EN EL PARAISO DE LAS ARTES EN BANFF, CANADA I

DIARIO DE  1997


Tras dejar a nuestros hijos bajo la autoridad de Ruth, la hija de los compadres lecheros que viven al frente de nuestra casa, salgo con L  rumbo al D.F. para tomar el avión que nos llevara a Canadá. Como de costumbre llevo libros que hace años esperan su lectura. A última hora los saco todos y dejo tres. El manual de buceo y los dos volúmenes de las obras completas de Shakespeare. Espero cumplir en esta estadía de cuarenta días en Canadá el viejo proyecto de terminar la lectura de todas las obras de Shakespeare. Los primeros quince días me acompañara L, luego estaré solo y espero emprender un viaje al fondo de Shakespeare al tiempo que reviso por última vez la última novela de la serie El libro de la vida que llamaré El Amor Pleno. Se llamaba La plenitud del amor, pero después de una plática con Sergio Pitol y de recordar algunos títulos hermosos como La Vida Nueva de Dante, llegamos a la conclusión de que El Amor Pleno suena mejor. Cumplo con el viejo proyecto incubado en New York y New Palz de recorrer estos paisajes de bosques y montañas cubiertas de nieve con L.
            Es curioso descubrir como cualquier persona se atreve a hacer comentarios inteligentes sobre lo que uno escribe. Un amigo que está leyendo la segunda novela de la serie, comentó que quería hacerme unas cuantas observaciones sobre la novela La Hermosa Vida, en la que, según él unas cosas se redondean y otras no. En fin, se le agradece la buena fe. Pero nadie sino el propio escritor puede o debe influir en una obra que está en marcha.
            De Xalapa al DF, de allí a Toronto, de Toronto a Calgary, de Calgary a Banff: en total 20 horas de viaje. El Centro para las Artes de Banff, en el parque nacional del mismo nombre, está en medio de las Rocky Mountains y es un complejo cultural excepcional. Allí se reúnen artistas de todo el mundo y de todas las disciplinas a crear su arte, en el medio más propicio imaginable. No sólo se trata de que lo alojan a uno en un edificio que parece un hotel de cinco estrellas, sino que le dan todo, absolutamente todo lo que requiera. A mí me proporcionaron el Leighton Studio número 1, del cual escribiré en próximos artículos, tuve mi computadora, mi paisaje personal (frente a los grandes ventanales pastaban venados colablanca y elks y ardillas y chipmonks se subían al balcón para buscar algo de comer), mi soledad y un respeto irrestricto por parte de todo el mundo. Me impuse el reto de presentarme pronto ante el Centro, dando una conferencia en inglés. Luego me dedicaría a aclimatarme, acompañado por mi esposa durante los primeros 15 días y finalmente, cuando ella regersara a Xalapa, me entregaría a escribir ocho horas diarias, hasta corregir tres novelas, un trabajo que en Xalapa me ocuparía tres años y que en Canadá terminaría en 30 días.
            La primera impresión de Canadá es la que proporciona un país ordenado, donde la gente cumple con su deber, se porta amablemente y todo está organizado para la comodidad general. No encontré gente agresiva. Los peatones tienen siempre el privilegio en las calles de Banff. Si una persona trabaja en una dependencia, trabaja, no holgazanea. Nadie quiere sacar un provecho extraordinario de nadie. La amabilidad es la norma.
            Dos días después de permanecer en las residencias y en el estudio, ya me siento a mis anchas. Pronto consigo amigos para jugar basquet, para escalar montañas y recorrer los bosques por senderos en bicicletas que me prestan casi sin conocerme.
            Las encargadas de los Leigthton Studios para Artistas (ocho cabañas en un bosque privado) son Jill Swartz, Caroll Holmes y Erin Michie, personas maravillosas que sólo tienen dos defectos: demasiados mensajes que responder en sus e mails y demasiadas reuniones.
            Pronto conoceré a mis compañeros mexicanos en las residencias artísticas: Rodrigo Sigal, compositor de música contemporánea (quien será mi compañero de básquet) y Sergio Cárdenas, director de la Orquesta Sinfónica de Querétaro (quien será mi compañero de conversaciones filosóficas, de chistes y maledicencias). Los tres formaremos una buena sociedad: comeremos juntos, criticaremos, nos reiremos, compartiremos las experiencias de nuestras mutuos trabajos artísticos y tasaremos a las hermosas canadienses (Rodrigo menos que todos, pues él se empeña en portarse como un niño bueno: no bebe, no fuma, no suspira por nada). Banff es el paraíso para los artistas, algo demasiado perfecto, tanto que a los dos meses de estar allí ya estaremos deseando regresar a la vida real, con sus cuentas telefónicas, sus platos para lavar y las inevitables horas de oficina.
Leighton Studio number one
