EL AMAZONAS DE WILLIAM OSPINA

El Amazonas de William Ospina
Ensayo
Marco Tulio Aguilera
Artículo originalmente publicado en La Palabra y el hombre, México, octubre de 2010.

 
Hace quizás cinco años vi un considerable manuscrito sobre la mesa de centro de Mario Rey, quien fuera por muchos años en gran promotor de la cultura colombiana en México. Picado por la curiosidad y movido por el ocio y la pereza de afrontar el smog de la ciudad de México comencé a leerlo. Era la narración de las aventuras de un vasco que vino joven a la América recién descubierta, que batalló a las órdenes de su tío, Miguel Díez de Armendáriz, gobernador de amplios territorios, y que acometió grandes hazañas y fue calificado como militar de valentía y coraje incomparables, bandido, malhechor, villano, criminal y soñador de glorias.
Ursúa se llamaba aquel manuscrito que leí a medias y que sin duda era una novela. No tuve tiempo de terminar la lectura. Llegué hasta la mitad más o menos, pero supe que allí había algo grande. Varios años después me enteré que la novela había sido publicada por Alfaguara en Colombia. El autor es William Ospina, un viejo conocido, casi un cómplice de mis años setentas en Cali, un contemporáneo, y yo diría, un frenáptero: poeta sereno, intelectual comprometido, cantante de las canciones de Edith Piaf en perfecto francés, aspecto de hippie, erudición sorprendente y don del natural ingenio, una de esas personas con las que uno quisiera pasar la vida en una luminosa e interminable borrachera.
La novela Ursúa de entrada muestra una virtud indudable: un conocimiento exhaustivo, casi increíble, del tema, del territorio y de la época. Lo sorprendente no es que el autor sepa o parezca saber casi todo sobre la América de los conquistadores sino que logra diluirlo de tal modo en una narración épica, que uno no tiene esa incómoda sensación de que el autor quiere apabullarnos con sus sapiencia. Es una novela navegable con viento sereno, legible de principio a fin, no sólo por la riqueza de las peripecias del protagonista y los que lo rodean, sino por la fineza de una prosa que en ocasiones obliga al lector a detenerse y subrayar o marcar de alguna manera la línea memorable.
El narrador, cuya identidad se mantiene soslayada hasta el final, relata la historia de Ursúa, le sigue los pasos al aventurero y recorre las mismas selvas. No físicamente, sino por medio de las narraciones que el mismo Ursúa le hace.
Yo andaba en los pantanos del Imperio procurando olvidar mi adolescencia, el mal camino que me llevó con Pizarro y sus hombres en busca de la canela, y la serpiente sin ojos que arrastró nuestro barco por la selva.
Esa serpiente sin ojos es el río Amazonas y la epopeya de la busca del país de la canela es una aventura que contará el autor en el próximo libro de la serie, llamado precisamente El país de la canela, del que me ocuparé más adelante.
¿Quién es Ursúa? Un muchacho que abandona España y se lanza a la aventura en América. Una mezcla de príncipe y bandido, que sueña con alcanzar una gloria semejante a la de Hernán Cortés: conquistar un imperio, someterlo, poseer ciudades enteras de oro, muchas mujeres y todas las glorias del mundo.
La novela no sólo vale como epopeya de un mozablete que se alza desde la inopia hasta el poder casi absoluto, sino como descripción y canto a territorios jubilosos o endemoniados hallados por los conquistadores en América. La descripción de la Sabana de Bogotá, el bellísimo valle en el que está asentada la capital de Colombia, es de gran elevación poética. En la obra se novela uno de los acontecimientos más asombrosos de la conquista: la coincidencia de tres expediciones de diferente nacionalidad, por caminos distintas, en la Sabana de Bogotá: la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada, un varón con títulos e influencias en España; la del trotamundos alemán Federman, y la expedición de Belalcázar, quien fundaría la ciudad de Cali. La corona española le concedió al primero la primacía de los derechos del nuevo reino; a Federmán se le premió con oro y a Belalcázar con la gobernación de Popayán.
Nadie podía creer que coincidieran tantos europeos en la misma sabana, y eso fortaleció la convicción de que habían acertado con el rumbo del tesoro. Como un imán los arrastraba a todos la leyenda de la ciudad de oro que se alzaba en las montañas centrales, y un relato repetido miles de veces, por sanos y enfermos, por los náufragos desdichados de Castilla de Oro y por los comensales felices bajo la ceiba grande de Margarita.
A pesar de la oposición de varios grupos de indígenas (chibchas, muiscas, muzos y otros) los españoles se establecieron en la sabana donde fundaron la que sería la capital de Colombia.
Hay secciones en las que el lector siente estar leyendo apartes de la Iliada o la Odisea, particularmente cuando el autor se ocupa de hacer la enumeración de los grupos indígenas que colmaban un territorio casi virgen y de una exuberancia alucinante; o cuando describe las orillas del río Magdalena, las serranías, la región zenú, los territorios de Nariño y las selvas casi impenetrables, aun hoy en día, del Chocó, en la Costa Pacífica de Colombia.
La novela está plagada de escenas sorprendentes, crueles, poéticas, memorables, contadas con entera verosimilitud. Leamos un párrafo sobre el asesinato atroz de la esposa de Athaualpa:
