TIEMPOS DEL COLERA


(Segunda parte de apuntes provisionales para una conferencia en el Congreso de Peter Broad en Pensylvania)

Escenas de eros en El amor en los tiempos del cólera
ANTES DE PROCEDER QUIERO REGISTRAR MI NUEVO RECORD DE 100 METROS ESTILO LIBRE NATACION: UN MINUTO 36 SEGUNDOS (QUIERO REGISTRARLO ANTES DE QUE SE ME OLVIDE. CREO QUE YA NO VOY A ALCANZAR EL RECORD MUNDIAL: 54 SEGUNDOS)

Gabriel García Márquez establece en El amor en los tiempos del cólera una clara distinción entre los “amores de planta” y los “amores de paso”: los primeros son serenos, sin arrebatos, sujetos a rituales establecidos; los segundos son de alguna manera artísticos, libres, arrebatadores y fugaces. El caso más ejemplar de los amores de planta se presenta entre el doctor Juvenl Urbina y su esposa, Fermina Daza. Veamos el primer acercamiento conyugal y la forma tan poco pasional, tan calculadora en que se da el desfloramiento de Fermina: Ya en la cama permanecieron un rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para dar el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo. (…) Entonces él supo que habían doblado de la buena esperanza (…) la agarró de la muñeca y le fue llevando la mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó ella no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo de reírse, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas (…) El doctor Uriba la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclusión: “Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres. El cuerpo de Fermina tiene “olor a animal de monte” y este tipo de característica animalística se repite en la caracterización de las otras mujeres. El acto entre el doctor y su esposa se consuma casi atléticamente y termina en una imagen poética, “hasta que se gastaron en el beso todo el aire de respirar”.
Recordemos algunas palabras de Ella Braguinskaya, traductora de GM al ruso: "En Márquez el amor no triunfa en parte alguna: o se desploma o, como en tiempo de cólera, resulta impotente”. Ciertamente que el amor es una ausencia bastante evidente en la obra de García Márquez. En los tiempos del cólera, obra en la que hay un mayor acercamiento a este sentimiento indefinido e indefinible, hay una especie de tour de force, un esfuerzo por demostrar que sí, que el amor existe. Sin embargo me atrevería a afirmar que tal amor es un falso amor, más bien un acto de voluntad; o más bien un ejercicio de poder de persuasión del neurótico obsesivo que es Florentino Ariza. Florentina llega al amor después de una larga ocultación. Florentino Ariza consigue el amor cuando ya es demasiado tarde, y solo le queda la complicidad y el compartir achaques. Cada uno por su lado disfrutó de dichas más físicas que espirituales: Fermina Daza, que llega a ser disciplinada en las prácticas sexuales, debía consolarse con “amores de almohada”; Florencio Ariza encontraba la liberación de sus efusiones en una serie de amoríos con “pájaras de la noche”, con su entenada adolescente América Vicuña, con viudas calenturientas y mujeres de paso en una sucesión ininterrumpida. Hay una frase que García Márquez ha lucido no sólo en El amor en los tiempos del cólera sino en la vida: “Se puede ser infiel pero no desleal”: frase oximorónica, contradictio in adjectio o elemental falacia, oculta precisamente el mal uso de la palabra amor, que si hemos de ceñirnos a la idea de lo que es el arquetipo platónico equipara milimèticamente a la lealtad con la la fidelidad. Es cierto: no se puede servir a dos amos: o se sirve al alma o se sirve al cuerpo. Y Florentino Ariza intenta servir a los dos, y lo logra mediante una trampa que puede hacer a los demás pero no a sí mismo. (Pero, claro, el mundo de GGM no es un mundo que obedece a la lógica convencional sino al capricho de un poeta).
En El amor en los tiempos del cólera se destilan filosofías de la vida, del amor, del matrimonio. Termina siendo una novela romántica y hasta decimonónica: los amantes someten ell mundo al imperio de su capricho, pues deciden vivir el resto de su vida en un eterno ir y venir por el río Magdalena, amparados en el cólera.
Florentino fue un hombre de paso para muchas mujeres (Leona Cassiani, Sara Noriega, la viuda de Nazareth, Prudencia Pitre, Prudencia Arellano, Ángeles Alfaro, Andrea Varón, Bárbara Lynch, Ausencia Santander, América Vicuña. Su consigna parece ser: mi alma la guardo intacta para el amor pero mi cuerpo lo abandono a la sensualidad. Amor y erotismo están separados en esta novela: el amor sólo está presente como emanación misteriosa, es una especie de mentira que ayuda a morir. Mientras que el erotismo es una verdad que ayuda a vivir. Y es por eso que mientras los personajes masculinos, como el Odiseo clásico, se aventuran por los mares procelosos de las aventuras galantes, a las mujeres en general les queda vivir la vida como una novela romántica. De ahí la violencia de la pasión de tantos protagonistas masculinos que quitan virginidades con zarpazos, sin despojarse de las ropas; que toman por asalto a las sirvientas en los patios de lavado y arremeten como bisontes contra mujeres desprevenidas. Ejemplo acabado de estos polvos de gallo, de estas violaciones consentidas, tan propias de las obras de García Márquez es… continuará...

Marco Tulio Aguilera

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