5 de octubre de 2009

HISTORIA DE TODAS LAS COSAS




REGRESO AL ORIGEN

Como saben los diez o veinte fieles visitantes de este blog, terminé hace algunos meses la reescritura de mi primera novela Breve historia de todas las cosas. Antes tenía 370 páginas; ahora 580. La novela original le gustó a buenos lectores: Daniel Divinsky, Gustavo Alvarez Gardeazábal, García Márquez, Seymour Menton, Wolfang Luchting, Isaías Peña, Víctor Gaviria, Alfonso Chase, John Brushwood, Raymod Willams, Jairo Mercado, Germán Santamaría y Germán Vargas y a una cauda larguísima de personas que aprecio y respeto... Por alguna razón durante casi 20 años (tras una segunda edición de 25 000 ejemplares en Plaza y Janés de Colombia --la primera fue de La Flor de Buenos Aires) no me gustó la novela y hasta quise olvidarla. 30 años después la releí y me gustó tanto y me pareció tan inexplorada, que decidí escribirla de nuevo. Ahora estoy muy satisfecho con ella y en proceso de negociación con el FCE de México. Veremos. Publico ahora tres fragmentos a solicitud de algunos lectores que lo han solicitado, particularmente por sugerencia del director del Telebachillerato de Banderilla. Cada capítulo es independiente y a la vez dependiente de la novela, que considero que se puede leer y disfrutar sin conocer el todo. (En la foto se pueden ver la primera edición de La Flor de Buenos Aires, 1975...Y la portada de El amor y la muerte, Alfaguara, 2002).

12. Zaratustra Pereira, un personaje que murió por misticismo (y descuido del autor).

Y lo de las garzas y mujeres idas y aquello de
Recuerdo que la laguna florecía de blancura
Recuerdo que me decías
Son blancas cual tu alma pura

sucedía cuando todavía no habían llegado los gringos, ni los de la carretera ni los de la bauxita, y el colegio de monjas apenas lo estaban fundando las Julianitas que tenían un acento muy aespañolado, sobre todo cuando iban a pedir cooperación para la biblioteca se les escapaba una zeta silbante y acariciadora que daba gusto y por eso María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, madre de la Santa Flaca (que no se debe confundir con la Costurera Flaca) y propietaria del Cine Ángeles de La Medalla Milagrosa, se puso como caballera andante de la causa de las monjas desde que llegaron con sus cofias voladoras y los albos vestidos rojos de polvo en la Musoc (no confundir los autobuses con la celebérrima archiputa que cumplía el mismo itinerario y cuya historia está acechando al Historiador literato) y entre funciones en el Cine Ángeles de la Medalla Milagrosa, rifas y ágapes en la Cámara Junior y otras actividades siempre dentro del marco de las buenísimas costumbres, se construyó no sólo la biblioteca sino el colegio cercado como un búnker con alambre de púas, malla ciclónica y barda de tres metros de altura, un colegio que gozaría de los servicios del mejor bibliotecario de toda la zona sur y que con el tiempo se convertiría en la prisión y el reino de todas las nenas ricas del Valle. Porque allá sí que enseñaron lo que se llama cultura de la buena, con todo y vocación, claro que tuvieron sus fallas por el tiempo en que por las noches se les escapaban cinco chicas, acaudilladas por la Niña Sherman, la hija de los menonitas de Buenos Ayres de Puntarenas, a jadear boca arriba con los liceístas traviesos del grupo de Epaminondas, hijo del pudiente Óscar Pedernera, y Betoben, el atlético a medias vástago de Benito Chúber, y Bogar, hijo putativo de Denario Treviño, y también sufrió menoscabo la fama de las Julianitas cuando, algún tiempo después, ya descubiertas y castigadas las culpables, la Niña Sherman, única menonita que había escapado de la tradición y despreciado la riqueza que su padre tenía en Buenos Ayres de Puntarenas, inició sus salidas dominicales acompañada por un hermano con el cual se divertía en el Prado Bar en poses poco fraternales y después fue resultando que nunca había tenido hermanos y que el que se hacía pasar por tal era ni más ni menos Epaminondas Pedernera, que se había dejado crecer la barba y había adoptado el atuendo de discípulo de Joe Smith, el gran sombrero, las botas vaqueras y un overol grandísimo. Pero como no hay nada perfecto en este mundo las monjas se consolaron con el consuelo de que la realidad de este mundo tenía la consistencia de un queso gruyere, además la consigna era el no embarazo, cosa bastante difícil en zonas tan insalubres en las que había animalitos de amor en el aire y con tantos ejemplos de disolución que ponían las chiquillas alegres que proliferaban como plagas de cucarachas. Y en eso ellas sí llevaban la batuta porque su promedio de indigestiones fetales era menor que puertas afuera. Algo que siempre les reprochaba doña María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa a las Julianitas era que permitieran la entrada de Rey David a ese castillo de pureza. Con mayor razón, decía, si tomamos en cuenta los berenjenales que se estaban descubriendo poco a poco en su casa de la Cuesta Pedregosa, gracias al celo en parte y a la imaginación en fragmento de los vecinos, agregaremos, el chisme, se sabe, es buen digestivo de la cruel existencia, especies como aquélla según la cual no se podía establecer diferencia clara entre las mujeres de Rey David, o las que cumplían la función de tales, y sus hijas, que jamás miraban a otro hombre que no fuera su padre, y claro que no podían mirar a otros hombres, puesto que nunca se asomaban a las ventanas, decían, sino se quedaban todas ahí acostadas, unas sobre otras, como si menos que seres humanos fueran cerditas echadas al sol en su doméstico barrial.
Pero la que se entendía con los asuntos del cuerpo profesoral era la madre superiora, hembra bigotona y atrabiliaria inapelable, y ella no le daba cuentas ni al padre Soto. No en balde había circunnavegado veinte veces el globo terráqueo y llevado la paz espiritual y la salvación a los incivilizados con la palabra de Dios y el dinero de los fieles y por eso no iba a ser una beata pueblerina con cara de momia azteca y propietaria de una sala cinematográfica de dudosa reputación para peores (ya se rumoraba que a horas muy discriminadas y en secreto conciliábulo de eminentes, se proyectaban atrocidadees innombrables). Sí señor, no iba a ser una cacatúa atmosférica quien le dictataría a la abadesa cuál profesor era digno de dictar clases en Las Julianitas y cuál no. Por otra parte Rey David era un buen profesor y se sabía todos los himnos a María y organizaba, sin recargo alguno, por puro placer sibarita, coros para interpretar hermosísimas zarzuelas

¿Dónde estarán nuestros mozos
que a la cita no quieren venir,
cuando nunca a este sitio faltaron
y se desvelaron por estar aquí?
Si es que me engaña el ingrato
y celosa me quiere poner,
no me llevo por él un mal rato,
ni le lloro, ni le imploro,
ni me importa perder su querer.


