UN CUENTO CALEÑO

FAUNA Y NINFO EN CONCIERTO

Este es un cuento que no he incluido en ninguno de mis libros. Se desarrolla en Cali y pertenece a mis años en la Universidad del Valle (antes de 1975)

Me hallaba semiadormecida sobre los cojines que habitualmente tiendo en el suelo cada vez que Nika va a Bogotá a visitar a su Claudio, cuando creí escuchar mi nombre. Luego pensé haberme engañado. Pocas personas conocen mi caverna y ya nadie me visita. A los pocos amigos que tenía los he espantado con la historia de que estoy componiendo una música suprema y jamás antes escuchada y que no deseo que nadie me moleste. La verdad es que detesto al mundo entero y supongo que el asunto es recíproco. No sólo en mente sino en cuerpo soy una Briarea y un Nemroda. Aclaro pa los ignorantes: Briareo era un gigante de cien brazos y cincuenta cabezas y Nemrod un tipo que construyó el edificio más alto del mundo en tiempos en que no se conocía la existencia del concreto o los sindicatos. Yo les he cambiado de género porque me repatea el hígado que todas las cosas grandes de la historia se las atribuyan a los hombres. Hasta Dios es macho. El colmo. La gente no me mira cuando paso a su lado no por temor sino por elemental precaución. No sólo soy extravagante sino agresiva, con mis pelos alborotados y mi maquillaje de arpía. Bajé el volumen del tocadiscos, me apoyé con dificultad en un codo y escuché. Efectivamente alguien gritaba mi nombre. El grito, infantil, impaciente y rabioso, sólo podía ser de Beremundo, Very Nice, una querubín que conocí en el Teatro Municipal y a quien posiblemente pueda convertir en mi Francesco de Rimini o en mi Lilo Francesco.
Como toda perversa maniática que se respete, no me sentiré satisfecha hasta que haya consumado el amor o algo que se le parezca con un chiquillo impúber. No se trata de superar una prueba iniciática sino de satisfacer a la infeliz enferma feliz que soy. Me asomé a la claraboya de la gruta, aparté la bandera de colores descompuestos —Nika se había limpiado el estupendo trasero con un trozo de sábana, luego yo le agregué unos brochazos de rojo sangre de mis venas y mi compañera de apartamento, artista del pincel rústico, armonizó el conjunto con chorros de mostaza y una especie de diseño poco naturalista—, finalmente izamos el lábaro de la nueva raza de mujeres libres y rampantes que comenzó a tremolar en el segundo piso de Las Escalinatas, antro localizado en la ciudad de Cali, muy cerca de las cariátides defenestradas del puente sobre el río Tal y Tal. Vi a mi pequeño ángel allá abajo, en la calle vil, pateando el suelo, tan entrado en indignación pero tan celestial que estuve a punto de pedirle que sacara sus alas del estuche de violín (es estudiante de música el muy dulce) y subiera hasta la claraboya volando.
En lugar de hacerlo, le tiré la llave y le di las instrucciones necesarias para que llegara a mi antro sin tropiezos. Mientras subía me volví a tender sobre los almohadones. Antes, naturalmente, abrí la puerta. La idea era que me encontrara en posición conveniente y actitud propicia. No temí por la seguridad del infante en el camino hacia mí a lo largo de las escaleras y los corredores donde se abren multitud de puertas que dan paso a estancias penumbrosas. Aquí habitan seres desvencijados y arteros. Conozco ya el carácter del pequeño y su capacidad de asustar al más bragado con gritos de indignación principesca. Me arrastré unos metros, volví a colocar la aguja en el tocadiscos (Concierto para violín nosécuántos de Brahms, un tipo que como todos los genios, padeció de depre suicida) y comencé a tramar lo de siempre.
