BOGOTA, VILLAVICENCIO, CALI

Fin de Néstor
(Del Diario Colombiano 2002)

La historia de mi separación de Nereo, mi auriga desde Bogotá a Villavicencio, fue casi un divorcio. Él quería tenerme a su disposición para que le pagara los peajes de la carretera y asistiera a sus relatos sicalípticos y sus penas de amor, y cuando me separé de él, fue en La Libertad, en el instante en que Pedro Botero llegó por mí en su jeep. Néstor se resistía a separarse de su pagador de peajes e insistió en que regresáramos juntos a Bogotá, pero yo me di las mañas para eludirlo y regresar en un Velotax, que no tuvo inconveniencia alguna en el trayecto, como sí lo habría más tarde por los bloqueos de la guerrilla y las amenazas de bombas en la carretera.
Ya en Bogotá tomo el avión con rumbo a Cali. Favor de abrocharse los cinturones de castidad y abstenerse de fumar, dice el bromista de turno, y al señor chofer de este avión le pedimos los pasajeros por mi intercesión que arranque este vehículo y que haga la oración de despegue para que no nos toque el número negro en las estadísticas. Soy tan de malas que me toca el crucigrama resuelto, dice el parlanchín. Oiga, demos bastante lora que el viaje es corto y caro. Favor de apagar celulares y marcapasos. Muchachos, que pena: mis utensilios de filmación no cupieron. Rubio, guapito, de anteojos oscuros, el bromista no puede estarse quieto ni callado. ¿Se dan cuenta que en cada segundo recorremos casi mil metros? Zambomba, apurémonos a hablar y tomémonos un trago al ingenio sin par del hombre blanco... No smoking, no celulares, no droga. Este avión, señoras y señores, dice, es un Douglas Fairbanks 83. Parece que el bromista forma parte de un grupo recién salido de una fiesta. ¿Conocen a la doctora Santisteban? ¿Saben por qué le dicen la bacterióloga?... Porque a todos los mira como mierda. Nunca me había portado tan mal en un avión, dice... Pero bueno, hijo, finge hablar como gallego, siempre hay una primera vez. Afortunadamente nadie me conoce, nadie me reconoce, porque yo siempre viajo en mi jet particular, que ahora es una pena, está en el taller, es decir, en el hangar. El bromista va describiendo todo lo que pasa bajo el avión. Se sabe de memoria el territorio, el paisaje, los ríos, las montañas. Miren a esa ciudad de Bogotá. Imaginar que toda esa gente echa sus desperdicios en el río Bogotá. ¡Para eso es la feria de Cali, para beberrr! Yo me quedo en Cali y después voy al exterior, no soporto este ambiente provinciano y violento más de dos días. Necesito la paz de Oxford, de Oak Creek, de un hotelito de Venecia que sólo yo me sé.

Marco Tulio Aguilera

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