EL MÚSICO GIGANTE


22. La mansión de Rey David

He dejado a un lado la publicación de fragmentos de mi novela Historia de todas las cosas debido a que me he estado ocupando de otras cosas y al hecho de que estoy esperando que el huevo de serpiente termine de incubar para que engendre, espero, un águila real. Estoy convencido de que mi Historia de todas las cosas se puede entender agarrándola por las patas, la cabeza o la rabadilla. Es decir, se puede comenzar a leer en cualquier punto, y siempre será comprensible. Por eso ahí les va el capítulo 22, que habla de algunos extraños y simpáticos personajes que habitan en San Isidro de El General, pueblo-ciudad que NO EXISTE SINO EN MI IMAGINACIÓN. Y si alguien dice que sí existe... que dé pruebas de ello.



El Restaurante de Pascual, natural de Villamuelas, cerca de Toledo, comenzó a ser construido al mismo tiempo que la iglesia y fue inaugurado cuando todavía no habían terminado de excavar el hueco de los cimientos de la nueva casa del señor Dios. La casa de Rey David, cuya disposición nadie entendía, localizada justo en el sitio más escarpado de la Cuesta Pedregosa, se erigió inmediatamente después de terminado lo de Pascual y todavía la catedral no se alzaba ni tres palmos y dos jemes del nivel del suelo. Las dos construcciones de madera, la de Rey David y la de Pascual, fueron proyectadas por un arquitecto egipcio que iba de paso y comisionado en busca de un sitio para fabricar otro Canal de Suez y aprovechó para dejar en este lugar, que debió parecerle lo suficientemente digno, la huella de su ingenio especialista en laberintos de pirámides y en jardines de senderos bifurques. Nadie sabe cómo ecce homo de piel de aceituna envasada y ojos de reflector ciego…

¡De coneja extranjera!
Bueno, sea de coneja extranjera.

logró convencer a los dos tipos, el villamuelino y el músico, que era arquitecto constructor y cabalista, máxime si consideramos que no portaba papeles que lo acreditaran profesionalmente, como no fueran los de algunos empeños, ni, según los que lo conocieron, documentos de identidad, lo que lo clasificaba entre los seres sin certificado legal de existencia, grave asunto en San Isidro, o más claramente (esto lo firmó el negro Vladimiro) en coterráneo de Crisóstomo Reflejo. Era comprensible que el hombre hubiera congeniado con don Rey David, pues éste tenía la misma cara de enigma oriental y gran parte de sus manías laberínticas, pero Pascual era un ser diferente, sólo comparable a Fermín Fano en cuanto a convicciones, es decir, era ateo y materialista, macho y sinvergüenza, capaz de vender el alma de su madre a cambio no de un plato de lentejas, sino de dos íngrimas lentejas, capaz de hallarle utilidad a las cucarachas, que de hecho eran parte de la fórmula secreta de su pimienta famosa. Hombre, en suma, muy poco apto para comprender y aceptar barroquismos inútiles. Parece, a la luz de la distancia (eso sucedió hace unos cuarenta años pero para mí apenas está sucediendo) que la una casa fue construida para satisfacer al violinista y ocultar los bestiales meandros pasionales que allí se cocinaban y la otra para torturar al español de Villamuelas, que desde el momento que abrió las puertas de su restaurante comenzó a saber que tenía allí mismo, en algún lugar de su edificación, las puertas del infierno.

¡Voy, voy! Que sestá poniendo trágico el follón, si desageras naiden te va creer. Problemas de ellos, respondió Mateo, y a otra cosa don Simón.

