EL LIBRO DE LA VIDA

LAS NOCHES DE VENTURA EN NOVELA


El inefable placer de hablar de mí mismo


Hace ya bastantes años, tantos que ni me acuerdo, publiqué la misma novela bajo dos títulos: en México la Editorial Planeta editó Las noches de Ventura, y en Colombia Plaza y Janés publicó la novela Buenabestia. Esta novela que publiqué bajo dos títulos en dos países diferentes es la primera de una serie que después continué con La hermosa vida (CONACULTA, México) y La pequeña maestra de violín (Universidad de Puebla). La cuarta novela de la serie se llama La plenitud del amor (inédita). Ordenando mi disco duro encontré este artículo en el que hablo de mi proyecto. (Nota: Las noches de Ventura/Buenabestia está agotada; no conozco datos sobre La hermosa vida; de La pequeña maestra de violín quedan 35 ejemplares). Los artículos que leerán a continuación fueron escritos aproximadamente en 1998. Lo curioso o excéntrico de estos artículos es que de pronto se desvían del tema central y se ocupan de Crónica de la intervención de Juan García Ponce.

Ahora que por fin veo el primero y segundo volumenes de mi El libro de la Vida, titulado Las Noches de Ventura, publicado en México por Editorial Planeta, he decidido hacer una pausa, dar un gran salto y llegar al presente, hablar de mí mismo en primera persona y relatar un poco las circunstancias y los avatares de esta novela que me ha ocupado ya casi diez años de vida. Incurro, pues, en el inefable placer de hablar de mí mismo, como dijera, creo, Ortega y Gasset. No es un misterio que todos los que escriben se describen y revelan a sí mismos incluso en los personajes más distantes de su propia personalidad. Algunas de las personas que ya leyeron Las noches de Ventura han dejado a un lado la literatura para indagar la identidad de los personajes femeninos que allí describo. Otras encuentran ciertas situaciones algo exageradas. Las pocas mujeres que han leído el libro sienten hacia él una atracción morbosa. Y es que la novela es una novela sobre mujeres, y sobre cuáles mujeres puedo yo escribir, si no es sobre las que he conocido e imaginado. Muchas mujeres que me han querido o padecido, si es que me leen, se habrán identificado con uno u otro personaje. De las mujeres han partido críticas y censuras. No olvido a la que se escudó en el pseudónimo de Tantadel Argote y que me estuvo incordiando en varios desolladeros, en general insultantes. Me llamó Gran Can de las Letras, Mono Gramático y se carcajeó de mi trabajo, de mis premios y de mis libros. Dijo que yo era un misógino colado en la neoliteratura rosada. Me calificó de nacote refugiado y sudaca, autor de fotonovelas porno. Nunca supe quién se escudaba bajo el pseudónimo de Tantadel Argote. Me dijeron que era una muchacha de Puebla, que era el mismo Batis, que la hija de uno de mis personajes, que el mismo Marco Tulio, etc. El caso es que la polémica, que acaso recuerden los lectores de Sábado, terminó cuando yo le solicité a Tantadel que me demostrara, con textos, cómo debía tratarse el erotismo y cuando ella calificó mi literatura de "erotismo rosa", después de descalificar a mi persona con adjetivos poco soportables.
