EL FIN DE ADOLFO. DIARIO DE 1996. EN ESTOCOLMO

Adolfo cuenta que llevó un coro de 48 niños a Suecia. Una semana antes de la partida no tenía ni cinco centavos para el viaje. De alguna manera lo consiguió. En Estocolmo se perdió. Dice que encontró un turkmenistano, que fumó hashish y tocó laúd. Dice que vio a varias suecas descomunales, que lelvaban a un par de negros musculosos como sus mascotas. Y agrega: “Nos llevaron al parlamento sueco. La presidenta del parlamento sueco sirvió como traductora. En el parlamentro sueco se me ocurrió subirme a una silla de un magistrado para que me tomaran una foto. La silla tenía como 200 años y se rompió. Los que llevé eran muchachos de 9 a 21 años. Había dos padres de familia que me ayudaban en la organización. Una de ellas era una mujer muy rica y muy tacaña. En las presentacionmes ponía un sombrero en el suelo para pedir limosna. Ella se guardaba el dinero. Los que estábamos a la cabeza de la organización éramos Fiiorella y yo. Nosotros no nos ocupábamos del dinero sino del arte. Otro de los padres era un empresario de Bavaria. Después del paseo por el parlamento sueco nos embarcamos en una lancha para recorrer 24 islas. Las islas están comunicadas por medio del metro subterráneo o el metro aéreo. Frente al palacio del rey me puse a cantar a grito herido. En Gamlastan —algo como Gamlastan— a los espías los ponen a pronunciar el sueco a manera de tortura. A las nueve de la noche puse a ensayar a mi coro —el concierto era al día siguiente—. Iba a asistir mucha gente importante: italianos, suecos, dignatarios de varias naciones. Y lo grave era que Fiorella se había quedado en España arreglando los papeles de un integrante. A ella le tocaba dirigir las piezas que a mí me desagradaban. Yo dirigía con mucho gusto el “Canto a los pájaros” de Janequin, y también un villancico de negros bolivianos escrito en 1700. Llegó el día de la presentación y Fiorella no llegaba y todos en el coro estaban muy nerviosos. El auditorio estaba lleno. El concierto se llamaba “De sonoris causa”.

