SIGUE AMAZONAS-AMAZONAS



HUITOTOS, TIKUNAS, LLANOS ORIENTALES

Tengo la peregrina idea de que una buena novela es aquella que puedes comenzar a leer en cualquier sitio. Amparándome en esa optimista idea voy a publicar un nuevo fragmento de Agua clara en el Alto Amazonas, que sera publicada en el 2010. La persona que quiera leer los anteriores fragmentos puede buscarlos en el índice, que está a la izquierda, bajando un poco. Presionan donde dice Alto Amazonas.


La anchura del río Amazonas en la desembocadura es de 17 kilómetros. Un mar de agua dulce atravesando una gran selva, abriéndose camino y partiendo un continente en dos. Comenta Chirri que se han metido ballenas hasta Manaos, a dos mil kilómetros de la desembocadura. En el territorio amazonanse de Colombia la población militar es casi más grande que la civil. Vemos un enorme árbol lleno de niños semidesnudos durmiendo, jugando, persiguiéndose, encima de las ramas que se proyectan sobre un gran canal en el Amacayacu. Al descubrir que nuestra lancha se iba acercando comenzaron a lanzarse uno a uno, desde alturas de veinte o treinta metros. Esos son tikunas, dice Chiri. ( Los tikunas, los huitotos y los boras fueron los que sirvieron durante muchos años a los caucheros: sangraron los árboles y sufrieron incontables abusos por parte de los patrones. Hubo un tiempo en que juraron jamás volver a herir los árboles, pero la llegada de nuevos patrones, con reglas menos inhumanas, los impulsó a regresar al trabajo. Uno de los personajes que contribuyeron al cambio de actitud, fue Rafael Uandurraga, colombiano de ascendencia vasca. Sobre él escribe Davies: “Uandurraga era comerciante, pero cuidaba del bienestar de los indios y de la protección de la selva. Hombre honesto y decente, compraba el caucho con un margen fijo del diez por ciento, no hacía trueques con licor y mantenía a los hijos y esposas de todos los caucheros que trabajaban con él. A cambio, los indígenas hacían lo que habían prometido jamás volver a hacer: sangrar los árboles razón de la desgracia, tortura y miseria de sus padres. Cuando Uandurraga tuvo un accidente al caer del bote de cara en la hélice, los trabajadores indígenas le salvaron la vida, cargando por tierra hasta Leticia su cuerpo lacerado. Y se quedaron esperando toda la noche en silencio, mientras el médico del ejército le cosía la nariz, que colgaba de la cara, y una enorme cortada en la quijada y un pedazo de lengua que se le había desprendido”. Así como Uandurraga, hubo muchos otros extranjeros que afincaron en la Amazonia, encontrándola amable y queriendo fundar arcadias lejos de la civilización. Uno de ellos fue Richard Gill, hijo de un médico de Washington, quien se enamoró de los paisajes del Ecuador, abandonó su país, y con su esposa Ruth, cuenta Davies, emprendió una jornada de ocho meses en busca del sitio perfecto para establecer una hacienda. La fundaron, dice Davies, en la vertiente oriental de Los Andes, en el alto Pastanza, no muy lejos del pueblo de Los Baños. Otro loco utopista fue William Cameron Townsend, vendedor de biblias en Guatemala, quien se convenció de que por mandato divino debía traducir la Biblia a todas las lenguas de la Tierra y fundó una organización en Arkansas, recogió fondos y terminó por fundar el Instituto Lingüístico de Verano. La ideología que guiaba a esta organización era que “dado que el mundo está condenado, el hombre no debe iniciar reformas sociales, sino más bien esperar con resignación la segunda venida de Cristo y dejar que él sea el encargado de ejecutar los cambios necesarios” (Balances amazónicos. Enfoques antropológicos).
Impulsa nuestra lancha un motor de veinte caballos de fuerza. El motorista, diez personas y el guía. Estelas de agua se levantan a lado y lado. Tiendo una mano y dejo que el agua veloz la golpee y rompa el fugaz rastro de agua alada que deja nuestro paso. El motorista luce un sombrero de lona café, un mono rojo, botas de hule. Luego hablaría con él y me contaría su atroz y turbadora historia, una historia de amor y violencia, de guerra contra el mundo y reconciliación. Pájaro azul y blanco, un martín pescador. Los kurubos. Muru o muiname son las lenguas de los huitotos. La protagonista de mi relato en Araracuara es una huitota. (“El antropólogo francés Eugene Robuchon, que fue al Putumayo durante el auge del caucho, reveló que en general los huitotos tienen miembros delgados y nervudos... la piel gris cobriza, cuyos tonos corresponden a los números 29 y 30 de la escala cromática de la Sociedad Antropológica de París’” —hay que imaginar al señor Robuchón con un pantógrafo, comparándolo con la piel de una sublime huitota, hasta hallar el tono preciso. Es frecuente ver fotos de indígenas amazónicos verdaderamente aterrorizantes o deplorables, los labios hendidos, los cráneos deformados, los miembros escuálidos, una bola de tabaco deformándoles las mejillas y la boca, un hilo de saliva verde escurriéndoles por el cuello y el pecho. Sin duda hay este tipo de seres estragados, como los hay en cualquier país y territorio, no obstante también hay ejemplares humanos espléndidos. Alain Gheerbrandt relata que en la expedición Orinoco-Amazonas, realizada entre 1948 y 1950, después de tomar contacto con los hombres de Kalomera, altos, fuertes y hermosos como centuriones romanos, visitaron a los okomatadis, uno de los grupos más salvajes de la horda de los guaharibos, que habitaban una plaza hedionda, en medio de excrementos y nubes de moscas, alimentaban a los perritos y a los lechones con leche de los senos de las indias y no habían inventado ningún instrumento para dominar la naturaleza, de no ser un palito con una uña de fiera en la punta. Cuenta además de un grupo de indígenas, también de la etnia guaharibo, que parecía haber hecho de la irresponsabilidad y el relajo su filosofía de existencia: “La piragua que conducían estos guaharibos parecía una regadera, conducida por una tripulación de borrachos bromistas. Remaban tan torpemente que eran incapaces de adelantar veinte metros seguidos en línea recta, y cada vez que hundían y sacaban sus canaletes, levantaban enormes ramilletes de agua a su alrededor”.)
La lengua de los huitotos es una lengua con bastantes vocales.
El Chirri se frota las manos y sonríe, anunciando que va a contar algo digno de atención. Este mundo de los indígenas amazónicos es imprevisible. Hay absolutos caballeros en plena selva y unos auténticos maquiavelos. Los indígenas curubas —Chirri sigue frotándose las manos, como si a él le correspondiera parte del botín— sonreían hermosamente a los que pasaban por el río Itacuari e Itui. Los pasajeros decían “mira qué indios tan simpáticos”. Los turistas se bajaban a conocerlos y ¡pum! garrotazo. Luego llegaba el banquete del siglo para los kurubos.