La acusación de que soy un escritor de pornografía me ha perseguido, de la misma forma que ha llegado a molestar a mi esposa, a quien frecuentemente acosan. Ella, que ya ha aprendido a vivir conmigo y con mi fama o mala fama, ha desarrollado respuestas para defenderse. Una de ellas es sencillísima: preguntar al ofensor si ha leído aunque sea uno solo de mis libros. Habitualmente quienes me atacan es porque no han leído mis obras y se dejan llevar por una envidia insana y barata. El hecho de que disponga de un espacio fijo en sábado desde hace algunos años es insufrible para muchas personas.
Una compañera de trabajo en la Editorial de la Universidad Veracruzana, Georgina Blanco, es la única mujer que ha leído los siete volúmenes de El libro de la Vida (ahora reducidos a cuatro). Sus observaciones me han servido de mucho.
Entiendo perfectamente a las mujeres que han reaccionado contra mis escritos. Lo que yo intenté hacer en Las Noches de Ventura fue dar una visión lo más completa posible del erotismo desde mi punto de vista y por lo tanto desde mis experiencias y mis lecturas. No se trataba simplemente de describir situaciones enervantes y conflictos entre el protagonista y sus mujeres, sino de comprender las situaciones y hacerlas palpables. La mayor parte de las personas que escriben por necesidad, siguiendo el mandato interior que pregonaba Kafka, lo hacen para comprenderse, para explicar su posición en el mundo, incluso para justificarse. La escritura es una satisfacción solitaria, por lo tanto en cierta forma onanista. Ser leído es como escapar del onanismo y entregarse al amor: compartir la pasión pero también el veneno. Bien dicen que Semen retentum venenum est. De la misma forma, las obras escritas y no publicadas se transforman en veneno que puede echar a perder la vida de un escritor.
En el fondo de las teorías de Freud hay una verdad, que por peligrosa, muchos tornaron caricatura: todo lo que el hombre hace en el mundo, todas sus obras, son semen, pulsión sexual, transformada, sublimada, hecha carne, es decir, objetividad. Esta afirmación, que ha movido a todo tipo de variaciones y tergiversaciones. Leí las obras completas de Freud a los veinte años, como si fueran una larga novela y sin duda ellas me influyeron grandemente, aunque fue poco lo que me quedó en la memoria. Llegué incluso a hacer una especie de pequeño manual de interpretación de los sueños, que fue publicado, en parte, por el desaparecido Instituto de Artes de la Universidad de Nuevo León.
Luego, a manera de aficionado, practiqué el análisis público de los sueños con mis alumnos de Letras (lo que es, sin duda absurdo y muy peligroso, pues siempre se llega a un punto a partir del cual comienzan los desfiladeros de la personalidad, temas que nadie se atreve a hacer públicos).