Hace unos días quise asistir a un concierto de Puyana. No tenía dinero, aunque sí ánimo y decisión, que son las mejores tarjetas de crédito en un mundo de pusilánimes y comunicorrientes frenolitos. Era un día de esos en que me siento sociable y pienso que el mundo tiene algo reservado para mí. Un día excepcional, obviamente. A mi lado estaba el brujo Marmolejo, tan arruinado como yo, convaleciente de su última fiesta, siempre decía que cada fiesta era la última, estaba decidido a suicidarse una vez a la semana, generalmente el amanecer de un domingo, fiesta de guardar, su cabellera lustrosa y su aire de reina de la noche. En torno nuestro veinte o treinta fanáticos del arte clavicordial y de las entradas de gorra. Al grito de “el arte para el pueblo” decidimos atropellar al portero e instalarnos en platea. Amparada en mi sólida estuctura, mi bien dispuesto talante y mi espantoso encanto de bruja, me ofrecí como ariete. Grité ¡empujen, frenápteros del mundo!, y le puse, no sin antes disculparme, las manos en el pecho al portero mientras insistía en pedirle mil burlonas disculpas y hacía descansar la responsabilidad del acto patriótico en los de atrás, el bajo pueblo.
Ya adentro, los cruzados del arte gratuito nos distribuimos por toda la platea. En el corredor nos encontramos con Tirso, uno de los más recientes amantes de Nika. Al saludarlo no pude evitar una sensación desgradable. La membrana que une los cinco dedos de su mano derecha crea la impresión de que uno está estrechando el apéndice de un gran batracio. A su lado estaba un niño que parecía trasladado a Cali directamente de los campos mitológicos de Herperia o de uno de esos imbéciles cuadros de angelitos que pintaban en el renacimiento los ociosos.
Miré al brujo Marmolejo. Vi en sus ojos la misma admiración y casi pude escuchar su grito de batalla, ¡a él, mis valientes! Pero antes de proceder al asedio era indispensable extraviar a los policías que nos señalaban con los dedos. Suplicamos al querubín que nos reservara dos sitios mientras nosotros (o nosotras, pues Marmolejo naufraga por el lado más previsible (es
un hermoso negro abisinio que llama la atención donde quiera que vaya) deambulábamos por los corredores adoptando gestos de melómanos, caballeros busca-asientos y poseedores de tarjetas credi-mierda y me-la-meten-el-culo-sin-vaselina-y-sin-embargo-me-río.
Al fin los perseguidores renunciaron a expulsarnos y sonó el timbre tercera-llamada. Se inició la función. Me correspondió sentarme al lado de Beremundo —creo que se llama Pepe Ricardo Blanco pero prefiero llamarlo Beremundo— pues que yo lo vi primero. Además soy menos caballerosa que la negra Marmolejo. Ella lo sabe y lo acepta. Una descortesía suya podría llevarlo al hospital, sí, mas no a perder mi amistad, que es eterna con los que van a morir: sé que al menos dejarán de estar jodiendo y arrancándole trozos de esplendor a la natural naturaleza. Una cosa son los negocios y otra los amores. Y cualquiera sabe que los amores no son negocios. Y si fueran negocios no serían amores sino negocios. El negro (la negra) lo sabe y lo acepta, como supo y aceptó que el baño de su apartamento sirviera de escenario al estreno de Julián, mi pluscuanperfecta presa antepostretérita, que terminó nadie sabe cómo ni por qué convertida en una espléndida carroña, el agua del río Cali escurriendo por la geografía de su pubis de mancebo, ah, amado número 45. Trágica historia, sin duda, que me lastimó lo poco que me queda de conciencia aproximadamente 24 horas y que logré convertir en negra música una vez que salí del hueco con la ayuda de una botella de whysky mal habida y un nevado sistema montañoso que aportó Nika —había vendido uno de sus más espantosos cuadros al más ignorante y rico narco de los que lucen en sus paredes una bosta de camello si uno logra convencerlos de que eso es arte.