La princesa, fiel a su esposo, hizo lo imposible para esquivar los asedios de los hombres blancos, y cuando cayó finalmente en sus manos cubrió de excrementos su cuerpo desnudo para causar repulsión a los verdugos; pero Gonzalo Pizarro había crecido en la vecindad de los albañales y no dejó de violarla por ello, después de lo cual el propio Francisco Pizarro la retuvo como rehén intentando que el Inca Yupanki se rindiera a cambio de rescatarla. Manco Inca se negó, y el marqués cometió el peor de sus crímenes: hacer azotar hasta el rojo a la hermosa cautiva, hacer que sus flecheros practicaran el tiro en su cuerpo, y arrojar el cadáver profanado al río Yupanqui, que llora desde entonces por ella.
Una de las más altas virtudes de esta novela es el apropiado manejo de la diacronía, la sincronía y la ucronía: no sólo se cuenta lo que le está sucediendo en el presente al protagonista sino lo que le sucedió en el pasado e incluso lo que le sucederá o lo que le podría suceder en el futuro hasta su muerte; además se cuentan los sucesos contemporáneos a la acción central. Y a más de ello se entra en la conciencia de los protagonistas, logrando una muy convincente omnisciencia. Tal despliegue de sapiencia e imaginación da como resultado una narración muy rica, que —y aquí estriba la habilidad grande del escritor— curiosamente no se siente diversa, farragosa u ociosamente discursiva. Todas estas virtudes se basan en un conocimiento minucioso del tema, y, naturalmente, en un adecuado manejo de los elementos de la ficción. Historia y ficción se armonizan para crear una novela de lectura apasionante para el aficionado, e ilustrativa y enriquecedora para el conocedor.
Auténtico surtidor de poesía es esta novela: la enumeración de las plantas que se dan en la sabana de Bogotá es un verdadero canto que envidiaría Neruda. Y todo ello con naturalidad, sin retórica, como si la poesía surgiera del mismo mundo, sin intervención de la mano del poeta. Invisible es el poeta que hay tras esta novela porque el mundo que está fabulando es visible y más que visible, apabullantemente visible.
Ursúa está plagada de ombligos de interés, de hoyos negros, de instantes significativos, misteriosos o sugerentes: la noche en la montaña de nieblas y tinieblas que se ilumina con una inexplicable luz enceguecedora; el encuentro de Ursúa con Ciudad Tayrona, uno de los grandes misterios arquitectónicos de la humanidad; el hallazgo de los monstruosos monolitos de San Agustín; el primer enfrentamiento con el majestuoso Salto del río Tequendama. Leyendo la novela uno no puede dejar de imaginar el esplendor de aquel territorio original plagado de paisajes insólitamente bellos y salvajes, de etnias diferentes, de culturas singulares, de secretos insondables como los sueños que se perdieron con la devastación propiciada por los conquistadores.
La novela basa gran parte de su tensión en los aplazamientos constantes del gran sueño de Pedro de Ursúa: la búsqueda de El Dorado. Aplazamientos ocasionados por las responsabilidades que se le asignan una tras otra, en general de conquistar o aplacar tribus hostiles o emprender guerras de exterminio o pacificación. Y entre la narración de los planes de buscar tesoros inconmensurables y las guerras, se entreveran los relatos de las escaramuzas amorosas con mujeres, con las que Ursúa protagoniza amoríos que no alcanzan una dimensión tan trascendente como para hacerle olvidar su obsesión por el oro.
Documentándome sobre el tema me entero que Pedro de Ursúa no es ente imaginario producto de las fiebres poéticas de William Ospina, sino que fue capitán en un grupo de expedicionarios en el que también iba el gran loco que fuera Lope de Aguirre. Ursúa acompañó a Lope de Aguirre en la odisea final en busca de la ciudad de oro. El Ursúa histórico pereció a manos de sus compañeros, junto con su amante final, Inés de Atienza.
Ya recurriendo a fuentes exteriores a la novela de Ospina hallo que el asesinato de Pedro de Ursúa es relatado por Lope de Aguirre en carta dirigida a Felipe II:
Fue este mal gobernador (Pedro de Urzúa) tan perverso y ambicioso y miserable que no le pudimos sufrir y así por ser imposible relatar sus maldades y por tenerme por parte en mi caso como me tendrán, excelente Rey señor, no diré más de que LE MATAMOS, muerte cierto bien breve, y luego a un mancebo, caballero de Sevilla que se llamaba don Fernando de Guzmán, le alzamos por nuestro Rey y le juramos por tal, como tu persona real verá por las firmas de todos los que nos hallamos aquí, que quedan en la isla de La Margarita, en estas Indias, y a mí me nombraron por su maestre de campo, y porque no consentí en sus insultos y maldades, me quisieron matar, y YO MATÉ AL NUEVO REY, y al capitán de su guardia, y a su teniente general, y a cuatro capitanes, y a su mayordomo, y a su capellán, clérigo de misa, y a una mujer de la liga contra mí, y a un comendador de Rodas, y a un almirante, y dos alférez, y otros cinco o seis aliados suyos; y con intención de llevar la guerra adelante y morir en ella por las muchas crueldades que estos vuestros oidores usan con nosotros. Nombré de nuevo capitanes y sargento mayor, y luego me quisieron matar, y YO LOS AHORQUÉ A TODOS.