Pasamos por Macedonia, que ya tiene telefonía celular. Pesca, caza, agricultura y pequeño comercio. Gramalote (cortadeira) es una gramínea que crece a orillas del Amazonas. Es colonizadora. El peque-peque es un tipo de motor que da rendimiento de un galón diario y tiene la ventaja de que se puede levantar la propela, ventaja grande en la Amazonia, donde los ríos sorprenden con troncos. Si se golpea la propela se rompe el pasador y hay líos. El más grande problema de navegación en el Amazonas es la cantidad de troncos que arrastra. El Amazonas recibe los torrentes de mil ríos (1100, afirma el Pequeño Larousse) y las aguas de innumerables vertientes arrastran grandes masas de tierra y de material vegetal, lo que hace que su color característico sea el chocolate. A veces es tal la violencia del agua, que el gran río lleva flotando enormes bloques de tierra, arrancadas de la tierra firme, islas con árboles, animales y seres humanos. (Los botes de la expedición que hizo la travesía del Amazonas al Caribe en 1987, encabezada por el cubano Antonio Núñez Jiménez, súbitamente se vieron en medio de un grupo de troncos de cuatro cientos kilómetros de longitud y varios kilómetros de anchura. Eso sucedió después de los terremotos y temporales que destrozaron las vertientes de los ríos Napo y Coca, que son los que dan origen al Amazonas en Ecuador).
Salimos de Puerto Nariño a las diez de la mañana y a las cuatro de la tarde seguimos remontando el Amazonas. Llegamos a la isla de Montagua. Pregunto por Araracuara. Le digo a Chirri que estoy escribiendo una novelita que se desarrolla allá. Se la cuento. La escucha absorto, con ojos de emoción y todo me hace pensar que él mismo ha sido protagonista de historias similares, en las que un blanco se inmiscuye con una indígena y arrostra arcanos a veces terribles y en ocasiones deslumbrantes.“Nadie se mete a los caños de Araracuara. Todos los que se han metido han muerto. La gente de Araracuara camina paralelo al río cuatro o cinco kilómetros”. Eso dice Chirri. Y en ese momento recupero la lectura de un texto de belleza que quita el aliento, escrito por Álvaro Mutis. He buscado el texto y lo reproduzco. Se llama “El Cañón de Araracuaire”. Es sin duda un fragmento iniciático en el enigma de ese territorio colombiano, cifra de lo que nadie en verdad ha comprendido, que se llama Araracuara. Ningún viajero como Álvaro Mutis ha logrado captar lo que es el Cañón de Araracuara: El río desciende de la cordillera en un torrente de aguas heladas que se estrella contra grandes rocas y lajas traicioneras dejando un vértigo de espumas y remolinos y un clamor desacompasado y furioso de la corriente desbocada (...) El río va amainando su carrera al entrar en un estrecho valle y sus aguas adquieren una apacible tersura que esconde la densa energía de la corriente, libre ya de todo obstáculo. Al terminar el valle se alza una imponente mole de granito partida en medio por una hendidura sombría. Allí entra el río en un silencioso correr de aguas que penetran con solemnidad procesional en la penumbra del cañón. En su interior, formado por paredes que se levantan hacia el cielo y en cuya superficie una rala vegetación de lianas y helechos que intentan buscar la luz, hay un ambiente de catedral abandonada, una penumbra sobresaltada de vez en cuando por gavilanes que anidan en las escasas grietas de la roca o bandadas de loros cuyos gritos pueblan el lugar con instantánea algarabía que destroza los nervios y reaviva las más antiguas nostalgias.
Vamos entrando al Parque Natural de Amacayacu. Pasamos la noche en el hospedaje del Pico del Águila, administrado por quien se autonombra El Fraile Loco, un franciscano que se separó de la orden y puso su negocio. Zancudos, calor, aguardiente y a dormir. Hay varias cabañas con anjeos y literas. No existe electricidad. Se duerme con las ventanas abiertas, sofocándose, en medio de sueños tormentosos. Casi todos los viajeros reconocen que el mayor tormento al que los somete la Amazonia es el de los bichos pequeños diurnos y nocturnos, que aparecen por oleadas, hora tras hora, en un horario estricto, desesperante: anófeles, jejenes, mosquitos de todo tipo, murciélagos, hormigas. Un monito fraile aparece todas las mañanas y arrebata las tacitas de tinto para tomárselas apresuradamente, como un niño. Luego va a esconderse entre las ramas y cuando menos se lo piensa uno, baja a velocidad endiablada y roba gafas, jabones, ropa y huye, saltando entre los árboles a esconder sus tesoros, luego regresa. El fraile dice que muchos turistas han perdido joyas valiosas, billeteras y que han intentado seguir al mono hasta su escondite, pero que ha sido imposible. Sólo otro mono fraile podría investigar dónde está la cueva de ese bandido, dice el Fray Loco, evidentemente complacido. Ese mono es parte de su leyenda. Y además es su único compañero. Y tal vez sea cómplice del Fray Loco, dice Chirri. Cuando se van los turistas el monito trae sus tesoros y los comparte con su amigo. El Fraile cambia joyas y relojes por bananos. Ya me lo imagino. Esa es una gran industria. Tener un mono amaestrado es mejor que tener una American Express en el Amazonas.
Un perro en celo persigue a Yolanda, a la espiritual Yolanda, compañera de excursión, siempre enfundada en sus botas de hule y sus grandes pantalones, con su cabellera de leona ondeando a lado y lado de su cara, su mandíbula cuadrada y sus ojos brotados, de hembra en fiera. Yolanda cometió el error de mimar a este perro lobo desde el momento en que llegó la excursión al Pico del Águila, y el perro se enamoró fulminantemente de su olor de hembra abandonada en la mejor edad. El perro la sigue y se le monta una y otra vez. Ella le dice cariñosamente perro feo, perverso, malo, lujurioso. Y el perro insiste en enredarse entre sus piernas y saltarle al pecho y lamerle la cara. Se le sube a la hamaca, le hunde el hocico con fruición en la horcajadura de las piernas. Naturalmente no puedo evitar acercarme a la mujer e investigarla. “Yo tuve una relación de siete años con un macho cabrío dizque actor teatral y quedé curada para siempre. ¡No más! ¡Nunca más! No quiero ser manoseada por nadie nunca jamás en my very life. Prefiero sufrir los tormentos de Santa Rita de Casia que el mal aliento de un borracho insolente que me trata como si yo fuera una muñeca de trapo con un hoyo en medio”. El perro sigue oliéndole la cucarachita y ella lo regaña: perro malo, lo mima, le habla, lo acaricia. El perro se aleja y vuelve, cada vez más apasionado. Ella lo soporta, lo consuela, le habla cariñosamente al borde de la peluda oreja. Los mormones que nos acompañan en la excursión contemplan el idilio con repugnancia. A Chirri y a mí nos divierte el dispar romance. Me gustaría conocer el desenlace de esta singular love story. Lo que sí es muy claro es el carácter comprensivo de la hembra hacia el peludo cuadrúpedo. Yolanda sin duda carece de prejuicios caninos. Me atrevería a decir que antes aceptaría por amante a un perro que a un hombre. Ese perro vuelve a Yolanda a la realidad y a la vida. ¡Bravo! Yolanda redescubrió el amor en el Amazonas gracias a ese místico can. Ni Shakespeare podría haber escrito más grande y más singular historia de amor.


