EL OFICIO DE ESCRIBIR NOVELAS

Primeras notas para una conferencia de la Universidad de Costa Rica, Sede Heredia, basada en el viejo truco la asociación libre

Amad el arte. Entre todas las mentiras, es la menos mentirosa. (Flaubert)

Con el viejo método de lavar la arena e ir decantando el oro, recurriendo al irresponsable y eficiente método de la asociación libre, voy a intentar llegar a algunas concusiones sobre la novela y el oficio de escribir novelas. Primero hay que preguntarse qué es una novela. Veamos algunas respuestas. Flaubert dijo que la novela es un espejo del camino. Sergio Pitol dijo que la novela es una impresión personal sobre la vida. La novela es algo que posee una realidad propia, ajena a la realidad objetiva, si es que tal cosa existe; es una realidad propia que sin embargo depende de algo exterior a ella. En cada novela hay un planteamiento y una lógica. En varias entrevistas, de esas improvisadas, en las que el entrevistador no ha leído nada y quiere enterarse de todo, ante una pregunta vaga he respondido que la novela es una tesis de grado sobre la vida. Lo primero que se me ocurre decir es que hay en ella un intento de entender y explicar el mundo, sin resolverlo, claro está. El mundo es un enigma indescifrable por completo, pero que exige ser descifrado. Es una suma de enigmas. El novelista es o debe ser un curioso impertinente, un ser extremadamente ambicioso. No quiero decir que el novelista sea una especie de sabio que tenga el deber de explicar a los pobres e ignaros lectores los secretos de la existencia. En general el novelista ignora más de lo que sabe, y esta ignorancia es un motor de su búsqueda. Dice Pitol que en el centro de todas sus novelas hay una zona de vacío que no termina por explicar a los lectores y que a veces ni él mismo se explica. Hay una frase de Sigmund Freud que me gustaría ligar con la anterior afirmación. Todos los sueños tienen un cordón umbilical que se liga con lo desconocido; es decir, ningún sueño es descifrable por completo. Dice el científico Carl Sagan que existen en el universo tantas estrellas como la suma de todos los granos de arena que hay en todas las playas del mundo. Cada novela es un grano de arena, pero paradójicamente, debe ser un universo. El universo que conocemos, es decir, el universo que no conocemos, muy posiblemente sea un universo, uno de tantos universos posibles. Así, cualquier novela que haga honor al género, es un universo. El creador de este universo, hay que decirlo, es el novelista, un pequeño diosecillo que se ocupa de su jardín imaginario. Vayamos al más célebre referente de la lengua castellana: Cervantes y el Quijote. ¿Cuál es la clave de esta novela que lleva siglos de vigencia? La ambigüedad, la ironía, el descrédito de las instituciones y certezas. El Quijote es sin duda pariente cercano del Tristan Shandy, obra de la que dijo Samuel Johnson “nada extravagante puede perdurar”. Tristram Shandy, más que una novela humorística, como anota la inefable Wikipedia, es una especie de tratado sobre todo y sobre nada. En esa novela se tratan temas tan variados como las prácticas íntimas y las sociales, los agravios, la influencia de los nombres propios en las personas, las narices (forma eufemística con la que se ocupa de los penes), la obstetricia, la ingeniería militar, la filosofía, la psicología... Se afirma que Tristam Shandy no tiene rigor ni argumento alguno, y que obedece solamente a las leyes completamente arbitrarias de la asociación libre. Tal vez Sterne de alguna forma por completo inexplicable, pudo leer los 25 tomos de Freud, lo que me parece improbable, pues Sterne vivió muchos años antes de que el padre de psicoanálisis tratara de comprender el mapa de los sueños y el territorio aleatorio de la imaginación. El que sí leyó a Freud fue Marcel Proust, el más serio, dispendioso y farragoso rastreador de una intimidad, la suya. En busca del tiempo perdido es la novela de la memoria y de los vínculos insospechables que establece. Tenemos hasta aquí anotadas tres lógicas: la de Cervantes, el primero que se salió del camino de las leyes artistotélicas, que exigían un sistema, una redondez, una sensatez, a la obra literaria; la de Sterne, que llevó esta misma osadía hasta rebalsar los límites de la cordura y de la paciencia de sus contemporáneos; y la de Proust, que quiso poner en novela la vieja idea de que el hombre es la medida de todas las cosas. Es célebre la imprecación que García