Súbitamente el frenáptero cambia de tema y de país:
“El rector Galarza mandó una circular diciendo que los profesores podían otorgar doctorados honoris causa. Todos los profesores se repartieron títulos de nobleza. Eso les elevaba el sueldo. Me dio piedra. Les dije que tenían doctorados “deshonoris causa”. Por eso, cuando tuve que escoger un título para uno de los conciertos en Suecia, le puse “De sonoris causa”. El concierto era una muestra de la música desde la edad media hasta el siglo XX. Lo que mejor nos salía era El contrapunto de los animales y la parte más impresionante era la Lacrimosa del Requiem de Mozart, y esas partes les encantaba cantarlas al coro. Bueno, pues empezó el concierto. Yo decía la carreta correspondiente, la presidenta del parlamento traducía, afinábamos y a hacerlo sonar. Cuando terminó la Lacrimosa entró Fiorella toda demacrada, después de varios días de insomnio y trámites en España y Suecia, trayendo al integrante del coro que se había retrasado por falta de papeles. Detuvimos un instante el concierto, Fiorella se sentó en primera fila y se puso a llorar. Fue una culminación extraordinaria de la Lacrimosa. Casi como si lo hubiéramos ensayado, y así lo creyó todo el mundo, fue según ellos una especie de happening musical-teatral perfecto, con actuaciones irrepetibles. Aplaudieron a morir todos aquellos rubios, sin poder creer que de las salvajes y violentas tierras de Colombia pudiera llegar semejante espectáculo. Luego Fiorella me comentaría que en el puto aeropuerto de Estocolmo no había ni un alma que hablara español y que cuando gritó eso en público medio histérica, apareció una señora y le dijo “yo hablo español” y que la condujo hasta el teatro y ahí estaba. Fiorella se repuso en el intermedio y dirigió la segunda parte. No se había cambiado de ropa ni bañado en cuatro días, lo que sin duda no notaron los suecos, pues como se sabe ellos casi nunca se bañan y aprecian mucho los olores corporales y los aromas de la ropa añejada. Luego hubo un coctel y había que ver el éxito de Fiorella. Los señores le preguntaron cuál era su perfume y las señoras admiraban su atuendo, bastante original, por cierto, con unos collares de plumas amazónicas espléndidos. Yo bajé a donde estaba la gente importante. Y mira lo que son las cosas. Tengo sin duda un don de obispos, así como algunas personas tiene don de niñas. Resulta que el obispo de Estocolmo quería hablar conmigo. Le di gusto. Hablé y hablé y hablé y el obispo decía sí, sí, sí. Después me enteré de que no sabía sino esa palabra del español. Y mientras hablaba el obispo me pasaba las manos sobre los hombros, y me daba palmaditas en las mejillas, y me las besaba a lado y lado, lo que me parecía perfectamente natural, una manifestación muy espontánea de entusiasmo artísistico, lo que me parecía algo desagradable era el hecho de que la piel de las mejillas del obispo era fría y escamosa, como la de un pescado. Pero, qué hacer, la cortesía debía imponerse. El obispo quería que le cantáramos una misa en su catedral. Yo le pregunté si en Suecia había ruiseñores y el obispo me dijo que sí. Eso me pareció extraordinario. A ese coloquio se aproximó una señora muy bella, de unos sesenta años, y estuvo mirándonos muy divertida porque seguramente estaba en posesión de algunos secretos, entre ellos el hecho de que el obispo no hablara ni pio de español y tal vez que a tan alto dignatario le agradaban las galas tafanarias de un servidor. La señora me preguntó que si me gustaría presentar mi coro en el sitio donde se entregan los premios Nobel. Le dije: Oh, milady, sería un honor demasiado grande para un humilde bardo callejero. Pues ¡hecho!, este pobre coro que no tenía ni para pagar un viaje en metro se presentó en un salón cubierto de oro en cuyas paredes se representa la historia de Suecia. Antes de entrar hay un cuartito con tapices Luis XVI y allá si quieres casarte, te casan sin poner tanto lío. Yo quise casarme con la señora, que me pareció la perfecta hada madrina pero estaba el inconveniente de que tanto ella como yo teníamos compromisos no resueltos o no desatados. Son tan de manga ancha allá que si quieres casarte con una yegua, te casan, lo que me parece una medida de civilización extrema: ¡Cuántos amores incongruentes no se frustran por la estrechez de las leyes humanas! Matrimonio civil, naturalmente, pues para los religiosos exigen que los contrayentes sean por lo menos de la misma especie. Aunque me pareció que en general allí la gente es bastante atea y el hecho de que hubiera obispos era una especie de concesión a las debilidades del espíritu humano. Siguieron pasando cosas. La señora me preguntó si conocía a alguien, entre mis amistades que estuviera interesada en el Premio Nobel de literatura y que tuviera las cualidades necesartias. Le dije que sí: había por lo menos dos: mi amigo William Ospina y mi biógrafo, Marco Tulio. "Mándame sus libros y comenzamos los trámites", dijo. "Pues si de verdad te interesa el Premio Nobel para tus amigos te doy mi dirección y que me escriban, con todo, curriculum y fotos”.
Le dije a Adolfo que prefería esperarme un par de años, pues un premio Nobel iba a estorbar algunos proyectos urgentes, entre ellos una novela en el Amazonas.
El frenáptero continuó hablando:
“Después nos presentamos en el Festival del lago. Allí nos pagaron todo, absolutamente todo. Las callecitas son estrechas. No encontramos mendigos pero sí gente de la guerrilla, de las FARC y del ELN, tipos muy cultos, que vivían a lo grande, echándole cuentos a los suecos, dando versiones acomodadas en las que ellos eran los héroes, descendientes de Bolívar y San Martín. Ahora sí me acuerdo, nos encontramos un mendigo de Senegal, que dormía en las calles, en una especie de cochecito, y que disponía de dólares por cantidades. El nos pagó una botella de champaña de la viuda y nos dijo que la mejor profesión del mundo era ser mendigo en Suecia. Los suecos son tan ordenados que agradecen la presencia de gente extraña y no hay nada tan extraño como un mendigo latinoamericano o africano. Te salen amantes por montón, dijo el mendigo guiñándome un ojo".
"Tras tomar el champan con el espléndido mendigo --dice Adolfo-- fuimos a la iglesia Kyrka, donde había un organista prodigioso, oreja fina, con el que hice buenas migas e improvisamos una misa que fue como la culminación de la belleza y que el mismo Mozart hubiera aplaudido de pie. Ese día me pelié con el coro. No habían calentado la voz y no querían cantar. Yo grité: Al perro de mi casa yo le digo cualquier cosa, y entiende. Ustedes no llegan ni al entendimiento de mi perro. Les dije: aquí se quedan. Me fui con la traductora y recorrí todo Estocolmo, caminé todas sus calles. De esa ciudad era Linneo. En Upsala está el único ejemplart del Cancionero de Upsala. Cuando llegamos a España corrí a la Puerta del Sol a buscar un editor de música antigua y gasté todo mi dinero, lo que había ganado con mis mecenas en Suecia, en música. Regresé lleno de libros, compré horchata, leche de almendras, bebida de Valencia: Madrid es un pueblo. Llegué al hotel. Me senté a la cabecera de una mesa a comer. Una de las madres que nos acompañaron pidió que quitaran los canales de pornografía de los televisores de las habitaciones del coro. Los mercados suecos son atendidos por turcos. Allí se pueden encontrar frutas de las más exóticas. Encontré moras de oso, enormes y monstruosas. Yo quería semillas de esas moras pero no pude conseguirlas. Al principio, cuando llegué a Suecia, yo no miraba a la gente sino a las plantas y los árboles. La mayoría de los árboles eran de cerezas y estaban cargados. Me la pasé recogiendo frutas. Fuimos al Museo de la Música y al Museo Etnográfico. Tienen un cuerno de marfil con toda una historia épica tallada y cantidad de objetos de todos los pueblos. Cuando terminó el concierto en Yanomeacuerdo el público pidió repetición del villancico Los coflades. Nos presentamos en doce sitios. Los padres de familia eran los que ponían la indisciplina. Yo tenía que ocuparme del orden de 48 individuos y toda aquella actividad me afectó. Llegué a Colombia con una fiebre terrible que me duró quince días. La traductora me llevó a pasear en su día libre. Fuimos a visitar Vasa, que se nombró así por el rey Vasa, un rey luterano. Este rey quería dominar sobre los países vecinos y peleó contra el rey cristiano de Dinamarca. Este individuo mandó construir un barco suntuoso, soberbio, con mascarón de proa forrado en láminas de oro y leones de oro en cada escotilla y cañones de oro en cada tronera. Utilizó las maderas más preciosas, llenó el barco de adornos. Una de sus partes estaba formada por relieves en los que se representaban multitud de personas tratando de escalar. Yo dije: “Mandar eso a la guerra debió ser como enviar un altar quiteño a la guerra”. Cuando terminaron de construirlo en tierra, lo botaron y, lo volteó el viento, y se fue derechito al fondo del mar. El rey se enojó muchisimo, pues había explotado a su pueblo inmisericordemente para construir aquel palacio flotante, que terminó siendo un palacio hundido. Parece que el diseño falló porque el barco era demasiado estrecho. No sé qué pasó con el diseñador del barco, pero sin duda mereció que lo decapitaran. Se hundió en 1608. En 1948 comenzaron a buscarlo. Lo encontraron y fueron sacando el barco a pedazos y lo reconstruyeron. Uno llega al Museo de Vasa y tiene la impresión de estar frente a una ballena".

