Mujeres a caballo. Educación en la violencia

Diario de 1998
Necesito regresar a México con mucho dinero. Choqué con mi camioneta --comprada con el premio de ciencia ficción del año pasado-- y tengo que pagar mucho dinero. L perdió un sobre con 3500 pesos y voy a ayudarle a pagar eso también, además tengo cuentas atrasadas de internet y otras cosas. Afortunadamente el pago por mis trabajos en Colombia es bueno y en diciembre llegarán los tortibonos (premio a la productividad en la Universidad Veracruzana). Con esos dineros nos pondremos al día y seguiremos avanzando en la construcción de la nueva casa.  Mientras yo estoy en Colombia llegará a Xalapa Peter Broad, especialista en mi obra, quien utilizará su año sabático para escribir una obra sobre mi producción literaria. Peter es un ser extraño, casado con una mujer aun más extraña. Los dos son cuáqueros. El trabaja en la Universidad de Indiana en Pensylvania, ella es traductora. Peter es jocoso y el mundo pasa a su lado sin alterar su carácter de bufón shakespeariano que lo sabe todo. Yolanda sufre las agresiones de los olores del mundo y tiene una mirada fija que aterroriza a quienes no la conocen. Bogotá sigue alebrestado. Los empleados oficiales siguen exigiendo aumento de sueldo. La Carrera Séptima está atiborrada de policía, policía montada (muchas agradables mujeres con uniformes cabalgando bestias soberbias). Gases lacrimógenos, escudos, toletes, carros de asalto: todo parece estar listo para que suceda algo terrible en la capital. Pero mientras esto sucede hay un ánimo festivo en la gente: policías, soldados y manifestantes hacen bromas y luego pelean, sin grandes consecuencias. Un muchacho del taller, homosexual orgulloso, paradójicamente tímido y locutor, quien escribió un relato en el que narra su iniciación en el amor, me acompaña en la caminata por la Séptima. "En este país está sucediendo algo muy raro. Es como si una persona tuviera a mano derecha el más bello paisaje, y a mano izquierda el mismo infierno. Y esa persona, se ocupa de mirar solo el bello paisaje". Miércoles 21 de octubre, tercer día del taller de cuento erótico. Ahora estoy absolutamente solo en el apartamento de mi hermana, que viajó a la Amazonia venezolana. Estoy escuchando las sinfonías de Beethoven una tras otra, sin que nadie interrumpa, lujo que solo me pude dar en Banff y que es muy difícil de alcanzar. (Ahora que escribo esto me doy cuenta de que García Márquez cuenta algo parecido: sólo cuando atraviesa el Atlántico en avión y pasa muchas horas encerrado puede escuchar las sinfonías de Beethoven una tras otras. Confieso que don Gabo se ha transformado en un arquetipo y que es difícil quitármelo de encima por más asesinatos que trame uno.) Estoy experimentando el maravilloso deleite de la soledad. Ya había olvidado lo placentera que puede ser. Hasta el hecho de lavar platos y arreglar la casa se torna un acto feliz en estas circunstancias.  Y sin embargo todo está lejos de ser apacible: justo cuando estaba entrando al Centro Residencial Antonio Nariño estalló una bomba a cincuenta metros de donde yo estaba. Pude sentir el resplandor  y el golpe de la onda explosiva. Todo el mundo quedó petrificado un instante. Luego algunos echaron a correr. Las alarmas de muchos autos en el estacionamiento comenzaron a  sonar. Parecía el inicio de una guerra. Pasados algunos minutos la gente comenzó a reunirse para comentar el suceso. Que mataron a cinco estudiantes en la Universidad de La Salle, que los de la Nacional cerraron el paso de la 26 y se enfrentaron a los policías (pobres individuos, que tienen que pelear contra sus amigos, los estudiantes, para poder comer). Que ahora sí el país está al borde de la guerra civil. 
Colombia se moderniza: ya no hay asesinatos sino masacres. Ayer cuarenta personas, antier cincuenta, los muertos se cuentan como productos del mercado publicitario. Las fotos de primera plana en El Espectador y El Tiempo muestran a madres llorando sobre ataúdes, muy cerca de un enorme hueco que está rodeado por 30 rústicas cajas de madera. Una multitud de dolientes parece servir de coro trágico. Pobre Colombia, la esperanza que trajo el nuevo presidente, que subió con apoyo de una gran mayoría, no duró ni dos meses. 
 Comenta un periodista: "Sí hay mal que dure cien años y pueblo que lo resista: Colombia". Este país sigue vivo mientras la gente muere: siguen las clases en la Universidad del Rosario, donde la matrícula por un semestre cuesta 2000 dólares; siguen las reinas de belleza floreciendo en su esplendor y bobería; se preparan la selección de fútbol y la Feria Internacional del Libro; se inaugura el Parque Jurásico más  grande del mundo y 40 000 personas se reúnen en un parque para hacer aeróbicos y batir el record Guiness; siguen los concursos nacionales de arte con premios de 20 000 dólares; se construye el Capital Center II con una inversión del 49 000 millones de pesos. Y por otro lado, en Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, se hacinan casi dos millones de campesinos desplazados del campo, viven sin servicios públicos, sobreviven haciendo trabajos miserables o dedicándose a la delincuencia. En esta danza de paradojas, mientras fuera del Palacio de San Francisco gritan y  silban los manifestantes, yo y mis 20 alumnos estudiamos el cuento erótico. No he logrado hacer que escriban sino nimiedades, seducciones de sirvientas, pálidas pasiones homosexuales, escenas románticas con alusiones ruborosas a botones coquetos. Las mujeres, particularmente, se muestran reacias a escribir, sólo escuchan y callan, a veces sonríen o aventuran hipótesis. Les pregunto si a veces tienen fantasías de violencia y varias responden que sí, que necesitan en el erotismo intensidad, violencia, ser dominadas. La poeta azafata reclama airadamente, dice que esas fantasías son perversas, falsas, sólo propias de pueblos subdesarrollados. Se desata la polémica. Yo aventuro una hipótesis: muchas mujeres exigen violencia porque sólo cuando son forzadas pueden  superar sus restricciones, su educación represiva. Es una especie de falta de voluntad, un dejarse oprimir para alcanzar un placer que no podían suscitar ni disfrutar voluntariamente.

Marco Tulio Aguilera

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