Márquez lanzó o dijo haber lanzado cuando leyó la primera frase de La metamorfosis: “Ah, carajo, no sabía que se podía hacer eso”. Este descubrimiento de un novelista tan lúcido (el descubrimiento de que uno pude escribir sobre lo que sea como sea) nos lleva a establecer una especie de apodicto —no sé si la palabra existe pero de todos modos vale la pena acuñarla—… apodicto o apotegma o certeza inconmovible: en novela es lícito todo, excepto aburrir al lector o engañarlo. Pitol lo dice de otra forma: en la novela cabe todo. Veamos: novela es un intercambio de cartas como lo es Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclos; novela es un estudio minucioso e investigación de un crimen, como A sangre fría de Truman Capote; novela es la crónica de un día de pesca, como El viejo y el mar de Hemingway; novela es una enumeración enciclopédica de eventos y una demostración de erudición enciclopédica como Cristóbal nonato de Carlos Fuentes; novela es Al filo del agua, de Agustín Yañez, que cuenta recurriendo a la forma episódica y al retrato psicológico, la vida de un pueblo de México. Novelas son todas ésas y una enorme cantidad de obras que utilizan los procedimientos más diversos, tocan cualquier tema, critican cualquier sistema, exponen cualquier tesis. Desde una mínima historia de amor en La tregua o El túnel, hasta la monumental narración de las vicisitudes de gran cantidad de personajes a lo largo de unos cincuenta años de historia rusa en La guerra y la paz; desde el relato de las vidas más de trescientas de vidas de los habitantes de Madrid en 1942 en La colmena de Camilo José Celá hasta el seguimiento de un día de la vida de Lepoldo Bloom en Dublin, en el Ulises de James Joyce. Todo eso es novela.
Se reafirma con la anterior enumeración que en la novela cabe todo, todo se vale: es como el famoso jarrito de Tlaquepaque que aparece en un dicho mexicano: “todo cabe en un jarrito, sabiéndolo acomodar”, dice el dicho.
Según García Márquez hay dos formas de escribir una novela: como él lo hace y como lo hace Vargas Llosa. García Márquez afirma que él no avanza a la segunda página si no tiene perfectamente terminada la primera y que no inicia una novela si no sabe cómo terminarla. Me parece que en esta afirmación hay una excesiva prepotencia. Que lo que plantea GGM es más un ideal que un método. Afirma García Márquez que el método de Vargas Llosa es escribir torrencialmente de principio a fin novelas infinitas, que vuelve a escribir de principio a fin una y otra vez hasta que queda satisfecho. Sergio Pitol, reciente Premio Cervantes afirma: “Al organizar una novela lo que me interesa es construir una composición que pueda permitirme utilizar algunos efectos que de antemano imagino. La estructura es lo que decide la suerte de la novela. Y en toda la obra mi construcción es la misma, con mínimas e insignificantes variantes. En el centro de todas mis tramas establezco una oquedad, un enigma, en cuyo torno se mueven los personajes”. También afirma que toda novela es una “impresión sobre el mundo”. Creo que fue Flaubert el que dijo que “la novela es un espejo del camino”. La teoría de la relatividad afirma que cada vez que se observa un fenómeno, ese fenómeno es modificado. Hay, para terminar de construir este edificio de citas, una frase del filósofo Henry Bergson. Afirma que la función básica del sistema nervioso central es básicamente eliminativa y que si fuéramos conscientes a cada instante de nuestras vidas del alud de sensaciones, recuerdos, impresiones y vivencias que nos rodean, acometen y solicitan, nos volveríamos irremediablemente locos. Eso también es la novela: una especie de sistema nervioso discriminativo, un sistema perfectamente ordenado de omisiones, de síntesis, de paréntesis, que nos deja con un trozo de existencia que sin embargo cobra una vida inusitada. La novela es un sistema de interpretaciones. Es una versión personal del mundo. Onetti tiene su versión, la tiene Kafka y la tiene Joyce. De la riqueza y particularidad de esta versión, depende la trascendencia de la obra. Y por eso es que, de alguna manera, el novelista tiene que ser superior a su entorno: no debe mimetizarse como los insectos sino que tiene que destacar con un color propio, aun a costa de algunas incomodidades como el juicio adverso de su familia, su entorno, su país, su tiempo. El novelista tiene que enfrentarse a lo establecido y crear otro tipo de establishment: el de su imaginación, es decir, el de su visión del mundo. García Márquez creó su propio universo: Macondo; Faulkner, Yonapatawpha; Rulfo, Comala; Onetti, Santa María.