LAS NOCHES DE VENTURA EN NOVELA (II)
Marco Tulio Aguilera Garramuño

Es obvia y explicable la suposición de que el protagonista de Las noches de Ventura y, por lo tanto, de El libro de la vida sea un alter ego de Marco Tulio Aguilera Garramuño. Pero en este caso no se trata del escritor colombiano residente en México que se dedica a seducir mujeres para escribir sobre ellas, sino de un escritor quintaesenciado, editado, potenciado. No soy yo, por lo tanto, el protagonista, sino un yo idealizado, arrastrado por el esplendor y el cieno de la sinceridad y expuesto como un cadáver a la curiosidad del lector. La novela no es la historia de mi vida, sino la historia de mis fantasías, de mis lecturas, de mis tabajos para escribir, publicar y sobrevivir. Es una novela de formación (habrá quienes digan que es de deformación). Que algunos escritores son particularmente perversos, es un lugar común. Más acertado sería decir que los escritores se atreven a decir lo que los demás solamente se atreven a imaginar. Yo mismo me he definido como un amoroso, aunque otras personas me califican como ingenuo o como una persona que se ha dejado manipular por las mujeres.
Los personajes femeninos son fundamentales en El libro de la Vida (sé que ya desde el título mi proyecto suena bíblico, de ambición paranoica y lo asumo con humildad: solamente una persona enfermizamente segura de sí misma se atreve a ponerse como modelo del protagonista de su propia obra o, en palabras de Blake I have always found that the angels have the vanity to speak of themselves as the only wise; this they do with a confident insolence sprouting fron systematic reasoning ). Hay todo tipo de mujeres en Las noches de Ventura, desde Bárbara Blaskowitz, casada, divorciada, enamoradiza, samaritana, pasando por la Princesa de Huamantla, una criatura hecha para la esclavitud del amor, e Iris Moonligth, una Hércules del erotismo femenino. Y entreveradas con ellas, infinidad de entidades de la imaginación, que los lectores de Sábado han ido conociendo a lo largo de los años en que he mantenido esta columna en segunda página: Ranita, Trilce, Svieta Korolenko (la polaca que decía el cuellito, bésame el cuellito). Algunos personajes que los lectores de Sábado conocieron (por ejemplo Donna Maradonna, el elefante marino del amor) ya no aparecen en la novela, pues ésta fue sometida a un severo recorte. De las seiscientas páginas que tenían los volúmenes I y II de El libro de la Vida, sólo quedaron en Las Noches de Ventura, trescientas cincuenta.
Me consta que los fragmentos de la novela publicados en Sábado han sido leídos leído en muchas partes, no sólo por intelectuales y escritores, sino por lectores civiles en Campeche, Baja California, Monterrey y hasta en bibliotecas universitarias en Estados Unidos. Algunas personas me han dicho que la lectura de mis textos los hace sentir como amigos míos, como parientes o cómplices. Un hombre me llevó a la Sala Manuel M. Ponce una rosa viva y me dijo, antes de huir, que yo escribía lo que él soñaba. Una mujer, en la presentación de Los grandes y los pequeños amores, quiso arrastrarme al baño, suponiendo que si yo escribía escenas semejantes, estaba en toda la disposición de cumplirlas en la realidad. La verdad es que lo que yo he escrito en estas páginas corresponde a una época ya lejana de mi vida (de 1980 a 1985) y en el instante en que escribo estas líneas mi vida y mi actitud son otras. Ya no concibo el amor como una aventura sino como una Ventura. Ya no como una búsqueda sino como un encuentro. Quienes conocen mi vida actual saben a qué me refiero. Ya no tengo tiempo de perseguir mujeres ni de dejar que me persigan. El tiempo apenas me alcanza para ayudar a levantar mi familia, tener a tiempo y bien La Ciencia y el Hombre, revista que edito para la Universidad Veracruzana y escribir de vez en cuando.
El tercer y cuarto volumen de El Libro de la Vida, que aparecerá bajo el título de La insaciabilidad, El libro de la vida II, ya está listo, pero esperaré algún tiempo antes de promover su publicación. Hay que dar espacio a ver qué pasa con el primer volumen. Pronto emprenderé la corrección de La pequeña maestra de violín, El libro de la vida III, que los lectores de Sábado leyeron fragmentariamente. Mientras llega la hora de corregirlo, me estoy preparando. Acabo de leer dos biografías de Pagannini: Nicolo Pagannini and the history of the violin, de F.J. Fetis, quien fuera amigo personal del mayor violinista que ha existido, y Nicolo Pagannini: his life and work, de Stephen Stratton, que es un plagio descarado del primero.

