
            Ya en el apartamiento comenzaron a llegar las llamadas: una pintora quería que le
comprara un cuadro, decía estar en la ruina y confiaba en que yo podría darle unos cuantos
dólares; una escritora quería visitarme para traer libros; la poeta Robledo insistía en que la visitara
para entregarme sus manuscritos sobre la revolución erótica de las mujeres; Ramón, mi
acosador de cabecera, preguntaba si ya había leído sus cuentos; mis hermanos me acusaban de tacaño
por no ir a visitarlos a Cali; una  bruja que me tiene en su poder (ya contaré su historia más
adelante) me regañó por querer huir de Colombia sin despedirme; un pintor vino a traerme un dibujo
suyo y permaneció en silencio mirándome, luego se fue. El excesivo amor y la veneración de
algunas personas es molesto: eso de decir "eres casi perfecto", "eres un dios griego" y otras tonterías me
hace odiar a la gente. Nadie debe humillarse diciendo semejantes sandeces.
            Hoy apareció una entrevista en El Tiempo en la que el entrevistador me puso a decir una
serie de tonterías increíble. La mezquindad del tipo era evidente, ponía entre comillas afirmaciones
suyas, como si fueran mías. Voy a reproducir dos afirmaciones que aparecen en la entrevista. La
primera afirmación es  mía y no me averguenzo de ella; la segunda, de él, y me parece digna de un
retrasado mental: 1.  Generalmente los cuentos son como piedras que le caen a uno del cielo. Uno no
busca al cuento. El cuento lo encuentra a uno. 2. Hay cuentos que pueden nacer del hecho de
conocer a una mujer atractiva y tener una relación cercana, casi de iniciación sociológica
(sic a la sickisima potencia).  Como decía  (o dice, porque no le he vuelto a ver) mi compadre
Magno Garcimarrero (hoy senador de la república) háganme el refabrón cabor. ¿Qué diablos
es una iniciación sociológica? La entrevista concluye con la afirmación lapidaria de que mi línea es el erotismo...lo que no es cierto, mi línea es la frenápterasis.

Marco Tulio Aguilera

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