en las que se fundían armoniosamente las ejemplares voces de las niñas bien y las de los muchachos majos del Liceo (que a decir verdad, sólo se sometían a metrónomos y armonías con la villana esperanza de enseñarles el misterio del conejo, difundido por doña Lina, a las inocentes presidiarias de Dios). De ahí que no hubiera razón para que la gente (gente eran los del Barrio de Abajo, decían) se fijara sólo en los defectos del músico. Francamente era necesario exaltar las integridades, en él bastante prominentes y dignas de atender, pues no había que ser, o sea, qué duda cabía sobre la calidad del profesorado, desde la señora que daba lecciones de modistería y buen hogar, hasta la dama distinguida que dictaba francés, español, historia, filosofía, química y lo que fuera y quien tenía siete hijos narigudos y grandotes (uno de los cuales iba a inaugurar a Violeta, la hija de la Musoc, quien a partir de entonces comenzaría a recibir el mal nombre de La Malandra). Y además para terminar de adornar el historial de su magno culo o currículum, palabra docta, había estudiado en el extranjero y se decía que era extranjera ella misma y trataba a las niñas de pibas, lo que las emocionaba mucho porque se sentían primitas de Carlos Gardel. Y como si todas esas bellezas fueran poca alcurnia, las Julianitas consiguieron propaganda de santidad el día en que llegó la carta de Yugoslavia diciendo que Zaratustra, el hijo mayor de Sebastián Pereira, había fallecido de muerte natural al lanzarse desde un décimo piso de las residencias universitarias de la máxima casa de estudios de Belgrado.
Esta historia, la de Zaratustra Pereira o Zara, como cariñosamente lo llamaban en el colegio, es de suma importancia, el único inconveniente según muchos, es que está totalmente falseada, primero, por su familia, luego, por la congregación religiosa y finalmente por él mismo (también, no hay que ocultarlo, por el poco honorable HL, que la escuchó a medias gracias a un par de chismosas que se acercaron a reformar el mundo cerca de la ventana de la cárcel). De todos modos vale la pena anotarla como base y cimiento para posteriores indagaciones.
De buenas fuentes es sabido que Zara dejó su epopeya martillando las noches de los generaleños y en especial de las Julianitas. A partir de su muerte por correo las monjas gastaron sus insomnios en recordar su paciencia y su viciosa templanza desde que estaba chiquillo cuando seguía por las calles al padre Soto con el misal sudado en la mano y repetía las misas en latín de memoria con una cara de éxtasis que hacía llorar de ternura a las beatas, especialmente a María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, que guardó hasta el fin de sus días el oculto deseo de casar a su hija Colonia, que terminaría siendo La Santa Flaca, con el beatito. Luego, cuando embarneció el infante Zara, le dio la luna por estudiar latín, arameo, copto y biscornuto y llegó a discutir como un Niño Dios en medio de los sabios de la ley, y ya en el Liceo todos le decían que era muy inteligente porque resolvía las ecuaciones de cuatrocientos grados más rápido que Termidor, aunque hay que decirlo, algunos comentaban que la realidad es que era namás un marica, igual que lo haría su hermano Serafín (solucionar enigmas sin juicio), seis o siete años más tarde, eso de resolver ecuaciones (entiéndase la gramática frenáptera), y al fin, cuando todas las ciencias y las artes de San Isidro no le bastaron, fue a comprar carretadas de libros a San José y no quiso entrar a la universidad como sus otros dos hermanos mayores que ya andaban trajinando las universidades norteamericanas, sino que se adjuntó sus libracos de regreso. Y pasaba las horas encerrado en su habitación estudiando cosas bien raras como hermenéutica y psicoanálisis y materialismo histórico, y por último, sin que se supiera de dónde, quizás por influencias de su padre, que ya andaba metido en políticas, le fue resultando una beca para estudiar en Yugoslavia y él se montó en la avioneta con esa cara de santo patricio y todos quedaron muy tristes y más tristes cuando supieron por un folleto clandestino que en Yugoeslavia la gente era mala porque allí vivían los comunistas. Y por eso cuando llegó la carta fatal, la ciudad se puso de luto y se hizo colecta pública para ayudar a Sebastián Pereira, todavía sin diputación, a traer el cuerpo de su hijo desde aquellas lejanías que quedaban tras la Cortina de Hierro, una pared larga de acero que dividía el mundo en dos, pasando precisamente al lado del apartamento donde vivía el finado. Y cuando llegó su ataúd sobre el maletero de la Musoc, la ciudad se abalanzó a abrirlo para mirar por última vez a su niño, el cerúleo mozo que hizo suspirar a tantas y tamañas mujeres y que en algunas ocasiones fungió como sacristán, pero lo que hallaron fue una especie de morcilla o butifarra catalana y rozagante, hedionda hasta el martirio, por lo que tuvieron que enterrarlo con prisa en ataúd de plomo y sin mucho protocolo. Sobre el pecho le pusieron un crucifijo de plata que después apareció en manos de Alisio. Y con eso y muchas oraciones y un concierto de hoja de laurel interpretado por Californio, que parecía estar disfrutando el evento como si asistiera al entierro de un papa. Y con un necrogírico de Patrocinio Aramburo a través de las ondas amigas de Radio Satélite, se consolaron las monjas que lo habían disfrutado como bibliotecario y factótum cuando aún no tenían ni cincuenta libros.
En atención a la odisea de Zaratustra Pereira las Julianitas decidieron ponerle su nombre a la biblioteca del colegio y fundar un archivo con sus cartas y allí se extasiaron más de cinco generaciones de niñas decentes y llegaron a venerarlo tanto que cuando llegó el obispo recién nombrado en su Mercedes Benz morado y se dio cuenta de ello casi hace una excomunión territorial. Pero esa veneración que no pudo extirpar el obispo se derrumbó cuando a la niña Sherman, la menonita renegada, se le ocurrió proclamar que Zaratustra había sido un famosísimo comunista que luchó en las guerras de liberación yugoslavas y que las cartas del archivo, siete mil públicas y doscientas privadas, guardaban todos sus secretos y que ella tenía las más cojonudas en su poder.
La niña Sherman, que había sido cómplice de Zara en sus eruditas lecturas y contemplaciones, se preciaba de ser una especie de demonia, un virago que pregonaba que el ejercicio del amor con machos no podía ser otra cosa que una insoportable pero deliciosa esclavitud. Acostumbraba fumar en público la niña y escupir con lujo de esgarramiento y sus escupitajos eran particularmente floridos ante la inminencia o posibilidad de que se manifestara un negro, de los que decía, no eran descendientes de los monos sino padres directos de nuestros peludos antepasados. Opinión por cierto respetable pero difícil de comprobar e incluso anticientífica, pues, ¿quién ha visto un negro verdadero auténticamente peludo de sus partes públicas?

13. El Poeta Gordo y los Profesionales.

La inauguración del aeropuerto, la recolección organizada de la basura por eficientes burreros (contra la cual se opusieron los miembros de la Sociedad Protectora de Cochinos) con su correspondiente carreta, el aseo del Mercado y la paradójica localización de la biblioteca en el segundo piso de la misma institución comercializadora de abarrotes, frutas y verduras, la desmedida proliferación de antros de servicios venales, eran problemas que torturaban el celo ciudadano de la gente que sonaba, como Denario Treviño, que a pesar de su creciente sofisticación, no había podido abandonar el vicio de los anillos, uno en cada dedo, y de la debilidad por las putas, una semanal, como Robustiano. O como el mocho Pedernera, para quien cada día era el amanecer de una nueva obra, hoy la piscina olímpica, mañana las canchas de tenis o básquet, pasado El Bosquecito del Prado. O Fermín Fano, solterón ya desilusionado ante el fracaso categórico de la Terraza Bailable, en pleno centro, al lado del Cine de Los Ángeles de la Medalla Milagrosa. Otros, sin embargo, como el director papudo del Liceo, vivían en parnasos que no necesitaban servicios públicos. El gordo era poeta y caminaba como tal con las piernas inmensamente abiertas y la frente disparando al cielo a pesar de que nadie en San Isidro sabía que él ya había publicado su primer libro y que era precisamente ésta la causa por la que estaba padeciendo la tortura de vivir en aquel “sanedrín maloliente de murciélagos y ratas” (literal de uno de sus engendros líricos) pues la edición le costó su fortuna y todos los fondos del colegio de la capital en el que ocupaba los cargos de secretario, tesorero y maestro de lectura y redacción, y
Para colmo de fatalidad y desventuras
el Hades funesto quiso que mis alambicadas
versificantes aperturas fueran
por el desochantre vulgo rechazadas