LAS NOCHES DE VENTURA EN NOVELA (III)
Lectura de Crónica de la intervención
Marco Tulio Aguilera Garramuño

El último volumen de la serie El libro de la vida, que he titulado La plenitud del amor, El libro de la Vida IV, ya está escrito y corregido, pero es un texto demasiado difícil, que linda peligrosamente con lo cursi, pues por primera vez afronto sin tapujos el tema del amor (ya no solamente el del erotismo y los simulacros del amor). La responsabilidad que afronto en el último volumen es grande: se trata, ni más ni menos, que de llegar a unas conclusiones sobre el amor. Se me ocurre que quiero hacer algo como una Fenomenología del espíritu pero aplicada al tema del amor, pero sin el abstruso y confuso estilo hegeliano, que acaso solamente Adolfo Sánchez Vázquez entienda en México. Entiendo que todo esto suena pretensioso, pero qué vamos a hacer: cuando uno desde chiquito se soñó Cervantes no tiene otra alternativa que hacerse ilusiones y trabajar para estar a la altura de ellas.
Leí también otro proyecto enciclopédico, pero me perdí en él. Me refiero a Crónica de la intervención de Juan García Ponce. Escribí sobre el primer volumen de esta obra lo siguiente: "De tanto leer y admirar la literatura alemana, Juan García Ponce ha terminado por escribir como Hegel. Esto, que puede sonar como una censura, también puede resultar un elogio. Quien haya leído o intentado leer La fenomenología del espíritu --o más bien la traducción disponible en español-- sabrá a qué me refiero. Esas frases abstrusas, largas, laberínticas, con verbos puestos como piedras infranqueables, que deben leerse hasta cinco veces para ser comprendidas, revelan la dificultad de una lógica muy parti-cular, a la que se ha acercado García Pone no sé si por ósmosis, conscientemente o por falta de claridad mental. No siempre escribió este autor de forma tan confusa (sus primeros cuentos son de claridad meridiana) pero tampoco ha llegado antes tan a fondo en sus indagaciones sobre una serie de problemas que poco les importan a otros escritores mexicanos (Salvador Elizondo y especialmente Juan Vicente Melo son dos que le son afines).
Las anteriores reflexiones me las hago después de terminar la lectura del primer volumen de Crónica de la intervención. ¿Qué es este mamotreto? Aventuro una respuesta. Es la novela de una generación, de un grupo, de una complicidad. Si bien puede leerse como novela simplemente, el placer de la lectura se redobla cuando se descubren ciertas claves, que tienen que ver con el establecimiento cultural mexicano del presente. Francisca Piment-el parece ser Inés Arredondo; Heriberto Bolaños, Huberto Batis; Gurría, Gurrola; Esteban debe ser J.G. Ponce; Diego Rodríguez, José Revueltas; Horacio Peña, quizá Juan Vicente Melo.
Siendo una obra monumental (la edición mexicana, dividida en dos partes, suma 1074 páginas, en letra pequeñísima, apretada, no apta para miopes). No sé si la crítica mexicana le ha metido el diente. Sé que un jurado integrado por José María Espinasa, Pérez Gay y otra persona le concedieron un premio y sé que hubo quien impugnó tan decisión (creo que fue René Avilés), afirmando que debía habérsele dado a Tinísima, de Elena Poniatowska. ¿Qué es Crónica de la intervención, esa novela grande que tardó más de diez años para editarse en México --ya había sido editada en España y recibido atención de autores como Rafael Humberto Moreno Durán, cuando en México se la ignoraba (y hasta donde sé se la sigue ignorando o existe apenas como un mito, al que pocos estudiosos o reseñistas se atreven a acercarse). Es la crónica de un fracaso, es decir, la crónica del paso del tiempo --que siempre resulta en fracaso, como lo quiso probar Proust en más de 3500 páginas-- y de la evolución de un grupo de amigos promis-cuos y cultos, que buscaban, como todos los grupos, como todos los seres humanos, un sentido, una justficación para sus existen-cia. Quien se atreva a escribir sobre esta obra correrá siempre un riesgo: no estará a la altura de la obra, porque su compleji-dad --incluso su confusión-- son tales, que sacar algo en claro es no sólo ambicioso sino absurdo. Pienso que tras este proyecto hay una intención semejante a la de Proust, a la de Durrel, creadores de largas series de novelas que persiguen a sus perso-najes a lo largo de los años, tratando de meter, como aderezo, una situación política, vivencial, que sirve como paisaje pero no siempre ayuda a los efectos estéticos de la novela. ¿Qué tanto ayuda el asunto Dreyfus a hacer de En busca del tiempo perdido una novela intere¬sante? ¿O qué tanto importa la situación políti-ca de Alejandría a un lector de Andorra u Osaka? Me atrevo a afirmar que muy poco. En general las novelas psicoló¬gicas, que basan su interés en el desarrollo de una serie de individualida¬des, pertenecen a una categoría ahistórica y es por ello que los novelistas bien podrían olvidar los aderezos histó¬ricos en aras de narrar histo¬rias limpias de sargazos y aserín.


LAS NOCHES DE VENTURA EN NOVELA (IV)
Las enseñanzas de Crónica de la intervención
Marco Tulio Aguilera Garramuño