Don Rey David violinista amaba cada recodo de su dédalo de madera, tanto que no se aburría de observar la disposición de los cuartos, las paredes, las ventanas, todas cegadas con tablones desde el mismo día de la inauguración. Se preguntaba Rey David si no estaría loco, que veía los cuatros más grandes o más chicos según las temporadas o las variaciones del clima. Salas de forma piramidal, milimétricas buhardillas que semejaban el cuerpo de una mandolina o un contrabajo, paredes engañosas y sorpresivas, que un día estaban en su sitio y otro no, ventanas antinaturales, en lugares inaccesibles o surgiendo del piso como si la otra mitad estuviera oculta en la planta baja o bajo tierra. En realidad era una casa estrambótica, como su dueño o como sus habitantes. Tenía ventanas interiores que se confundían con gran cantidad de tepejos y había puertas que se abrían a otra habitación o al lote del traspatio o a un inexplicable abismo cuyo fondo estaba oculto por humores mefíticos y puertas que se abrían al vacío en el segundo o tercer piso y ninguno de sus habitantes se preocupaba por saber si la puerta que abría daba a otra habitación o al lote del traspatio o al abismo o a un acantilado, porque consideraban, como consideraba Rey David, que lo que se empieza a hacer, debe hacerse hasta el final, sin medir las consecuencias, y si pisaban en el vacío y caían entre la basura del lote vecino o en un desfiladero con azotes de mar contra los arrecifes y se rompían la crisma, era inevitable.
El amor del músico por su casa no era el de quien se había esforzado siempre por tener algo y una vez adquirido lo aprecia. Rey David lo amaba como si se la hubiera ganado en una rifa inexorable en la que cada cual debe adaptarse a lo que le toca en suerte y él consideraba que el azar lo había favorecido considerablemente. A veces el violinista desaparecía durante semanas y los vecinos pensaban que se había contagiado del ambiente enfermizo, casi vesánico, que reinaba entre la multitud de habitantes de la casa. Pero volvía a salir, lleno de nueva energía, seguido por Californio, que por entonces no tenía burrita amada ni se había aficionado a las melodías vegetales, dispuesto don Rey a cumplir con sus obligaciones, una de ellas, enseñarle a tocar el violín a Nessim, hijo de Aviva y Baruch Geldsteinberg Hohensolen, y a un muchacho grandote, hijo de extranjera, a quien apodaban don Garrapata, un muchacho medio tarado con cara de trapezoide, piel picada de viruelas y tan aficionado a leer que había hecho un hueco de topo bajo su casa donde tenía mil libros robados de la Biblioteca Municipal.
Nessim hizo todo el esfuerzo para aprender las siete posiciones pero no logró pasar del abismo de las corcheas, pues sus dedos de mongolito no lograban liberarse de los fantasmas de las miasmas de las membranas que los unían como a las patas de una rana. Baruch decidió perder toda fe en la posibilidad de que el muchacho se encarrilara en una vida de esfuerzo y dedicación, llegara a ser un virtuoso, abandonara esa desasosegante sonrisa de eterna placidez, se casara y tuviera hijos que heredaran el emporio de El Embajador de la Elegancia con todo y vírgenes impúberes. Se conjeturó que antes de que Nessim desapareciera sin dejar pistas que llevaran a la conclusión de que se había embarcado en un crucero panameño como bell boy o simplemente había sido escabechado por, digamos, el marino amante de la Malandra, y nadie (¿nadie?) supo decir si fue que Baruch, avergonzado, decidió enviarlo a Eilat para que trabajara en un kibutz y consiguiera un cerebro de segunda mano, o si había muerto de alguna enfermedad súbita que le había afectado las sensibles pecas rosadas.

Mateíto, esa frase como que perdió la brújua. Razón habéis, villano amigo, pero no puedo detenerme en pirruñas y nimiedades, que viene lo bueno.¿Y el Garrapata?
Un impostor, malevo compañero, mejor dejarlo en el sótano.

Se decían muchas cosas que no por falsas dejan de ser interesantes y por eso se registran en el presente texto corriendo el riesgo de la censura y quizás algo más, ya que Rey David debe estar vivo todavía y es un hombre de fuertes calzoncillos que encierran dos grandes razones que pueden poner en aprietos al más bragado. Se comentaba por ejemplo que era brujo alquimista y verdolario y si no trataba de encontrar piedras filosofales o de trasmutar metales impuros en oro, era porque el truco ya estaba muy gastado en otros tiempos y otros libros, y además asunto por demás sencillo, que por otra parte podía causar enormes perjuicios a la natural naturaleza, pues qué sentido tiene alcanzar una fortuna con sólo chasquear los dedos. ¡Esfuerzo, señores!, gritaba Rey David, y tú, Californio, hijo, ¿para qué sirves?
Californio, misterioso, le apuntaba con una pistola que era su dedo meñique izquierdo, torcido como un garabato en la falangeta. Ya verás, padre, ya verás. Por lo pronto el Simple comenzó a adoptar las costumbres de su padre: desaparecía semanas enteras, pero no en los meandros de la mansión de Rey David, sino en la selva que se iniciaba en su traspatio, días y días y días, hasta meses, y regresaba más flaco que un Robinson, con pelambres de misántropo y tres pelos en la barbilla, y más sucio que el obispo Gruesa y Cordera, a quien espero presentarles. Pero nunca, nunca, triste. Siempre brincando de alegría, como si en el monte tuviera guardado un tesoro o por lo menos un amor sincero.
—¿Dónde estuviste, atarantao, hijo mío de mi alma, pobrecito?
Hacía titilar sus párpados, levantaba sus dos manos dejando ver su dedo meñique torcido en la última falanjeta y decía escondiendo la cabeza entre los hombros como una tortuga:
—Eso no te lo puedo decir, eso no te lo puedo decir -y sonreía con una expresión de placidez auténticamente franciscana. Que ocultaba su misterio. Lo digo desde ahora. No conozco misterio pero habré de investigarlo.

