LAS PRINCESAS DE MARCO TULIO


SOBRE MAELSTRÖM AGUJERO NEGRO

El escritor y periodista Omar Piña presentó el libro Maelström agujero negro de Marco Tulio Aguilera en la Feria del Libro Universitario el pasado 12 de septiembre. Las siguientes son sus palabras que fueron publicadas en el diario La Jornada-Veracruz.

Omar Piña - domingo, septiembre 13, 2009 CHINERO. Las “princesas” de Marco Tulio Aguilera Garramuño o… El que había estado en el paraíso y estaba a punto de salir
Columna

Agradecemos a Marco Tulio Aguilera Garramuño la autorización para reproducir Fábula del periodista que se convirtió en perro y que se incluye en su más libro, Maelström: Agujero negro. El texto está al final de estas palabras... Aunque puso un requisito: que cada compañero del gremio periodístico cambie el nombre de José K y ponga el suyo.

Para leer a este colombiano escapista de la melancolía hay que saber acomodarse en el sillón y pasar por sus letras como quien tiene la prudencia de permitirse ver la lluvia cuando sabe que es inevitable. Las posibilidades narrativas y las obsesiones de Marco Tulio Aguilera Garramuño son puntuales en su cita con la escritura, él lo sabe y lo reafirma en cada página donde con maña y buen arte vierte y mezcla, se burla, disfruta, cita y defenestra.

Su Maelström: Agujero negro, editado por la Universidad Veracruzana en su colección Ficción, es un libro de caprichos bien definidos pero, sobre todo, defendidos con sobriedad, sin la bellaquería del que escribe mucho, rápido y además, pretende publicarlo todo. Este libro es del escritor maduro que ya ha perdido la vergüenza de contarlo todo pero que sabe guardarse algunas palabras, esas que le permiten a cada lector hacer una versión muy particular de la lectura.

Aquí el escritor colombiano se reafirma como un excelente contador de historias; así de simple, sin otra pretensión que eso: contar una historia con la maña del oficio. Así pues, su libro es una buen caldero donde se cuece ese todo que para un novato puede ser arbitrario, pero que en las manos de un escritor con experiencia son caprichos de quien tiene la astucia de sostener una campana catedralicia con apenas unos centímetros de hilo.

Marco Tulio no se agota como el simple descriptor que señala cada cosa para asignarle un nombre y volver a fundar el mundo que nos rodea. Al contrario, me parece que es tan hábil, que sabe medir los tiempos y los compases de la lectura y a eso ya no se le puede llamar maña, sino dominio del oficio. Donde puede brotar una ámpula, donde la frase puede llegar a ser grave o tediosa, él sabe cortar y coloca lo que a simple vista parece una ocurrencia, una exageración o hasta una barbaridad.

Este presumido colombiano tiene la pericia de narrar que sabe destripar los monumentos de Shakespeare y que para ensayar su novela “amazónica” leyó más libros que los que pudo reunir el viejo Ryszard Kapuscinski para escribir su epopeya titulada Ébano. Es presumido pero, qué caray, un escritor es primero sus libros de lectura. No llega a la altivez porque como bien lo escribe en su ¿ensayo?, ¿crónica?, ¿narración?, bueno, en el texto llamado El amor en Shakesperare: “Quien miente se miente. Quien roba se roba. Quien engaña se engaña”.

Insisto en que es un libro extraño, pero tan bien escrito, que engancha. Y en él, su autor reafirma lo que le he escuchado decir en tantas ocasiones, que se escribe para sentir placer o mejor dicho, para que no se extinga esa llama de la vida que intentamos no se apague y que guarecemos con las manos. Y como es ocioso buscar el significado de todas las cosas, quizá es mejor aprender a decirlas con otras combinaciones y una vez encontradas, atreverse a pronunciarlas.

Este libro pudo ser una glosa de bitácoras o una antología. Pero más bien son las “princesas” de Marco Tulio Aguilera Garramuño, porque es el que es a pesar de sí mismo. Y escribo que son “princesas” a partir de la jerga periodística, que denomina así a la primera nota, la más importante de la edición, la que resalta sobre las hermanas y las primas que la acompañan en la primera plana, la que no se acuerda de las parientas arrimadas que la mano de un editor mezquino puso en los interiores, rasurada y sin foto.

“Princesas” de Marco Tulio Aguilera Garramuño son los relatos, el diario de viajes, la crítica a sus mayores y a sus menores, la encantadora hamaca en la que permite el vaivén de la melancolía, el mapa para detectar el amor en los clásicos, la fábula, la verdad traspasada con la aguja de la ficción y el ensayo.

Maelström: Agujero negro, qué libro tan presumido y tan raro. Ajá, imagino el rostro malicioso del escritor basquetbolista llamado Marco Tulio Aguilera Garramuño cuando practica su deporte favorito: descubrir que alguien lo está leyendo. Entonces adopta la postura de tres cuartos y con el rabillo del ojo se percata de la página y como es tan memorioso, prepara la cita adecuada. Según la víctima, será la cita, que en su caso aplica en las dos acepciones: el nombre femenino y el sustantivo femenino.

Voy a tratar de ser un buen narrador para explicar el deporte de las citas de este relator que, cuando ejerce periodismo, se hace llamar Míster Colombias. Si el señor está frente a una muchacha hermosa, hermosa tiene que ser como describen a las mujeres los poemas cubanos o los brasileños, entonces Míster Colombias se pone su traje de fauno y adopta la cita de nombre femenino: “acuerdo o compromiso entre dos personas acerca del lugar día y hora en que se encontrarán para verse o tratar algún asunto.” Como se dice en la banqueta; “con estos ojos lo he cachado yo.”