Como claramente se destila en los versos, sus coetáneos, grasosos y crasos ignorantes rasos, no alcanzaban a vislumbrar los méritos de su obra A mí mismo. El Poeta Gordo con el inmenso dolor de su lira y la gran secreción de sus bilis, había aceptado el puesto de director en un liceo perdido entre los pliegues vaginales de la patria, donde tendría que lidiar con plebeyos blancos de mala calidad y negros como Termidor que lo humillaban constantemente y ni siquiera tenían la suficiente sensibilidad estética, o por lo menos la decencia o el ínfimo decoro, de libar o apurar o cuantimenos soportar sus trovas en silencio, esas trovas que en cada celebración desplegaba al viento como filacterias babosas, reumáticas y apasionadas, y que producían malestares disménicos, dismenorreicos, dolores hipofisiarios y excrecencias flatulentas en las humanidades de los concurrentes al gimnasio, quienes no se compadecían de su expresión trágica de bohemio trasnochado y empezaban a bostezar.
El poeta tenía una mujer tan pequeña que cuando se les veía caminar juntos a lo lejos parecía que el hombre llevaba una sombrilla floreada colgada del brazo. Ella, a pesar de ser tan liliputa, también era alta artista y en las funciones del Liceo cantaba con extraordinario acento italiano La Golondrina Que De Aquí se Va y por eso cuando se paseaban los dos samedi matin en torno al parque con su séquito de niñas vestidas con túnicas blancas de muselina y luciendo bucles muy brillantes gracias al Tricófero de Barry, la nariz les apuntaba como agujas de sextantes al cielo o como picos de gallinas tragando agua: dos artistas tan epónimos juntos no se ven todos los días, y menos en tales latitudes cuitadas por la mano de un dios olvidadizo.
(Me van a perdonar los sufridos lectores que interrumpa esta gráfica ranación pero es que, ejem, nuevos datos de la epopeya de Zaratustra se interponen en el horizonte, y si no los intermeto, se me van a olvidar. Se dice, y recurro al chisme con toda legalidad, que Zaratustra no viajó a Belgrado movido por su pasión epistemológica sino para alejarse de una pasión malsana por una novicia adolescente, Veleida, que en sus éxtasis confundió al hijo menor de los Pereira con Cristo: poseída por un rapto teresiano que le hizo perder la conciencia tomó al inocente de Zara, lo agredió dulcemente y le hizo ver, una vez, solamente una vez, los siete recintos del cielo y desde ese momento el mozalbete no vivía sino a la expectativa, como un gato a la espera de la salida del ratón. Más sin en cambio sor Veleida, percatándose de su aberrante confusión, refundióse en una celda durante un mes, y cuando salió, era de nuevo la novicia impecable, la esposa de Cristo, aferrada a una virtud acrisolada que habría entregado su cuello al degollador antes que rendirse de nuevo a las insidias del demonio.
Y a partir de ese día Zaratustra no pudo dormir, sus noches fueron solamente días interminables en los que sus ojos fatigaban la misma escena del séptimo cielo, hasta que apareció el chincualo de la beca y se montó en la primera avioneta que salió del nuevo aeropuerto (en realidad un largo potrero propiedad de Óscar Pedernera) y viajó a Belgrado, donde hizo matazón de anticomunistas, pero, amigos, ya no volvió a dormir y la imagen de sor Veleida lo persiguió día y noche, y dicen que antes de su presunto suicidio estaba en la azotea de su edificio de apartamentos y vio pasar a la monjita volando y quiso agarrarla de los hábitos, pero resulta que eran de tan mala calidad (los hábitos: sí, los hábitos de mala calidad, que los otros hábitos, non juzgarlos queremos), que se desgarraron y nuestro infeliz protagonista cayó en el vacío del eterno sueño con abundante y colorido estropicio).
Fin.
Y regresamos con el Poeta Gordo y su sombrilla floreada colgada del brazo… Paticorvos y Profesionales se divertían especulando cómo sería la coyunda de complicada, siendo él tan globoterráqueo y ella tan estrecha de junturas. No había otra solución, según los amigos del Palomo, que la apertura del compás femenino en ángulo de 180 grados y la circunnavegación de aquellas tenazas de cangrejo tierno que eran las piernas de la liliputa en torno al ecuador ventral de su marido. Misterio grande, sin duda, cuya dilucidación podría haberse encargado a los hijos de Termidor, discípulos dilectos del desventurado Samuel, inventor del samueleo.
A los oídos del poeta gordísimo jamás llegaron esas bromas, pero a sus ojos sí, y esa era la razón por la cual vivía recluido en una amargura cítrica contra el Liceo, la ciudad, y en general la atmósfera cargada de polvo, sequedad prosaica y espermatozoides en suspensión. Consideraba que el mundo era un insulto que Dios infería a los hombres y que a los elegidos por las musas les correspondía responder con obras sublimes, menos contaminadas. Pulir un libro de versos le podía llevar décadas y publicarlo era una batalla contra el pudor, el necesario secreto, y, claro, la economía doméstica. Además, no era poca entereza luchar con dignidad contra la feroz crítica de su mujer, que nunca había podido leer sus textos sin enfangarse en una risa histérica de la cual sólo la sacaba un vaso bien servido de guaro blanco. Entonces cambiaba su risa de loca por una euforia encantadora y la obsesiva repetición del himno nacional de los borrachos ticos:
El guaro blanco es un alimento, yo sólo jumo quiero vivir
Consideraba don gordo que el mundo era un incordio y por eso le ponía mala cara y odiaba a los que sonreían, como Vladimiro, con mayor razón a los que se carcajeaban, sobre todo a los Profesionales, como se habían autodenominado, un grupo de muchachos de buenas familias, casi todos estudiantes que no estudiaban o trabajadores que tenían vacaciones perpetuas. Ante los ojos de sus conciudadanos parecían una cáfila y zahúrda de vagos y malvivientes, pero lo que en realidad eran no lo decían sino que lo expresaban en sus actitudes de constante admiración y curiosidad, en busca de protagonistas y situaciones peregrinas. Eran personajes inteligentes y sociables, según ellos, que se divertían a costa de los que no eran inteligentes pero a veces eran sociables. En peripatética correría visitaban uno a uno, con exactitud planetaria, siempre los mismos e inagotables lugares. El Prado, de mucho tono y abundante ganado. El parque, con sus infinitas posibilidades (tiro a la golondrina, póquer donde Pascual, cine en lo de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, si no estaban pasando una mexicana, o en el Paladín, si no les tocaba sentarse en el suelo. Solemne asistencia a los conciertos que con hoja de limonero, laurel o rosa, interpretaba Californio el Simple. Samueleo de alguna putilla económica cumpliendo altruistas labores profesionales en el lote baldío cerca de la Alcaldía, carambolas ocasionales en el Billar Montecarlo, si no estaba el enemigo Paticorvo Palomo por ahí, danzón en la Terraza Bailable de Fermín Fano, con melcocheo, brillada de hebilla y postura de calzoncillo limpio si es el caso, visita al colegio de monjas y al Liceo). Y jamás se aburrían porque Epaminondas Pedernera, héroe de la pequeña sociedad y heredero de la Corporación El Prado, tenía constantemente a flor de labio leporino algo interesante que decir: Si te casas lo lamentarás, si no te casas también lo lamentarás. El único idioma universal es el beso. El amor es ciego, pero el matrimonio restaura la vista, Monstruos hay en el cielo y en la tierra, pero ninguno como la mujer.
Y si no lo hacía bastaba con mirarlo, pues el resto del grupo le tenía un afecto casi intravenoso, y no es que fuera guapo o simpático o atractivo como sólo una mujer puede serlo siendo fea, sino carismático, con un magnífico don del gesto que acaparaba la atención. Poseía unos ojos inmensos, negros, como de equino, sembrados profundamente en medio de la cara y demasiado separados por una nariz de bagre. No parpadeaba jamás y dicen que no dormía o que si dormía lo hacía con los ojos abiertos mirando el cielo raso. El pelo hacía un marco aerodinámico lleno de recovecos y filigranas a su cara redonda y plana de cosaco, vulnerada por un par de pómulos como puños. La barba muy aladecuervo y rebelde llenaba de interesantes remolinos su topografía. Y con todo y esto y el poco dinero que le soltaba su padre, el magnate Pedernera, ya había desordenado unas cuantas cabelleras púdicas entre vírgenes propicias de El Embajador de la Elegancia, damas de la noche de Los Pollitos y turistas ocasionales. Y, naturalmente, se había arrimado al fuego de la Niña Sherman, de dos estudiantes del colegio de monjas, y sería el agraciado que tendría por primera vez acceso a una de las Fernández, hija de Pinga de Oro. (El affaire que tuvo con una de las burras de Alisio no está del todo documentado, por lo que se dejará entre paréntesis. En todo caso parece que no fue amor auténtico el que movió al ingrato contubernio.)
Bogar Bergonza, un auténtico hijo de puta, en el sentido menos metafórico del término, pues fue concebido por una de las muñecas de Clementina La Más Fina (o por la misma Clementina, no se sabe) en conciliábulo carnal con el también gordísimo Denario Treviño, el de los diez anillos y la Torre de Babel, era otro de los Profesionales, un rubio mal pintado, el pelo cepillo apuntando al cielo, zapatos tenis descoloridos, camiseta con el símbolo de Supermán, lavada y relavada y vuelta a lavar una y otra vez. Lo envolvía una atmósfera insoportable a sudor polvoenvejecido de la que se envanecía y le servía para desarrollar su invectiva creando nombres como Ais Blue Acqua Chucha, Old Zorro, Hediondos Brut, lociones de las cuales él era el único poseedor y dueño de la franquicia. Vivía en una casucha destartalada en el Barrio del Cementerio, pues, aunque su padre jamás había querido reconocerlo públicamente, por lo menos le pasaba una mensualidad que le alcanzaba para irla vadeando al lado de una hermana suya que estaba en el mismo caso y a quien, en pasados capítulos se denominó provisionalmente La De Los Pesados Senos. Bogar odiaba tanto el trabajo como el agua. Afirmaba tener alma de gato. Amaba el básquetbol y se soñaba driblando endiabladamente, haciendo fintas increíbles, canastas de gancho, y en efecto fue diestro y se le llegó a llamar Ganchoeterno: canastas de medio lado y de espaldas, con doble efecto, con impulso retardado, desde el centro de la cancha, desde las esquinas, saltando sobre jugadores de más de dos metros de altura, metiendo el balón a la cesta con los codos, con la nariz, con un papirotazo del dedo meñique. Y cuando estaba en el Liceo en lugar de poner atención a los profesores pasaba el tiempo inventando jugadas extremadamente complicadas que después pondrían en práctica los Popis Boys o Los Konnigs y en realidad era un jugador hábil, quizás el mejor de San Isidro a pesar de su raquítica escualidez de renacuajo. Y se esperaba que algún día lo llamaran a conformar la Selección Nacional y ese día, ese día venturoso, que se prepararan los equipos abusones que ponían en ridículo a los pobres conjuntos de los países subdesarrollados y enanísticos. Que se prepararan, porque ese día no quedaría de ellos más que un reguero de sangre, sudor, lágrimas y cuchufletas. Precisamente debido a estas condiciones tan fuera de serie era que sus compañeros debían tratarlo con mucho tacto y sondear el terreno antes de llamarlo Bogar a secas o hijo de puta y mercenario. Había días en que exigía ser llamado Ubiratán Pereira o Marquiño o Lou Alcindor y era común escucharlo decir hoy me llamo El Rey del Tiro Libre, pero a sus espaldas lo llamaban Egoandante, Monocongo, Míster Pachulí o Señor Mofeta.
El tercer integrante de los Profesionales era Betoben que, aparte de sus anchas espaldas y sus piernas de poliomielítico, su afición por la literatura, la natación y la gimnasia, lucía generalmente una elegancia que rayaba en lo ridículo. Sólo había una persona en San Isidro cuyos zapatos brillaban con más esplendor: Californio el Simple, que acostumbraba afeitarse mirándose en la superficie de sus zapatos y disfrutar de los donaires femeninos arrimando sus pies enmocasinados a los bajos fondos de las gentiles. (Ya por entonces la obsesión de Califo por tener una burrita fina había comenzado a levantar una polvareda de risas y murmuraciones a las que era inmune el hijo de Rey David: lo suyo era una sana ilusión, una necesidad del espíritu, un utilitario deseo de cabalgar con donaire. Me atrevo a conjeturar.)
—¿Dónde íbamos?
—Con el apestoso de Bogar…
No. Íbamos con Betoben, el hijo de Benito von Chúber, nee Charriaga. Simpatizaba el Beto Betoben secretamente con Melpómena, Melpómena Rabo de Puerca, su hermana, y aplaudía la desfachatez con que ella tomaba su vida.
Epaminondas Pedernera, Bogar Bergonza y Betoben Charriaga eran la cabeza visible de los Profesionales. A veces se les unía Serafín Pereira, pero solamente en casos excepcionales, cuando se requería de un maestro en telefonía, explosivos o prácticas esotéricas: en general las melancolías y las ideas descabelladas de Serafín les causaban terror. Un día Serafo le va a poner dinamita a la piedra del Cerro y se termina el baile, acostumbraba decir Epaminondas. (Habrá que dejar lo de la piedra para más adelante.)
Desde que Zaratustra Pereira, el santo bibliotecario, desapareció en Yugoslavia, Serafín había dejado de ser el amigo de infancia para transformarse en un extraño de quien podía esperarse cualquier cosa.
Los Profesionales explotaban los placeres del mundo ante el escándalo de la ciudad, pero sus distracciones no eran muy perversas. Aunque ya llamaran a San Isidro de El General ciudad con justas razones, todavía no había llegado la novilización del hachís, la cannabis, los apers y los dauners y el homosexualismo y las niñas del oficio no se promocionaban con avisos clasificados obscenos sino que exhibían sus prendas con legítimo orgullo. Aún existía la cultura de Vargas Vila y su mano libre y Henry Miller mal traducido desfondando hembras impúdicas y salvajes en taxis. Autores donde por primera vez los Profesionales encontraron escritas las palabras coño, verga, cachondo, magrear, que no eran de uso corriente en San Isidro, ciudad culta que prefería palabras más familiares y domésticas como pan, animalito, hormiguero, muchiqui, aquello, el horno, para las partes femeninas. Y la reata, el castigador, el sabueso, el buscapanes, el oso hormiguero, el divino tuerto y otras mil, para las masculinas. Y todavía no había llegado, en palabras del Alcalde, el virus rojo a contaminar las ingenuas mentes de los muchachos, sino que las maldades y averías consistían en samueleos ocasionales a las bañistas en el río y a las orinantes en los baños del Prado, trasnochadas con pequeñas diabluras y desapliques todos los sábados, entradas de gorra a los grandes bailes organizados por la Cámara Junior y revolcones casuales con las chicas alegres o cuantimenos con las sirvientas que cerraban los bailes durante los celebérrimos Jueves del Prado Bar. En ese tipo de inocentadas se regocijaban. Naturalmente que tenían sus exclusividades, diversiones que los demás conciudadanos, especialmente los amigos del Paticorvo Palomo, consideraban mentecatas y gansas: hacerle discursos a un tornillo o caminar durante una semana con la pierna derecha tiesa o hablar sólo diciendo la mitad de las pala o ponerse todos un parche en el o.
Los Profesionales se sentían muy elegidos y tenían por norma reír solamente cuando uno del grupo decía algo gracioso, lo que sucedía todo el día y parte de la noche. Pocos eran los que podían escapar de sus burlas (Robustiano por peligroso y malhumorado; los dos negros, Vladimiro, por simpático, y Termidor, porque sospechaban que les podía hacer mal de ojo; carni y camioneros, por respeto a sus respetables bíceps, y naturalmente sus progenitores, Óscar Pedernera, Denario Tre y Benito von Chu, por elemental sentido de supervivencia). Siempre, bueno, digamos a menudo, non abusemos del rústico lenguaje, se hallaban a la caza de nuevos personajes o frenápteros en la plaza de mercado o en el matadero o por el lado de la Cuesta Pedregosa, donde años más tarde, o años antes, qué más da, conocerían o conocieron a Californio el Simple, o en el Liceo, donde por los tiempos de Garufa, el que cantaba tangos a razón de tres centavos la unidad, se encontraron con Nessim, el cuatromesino hijo de Aviva y Baruch, un muchacho que rozaba ventajosamente el umbral de la idiotez.
Con cara de trapezoide, piel llena de pecas rosadas que apenas si dejaban ver un blanco lechoso, y sobre todo una bondad de virgen sacramentada que a toda pregunta respondía con un UUUUUmmmm, que desde el primer momento les a los Profesionales pareció muy trascendental y trasgiversador de la realidad y debido a esto lo adoptaron como el bufón de la corte, a pesar de que él no se daba cuenta y trataba de merecer el puesto de auténtico miembro de los Profesionales sumiéndose en las mismas meditaciones o echando chismes amnióticos que en sus labios sonaban doblemente puerperales. Y quien, cuando los Profesionales formaron el equipo de básquet denominado Los Popis Boys, fue el jugador estrella o el gallo tapado que se levantaba de la banca en el instante en que los partidos estaban ganados por las jugadas macanudas de Bogar, a divertir al público corriendo tras la bola sin doblar las rodillas, porque así lo habían entrenado, y él era un bobo de principios: lo que le enseñaban lo aprendía, y ahora sí para siempre, dándole palmetazos al balón con las manos abiertas, o fingiendo caerse cuando Betoben o Epaminondas le hacían un pase violento mientras los espectadores se sostenían los intestinos gruesos y delgado para no reventarse de risa. Y él, a quien llamaremos Nessim, a veces olvidaba los entrenamientos, se dejaba llevar por la inspiración y hacía unos encestes que el mismo Bogar debía aplaudir, pero siempre…