Confieso que reverencio a Beethoven (menos que a Brahms, of course) y que aprecio sobremanera sus desplantes (cuando Cacilia Fischer le reprochaba al Ludwig de seis años “de nuevo estás muy sucio”, él le replicaba “qué importa... cuando me convierta en Dios nadie prestará atención a eso”.) Pero entre su música interpretada por Puyana y la enorme fascinación que emanaba de Bere Very Nice, tuve que dejarme vencer, con humildad y deleite, por el ninfo, ese invisible jardín que se dejaba existir con naturalidad a mi lado. Bere me miró mirarlo y arqueó las cejas ojivales. Fingió abstraerse en la música y luego se dio por vencido. Giró su rostro obolongo empotrado en una cabeza de estatua etrusca sobre un cuello de porcelana y me cedió una mirada larga, sostenida, segura. Retornó su atención al escenario y yo comencé a muriar, ¿a muriar? Esto debe ser un gesto raro y por ello vale la pena dejarlo tal cual. Digamos que comencé a muriar esa mirada y no a rumiar esa mirada. Vamos bien, cromañona, penséme. El negro Marmolejo, muy entrado en preocupación, que según parece convalecía de un nuevo suicidio dominical, muy entrado en preocupación, dije, se rascaba a menudo una canilla para tener pretexto de espiar mis avances hacia la clara fuente. Ves, ser caballero no lleva a ninguna parte. Acerqué mi codo derecho al cuerpo bendito hasta hacer full contact con sus costillas de leche. No se inmutó. Bere llamó en susurros a Tirso y le preguntó que por qué ese señor no tocaba otra canción. Dijo que ya estaba aburrido de oír la misma. Se rieron y nos reímos. Supongo que estaban jugando.
De la risa compartida —con soberbios hoyuelos en las mejillas rosadas y rubores como vetas de rosa en el marfil— Bere pasó, sin transición, al enojo. Su rostro sereno de estampita china se transformó en la encarnación viva de la iracundia. Ah, se ríen de mí —pronunció “díen”, no “ríen”—, ¿creen que nunca he ido a un concierto?—. Su protesta coincidió, desgraciada o afortunadamente, con un pianísimo y fue escuchada por toda la sala. Trágame tierra. Soy, amigos, una bárbara walkiria, pero una bárbara walkiria ilustrada. Me hice la desentendida. La atención del público se había transformado en un remolino cuyo centro éramos nosotros. Creo que hasta Puyana nos fulminó con un rayo y un uñazo bien temperado a su clavecín. Bere exigía respuesta. Ahora había subido el volumen hasta el susurro y medio, sus aspavientos seguían llamando la atención. Coloqué mi mano sobre su boca a manera de mordaza y le pasé un brazo sobre los hombros para calmar su albo alboroto de mar picado. El traidor me mordió. Me fue imposible no gritar. Me resigné. Beethoven y Puyana, donde quiera que estén, mil perdones. Soy una barbajana, pero un barbajana ilustrada, respetuosa de mis semejantes los grandes. Decidí lanzarme de lleno al sabotaje, al fin y al cabo había entrado con la consigna de la música para el pueblo, y allí había solamente cerdos de engorde, vientres lustrosos y damas imberbes: el enemigo. El negro Marmolejo, más cauto y más conocido(a), se fingió estatua y por lo tanto inocente como cualquier estatua que se respete.
Al salir estaba lloviendo. Gotas espaciadas una cuarta completa, pero gordas y frías. ¿Y ahora, quiasemos?, preguntó el querube supliendo con su furia el ruido que faltaba a los relámpagos, como si nosotros fuéramos culpables de los desafueros del cielo. Su cuerpo, su cuerpecito, se levantaba airoso sobre los tacones demasiado altos que debían suplir los centímetros que le faltaban. Lucía unos zapatos en extremo absurdos, que hacían que su cuerpo se inclinara constantemente hacia delante, por decir algo. Un poeta amigo del negro nos ofreció su auto, un cacharro tan estropeado como la cultura nacional, que si hubiese sido barco se habría ido a pique en la primera esquina.
