POEMAS DEL FRENÁPTERO MONTAÑOVIVAS

Continúa Adolfo: “Acercarse al lago era acercarse a un abnismo sin fin. El poema que hice sobre eso se llama “En ese vórtice de estrellas”. William dice sobre él que no conocía un poema que reflejhara de tal forma la histopria de Colombia:

EN ESE VÓRTICE DE ESTRELLAS

I
Juanita Banana
instalada
está ahora
en la ventana
- coches rodando abajo en el cemento -
y la luz suspendida
en las copas de los árboles
y en el aire dorado - el mediodía-
dora y bruñe,
bruñe y dora
las fachadas de las casas
y áurea, Señor,
los bucles de Joana.
Pitos de carros
- que klaxones les dicen-
van tejiendo
una red
en contrapunto
so la eléctrica,
sonora
banda estival
de las chicharras,
y en su urdimbre
canora
gozo de llenan
la perversa,
carnal monotonía
de Joana
que se pone auditiva,
toda
oreja
instalada
en la ventana.


Torcazas trapecistas
del tejado a las ramas
entretejen la luz,
trenzan
la torridez deste verano
entre camias y aromos,
gualandayes y guásimos,
mientras
abajo
rueda
como un río infinito
de automóviles raudos
-sordo de motores rumor en la Avenida,
ronco bajo contínuo a esa hora-
y la orquesta del día
dice su sinfonía
en el Jardín
de las Delicias:
“ Cosmopolitan beauty,
coffee shops y drive-innes.”

La ciudad está viva y no es muda.

Tiene un millón de voces la ciudad.
En la acera de enfrente:
guau guau guau
un pastor alemán - fiera entre rejas-
ládrale el muy mandril
a una vieja
harapienta
que en un largo bostezo
deja pender un diente –estalactita-
de la caverna del bostezo
o grita
un grito que no escucha Juanita
instalada Banana en la ventana.



Sol en los parabrisas
que discurren
y un horizonte ilímite
de asfalto
contra la hilera de cristales.


La ciudad es un bosque sin confines,
un castillo de náypes y automóviles
encerrado en las grandes,
si redondas
no negras
pupilas de Joana,
que se instala abisal
entre esfinge y gorgona en la ventana.

La cordillera azul o gris,
-cielo color indefinido-
nubarrones brillantes
como naves
atracando
en el puerto
“y arrecifes de nubes”
crespas,
voluptuosas,
retorcidas.


Urcas en orden de batalla.
Ejército de dirigibles
alineados
en el vasto azul.

Verde botella el ponto arriba
y automotores rodando como un río.



Bicicletas hay muchas.
Fíjate quel verano consume
la brasa de los días,
que es eterna y sagrada
la fragua de la tarde,
- Dios mío-
para irnos a Pance
y embriagarnos de sol
como ninfas y elfos
chapoteando en el líquido móvil
con riberas y piedras
rarimorfas
y extrañas;
árboles,
vacas
y silencio
y mugidos.

Quiero escuchar Juanita
tu risueña feliz
a la orilla del río;
esa risa en estéreo,
gafas,
bloqueador para el sol,
piel desnuda
y dorada a la brisa
y misterio.


Never, dice la esfinge acodada.
Parlaremos mañana
y la alharaca
de la urbe
no cesa.




Ay, Amor
es profunda,
dolorosa y profunda
la nostalgia del iluso mancito,
corazón roto,
insensata agonía,
orfandad en el alma,
oquedad infinita.

Cuenta hasta diez y escucha,
guau, guau,
al pastor alemán
que fornica y fornica
con su sombra
acezando entre rejas
y la vieja
harapienta
va doblando la esquina
y Juanita se queda con el chato horizonte
y la misma tristeza en las pupilas.

En el lago del parque hay un pozo profundo,
un espejo abisal,
un invertido vórtice de cosmos
que al mirarlo
da vértigo.
A ese pozo insondable
de galaxias y estrellas
voy a dar de cabeza
sin quitarme siquiera
la aureola,
el efecto Kirlian
y el sombrero.

1976




II

Ruge Octubre
y tempesta en ocasiones
y en la ventana
al fin no hay ni un lucero.
Un letrero, -se vende-
un vidrio roto
y con voz electrónica
una caja vomita el noticiero.

¿Dónde te fuiste Amor,
dónde Colombia,
dónde la mariposa
herida a bala,
fracturada su heráldica armonía?

¿Dónde el estupro y el deseo y el goce
y el coágulo del sol en agonía?


Los que aborrecen
tienen alma de verdugo.

Los que asesinan
mucha cobardía.

Sin esas armas
huyen como liebres.
Son tan valientes como lo es mi tía.






Con esos fierros se revuelve fiera
y en sangre moja
sus hocicos torvos
sobre la carne inerme
una jauría.


Doña Juana Banana:
tu blusita
habana
rota y sensual
se envejeció en la brisa
y en un océano
inmenso
de automóviles
un océano de gente
tiene prisa.

¿Tienes buzón en internet
o tienes
la misma dirección
quen el pasado?
¿ Has cambiado de look,
has transmigrado
a otro cuerpo
quizás o a las cenizas
se ha reducido tu ardorosa llama
o eres
como todas las mujeres
ama de casa,
esposa fiel y mueres
aspirando la alfombra,
tajando puerros,
hijuemil quehaceres.




Doña Juana:
nunca has vuelto a salir la ventana;
encorvada quimera,
sibila absorta,
despelucada maritornes,
nuera
en la casa,
enamorada
fuera...

Ya te conozco Joana
y ando aún de remate
porque en tu pecho late
un corazoncito de alcachofa,
un turrón de Alicante, un chocolate.


Tiene un millón
de voces
la ciudad:
el ulular de la ambulancia,
el grito y la metralla,
el miedo tras la puerta,
el hosco rictus
de la guerra,
el odio que palpita bajo tierra.


En la acera de enfrente
una familia acampa
a la intemperie.

Ladra un negro mastín
tras de sus pasos
y les pisa ya casi los talones:



Es la fea,
desdentada
y horrible Muerte
que asola campos
y jardines
y bosteza
y bosteza
porque la Muerte
nunca
tiene priesa.

La ciudad es un bosque sin confines.
Un castillo de náypes y automóviles
encerrado en las grandes
si redondas
no negras
pupilas
del Amor que aún palpita,
Ay amada Juanita
abisal e infinita
entre esfinge y gorgona
acodada en mi alma.


La cordillera azul violeta,
y ese cielo sangriento y dolorido
sufren como he sufrido
dinamitando mi dolor a solas.


Las bicicletas se quedaron quietas,
meditando en la sombra,
en el olvido.





Fíjate quel verano ya es invierno
y quel tiempo voraz ha envilecido
la belleza fugaz de lo vivido.

Pobre Colombia desgarrada y pobre
la pobre
soledad
de tu ventana!
Ay Señora Juanita,
te quisiera igualita
pero la guerra, Juana,
toca diana
y ya es tarde querer vivir mañana.

Camino solitario
midiendo el horizonte
con mis pasos.
El Amor
se ha extraviado en las ruinas
desta ciudad en guerra.

En el lago del parque
a la luz de las pálidas farolas
hay un pozo insondable
de galaxias y estrellas,
y en ese vórtice abisal,
el cosmos
nos mira con horror,
vértigo,
espanto;
sucumbir como bestias,
colombianos,
estrangular con nuestras propias manos
imprimiendo en la carne
nuestras huellas.

Marco Tulio Aguilera

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