GARDEAZÁBAL 2002


VISITA AL GURÚ

Esperaba encontarar una casa de campo cercada por el ejército, una fuerte escolta, todo un aparato de protección. Lo que hallé fue un portón, un letrero: Hacienda El Porce, una larga extensión vacía, casi como un estacionamiento, un gran árbol y a la distancia dos casas: una de campo, de los propietarios, sin duda, y otra, más humilde, de los trabajadores. Mauricio, mi hermano, accionó el cláxon. Salió a abrir una mujer flaca, en shorts. Preguntó nombres. Nos permitió pasar sin cordialidad alguna. Estacionamos a la sombra de un gran árbol. Pasaron unos segundos. Salió de la casa de campo Gustavo, serio al principio, sonriente después, cambiante, como si no tuviera definida la actitud que asumiría ante este amigo, que asistió hace ya más de veinte años al Taller de Escritores de la Universidad del Valle y que allí comenzó (comencé) a escribir desaforada e impúdicamente, al punto que hoy tiene (tengo) veinte libros publicados y seis a punto de aparecer en el 2002. Una auténtica vulgaridad. El paso de los años nos ha separado, cartas aquí y allá, noticias familiares y literarias las mías; las de él, más que todo políticas: alcalde de Tuluá dos veces, gobernador del Valle del Cauca, candidato de multitudes a la presidencia de Colombia, y zaz, a la cárcel, descalabro perfectamente explicable si se conoce eso que llaman política en Colombia. Su osadía no tuvo límites: retar a la clase dominante, derrotarla limpiamente y atreverse a decir que iba a terminar con las ratas. ¿Resultado? Más de tres años en reclusión. ¿Y cómo sale? ¿Deprimido? ¡Qué va! Nadie le puede creer su depresión, su falta de proyectos, mirando esa sonrisa socarrona, fraternal, críptica, paternal, de irredenta superioridad. Nos dimos un abrazo enérgico, de hermanos que no se han visto en mucho tiempo —en los meses recientes habíamos estado en contacto estrecho gracias al correo electrónico: yo recibía boletines de sus actividades, de su salud, de su ánimo, y le mandaba cartas de aliento y jugábamos a las ficciones medio mitológicas: una de ellas era que yo iba a llegar a su prisión en un pegaso a liberarlo. Aunque no lo crean parte de la ficción se cumplió: el mismo día en que salió de la Escuela de Policía yo aterricé en el Valle del Cauca, no en un pegaso, sino en un poco mítico jet de Avianca: yo no lo liberé, pero sí estuve ahí, doce horas después. De modo que faltó el pegaso y hubo una diferencia de hora. También está el hecho de que yo no tuve nada que ver con su liberación. Queda viva la cábala: el día que yo llegué él salió. Y eso no lo voy a olvidar aunque no haya podido amarrar mi pegaso al árbol bajo el cual estaba el auto de mi hermano Moris.
