HISTORIAS DEL FRENÁPTERO ADOLFO MONTAÑOVIVAS


Diario del año 2000
30 de diciembre














Primero el enfrentamiento con una vaquilla y luego unas notas sobre mi reencuentro con el frenáptero Adolfo Montañovivas, protagonista de una de mis primeras novelas, Los placeres perdidos.

Me puse mi camisa roja, mis nuevos pantalones de mezclilla y me metí al ruedo. Me enfrenté a la vaquilla que había levantado por los aires a media docena de osados muchachos. Entré con las manos vacías, sin capote, bailé frente a la vaquilla, que permanecía inmóvil, mirándome —luego lo sabría: las vaquillas son más peligrosas que los toros porque embisten con los ojos abiertos y pueden cambiar de dirección, mientras que los toros cierran los ojos y embisten derecho, como los tiburones--. Me aproximé, bailé frente a la vaquilla, ya estaba a quince metros, a diez, y no se movía. Cuando volteé a mirar la vía de escape, la vaquilla embistió y me pasó por encima como una locomotora. Me puse de pie azorado. Avancé medio entre nubes rumbo a la vía de escape. Salté el ruedo. Luego me llevaron a la enfermería. El inventario de mi estado fue el siguiente: un ojo magullado y la ceja correspondiente dolorida, una costilla hundida y un moretón a la altura del hígado —mi hermano el médico me pidió que orinara para ver si me había estallado del hígado—, un golpe arriba del coxis, el interior del labio derecho roto. No sé si podré atravesar mañana el lago a nado como estaba planeado.