—¿Siempre? ¿Por qué siempre dices siempre?

… regresaba a la payasada, a la torpeza, y cuando todo el gimnasio era una pura carcajada, él se detenía con la bola entre las manos y se quedaba mirándolos con su sonrisa de virgen intonsa como preguntando qué fice mal.
Pero Nessim despareció y nadie…

— ¿Nadie?

… supo decir si fue que Baruch Geldstainberg Hohensolen, avergonzado, decidió enviarlo a Eilat para que trabajara en un kibutz y consiguiera un cerebro de segunda mano, o si había muerto de alguna enfermedad súbita que le había afectado las sensibles pecas rosadas.
Y después de Nessim, la mascota de los Profesionales fue Alexis, que llegó en la Musoc (la Musoc con llantas, no la de crinolina y calzones) con un enorme sombrero mexicano y no supo decir de dónde venía y sólo pronunció el nombre de Crisóstomo Reflejo, pero sí tenía un conocimiento muy profundo y arraigado de su identidad y la andaba pregonando y decía que era príncipe de Mónaco y que su padre el rey estaba en un palacio al otro lado del mar y en verdad que era de sangre azul y un día se comprobó cuando el marino villano y bromista amante de La Malandra (antes Violeta, hija de la Musoc con patas) le surtió una puñalada en el bajo vientre que le desparramó las vísceras en medio de una nata color índigo.
Paradójica figura tenía Alexis: facciones clásicas de Apolo, pelo ensortijado que sería sedoso si lo lavara alguna vez en su vida, cuerpo digno del cincel de Fidias, unos ojazos de fanal penitenciario, y, vaya congoja, unas patas de tamal oaxaqueño, con uñas que parecían de bisonte, que reventaron las mejores pelotas de fútbol que llegaron a las canchas generaleñas. En fin, ese fue el segundo personaje en torno al cual se centró el vampirismo burlesco e intelectualoide de los Profesionales (no hay que olvidar la más narizmemorable característica de Alexis Príncipe de Monaco: una peste de muladar que era capaz de tumbar en cinco minutos a un burro y que competía ventajosamente con los aromas corporales de Robustiano y Bogar El Oloroso).
El tercero y último de los personajes predilectos de los Profesionales fue Californio El Simple, hijo de Rey David, a quien se le permitían breves conciertos de artillería y hoja de laurel o limonero y güiro durante los descansos de la Orquesta Sibundoy en el Prado Bar. Pero eso iba a ser años más tarde, por los días en que apareció la RRR, cuando ya el hijo de Rey David tenía su burrita amada, y atención, no nos adelantemos porque como decía nuestro amigo y colega Amadeus Simplicius Gete:
Odia el dios intemporal la madurez intempestiva.
Es decir, a cada burro le llega su mecate. O más vale pájaro en mano que comercio con mujer maloliente o mejor es morar en un desierto que con una mujer rencillosa y colérica.
14. Las tribulaciones de Mateo Albán.

