CARTA A LA MUJER DE UN ESCRITOR (EN EL PARAISO DE LAS ARTES VII)

DIARIO DE 1997
A mi esposa, a través del correo electrónico, trato de explicarle por qué siempre estoy escribiendo sobre mujeres. Imagina, por favor, le digo, que yo vivo, o imagino vivir ahora mismo en Banff una de las más intensas historias de amor con Ambrosia, una mesera a la que veo todos los días en el restaurante y con quien todos los días renovamos nuestra fruición al mirarnos, siempre brevemente, pues ella está muy ocupada y además yo apenas me permito el tiempo justo en el resaturante. Ambrosia --se pronuncia Ambroshia, pero en su seno lleva una plaquita que dice "Katie"-- tiene unos ojos azules muy brillantes, pícaros, pecas en las mejillas, 19 años, un cuerpo de alucinación, pero sobre todo un carácter infantil que la hace bailar todas las mañanas alrededor de las mesas como una ninfa en su día más feliz en el bosque. A veces cambia de humor y avanza entre las mesas con el ceño fruncido y un rictus de amargura en los labios, perdida toda la gracia. Le pregunto por qué y me dice que su carácter es así, hectic. Le pregunto qué quiere decir eso y me dice que "hectic" quiere decir, cambiante, agitado, tornadizo. La miro y me mira y nos miramos y yo imagino que la invito a tomar una cerveza, o la imagino subiendo a mi habitación, pero no la concibo desnuda o haciendo el amor conmigo, sino solamente ahí, frente a mí, hablando, mostrando la alegría de vivir incomparable, sabiendo que no hay mas allá ni se necesita. Quizás Ambroshia tenga su convencional boyfriend y no le interese ni siquiera conversar con un hombre que se acerca a los 50 años, quizás la simpatía que muestra hacia mí y que es innegable, la muestra hacia todas las personas, pues es parte de su personalidad.
La verdad, quierida amiguita --le escribo a mi mujer--, es que a una semana de tu partida, ya el peso de tu ausencia me está lastimando y todo lo que tu extraes de mí, real y figuradamente, para dejarme agotado, ahora gravita sobre mi persona y me obliga a agotarme en el ejercicio del básquet para poder dormir, lo que he logrado hacer bien hasta ahora. Querida L, me di cuenta de la fascinación y el espanto que te causó El Diario Secreto de Pushkin, esa vida disipada hasta el hartazgo y hasta la muerte, esa constante traición a su mujer, pero piensa que entre Pushkin y este colombiano hay grandes diferencias, y que entre Natalie, la esposa de Pushkin y tú, fogosa amiga, hay un imperio de distancias. Tú eres un alud de amor que se expresa en pasión interminable, inaguantable, feliz, justo lo que necesita un insaciable como yo, mientras que Natalie, siendo la mujer mas hermosa de Rusia, era un verdadero bloque de mármol. Si lo pensamos bien no fue el carácter demoníaco de Pushkin el que lo impulsó a tantas orgías, sino la indiferencia olímpica de su mujer. Escribe Pushkin: "Me repetía una y otra vez que un poeta no podía sobrevivir sin ninguna excitación, sobre todo cuando ésta es nula en el matrimonio, a menos que se acepte la muerte de la excitación porque así es la ley de la vida". En mi caso, y esa es mi salvación y la tuya, querida, la excitación subsiste y se prolonga sin tregua, no sólo porque eres hermosa y febril en el amor, como una criatura silvestre, sino porque nos sometemos a prolongados periodos de abstienencia, ya sea porque me ausento largos meses en mis viajes de conferencias o porque tú simplemente te niegas a la pasión durante periodos caprichosos que acepto con resignación, sabiendo que pasarán.
Uno de los cantantes de opera de Banff me comentó que alguien le había dicho que para cada persona sólo existen otras seis en el mundo con las que pueda llegar a una verdadera relación, a un amor pleno. Imaginar que esas seis personas vivan en China o Surinam, Malasia, Singapur, Antofagasta o Hawaii, lejos de la persona indicada, me hace pensar en que es un azar casi imposible encontrar a la persona justa. Pero en mi caso estoy seguro que tú eres una de esas personas y con eso me basta. Ya pasó mi periodo de cazador solitario y ahora mis temporadas de caza son totalmente imaginarias y me consuelo con esa frase de San Pablo que me obsesiona: El Señor no juzgara al hombre por sus sueños. Ambrosia seguirá desplegando gracia en el comedor del Centro de Artes todos los días, y yo continuaré fantaseando y no creo que en la realidad lleguemos a nada, pero si en el papel sucede algo, será totalmente inane para nuestra relación, como lo han sido tantos miles de fantasías que he tenido con otras mujeres desde nuestro matrimonio, al que le soy fiel como un obtuso caballo con anteojeras. No siento pasión sexual más que por ti, ni auténtico cariño y compliciad sino contigo, que eres mi compañera de travesuras, lo demás son juegos de la imaginación, que me mantienen vivo como escritor, cuya obsesión han sido siempre las mujeres.

Marco Tulio Aguilera

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