Fuimos al Habana, no muy lejos de Las Escalinatas. Bere torció el gesto en fuchi al ver la desastrosa fachada. La voz cancerígena y gangrenosa de Daniel Santos hacía astillas la noche caleña. Tuve que bailar salsa, no me quedó más remedio. Bere se reía de mi torpeza. Déjame ser el hombde, dijo, yo llevo el paso. El negro Marmolejo se consolaba de la derrota ingiriendo Blanco del Valle y sobándole despiadadamente el lomo, hasta el límite de la decencia, cerca del cóccix, al condescendiente Tirso, ebrio ya como su compañero, sensibilizado sobre los tormentos de la página en blanco y reciprocándole sus confesiones con el relato de su amor fallido con Nika. Bere apenas si tocó el licor con los labios. Huele a agua de mueto, dijo. Nunca explicó que era agua de muerto. A la salida estuve tratando de convencerlo de que me acompañara a la caverna de Las Escalinatas.
— Prometo que te voy a hacer feliz, le dije.
— Jé, nena, lo que quieres es abusar de mi inocencia, cosa fea, cosa fea,
creés que no sé.
—Vulgarote, echas a perder la poesía.
— Mejor echar a pedder la poesía quel resto de la vida, man. Imagínate,
che, estroperarme la vidda para estar contento una sola noche, malvadota.
Nos besamos largamente rumbo al centro. Debo decirlo, sentí que estaba enamorándome, sentimiento proscrito en mi diccionario de reglamento vital. Aproveché todos los rincones oscuros y hasta oscurecí uno a pedradas para reiterar la posibilidad de algo mejor y el peligro de las caricias al aire libre. Saliendo casi asfixiado de un beso que pretendía ser erógeno, Bere preguntó:
— ¿Me degalas tus ojitos? —. Me tiró de las orejas y afirmó—: Renata es una mujer fea feo y yo un niño lindo, ¿ciedto?
La fauna (que soy yo, hermana del fauno) pestañeó, trató de ocultar las pezuñas y carraspeó.

Me levanté perezosamente, aparté la aguja del disco y me dirigí a la puerta. Al pasar frente al baño tiré el cigarrillo en la taza. Me asomé al corredor. No había nadie. Me senté en el piso de madera vieja e indisciplinada a esperarlo. En vano. Bere se esfumó. Creo que ni siquiera recogió la llave de mi reino.
Aunque sabe manejar a los asediantes, a veces se comporta como un campesinito. Pregunta el significado de las palabras más usuales y pronto comienza a utilizarlas, no siempre con buena puntería. Mientras estábamos en el Café de Los Turcos le sonrió de manera que se me antojó cómplice a un hombre maduro, de gazné y camisa de seda, que pareció molestarse por la atención del baby. Luego se portó excesivamente mimoso en lo que era, sin duda, un acto de adoración hacia mí y de venganza contra él. ¿Quién es el tipo? Giorgio Lamproni, el modisto más exclusivo de Italia, dijo, viene a esta ciudad una vez al mes para vestir a Letizia Cossío. A partir de entonces se dio a imbricar nombres y chismes, fortunas y taras de los dueños del Valle. ¿Un estudiante de violín metido en chismes? ¿Qué es eso? Pienso que miente. El hombre tiene más facha de marimbero recién instalado en la ciudad que de marica y diseñador famoso. Es tan caricaturesco que debe ser un farsante.
Quizás Bere no sea más que un prostitutito que está jugando al amor conmigo. Ojalá esté equivocada. Imposible que un ramerito de catorce años conozca la taquigrafía, hable inglés, sepa algo de literatura, estudie música, buenos modales y hasta equitación. Dice que es administrador de un bufet de abogados y con sencillez que sólo puede dar la humildad bien manejada me tendió su tarjeta.
