PAZ, BATAILLE, SADE, NABOKOV, BOGOTÁ

 DIARIO DE 1998
El autor trapeando el piso de la oficina después de tirar, con su habitual habilidad, el café (escena de la vida real, diciembre de 2010).

Bogotá, octubre de 1998. Me recibe mi hermana en el aeropuerto Eldorado. Su automóvil, el 
Twingo, está más deteriorado que antes. Pronto llegamos al apartamiento de ella. Ahora tiene 
como un inquilino a un músico enruanado que vive en la montaña, trabaja dos días a la semana 
como campesino y regresa a la ciudad a vivir de gorra donde sus amigos. Mi hermana tiene la 
misma costumbre de mi difunta madre: alojar en su casa a una cantidad de individuos 
desadaptados que tarde o temprano le pagan mal la hospitalidad. Pronto recibo llamada telefónica 
del ya histórico acosador, Ramón, quien dice estar feliz de mi regreso y me dice que soy un 
profeta que traigo alegría a su vida. "La vida es un pentagrama y las notas se van organizando de 
acuerdo a un plan. Una nota fue conocerte hace mil años en Cali, otra leer tu libro Los placeres 
perdidos, sobre el amado frenáptero Adolfo, otra conseguir la amistad de tu hermana y otra tu 
regreso triunfante a la patria. Así la vida va organizando una melodía y yo disfruto de esa melodía".
Eso dice con voz entrecortada por la emoción. De nuevo se repite lo del año pasado: le digo que 
estoy cansado, que debo organizar mis compromisos y que luego podremos hablar.
            Después de una cena frugal voy con mi hermana y las ayuquias (dos mujeres algo maduras, 
ayunas de yuca -conste que ellas mismas se definen así: "ayuquias"; hago la aclaración para que 
luego no salgan con el viejo cuento de que este ranador es machista, etc.) a una fiesta en el barrio 
de la Candelaria. En una casa con patio central cubierto con marquesina y rodeado por habitaciones 
llenas de objetos viejos y libros hay una multitud de jóvenes. Son gente de teatro y de música. La 
mayoría tienen un estilo de vestir  medio parecido al del viejo pachuco mexicano: ropas 
holgadas, compradas en ropavejerías, zapatos tenis espantosos, llenos de colorines, suéteres 
inmensos: cada quien viste de forma arbitraria, prendas remendadas o rotas, camisas a cuadros 
gigantescos, pantalones de paño inglés de corte decimonónico, zapatones de tacones enormes. 
Es una especie de lumpenización de los intelectuales: ya no tienen dinero para nada, ya saben 
que no pueden alcanzar el paraíso, el lujo, el dinero: ahora se contentan con vestir 
estrafalariamente, mientras más desordenados, rotos y extravagantes, mejor. Además ello les 
sirve para alejar a los ladrones y a los criminales, que son legión en Bogotá. Es raro el personaje que 
usa un pantalón de buen material, una camisa fina, zapatos limpios, un traje elegante o de marca. 
Más parece una corte de milagros que una reunión de intelectuales.
            Entro en la habitación que hace las veces de cantina: veo una foto de García Márquez sentado 
en el borde de una fuente en un  patio rodeado por gente de teatro. Gabo es para muchos 
intelectuales colombianos lo más cercano a un Dios que puedan hallar sobre la tierra; para otros, 
es la imagen misma de la soberbia.
            Los asistentes bailan con enorme entusiasmo, prenden cigarros de marihuana en el centro del 
patio con tranquilidad, nadie  se sorprende, todo es natural. Se baila un ritmo que se llama Marihuana 
y ello parece exaltar a la gente. Allí todos se aman, se besan, se abrazan. Pululan loquillos que 
miran las estrellas, filosofan, se dicen transparentes y recitan fórmulas para volverse invisibles o
levitar.
            A la una de la mañana me derrota el cansancio y regreso al apartamiento en un taxi con la
Mona, una de las tres ayuquias. Recorremos la Séptima y escuchamos a una joven gritar 
desesperada llamando a la policía. El taxi no se detiene, la gente no se ocupa del asunto.
            En un fin de semana típico en Bogotá hay cien muertos, dice la Mona. Y lo peor de todo es 
que esta situación lleva años así y no se vislumbra cambio alguno.