2 de enero 2002

Busqué el teléfono de Adolfo en la vieja agenda. Llamé y nadie respondió. Busqué en el directorio y ahí estaba. Respondió Mario. Un Mario que no conozco. Dijo que Adolfo estaba en la finca. En El Paraíso, pensé. Me comuniqué con él. Lo primero que dijo fue que tenía que contarme cosas extrañas en extremo. Pidió que subiera a la finca y llevara vituallas. Me dio instrucciones. Dirigirme al Parque Panamericano, tomar un autobús Blanco y Negro hasta La Vorágine, llegar hasta el fin de la ruta, aprovisionarme con agua, pan, jamón, cigarrillos, salchichón. Luego tomar el camino rumbo a El Banqueo y subir, subir, subir, dos horas sin detenerme. Me esperaría a las 12 30 en la cancha del pueblo. Le expresé temores de no llegar, las instrucciones eran confusas y yo medio desorientado. No te preocupes, dijo. Afirmó que me prestaría su ángel de la guarda. “Al fin y al cabo no le doy mucho trabajo”. Otros tienen guardaespaldas y escoltas en Colombia, Adolfo sigue el viejo estilo de contratar ángeles de la guarda, son más baratos y dan menos lata. Insistió en que no olvidara llevar provisiones. Nos encontraremos cuando el sol esté en su fase más inclemente en la cancha de fútbol del pueblo. “Decir pueblo es una ironía, ya sabrás por qué”. Pidió que vistiera rural, proletario, despreocupado, como un paseador un poco tonto. Nada de exotismos. Me apresuré a prepararme para la montaña: tenis, mochila, sombrero costeño, pants, poco dinero. Taxi, 3000 pesos hasta el Parque Panamericano —donde hace ya más de 25 años iniciamos nuestro amor la Cabezona y Johny—. Esperé media hora, media horeja. Subí al bus Blanco y Negro. Hermosa criatura al lado del chofer. En Cali cualquiera puede tener a una reina por novia, hasta un humilde chofer de bus. Sus bellos senos, lozanos, levantados como los de una princesa de Versalles del siglo XVIII, muy visibles. ¡Mujer a la vista!, emergency one. El ombligo al aire, a la moda. Hacia arriba mucho que ver y hacia abajo todo lo posible. Las mujeres caleñas exhiben hasta el impudor. Las uñas pintadas de color celeste. Bellas facciones, cola de caballo. Bella presencia al lado de un chofer común y corriente, grasiento. Mujeres bellas abundan en Cali. Es un lugar común y una realité. Bien maquillada, discreta, le organiza al auriga las monedas, comenta, hace más ligero el trabajo de su amado, sonrisa de dientes perfectos. Este sí es un chofer con ángel. Un ángel diferente al de Adolfo.
El viaje es largo, comenzamos a subir por Pance, esa escondida senda de los viejos tiempos que hoy conocen cuatro millones de caleños. La carretera es estrecha, casi para un solo vehículo, pero el conductor avanza a toda velocidad sin importarle qué vendrá en la próxima curva, si aparece algo, ya verá, se echa a un lado si puede y si no... ya veremos, así parece vivir Colombia. Llego a La Vorágine. Es el sitio donde se detienen los autobuses. El último sitio al que llegan. Hay ventas de comida. Hemos avanzado paralelamente al río Pance, que es el paseo popular de los caleños, el Ganges de Cali, dice Adolfo. Allí se hacinan durante los fines de semana hasta cinco personas por metro cuadrado, en un caudal de agua poco generoso, frío, entre piedras y vegetación de magnífico verdor. Miro el letrero que dice "Al Banqueo" y calculo la inclinación de la carretera. Apenas iniciando ya es casi setenta grados. Conociendo el arrojo de Adolfo como caminante, ya puedo imaginar lo que representan dos horas cuesta arriba a su leal criterio. Decido comer algo antes de subir. Luego, en marcha. Una hora de camino empinado. No he encontrado ni una sola persona. Ni bajando ni subiendo. Las casas vecinas al camino están desiertas. A veces aparece un perro y ladra, luego vuelve a desaparecer. A las dos horas de caminata, ya me duele todo el cuerpo. No me he recuperado de la locomotora peluda y con cuernos que me atropelló. La mochila golpea contra mi coxis y el dolor arrecia. Me encuentro en una encrucijada. Tomo la vía incorrecta y pronto me doy cuenta. Regreso. Reemprendo el camino. Ya estoy agotado. Veo una casa relativamente auspiciosa. Quizás haya alguien. Grito. Aparece un perro. Luego una niña. Le pregunto cuánto falta para El Banqueo. Me señala la cima de la montaña, donde hay dos postes de luz. Allá. Son las doce, la cita es a las doce y media, y calculo que me faltan todavía dos horas de camino rápido. Echo a caminar desconsolado. Camino, camino, camino. Paso por las que sin duda son residencias de narcos. Están abandonadas. Canchas de fútbol y básquet, piscina, lagos con algunos cisnes, todo solitario. Nadie vive allí, la violencia ha vaciado los campos. Escucho que viene una moto. Pienso que en esta soledad sería fácil matarme y tirarme a un lado. Nadie se enteraría. Dudo si debo esconderme. No lo hago. La moto pasa de largo. Sigo subiendo. Escucho el ruido de un motor. Un jeep se detiene. Alabado sea my lord, es Dolfo. Una mujer mayor, con botas, conduce. Subo. Llegamos al Paraíso, la finca de Adolfo. Allí está Daniel Fernández Montaño, un niño de ocho años. Daniel El Magnífico, sobrino de Adolfo. “Ve a ver si vienen los coyotes”, le dice Adolfo. Daniel lo mira con superioridad. “Ay, tío, no seas infantil, ya no hay coyotes”. Le pregunto a Daniel si le parece infantil su tío. “Sí, es infantil y además absurdo. Lo bueno es que yo lo comprendo”. “Ve a ver si vienen los duendes”, insiste Adolfo. “Los duendes no existen”, dice Daniel. “En los cuentos sí existen”. “Los cuentos son cuentos, tío, entiéndelo”. Adolfo está emocionado con mi llegada. Hay muchas cosas que quiere contarme, que quiere mostrarme, el tiempo es corto y la vida aun más corta.