Apenas hubo el historiador-literato Mateo Albán terminado de leer la pasada historia a sus amigos que le servían de críticos, nortes, faros y censores, se levantó gran barullo, porque unos querían arrancar de plano las páginas donde se hablaba de los Profesionales, otros los hallaban interesantes e insistían en que siguieran sus peripecias, los de más allá tomaban partido por los orates del pueblo y consideraban humillante que unos niños ricos los adoptaran como bufones. Y todo estaba tan revuelto que el Loco tomó la palabra para poner, como siempre, con su mente eminentemente racional, las cosas en orden. Dijo que de su experiencia en diversas lecturas de textos políticos y algunas novelas no poco famosas a veces por infamantes y en ocasiones por mentirosas, fantasiosas o retrecheras, deducía que los cuadernillos aquellos tan desconcertados (el del patán Robustiano, el del santo comunista fornicador de novicias, el de los delirios violinísticos y yogadores de Rey David, el de simpático Californio, cuya historia de amor con la burrita Atanasia —se llamaba Anastasia, no Atanasia, acotó el historiador—) no tenía para cuando acabar. Todos eran relatos inmisericordes y truncos que no tenían ni norte ni sur ni este ni aqueste, porque entraba un personaje y salía otro. Apenas el escuchante le tomaba cariño o aversión al negro Vladimiro o a Sacatripas, por ejemplo, ya el autor lo hacía desaparecer como si aquello fuera un retablo de maravillas o los protagonistas animales de zoológico a los que se tiran cacahuates, y que esto, a su modo de ver no estaba bien ni en los más peores libros que se habían escrito en la lengua de Castilla.
Mateo Albán, ¿por qué no decirlo?, estaba en todo de acuerdo con el Loco, pero aun así su cabeza archivo de teorías y refugio de miles de embustes en forma de libros que le había enviado la poetisa payanesa, no pudo evitar salir en defensa de su obra diciendo que el mundo de la realidad era así: una especie de circo en el cual gracias a las palabras de anunciador aparecían sin que nadie los llamara los titiriteros quienes ante una orden tenían que desmontar rápidamente su industria para dar paso a domadores y domados, los que a ritmo de músicas retumtumbulescas, cuando se les había vencido su tiempo, debían retirarse sonriendo para que entraran los equilibristas de largas pértigas, los payasos con grandes zapatos y sonrisas mal pintadas de opereta, los gitanos de oscuras pelambres y aviesas mañas, los faquires mostrando flacos huesos, los trapecistas volátiles y elegantes y bellos, los caballistas de doradas lentejuelas, y en el fondo, los músicos uniformados como generales sople que sople, y más en el fondo, las escondidas gentes que nunca se ven en la pista pero que son los sostenedores del espectáculo, los lavadores de elefantes, alimentadores de fieras, levantadores de carpas, barredores de pistas, manejadores de vagones, mujeres de servicios varios y tantas personas fantasmales y sudorosas que tenían por lo menos la mejor gracia que puede dar Dios: un buen sueño.
¿Para qué tener un buen sueño si se tiene un mal despertar?, se pregunta Mateo. Y se responde: Para tener otro buen sueño. ¿Y para qué tener otro buen sueño si se tiene un mal despertar? Para tener otro buen sueño. Así hasta llegar, se dice el historiador, al sueño definitivo. ¡Kaput! Y además, amigos, váyanse mucho a yogar con su madre, que lo mío es solamente una ranación capciosa, personal e intransferible, que en nada puede lastimar a un buen lector y menos a un donoso y próspero pueblo como San Isidro.
También les dijo Mateo Albán a sus compañeros reclusos que si no estaban satisfechos con la forma de contar las historias o con las historias mismas, se comprometía a comenzar una nueva serie de cuadernillos que se iniciara de la siguiente manera: Honorables señoras y señores, compañeros reclusos por voluntad ajena y descuido propio. El Gran Circo que dirige Mateo Albán tiene el gusto de presentarles al Paticorvo Palomo (aquí aclaraba el historiador que les fabricaría música con sus propios labios y contrataría un sonador de tarros para que el efecto fuera más verdadoso)...y continuaba... Y ahora vienen, la Musoc, con su vientre de bombo y su olor a curtiembre... La Sietecolores, regando el arcoíris de sus bufandas amazónicas por donde quiera que pasa... Sebastián Pereira, su pecho atravesado por una banda presidencial, escoltado por doscientos carabineros de pata al suelo y una corte de reinas de rancho y seguido por sus hijos, Zaratustra, el santo comunista, Serafín, con las protuberancias de los cuernos en la frente y la naciente cola mefistofélica culebreando a su paso... Y en despúes pero antes que todos Californio el Simple, con su dedo meñique izquierdo torcido hacia el este interpretando La historia de todas las cosas en su versión hoja de rosa... Y viene el incansable Vladimiro aureoleado por veinte cueros de las más finas reses irlandesas, Alisio El Príncipe de Mónaco. Y se asoma Cara de Enterrador, Piernas de Oro, Mesero Epónimo, Limpiavitrinas, El Embajador de la Elegancia. El Rey Negro Vlad y Patasdetamal en busca de Crisóstomo Reflejo... El Poeta Gordo bebiendo ambrosía, alabado por su corte de tricoferinas y en humillación perpetua por su digna esposa que se burla a tetor batiente de los poemas del bardo... Bogar, liberando esencias prohibidas, escapando de la turba de sus imaginarios admiradores.
Y así siguió enumerando personajes y desfachateces, conocidos los unos por haberlos visto pasar frente a la estrecha ventanilla de la cárcel, desconocidos los otros por haber sido deformados hasta la caricatura o por carecer de existencia incluso en los sueños más delirantes de los ocios carcelarios. Ignorados tal vez por haber sido producto de la ficción de Mateo, personaje sin duda falso o por lo menos inverosímil, como Vladimiro. O personajes fantasmales, de aparición demasiado fugaz, como Californio el Simple (inspirado, sin duda, en otro personaje más inconsútil, perteneciente a otro ámbito de la imaginación.) (Atención a la confusidad de la frase anterior. Pedimos modestas disculpas.)
Después de mucha discusión se decidió que el historiador-literato siguiera adelante con sus cuadernillos cuidando de hacer más entendible la fachenda si no quería caer en desgracia con la Junta de Censores presidida por el Loco. Se disolvió entonces la sesión, cada quien a su hueco, y Mateo Albán se retiró a su celda a cavilar ya que estaba viendo negras las perspectivas de lo que pensaba llamar su novela desfachatada o frenáptera y no hallaba forma de desembrollar la terrible maraña de personajes y situaciones, tiempos, espacios, tensiones y enigmas, en la que se había metido. Y tenían razón en gran parte y medida los judicadores: ¿quién era Alisio y cuál su aspecto? A veces hermoso doncel de pata al suelo y uña gorda, hijo de algún principado, a veces fajador con el mote de Piernas de Oro, en ocasiones mesero del Prado Bar y a veces maratonista insigne, ¿visaje de sepulturero o facciones clásicas de un Apolo?, pelo ensortijado que sería sedoso si lo lavara alguna vez en su vida, cuerpo digno del cincel de Fidias o garabato ambulante, ojazos de farol penitenciario, patas de tamal oaxaqueño, uñas que parecían de bisonte y que reventaron las mejores pelotas de fútbol que llegaron a las canchas generaleñas. ¡Erda!, que la farabumcalla estaba complicada.
—Atención Mateo —dijo el Mudo Animal —, que coluyo estás confundiendo y difundiendo a Alexis con Alisio, ¿non parécete?
—Ya deja de fablar así —le respondió el historiador —. Non inventes verbos sin mi permiso y non mis libros leas, que la poetisa payanesa los mandó sólo para mi solaz y cultivo. Que ni Sancho necesito, ni Cerdantes soy. Y eso de conjugar verbos mal es costumbre sanchopancesca que no te va bien.
¿Y de quién y para qué y por dónde lo de la burra? ¿De Alisio para deleite con banquita, cuerda levantacola e hipócritas cariños de Epaminondas? No hay mal que por bien no verga, diría Paticorvo. ¿O platónica pasión del buenote de Californio?
Questa note il nostro historiador litorate se soñó en conciliábulo con maese Shakespeare quien le rascaba la cabeza e decíale, como el famoso y olvidado poeta Oliva: Si algo te falta pregúntale al sueño. No hay nada que el señor de los sueños no sepa arreglar con el dedo meñique de la pata izquierda, apareció como colofón y mensaje en la pantalla dentro de un globito sobre la cabeza de sir William antes de desaparecer en las brumas de la vigilia, cuando Robustiano pasó con su garrote tocando la marimba de los barrotes de las celdas.


15. Primer suceso (para los aficionados a ellos): el Coro de las Doscientas Voces.

Un miércoles de tantos, la ciudad, entonces pueblo si hemos de ser ojetivos, se despertó a causa de un estruendo terrible, y muchos pensaron que al reloj de la catedral se le habían caído sus enormes contrapesos, y otros que la formidable piedra del Cerro de la Muerte por fin había perdido el equilibrio inestable que durante tantos años había mantenido desde que la vieron con incredulidad los primeros perseguidores de cerdos que iban a ser los descubridores de Valle de El General, y los demás pensaron que las profecías del padre Soto se habían cumplido y el hilo de agua cristalino que daba de beber a San Isidro se había convertido en un mar de sangre que a causa de los pecados venales se volcaba ahora sobre la intemperante Sodoma generaleña. Y no era tanto, simplemente que los siete taxis de la empresa Pedernera y Asociados habían sido contratados y sobre ellos se habían instalado los siete altoparlantes disponibles (entre ellos los del Liceo, la Alcaldía y, curiosamente, la iglesia) y a través de ellos, con músicas marciales entre las que destacaban la Marcha de Zacatecas y La Marsellesa, se anunciaba la presentación del Coro de las Doscientas Voces acompañado por la banda de los Hijos del Sol, además de la soprano Patty Claxon y el solista Bobby Roy. La curiosidad venció tanto a los del Barrio de Abajo como a los del Barrio de Arriba. Corriendo tras los taxis iba Californio el Simple marchando con paso de ganso y tratando de seguir con una hoja de bambú entre los labios los ritmos que anunciaban a semejantes saltimbanquis. Los negritos de Termidor se aliaron con los vagos del parque para alborotar la fiesta y no hubo nadie que no esperara con ansiedad lo anunciado con tanto bombo y estropicio auditivo. Y tal y como fue anunciado el jueves llegaron siete buses con escasos gringos monigotes y muchas gringas biches asomando por todas las ventanillas. Pocas veces se había visto un espectáculo tal en San Isidro. Ya el hecho de que llegaran siete buses juntos en lugar del acostumbrado Mercedes Benz de la Musoc era algo inconcebible y peligroso, pues podría ocasionar que el pueblo corriera el riesgo de perder el equilibrio gravitacional y que se despeñara hacia el Abismo de Isóceles, como afirmaba Patrocinio Aramburo recurriendo a uno de sus insondables inventos verbales (siete buses juntos llenos de gringos criminales es un exceso que ningún subsuelo podría soportar, dijo). Y de la misma forma que todos comentaron el miércoles por la noche el suceso anunciado, todos asistieron a la llegada de los buses el jueves y hasta se rumoró que por ahí andaba el misterioso Crisóstomo Reflejo, a quien ya se calificaba como importador de negros y otras enfermedades, y hubo algunos que durmieron en el parque para no perder un buen punto de observación. Y aquello fue digno de verse porque según testigos presenciales había animalones que medían casi los dos metros y muchachas de no más de quince años que parecían gigantas de circo y que tenían los pies tan grandes que el cuero de una vaca no hubiera bastado para cubrir sus pudibundeces o que podrían haber dormido de pie y portaban un escudito en el pecho que decía All you need is love. El resto también era exagerado.
Los extranjeros estuvieron a punto de no bajarse de los autobuses cuando vieron la multitud de latins juntos, y ni se fijaron en don Eutifrón que pretendía endilgarles un discurso, ni apreciaron la belleza de las Fernández que les ofrecían blancas rosas de paz y llaves simbólicas, ni agradecieron las promociones especiales de las chicas de Clementina:
Madre e hija en un solo paquete, perrito incluido.
Paradisium fornicorum: la experiencia inolvidable.

