FERIA DE VANIDADES EN BOGOTÁ

DIARIO DE 1998

Por la noche en el taller de cuento de la Universidad Nacional estuve algo locuaz
y en un momento me percaté de que las tres horas de taller estaban siendo
pesadas y sometí a los escritores a ejercicios de imaginación que
resultaron divertidos. Les dije: Les voy a decir una frase, y a partir de ella
ustedes van a inventar un cuento. La frase es la siguiente: "Elena abrió la 
puerta". Ahora... tienen veinte minutos para escribir un cuento.
            El resultado del experimento fue interesante. Veinte variaciones
imaginativas sobre el pie de la primera frase. El mejor cuento lo escribió
una pequeña de quince años,  que planteó el tema de la infidelidad de una
manera jocosa y arrancó carcajadas. Me agradó la receptividad de los 
presentes, algunos de ellos escritores ya hechos. Entre los treinta escritores
hay por lo menos diez de valía. Uno de ciencia ficción, bogotano; otro de
Boyacá, autor de novelas psicológicas estilo Dostoyevski; dos de textos
herméticos.
            Por el momento me he marginado de la Feria Internacional del Libro
 de Bogotá y me he entregado de lleno al estudio de los textos del taller. La
sesión final del taller fue emocionante. Tras la lectura y comentario de los
cuentos de los participantes, les leí salteado, el cuento "Los juegos 
de la imaginación" y luego abrimos una sesion de preguntas y respuestas. Se
habló del machismo, del punto de vista femenino, de la relación entre mi vida y
lo que escribo, de nuevo salió el tema de la actitud de mi mujer ante mis textos
eróticos y ante el hecho de que ella parezca protagonista de algunos de mis
cuentos. Una muchacha concluyó que a pesar de mis intentos de asumir el punto 
de vista femenino, mi cuento seguía siendo machista. Mi respuesta fue
que la realidad era machista. 
Luego hubo un personaje de bigote que se desencadenó una andanada de elogios
a mi cuento: magistral, extraordinario, y se extendió ad nauseam en su canto
a mi persona, diciendo que el lugar que yo había alcanzado en la literatura
no lo había alcanzado nadie. Mientras lanzaba su ditirambo, decidí no
desilusionarlo y esperar que terminara. Los otros asistentes se molestaron y uno
 de los contestatarios, que siempre los hay, me atacó con fiereza, lo que aplaudí.
Repetí lo que he dicho muchas veces: los elogios los olvido rápidamente, los
ataques los recuerdo y los agradezco. 
La sesión del taller terminó con la firma de ejemplares (que yo mismo les
vendí. Ni más faltaba: si Beethoven mismo cobraba las entradas a sus conciertos,
por qué yo no voy a vender mis libros). Y luego llegó la hora del el vino y el
tequila. Nos emborrachamos bellamente, nos prometimos amistad eterna, les
di mi dirección y la promesa de apoyo eterno. Una chica con aretes en las
ventanillas de la nariz y ombligo al aire, morena, hermosa, algo delgada me dijo:
A dónde vamos a seguir la fiesta tú y yo? Le respondí, ya con el tequila hasta los
 huesos, que tenía compromiso de cenar con el jefe, director de Letras
 de la Universidad Nacional, y en efecto me fui con el.     
            Fuimos a un cajero para que se me pagara la segunda parte del
sueldo devengado y luego cenamos un maravillosa bandeja paisa que me
dejó el vientre satisfecho. Dormí como angelito.
            Las invitaciones a comer se han encadenado y todos los días son
diferentes: lechón tolimense, comida china, espaguetis, ternera a la llanera,
papas criollas, tubería negra, kumis y el resultado es que siento estrechos
 los pantalones. Ya extraño regresar a la rutina con mis amigos, los
salvajes del básquet (el Huesos, el Chino, el Zurdo, el Poblano, Villano II).
            Entre los escritores con los que me encontré hubo varias reacciones.
Noté que un individuo de mediana edad, tipo paisa, se acercaba al grupo en el
que yo estaba y se quedaba mirándome. Escuchó mi nombre y yo el de él. Su
nombre no me dijo nada, hasta que el hombre comentó: "Yo soy el autor del
Premio Nacional de Cuento en donde usted fue jurado y dio declaraciones
a la prensa diciendo que era una vergüenza que se premiara algo tan
malo". Entonces caí en cuenta: en efecto, en el 94 Nicolás Suescún y Luis Fayad,
 dos personajillos de la literatura colombiana, el primero de ellos con un
aliento alcohólico insoporteble y el segundo, sin haber leído los libros del
concurso, premiaron, en mi contra, un libro que era menos que mediocre,
 por completo repetitivo, superficial y soso. Como integrante de la tercia de
jurados, fui marginado... pero, eso sí, dije a los periodistas que el libro premiado
 era de un nivel de analfabeta literario y que los otros miembros del jurado
 posiblemente iban a repartirse el dinero con el agraciado.
            Yo reiteré mis críticas ante el tipo que me estaba reclamando y él
supo aceptarlas con humildad. Dijo que había ganado muchos concursos y
yo le respondí que eso no era garantía de nada. Dijo que yo había ganado 
muchos concursos y le respondí que eso tampoco era garantía de nada,
que la calidad se probaba ante el lector.
            Por otra parte me encontré con escritores que se acercaron a mí
con sus libros llenos de dedicatorias elogiosas. También tuve encuentros
con los consagrados, que me saludaron con cortesía distante y luego
casi  con patanería se despidieron a hablar con personas mas importantes 
que yo. Se iban con los traductores, con los escritores famosos, y los
cuidaban para que nadie se acercara a ellos, como perros con sus huesos. Allá
ellos. Tambien hallé a los viejos amigos, que prometieron una fiesta en Suba.
Un escritor que se definió como comunista se acercó a mí y me invitó a
almorzar. Se dijo mi lector y dijo que su asistencia a la Feria había tenido
retribución en el hecho de haberme conocido. "No me van a creer que caminé
a tu lado y que te invité a comer". 
Me regaló un cuento de ligera filiación borgesiana, bastante interesante y
pidió que se lo criticara. Le prometí hacerlo.

Marco Tulio Aguilera

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