De nuevo es la mujer, la casi niña, de Pedro Botero la que habla. Su hijo, con cabellera de sibundoy, pasa la yema de un dedo sobre una mesa. Una y otra vez pasa el dedo. Algo conoce este niño tan ensimismado. Algo ha visto que a nadie quiere contar. Pienso. “Yo trabajé en un proyecto de cocina tradicional y conocí historias que cuentan las mujeres alrededor del fogón. Eso me contaron en el corregimiento de Boca Chica, isla de Tierra Bomba, Cartagena de Indias. Recuerdo a una negrita hablando sobre los efectos de la picadura de la raya sobre los hombres. Todo el pueblo participaba en el asunto, era un juego divertidísimo. La picadura inmediatamente produce una erección. El hombre con ese dolor se tapa sus partes y grita como endemoniado. Las mujeres salen corriendo para ver la envergadura del asunto y para hacerle burla al hombre y para jugar con él un juego bastante erótico y de una crueldad muy despiadada. Las mujeres saben que se están arriesgando a que las cojan. Todo el mundo en el pueblo se entera. Los hombres se solidarizan con el hombre erecto porque saben del dolor y porque conocen que el picado por la raya es la burla de todas las mujeres. Cuando ya las hembras lo han acosado y han hecho burla del hombre salen corriendo monte adentro. Los hombres las persiguen tratando de atraparlas, si agarran a una le abren las piernas y hacen un untado de su vagina. Con el untado calman el dolor de la picadura. La mujer elegida tiene que estar hedionda, no haberse bañado tras conocer hombre varias veces. Con un algodón los perseguidores le limpian bien los fluidos de su cuca y ese algodón se le pone como emplasto a la picadura. Se quita el dolor y la erección va bajando, puede durar hasta dos horas. Parte del cuento está en que las mujeres se disfruten, se suden y den su untado. Aquello es como una fiesta”. Pedro Botero me llevo a conocer el lecho de sus amores. Esta en el segundo piso. Se sube por unas escaleras metálicas mal hechas, en las que hay que hacer equilibrios casi circenses. Las escaleras las hizo el hermano soldador, remendador de lanchas y cultivador de peces. Vive en una casa muy cerca de la de Pedro. Arriba sólo hay una habitación con una cama enorme, un baladaquín imperial primoroso y un mosquitero prácticamente invulnerable. Ni Salomón tenía tanta magnificencia para el amor, dice Pedro Botero. No hay paredes, sólo las columnas que sostienen el techo, no hay ventanas, todo es un enorme claro, hay una integración perfecta con la naturaleza. El clima de Villavicencio es tan extremoso que lo mejor es vivir al aire libre. Desde el baño mientras uno se desahoga o se ducha contempla un panorama de árboles, pájaros, lagunas, ríos, el horizonte completo del mundo hasta donde alcanza la vista, un cielo de un azul imposible. Allí se respira un aire que acrisola todos los aromas vegetales. Planean los gavilanes, las águilas, los gallinazos como por un territorio nunca vulnerado por el hombre.
He escuchado y leído muchas historias sobre los Llanos Orientales de Colombia. Allí vive gente dura, seca. Se come mucha carne y se bebe mucha cerveza. Se suda día y noche. El paisaje es todo. Escribe Gheerbrant: “Fuera de los domingos y de la feria de ganado de Villavicencio, que no es sino un superdomingo, una vez al año, el llanero lleva la existencia austera y monótona de todos los solitarios. A las seis de la mañana, levantado con el amanecer, traga una taza de café amargo que será su única comida hasta que baje del caballo, doce horas más tarde. Luego se marcha. Atornillado al caballo, formando un cuerpo con él, su pequeña silueta negra y seca desaparece en el horizonte, el machete golpeando el arzón trasero, y el gran lazo de cuero bruto en el delantero. Sus ojos se adivinan apenas, bajo el sombrero de fieltro o de paja bajado para resguardarse del ardor del sol. Fija la mirada en el horizonte y, por más lejos que vea, durante horas y más horas, sólo hay el cielo y la inmensidad del llano de olas de hierbas movidas por el viento, y que su caballo, paso tras paso, aparta con el pecho. Por fin divisa algunos animales: un toro de pelo amarillento y cinco o seis vacas inmóviles. Por muy lejos que estén, las reconoce, sabe si son de su hato, y las cuenta y las acaricia, las mira minuciosamente, buscando con escrúpulo casi tierno si no les ha ocurrido algún accidente.”
Mi excursión por el Llano fue veloz. Pedro Botero me llevó en su jeep. Horas y horas de planitud con el mismo paisaje, el mismo cielo, ríos de aguas claras que bajan de la cordillera y arrastran piedras redondas y pulidas por los siglos. Toda esa agua terminará en el Amazonas gracias al Putumayo, el Casiquiare y el Orinoco. “Y esto ha sido igual, inmutable, una maravilla, durante siglos y siglos, y se extiende por cientos y cientos de kilómetros”, dice Pedro. “Como verás, Colombia es un territorio inexplotado, inexplorado, virgen. Y, ¿sabes qué, campeón? Gran parte de la belleza de país, de esta naturaleza sin ley humana, se la debemos a la guerrilla, a la violencia, a los paras, al ejercito. Ellos han hecho que Colombia no sea de los seres humanos sino de la natural naturaleza, ¿entiendes las paradojas del dios que domina este territorio?”
Regresando a la casa de Pedro veo a una criatura sonrosada y descalza discurriendo por la cocina. Fresquita, piel suavemente jaspeada, blanca, labios de color rosa pálido, ojos claros, usa camiseta blanca, que trasparenta el busto comprimido en una pieza rústica, los brazos descubiertos hasta las axilas. Las piernas al aire en un breve pantalón que le llega a medio muslo, el cabello recogido dejando ver la rosada nuca, los senos de virgen con esa textura de suave temblor indecible, esboza una media sonrisa, Lina María es una niña silvestre que camina descalza por los verdes alrededores plagados de pájaros, gualandayes, platanares, de la finca de Pedro Botero. La retiraron de los estudios en primero de bachillerato porque la familia quedó en la ruina. En el pasado su familia tenía una hacienda de varias hectáreas, pero el padre, desidioso e irresponsable, en lugar de trabajar, prefirió vender tierras, hasta que se quedaron sin nada y se sometieron a la misericordia de un antiguo inquilino, que, enamorado de la niña, les permitió construir una larga casa en cuya última habitación pasa gran parte de su vida Lina María. Lina dice que no tiene privacidad, su puerta no tiene candado y por eso no puede llevar un diario, cosa que le gustaría, fantasiosa como es y guardadora de pequeños e inofensivos secretos. Lina sueña con ser escritora y en el colegio ganó todos los concursos. La sacaron de la escuela y no volvió a escribir. Ya ni siquiera hay papel, un cuadernito miserable en su casa. Sí, había escrito un libro de cuentos de amor, imaginar esa ternura, de amor con final feliz, aclara, sin cosas feas, pero se lo regaló a su mejor amiga y ya no tiene ninguno de sus escritos, por lo que no me puede mostrar nada. Lo que escribe y lo que imagina, todo