            Como de costumbre la organización de los talleres ha sido desastrosa, pero de todos modos
las 
cosas marchan. En el Palacio de San Francisco, frente a la calle donde se situán los esmeralderos, 
comienzo a hablar sobre el cuento erótico. El auditorio es heterogéneo. Entre ellos destaca el 
omnipresente Ramón, que llega medio borracho e insolente. No quiere que nadie hable sino yo. Le 
pide a la gente que se calle. "Vinimos a oír a Marco Tulio. A él le pagaron para que viniera desde 
México, así que callémonos todos y escuchemos". Y sin embargo él me interrumpe a cada instante. 
Llega el momento en que pierdo la paciencia y le pido el favor de que permanezca completamente 
callado hasta que termine la conferencia. Ramón baja la cabeza y parece estar sollozando. De pronto 
alza la voz y dice "¡Marco Tulio, eres hermoso! Si yo fuera marica te pediría que me llevaras a la
cama."
            Nadie se inmuta. En Colombia los loquitos son frecuentes y se ha aprendido a vivir con 
ellos. Entablamos un diálogo sobre el erotismo, nos preguntamos si hay diferencia entre el 
erotismo masculino y el erotismo femenino, se mencionan los nombres de Bataille, Paz, Alberoni, 
Denis de Rougemont. Pregono mi creencia de que el verdadero erotismo sólo puede ser alcanzado 
con el amor y pongo un ejemplo. "Si quiero besar a una mujer a fondo, me interesa saber si se 
lavó los dientes, si se ha bañado, si tengo confianza en ella, si se acuesta sólo conmigo o con 
todo el vecindario, si tras el amor tendré el placer de dormir abrazado a ella o deberé huir como 
el ladrón tras la fechoría".
            Al taller asiste una poeta azafata, que porta un coqueto sombrero y pañoleta al cuello, 
vestidos sastres con minifaldas agresivas, un sospechoso amuleto que parece de origen pompeyano 
y una forma de hablar excesivamente mimada, que causa inmediata repulsión. Dice que ha dado 
recitales en todo el mundo y que siempre ha sido aclamada por el público, incluso en los casos en 
que ha usado intérprete. "Si yo entro a una recepción diplomática inmediatamente todo se 
suspende y la gente me rodea para admirarme".
            Después del taller, me dirijo a la Universidad del Rosario, donde debo dar una conferencia en 
la que haré un recorrido por el erotismo en mi literatura y en mi vida. La conferencia dura tres horas y 
nadie se mueve. Recurro a algunas de mis anécdotas favoritas, cuento mi iniciación en las lides 
voyeuristas con la sirvientita Clemencia Ojos de cierva, describo mi primer deleite con una putica 
vestida de mexicana en El Barco del Amor (San Isidro del General, Costa Rica), hablo 
sobre mis incursiones literarias en la pornografía, en el erotismo conyugal. Recuerdo que José 
Agustín me echó porras en el Palacio de Bellas Artes cuando presentó mi libro Los grandes y los 
pequeños amores (publicado por Joaquín Mortiz, ya agotado y sin planes de reeditar -uno no 
entiende a las editoriales con sus políticas de publicar porquerías y olvidarse de la buena literatura: 
lo digo con la mano en los cojones) diciendo que era uno de los pocos escritores que se atrevían a 
escribir sobre el amor conyugal, y que lo hacían con dignidad y cariño. Recordé que algunas 
lectoras me calificaron de machista -en sábado  de unomásuno precisamente- y que ello me llevó a 
intentar escribir como mujer: usando protagonistas femeninas y puntos de vista femeninos. 
Describí mis métodos para escribir como mujer con verosimilitud: acercarme a 
algunas mujeres comunicativas, sacarles la información y luego trascribirla.
            Ante el público de la Universidad del Rosario leí mi mejor texto erótico que está incluido 
en mi cuento "La noche de Aquiles y Virgen" (incluido a su vez en la antología El cuento erótico
mexicano, de Editorial Selector, México). Veo que algunas personas del público se fruncen, se 
remueven
incómodas en sus asientos, veo que otras personas cuchichean (estoy en el corazón de la 
universidad más conservadora, más goda de Colombia) y noto que hay personas que están 
disfrutando del asunto. Terminada la conferencia salgo a caminar por la Séptima con Adolfo 
Chaparro, un pequeño y erudito profesor de filosofía que me regaló un tímido libro de poemas de su 
autoría. La calle más importante de Colombia está bordeada por policías con equipo 
antimotines, por policías en enormes caballos, por soldados y policía militar. Los empleados oficiales 
están presionando al nuevo gobierno de Pastrana para que eleve los salarios. Soldados, 
militares y manifestantes están casi juntos y no noto odio en ellos sino algo como una risueña espera. 
