EL ESCRITOR DE TELENOVELAS. DAGO GARCÍA, OSCAR COLLAZOS

Detalle de la entrada de mi cuchitril (antes de la Gran Pantalla)
DIARIO DE 1998

De El Tiempo tomé un taxi para ir a almorzar con Dago García, guionista recientemente 
contratado por televisión Azteca para escribir una telenovela que se llama "Dos veces Sofía".
La protagonista será Lucía Méndez y el tema parece ser el de la estrella que va de bajada. Dago 
gana 4000 dolares semanales y trabaja 8 horas diarias inventando telenovelas capítulo a capítulo. Me 
contó el procedimiento para escribir sus telenovelas. Se tiene que ceñir no a una historia, sino 
a un presupuesto: "X", protagonista, tiene que aparecer en todos los capítulos; "Y", personaje 
secundario, tiene que aparecer en uno de cada cuatro, etc.
            Dago tiene un equipo de varias personas y se pasan las horas discutiendo qué hacer 
con sus personajes.  Está ahorrando para producir la película basada en mi cuento "El suave olor 
de la sangre" y el año pasado fue finalista en el Concurso Nacional de Dramaturgia 
(Los concursos nacionales en Colombia son motivo de eternas discusiones: cada premio consta 
de 2O millones de pesos, unos 18 mil dólares).
            La relación con Dago y su gente es muy cordial. Dago no es un mercenario, sino una 
persona que tiene que venderse para hacer lo que le gusta. En la actualidad está escribiendo una 
telenovela sobre la novela Un mundo para Julius, de Bryce Echenique. Dago tiene un 
autómovil espectacular, la cabeza rapada, su celular a la cintura y dice sin reticencias que está 
haciendo mucho dinero. Reconoce que su trabajo en tele es superficial y que él se debe al 
gusto del espectador. Sugurió la posibilidad de que yo trabajara con él, pero rechacé la 
posibilidad: la perspectiva de escribir a destajo no me atrae.
            Tras el almuerzo Dago me llevó al periódico El Espacio, donde yo tenía una cita. Este es un
periódico sensacionalista, que medra con los crímenes y el escándalo. El encargado de la parte 
cultural, sin embargo, es un hombre culto y entusiasta, que dice estar metiendo de perfil la cultura a 
gente que no se interesaría en ella. La entrevista fue directamente en la computadora, en 
Pagemaker, preguntas y respuestas breves, todo muy ágil y muy agresivo. Luego sesión de 
fotos y finalmente, con la cabeza convertida en una bomba, salí a la Avenida El Dorado, a caminar 
bajo la lluvia gustosamente. Recordé que lo mismo hice el año pasado,  pero lleno de molestia, 
porque todo había salido mal.
            Dago me invitó a su apartamento el sábado, pues dice que hay varias mujeres que 
quieren conocerme, y que una de ellas duerme con mis libros Cuentos para después de hacer el
amor y Cuentos para antes de hacer el amor bajo la almohada. Entre las preguntas en El Espacio 
hubo una que se me repite con frecuencia:  ¿qué opina tu esposa de tus cuentos eróticos?
            Gasté la tarde en las gestiones del pago en la Universidad Nacional. El Director de 
Letrasme comentó que lo había entrevistado Oscar Collazos en Señal Colombia y que hablaron de mí: 
¿Por qué a Marco Tulio no le ponen atención ustedes, los escritores maduros de Colombia, por qué
no lo  apoyan, si el siempre los ha apoyado a ustedes?", preguntó Fabio. "Es que Marco Tulio es
muy áspero", respondió Collazos, "uno no sabe qué esperar de él".
            Recuerdo que hace muchos años Garcia Márquez me dijo : "Yo nunca hago declaraciones 
públicas sobre otros escritores -lo que es falso, aclaro, pues sí las ha hecho: sobre Merce Rodoreda, 
Tomás Eloy Martínez y otros- porque una vez afirmé que Oscar Collazos era un buen escritor, y 
desde entonces no ha vuelto a escribir nada bueno".
            Luego fui a arreglar un documento de contrato de compra-venta de mi parte del edificio, un
vejestorio situado en una zona no muy recomendable de Bogotá, que nos dejó en herencia nuestro 
padre. Tras ir a la notaria, acompañado por María Eugenia Cuervo, la encargada de la 
administración del inmueble, fuimos a ver el edificio. Este se halla situado más allá de la Plaza de
Bolívar,  justamente al inicio de la zona oscura de Bogotá, donde medran los maleantes. Por 
esa zona después de las siete de la noche ya nadie puede salir a la calle. La propiedad es una 
construcción vieja, de cuatro pisos, deteriorada, al frente de la cual hay un edificio colonial que es 
un gran prostíbulo. Es poco el dinero se puede sacar del edificio y es por ello que la venta de mi 
parte (una séptima parte, pues somos siete hermanos) no deja de ser buen negocio. Tal vez en un 
futuro próximo la zona "decente" se mueva otros cien metros y ya la construcción sea rentable. 
Entonces mi hermano tendrá una buena propiedad. Por ahora es un agujero.
            Con la doctora Cuervo recorrimos varios almacenes donde encontramos algunas cosas por las
que de pronto sentí capricho: unas calzonarias o tirantes de excelente calidad, un sombrero 
Barbisio, un uniforme completo de la selección de fútbol de Colombia (mi hijo mayor dice que quiere
jugar en la Selección de Colombia aunque sea mexicano). Lo mejor, un traje sastre con 
chaqueta tres cuartos, de lana virgen, color rojo, para mi mujer, una prenda bellísima. (Que mi mujer 
rechazó semanas más tarde inmediatamente: ¿Y tú crees que yo me voy a poner eso!) Ya con las 
compras anteriores puedo decir que terminaron mis gastos y que todo lo demás lo llevaré a 
Xalapa para avanzar en la construcción del estudio (al escribir esto, el primero de junio de 1998, 
ya el estudio está listo y las sesiones del taller han comenzado).
            Ahora escribo con mi sombrero Barbisio puesto y siento que asumo una nueva 
personalidad. El sábado terminan casi todas mis actividades literarias. Por la mañana jugué 
basquetbol contra un muchacho de 18 años, buen jugador, en presencia de Liriam Marulanda. Le 
gané dos partidos de tres, mientras Liriam le echaba porras al muchacho : "No es posible que un 
viejo de medio siglo le gane a un muchachote como vos", gritaba. El muchacho me preguntó mi 
nombre y luego me dijo que tenía un libro mío en casa y que era poeta. Luego caminamos Liriam y yo
por los andadores de la Unidad Residencial Antonio Nariño, entre grandes árboles. Liriam me 
reveló muchos de mis recuerdos perdidos -lo que he llamado memoria ajena- y  yo me asombré 
de las fechorías de mis tiempos universitarios.

Marco Tulio Aguilera

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