se le olvida ¿Qué ha leído? Parte de María de Jorge Isaacs, nada más y con eso se hizo la idea de lo que escribe ese señor, qué gracia, dice, yo puedo escribir mejor. Le creo. En su casa no hay libros ni dinero para comprarlos. Estuvo pidiendo consejos para escribir. Se los di y le conté varios cuentos, todos infantiles. Aplaudió jubilosa. Lina María me miraba con gran atención. Tal vez yo era el primer hombre en su vida que la había tomado en serio. Su madre, mientras tanto, preparaba el sancocho y no dejaba de mirar de reojo. Yo aprovechaba aquello para darme un banquete de limpia belleza, escribió Dante que la beatitud se funda en el acto de ver, miraba a Lina María a mis anchas, con todo mi espíritu quería percibirla hasta el fondo. La niña en ningún momento se notaba turbada. Tiene quince años y un novio al que recibe en su casa para evitar habladurías. No le gusta salir a ninguna parte, sólo a la tienda. Es extremadamente seria. Ya ni siquiera acompaña a su madre a trabajar cuando sale a limpiar casas ajenas o a cocinar. No, a Lina María lo que le gusta es quedarse en casa y, ¿a qué se dedica? Encargarse de las labores del hogar, ella es la responsable de la comida y el lavado, la casa es un lago limpio bajo el cielo. Lina está orgullosa de ello, no hay nada más importante en el mundo que tener la casa como para la llegada del papa. Lina María no parece y no es una sirvienta. Es una niña perfecta, una hermosura a la que la pobreza y la situación han enseñado a trabajar. En lugar de ocuparme de Pedro Botero, preferí permanecer en la cocina, hablando con Lina María y su madre, que se volteaba para escuchar mientras seguía pelando papas, yuca, arracacha, y las echaba, ya lavadas, a la olla con agua hirviente, mientras yo seguía con avidez los movimientos de Lina María y ella me miraba con interés, me sostenía la mirada y cuando yo insistía en mi despiadada admiración, en mi ansia de beberla con los ojos, casi en acariciarla, ella aliviaba la tensión con una deliciosa sonrisa de candor que me desarmaba y me hacía bajar los ojos. ¿Que si era fácil escribir? Sí, muy fácil, no hay que ir a la escuela, sólo leer, escoger bien las palabras, leer mucho y escribir, contar las cosas que uno ve y las que imagina, contar lo que a uno le cuentan, lo que ve en los sueños, mezclarlo todo, entenderlo si se puede, y si no, dejarlo así, hacerse del vicio de mirar, escuchar, sentir y escribirlo todo y así cada vez va a ser mas fácil. ¿Sí?, preguntaba Lina María, ¿es así de fácil? Y luego te fijas en los signos de puntuación, en las comas y los puntos. Todo lo demás sobra. Y piensas en la gente todo el tiempo y te inventas lo que harán o harían si se atrevieran y comienzas a contar historias de amor. Todas las historias son de amor, ¿te has dado cuenta? ¿Sí? Sí, claro, todas son de amor, eso ya lo había notado la niña. Las historias de amor que se cuentan con amor son las más fáciles, las mejores, las que uno siente que son verdad, porque si algún día alguien las lee va a vivir lo que inventamos. ¿Así de fácil? Sí, Lina María, así de fácil.
La señora seguía cocinando el sancocho y con la oreja me acechaba como una gata madre. Lina María ahora lavaba los platos, terminaba de hacerlo, se secaba las manos en la camiseta, volvía a sentarse al frente mío, colocaba sus manos entre sus piernas, sus blancas tersas piernas. Volvía a preguntar, informaba de sus intimidades sin pudor. Claro, tenía novio, todas las chicas de su edad debían tener novio —Lina María bajó la voz y entornó los párpados—y ella guardaba sus secreticos, cosas personales para escribir, lo malo era que no había cuadernos en casa y además faltaba la tranquilidad, su cuarto no tenía candado, la gente podía leer sus cosas y qué desagradable, ¿no? Mejor aquí en la cabeza, decía señalándola. La madre escuchaba en medio de la preparación del sancocho y luego movía el arequipe en una enorme paila con una cuchara de madera —nadie que no sea la cocinera debe mirar el dulce antes de que esté en su punto, si lo hace, el arequipe se corta y se convierte en una especie de engrudo apestoso—. Los lindos ojos claros de Lina María destellaban, me miraba con afecto. Hizo más. Preguntó detalles sobre la historia de amor en Araracuara. No pude acabar de contarle. Su madre terminó el trabajo, cobró su sueldo, se despidieron y allá fue Lina María, a quien hubiera querido despedir con un beso. Hay escenas que se pierden en el tiempo y desde ese mismo instante se convierten en la más triste carne de nostalgias. De nostalgias sin sustento, que son las más perniciosas e inolvidables. Se perdió en la espesura de los gualandayes y los platanares y las plantaciones de yuca, le dije adiós, adiós bella niña. Llegaron los invitados, cenamos, el sancocho estaba fortalecedor, muy colombiano, puras harinas, pueblo de harinas, tomamos aguardiente, pueblo de aguardiente. Y cuando cayó la noche salí a orinar a los platanales y escuché movimientos entre las ramas y tuve un sentimiento de temor, la región es selvática y podría haber tigrillos u otras fieras menores pero peligrosas. Comencé a escapar sigilosamente hacia la casa y escuché un susurro. ¡Escritor! ¡Escritor! Era Lina María con su cuerpecito entre las frondas. Me alcanzó, me tocó un hombro. “Escritor, cuénteme la historia historia de amor de Araracuara a mí solita. Me encerré en mi cuarto y le dije a mamá, voy a dormir, apagué la luz y salí por la ventana para venir a verlo y he estado esperando aquí, queriendo que saliera, lo he visto con la gente, tan serio, diciendo tonterías, sólo a mí me cuenta cosas buenas, historias del verdadero corazón, cierto? Estuve esperando que saliera, queriendo que saliera, y aquí estoy. Cuénteme la historia de amor”. ¿Pero dónde? Venga, me dijo. Me tomó de la mano y me llevó entre la espesura, confíe, escritor, soy muchacha buena. Llegamos al lado de un pequeño estanque donde el hermano de Pedro Botero cultiva truchas. Este lugar me gusta, dijo Lina María, por la mañana vienen las garzas a pescar las mojarritas y yo las veo y me siento muy quieta y ellas me rodean y casi puedo acariciarlas. Si las hadas habitaran el mundo, Lina sería la más bella y la más discreta. Me gustaría ser una vaca sólo para que las garzas se montaran en mi cuerpo a sacarme garrapatas, dice, y al decirlo me hace recordar a mi amigo Montañovivas. Sentémonos aquí, me haló tiernamente y me obligó a sentarme. Su mano era dulce pero firme, acostumbrada al trabajo, la piel un poco áspera y agradable. A la luz de la luna entre las frondas vi el brillo de sus ojos y supe que en aquel instante de mi vida debía cumplir una misión sagrada: contar para Lina María la más bella historia de amor, luego darle un beso y despedirme para siempre. Eso fue lo que hice. No tuve corazón para dejarle el final original, sino que lo arreglé de modo que tuviera un desenlace a su gusto. Lina María, espero que no me olvides. Yo por mi parte sé que siempre estarás en mi memoria.