Nos costó trabajo separarnos del abrazo. De verdad que veinte años no parecían nada ni para él ni para mí. Un par de kilos de más y unas arrugas también, pero lo básico seguía funcionando igual. Pasamos a la casa, entramos a la sala, una estancia muy amplia, con anjeos, al lado de otro árbol muy grande, quizás un gualanday. En la estancia había dos juegos de sala. Uno incómodo, para las visitas desagradables. Y otro de cuero, para los amigos. El árbol grande con ramas frondosas proyectaba su frescura hacia el interior y parecía estar adentro, con nosotros. Nos acomodó en la sala de visitas de confianza. Trajo una botella de Ballantines. Lo sirvió con rigor de mesero de cinco estrellas, preguntando cuánto hielo, cuanto whisky, hablando de forma algo brusca, lo que es su manera de ser cariñoso. Hicimos una recapitulación de nuestras vidas. Durante los veinte años de separación (veintidós en rigor) no habíamos hablado a fondo, quizás un par de encuentros que fueron pequeñas batallas con estocadas finas: ese es el estilo de Gustavo: mandobles, pequeñas agresiones, ditirambos y denuestos, provocaciones, preguntas atrevidas, respuestas cortantes. Supongo que en otras circunstancias puede ser mesurado. Nunca conmigo, nuestros encuentros son como los de dos cariñosos perros salvajes. Aquello era un amable duelo, una confrontación de actitudes vitales, de weltanschaungues (habría que proponer esta palabra a la Royal Academy). Comenzamos a evaluar la situación colombiana: guerrilla, paramilitares, ejército, narcotráfico. Sus opiniones eran tajantes y verosímiles. Evaluó a los candidatos. De su evaluación el que salió peor fue Serpa, muy peligroso para Colombia. Noemí, buen equipo de asesores. Uribe, origen de paramilitares, puede lanzar al país a una guerra total, y sin embargo puede ser el único coherente. Luego comenzó el fuego cruzado entre nuestras dos vidas privadas y nuestras actitudes ante la literatura. Dijo que yo era egoísta, narcisista, que mis libros nadie los leía. Le dije que yo estaba de acuerdo con sus calificativos y que en realidad no me importaba mucho si me leían o no, que lo importante era que yo me sentía feliz haciendo lo que me gustaba. Contraataqué: le dije que él era un buen escritor hace veinte años y que se había entregado a un camino falso, sin salida: no vas a salvar al mundo y menos a Colombia, no vas a arreglar a este país. Dijo que él era feliz haciendo sus campañas sociales, que la gente lo amaba, lo seguía, que al salir de la cárcel lo esperaba una multitud de negritos y gente humilde y que hubo una caravana de carros y que la muchedumbre y la caravana lo siguió diez kilómetros. Dijo que le gusta sentirse amado por el pueblo, que sí, era popular, populista también, ¿por qué no?, y que iba a dictar una conferencia sobre el sexo de los ángeles en Buenaventura, sabes que me adoran como a un dios los negritos, me tienen altares con veladoras y me atribuyen milagros y creo que sí, puedo hacer milagros. ¿O no fue un milagro que una loca como yo sacara miles de votos por encima de la oligarquía vallecaucana?
El aspecto de Gustavo es inmejorable para un hombre casi sesentón que ha pasado varios años recluido. Sonrosado, la piel limpia, casi sin arrugas. La ironía constante, la mordacidad. Los ojos claros y serenos, como de poema medieval. Es directo y certero en sus juicios. Absolutamente seguro de sí mismo, parece tener la verdad absoluta y no admite dudas. Cuando confrontamos nuestros puntos de vista sobre la literatura —dice que ya no le interesa, que no sirve para nada, que no hay lectores en Colombia, que no hay industria editorial, no hay leyes propicias, dice que no tiene ilusiones literarias, que un libro como Cóndores no entierran todos los días que ha vendido miles de ejemplares y que ha sido pirateado muchas veces, no ha alcanzado ni una traducción al inglés; yo le respondo que la literatura sí sirve para algo, para hacer feliz a quien la escribe y tal vez a quien la lee, que hay muchos lectores: las señoras ociosas, los estudiantes, los ancianos, los universitarios, las adolescentes soñadoras, le digo que Colombia no es el mundo y que hoy no es siempre, y que así como uno no escribe para los vecinos o los amigos, tampoco debe escribir para Colombia, sino para el mundo y qué diablos, aunque en realidad uno no escribe para nadie sino para sí mismo, para ser feliz en solitario y que yo sí sigo teniendo ilusiones, ilusiones grandes: escribir libros gordos y apasionantes, que me publiquen en todo el mundo, ganar premios, viajar, tener éxito, seguir compitiendo de manera adolescente con García Márquez que algún día se nos va a acabar y quedaremos sin nadie que tenga voz, por eso tenemos que seguir escribiendo, para seguir teniendo ilusiones y seguir dando ilusiones; que puedo hacer, Gustavo, sigo siendo el mismo de hace veinticinco años, el que entrenaba con los negritos velocistas de Jamundí en la pista del estadio Pascual Guerrero antes de las Juegos Panamericanos del 71—, mientras yo hablaba (y aquella era mi oportunidad, pues antes Gustavo había acaparado el uso de la voz), mi amigo por primera vez permanecía en silencio, escuchando, como quien ve juguetear a un cachorro de león para luego lanzarle el zarpazo... un cachorro de cincuenta y tres años. Fui más allá, aprovechando su silencio, esa pausa en su locuaz interpretación fatalista de Colombia —le dije que su mundo se acababa en el Valle, al que él quisiera independizar de Colombia (antes de despedirnos me regalaría su libro En el país vallecaucano, una especie de análisis histórico-filosófico de lo que ha sido el Valle: dominio de blancos bugueños, desidia y falta de inciativa de la población, destrucción y exilio a todos los que tuvieron iniciativa, exterminio de los indígenas...). Lo que tienes que hacer, me atreví a decir, es retroceder veinte años, olvidar todo este coqueteo político, no vas a arreglar al Valle ni a Colombia, y regresar a la literatura, volver a prepararte como un muchacho, leer todo lo que puedas y lanzarte de nuevo a escribir en serio; mira que llevas, Gustavo, veinte años sin escribir nada serio, sólo pequeñeces, banalidades políticas. Que otros arreglen al mundo, tú arregla tu literatura.