Invéntalo, Mateo. Bien que puedes. Que no, mi alma de cristal. Esto no lo invento, que es asunto delicado. El Señor después me la cobra. Hay asuntos que es preferible no tocar. El negro Vladimiro entendió esto y no pudo terminar su Última cena… Y no digo más.
Dije que don Rey David despreciaba el asunto de las trasmutaciones porque el truco ya estaba muy gastado en otros libros, no todos contemporáneos, y además, porque el procedimiento era y es mucho más costoso que cualquier metal áureo conseguido en un laboratorio doméstico. Ahora me extiendo sobre el tema: tenía sus matraces, sextantes, octantes y chirimbollas y sus líquidos y a veces, por simple espíritu deportivo y contradictorio, transformaba el oro de anillos, aretes y collares en objetos de cualquier metal innoble. Además, en sus estudios de química burda había llegado a la conclusión de que el polvo rojo que rodeaba a San Isidro y sobre el que estaba basado el pueblo era más valioso de lo que nadie imaginaba. Y sabiéndolo durante años, nunca lo dijo, porque no le importaba.
—Todo fingido progreso, no es más que regreso, decía, tons pa qué.
Se ocupaba en buscar aliados del plano espiritual y ectoplasmático, en tratar de comprender el mundo sin querer transformarlo, en hacer el amor tranquila y dulcemente con las diez o quince mujeres que pululaban por su casa, cuyo parentesco no le importaba. Rey David, con sus dos metros diez y su constitución ruda y sin embargo sentimental, hallaba en el amor tirreno y democrático un placer casi maniático, sólo comparable al que sentía cuando con la mejilla izquierda pegada poco ortodoxamente a la almohadilla de su violín desgarraba pasionales notas que se arrimaban al fundamentum inconsumptus veritatis. Lo curioso del músico era precisamente aquella paradójica condición: un cuerpo que parecía escapar de su control y una ternura de geisha que le obligaba a gozar con cada arpegio, con cada trino, pizzicato y estacato, glisando, doble o triple cuerda. Llegó a tocar con el arco y el violín al revés como Pagannini y dicen, pero esto no lo creo, que en una ocasión se le reventaron las cuatro cuerdas y aun así terminó la interpretación. Esto me lo contó el Marino Hurenson cuando lo trajeron detenido, amarrado como una manguera de bomberos y acosado por Robustiano y sus dos canallas.
Rey atacaba las armonías arcanas e imposibles de Paganini o Dvorak con una facilidad de sueños que hacían fluir lágrimas a sus adictos y particularmente a Californio el Simple, quien desahogaba sus angustias artísticas masticando pasto, pétalos de rosa y laurel, lo que andando los años lo convertiría en un virtuoso del arte vegetal. Después de los conciertos íntimos de su padre, Californio huía como enloquecido, entraba en la selva y no se volvía a saber de él.
Y cuando el Rey David desaparecía de las calles de San Isidro recorría sin descanso su casa buscando quién sabe qué, caminaba apresurado por los corredores y abría con violencia y súbitamente las puertas para mirar el interior de las habitaciones, como si quisiera tener una imagen integral y simultánea de la casa en un solo instante. A veces creía hallar un punto especial y dedicaba todo el tiempo a su estudio, lo palpaba, entre acariciador e inquisitivo, lo miraba desde todos los ángulos y de todas las formas posibles, y Californio, si no estaba en el monte, detrás, como un escudero siempre fiel y siempre sorprendido.
Rey David parecía querer encontrar algún secreto que le hubiese dejado el egipcio escrito en alguna parte de su obra. Y para paliar la angustia que le ocasionaba la inminencia de lo que había de llegar, Rey David colocaba su atril japonés frente al lugar mágico, se paraba gallardamente ante él y allí era la apoteosis de Fritz Kreisler, Bela Bartok y Niccolo el pederasta. Californio entonces se tendía en el suelo y con una mano en la quijada asistía a la colisión de las estrellas. Al final huía como si lo persiguiera la legión entera de demonios. Bajo el estruendo, susurro, deleite y sufrimiento que trasmitía la música, había algo más. Y él iba a descubrirlo, eso decía el Simple.
Y así eran las cosas en la mansión de la Cuesta Pedregosa.

Marco Tulio Aguilera

13 comentarios:

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