CINCO


Como el motor de la lancha tardaba en secarse tuvimos que esperar dos días al lado del torrente. Parecíamos dos místicos contemplando el aparato, dos suplicantes mirando el sol, soplando y frotando aquel dios impasible del cual dependía nuestra vida. Seguíamos alimentando la fogata y compartiendo historias. He aquí la que Riascos llamó “De las hermanas boyacences”.
Iba Mariño Riascos, con su habitual paso de soñador y filósofo solitario, dueño de los territorios del Caquetá y el Putumayo, caminando por la calle que conduce a su apartamento en Bogotá, cuando vio a una mujer joven y relativamente bella que pensaba conocer sin precisar del todo, asomada a una ventana, con el torso desnudo en todas sus partes, visión insólita en Bogotá, no sólo por el frío sino por la natural pacatería de los habitantes de esta ciudad. La mujer lo estaba mirando con angustia e inquietud. Era como si quisiera decirle algo y no se atreviera o como si estuviese en un grave aprieto, del cual esperaba salir con la ayuda del pasante. Mariño fingió indiferencia y volteó a mirar a otro sitio de la misma casa y vio a otra muchacha, muy parecida a la anterior, limpiando los vidrios de la ventana del segundo piso, pero con una particularidad algo llamativa: lucía una minfalda y ostentaba una apabullante falta de calzones. Esta mujer, al verlo, también manifestó ansiedad grande. Las dos hembras parecían hacerle gestos que el explorador amazónico no supo entender. Ya iba a pasar de largo, cuando la intranquilidad de las damas se concretó en señas, que lo invitaban a acercarse. Mariño, acostumbrado a sucumbir y aquejado por su debilidad en asuntos de féminas, se dijo que nada perdía con poner atención a las gesticulaciones de esas criaturas. ¿Qué tal si resultaban ser las gesticulantes unas doncellas encantadas por algún embaucador como el malandante Arcalaus?
—Veo que tienes fresca la lectura de las andanzas del Caballero de la Triste Figura.
—Don Quijote me ha acompañado por años y sólo gracias a él y a una especie de atril flotador —dijo con aires de suficiencia—, es que he podido sobrevivir a los calores de los Llanos Orientales, donde tengo mi finquita. Me siento con mi flotador, mi libro, un gran sombrero, y mis vergüenzas acariciadas por los pescaditos, en medio de un río más tranquilo que un sepulcro y allí paso las horas. Puedo decir que conozco a Don Quijote de la coronilla a las verijas. Aunque no lo crea he leído toda una biblioteca de Alejandría bajo el sol del Casanare.
— ¿Y qué pasó con las doncellas? — dije, ignorando su baladronada—. Porque sin duda eran doncellas.
Mariño afectó no haber escuchado.
Súbitamente pudo centrarlas en su memoria: eran las hermanas Durán, famosas en el barrio de Palermo por recatadas. Las había visto en la tienda de abarrotes de la esquina. Mujeres lindas, como lo son las jóvenes ("una a una y sin excepción", aclara Mariño.)
Agreguemos que Riascos, con todo y su condición de adorador del género, dice evitar a estas alturas de la vida a casi todas las mujeres que se le insinúan por elemental prudencia: dos divorcios, varios hijos conjeturales y sólo uno asentado en notaría, infinidad de líos, dos casas cedidas, parte de su sueldo en pensiones, lo han hecho cauto.
Cauto pero no pendejo, se dijo: aquellas dos criaturas eran exquisitas y propicias, además estaban en la flor de la edad y de las curiosidades insatisfechas. Las hermanas —eran hermanas, pronto lo sabría— abrieron la puerta y tomaron a Mariño del brazo. Lo invitaron a paladear un tinto y el hombre, ya más tranquilo (una de las Durán se había puesto su blusa y otra tal vez unos lindos calzones de encaje) se dijo por qué no. Estaba tomando su tinto, sentado a la mesa, con las dos vestales...
—Lo dicho, son chicas castas.
“Ahí estaban las dos vestales a lado y lado y yo como un Sardanápalo dichoso esperando el desenlace de aquel lance de amor”, dijo Mariño Riascos abriendo los brazos con las palmas de las manos hacia el cielo, como esperando la caída del maná, y yo pensé que su estilo de contar verificaba su afirmación de que era adicto acérrimo al Quijote—, “cuando las dos muchachas ("muchachas decentes", aclara), comenzaron a acariciarme y cantaron alabanzas a mi chucha”. Y es que Mariño Riascos, como buen caminante del Amazonas ha aprendido que el olor personal es muy importante y lo cultiva con cariño. Tu olor nos ha dejado trastornadas, dijo una de las hermanas, y la otra procedió a explicar todo el asunto: "Somos hijas de un matrimonio campesino de origen boyacence. Fuimos traídas casi a la fuerza a Bogotá, donde permanecemos encerradas todo el día haciendo labores de la casa y sólo tenemos permiso de salir a la tienda por las tardes." En la tienda de abarrotes conocieron a Mariño: sus ojos claros, su porte de gran maestro oriental, su elegante indiferencia, esa capacidad para burlarse de todo y respetarlo todo, habían subyugado a las dos mozas y muy en secreto se habían prometido una especie de venganza contra sus padres y contra la vida de monjas recoletas que llevaban. Una y otra, Angustias y Piedad, que así se llamaban, dijéronse que el día que fuera propicio se entregarían a ese hombre visto en la tienda de abarrotes sin medir consecuencias. Y ese día, Mariño Riascos, había llegado.
Mariño se frota las manos y sus ojos parecen llenos de pólvora a punto de reventar. Escucho un rugido lejano, el sonido de las cuerdas de las hamacas al rozar con los troncos que las sustentan, el fragor de la corriente del río y —nadie me va a creer esto— el crepitar de unas estrellas tan brillantes y cercanas que parecen estar al alcance de la mano en un cielo de un azul oscuro tan espléndido que me siento habitante de otro mundo más nuevo. (Parece extraño, pero la historia de las boyacences duró toda la mañana, toda la tarde y parte de la noche. Mariño era, es, un espíritu ultrabarroco, y gusta de suspender a cada instante su relato para apretar las tuercas de la realidad: aportar más leña al fuego, ajustar las hamacas, asegurarse que los mosquiteros sean inexpugnables, hacer una disquisición sobre la misteriosa y falsa monotonía de la flora y fauna del Amazonas).
Mariño suspira como quien se apresta a sacar del baúl su mejor recuerdo.
Los padres se ausentaron. Salieron rumbo a Boyacá con el objetivo de rentar una casa en la cima del verdor de una colina y huir de la capital. Dejaron por error una copia de la llave de la puerta al mundo. Estaban pues dadas las condiciones para uno de esos célebres coitos impunes que cantaría algún casi desconocido tergiversador de De Quincey. Sería posible llevar a cabo una breve fechoría sin que hubiera testigos ni consecuencias vecinales. Habiendo entendido Mariño El Misericordioso el alto papel libertario y heroico del regocijo que le proponían las jóvenes, se dijo dispuesto, y fue llevado al lecho de los boyacences padres, donde las dos rubicundas doncellas procedieron a desnudarse someramente, se tendieron a su lado y tras olerlo con deliete palmo a palmo, supieron lograr que él, a sus sanos sesenta —¿setenta?— años, hiciera rendir el ánimo de su parte secreta, hasta conseguir gritos de dicha de las dos hermanas, que le agradecieron grandemente y se despidieron de él quizás para siempre.
(Aquí me permito una aclaración sin disculpa: no quise reproducir el habla de Mariño Riascos, por ser demasiado florida e incluso arcaica, además por entrar en inmoderados detalles que podrían extraviar al paciente lector. Preferí utilizar el estilo indirecto, que me permitió hacer una edición más soportable de la historia, aunque sospecho se me colaron más adjetivos de los convenientes.)
Sentí mucho alivio cuando pudimos montar de nuevo en La Vaca Loca. Antes de alejarnos de la cascada por la que nos habíamos despeñado disfruté largamente de la majestad de las aguas. De improviso tuve una negra visión del futuro. Me di cuenta de que había algo totalmente absurdo en este viaje. ¿Cómo diablos íbamos a poder subir con aquellos tablones mal armados y ese par de motores prehistóricos por donde habíamos bajado casi desbarrancándonos? Me atreví a preguntarle a Riascos.
—Eres más tonto de lo que pensé y has visto pocas películas de aventuras en la selva. ¿No te acuerdas de una película que se llama Fitzcarraldo o de otra que se llama Aguirre, la ira de Dios? ¿No has leído los libros de Castro Caycedo?
Sí, recordé haberlas visto. También leído el libro.
—¿Y qué hacían los exploradores cuando no podían avanzar río arriba en sus botes?
—Los sacaban del agua y los llevaban por encima de las montañas.
—Pues eso vamos a hacer cuando regresemos... si es que regresamos.
Llegué a la fácil conclusión de que Riascos tenía algún tipo de lesión cerebral. De verdad se había creído las patrañas de Werner Herzog. La nimia diferencia entre la fingida epopeya de Herzog y la nuestra era que el director cinematográfico disponía de millones de dólares para emprender sus hazañas de celuloide, y nosotros no teníamos sino el encanto personal, bolsas de chucherías y las artes fabuladoras de Riascos.
Pero como de alguna forma creo en Dios y sé que no abandonará a este insensato que soy, decidí abandonarme a la suerte y dedicarme a llevar un diario (que es el que con ligeras variaciones está trajinando el amable lector) y esperar mejores tiempos.
Tras un día de navegación llegamos a un remanso y con el sol de la tarde atracamos. Riascos se dedicó a cortar palmas. Con las hojas hicimos un techo para La Vaca Loca. Dijo que tendríamos que pasar varios días bajo el sol y que sin techo terminaríamos rostizados. Un rugido hizo cimbrar la selva entera y puso en franca huida a Riascos, que se refugió en La Vaca. Dijo que la cosa se había fregado: ya no podríamos desembarcar porque una pantera había decidido incluirnos en su próximo menú. Dormimos bajo la enramada de La Vaca Loca, a escasos diez metros de la orilla donde una briosa bestia de ojos verdes y pacientes se tendió a mirarnos casi con cariño. Soñé que en torno a su cuello había una servilleta y que el animal nos devoraba con cortesía real.


