YO TE PREMIO, TU ME PREMIAS: LARA ZAVALA: PREMIO ELENA PONIATOWSKA

Me dio mucho gusto que le dieran el Premio Elena Poniatowska a Hernán Lara Zavala porque es una buena persona y un buen amigo. No me dio tanto gusto porque su novela Península Península --publicada por Alfaguara ("Alfaguarra" la llama en gran Huberto Batis)es una obra débil, escrita con un estilo deleznable y que no llega al fondo de un tema tan fundamental como la guerra de castas y la caída del imperio maya. Se supone que ese premio se otorga a la mejor novela escrita durante un año en el ámbito de la lengua castellana. Y la de Hernán es una obra de corto alcance. Podría mencionar veinte novelas de altísima calidad que podrían honrar este premio.
Para fundamentar esta opinión voy a remitir a los lectores de este blog a una reseña que publiqué en la revista Crítica de la Universidad de Puebla, cuya ficha buscaré proximamente, y si lo logro, subiré íntegra a este blog.
Y lo anterior me lleva a comentar esa confabulación mundial de una serie de autores, unos buenos y otros más o menos, que se reparten los premios no basándose en la calidad de las obras sino en la cantidad de poder que pueden tener los premiados. La idea es vieja: yo te premio tú me premias. La sociedad de premiadores de amigos no es muy grande pero sí poderosa, y contra ella los pequeños --entiéndase "los que no tenemos poder"-- no podemos hacer casi nada...más que mantener tensa la línea y sostener firme el timón del criterio... aunque cada vez que emitamos una opinión se levanten las olas.



Península, Península
Península, Península, Hernán Lara Zavala, Alfaguara, México, 2008.
Marco Tulio Aguilera