Ahora vinculemos la novela con la filosofía. ¿Qué tiene que ver el llamado realismo mágico con al filosofía? En gran parte de sus obras García Márquez nos enseña a vivir de otra forma, considerando la posibilidad de que la magia y la poesía sean parte cotidiana de nuestras vidas. Las novelas de García Márquez y las novelas en general son una especie de “suspensión del juicio”, una escapatoria a otra dimensión. El que escribe una novela ya no vive en el mundo de todos los demás seres humanos, sino en un mundo propio. Dice Pitol: “el novelista deberá entender que la única realidad que le corresponde es su novela, y que su responsabilidad fundamental se finca en ella”. Incluso en su vida personal el novelista esencial, aquel que se encierra a piedra y lodo a solucionar su novela, llega a convertirse en un ermitaño, un ser huraño, irresponsable, que deja familia y trabajo para entregarse de lleno a ese agujero negro. Para incurrir en el inefable placer de hablar de mí mismo, como dijo Ortega y Gasset, contaré, de nuevo, el génesis de mi novela Breve historia de todas las cosas, que escribí hace 35 años, cuando yo contaba apenas con 23 años y era un estudiante de filosofía en la Universidad del Valle, en Cali, Colombia. Tenía yo por entonces encerrada en mi cuerpo, en mi memoria y en mis secretas sensaciones, todo un mundo que había vivido en Costa Rica: San Isidro de El General era para mí una especie de aleph borgiano (antes de avanzar quiero registrar otra característica que debe tener una buena novela: debe ser inolvidable): el polvo rojo de la bauxita, las encantadoras oficiantes del cuerpo caminando a pleno sol por la Calle del Comercio, Tribilín, el sano y ocurrente comunista y músico hijo de don Juan Violinista, los vagos del parque, comandados por el paticorvo Palomo, las cuatro mujeres hermosas y despectivas que tenían enamorados a todos los machos del pueblo, la construcción de la Carretera Panamericana y la invasión de gringos borrachos, insolentes, simpáticos, locos de la Ballenger, Topino and Ashville, así como los gringos de la Aluminium Company of America, las niñas el colegio de monjas encorsetadas por la represión, acosadas por los muchachos del Liceo Unesco, ebrios de deseos insatisfechos, el Coro de las Doscientas Voces que un día llegó en una caravana de buses de la Musoc… (Algunos personajes de la novela están basados en personas reales; otros fueron inventados. Hay un detalle curioso: mi amigo el novelista cubano Félix Luis Viera, que leyó la novela en manuscrito, me dijo que el mejor personaje de la obra era el negro Vladimiro… un personaje por completo de ficción).
Tenía yo a los 23 años de edad esa especie de subconsciente explosivo que caracteriza a los que han de ser novelistas, un mundo sometido a presión…y un día explotó, como el famoso átomo inicial del que dicen se originó el universo. Con mis recuerdos comencé a escribir febrilmente en un cuadernote de contabilidad mientras un profesor batracio se paseaba arrastrando al pobre de Emmanuel Kant frente a un atajo de estudiantes en la Universidad del Valle, en Cali, Colombia.
No hace mucho vi un video en internet de una conferencia de la escritora africana Chimananda Ngozi, una criatura digna de representar lo mejor de la nueva África. Su conferencia se llamaba “Los peligros de una sola historia”. Básicamente decía: The problem with stereotypes is not that they are untrue, but that they are incomplete. … Stories have been used to dispossess and to malign. But stories can also be used to empower, and to humanize.
Traduzco lo básico de esta frase: “El problema con los estereotipos no es que no sean verdaderos, sino que son incompletos…” Siendo Breve historia de todas las cosas una novela caricaturesca, burlona, risueña, en ella traté de equilibrar toda intolerancia, racismo o tendencia: hay negros malos y negros buenos, prostitutas abyectas y prostitutas poéticas. Es cierto que algunas personas del San Isidro de El General se ofendieron, se sintieron ridiculizadas o molestadas, incluso hubo quien me agredió de palabra y en una página de internet se afirma que el autor se encontró con dos Alfonso Quesada Hidalgo, el célebre compositor de la canción que ha llegado a convertirse en el himno a San Isidro y que dice
Las garzas a la laguna
Todas han regresado
Pero tú no regresarás

