MAS SOBRE ADOLFO EL FRENÁPTERO

DIARIO DEL 2002

Para quienes siguen desde hace poco tiempo este blog les comento que llevo bastante tiempo reproduciendo alternativamente dos diarios. El del 2002 y el de 1966. El primero relata mis pasos en Colombia; el segundo, mis andanzas en Estados Unidos. Pienso que cada entrada puede leerse de manera autónoma, pero si se tiene antecedentes es más fácil comprenderlos y quizás... disfrutarlos. Quien quiera seguir esta serie ordenadamente puede buscar la opción Adolfo Montaño en el ÍNDICE (ETIQUETAS) a la derecha abajo. Hace muchos años acuñé dos palabras: "frenáptero" y "frenólito". Adolfo es el frenáptero por excelencia. Y hoy, tras la escritura de la novela Los placeres perdidos, encuentro en El Nuevo Diario de Mangua una definición que lo que es un frenáptero: un individuo que no tiene tiempo para hacer obras de arte porque su vida misma es una obra de arte.






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Adolfo está envuelto en cobijas. Yo no. Estoy en camiseta y no siento frío. Deben ser las tres de la mañana.

“El hombre no ha hecho otra cosa que burlarse de Dios. El dijo grandilocuentemente: “hágase la luz” y el hombre, parodiándolo, inventó los interruptores. El hombre no ha hecho otra cosaa que parodiar la obra de Dios. Mira que cada vez estamos más cerca de crear seres humanos casi perfectos. ¿Qué crees que pensará el Creador de esto? ‘Hmm, como que estos amigos se están pasando de la raya’ No crees que si fuera un dios vengativo ya nos hubiera mandado una media docena de apocalipsis. Lo que pasa es que el asunto le divierte y quiere ver hasta donde podemos llegar”.
Por fin Adolfo decide callar e irse a dormir. Yo cierro mi cuaderno. Me acomodo en un lecho más bien maltrecho y tengo buenos sueños.
Al despertar Adolfo dice que no pudo dormirt porque tuvo una “floración de imágenes interminable”.
Al amanecer el árbol que me parecía el demonio se muestra amable, como un árbol de la vida, y lo que semejaban bocas de dragones, son macetas con plantas parásitas.
El rumbo para llegar a el Paraiso ha sido el jardín, Peón, El Crucero, la casa de los narcos —un cemental impresionante, dice Adolfo, mucho cemento cubriendo el paisaje— subir, subir, sudando, lastimado del coxis, y a las 12 30 encuentro a la primera persona, le pregunto cuánto falta, dice, es una chica descalza como de quince años, señala la cima de la montaña, allá veo una torre eléctrica, ese es el Banqueo, dice la muchacha. Falta casi la mitad del camino y estoy desfalleciente y dolorido. Echo a anadr con mi deshilachada mochila Wilson roja. No me atrevo a cortar el camuino por la montaña como me dijo la muchacha, en parte porque temo perderme, en parte porque temo un encuentro con la guerrilla. Escucho que se acerca una moto. Pienso que debo esconderme pronto. Sería muy facil asesinarme y tirarme a la cuneta. Nadie se enteraría. ¿Qué me iban a robar? Nada, los anteojos y las viandas. El que conduce la moto que se acerca porta casco oscuro y no lleva casaca de identificación como es obligatorio. Pasa de largo. Escucho otra moto. Ahora sí pienso que debo ocultarme. No lo hago. Me van a asesinar. El territorio es de guerra, soy un invasor. Adolfo no me avisó porque para el el peligro no existe. Son los gajes de ser un ángel. Pasa de largo. Uff, sigo vivo.
El campo ha sido vaciado por la guerrilla. Así es el territorio de Adolfo, abandonado todo el año, la naturaleza enmarañándose, recobrando su esplendor original gracias al terror. Sólo un par de negros con sus negritos son felices allá en la cima del Paraíso, disfrutando de los frutos de la tierra, multiplicándose como el germen de un nuevo mundo. Quizás un día allá abajo terminen exterminándose todos y ellos serán los nuevos Adán y Eva. “Por el momento no ha nacido Caín”, dice Adolfo.”Tal vez en esta variación de Colombia, ya no nazca un Caín”.
Daniel, el sobrino de Adolfo, detesta que lo llamen El Travieso. Acepta todo menos eso. Es hiperactivo. Tiene seis años y parece saberlo todo. Le encanta meterle la mano bajo el suéter y el pantalón a Adolfo. El frenáptero se ríe. “No vas a encontrar nada allá. ¿Por qué no te tocas tu propio ombligo?”
Las piedras gigantescas siguen el curso del arroyo. Parecen lomos de dinosaurio. “En este territorio casi sientes los pasos de los dinosaurios, ¿no crees?”.
Se acerca el negro Pedro con su machete. Saluda, se va.