Si el pez muerde el anzuelo, campanas al vuelo: habrá un cuento. Si el pájaro no pica, todo se queda en “aquella imagen perfecta de la inocencia velozmente defenestrada”, que se lee en un subrayado que hice al texto El sentido de la melancolía.

Pero si el rabo del ojo de Míster Colombias lleva información a su cerebro que se trata de un hombre y además feo, el señor se toma la molestia de concretar la cita de sustantivo femenino: “mención, nota o alusión” pero si además se percata que el interesado sabe leerlo, hay un plus: suele regalarle un libro, de los escritos por él, por supuesto.
Y como yo soy feo, me concreto a finalizar con una cita a Marco Tulio Aguilera Garramuño; dos, mejor dicho:

“¿Cómo lo hiciste, Señor? Ah, rufiancillo, cuántas cosas sabes que ignoramos los hombres, gusanos coronados.”

“El diablo es la mejor astucia de Dios. Su mejor cómplice.”

FÁBULA DEL PERIODISTA QUE SE CONVIRTIÓ EN PERRO

Texto incluido en Maelström agujero negro, Editorial Universidaed Veracruzana, Colección Ficción.

Ésta, amigos, es la extraña historia de un periodista que se convirtió en perro. Aclaremos que no quiero ofender a los perros, y que si uso a este animal para ejemplificar una situación eminentemente humana –la de la degradación de un ser humano– es solamente por el hecho de que el perro, desgraciadamente, se ha convertido en símbolo de varias virtudes y de varios defectos: la humildad o el servilismo, la fidelidad, son algunas de esas características. Comencemos: José K –permítaseme utilizar este nombre de prosapia literaria– estudió en una facultad de periodismo, digamos la de la Universidad Veracruzana, para no ir muy lejos. Cuando salió al mundo estaba dispuesto a cumplir con algunos ideales como defender la justicia, no transigir, escribir lo que sinceramente creía, no bajar la cabeza ante los poderosos, no estar dispuesto a venderse a ningún precio, no bailar el baile que todos han bailado ni tender la mano indigna para recibir dinero que no se hubiera ganado honestamente. Mientras fue joven y soltero cumplió con sus objetivos: había que ver sus artículos, sus entrevistas, observar sus ojos fulgurantes y su pluma veloz. La verdad es que no tenía ni coche pero aun así cumplía con sus citas. (Hoy tiene un Cutlass último modelo y no sólo no cumple sus citas, sino que casi por principio se queda en su oficina, mirando la televisión, dando órdenes a sus subalternos, chismorreando con sus amigos y sacando de vez en cuando su pomito de brandy para echarse un trago veloz, de modo que pueda soportar alegremente las tres horas que permanece en su puesto de trabajo.) Antes, cuando aparecía la firma de José K en un artículo, los lectores se relamían el bigote o parpadeaban para aclararse la conciencia antes de emprender la lectura. Porque K siempre esgrimía verdades. Era temible nuestro K en aquel tiempo (hoy es risible: tiene una pancita cervecera y no se atreve a emitir juicio alguno si no hay un poder dictándole al oído). Pues resulta que K se casó y le fue necesario tener un poco más de billetes. Entonces aceptó un consejo de otro viejo periodista: “No sé por qué te complicas la vida, si es tan fácil cerrar los ojos y dejarse ir con la corriente.” Por primera vez escribió por consigna y desacreditó a un líder político. El resultado fue que le comenzó a ir bien. Pronto se supo en los círculos del poder que K rentaba su pluma y comenzaron a lloverle trabajitos. “Mira que el alcalde es de la oposición y necesitamos recuperar la alcaldía; fíjate si hay algo por ahí, si tiene algún trapito sucio que le podamos sacar al sol, dicen que le gusta entrarle al polvito fino.” Y ahí iba nuestro K a escribir el chisme, sin molestarse en investigar. Al fin y al cabo era más fácil permanecer en la oficina, desarrollar la imaginación y tender la mano. Pues sí, la pluma de K comenzó a ser poderosa al tiempo que K se hacía menos insolente, más dócil, más perezoso e indolente. Ya no pensaba por sí mismo, ya no le interesaba ver el mundo –además con el crecimiento de su poder, ya no necesitaba mojarse el trasero para ganar la nota: ahí estaban los esclavos, pero aun a ellos les inculcaba su filosofía: “hay que tocar a éste ni a este otro, al de más allá hay que buscarle las pulgas, hay que escribir siempre de modo mesurado y no aventurar opiniones personales, jóvenes, somos asalariados y debemos fidelidad al patrón; la disciplina es fundamental”. Y así le fueron creciendo la cuenta y la panza a K. Su mujer comenzó a ir al club y a comprar en Fábricas de Francia y sus hijos estudiaban en colegios privados y hablaban inglés a la hora de la comida y todo iba bien, y él se codeaba con los poderosos y el mundo pintaba de maravilla, hasta que una mañana, al mirarse al espejo, descubrió que le estaban creciendo pelos más robustos que de costumbre y que le salían en sitios insospechados, y que cada vez le era más difícil afeitarse. El crecimiento de esa pelambre con el curso de los días se hizo tan desproporcionado que José K ya no pudo salir a la calle. Todo ello se vio agravado por el hecho de que una mañana no pudo ponerse en pie sino que descubrió que sólo podía andar en cuatro patas. Se paró como pudo poniendo sus dos patas delanteras en el lavamanos y descubrió frente al espejo, con enorme horror, que ya no tenía cara, sino un feo hocico de perro.

Marco Tulio Aguilera

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