Miro con detención a Adolfo. Los pelos de las cejas le caen hasta los párpados. Tiene botas de punta metálica. "Estocolmo es una ciudad que se está levantando. No conocen los terremotos ni las tempestades eléctricas. Circulaba por las calles gente hermosísima, casi perfecta, pero demasiado pálidos y melancólicos. Tipos grandísimos. Los hombres pasan abrazados, dándose besos o pasean de la mano románticamente. Una ternura. Vi también un grosellero rojo. Por allí andan gentes de las FARC, diciendo mentiras, inventando sus versiones, como si fueran unas santas palomas y allí viven como auténticos heroes.
—¿Vos te querés ganar el Premio Nobel? Si yo le mandara tus obras a Eva Seterberg, la presidenta del parlamento sueco, ella puede hacerte traducir.

Le digo que más se gasta en esperanzas que en realidades y que prefiero las cosas paso a paso, cuando las encuentre en el camino.
—Yo tengo una fuerte vocación angélica. Aspiro a tocar la flauta en la magnífica sinfónica del Señor. ¿Crees que es demasiado grande mi aspiración? Cuando uno se muere, según uno haya sido apegado a la materia, se integra con el microcosmos, y si ha sido despegado, con el macrocosmos. Y cada vez uno avanza más hacia lo macro y al final estará con el Señor, que es lo más grande que existe.
Avanzamos por un sendero de rocas inmensas como huevos de dinosaurio. Miurándolas de lejos parecen descubrirse rostros de criaturas que no pertenecen a la especie humana esculpidos en la roca.
—Yo estoy esperando que inventen un rayo laser ablandador de piedras para hacer mi jardín de esculturas. Trabajarlas a cincel me llevaría muchas vidas.
Seguimos caminando.
—Yo sería el peor administrador de un prostíbulo. Querría regenerar a todas las prostitutas. El amor prostibulario me parece deplorable. ¿A cómo el beso? ¿A cómo la caricia? ¿Sabes que tengo un método muy sencillo para conseguir abono para mis plantas? Tiro cantidades de arroz en mi patrio, llegan cantidad de pájaros, éstos cagan, yo recojo el estiércol y lo uso como abono.
Adolfo se dedica a lavar ramas cortadas de perales con un cepillo de dientes y detergente, mientras continúa hablando. La intención es quitarles los parásitos y luego sembrarlos en Cali. Es terco Adolfo, lava y lava varas de un peral verde, al que no le ha visto un fruto en su vida. “No creo que estas simples ramitas sean más tercas que yo.”


Aquí terminan mis notas sobre Adolfo. Cuando regrese a Cali, quizás a mediados del 2011, espero continuar este diálogo que comencé a reproducir en mi novela Los placeres perdidos...

Marco Tulio Aguilera

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