Cuando me faltaba la mitad del camino para llegar arriba, escuché el sonido de un motor. Tercera oportunidad, tercera. Era un jeep Lada. Adolfo asoma medio cuerpo por la ventanilla y saluda. ¡Arriba, arriba! Gracias, Adolfo, sabía que no me ibas a abandonar.
El negro y la negra son los que ponen orden en este Paraíso que quiere desbordarse de frutalidad y frondosidad. Anoche los mosquitos no me picaron. El frío no me afectaba mientras Adolfo se cubría hasta la nariz con las cobijas. Allá arriba sólo ser escucha el sonido de la naturaleza. De nuevo estoy sentado frente al paisaje. Anoche soñé que mi mujer salía de casa con maletas, sin despedirse. Iba a estudiar creación literaria al DF. Y yo quedaba solo con los muchachos. Sentí miedo. Ella es la que me soporta, la que me cuida de mí mismo (le dijo a la Nena “tú eres responsable de MT mientras esté en Colombia, el pobre no sabe cuidarse). Y en verdad. Anoche comí hongos sin prevención alguna, lo que no había hecho en 25 años. Sufrí muy poco  sus efectos. Vi mis manos lívidas como las de un muerto, de un color rojizo, apergaminado. Son las manos de un muerto, me dije. Pobre de mi esposa, que duerme con un hombre de manos muertas. Seguí mirando mis manos. Eran horribles, como las de una momia —hoy las miro al sol: las veo fuertes, lozanas, vivas, con la sangre circulando vigorosamente por las venas—. Tuve que moverlas, con gran dificultad, para saber que estaban vivas, que me pertenecían.
Estamos en la cima del paisaje, en el techo de Colombia. Arriba sólo queda el cielo. Estoy allende La Vorágine, El Paraíso, El Peón, una hacienda llamada Macondo, allende El Banqueo, más allá de todo.
Frente al árbol de la vida —que la noche anterior me pareció un demonio con raíces en medio del paisaje del Paraíso, un demonio prisionero— hay una silla en medio del paisaje. “Es de plástico negro, brillante. Brilla demasiado, se destaca, es chillón, llama la atención, es débil, como el símbolo perfecto de las obras del hombre. Algo que se impone, feo, cuyo destino es desaparecer frente a lo eterno, lo perfecto. La silla es sencilla, esbelta, sin ángulos, siluetas o bordes, el trabajo minucioso de un Newton.”
Las asociaciones de Adolfo son muy particulares. ¿Quié tiene que ver Newton con la silla?
Adolfo lava los platos, actividad que le gusta, que le hace penssar que está ayudando a poner orden en el cosmos. Y de paso le permite limpiar el camino que lo llevará a preparar el desayuno.
“Los guerrilleros llegan a los pueblos, destruyen los cuarteles, la guarnición, roban los bancos, destruyen las escuelas y la iglesia, dejan el pueblo arrasado. ¿Qué ganan con eso? Y por otro lado la gente se está tomando el poder, al ver que el gobierno es inútiñl. Se están tomando el poder sin armas, sólo organizándose. Hacen lo que los políticos no quieren hacer.A la gente hay que enseñarle a amar el afuera tanto como el adentro. Cuando una persona empuña una ametralladora se vuelve moralista. Quiere dictar las normas. En Colombia hay mil jueces armados. Los paramilitares han tratado de introducir putas con sida donde la guerrilla. Los paras y la guerrilla son lo mismo en Colombia: depredadores, están buscando el poder, expulsan a la gente que no les gusta".
Daniel despierta y arranca su actividad imparable: “Hay un insecto raro aquí”, dice. Toma a Adolfo de la mano y lo arrastra. “Te prepararé ese insecto con huevo, ¿qué te parece?”
Daniel no está de acuerdo.
“Entonces lo llevaremos al club de las cigarras. Tal vez allá lo acepten”.
Daniel sigue a Adolfo como un pez piloto.
“Al año y medio entró al kinder y cantaba La consagración de la primavera. Solo hacía eso, y la profesora no sabía qué hacer. Y un día que las niñas hacían relajo, Daniel lanzó un grito infrahumano, se le hincharon las venas y todos se callaron. Desde entonces fue nombrado jefe de disciplina. Un día vio pasar a una chica con una minifalda cortísima y dijo: “Mira, no tiene pañal. Cuando en Colombia la gente se organice para solucionar sus problemas inmediatos, comenzará una nueva era".
Vemos una cigarra inmóvil cerca de la puerta.
“Una cigarra debe estar en un árbol, porque aquí en la casa, ¿con qué se aliemntará? La cigarra está parada sobre un serrucho. Se nota que está enojada con él y está tramando su venganza”.

Marco Tulio Aguilera

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