El factor dinámico que mueve el mecanismo de la novela es la búsqueda del País de la Canela, hacia el cual avanza la expedición de Pizarro, en la que va el Ursúa. Buscando ese país los españoles, acompañados por una multitud de indígenas, cerdos, perros, pertrechados con toneladas de vituallas y armas, armaduras y caballos, se van hundiendo en la selva y hallan que el mentado país es una selva inhóspita que ni siquiera tiene el nutrido tesoro de árboles de canela. Se ven prácticamente arrastrados más hacia el fondo de los barrancos, arrinconados por arroyos tormentosos, que forman al principio quebradas y luego ríos cada vez más caudalosos que finalmente desembocan en el que sería llamado el Amazonas.
Ospina narra que Pizarro, viendo la ruina de su expedición, en la que invirtió toda su fortuna, enloquece y hace desmembrar a 3000 indígenas, cuyos despojos lanza a la jauría de los perros. (No hay fantaseo en lo concerniente a la masacre: está documentada históricamente.)
Hay en esta novela, en la voz del narrador, una reflexión sobre lo que ha movido a los hombres a emprender las grandes empresas: no precisamente la búsqueda del oro o de la sabiduría, que sería lo más aparente, sino la persecución de lo imposible:
No se sabe quién va más extraviado, si el que persigue bosques rojos de canela o el que busca desnudas amazonas de guerra, si el que sueña ciudades de oro o el que rastrea la fuente de la eterna juventud: nacimos, capitán, en una edad extraña en la que solo nos es dado creer en lo imposible, pero buscando esas riquezas fantásticas, todos terminamos convertidos en pobres fantasmas.
El relato del descenso por los afluentes del Amazonas hasta el gran río y luego el transcurso del viaje sobre la piel de la madre de todos los ríos del mundo hasta desembocar en el mar es en gran parte verosímil e incluso histórica. Es Fray Gaspar de Carvajal, fraile dominico, acompañante de Orellana en su odisea, quien, en su "Relación del nuevo descubrimiento del famoso Río Grande de las Amazonas", da informaciones fidedignas y de primera mano de este viaje. Entre las curiosidades que detalla está la del encuentro con las amazonas. Dice:
…Y quiso Dios que en doblando una punta que el río hacía, vimos la costa adelante muchos y muy grandes pueblos que estaban blanqueando. Aquí dimos de golpe en la buena tierra y señorío de las amazonas (...)