Dice que soy su cocodrilo, su perrito french poodle, su animalito de peluche. Me estruja la cabeza en su diminuto pecho y susurra yo quiero a Renata como la tierrita seca a la lluvia. Soy dacista, dice, me caen mal los negros y me gustan las cosas bonitas y detesto las feas. Cuando le dije que todos somos iguales —lo que en verdad pongo muy en duda— compuso un gesto de auténtico asombro. Ah, ¿sí? ¿Te gustaría que una nene lindo como yo se enamorara de una negra feadible como las que bailan en Las Escalinatas?
Carta del dueño de mi disquera, un miserable explotador que medra con mi talento. Anuncia su llegada a Cali. Viene a hacerle promoción a mi CD más reciente y a inventar unas entrevistas para los diarios. El tacaño no ha querido pagarme el pasaje a la capital. Tendré que peinarme. Llegaré hasta la ignominia de bañarme. En ese aspecto soy muy europea.
Una vez que termine mi composición en marcha posiblemente me suceda lo de costumbre: me apocaré y comenzaré a creer que nunca podré concebir algo así, entonces iré donde el Gato a comer huevos con chorizo. Le pediré a mi mesero favorito que se siente en mis piernas y que le dé luz a mis tristezas. Le contaré mis cuitas. Eres una tontona, dirá, tienes toda la vida por delante y te achicopalas. Supongo que la palabreja la sacó de alguna película mejicana.
Salí a caminar para organizar los huevos y el chorizo en mi vientre. El Gato había pisoteado mi melancolía moviéndose con donaire sobre mis piernas a ritmo de un viejo merecumbé. Completé la digestión: gástrica, lírica y hormonal. Caí como una condenada en el Café de Los Turcos. Cali es una ciudad que parece tener un solo ombligo para los miserables que se creen intelectuales. Allí estaba el ninfo acompañado ¡por su secretaria! quien invariablemente responde a todas sus preguntas con un sí su merced. El mesero lo atiende con enorme respeto. Muchas personas inclinan la cabeza al pasar a su lado. ¿Qué es esto? ¿Quién es este niño desquiciante?
Caminamos hacia La Tertulia. Anocheció. Buscamos rincones oscuros para darnos besos. Seguimos caminando como si ya nada más tuviéramos que hacer sino caminar y darnos besos en la vida. Nos sentamos en las graderías del Teatro al Aire Libre Los Cristales. Nos tomamos de las manos. De las cuatro menos.
—¿Tú eres pura? —preguntó.
—Eso depende de lo que llames pura.
—Tú sabes, esas cosas.
—¿El sexo?
—Sí.
—Pues creo que no.
—¿Te acostaste con tu amiga Nika y le hiciste sexo?
—Sí.
—¿Y con quién más?
—Con Mario Riascos, Carmelo Riñón, con uno de apellido Heinz y dos o tres prostitutos más.
—¿Y conmigo quiedes hacer esas cosas?
—No sé —le dije y creo que fui sincera. A esas alturas del baile ya no sabía distinguir mis objetivos de mis subjetivos.
—Yo sí sé que NO quiedo hacedlo. Yo soy pudo, yo te amo pero no, no y no te voy a ceder mi pitito—. Sus manos de muñeco se humedecieron entre las mías.
—Creo que uno se gasta haciendo el sexo con muchas personas y luego ya no tiene para cuando le llega el verdadero —pronunció “veddadero” de una forma exquista que me hizo saltar el corazón como una rana en una olla de agua hirviendo.
Tomó mi cabezota entre sus manos y me besó la cara con tierna violencia entre murmullos vengativos.
—¿Sabes lo que me gusta de ti? —preguntó.
—No sé.
—Adivina.
—No sé.
—La boquita toda roja y los dientes de ratón.
Y yo soñando con su inauguración de canela. No pude menos que sonreírle candorosamente sacando de quién sabe dónde diablos mis reservas arcangélicas.
Bere suspiró aliviado.
—Si sólo hubiera dos personas y un arbolito en el mundo, te sentarías conmigo debajo del arbolito?
—¿Qué responder?

Marco Tulio Aguilera

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