Finalmente estoy instalado en mi estudio. El estudio es una cabaña diseñada por Peter Hemingway. Está construido a manera de una tienda de los indígenas norteamericanos, todo de madera. Los pisos son perfectos, de pino de primera, pulidos. Hay todo lo que uno puede necesitar. Refrigerador, cocina, tostador, equipo de música, mesa, computadora, horno de microondas, calefacción regulada automáticamente. Todo ha sido planeado para que los ocupantes trabajen a sus anchas. Está prohibido el paso a personas ajenas a los Leighton Studios.  Al frente mío hay un bosque de coníferas que puedo ver a través de ventanales de techo a piso. Todo está cargado de electricidad y al momento de poner a hervir un huevo, doy un salto y el huevo sale volando. Hay detectores de humo por todas partes y está prohibido fumar. Es sábado y apenas me estoy recuperando de un viaje de 20 horas de Xalapa al DF, de  allí a Toronto, de Toronto a Calgary y de allí a Banff. L me acompañará durante los primeros 15 días en los cuales estaré calentando motores para trabajar. Una vez que se vaya trabajaré 12 horas diarias para terminar El amor pleno, la última novela de la serie. L me toma fotos en mi estudio y ya pienso que se está portando como esposa de escritor famoso, lo que me desagrada un poco. L propone que esta noche abandonemos Lloyd Hall, donde tenemos una habitación espléndida, para venirnos al estudio, a ver qué podemos hacer divertido. Anoche fue necesario hacer una fiestecita para terminar de conciliar el sueño. Cuando L se acerca a darme un beso, se aparta violentamente. Mi bigote le da un toque eléctrico. 
            Las directoras de los Leighton Studios, todas parecen locas, hermosamente locas, y ya me había percatado de eso desde que nos conectamos por correo electrónico. Le comento a Myra Davies que tengo ganas de meterme al Bow River y ella, con gran tranquilidad me dice que no lo haga, que los canadienses están cansados y aburridos de ver que mueren japoneses, alemanes, gringos, bajo aludes, atacados por animales salvajes, congelados, y que si yo me convierto en cadáver, en un fosil dentro de un bloque de hielo, eso no ayudará a crear mito alguno, sino que servirá para crear problemas a los anfitriones canadienses, que ya están hasta el copete de extranjeros imprudentes. El río es tan frío que bastarían 30 segundo para que quedara totalmente paralizado.
            Dedicamos el día a recorrer Banff y a meternos en todas las tiendas, hasta que nos cansamos de caminar. Banff es uno de los más famosos centros vacacionales de Canadá. Está enclavado en el Parque Nacional de Banff, primer parque nacional creado en Canadá en el corazón de las Rocky Mountains. Hay gran cantidad de chinos y japoneses, que administran tiendas, restaurantes, almacenes; ríos de alemanes, coreanos, franceses, invaden todo con sus cámaras y sus shorts. Los artículos de piel de ciervo, búfalo y elk son hermosísimos pero muy caros. Sin embargo vale la pena. No creo que existan en el mundo mejores trabajos en piel. Comimos en el estudio y por la tarde fuimos a la piscina. Lety, que es una típica habitante de ciudad de montaña, estuvo perdiéndole el miedo al agua. Tiene ganas de aprender a nadar y ahora es el momento propicio. La piscina es de tamaño olímpico y está totalmente cubierta por vidrio a traves del cual se ven las montañas y el cielo. Hay una gran alberca de hidromasaje en la que se meten ecuménicamente personas de todas las nacionalidades. Yo estuve jugando basquetbol acuático. Hice equipo con un gordo tartamudo que casi no sabía nadar. Fuimos derrotados por dos muchachos una y otra vez. En el estudio me dediqué a poner a  punto el programa de la computadora, que es Word Perfect 5.1, precisamente el que manejo mejor. Ha sido necesario configurar el teclado para escribir en español.
            L se ha portado de manera muy cariñosa y me ha amenazado con que me va a acabar una y otra vez. Yo, que estoy acabado por el basquetbol me dejo hacer. Caminando por el bosque que rodea mi estudio nos encontramos con una pequeña manada de ciervos cola blanca y de elks que pacían tranquilamente. Nos miraron sin inquietud. No nos acercamos demasiado pues estamos advertidos de que en caso de verse amenzados pueden embestir.
            Estos días posteriores a nuestra llegada han sido de descanso y reconocimiento del terreno. En todas las habitaciones hay detectores de humo. Por  otra parte, los administradores de los programas de residencias artísticas son extremadamente amables y parecen dispuestos a complacer absolutamente todos los caprichos de los artistas (una bicicleta de montaña, una nueva computadora, un almohadón para las nalgas adoloridas por tantas horas ante el escritorio). Los Leighton Studios son media docena de cabañas diseñadas por arquitectos famosos.    Dos mexicanos ocupan dos Leighton Studios: Sergio Cárdenas, director de la Orquesta Sinfónica de Querétaro y Rodrigo Sigal, compositor, quien sería mi compañero y víctima en el basquet durante 43 días.


Marco Tulio Aguilera

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