Después de una noche de sueño difícil en la Posada del Alto del Águila —el flaco hijo de los mormones no dejaba de removerse en el segundo piso de la litera y los omnipotentes zancudos habían violado los anjeos aparentemente invulnerables y hacían una fiesta grande— al levantarme vi una fila de excursionistas esperando para bañarse en la única regadera. Ya estaba adentro Yolanda y su perro amante hacía esfuerzos por colarse entre las piernas del objeto de su pasión. Gemía frente a la cortina maltratada y Fray Rebelde agarraba al cuitado del pescuezo, tratando de contener sus ímpetus de peludo enamorado. Yo descendí por las escalas de madera hasta el río Loretoyacu con la intención de nadar un momento. Fue imposible. Toda la orilla era una sopa de chocolate espeso. Luego regresamos en lancha a desayunar a Puerto Nariño. Compré ropa deportiva —todas mis prendas estaban húmedas. Una de las condiciones a las que tiene que adaptarse el visitante de la Amazonia es la humedad. Un minuto después de ponerse ropa seca, el personaje la vuelve a tener totalmente mojada— y volvemos a remontar el río Loretayaku —Yaku, agua— rumbo a Santarem, pequeña comunidad tikuna (en Santarem vivió Henry Wickham, “excéntrico inglés” que fue el primero en exportar subrepticiamente semillas de hevea, los árboles del caucho, a Estados Unidos, cuando el gobierno se vio acosado por la necesidad de alimentar la insaciable necesidad de llantas que imponía la gran guerra —informa Wade Davies—. Esta exportación de semillas, cuatro décadas más tarde, terminaría con la industria brasileña del caucho. Los norteamericanos harían plantaciones en Asia, que terminarían por producir el 99 por ciento del caucho mundial).
Nos detenemos un instante y, ¡ahí está!, una tikuna semidesnuda sobre una especie de balsa precaria formada por unas tablas amarradas a gruesos troncos de balso. Está lavando la ropa y los trastos de cocina, sobre sus piernas desnudas, lustrosas, al tiempo que ella misma se baña. Como una aureola la rodean mariposas de colores. (Esa imagen de la mujer en el agua ha subyugado a muchos navegantes y aventureros, hasta convertirse casi un arquetipo. Así la vio Antonio Núñez Jiménez en la excursión En canoa del Amazonas al Caribe: “Mientras conversábamos con Nicasio y Leonardo, una madre, desnuda de la cintura hacia arriba, amamantaba a su tikunita dentro de las aguas de la laguna de Cushillococha”.)
¿Podría haber forma más placentera de lavar trastos y ropa que hacerlo así, en medio del paisaje con todo un río como escenario, ella, totalmente integrada, bajo la sombra de un yarumo, bellísima, sonriente, tímida, medio atrevida y medio temerosa, sabedora sin duda que es el paisaje más feliz que pueda depararle a un ser humano la naturaleza? ¡Ahí está, ahí está!, grita radiante el Chirri, a quien ya le he contado mi novela de Araracuara, ahí está la india de tu cuento. Corregida y aumentada, una imagen pastoril, una estampa de hermosura salvaje, en medio de la fronda del Amazonas, el más noble animal humano que se pueda imaginar.
Los indígenas no usan detergentes sino cierta savia que tiene cualidades propicias para limpiar. Los huitotos mezclan semillas de guarumo con hojas de coca seca y los maceran hasta tener un polvo homogéneo y hacen bolas que están masticando. A eso se llama mambear. Eso los llena de energía, es tranquilizante y su efecto provisional no produce hambre: horas o días después tienen que comer tenazmente. Yo no he tomado yagé, pero sí tuve la experiencia de los hongos, que cifré en una novela. Gracias a los hongos uno se siente Dios. Ni más ni menos. Pero es necesario tener el guía propicio y el estado de ánimo adecuado. Cuando el discípulo está listo, el maestro llega. Cuenta Wade Davies que Gordon Wasson, banquero y vicepresidente de una gran compañía, visitó a María Sabina en México, que ella lo invitó a una vigilia y a comer hongos. Wasson describió esa “experiencia que le desgarraba el alma”. Este Wasson fue el mismo que desencadenó el interés mundial por los hongos sagrados. Como los camellos, los indígenas gracias a la coca, almacenan la energía. Es una especie de batería natural. La legalización de la coca acabaría con el problema del narcotráfico, dice Chirri. Pero eso no conviene a los negociantes.
¿Quiénes son los huitotos? Habitantes originales del Putumayo, gran río al norte del Amazonas, se difundieron por el Carapaná y el Iguaraparaná, fueron ellos los que sufrieron con mayor intensidad el avasallante avance de los caucheros. Cuenta Wade Davies que Miguel Loayza, capataz de un depósito de caucho llamado El Encanto, mandó incendiar una choza llena de huitotos, que a medida que iban huyendo de las llamas eran abatidos a balazos por el individuo; cuenta que allí había jaulas donde se encadenaban durante meses a hombres y mujeres, que “enloquecidos y hambrientos, esperaban ansiosos que las larvas de sus heridas maduraran”; cuenta que “había potros donde violaban a las mujeres y postes donde ataban a los hombres desnudos”; cuenta Wade que Loayza tenía encerradas a quince niñas de nueve a trece años, que eran sus concubinas, y que éstas “alcanzaban su adolescencia deformes, débiles y descoyuntadas para siempre sus caderas por las cópulas. De día permanecían encerradas en la choza. De noche llevaban una o dos niñas al cuarto de Loayza. Sólo cuatro veces al año veían todas esas criaturas la luz del sol al mismo tiempo, cuando llegaba el vapor de Iquitos y Loayza las compartía con la tripulación”. Las condiciones cambiaron. Muchos años después estuvo en el mismo lugar el botánico Schultes, maestro de Wade Davies en Harvard. Lo que halló fueron las ruinas de aquellos campamentos, y una misión en la que pudo ver “docenas de niños pequeños, todos en uniformes blancos, parloteando y correteando entre las piernas de un sacerdote en lo alto de las escaleras que bajaban al río. Yendo de aquí para allá y reuniendo a los niños había dos monjas con largos hábitos de tela blanca”. Dirigía esa misión un parlero sacerdote que había encontrado allí su edén, mascaba coca constantemente y se consideraba feliz lejos de la civilización y de las altas jerarquías eclesiásticas.
