LA VENDEDORA DE ROSAS

La verdad es que La vendedora de rosas, de Víctor Gaviria, es una película tan conmovedora, tan real, que se siente verdaderamente cuando se  apuñala a un tipo y uno sufre y siente amor por ese niño totalmente  drogado que yace en una jardinera y manifiesta su amor por Lady. Uno   no sabe que aquello es real, uno lo cree, a diferencia de las 
películas de Hollywood donde uno ve asesinar a cien personas y uno ni 
sufre pues sabe  que aquello es una ficción,  una falacia. En la 
película de Víctor Gaviria uno sabe que esa es la realidad, una realidad 
tan sórdida, tan deplorabe y sin embargo tan dramática, tan artística. 
Allí uno descubre que la vida es arte y halla que el arte de Gaviria 
se halla precisamente en haber descubierto esa verdad. Gaviria 
descubrió que hay que dejar que la vida se manifieste en su artisticidad, en 
su simetría, en su valor, incluso en las circunstancias más espantosas. 
Los actores no son actores, son personas del mundo, pero su naturalidad 
es perfecta. Los critícos colombianos se apresuraron a colgarle 
a La vendedora de rosas la etiqueta de neorrealista, lo que parece 
absurdo: la singularidad de esta película colombiana es indudable y 
la clave de la simpatía que el espectador siente por los personajes 
es una especie de compasión, pasión compartida por sobrevivir 
y tener expectativas en un mundo en el que no parece haber 
escapatoria. ¿Cómo logró Gaviria plasmar esta complicidad con ese 
mundo tan complejamente diferente al cotidiano? Mediante el hecho de 
vivir la vida de esos personajes y sufrir lo que ellos sufren y disfrutar lo 
que ellos disfrutan.

           

Marco Tulio Aguilera

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