Me sorprende la sencillez, la falta de efectismo con que Hernán Lara Zavala inicia su novela Península, Península. No trata de sorprender ni de atrapar ni engañar con adjetivos deslumbrantes y situaciones extraordinarias. Nos hace entrar a su mundo de blancos ricos, hacendados, curas, mayas, obispos, damas de la sociedad de la península mexicana con suavidad. El poderío de la novela comienza con el asentamiento en la mente y la sensibilidad del lector de personajes que casi de inmediato se vuelven entrañables: el novelista, el obispo Onésimo, la señorita Belle, los hermosos y conmovedores mayas. Lara afronta varios difíciles retos. Quizás el más difícil sea cómo perfilar a sus personajes mayas sin ser paternalista y jugar el juego del buen novelista tratando de comprender al buen salvaje.
Casi al inicio tenemos la descripción sencilla, casi elemental, de una mayita, que es sin más, conmovedora, pues, al enfrentarla con la convencional mujer occidental, sale la civilizada perdiendo por falta de gracia, de naturalidad:
Observó a las mujeres: la madre entrada en carnes, se veía joven y sonriente, pero la chica, morena y de piel brillante, estaba muy bien formada y no de mal ver: de talle corto, piernas fuertes, cintura estrecha, amplias y redondas caderas, el cabello partido a la mitad y recogido en un chongo. Vestían el típico terno blanco con bordados en el escote y en la parte inferior de la falda. Las indígenas le atraían. Eran más graciosas, espontáneas, delicadas, más mujeres que las españolas, ya no digamos que las inglesas o las irlandesas.
Quien percibe de esta manera a la mayita es el doctor Fitzpatrick, doctor irlandés, alcohólico, palúdico, seguido por un perro callejero que se convierte en su sombra y su único amigo, y por un imaginario buitre. (No puede uno evitar pensar a en Lowry, máxime si conoce las inclinaciones de Hernán hacia cierta literatura norteamericana e inglesa).
Digno de recuerdo, por humano y humanizado, es el obispo Onésimo quien disculpa sus propias debilidades de la carne mediante las buenas acciones. Y la delicada señorita Bell, la institutriz contratada por el hacendado Quintín Silvestre quien poco a poco va descubriendo el horror y el encanto de los mitos mayas.
Hay un elemento que no sólo le da color a la novela, sino que crea un ambiente familiar, como que hace que el lector entre en la intimidad de la provincia: el uso de palabras mayas (bobosh, huay chup, chu chu, tatiche, dzul, quitam, xihuil…) que entran en el flujo de la narración suavemente, sin explicaciones eruditas.
Hernán Lara está consciente de que está escribiendo una novela, pero sabe que camina al filo de la navaja: la historia real existe, existe la península, existen los personajes históricos: no puede simplemente dedicarse a ficcionalizar, de manera irresponsable, sino que debe encontrar un equilibrio, así como debe encontrar un equilibrio (un equilibrio novelístico) entre mayas y ladinos, entre cultura tradicional y civilización emergente. Lara debe replantearse el viejo dilema civilización o barbarie. Dilema que ha sabido encarar con sabiduría este escritor que sin duda meditó esta novela por muchos años, estudió su material, buscó fuentes. (De Hernán en realidad he leído poco y de ello hace quizás dos décadas, de modo que no podría calibrar su trayectoria: lo que sí puedo decir es que en mi mente quedó la huella de aquello que leí y un oscuro respeto que hoy con la novela peninsular encuentra su lugar y su definición). Es decir, esta novela concreta lo que hace décadas fue intuición: Hernán es un buen escritor que ha sabido leer y aprender de sus lecturas, que ha sabido vivir con serenidad y aprender de la realidad. Y sobre todo ha sabido valorar y respetar sus orígenes peninsulares.
Uno de los valores que como lector busco en una novela es su estructura. La estructura se convierte en una especie de misterio o lógica personal, individual, intransferible, que el novelista siembra a lo largo de su obra, como migas de pan o semillas, para que el lector siga su huella y vaya armando el modelo que inicialmente estaba desarmado. Aquí la estructura se da en base a situaciones, personajes, espacios, aparentemente desvinculados, que tienen en sí mismos valor y gracia, pero que se van vinculando y van adquiriendo sentido poco a poco y que encuentran como los rayos de la rueda de bicicleta un centro, un eje. Tal eje es aquí el título y por extensión el espacio físico Yucatán-Mérida-Campeche y el histórico siglo XIX .
Al leer esta novela, me leo, recupero mis angustias y esfuerzos por integrar y entender los elementos dispersos de mi novela El amor y la muerte, que también tiene muchos elementos históricos y biográficos y que también tiene un eje hacia el cual todo confluye y del cual todo mana: Edith Viscontini, la madre.
Si Península, Península tiene una debilidad es la de su estilo, demasiado rústico, en ocasiones hasta con algunas incorrecciones; si tiene aciertos, éstos se hallan en el tejido de un mural autosuficiente de lo que es la Península, con su tiempo, sus personajes, sus guerras.
Por una parte los personajes ladinos están más desarrollados, por otra parte los mayas apenas esbozados, incluso diría caricaturizados, sin verdaderos rasgos que los identifiquen. Hay un gran control de personajes, espacios y tiempos, que en ningún momento escapan del control del novelista. No llega a ser la gran novela, no alcanza las dimensiones de Al filo del agua¸ con la que sin duda tiene deuda, debido a un insuficiente trabajo sobre el estilo.
Los mayas funcionan en la novela como masa humana, como horda saqueadora, como bárbaros y apenas hay dos o tres líderes que destacan, Cecilio Chi y Jacinto Pat, y algunas mujeres mayas de las que se destaca sobre todo su belleza, sin que se interiorice en rasgo de personalidad alguno.
La toma de Valladolid por parte de los mayas no alcanza tintes épicos. Me recuerda en parte los saqueos de las turbas sandinistas a las casas de los ricos en Managua, pero no hay grandeza, apenas miseria humana, fusilamientos, debilidades de carácter, atrabiliarios comportamientos de los líderes indígenas, licor, juego, fusilamientos, veleidades de los curas que se inclinaban a un lado o a otro, según quien estuviera venciendo. Cien poblaciones convertidas en ceniza.
Los mayas viven oprimidos durante centurias y un día se levantan y aterrorizan, saquean, roban, violan a los ladinos. Los ladinos recurren a la religión para pacificarlos, ceden en apariencia, proponen retornar el gobierno de los mayas al líder maya Pat y promulgar leyes que favorezcan a los indígenas. Los gobernadores buscan todos los recursos posibles para pacificar la península, incluso buscan la invasión extrajera e hipotecar el futuro, con tal de seguir perpetuando el régimen de dominio.
Es notable el cariño que el novelista tiene a su material. Lara Zavala inventa --supongo que inventa-- a un novelista-personaje que es quien está escribiendo una novela sobre la provincia. Este novelista alter ego no sólo tiene el compromiso de crear una ficción sino de entender su material histórico sin traicionarlo, de crear unos personajes atractivos y un equilibrio entre la historia y la literatura. Sin duda que lo logra. Esta novela, producto de años de trabajo, se integrará con pleno derecho a la historia de la literatura mexicana y a la historia de la historia. Es muestra también de los beneficios y perjuicios que causa a la literatura una vida entera de trabajo como funcionario universitario, cabeza de instituciones académicas y recipiendiario de honores y becas.
Extraña uno, por lo menos yo extraño, una mayor profundización en el misterio de los mayas, quizás uno de los más grandes misterios de la humanidad: una raza, una “etnia” de seres de tan baja estatura y de humildad tan acendrada (por lo menos hoy son humildes, quizás en el pasado fueran orgullosos, altivos… uno no sabe) que creó una cultura y una civilización sorprendente. Pero de nuevo viene la justificación: en los estrechos límites de una novela es imposible plantear, desarrollar, solucionar todo.
La confesión final de la obra, en palabras del personaje-novelista revela los motores de esta obra y es una vocación de amor a un territorio de la república mexicana que hasta ahora, que yo sepa, no había tenido una tradición literaria que se ajustara a la grandeza de la historia vivida:
Después de haber leído esta novela algunos se preguntarán, ¿acaso el autor odia a la Península? Y en lugar de contestar “no la odio”, “no la odio, “no la odio” afirmo que la amo, amo a esa península, amo a Mérida y a Campeche, a sus habitantes y a esa manera de hablar que refleja la música de la lengua maya con letra del legado español …
La novela de Lara Zavala narra la rebelión de los mayas, el terror de los ladinos, el repliegue de los indígenas y el regreso del dominio de los blancos. En ella está cifrada de alguna manera la historia de nuestra humanidad, que ha ido rasando las culturas, eliminando lo diferente, estableciendo una lógica de consumo como casi única razón de vivir. Es, sin duda, una tragedia a escala mundial. En la lucha contra esta tendencia está la literatura. Y novelas como la de Lara Zavala contribuyen a actualizar el tema y a problematizar la historia.

Marco Tulio Aguilera

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