ENCUENTRO RECIENTE CON GARCIA MARQUEZ



UNA ENTREVISTA CON DATO OCULTO

Ya tengo en mis manos la segunda edición de Poéticas y obsesiones (Universidad Veracruzana, Colección Biblioteca, 2010). En esta edición he incluido un nuevo encuentro con García Márquez. Espero que sus enamorados no me odien después de leerla.



No había visto a García Márquez desde hacía quince o veinte años. Se me metió en la cabeza que mi esposa debía conocerlo. Ella es su gran admiradora. Entre sus obras preferidas están El amor en los tiempos del cólera y el cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”. Leticia dice que ningún escritor tiene el encanto de García Márquez. Muchos lectores comparten esta opinión. Yo lo admiro pero tengo mis reservas.



Reconozco que estoy obsesionado por su figura o tal vez por su fama. Aunque en verdad debo decir que no envidio su vida, eternamente acosado. Si hay algo que aprecio es que no me llamen a deshoras, que no me acechen en la calle, que no me pidan autógrafos. Un autógrafo de vez en cuando, pero no diez en línea. Unas cinco o seis invitaciones nacionales y dos al extranjero al año. No veinte o treinta diarias, como le sucede a él. Hay claras diferencias entre él y yo: Gabo es tímido; yo atrevido; Gabo es reservado, yo exhibicionista. Gabo poco adicto al deporte; yo fanático. Desde que le dieron el Premio Nobel se volvió inalcanzable. Antes lo vi cinco o seis veces: en Bogotá, Xalapa, el DF (la primera vez en el Samborns de Las Lajas; la segunda en una taquería de Coyoacán). Cuando se descubrió que tiene una enfermedad grave, se recluyó con mayor reconcentración. Declaró que ya no iba a aceptar más premios, reconocimientos ni invitaciones. Dijo que ni una entrevista más. La publicación del primer tomo de sus memorias Vivir para contarla, no tuvo el estruendoso éxito que se esperaba. A mí particularmente me dejó un sabor agridulce, sentí una especie falta de sinceridad, me molestó el excesivo auto elogio, y así lo manifesté en un artículo en la revista Crítica de Puebla, artículo que titulé “Crónica de lectura de Vivir para contarla”. En ese texto yo sostenía, obviamente de manera aventurada y provocadora, incluso despiadada, que las verdaderas memorias de García Márquez no eran ésas, sino otras, que debía tener guardadas en una caja fuerte. Me atrevo a suponer que García Márquez no siguió escribiendo sus memorias porque prefirió tener una vejez tranquila, al lado de Mercedes (es curiosa esa relación de Gabo con su esposa: ella siempre ha estado a la sombra tal vez porque esa ha sido su opción de vida. Mientras él habla sobre libros —sobre sus libros—, ella conversa sobre sus compras en las grandes tiendas de París.) Pues como se me metió en la cabeza que mi esposa debía conocer a Gabo, un día decidí caerle por sorpresa en su casa en la Calle Fuego. Resulta que, o Gabo no estaba o no quiso recibirnos. De todos modos le dejé el manuscrito de una de mis novelas inéditas, Agua clara en el Alto Amazonas, y nos tomamos fotos frente a su puerta. El fin de semana pasada decidí insistir, ya solo, sin mi esposa. Tardaron mucho en atender el llamado del timbre. Una ventanita se abrió a la altura de mis ojos y una mujer de aire juvenil, demasiado joven y guapa para ser sirvienta, me preguntó qué deseaba. Quiero ver a don Gabriel, soy su compatriota, me apellido Garramuño. Los ojos de la muchacha se iluminaron: ¿El de los cuentos? Le respondí que sí, tratando de entender una complicidad que sospechaba pero de la cual no estaba seguro. Evidentemente no era una asistente doméstica o una secretaria. Tal vez se trataba de una sobrina o de una hija de su hijo Gonzalo. —Mire, no sé si quiera recibirlo. Hay orden de no recibir a nadie. Lo voy a anunciar sólo porque me gustaron sus cuentos. —Nada más dígale mi apellido, mi segundo apellido, Garramuño, el de la novela de todas las cosas. Dígale así: “Garramuño, el de la novela de todas las cosas”. Si no quiere recibirme, me lo dice y me voy. Volvió a cerrar la ventanita. Me apoyé en la puerta, levanté una pata y la puse contra ella, crucé los dedos. Me fumé un par de cigarrillos —llevo años tratando de abandonar el vicio pero no lo logro. En realidad es uno de los dos vicios que me quedan. Es decir, soy casi un santo. Escuché una discusión. Creí escuchar la palabra “nadie”, pronunciada casi a gritos por otra voz femenina. Debe de ser Mercedes, pensé. Mercedes, la que me debe una invitación a comer, me dije. No sé si le simpatizo a la esposa de García Márquez. Pienso que no. En las pasadas entrevistas —que le hice a la traición a Gabriel— de alguna manera me burlaba. Decía que yo iba a ser mejor escritor que él, que El otoño del patriarca era una novela indigesta, que Gabo escribía cuentos de hadas, que Ojos de perro azul era un libro que me avergonzaría firmar, que Gabo se exhibía como seductor ante las cajeras del Samborns. Pasaron varios minutos. Finalmente se abrió la puerta y fue el mismo Gabo quien apareció. No andaba con bastón, sus ojos se veían brillantes. No estaba encorvado. No era un hombre derrotado por la enfermedad. Más bien parecía un monje budista sorprendido en el momento de conquistar la serenidad. En lugar de estrecharme la mano me abrazó, como la segunda vez que nos vimos en el Hotel Xalapa. —No conozco a nadie tan terco ni tan pesado como tú, Marco Tulio, qué quieres. Hace más de treinta años me dijiste que te ibas a casar… —Y tú me dijiste: “Ya te jodiste”. —¿Te jodiste? —No. Estoy bien. —Tienes razón: no te jodiste. He recibido tus libros uno tras otro. —¿Y qué te han parecido? —Ya te dije hace muchos años que no voy a hablar de tus libros. Una palabra mía alabando lo que has escrito bastaría para joderte el resto de la vida. —¿En privado no me podrías decir qué te han parecido mis libros?—No —dijo enfático, casi enojado— que te baste con saber que no los he tirado a la basura.