Ni entendieron los welcome blodybastars que los hijos de Vladimiro, siempre tan decentes, usaban con todos los primates para demostrar su erudición y buena cuna. Apenas pisaron tierra ajena, y a pesar de que las calles estaban bien barridas y regadas con agua de los caños y a pesar de que el polvo rojo estaba tranquilo, los tenis blancos y las babuchas y las chanclas se les ensuciaron, empezaron a balbucir tímidamente su español, amigou, decían a los chiquillos de Termidor, y se atrevían a rascarles las cabezas como diciendo, my god, nosotros también tenemos negritous en USA. Y los negritos se quedaban quietos, mimosos, como gatas en celo, creyendo tal vez haber descubierto un nuevo género de robustianos. Y a los gringos les llamó particularmente la atención la figura de Marilú, que sostenía a James Po en brazos, a pesar de que ya cumplía los diez años con su belleza de niño Dios en todo su esplendor. Y no pasó mucho tiempo sin que el sol de cuarenta grados y el viento insólitamente frío proveniente del Cerro de la Muerte se encargaran de echar el cuadro, que se antojaba idílico, a perder. Se levantó el polvo de las calles vecinas, especialmente de la Calle del Comercio, donde los judíos, albánicos, turcos y demás latrocínicos empecinados, se habían negado a cooperar regando, como acostumbraban, su porción de territorio, con un tarro amarrado al extremo de un bastón que les permitía sacar agua del caño y lanzarlo sobre el polvo rojo para aplacarlo. Comenzaron pues las toses y las maldiciones y los bullshit y los fuck y los hell y alguno pidió guáter, guáter ansiosamente. Pero como los que más entendían de los generaleños no entendían nada, lo que les ofrecieron fue un escusado de hueco. El primer primate que conoció un inodoro criollo se devolvió corriendo a contarle a sus compañeros quién sabe qué parábola, acaso que había descubierto un agujero maloliente que comunicaba con las grandes cloacas del mundo o incluso con el mismo infierno de Aligieri y los demás se arremolinaron en torno al aventurero y exclamaban ou, ou, poniendo ojos de coneja extranjera.
Se hospedaron, como todos los turistas célebres, en el Motel El Prado, lejos de los lupanares y laberintos de madera donde las niñas indecentes ejercían sus habilidades, y de allí partieron durante esos días osadas excursiones pertrechadas con cámaras fotográficas y chores y chanclas de jesuita, en los que se veían muy graciosos, como grandes micos de organillero los pocos hombres, y como elefantas de feria pobre, con cofias y faldas largas, que ocultaban todo el pernil, las mujeres. Con curiosidad de antropólogos observaron las costumbres de los latins y descubrieron varias cosas interesantes: que las burras, igual que las vacas, eran de doble propósito, leche y carne. Que los taparrabos habían pasado de moda hacía tiempo. Que para los isidreños, ellos, los gringos, no eran objeto de admiración, sino de curiosidad morbosa. Que las mujeres se vendían en las calles como cualquier producto.
Cuando fueron a buscar un supermarket no encontraron sino un bazar, un mare magnum, un revoltijo, una melé de frutas y latins, iguanas y pájaros bobos, hierbas y menjurjes, latins por todas partes, como una infección o como una peste incontrolable, mezclando sus cabezas con sandías, repollos de tamaño inconcebible, muñecas de mimbre, alcancías de barro con ávidas rendijas, folletos milagrosos, amuletos, compradores y vendedores de sangre, perros sarnosos, largos, obscenos y olorosos salchichones, tepezcluintles medrosos y xoloscuintles impúdicos, flores explosivas y carnívoras, serpientes para cazar ratones y ratones gigantescos para cazar gatos en celo que no dejaban dormir, trampas para aprisionar iguanas, bebedizos para subyugar mujeres castas, róscopos mazónicos, piedras magnéticas para curar el cáncer y la rubeola, frutas productoras de leche, de agua, de miel, de pan, de perfume, de buenos amores y entre tantas otras cosas los foráneos iban de ¡ou! en ¡ou! abriendo sus grandes manotas y sus ojos de pasmo, hallando frutas tan exilias que sometían a los incautos a su imperio y animales con un don de gentes tan severo que exigían fidelidad eterna, cuidados hasta la muerte y atención intensiva. Claro que para ellos las cosas fueron ligeramente más caras desde que Alisio les contó a los generaleños el portento del dólar diciéndoles que en el banco le habían dado doce pesos por uno de los verdes. Dólares, amigos, papelitos que tienen un señor del pelo largo pintado en un lado y un águila en el otro, dijo. Y así fue como el padre putativo de las monedas comenzó a hacer estragos en las mentes de los isidreños. Años más tarde, cuando llegaran los de Rallanger, Ropino and Rashville con su aparato de maquinarias de guerra contra la naturaleza y sus dinamitas contra el orden natural de la realidad, los generaleños habrían de recordar la primera locura que fue despertada por el olor de los dólares que trajeron los payasos del Coro de las Doscientas Voces.

Aquí fue el Loco quien suspendió la lectura de los cuadernillos.
—Coñazo, Mateo, que eso ya lo leí en otro libro donde está escrito con más gracia.
— ¡Y qué, balandrán, odre de mierda! Si yo quiero me quito los calzones como don Quijote y me paro de manos, con mis floridas vergüenzas al aire.
—Don Quijote no se quitó los calzones, perdulario.
—Pues si yo digo que se quitó los calzones… se quitó los calzones. En lo que escribo, señor orate, soy rey soberano, dios y el mundo se calla.

… después, ya en la civilización, o sea en la novelización, donde primero hacen los drenajes y las calles y luego las casas, darse aires de explicando a los resignados oyentes las maravillas de aquellas selváticas tierras, claro está, agregando alguna aventurilla con indios, flechas y pirañas, o con feroces guerrilleros, para no pecar de anacrónicos.
El viernes era el día fijado para la presentación. En el acondicionamiento de la Terraza Bailable se gastó más dinero del que habían visto junto los generaleños en un año. A los gringos les fue difícil conseguir el sitio del malvento porque sobre quien se prestara a los manejos de esos ateos pesaba la pena de excomunión fragante y de por vida hasta más allá de la muerte y el regreso, si es que tal hubiera. El padre Soto en su intervención del jueves (en San Isidro había dos celebraciones importantes ese día: los Jueves del Prado Bar y los Sermones Juevestinos, y en esa confrontación de poderes eran ni más ni menos que el infierno y el cielo los que se echaban las almas al naipe) ante las beatas y Californio el Simple con su hoja de rosa entre los labios interpretando la Toccata y fuga, fue terminante y aunque la medida era drástica, más peligroso aún era el que la comunidad cristiana se rindiera a las seducciones de los anticristos y las seductoras hechiceras de walpurguis disfrazadas de lolitas.
A Fermín Fano le importó un rábano, un pepino y un cohombro la amenaza, solterón ya desilusionado ante el fracaso categórico de la Terraza Bailable, en pleno centro, al lado del Cine de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, consideraba que había que jugar rudo e investigar por dónde masca la iguana y se rasca el tigre, se reía a mandíbula batiente de los doce capítulos del infierno que le habían pintado las lenguas agoreras. Ateo legítimo y convencido, sólo creía que no creía en nada, se decía materialista, pero era un materialista de malas, pues a pesar de haber concebido los proyectos más arriesgados en esos tiempos, siempre le fallaban, o terminaban como el grandioso salón de baile en el que se iba a presentar el Coro de las Doscientas Voces. Que en su inauguración pretendía ser un Prado Bar por lo alto y que, misteriosamente, el primer día, con la Sonora Matancera traída expresamente de Cuba tocando, con la élite de San Isidro bailando y la presencia del mismísimo presidente de la república, el excelentísimo Pepe Tacones Felgueres, se llenó de prostitutas que entraron en fila india y no hubo poder sobre la tierra que las expulsara porque los mismos integrantes de la Sonora, el Paticorvo Palomo, Californio y el orate de Benito von Chúber, neé Charriaga, se opusieron, aplaudieron la presencia de las niñas y fundaron una epifanía de amor universal, libre, explosivo, comunitario, que se manifestó en todos los rincones propicios de aquella extravagante edificación. Tenía la Terraza Bailable una pista de baile en la que cabía la población entera del pueblo. Y venga golpe de nalga, brillada de hebilla, rodillas en pie de tierra y la Sonora les dedicaba a las chiquillas del amor impune canción tras canción y a las futuras iniciadas también les recetaban sus ritmos y se turnaban los micrófonos y los instrumentos para participar negros lindos, mulatos y blanquitos, hasta chinos colados, en la algarabía, y fue la fiesta más grande que recuerden tanto la Musoc como Clementina La Más Fina y la dueña de Los Pollitos, y desde ese día ya ninguna dama que preciara de criatura digna y de limpias entrañas, volvió a entrar a La Terraza Bailable y a Fermín Fano no le quedó más remedio que dividir el salón en dos, instalar cuartos de batalla en la parte trasera, y ya cuando llegaron las Doscientas Voces el sitio comenzaba a oler mal, cerveza rancia, cuarto encerrado, orines de gato, papel higiénico perfumado por el amor perdulario.
Pero los gringos no parecieron darse cuenta de tanta jedentina, quizás porque el polvo rojo les había tapizado los tabiques, ventanas y paredes de los senos nasales.
El día escogido un parlante de ochenta megatones apagaba el sonido de las campanas vírgenes (agujereadas) que el sacristán suplente, Zaratustra Pereira, quien después viajaría a morir en Yugoeslavia, batía violentamente. No bastaron ni la cólera venerable del padre Soto ni la saña mística de Zaratustra, ni los rezos de las Julianitas de rodillas en el parque, ni los gritos histéricos de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa desde la taquilla de su sala cinematográfica, para alejar a la gente que seguía afluyendo a pararse cerca de la Terraza Bailable de Fermín Fano. Gentes y gentecillas se acercaban tímidamente por el lado del Cine Paladín aunque supieran que el fidelísimo bibliotecario de las Julianitas se estaba desmembrando asido a la cuerda de la campana mayor (la virgen defenestrada) y que el abnegado párroco se estaba retorciendo las manos y tronando los dedos. No bastó ni eso ni la aparición súbita del padre Soto con una libreta para acoger los nombres de los que se atrevieran a entrar donde los herejes y sí fue suficiente el estruendo del magnetófono para echar a perder las funciones en el Paladín y en el Cine Arelys, para deshilvanar el ritmo de los bailarines en el Prado Bar, desbaratar el entrepierne apache en el Bar Tico, desconcertar las tramadas carambolas en el Billar Montecarlo, impedir el sueño de las disciplinadas gallinas y las beatas sempiternas, quitar todo romanticismo a los practicantes tempranos del peristaltismo horizontal. Quisiéranlo o no, todos conocieron la presencia del Coro de las Doscientas Voces en San Isidro de El General.
Los isidreños, que se caracterizan precisamente por los bochincheros, no se amilanaron ante el representante de la justicia divina. Los anuncios de prodigios artísticos y de lotes en el cielo con fáciles mensualidades, agregados a promociones especiales que ofrecían paz espiritual, consejos íntimos y sugerencias para triunfar en los negocios, el amor y la marrullería, atrajeron a más de diez mil personas, cuando en San Isidro sólo había cinco mil, contando a los negros y a los tontos y a tres enanos recién aportados a la fauna por el alcalde Eutifrón. Sin embargo sólo diez calvinos se atrevieron a entrar. Los demás se quedaron en el parque, frente a la Terraza, arguyendo las explicaciones más peregrinas: que estaban mirando las estrellas, esperando el definitivo desgajarse de la Gran Piedra del Cerro de la Muerte, que esa noche precisamente era la anunciada invasión de los chanchos salvajes que sólo iban a respetar el parque. Cuando los convencionalistas se convencieron (después alguien resultó con la historia de que aquello era una convención, como las que celebran los partidos políticos y los vendedores de productos de belleza infalibles, con el objetivo de convencer a los que ya están convencidos) de que era imposible atraer más borricos, jumentos, asnos, coribantes, frenolitos, sicofantes, rinocerópteros y saúdes, empezó la función.
El primer golpe salvaje que dieron todos con bombos, platillos, gargantas, trompetas y demás instrumentos raros, fue como una explosión de gas que hizo que la multitud se echara violentamente hacia atrás e incluso el Mudo Animal, aquí presente, más sordo que la sordera misma y que un piano en un desierto, tuvo que ponerse las manos en los oídos. En cuanto la onda sonora llegó a Benito von Chúber, en trance de tener segundo acceso a su laguna soñada, pegó un brinco montesco que hizo correr la tinta sobre la partitura y olvidar el resto de la frase…
Soñando voy con mis cantos
No hay consuelo para mí