Para que nuestro guía hable no hay sino que darle un pretexto. No es un tipo jactancioso, sino un hombre básicamente sincero, que rebosa conocimientos y generosidad con el mundo que ha tenido el placer de habitar. Es un adorador de la belleza, donde quiera que exista. No un vividor, sino un cultivador de la naturaleza, de la naturaleza en general. Es de los que se alegran por la lluvia y por el sol, todo es una aventura para el Chirri y si súbitamente comenzara a temblar, se abriera la tierra, se desencadenara un diluvio, rayos, relámpagos, inundaciones, sin duda comenzaría a aplaudir el espectáculo. “¡Qué no he visto en esta selva de Dios! Yo soy hijo del Amazonas. A mí Londres y París me importan lo que le importa la soga al ahorcado. En este país de Dios se pierde el gusto por todo lo que no sea en verdad esencial. Este es el auténtico paraíso, amigo. La fortuna es que allá afuera hay espejismos y esos espejismos tienen embobada a la gente. Imagínate que todos esos atembaos quisieran venirse para acá y hacer edificios, hoteles, aeropuertos, imagínate que detrás de cada árbol te saliera un japonés con su cámara minolta y su disfraz de Hemingway en Kilimanjaro”. Después de su panegírico empieza la historia: “Llegué a una comunidad de yaguas y había una chica a la orilla del río. Me miraba muy fijamente y había atrevimiento muy especial en sus ojos. Buscamos la oportunidad para encontrarnos. Ella estaba con su mamá y familia, de modo que era difícil encontrar el momento y el lugar adecuado. Utilicé un pretexto para ir a la selva sin que nadie me siguiera. Le indiqué con los ojos hacia dónde me dirigía. Y efectivamente ella me siguió. Comencé a admirar la belleza de su piel, sus ojos grandes y brillantes, el cabello muy liso y destellante, pesado, grueso. Apenas se cubría con un vestido de tela muy liviana y era evidente que lo hacía más por coquetería que por ocultar sus gracias. Empezamos a sonreír y poco a poco nos fuimos aproximando. Cuando sentí su respiración muy cerca, me emocioné. Nos besamos y el beso dio inicio a un juego de intercambios, nos abrazamos y fuimos conociendo nuestros cuerpos. Yo sentía la suavidad y tersura de su tez, distinta a todas cuantas haya sentido. Al rayo de sol se veía espejear el color canela, un color casi líquido, movible de su piel. ¿Cómo decirlo? Era una piel que estaba muy viva, vibrante, con un pálpito que obligaba a pensar en los golpes de su sangre recorriendo el cuerpo con la pasión de un río crecido. ¿Has tenido una serpiente viva entre tus manos? Uno siente la tensión de los músculos bajo la piel. Esa era la sensación, pero no con el desagradable frío de las serpientes, que hacen pensar irremediablemente en la muerte, sino con la calidez del ser humano, del ser que hace pensar en la vida, en el amor. Uno siente una atracción tremenda, una especie de pulsión. La parte animal del amor estaba presente en aquella mujer. Todo lo demás es literatura. Tú me entiendes, escritor. Ese fue el primer encuentro y apenas estábamos cogiendo confianza. Fue necesario esperar otro día. La segunda vez fue tan emocionante como la primera. Nos quedamos de encontrar una noche en la selva. Como yo estaba con un mundo de turistas —era el tiempo en que llegaban a Leticia los gringos viejos de Miami y muchos orientales— y me correspondía la responsabilidad de cuidarlos, tenía poco tiempo. Además estaba el tema del necesario sigilo. Le robé una noche a mi sueño para estar con mi indígena. La noche anterior no había dormido pensando en ella. La siguiente tampoco dormiría pero por otra razón más concreta. Toda la noche había sentido su respiración en mi tienda solitaria. Entiendo esa noche en vela como una iniciación indispensable. O quizás fue que soñé su aliento ocupando el espacio de mi tienda de campaña. En la primera ocasión en la selva sólo fue irnos acercando, ganar confianza, olernos. Lo que es rápido es fugaz y nosotros queríamos prolongarlo. Ella sabía que yo no regresaría por esa ruta sino años después o nunca, y yo sabía que su vida en la selva estaría sujeta a muchos azares. Un mes más tarde podría haberse ido a vivir a otra comunidad, estar casada. En el siguiente encuentro utilicé el mismo procedimiento. Aquello era muy lindo porque estábamos en un lago de aguas casi inmóviles, el cielo y las nubes, los pájaros se reflejaban en el agua con una fidelidad tan increíble que parecía que estábamos flotando entre ellos. Sólo nuestra piragua rompía la inmovilidad, la perfección del mundo. Ella remaba. Hablábamos en portugués. Fuimos a un lugar especial escogido por ella. Ella iba en la proa remando. Lo repito porque ese hecho fue muy importante y lo conservo en la memoria y me moriré con el recuerdo. Parecía la primera escena de la existencia humana y yo me sentía el privilegiado de Dios. Ese instante no lo cambiaría por nada. Entramos a la selva. Caminamos hacia un lugar alto. El lago había crecido. Llegamos al punto clave. Comenzamos caricias, besos, la fui apreciando, esa belleza, un cuerpo a veces de madera dura como roca y en ocasiones suave como plumas de pericos australianos. Fue tan intenso todo aquello que yo sentía perder el aliento. Ella disfrutaba de cada instante, cerraba los ojos, sonreía, arrancaba en una especie de llanto de alegría o de risas nerviosas, toda ella parecía fluir bajo mis manos. Respiraba profundo, profundo, profundo, se emocionaba muchísimo. Cuando estuve en ella me apretó de manera recia, inconcebiblemente intensa, me abrazó como una anaconda con todos los músculos de su cuerpo, era como si quisiera poseerme de manera completa, que yo desapareciera en ella, que yo fuera ella. Nos despedimos. Ella quería que yo regresara, pero luego fue difícil, todo había cambiado. Tardé demasiado en volver al sitio de nuestros amores. Yo por esos placeres tan intensos me vuelvo yagua. Pero perdí mi oportunidad. Ahora solamente soy un guía y ando como loco Amazonas arriba Amazonas abajo, buscando una como ella. Y es que cuando la encontré ya no era la misma. Sería ocioso tratar de explicarlo, o reducir la historia a ciertos hechos no lamentables pero sí tristes. La vida es así”.
Se me ocurre en este momento comparar ese encuentro con otro, narrado por Álvaro Mutis, en el que Maqroll El Gaviero se involucra con una indígena. Un encuentro tan deplorable, tan humillante y triste, que reduce la protagonista a algo menos que un animal...