"Hay una gran cantidad de historias que se entretejen en Crónica de la intervención: las narraciónes de Anselmo y Estéban, que comparten una mujer (Creo que la única frase que conocen todos los que se hallan metidos en el asunto de la literatura en México sobre Crónica.. es aquella con que se inicia: "Quiero que me cogan todo el día y toda la noche", frase que parece anunciar una orgía de todos los colores y sabores, algo semejante a Justine o las desventuras de la virtud de Sade (es claro que García Ponce tiene un modelo en Sade, más que en Bataille o Klossoski), pero que luego resulta en un falso anuncio: Inmaculada o los placeres de la inocencia, del mismo García Ponce, es mucho más fuerte en el aspecto erótico, o pornogáfico, como preferiría designarlo G. Ponce); también está la historia de Mariana, la mujer compartida, que tiene un doble en María Inés; tenemos la historia de José Ignacio y María Inés, un matrimonio de clase media alta; la narración de los avatares eróticos de Evodio, el chofer del matrimonio anterior, y su relación con las sirvientas de la casa. Además se narran los eventos en torno al Festival de la Juventud, que acompañó a las Olimpiadas y a la masacre del 68.
Como en la mayor parte de las obras anteriores de García Ponce, lo que importa son dos cosas: el comportamiento erótico (el deseo, "la alta torre del deseo") de los personajes y lo que se halla más allá de todo, es decir, el significado, lo trascendente dentro de lo contingente. Hay varias "tesis" identificables en esta novela: 1. Todo se diluye en palabras, no somos más que palabras. 2. Nadie es lo que cree ser. 3. La novela no es otra cosa que un pretexto para exteriorizar las obsesiones del escri¬tor. 4. Casi todos los personajes carecen de una fe (a excepción de Diego Rodríguez, pseudónimo de José Revueltas, quien es admirado y compadecido por el autor-narrador) y todos tienen nostalgia de certezas. 5. Sólo la locura permite que que los personajes permanezcan relativamen¬te lúcidos. 6. Nadie es inocen¬te. 6. Sólo entregando una mujer a otro, es posible poseerla plenamente.
Por otra parte, García Ponce se permite jugar con la novela, romper todas las reglas, intervenir como autor, criticar su propia obra, llenarla de ramazones, de absurdos, de escenas que parecen carecer de importancia. Con ello lo que hace es escupir en el tiempo presente y privilegiar su propio capricho: Escribo como se me da la gana, lo que se me ocurre y no obedezco a preceptiva alguna. Pretende meter en una sola novela un mundo que depende de "su" realidad vivida y con ello imponer su propia lógica a la lógica de la "cultura" actual, que quiere fijar nuevas reglas a los novelistas: efectividad, selectividad, efectismo, dependencia de la anécdota sin significados ulterio¬res, senci-llez, es decir, acercamiento al mundo plano del cine. García Ponce se enraiza en su convicción de que la novela tiene un sentido y que el novelista debe luchar por su pervivencia".
Las notas anteriores sobre la primera parte de Crónica de la intervención las escribí hace tres años, cuando estaba en la mitad del proyecto de El Libro de la Vida. Desde que comencé a trabajar en el proyecto todas mis lecturas son de tarea. La idea es leer grandes novelas (en tamaño) para entender qué es lo que las hace memorables y que los que las convierte en mamotretos. De Crónica de la intervención saqué en claro que no se puede dejar volar la memoria impunemente y que uno debe respetar al lector, buscando una coherencia. Nadie tiene el derecho a imponer su caos a los caos ajenos: en eso consiste el arte del arte: en hacer coherente para los demás lo que parece coherente solamente para el autor.
Las reseñas que he leído hasta ahora de esta enormne novela de García Ponce, son en general laudatorias. Me parece que se elogia el paginaje y la intención, pero no se pone un juicio equilibrado al resultado.
Creo haber escuchado que la novela se la dictó García Ponce a José Luis Rivas y quedó tal y como la escuchó el poeta. Siendo así las cosas, entiendo el tamaño y los resultados. Tal vez un día me anime a leer la segunda parte, pero no estoy muy seguro de ello. Si alguien se atreve a editar (a recortar, sacar líneas básicas, ordenar) la novela, me facilitaría las cosas. Para consuelo de puristas he de decir que me gustaría que alguien hiciera lo mismo con En busca del tiempo perdido, que sería una de las más hermosas novelas del mundo, si sus siete volúmenes se vieran reducidos a uno.