Atravesamos dos salas, una estancia con marquesina y muchos helechos, entramos a un jardín, en el que había una fuente y una especie de arroyuelo que no logré ver dónde se perdía. Entramos a una cabaña de madera rústica. Mi estudio, dijo. Se suavizó. Dijo que guardaba mis libros con cariño, e incluso me llevó al librero donde estaban. Allí los vi, bien alineaditos: Breve historia de todas las cosas, Alquimia popular, Mujeres amadas, Paraísos hostiles, Las noches de Ventura/Buenabestia, La hermosa vida, La pequeña maestra de violín, Cuentos para antes de hacer el amor, Cuentos para después de hacer el amor, Eroticón frenáptero (inconseguible en México), La pequeña maestra de violín, El pollo que no quiso ser gallo, El ojo en la sombra, El amor y la muerte, Poéticas y obsesiones, Los placeres perdidos. Todos estaban dedicados, con dedicatorias a veces insolentes, a veces llenas de afecto. Incluso tenía libros que yo ya no tengo, como La cuadratura del huevo y El arte como problema. Mis libros estaban al lado de los de Álvaro Mutis. Entonces era cierto lo que me había contado Fabio Jurado, ex director de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Colombia: que en sus libreros Gabo privilegiaba los libros de Mutis y los míos.


—¿A qué viniste?—Quiero verte antes de que te mueras o antes de que me muera yo. Eres como mi madre: por tu culpa empecé a escribir y siempre me han comparado contigo, para bien y para mal. —¿Y para qué diablos quieres verme?—Porque eres el único genio literario vivo y yo soy tu sucesor. ¿Sabías que estoy escribiendo una parodia de Cien años de soledad? Gabriel fermentó una larga sonrisa no sé si de menosprecio, superioridad, comprensión, piedad o rencor. Recordó varias escenas: cuando nos conocimos en el local de Alternativa y yo le dediqué mi primera novela así: “Para García Márquez, a quien pienso matar literariamente”; cuando nos vimos en el Hotel Xalapa y él prefirió reunirse con una apetitosa y gordita periodista (recuerdo su nombre, Rosa Elvira Vargas, ahora trabaja en La Jornada) en lugar de cumplir una cita conmigo (recuerdo que yo me enojé y quise regañar a Gabo: él me respondió así: Cachaco tenías que ser); cuando me invitó a comer en una taquería de Coyoacán junto con varios colombianos; cuando me defendió de los personajes que querían expulsarme del país por pornógrafo…—¿Así que estás escribiendo una parodia de Cien años de soledad? ¿Crees que tienes los huevos de dinosaurio que se necesitan para lograrlo?—La historia me juzgará —dije melodramático. Gabo soltó una carcajada. —Eso es lo que me gusta de Colombia: produce unos locos de miedo.


