TRES HISTORIAS IMPRESIONANTES


SEGUNDA PARTE DE DIARIO COLOMBIANO 2002

La historia del molinillo

Era una mujer medio indígena. Hace ya muchos años. Esa mujer era, de lo que me acuerdo, de una arrechera bestial, pero por lo reprimida no manifestaba casi nada, aunque a veces explotaba con una especie de bestialidad aterradora. Era la sirvienta de una casa vecina. Yo tenía veintiocho años y todavía nada, imagínate. Era rubio hermoso y las mujeres me hacían ojitos, pero en mi casa me habían dicho que tenía que reservarme para una mujer como yo, de mi clase espiritual. Pero también andaba en la arrechera. Nosotros visitábamos a esa familia. Mi padre y yo tomábamos cerveza. Atrás quedaba el baño. La casa era larga con piezas por un solo lado, en fila, como un tren, la sala, la cocina, los cuartos, el baño, ¡el baño! y más atrás el patio. El baño que era una casetica. Yo salí a orinar al patio y cada vez que salía a orinar al patio, ella me veía pasar. Me di cuenta que ella me miraba cuando yo pasaba. Yo comencé a orinar cerca, me volteaba luego para presentar armas. Un día entré a la cocina y ella se turbó. Comencé a provocarla hasta que sucedió. Me la arrastré hasta un árbol a las ocho de la noche le levanté la falda y zaz. Me acostumbré a ella. Me hacía visitas nocturnas, rascaba en el angeo de mi ventana. Se desvestía a toda velocidad y se tendía en la cama, decía venga mijo. Rugía esa mujer y yo en mi inexperiencia no sabía por qué era esa euforia, creía que estaba enferma o loca pero me arrancaba placeres demoledores. Se convirtió en un vicio. Si no la desnucaba cada noche simplemente no podía dormir. Pasó una semana y volví a verla. Entonces fui a buscarla a la hora de los primeros gallos. Me arrimé a su cuarto y escuché gruñidos raros, mugidos, llantos, suspiros y le caí: estaba acostada en la cama haciéndose la enferma. No me importó, lo que quería era zampársela. Como era india no tenía pelo en la cuca. Le pregunté qué te pasa, Mireya, qué te pasa, india bonita. Respondió como un animal, de un movimiento brusco le quité la sábana y, ¿sabes qué había en el sitio que yo quería visitar? ¡Un molinillo de chocolate! Era una india casi completamente animal. Se había clavado esa vaina y tenía la chocha en carne viva.

El corazón de un delator

Los hechos. Una antropóloga visita un pueblo y hace estudios de campo. Súbitamente se escuchan por los altavoces de la iglesia: Somos los defensores del pueblo, los enemigos de los enemigos de Colombia y queremos invitarlos a una reunión en el parque central. Dentro de diez minutos queremos a todo el pueblo reunido. Les habla el comandante Gastón y les anuncio que la persona que no se presente dentro de diez minutos será ajusticiada sumariamente. El pueblo se apresura hacia el parque. Un grupo de veinte hombres armados y en traje de fatiga están alineados. En el suelo yace un muchacho con las manos atadas atrás. Alambre de púas. Formar un circulo alrededor de ese árbol, dice el comandante. Hombres, mujeres y niños desnudarse. El que no quiera hacerlo pierde la cabeza. Uno de los hombres blande un machete. Este es un acto de escarmiento del frente Miguel Fernández del Vichada y va contra el enemigo del pueblo que dice llamarse. A ver hijueputa, ¿cómo te llamas? Juan. Amarran una soga en torno a sus muñecas. Lo elevan ayudándose con las ramas de un árbol. Le amarran los tobillos y lo atan a dos estacas formando una X. Juan es informador de la guerrilla y por eso le vamos a dar el tratamiento de los sapos. Juan tiene un rostro totalmente inexpresivo. No chilla. Ya conoce su futuro. Con una sierra le cortan los pies, las rodillas, las piernas a la orilla de las ingles. Lo que queda de Juan se estremece eléctricamente. No entiendo por que no grita. Por qué no se desmaya. Tal vez haya perdido por completo la sensibilidad. A veces parece que sonríe. No hay en él un gesto de espanto, de dolor. El comandante dice: Agárrenlo bien, que falta lo mejor. Varios hombres inmovilizan la mole de carne temblorosa. El comandante toma un puñal, le abre el pecho, jala las costillas a un lado hasta arrancarlas y con una mano le desarraiga el corazón. Sobre un trozo de madera lo hace trocitos y comienza a repartirlo. Uno a uno los miembros del pueblo deben pasar a comulgar con el corazón de Juan. Sus ojos han quedado abiertos, con las pupilas dilatadas. Y esto es lo que le pasa a los sapos. Aquí don Juan era un defensor del pueblo, un compañerito muerto, y un día decidió ir a denunciarnos. Esto es lo que le pasa a los sapos. Ya lo saben, adiós. Nos llevamos a tres muchachas para que nos hagan las faenas del hogar allá en el monte y nos hagan los mandados del cuerpo. A ver padrecito, haga sonar el Himno Nacional mientras nos alejamos. Nadie se mueva hasta que dé el mediodía. Si no, les llueve metralla del cielo.

La cura del calambre de raya


Trabajé en un proyecto de cocina tradicional y para mí era cheverísimo conocer historias en torno al fuego. Una de ellas es la que me contó una negrita. Cuando a su negro lo picó una raya tuvo una erección de palo encebado. El hombre se tapaba sus partes y quería esconderse pero se corrió la voz. Las mujeres se amotinaron en torno a su rancho queriendo ver la envergadura, hacerle burla y participar en el juego. Porque es un juego viejo, casi un ritual que sucede pocas veces pero sucede y se tiene memoria de él, incluso se toma como un hito temporal, generalmente exagerado, digamos “eso sucedió cuando a Petronio le duró la calentura dos semanas” o “por los días en que Julián tuvo su calambre llanero”. El juego es así: el hombre se mortifica de ser asediado y sale a perseguir viejas. Las mujeres saben que se están arriesgando a que las cojan y eso les gusta. Tienen pretexto para divertirse. Todo el mundo en el pueblo se entera. Los hombres se solidarizan porque saben del dolor y porque conocen que el hombre es la burla de todas las mujeres. Cuando ya lo han visto al sufriente y le han hecho burla todas salen corriendo. El hombre las persigue para alcanzar a la que se deje coger. La idea es esta: un untado de vagina caliente calma el dolor de la picadura. La vagina tiene que estar hedionda, que la hembra no se haya bañado. El hombre debe tumbarla, abrirle las patas y limpiar el choco con un algodón. Ese algodón se lo pone como emplasto en la picadura. Se quita el dolor y la erección va bajando progresivamente, pero puede durar hasta dos horas. Parte del cuento está en que las mujeres se suden y den su untado. Aquello es como una fiesta, eso sucede en el corregimiento de Boca Chica, isla de Tierra Bomba, Cartagena de Indias.


Marco Tulio Aguilera

2 comentarios:

  1. Me leí la historia del molinillo, interesante, amena y sorprendente.
    Tu blog es denso, volveré en mejor momento.
    Me gustó la visita.

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  2. Gracias, Mercedes. Espero que nos blogfrecuentemos...escuché la entrevista reciente. Ser amigo de una persona como tú, urge...

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