LAS NOCHES DE VENTURA EN NOVELA V
Marco Tulio Aguilera Garramuño

He visitado los centros comerciales donde se vende Las noches de Ventura a un precio superior de cincuenta nuevos pesos. Sufro pensando en el destino de mis libros en medio de la actual crisis mexicana. Tengo la costumbre de cambiar mis libros de lugar y exhibirlos en los mejores sitios. Sé que es una tontería, pero siento que a este hijo que me llevó tantos años engendrar debo apoyarlo de alguna forma. De él depende el futuro de los siguientes volúmenes. Editorial Planeta, dentro de sus planes de austeridad, ha decidido no hacer presentaciones o publicidad. Yo, desde este modesto rincón de México, estoy haciendo lo que puedo por el libro.
El proyecto de escribir una serie de libros es tan absurdo, tan optimista, como la idea de que éstos se venderán abundantemente. Sólo siendo un irredimible optimista se puede persistir en la profesión del escritor en estos tiempos de penuria. Pero no debo quejarme, so pena de que me sometan a una desollada como las que ya he sufrido. La verdad es que soy un privilegiado porque tengo tiempo para escribir, porque soy libre para escribir lo que se me da la gana y porque dispongo de espacio para publicar mis textos.
Frente al primer borrador que formaban siete volúmenes de El libro de la Vida, tuve que hacer una evaluación seria del proyecto. A partir de la primera correción hubo en mí una preocupación básica: no aburrir al lector. Y esa preocupación era de elemental estrategia: si mi proyecto contemplaba terminar seis o siete volúmenes de El libro de la Vida, era obvio que quien se aburriera leyendo el primero nunca buscaría el segundo y jamás llegaría a leer el séptimo, aunque lo sometieran a torturas y le dieran becas. En el mundo literario se contempla como vituperable el querer agradar al lector. Tener muchos lectores es para algunos sinónimo de autocomplacencia o ingenuidad. Eso en realidad no me importa. Sé discernir entre las críticas que están movidas por la envidia y las que provienen de honestas intenciones.
Como nunca me he creído autótrofo y sé que de los demás se puede aprender, decidí emprender la lectura de las grandes series de novelas amorosas, eróticas o similares. Comencé con Sexus, Plexus y Nexus, novelas que conforman La Crucifixión Rosada, de Henry Miller. ¿Qué aprendí de ellas? Supongo que la naturalidad, el desparpajo, la sinceridad y la idea de que todo puede decirse en la forma en que uno quiera, si es que uno tiene algo que decir y sabe decirlo. La verdad es que hay poco de memorable en las novelas de Miller. Su narración discurre como un río bajo el cual hay un montón de piedras y en muy pocas ocasiones uno le encuentra sentido a ese discurrir. Pero en ese flujo atormentado y hedonista está precisamente el placer de la lectura de Miller.
La lectura de Justine, Balthazar, Montolive y Clea, que forman El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell (y que el mismo autor calificó como "una investigación del amor moderno"), me enseñó una dimensión más humana del acercamiento al hecho amoroso. Los personajes son atractivos, misteriosos, con algo de romanticismo y una turbulencia que recuerda Cumbres borrascosas. También aprendí que cuando uno escribe una novela de amor, erotismo o conflictos psicológicos, hay que evitar meterse en disquisiciones políticas.
Lo mismo entendí de la lectura de los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido: si el tema básico de Proust eran las sutilezas de las relaciones afectivas, eróticas y los secretos de la sensibilidad exaltada, para qué diablos se metía a contar en cincuenta o más páginas las circunstancias del caso Dreyfus o se dedicaba a cantar las bellezas de las catedrales en treinta o cuarenta. De Proust me son atractivos los personajes que están directamente ligados a la sensibilidad del protagonista: Albertina, Gilberta, el Barón Charlus, la duquesa de Guermantes, las hermosas sirvientas.
Leí y subrayé todos los volúmenes de En busca del tiempo perdido (se los pedí prestados al poeta Fernando Ruiz Granados, pero él me los regaló, aduciendo que nunca los iba a leer) y escribí un ensayo sobre cada uno de ellos . Lo que saqué en limpio de la lectura de Proust es que para hacer una obra literaria equilibrada, hay que ponerse en el punto de vista del lector, de un lector atemporal y aespacial, a quien no le va a importar si en el tiempo de la novela gobernaba López Portillo o Carlos V. La idea de que una buena novela debe captar el espíritu de su tiempo la entiendo de la siguiente manera: lo que importa son los efectos de las circunstancias sobre los personajes, más que las circunstancias mismas.