Ya los colombianos están acostumbrados a esto y en ocasiones, cuando no hay muertos y 
golpeados, las manifestaciones se vuelven motivo de jolgorio. Llego a casa, lavo platos, ordeno y me 
pongo a terminar la corrección del relato de mis aventuras en el Amazonas. Luego preparo algo para
cenar y me pongo a escribir estas líneas. Son las doce de la noche. Estoy exhausto: acabo de hablar 
durante cinco horas seguidas, anoche dormí solo una hora y sin embargo todavía tengo cuerda. El 
hecho de no haber cumplido con mis ritos del básquet me da reservas para estos tiempos especiales 
en que estoy fuera de casa. Los asuntos económicos no han ido nada bien. El editor de Plaza y Janés 
no me pagó ni un centavo por seis meses de derechos de autor, debido a que la vez pasada que 
vine a Colombia (en mayo) pedí a cuenta una enorme cantidad de libros que ahora debo pagar.  Lo que
sí me alegra es recibir la décima edición en lengua castellana de Cuentos  para después de hacer el
amor. Sugiero que le pongan una inmodesta fajilla, para que se venda mejor. Yo mismo la diseño : 
Décima edición! Del maestro del erotismo latinoamericano" ¿Qué hacer? La modestia no es mi 
don. La sinceridad sí. Nadie es perfecto. El cuento del pudor de los intelectuales, sus suspiros de
pureza, su desprecio al dinero y al éxito no van conmigo. Repito como Salvador Dalí: Me 
encantan los dólares. So what!
            Mis sesiones del taller de cuento erótico continúan en el Palacio de San Francisco. Quince 
personas asisten. Al inicio la situación es algo tensa, pero poco a poco se va relajando. No se trata 
sólo de leer y escribir literatura erótica, sino de abrirnos a la comunicación, intercambiar 
experiencias. Sugiero a los organizadores que en una segunda sesión se acondicione una habitación 
con una cama al lado del aula, de modo que los escritores dejen de imaginar el erotismo y lo 
practiquen. A los organizadores no les hace gracia la propuesta: la universidad es la más
goda (conservadora) de Colombia y los organizadores se atrevieron a planear el taller erótico sin 
saber bien a lo que se metían. Los hombres cuentan sus experiencias con desparpajo, pero como 
era de esperarse, son las mujeres las que dictan cátedra sobre el asunto. La poeta azafata con su
sombrerito cuco pregona su experiencia con hombres de casi todas las nacionalidades. No falta el 
macho machista, que quiere enseñar cómo se hace el amor bien y cuando habla trata de 
imponer su impresionante presencia poniéndose de pie y mostrando su musculatura de 
semental. Mi acosador de cabecera, Ramón, asiste a las sesiones medio borracho o 
enmarihuanado. Interrumpe constantemente y hace preguntas fundamentales:  ¿Pero qué es
en realidad el erotismo? ¿Tienealgo que ver con el espíritu? ¿Es el placer una forma del dolor? Y si 
alguien habla, él interrumpe y dice en voz exaltada: "¡Cállate!, no vinimos a escuchar a cualquiera, 
sino a Marco Tulio Aguilera". 
O de pronto, mientras yo trato de sacar en claro las características del cuento erótico, él 
vuelve a su cantaleta: "¡Marco Tulio, eres bello!" Lo que no me molesta en absoluto. Le 
agradezco que piense eso, máxime si es un joven y yo ya rozo los 50 años. La gente no parece 
molestarse por las interrupciones de Ramón: hay tantos locos sueltos en Colombia, que uno más 
no hace olas. Circulan entre los asistentes al taller los nombres de Paz, Bataille, Sade, Nabokov, 
Miller y García Ponce. De García Ponce se exalta Inmaculada o los placeres de la inocencia
una gran novela erótica, quizás la mejor que se haya escrito en Latinoamérica. Yo leo apartes de Las 
noches de Ventura (particularmente la seducción de Ranita) y los asistentes aprueban. 
Personalmente vendo mis libros y recojo el dinero (ni más faltaba: si Beethoven cobraba él 
mismo las entradas a sus conciertos, yo por qué no voy a ocuparme de mis finanzas). La décima 
edición de Cuentos para despues de hacer el amor publicada por Plaza y Janés de Colombia es el 
libro que más se vende, seguido de Cuentos para antes de hacer el amor.

Marco Tulio Aguilera

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