Se le atragantaron las campanitas del cerebro y se le anudó una cuerda con la pituitaria y se le estranguló el esteroeocleidomastoideo, la solfa cambió de tono, se puso de pie tirando las cosas al suelo y salió del espeso cuchitril en el que se encerraba a componer el mundo en disciplinadas armonías. Sin haber podido terminar la partitura que lo haría famoso comenzó a sentir que su tristeza era más perniciosa que el amor correspondido.

16. El gremio del Paticorvo Palomo, la Momia Azteca y el Enmascarado de Plata.

Los vagos por naturaleza, vocación o necesidad encontraron en el Palomo un magnífico fabricante de ilusiones, embelecos y diversiones. Palomo era uno de los tantos hijos que Robustiano había sembrado en los vientres de las prostitutas, sus amadas mujeres, una semanal como si fuera medicina dosificada. El Paticorvo no se avergonzaba de su progenitora, antes por el contrario, casi cruelmente, acostumbraba llamar la atención a sus amigos, cuando su madre, la muy trajinada Musoc, atravesaba el parque seguida muy de cerca por su gigantesco abdomen y la figura siempre jactanciosa e insolente de la niña Violeta, y alababa aquella cabeza piojosa y semicalva, las piernas varicosas y flojas, la lengua rica en expresiones de las más castizas y todos aquellos atributos que por mucho tiempo tuvieron alta cotización en el mercado burdelario de San Isidro de El General.
Siguiendo la vieja costumbre espartana…

Antes de seguir adelante, Mateo: ¿me puedes explicar cómo es posible que una mujer sea seguida muy de cerca por su gigantesco abdomen? Fácil, amigo, respondió el litorate, en la tramoya literaria todo se puede, hasta lo que no se puede.

… contaba el Palomo, la Musoc lo alimentó hasta que cumplió los nueve años. Cuando hubo llegado a ese punto en que ya asoman tres pelos so baco, lo puso de patitas en la calle y le dijo hombre naciste y por hombre te fuiste, andá a buscar vida ajena que yo ya me aburrí de tu cara de pistola y tu pie mancuernado, si querés preguntá por Robustiano sargento de policía y decíle que si se acuerda que me llevó al río a juerzas cuando yo estaba enterita y sin estreno y no me pagó ni la avería de la cuca, que me tuvo en clausura un mes. Que te busque, Palomo mío, oficio o te dé sustento, malparidito hijo de mis entrañas. Punto final.
Y allá fue el patizambo, calle abajo, por la que sería Carretera Panamericana años después. Con su pie varo y su atado de tiliches, llegó a la Inspección y desde su estatura de homúnculo mal hecho le exigió a su padre protección y ayuda. Robustiano lo midió a cuartas y jemes de pies a cabeza, rodeó con sus dedos de butifarra aquellos bracitos palilludos, investigó como a caballo su dentadura, le pasó las manos por el pelo tan lacio como un lago en calma y concluyó que le querían meter gato por liebre, entonces le respondió:
—Andá decíle a tu puta madre que es muy cierto que la recosté contra un árbol por el guayabal del río, pero que si yo te hubiera sembrado a vos, tendríamos aquí un tronco donde se rasca el tigre o un hacha que corta el tronco o una hoguera que funde el hacha, y no una boñiga mal envuelta. Ah, y decíle que haga memoria de si no se enyogó en ese tiempo con un tuberculoso, un palúdico, o por lo menos con Rey David, a quien nadie le gana en fabricar musarañas. O con el Doctor Tremens, que ya debe tener averiado el aparato de los gustos y los disgustos.
De modo que el Palomo se llegó de nuevo a la casa de su muy heterogénea madre, por el Barrio del Liceo, dando la vuelta a la izquierda antes de entrar a la Panamericana, golpeó a la puerta y oyó a la Violeta, años después La Malandra Nucamendi, su única hermana, hija de un incógnito polvo baratón, gritar: Mamá, que el Palomo no quiere irse de la casa. Escuchó un bufido, un ruido metálico, y, conociendo a su mutter, puso pies en polvorosa y tomó las de villadiego y se mandó esfumar. El engendro diabólico (nunca hubo en los anales del hembrerío generaleño imagen más espantosa: era tan fea que no daba espacio para la lástima, la compasión o cualquier otro sentimiento noble) lo persiguió blandiendo un alambre de púas malignas de metro y medio doblado en cuatro y no quiso escuchar las razones que en cada esquina se detenía el paticorvo a gritarle antes de echar a correr de nuevo, sino que maldijo con su lengua privilegiada el espacio de tres kilómetros completos, desde su casa hasta la bucólica entrada de Los Pollitos.
Y otra vez llegó el paria a la Inspección y contó al sargento la historia agrandando los aljetivos, tupiendo los cardenales que no llegó a sentir y que se pintó con barro rojo que sacó de los caños a cielo abierto que corrían por la Calle del Comercio y diciendo que la Musoc había dicho que en cuanto viera a Robustiano le iba a hacer cirugía plástica al revés, con un tajo desde la coronilla hasta el ombligo. El sargento, de combustión lenta pero segura, se fue enfureciendo, golpeó su escritorio con un puño de esfera de demoliciones, y prometió castigar a la putadelosinfiernos, ¡voto a bríos!

¡Epa! Que esa intercocción es más de mosquetero del rey que de sargento pueblerino! ¿Y quién te dijo, indino, que don Robustiano es un sargentillo mequetrefe? ¿No has notao el garbo, el donaire, la hidalguía, que bien le acomodaría a un héroe griego o a un infante de Castilla?