Ver a Gustavo escuchando es un evento excepcional, sorprendente. Es una persona que no pierde el uso de la palabra. Es como García Márquez, de opiniones lapidarias (en una ocasión Gustavo definió a Gabo como “una negra con balcón”; en otra, se lo encontró en un elevador, y lo ignoró por completo). La diferencia es que Gabo parece haber estudiado las líneas de sus parlamentos con precisión para tener la posición correcta, mientras que Gustavo parece estar siempre improvisando, y siempre dando en el clavo... pero con un mazo.
Después de servirnos con brusca efectividad, después de escanciarnos el vino y volver a llenar mi plato hasta el borde, lo que era una especie de agresión, de mensaje, volvió a tomar posesión de la palabra: “Tú nunca vas a dejar a dejar de ser un glotón, un sibarita, adicto a todos los excesos, lástima que tengas esa debilidad moralista por la mujeres y que no te atrevas a gustar los placeres de Sodoma. Cociné esta paila de comida para ti, Heliogábalo, come, come, pareces huérfano”. Lo que comíamos era una exquisita mezcla de todo lo imaginable, tenía algo de paella y algo de recalentao, carnes, arroz, verduras, todos se mezclaban con donaire. Ya estaba terminando cuando Gustavo comenzó su batería de preguntas, como si quisiera hacer un catálogo o una encuesta para una revista femenina: ¿Mi trabajo, mi esposa, mis hijos, mi casa, planes? Luego: “Me escribiste, Marcote, que vas a publicar seis libros en un año, por Dios, eso es diarrea, no literatura, no has aprendido a dosificar”. Le respondí que cada libro había sido trabajado por años, que había recibido rechazos mil veces, que había mandado a concursos. “Cada vez que escribías una carta decías que estabas concursando y anunciabas triunfos, pero al final nada.” Le dije que en realidad sí había ganado varios, en total veintiséis, y que gracias a ello tenía todo lo que una persona puede desear, hasta un estudio en el tercer piso de mi casa, con ventanas panorámicas que abarcan gran parte del estado de Veracruz, una cama, una hamaca, radio, televisión, videocastera, biblioteca, computadoras, correo electrónico, impresorea laser. “Eso es algo que no me gusta de ti, dijo Gustavo, que te vanaglorias de tus éxitos.” No es vanagloria, le dije, es vocación de comunicación, yo tengo una forma de ser que puede molestar a alguien, pero ese soy yo, si fuera diferente sería otro. Una cosa tengo que decirte, Gustavo, con todos mis defectos, nunca me he doblado, no me he vendido, incluso cuando todo parecía un desastre he seguido escribiendo con fe de loco. “Eso ya se podía ver desde que estabas en la Universidad del Valle —replica Gustavo—: todas las mañanas salías a correr casi veinte kilómetros rumbo a Pance y luego ibas a tus clases. Un loco que hace eso puede hacer cualquier cosa.” Sí, Gustavo tengo lo que necesito y sueño con más, soy un enfermo insatisfecho, lo mío es la insaciablilidad. Lo mismo te pasa a ti, Gustavo, somos muy parecidos, solo que tu has andado dando vueltas como un río en la selva, mientras que yo he ido derechito a lo que quiero, yo sigo siendo un muchacho que quiere ganar una carrera cada mes. Sí, sí, dice