Sigo el documento original de Fray Gaspar de Carvajal: se entabla la lucha, pues los españoles querían “cabordar” para aprovisionarse y los indios defender sus posesiones. Y es en esta lucha donde por primera vez se menciona como hecho real la presencia de las mujeres guerreras que han sido uno de los grandes mitos de la humanidad:
Quiero que sepan cuál fue la causa por donde esos indios se defendían de tal manera. Han de saber que ellos están subjetos y tributarios a las amazonas y, sabida nuestra venida, vanles a pedir socorro y vinieron hasta diez o doce, que éstas vimos nosotros, que andaban peleando delante de todos los indios, como los capitanes, y peleaban ellas tan animosamente que los indios no osaban volver las espaldas, y el que las volvía, delante de nosotros lo mataban a palos, y ésta es la causa por la cual indios se defendían tanto. Estas mujeres son muy altas y blancas y tienen el cabello muy largo y entrenzado y revuelto en la cabeza: son muy membrudas, andaban desnudas en cueros y atrapadas sus vergüenzas, con sus arcos y sus flechas en las manos haciendo tanta guerra como diez indios...


Relata Fray Gaspar que tras matar a diez o doce de ellas, los indios retrocedieron y los españoles escaparon con sus bergantines “que parecían puercoespines” de tantas flechas como tenían clavadas en sus maderas.
Es evidente que William Ospina alimentó su novela con la crónica de Fray Gaspar de Carvajal y con otros documentos, pero le agregó sin duda pasajes imaginarios e incluso se le pasó la mano en su deseo de novelar la presencia de las hembras bragadas. Los estudiosos afirman que las narraciones de Fray Gaspar, en gran parte creíbles, tienen gran dosis de imaginación. El fraile dominico perdió un ojo merced a un flechazo y tuvo durante varias semanas fiebres, que muy probablemente le ocasionaron alucinaciones. Es muy probable que su crónica escribiera como reales eventos que vivió en sus delirios.
De todos modos las amazonas pintadas por Ospina en su novela son dignas de aprecio. Veámoslas:
…armadas y feroces: eran altas y de piel más clara que los indios que nos habían acogido. Yo pude compararlas con los cuatro indios altos y blancos que vimos en el primer caserío de Aparia y que nos sorprendieron por su altivez…


La novela halla uno de sus desenlaces en el encuentro de las aguas dulces y las saladas: el río más poderoso del mundo desemboca en el océano casi infinito. Termina El país de la canela dejando un hiato abierto que habrá de llenar la tercera novela, La serpiente sin ojos. Tensa la cuerda del arco de un escritor de pulso tan firme como William Ospina, no dudo que cerrará una obra mayor de la literatura contemporánea: quizás lo más destacado que se haya escrito en Colombia desde Cien años de soledad y la obra novelística de Álvaro Mutis.
Leyendo esta obra, y tras una visita personal al Amazonas, donde fui consciente de su majestad y poderío de la naturaleza y del sentimiento de indefensión que se apodera del viajero ante la soberanía de la selva, no puedo menos que asombrarme ante la magnitud de la hazaña emprendida por Gonzalo Pizarro, Orellana, Ursúa y Lope de Aguirre, auténticos héroes, seres de dimensión casi mitológica, en general despiadados, a veces compasivos, los unos adoradores de la naturaleza, los otros descarados perseguidores del brillo del oro, depredadores de todo lo que pueda parecer ajeno, extraño o diferente. Y tampoco puedo evitar asombrarme ante la hazaña narrativa emprendida por William Ospina: una saga narrativa sobre los esplendores del Cuzco, la Amazonia, la sabana de Bogotá, las hazañas que motivaron aquellos paisajes que no volverán y los hombres que las acometieron y disfrutaron. No sólo el poder narrativo de Ospina es admirable sino la serena poesía que emana la prosa de quien fuera considerado uno de los poetas más interesantes de Colombia actual y ahora debe ser colocado al lado de los grandes narradores.



Marco Tulio Aguilera

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