Mi novela Breve historia de todas las cosas causó desazón en muchas personas, habitantes del pueblo de San Isidro de El General. Muchos se vieron retratados o casi caricaturizados como arquetipos de belleza, de depravación, de tontería, de locura. La novela se leyó como una sátira y una burla. Y alguien la leyó como una copia de Cien años de soledad. El mismo García Márquez manifestó su rechazo a esta idea. La novela tuvo buenos aires. Navegó rápido, aunque había sido escrita por un muchacho de 23 años. Tuvo una carrera meteórica: fue publicada en Buenos Aires por una editorial de gran prestigio, La Flor, editora de Umberto Eco, Quino y su inefable Mafalda. En Costa Rica le otorgaron el Premio Nacional de Novela “Aquileo J Echeverría”, lo que constituyó un escándalo, pues se decía que había sido escrita por un extranjero y que el premio correspondía al ya famoso novelista Alberto Cañas… Era falso que yo fuera extranjero, pues yo por los años de la publicación me había naturalizado tico. Hubo crítica favorable en muchos países de América y España. Los libros de historia de la literatura hispanoamericana la incluyeron como la máxima representante del post boom…etc. Lo que el crítico norteamericano John Brushwood destacó en la obra es lo que llamó “el derecho a la invención”. Básicamente eso es lo que constituyó el motor de esa novela: yo no intenté reflejar lo que era San Isidro, sino que permití que mi imaginación construyera otro pueblo por encima del real.
Muchos años después de la publicación, esa misma novela me trajo de regreso a Costa Rica con motivo del centenario de la fundación de ese especialísimo lugar del mundo que e San Isidro de El General. Y aquí estoy en Costa Rica, dejando divagar mi mente y tratando de sacar en claro qué es una novela. Hay una idea no muy desafortunada: la de que toda novela es, en pequeña o gran medida, una venganza del autor contra personas que lo ofendieron o lo ignoraron. En general las novelas no son hechas para cantar sino para deturpar. Hubo un tiempo en que muchas personas se ofendieron porque se identificaban en mis personajes. Hace poco me enteré que en San Isidro hay personas que están ofendidas porque no fueron consideradas en mi obra. De San Isidro saqué muchas satisfacciones e insatisfacciones, pero lo que si le atribuyo es que me ofreció un mundo tan rico, que me obligó a ser escritor para estar a la altura de lo que había recibido. Dice el crítico literario Mauricio Serrahima: “la novela tradicional se basa en ujna convención: la de que el novelista lo sabe todo de sus criaturas”.

Marco Tulio Aguilera

3 comentarios:

  1. MT:
    Muy iluminadoras tus consideraciones sobre la novela y sus implicaciones. En medio de todo ello pienso en las claves de una buena novela que por supuesto no tienen que ver con intereses mercantilistas y otros asuntos.
    Un saludo afectuoso,
    Martha

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  2. Maestro A. Garramuño:

    Leerlo y descubrir su blog es una buena nostalgia para esta que adopto un nombre en honor a su Irgla.
    Saludos desde el Clup Persa de los Negocios Raros.

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