Gustavo impaciente. Sigues siendo un macho, no has aprendido nada de las mujeres de las que escribes tanto. ¿Cuántas mujeres tienes? ¿Le eres fiel a tu mujer? ¿Cómo se llama? ¿En qué trabaja, cómo la conociste, cuándo te vas a separar? Debe ser todo un carácter para haberte dominado de esa forma. Y ¿qué vas a hacer cuando te vuelvas adulto, digamos a los 60 años?” Le digo que dentro de ocho años me jubilo y que tengo pensado regresar a Colombia, comprar un pedazo de tierra a la orilla de un río limpio y grande, si es posible en el Amazonas, y allí terminar de vivir. “No lo hagas, aquí no tienes futuro, sigue con tu fiesta loca allá afuera, nosotros desde aquí te celebraremos mientras terminamos de matarnos.” (Recuerdo que hace casi veinte años García Márquez me decía: “Tienes que regresar a Colombia, afuera siempre serás extranjero”. Y una vez que supo que me casé, dijo: “Ya te jodiste, carajo.”
Le digo a Gustavo que espero que en ocho años Colombia se arregle. “Ah, qué maravilla, nosotros te arreglamos el país mientras tú sigues en tu pachanga narcisista.” Alguien debe escribir la literatura de este país para que los hijos de los hijos de los muertos tengan algo que leer que no sea crónicas de asesinatos, dije. “Ja, muchacho optimista, esto no lo arregla nadie, ni yo que soy milagroso.” Y si no se arregla, digo, ni modo, regresaré como MacArthur. “¿Vas a regresar sin familia?” Eso depende de ellos. Por lo pronto no se atrevieron a venir conmigo este fin de año.
Le pregunto qué pasó durante los treinta y seis meses de reclusión “No tuve tiempo de aburrirme.” ¿Y los soldaditos, son comprensivos?" Miró hacia otro lado por primera vez, como eludiendo el tema, luego, recuperándose adoptó una expresión pícara. “Quizás escriba una novela que se llame Amores policiales. Eres un descarado, Marcote, a ti nadie te arregla.” Eso es lo que soy, digo, eso es lo que es mi literatura. “No tienes arreglo, dice Gustavo, sigue tu camino, que siempre vas a tener amigos que te amparen, porque creo que Dios ya perdió toda esperanza de regeneración contigo.” Tú tampoco tienes arreglo, Gustavo, vas a seguir tus obsesiones hasta que te maten, hombre, podrías salir de Colombia con alguna beca y dedicarte a la literatura o al amor de los muchachos, que las dos son profesiones agradecidas.
Pensé que la hacienda estaría rodeada de soldados, que por lo menos habría una escolta. Nada. Una hacienda solitaria, una señora flaca en shorts como recepcionista, un campesino, un cantante de rock, novio de Gustavo, con su coleta que vino a mirarme la cara para saber quién soy y qué buscaba con su hombre.
Gustavo se dedicó a matar moscas con un matamoscas. Certero, alcanzaba dos de un golpe. Contó que Johnatan Tittler está escribiendo una biografía de Álvarez Gardeazábal, que la publicará en inglés y español. Entonces todavía alienta la llamita, me digo, no ha muerto el escritor ni ha perdido la esperanza de tener su estatua de mármol. Le prometo que regresaré a verlo antes de salir de Colombia. Nos despedimos sin nostalgia, como los amigos que siempre estarán al lado, aunque estén separados por muchas fronteras.