Tendidos en las hamacas. La mujer de Pedro Botero está ausente. Afuera se siente la callada germinación del mundo vegetal. Se huele a placer el aroma de la vida. Pedro me cuenta la experiencia de una antropóloga que llegó a visitar una comunidad en el interior de los Llanos Orientales. Los paramilitares, en cantidad de doscientos atacaron la población y mataron a las autoridades. Reunieron a la gente en la plaza central, formando un cordón en torno a ellos. Los obligaron a desnudarse. Hicieron desfilar a un grupo de guerrilleros que traían presos y amarrados con una cuerda y los situaron en medio del cerco de pobladores y paramilitares. Los ataron en forma de cruz sobre la tierra, con estacas y sogas. Comenzaron a descuartizarlos lentamente: les cortaron la lengua, las orejas, los dedos, los pies, las piernas, los brazos, hasta llegar a los troncos y luego los dejaron desangrando. Antes de que muriera el jefe de los guerrilleros, un paramilitar desató de su cruz a lo que quedaba del hombre, un muchacho alto, blanco, de ojos azules, que ya no era sino un tronco sangrante, insensible al dolor, con los ojos llorosos, como de pasmo o maravilla, una expresión de arrobo o de terror, sin brazos, piernas, orejas, lengua. El jefe de los paras le abrió el pecho con un puñal, metió la mano y le arrancó el corazón. Tras morderlo y arrancarle un pedazo, lo cortó en trocitos con una hachuela sobre un tronco de carnicero y dijo al pueblo que se pusiera en fila y fueran pasando uno a uno, y allí pasaron, desnudos, avergonzados, aterrorizados, a comer un trozo de corazón cada uno, y al que no quisiera comer, balazo en la nuca, ajusticiamiento somero, aquello era un sacrificio por Colombia, para que la guerrilla y el pueblo supieran quién tiene la razón y quién tiene la fuerza. Esto es para que el pueblo jamás olvide, este sacrificio no lo hacemos por maldad sino como un homenaje a la patria, a los que queremos ver libre a este país de los violentos, de los apátridas, de los Caínes.
Esa historia ya la escuché, con ligeras variaciones, pienso. Supongo que la antropóloga de este relato es precisamente la mujer de Botero. ¿Quiénes son los paras?, pregunto. Son unos asesinos a sueldo, eso son. Los guerrilleros, la mayoría, creen sinceramente en lo que luchan, tienen un ideal. Estas bestias de los paras son chacales, carniceros, mercenarios, cínicos.
Con siete días en Colombia he asistido a cuatro novenas. Pedro Botero reza con fervor. Conoce de memoria las oraciones. Cuando la tierra se convierte en un infierno al hombre no le queda otra alternativa de añorar el cielo. Los colombianos ya no se atreven a viajar, están prisioneros en sus casas, tratan de hallar en sus hogares consuelo. Fuimos ayer al nuevo parque de Villavicencio: un bosque de palmeras y árboles iluminados, coros de niños, vendedores, cientos de uniformados, soldados, policías, guardia cívica, guardia de tránsito, guardia de comercio. Le regalé cinco mil pesos al hijo de Rocío, la mujer de Pedro Botero. El chico levantó el billete contra un farol para mirarlo al trasluz, como si fuera un raro objeto cuya utilidad ignoraba. Excepcional niño, se deja el pelo largo, lacio, suelto, es silencioso, retraído, no le importan las burlas de sus amigos que le dicen que tiene cabellera de niña: él quiere ser a su manera y no le importa la opinión de los demás. Escucha, mira, no sonríe, parece estar procesando información y uno piensa que algún día de su reconcentración saldrá algo diferente. O tal vez vio algo que lo dejó pasmado.
Como cierre de mi estancia en Villavicencio le leí el relato de Araracuara a Pedro Botero. Hizo varias observaciones, aportó datos geográficos, le gustó en general el texto y lo halló fiel a lo que me había contado años antes. Dijo que Mariño Riascos no era un personaje convincente: que en el primer capítulo era un profeta y en los siguientes un demonio. Le faltaba coherencia. Que había varias simplificaciones, disculpables por provenir de un novelista que nunca había estado en la zona. Lo que le causó molestia fue el final. ¿No podrías cambiarlo? Le respondí que sí, que me gustaría hacerlo, pero que sería una impostura y todo acabaría en lo convencional.
— ¿Qué opinas de que yo vaya a Araracuara para ambientarme?
Arrugó el ceño y lanzó una carcajada.
—Mira, compañerito, mejor vete en un lindo paseo a Leticia y a la Amazonia turística, tomas unas fotos, caminas por la selva, regresas a Bogotá, tomas tu avión y a tu casita. Araracuara no está para juegos literarios. Allá sí hay bestias.
Entendí.
La historia de mi separación de Nereo, mi auriga desde Bogotá a Villavicencio, fue casi un divorcio. Él quería tenerme a su disposición para que le pagara los peajes de la carretera, escuchara sus hazañas de Casanova olímpico y casto —57 novias y con ninguna se acostaba— y asistiera a sus penas de amor. Logré separarme de él, en el instante en que Pedro Botero llegó por mí en su jeep. Nereo se resistía a separarse de su pagador de peajes, de su gran oreja, e insistió en que regresáramos juntos a Bogotá, pero yo me di las mañas para eludirlo y regresar en un Velotax, que no tuvo inconveniencia alguna en el trayecto, como sí las tendrían los viajeros horas más tarde por los bloqueos de la guerrilla y las amenazas de bombas en la carretera. La vida en Colombia es una ruleta rusa.
Casi lo olvido. La última noche, antes de despedirnos, Botero me leyó el I Ching. Hazle una pregunta, me dijo: “¿Es permanente mi relación con mi esposa y hasta el fin de la vida?” Me respondió así: "Para ser fuego necesitas adherirte a la madera. Debes estar adherido, condicionado, basarte en algo, con lo que el fuego tuyo adquirirá claridad. El fuego es sin forma definida, se adhiere a las cosas que arden y así brilla su claridad". El dictamen del I Ching, en palabras de Pedro Botero, es el siguiente: "Es propicia la perseverancia, ésta aporta éxito. Dedicarse al cuidado de la vaca aporta ventura. Todo lo que expande luz en el mundo, depende de algo a lo que se adhiere para poder alumbrar de un modo duradero. Al depender obtiene el éxito. La vaca es el símbolo de la máxima docilidad. Al cultivar el hombre esta dualidad, esta voluntaria dependencia, logrará una claridad nada hiriente y encontrará su puesto en el mundo".
Respuesta a la pregunta específica : "Se aproxima la senectud, el fin del día. El noble que cultiva su propia persona, ayuda a su sino y afirma con ello su destino. El intelecto arraiga en la vida, pero puede consumirla. Tienes un carácter demasiado inquieto, agitado, que logra un rápido ascenso, pero te faltan los efectos perdurables. Acarreará malas consecuencias el hecho de que te gastes demasiado rápido y te consumas como un meteoro".
Si Pedro Botero me hubiera sometido a un psicoanálisis durante cinco años no habría acertado tanto como con el I Ching. Sí, me consumo demasiado rápido, no sé disfrutar con fruición, me acabo pronto, dejo a mi mujer esperando el tren con demasiada frecuencia. Cuando Pedro terminó de interpretarme el I Ching dije, soberbio como soy y como reconozco serlo (a veces en broma, pero generalmente en serio) que mi carácter era más fuerte que mi destino. Mi amigo sonrió sin insolencia alguna. "Nadie tiene un carácter más fuerte que su destino". El I Ching es el libro más antiguo del mundo, 4000 años. En claro saco que mi relación con Susana San no sólo es duradera, sino necesaria. Que ella es el leño y yo el fuego, que para existir y brillar dependo de ella, pero que debo cuidarla para que no se acabe. Que primero me puedo acabar yo, por apresurado, por ansioso. El I Ching coincide con la apreciación que Susana San tiene de mí: dice que soy un apresurado, un acelerado, que debo serenarme. Es cierto: he logrado éxitos fáciles, superficiales, escribo banalidades y las hago pasar por literatura —nunca faltan los interesados que desgranan elogios a cambio de elogios, tal parece ser el mundo de la farándula intelectual. ¿Importa mucho la verdad, la calidad, el sentido? Y debes saber que es tanto mayor su gozo, cuanto más penetra su vista en la verdad, en que se calma toda inteligencia. En que se calma toda inteligencia. A Dante le bastó un fugaz vislumbre de Beatriz y toda una vida de reflexión para culminar su Divina Comedia. La clave del arte, y del arte de vivir, debe estar en serenar la ansiedad de ser más de lo que se es.
Pedro Botero me ofreció una espléndida cena, aderezada con picantes amazónicos que trajo Babel del Orinoco venezolano, y luego me prestó varios libros sobre el Amazonas y la colonia penitenciaria de Araracuara.

Marco Tulio Aguilera

2 comentarios:

  1. MT:

    Leído, sigue muy intensa la descripción, la crónica... No permite que uno se detenga, impulsa a saber más de la locación. Intensidad, las digresiones continúan precisas. Al menos yo voy aprendiendo muchas cosas que no sabía de la Amazonia. Ahora falta que empiece la trama, digo yo, no sé cuál es tu propósito. Te escribo atu dirección te menado el texto adjunto con algunos dedazos que vi
    Un abrazo:

    Félix Luis Viera

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  2. Gracias, Félix, tus comentarios me animan. La trama se va armando letamente y aumentando en intensidad. Espero que la novela salga publicada el proximo año. Leeré tus comentarios. Felices vacaciones!

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