“Empecé una novela hace ya un largo verano”, dice, “pero siempre tengo muchas cosas que hacer y se me quedan las cosas a medias”. En El Paraíso domina la flaca conductora. Luce enormes anteojos y botas de hule. “Te presento a Su Flaqueza Real”, dice Adolfo risueño. Ella masculla algo incomprensible. “Aquí suceden cosas extrañas, hum. De pronto la casa y el paisaje comienzan a ser cubiertos por hormigas que desplazan a todo ser viviente y tenemos que desocupar la casa hasta que ellas terminaran de saquear todo. Y mira lo raro: un grupo de lujuriosas hormigas se quedó leyendo Cuentos para después de hacer el amor, dice Adolfo. "En un evento literario encontré un intelectonto que insistió en cambiarme un libro de Cioran por cualquier otro libro que estuviera en mi biblioteca". “Cualquier libro es mejor que éste”, decía, y yo cometí el error de darle Cuentos para antes. Gran error porque conseguir ese libro es casi imposible”.
“Aquí todo el mundo convive con la guerrilla. Este es territorio guerrillero, del ELN. Aquí vino un muchacho de trece años, armado hasta los dientes, literalmente armado hasta los dientes, dientes que de paso había afilado como los de un tiburón. Y dijo el muchacho: Que manda decir mi comandante que vayan a la reunión en la cancha de fútbol y que el que no asista lo vamos a traer a patadas y culatazos. Bajó la gente a la cancha y el comandante comenzó a dictar sus normas: Al que encontremos con droga o con bazuko le llamamos la atención. Luego, si sigue en sus malos pasos, le hacemos una segunda llamada. A la tercera, nos lo llevamos para la montaña. ¿De acuerdo? Y ahora díganme, ¿a los sapos qué les pasa? Un viejito levantó una mano y dijo: Le llaman la atención y se lo llevan a la montaña. Nooo, mi don, a los sapos, nos los llevamos y nunca vuelven a aparecer sino cuando los buitres comiencen a volar por encima de él. A los sapos los matamos y los tiramos a un barranco". "Miren –dijo señalando el paisaje visto desde lo alto—, ¿ven que hay tres círculos de zopilotes? Pues son tres sapos muertos”.
“¿Sabes que pasó con la gente del pueblo?”, pregunta Adolfo. “Los que quedaron vivos huyeron. Este es un pueblo fantasma. Tenemos casas magníficas, piscinas, canchas de golf y de tenis, todo es para nosotros, gracias a los generosos guerrilleros”.
“Cosas atroces suceden en Colombia. A un secuestrado le pusieron un collar bomba. El hombre tenía que correr a buscar dinero y regresar para que le quitaran el collar. No alcanzó a llegar. Voló, en pleno centro de Cali, con todo y billetes”.
¿Quiénes hacen esa, monstruosidad?
“La reacción de los pueblos: a punta de canciones quieren derrotar a la guerrilla. Escucharon que iban entrando los guerrilleros al pueblo. Dos indígenas corrieron a la iglesia, se tomaron los parlantes y convocaron al pueblo, que los expulsó a punta de canciones de Mercedes Sosa. No los queremos aquí, déjenos vivir en paz, les gritaban a coro”.
Adolfo abre los brazos como un Cristo que ofrece su sangre.
“Me gusta traer gente aquí porque amo a los zancudos, quiero que ellos se alimenten de sangre de turista”, dice Adolfo. Yo no soy un turista generoso. Yo los espanto. Él se deja picar beatíficamente. Siempre lo he relacionado con Francisco de Asís, y me lo imagino poniendo su cuerpo a todos los bichos de la selva para que lo piquen, lo muerdan, lo acaricien, se abracen a él. Es una especie de espíritu de la naturaleza, de fuerza telúrica. Nadie puede herirlo.
Adolfo fue a visitar a Gustavo Álvarez, que había pasado 36 meses recluido en la Escuela de Policía en Tuluá. Allí estaba de visita un obispo. Adolfo, que tiene debilidad por poner en crisis a los obispos, comenzó a contarle la historia de cuando él subió a un púlpito.
“Resulta que fui a una iglesia y una mujer estaba leyendo una epístola, pero nada se le entendía, y todos asentían y dormitaban, haciendo como que entendían., como que esas sabias palabras les llegaban al fondo del corazón. Me levanté de entre la gente y pedí la palabra. Caminé hasta el púlpito y le dije a la señora con permiso. En la epístola decía que el profeta Eliseo andaba por todas las ciudades y cuando llegaba al pueblo de Noséqué siempre se quedaba en casa de una viuda. Y la viuda decía que el profeta era muy sabio y muy santo. La mujer le dijo a su marido que por qué no le hacían un lugar en la casa al profeta para que descansara de sus viajes. Nada más una cama, un asiento y una lámpara. Lo básico: la cama para dormir, un asiento para sentarse, y una lámpara para iluminar. El esposo dijo que le parecía muy bien. En el próximo viaje llegó Eliseo y se sorprendió mucho y llamó a un criado y le preguntó: “Qué le hace falta a tu señora?” “Tiene un marido rico, no le falta nada, nada más que un hijo, pues no ha podido tenerlo, ya que su marido es bastante anciano”.