LAS NOCHES DE VENTURA EN NOVELA(VI)
La censura
Marco Tulio Aguilera Garramuño

Eliminé de El Libro de la Vida casi todas las consideraciones políticas, los personajes locales pintorescos (Las noches de Ventura y todo El libro de la vida se desarrollan en Xalapa, con ocasionales salidas a Colombia, Cuba, Nicaragua, el D.F.).
De todos modos como los borradores de El Libro de la Vida han ido publicándose a lo largo de los años en diversos medios, no me han faltado problemas. Uno de ellos, muy grave, que tuve a causa de la novela, fue el hecho de que el cronista de la ciudad de Xalapa promovió un movimiento para echarme de la Universidad Veracruzana, de Xalapa y del País.
Reconocido como un xenófobo rabioso que ha utilizado el periódico de su propiedad para calumniar a varios extranjeros (entre sus víctimas se cuentan Emmanuel Carballo, Jorge Ruffinelli, a quien sacó en la nota roja como ladrón de niños y tal vez algo más grave) el actual cronista de la ciudad comenzó a publicar editoriales instando al rector a expulsarme de la universidad y utilizando una serie de insultos verdaderamente floridos. Llegó incluso a comprometer su palabra de que iba a hacer que me expulsaran no sólo de la universidad y de Xalapa, sino del país.
Para medir el poder de este señor basta saber que el primer acto de los gobernadores recién electos en este Estado, es visitar al director del Diario y Cronista de la Ciudad (es tal la dimensión de la vanidad satisfecha que este señor ya tiene estatua en la avenida más concurrida de la ciudad, el archivo de la ciudad lleva su nombre, hay calles con su nombre, escuelas, colonias, camiones de basura). Y es tal la cobardía de los intelectuales jalapeños que nadie ha protestado por el hecho de que se haya nombrado cronista de la ciudad a una persona que no tiene la altura intelectual necesaria. Este señor llegó a cronista porque un alcalde tuvo la puntada de nombrarlo por decreto.
Pues este es el enemigo que encontré sin andarlo buscando, solamente porque me atreví a publicar mis textos eróticos y a ambientarlos en los espacios jalapeños.
Supe que el cronista no se había limitado a publicar sus editoriales llamándome lo innombrable, sino que había intrigado con el gobernador para que le pidiera al secretario de gobernación intercediera ante el presidente, quien sería el único capaz de emitir el fulminante 33. Me sentí muy honrado de semejantes gestiones, pero también preocupado. Si hubiera estado soltero por esos días y sin hijos, habría aceptado jubilosamente el 33, pero con Sebastián recién nacido, debía ocuparme del asunto.
Inicialmente busqué el apoyo de varios medios de prensa. Todos estuvieron dispuestos a defenderme. Luego se me ocurrió que había una mano poderosa que podía frenar fulminantemente el proceso: Gabriel García Márquez, el papá grande. Como sé que don Gabo es de difícil acceso, le dije a su secretaria que el asunto era de vida o muerte y que si no se comunicaba fulminantemente él sería culpable de la desaparición física del único genio que quedaría una vez que yo me deshiciera de su cadáver.
Dos minutos más tarde escuché su voz.
-¿Ahora qué pasa?
Le conté el asunto paso a paso, le leí los editoriales del cronista de la ciudad. Le parecieron espléndidos. "Es un maestro del insulto", dijo. Luego me pidió que le enviara copia de mis textos para ver si en efecto eran tan violentos y si podían servir como motivo de expulsión. Pidió que me calmara, que nadie me iba a linchar ni a expulsatr del país. Dijo que él se encargaría de todo, con una condición: que me quedara callado, que no divulgara su intervención en el asunto. Cumplí, la verdad es que cumplí. Han pasado cuatro años y sólo hasta hoy me decido a contar la historia de una censura fracasada.
García Márquez también cumplió. Llamó al director de derechos humanos (no pongo nombres porque, como se sabe, esto que escribo es literatura, y no puede ser por lo tanto usado en mi contra) quien se comunicó con el secretario de gobernación.
La conexión llegó justo a tiempo, porque el asunto ya estaba en proceso acelerado rumbo a mi expulsión. Pronto recibí llamada del director de derechos humanos quien me apoyó grandemente, no sólo porque G.G.M. se lo hubiera pedido, sino porque había leído todos mis libros, y era, milagros de la literatura, un admirador irredento y un aficionado acérrimo a la literatura erótica.

Marco Tulio Aguilera

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