Quince días después, mientras sobrevuelo en Aerorepública las estribaciones de los Andes, montañas con poca vegetación, hermosas hasta el delirio, absoluta soledad, no se ven pueblos ni carreteras, territorio inhóspito, de presencia original, parece un mundo recién formado de pura roca, vamos descendiendo poco a poco de la Sabana de Bogotá rumbo a la Amazonía, en un amanecer soleado, fastuoso, iluminado por un sol de alucinación, muy lejos a la izquierda se ve una cadena montañosa nevada. Ayer hubo fiesta en El Porce para celebrar la salida de Gustavo Álvarez de su reclusión. No podría haber concurrencia más variopinta: obispos achispados vestidos de civil, personajes de la cultura, de la política. El líder indígena, Piñacué, es un paez de pelo lacio que la cae sobre los hombros, expresión serena, casi imperturbable, muy serio, parece tímido, centrado, viste elegantemente, camisa blanca de algodón impecable remangada, pantalón negro, cinturón y hebilla plateada relucientes, de buena calidad. Su pelo va y viene mientras habla, enmarcando un rostro de innegable belleza y de nobleza diríase excepcional. Tiene prestigio de ser incorruptible, en un país donde casi todos han caído. También está allí la lideresa de las negritudes, una negra robusta, frondosa, que parece propagandista de hot cakes o de galletas de abuelita. Ella también es senadora. Hizo su campaña entre sus negros de Tumaco con tambores. Dice que tiene 155 ahijados y una casa sin puertas, donde recibe a todo el mundo con la misma sonrisa de madre universal. El asesor de Piñacué dice haber sido compañero mío en las residencias universitarias y cuenta algunas historias ligeramente desaforadas sobre mi disciplina de aquellos tiempos. “Todos sabíamos que vos eras diferente y por eso te respetábamos”.
Gustavo Álvarez iba de un grupo a otro como una mariposa en la plenitud de su esplendor, se reía como la divina Eulalia y no tomaba nada en serio, a cualquier pregunta respondía con un lanzar los brazos al aire y una actuación definitiva: “¡Carajo, para qué me hacen preguntas tontas, toda Colombia sabe lo que yo pienso, además ahora estamos celebrando, ya después veremos qué hay que hacer, ya saben que yo tengo prohibido aspirar a cargos públicos, por eso vamos a reformar la constitución para que yo sea presidente de Colombia, pero ahora estamos en fiesta”.
Ahí estaban sus amigos, los que lo han apoyado a lo largo de los años que estuvo recluido, sus mecenas, sus compañeros. No vi a ninguno de los universitarios de los tiempos de la Universidad del Valle, cuando Gustavo era profesor y ya levantaba polvo declarándose loca y derechista en los tiempos del imperio de la izquierda, cuando era antisemiótico, cuando tomaron el poder los estructuralistas que acabaron con la literatura a punta de querer cuadricularla.
En la segunda reunión sí hubo escoltas, tres o cuatro, personas muy amables, que me llevaron hasta Tulúa, donde conseguí un auto para que me llevara a Cali, en compañía de Gloria Palomino, directora de la Biblioteca Piloto de Medellín. Allí, con ella me enteré que Gustavo se estaba guardando las cartas, que había estado investigando, buscando documentos, para escribir una novela sobre la historia de sus antepasados. Por lo pronto, escribió En el país vallecaucano, un estudio histórico muy bien documentado, muy bien escrito, absolutamente descarnado, en el que trata de explicar las remotas causas que han llevado al Valle a ser lo que es. Leí el libro. Ofrecí una reseña para Lecturas dominicales. Me dijeron, literalmente, que aceptaban la reseña si no tocaba el tema político. Que con Gustavo había asuntos muy delicados que El Tiempo prefería eludir.
La despedida final estuvo exenta de drama. Apenas un escandaloso encargo a sus escoltas: “Me lo cuidan bien, que es el último genio que nos queda en Colombia. Andá, ya vete, machote. Y escribe. Si tengo tiempo te respondo”.
Pienso que pueden pasar décadas antes de que vuelva a verlo. O apenas unos meses. Las vueltas del tiempo son caprichosas. Si existe alguien totalmente imprevisible, ése es Gustavo Álvarez Gardeazábal. A veces parece que en lugar de ser un megalómano es simplemente un tipo que se atreve a mirar al futuro de frente. Lo que sí es claro es que si un día le ponen un balazo en la frente, estará de pie. Nunca de rodillas. Y además ha pedido que lo entierren de pie.

Marco Tulio Aguilera

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