Continúo relatando mi visita a García Márquez en su casa. Nos quedamos en que Gabriel me llevó a su estudio, al fondo del jardín, me ofreció un tequila y me invitó a sentarme en un profundo sillón de cuero blanco. Él lo hizo en una mecedora de abuelita, frente a mí. Mercedes, la Gaba, andaba rondando como una gata en celo y cada cinco minutos se asomaba al estudio y le decía a su marido: Recuerda que necesitas reposo, ¿ya te tomaste tu medicina?, es hora de tomar la presión, ¿no tienes frío?, ¿tienes hambre? A mí me ignoraba por completo, lo que yo debía entender como una invitación a ahuecar el ala. Le pregunté a Gabo si ya había leído Poéticas y obsesiones, en el que reúno las entrevistas que le hice. —¿Las entrevistas a la traición?, preguntó.—Eso, las entrevistas a la traición, dije. Como la que te estoy haciendo ahora. —No la leí. Tengo libros más interesantes que leer. Por lo menos hay treinta libros que quiero leer antes del tuyo. Además esas entrevistas ya las has publicado en veinte partes y son la culminación de tu vanidad. Me utilizas a mí para hablar de ti mismo. —Tú también te auto promocionaste en el pasado. Recuerdo que en una reunión con Gustavo Sainz inventaste una historia para promocionar un libro tuyo. Inventaste que el manuscrito te lo habían robado. Yo asistí al invento y a la planeación de la promoción. En esos días Sainz era el papa de la cultura de México. Era director del Instituto Nacional de Bellas Artes. —No me gusta cómo has movido tu carrera. Con premios literarios uno tras otro. —Tú también hiciste lo mismo. Comenzaste ganando el Premio de Novela Esso en Colombia, luego ganaste otros, y cuando ya eras muy famoso dijiste no quiero más. Yo he participado en concursos y he ganado varios para salir adelante. No tuve un grupo de amigos talentosos que apoyara mi promoción. Trabajé solito, desde la periferia, ciudades de provincia. Tú formaste una rosca de gente muy talentosa: Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa, Donoso —que por cierto siempre te tuvo mucha envidia (fui jurado con él en un concurso y me hablaba no muy bien de ti, pero la que hablaba peor era su mujer, Pilar). García Márquez insistió en que no le interesaba leer las entrevistas que le hice. Dijo que abominaba de todo lo que fuera divulgación de su imagen, de sus opiniones. —Ahora mi vida es escuchar vallenatos, Brahms, Bartok, cuidar a mis nietos, leer… —¿Escribir?—Eso es asunto privado. Si no supiera que eres chismoso podríamos hablar de todo. Ya sé que vas a escribir minuciosamente todo lo que yo diga o haga. Apuesto que ya me contaste las manchas que tengo en la cara, el temblor de mis manos, ya anotaste cómo estoy vestido. No dudo que me hayas olido a fondo cuando cometí el error de permitir que me abrazaras. —No fui yo el que te abrazó, Gabo. —No serás el mejor escritor de Colombia y del mundo pero sí el rey de los vanidosos. —Mis defectos son mis virtudes. Soy el que soy porque soy como soy. —Esa frase es mía, Garramuño. —Hace años también dijiste que yo te había robado un título: Cuentos para antes de hacer el amor —dije. —…Y me lo robaste—. Ya no quise seguir discutiendo. —Y esa novela que va a ser mejor que Cien años de soledad de qué trata. —De la vida en un pueblo más divertido que Macondo. Un pueblo lleno de putas y de beatas, de bobos y de locos, de judíos, españoles y gringos. —Si tiene putas va a ser una novela divertida—.Cambié de tema. Le pregunté que cómo estaba. —Si algo quisiera en la vida en este momento es no ser nadie, salir a la calle y que todo el mundo me ignore. ¿Quieres un consejo? Abandona la literatura y dedícate al basquetbol o a pescar en algún pueblito costero de Veracruz.


Hay otros detalles del encuentro que recuerdo pero prefiero no registrar, entre otras cosas porque este encuentro con GGM es imaginario. Los anteriores encuentros, incluidos en Poéticas y obsesiones, son reales y efectivamente sucedieron en el DF, en Bogotá, Xalapa, Coyoacán y una taquería de Coyoacán.



Marco Tulio Aguilera

2 comentarios:

  1. !Hola Marco Tulio! :

    Atrapaste mi atención por completo, creí en tu conversación con García Marquez.

    Al final del texto me sorprendió saber !que me habias engañado¡ , y de la emoción provocaste en mi una risa festiva y carcajadas.

    Te mando un abrazo y espero que no dejes de escribir, voy a visitar más tu blog.

    !Hasta pronto¡

    Mary N S

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  2. Marie
    Este encuentro fue inventado pero tengo cuatro encuentros reales que publique en mi libro Poeticas y obsesiones (Universidad Veracruzana). Gracias por la visita y seras bienvenida todas las veces que quieras...

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