“Mandad traer a la viuda”, dijo Eliseo.
En el momento en que leí esto en el púlpito, dijo Adolfo, lancé una carcajada. Y luego miré a la gente. Todos estaban muy serios, me miraban con furor como si no hubieran entendido o como si hubieran preferido seguir escuchando el zumbido de la mujer, lo que era sin duda más aburrido pero más tranquilizador. Entonces, como no entendieron lo que quise decirles, como no quisieron entender, cerré el libro y bajé del púlpito, erizado por completo. El caso es que antes de bajar del púlpito les leí hasta el anuncio del desenlace, y es que dice el profeta Eliseo: “Después de nueve meses tendrás un hijo”.
Yo levanté los dos brazos al cielo en el púlpito, antes de bajarme y grité: ¡Entienden, zotes!
Lo de Eliseo y sus andanzas está en el Libro de los Reyes. Yo le conté ese bochinche al obispo en casa de Gustavo Álvarez, creo que era el obispo de Buga. Luego llegó a la reunión en la Escuela de Policía monseñor Moncerdón, je, aclara Adolfo sonriente, Edgar Alzate Castaño, con toda su familia, y sospecho que hasta con sus hijos, que hace pasar por sobrinos, en un carrazo de lujo y no tuve otra alternativa que compraralo con el otro obispón, el que había escuchado mi bochinche del púlpito, un obispo pobre, sonriente, comprensivo de las debilidades humanas, que en aquel momento se estaba tomando un whisky, lo que no era común en su parroquia, donde a lo más bebe vino nacional de consagrar. En cuanto vi a ese otro obispo, todo un aparato de obispo, con su corte, sólo faltaban el palio y los esclavos abisinios, le dije, con toda confianza: “Usted debe ser el famoso Obispo Avendaño. Mire, le voy a contar una historia”. Le pedí que se sentara con nosotros. “Cuando yo era niño, mucho tiempo después de que usted fuera niño, claro, en un rincón de una sacristía oscura lo vi a usted haciendo cosas que me sorprendieron muchisimo”.
El obispo se sonrojó inmediatamente. Parecía atrapado por un cepo, sudaba y en torno a su calva volaban como en un sistema planetario varias moscas que no se atrevían a pararse en tan digna calva. El obispo apuró un trago grande de whisky que le sirvió Gustavo, quien sin duda se estaba divirtiendo con el asunto. Tanta angustia le causó mi relato al prelado, que se atragantó, y sin duda en un segundo, como antes de la muerte, repasó toda su vida. Y cuando pensó que de esa no se iba a salvar, fui misercordioso, le dije que él se había puesto a celebrar misa con un cáliz que no era de él en los tiempos en que todavía no estaba consagrado”.
El obispo respiró aliviado y miró a Adolfo casi con cariño.
“En ese momento todos quisieron que yo cambiara de tema, quizás pensando que había algo más allá en mi historia, es decir, que había algún contenido extraño y peligroso”.
—A propósito —le digo a Adolfo—. Vi recientemente a Gustavo Alvarez y te mandó decir que te desea.
— ¿Eso dijo? Si lo vuelves a ver dile que es inútil, completamente inútil. No podrá consumir carne de ángel. Es una prohibición ya bastante vieja que no podemos soslayar.
— Gustavo tiene un dicho: Loca fea muere virgen.
—Gustavo será loca, pero no es fea. Además es uno de los pocos tipos coherentes en la política colombiana. Yo votaría por él con los ojos cerrados. ¿Te acuerdas de Angela Robledo, la gorda? Se tiró a los pies de Gustavo mientras él dictaba una conferencia, y le dijo: “Amame aquí mismo y demuestra que un hombre grande como tu no puede ser homosexual” ¿Sabes qué hizo Gustavo? Siguió dictando su conferencia como si la gorda no existiera.
Dice Adolfo que está dictando clases en la Facultad de Música de la Universidad del Valle. “Me parece que estoy perdiendo el tiempo. En un verano me puse a tirar basura. Encontré poemas viejos míos y los capturé y mandé a un concurso en Bucaramanga. Gané. Tengo mi novela en ciernes. Trata sobre genética. Sucede en el año 2080, cuando ya todo está arrasado. Cuando bajaron el genoma humano en la red... Eran dos hermanos: Aarón y Abraham. Uno era el genético y otro el hombre práctico. Otro personaje es Gaspar de la Noche. La mamá tiene una hermana gemela. Gaspar de la Nuit se perdió 20 años. Se enamoró de una mujer que flotaba en el aire con los brazos abiertos. Para el 2080 ya la gravedad habrá sido vencida y la gente se dedicará a pasear por los aires, creando un transito peor que el de Bogotá. La población mundial será de varios trillones de habitantes. Pues esa mujer se llevó a Gaspar de la Nuit al otro extremo del universo. Y es que también se habrán roto las barreras del espacio y el tiempo y la gente podrá estar ahora aquí y un segundo después en Alfa Centauro. Cuando regresó Gaspar le preguntaron que cómo era el otro extremo del universo y el tipo no soltó prenda. Porque debo aclarar que aunque se hubieran roto las barreras del tiempo y el espacio, la gente no se atrevía a viajar, porque por ahí salió el cuento de que había telarañas entre las dimensiones y uno podía quedar atrapado entre dos mundos, digamos la cabeza aquí y los pies en algun asteroide de una galaxia de nombre desconocido. En el computador se puede escribir vegetalmente hablando, con ramificaciones por todas partes, eso me gusta”.

Montaniov@hotmail.com

Marco Tulio Aguilera

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