Se encontraron en el Bar Tico, galerón de madera equipado con cuchitriles para los negocios de urgente y económico amor no muy limpio y un largo bar en el que se apoyaban los machos a mirar a las hembras que se adjuntaban, adosaban y acotaban a las paredes opuestas, muy bien formadas en filita y fumando como chacuacos y parecían cartas de la baraja muy usadas. Los concurrentes abrieron cancha. La pelea comenzó por la lengua y terminó en una lucha libre de trabas, sin límite de tiempo, sin árbitros ni condiciones, en medio de la algarabía de las chicas alegres. No se supo quién fue el vencedor y quién el vencido. Se reconocieron sí los efectos: largas estrías moradas en la cara de Robustiano, huellas de dentaduras irregulares pintadas en todo su cuerpo y varias contusiones en la anatomía de la Musoc, un mechón abundante de pelo en la mano derecha del sargento, una muela no identificada sobre el piso.
Arranado sobre el mostrador Palomo Paticorvo seguía una batalla en la cual no sabía qué partido elegir. El asunto terminó como terminaban habitualmente las peleas de la Musoc: súbitamente. Como subproducto de la turbamulta, todos vimos, me contó un maleante, que algo indeterminado rodaba y salía reptando de entre las piernas de la Musoc. Habrá que investigar qué fue. Hasta el momento seguimos ignorando la filiación de aquella especie de batracio.
Al día siguiente el Paticorvo estuvo de nuevo en la oficina de Robustiano y renovó su solicitud de paternal asilo, ceremonia que repitió día a día durante una semana, hasta que el Padre y Protector de Todas las Putas del cantón reconoció que si el bicho era tan terco necesariamente debía ser hijo suyo. Lo colocó como pegabotones con un sastre fino, y el Palomo, como era de buenas mañas, pronto aprendió oficio de maestro cortapaños y organizó su propio changarro justo al lado del Billar Montecarlo.
Podemos decir que para el tiempo en que esta ranación transcurre, el Palomo era sastre con gran clientela y poco e involuntario trabajo, merced al don procastrinador que aplazaba todo ante el don de una simpatía innata y una capacidad grande de decir mentiras divertidas. Tenía pelo largo y liso, dolicoencefalia ambulante, la insolencia de su padre, la boca grande, herencia de su madre, doña Musoc, diestra en el arte de edificar monumentos e obeliscos a partir de flacideces. Era feo, tenemos que confesarlo, pero su sonrisa parecía un cariado atardecer que cautivaba a todos. Hallaba encanto en las cosas más vulgares y eso le permitía vivir en una actitud de gozoso vagar que lo alejaba de toda preocupación material: coser un pantalón por semana le bastaba para sentirse feliz y productivo, con dinero y realizado. En torno suyo se fue formando un grupo de vividores que devoraba el tiempo mojándolo en el vinillo dulzón de sus palabras. Se les podía encontrar en el parque, a la vera de la catedral o cerca del restaurante del español Pascual esperando con ansiedad las horas de misa en que se poblaba la acera de muchachas. Los podemos imaginar haciendo juegos de palabras, mirando los cartelones del cine de la beata María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, que era el más antiguo, lleno de murciélagos y ratas y se preciaba de presentar solamente películas mexicanas, y tal cual argentina con Isabel Sarli, que inauguró en el negocio del placentero almidón a varios inocentes (y no me digan que cómo diablos una beata puede prohijar la saludable pornografía: amigos, en San Isidro todo es posible, porque como lo dijo el inolvidable novelista francés Gustavo Filoberto: San Isidro soy yo). Películas cuyos protagonistas eran el Santo, Viruta y Capulina, Miguel Aceves Mejía (Miguel A Veces Me Fía, corregía el Paticorvo.) A los amigos del Palomo les gustaba ese tipo de películas en las que la Momia Azteca se enfrentaba con el Robot Humano, y el Santo, el increíble Santo, tras lanzar un ¡gulp! de asombró o quizás de susto se lanzaba desde los techos y volando justiciero con su máscara de plata y su capa bordada en oro caía sobre los temibles comunistas, y con el amparo de la Virgen de Guadalupe y de Kyra, la bruja blanca, los ponía en polvorienta fuga. Después de ver la película cada cual adoptaba su papel de acuerdo con el resultado de una rifa que curiosamente siempre le era favorable al Palomo: se dividían el territorio, se separaban, recorrían San Isidro camuflándose en los lotes baldíos, con las caras cubiertas por pañuelos y cuando se encontraban, lanzábanse sorpresivamente los unos sobre los otros con un denuedo y realismo tales que no era extraño verlos llegar a todos juntos al hospital chorreando sangre. Pero, claro, sin quejarse ni dar señas de dolores y quebrantamientos, y es que, sin saberlo, los cuitados, estaban replicando las actitudes propias de los caballeros andantes y del mismo gentilhombre de la triste figura, a quienes no les parecía juicioso lamentarse de herida alguna aunque se les salieran las más recónditas tripas y con ellas el alma.
Los paticorvos casi nunca tenían dinero para pagar los boletos de entrada al cine de Medalla (en la taquilla admiraban a Cielo Fernández, tan linda, triste e indiferente como un filete de res) y por eso se divertían tratando de descubrir los argumentos con base en las cinco fotografías de la cartelera. Pero si por algún azar, remoto aunque posible, alcanzaban a reunir los seis centavos del tike, se sorteaban el privilegio de entrar y los demás paticorvos permanecían afuera, esperando, sin poder ocultar la impaciencia, y haciendo comentarios sobre la ya remota visita del Coro de las Doscientas Voces. Sobre la presente invasión de mendigos y los desafueros cometidos por mister Rotenhook o cualquier otro suceso.
Cuando el afortunado salía cargado de emociones de seis centavos, sus compañeros en lugar de rodearlo y preguntar sobre lo que había visto, seguían su conversación sobre la estupidez de los Profesionales, los escándalos de la Costurera Flaca o el gran amor de James Po, como si fuera un lunes cualquiera y el hecho de haber logrado reunir seis centavos no fuera algo extraordinario. Sólo después de un rato, y aparentando desinterés, se permitía que el afortunado hablara. Invariablemente el argumento resultaba inferior a los recuerdos o a lo que habían imaginado al contemplar las cinco fotos, el número de muertos era insignificante, no se les veía nada a las hembras, el Santo seguía oculto tras el misterio de la máscara de plata y al Robot Humano se le alcanzaban a ver los tornillos herrumbrados.
Todos ya se sabían de memoria las películas. Además cada vez que regresaban a San Isidro estaban más recortadas.
Debido a las exiguas dimensiones del parque era inevitable que los amigos de Palomo se encontraran diez veces al día con Benito von Chúber, quien habiendo encontrado la alegría en la laguna de su canción, también había recobrado el buen humor, aunque no la cordura, y se dedicaba a recoger las hojas de los árboles, a contemplarlas largamente, y luego a echarlas con gesto de hasta nunca al bote de basura. A veces Palomo decía ese hombre no está loco. Y si sucedía que Benito escuchara esa aseveración, como queriendo contradecirla conscientemente, se ponía a hablar de algún Rigoleto, Narciso o Golmundo, gentecilla desconocida por nuestros parajes.
Era precisamente durante los días aburridos, quizás porque la Musoc había sufrido algún desperfecto mecánico o estaba atascada por algún derrumbe en el Cerro de la Muerte, causado por las reparaciones a que estaba siendo sometida la carretera y no había posibilidad de que llegara algún primate digno de atención, cuando los amigos de Palomo aguzaban el ingenio para pasarla bien. Se colocaban estratégicamente en las cuatro esquinas del parque y atisbaban la llegada de las damitas con el suficiente tiempo como para tramar intrigas a gusto. Intentaban adivinar por dónde pasarían las muchachas bonitas y nutritivas, entre ellas las Fernández, las vígenes de El Embajador de la Elegancia o por lo menos Melpómena, para ir a colocarse por allá como desapercibidos. Y por más que las guapas cambiaran de acera no podían escapar a las miradas inquisidoras o a las promesas de amor eterno o a los piropos desconcertantes. Cada uno imaginaba conversaciones, intercambios de miradas, mohines provocativos o sugerentes, que se les quedaban estancados pues cuando las bellas pasaban con ese gesto de ciegas, sordas y mudas que adoptaban ante los desclasificados, ellos bajaban los ojos reconociendo lo insuperable de la distancia. Y sin embargo, cuando se quedaban a solas, los paticorvos perdían todo remilgo y era suficiente que a alguno le sorprendieran en los labios una sonrisa entre sospechosa e insinuante que quisiera dar a entender soy poseedor de una complicidad con la nena que acaba de pasar, para que los demás se desataran… No les importaba que fueran puras fantasías, con tal de que estuvieran bien bordadas. Todo estaba permitido en el mundo del Palomo, y naturalmente la mayor parte de las veces los romances adquirían características muy cinematográficas y casi siempre hallaban un trágico desenlace pasional en el que la mujer llevaba la peor parte, digamos, una muerte perfumada, y los galanes quedaban sumidos en abismos insondables y fríos.
Y era como si los fantaseos de los Paticorvos fueran los anuncios de lo que le pasaría a la Santa Flaca.
Los amigos del Palomo tenían calculada la altura de las desiguales torres de la catedral por medio de las sombras que proyectaban, medido el perímetro del parque y las calles adyacentes, nominados los árboles de acuerdo con sus apelativos científicos. Por el vuelo de los buitres siguiendo la ruta del aeropuerto conocían que era hora de entretenerse observando a los tremebundos carniceros romperle la testuz a las reses y destrozarlas con una habilidad que jamás habían gozado en película alguna de Jack El Destripador.
Las nubes, tan escasas como las mujeres castas, convertían su día en una pascua de resurrección, y eran ellos, quizás mejor que los reportes meteorológicos de Patrocinio Aramburo o la inquietud de las golondrinas, los que anunciaban la llegada de la lluvia. Tenían un olfato muy desarrollado a pesar de la bauxita, y la humedad en el aire los ponía como en víspera de poner huevo, fijaban plazos al clima, decían: dos días para que llueva, y llovía, entonces alzaban los ojos, no para agradecer a deidad alguna, sino para gozar con todo el cuerpo de la lluvia, abrían los brazos, bebían las primicias de las tetas aéreas, corrían uno tras otro, se sentaban en el cordón de la acera a dejar que les escurriera la dicha por el rostro, y después le rogaban a Pascual que les fiara una media de guaro, pedían alcohol en el hospital pretextando ser heridos de guerra, conseguían en el mercado unas naranjas o limones, los exprimían, preparaban la fórmula secreta y se iban a celebrar el acontecimiento anunciando que habían hecho llover. Cobraban unos cuantos centavos de impuesto por la revelación y apedreaban las casas en las cuales no les daban ni la razón ni el dinero. Con uno de los dos bastaba para hacerlos felices.
Ellos, como los hijos de Termidor, esperaban la llegada de la Musoc y con la misma alegría de los negritos garosos buscaban algún visitante que fuera digno de ser ayudado. Suponían quizás que un día cualquiera, tras unas gafas oscuras y un vestido talar, aparecerían, para ocultar su identidad, el Enmascarado de Plata o Lorena Velázquez, con su mirada entre erótica y cretina, y entonces, obviamente, los ayudarían a instalarse y se guardarían de revelar las verdaderas identidades porque probablemente el Santo arribaría en misión secreta a matar comunistas o brujas negras, y la Velázquez vendría huyendo de sus admiradores, y no habría caso de echar a perder el objetivo del viaje de tan importantes personalidades. Y naturalmente serían recompensados, en el primer caso con una imitación del cinturón guarnecido en oro que portaba el célebre luchador mexicano, y en el segundo tal vez con algo más que una ojeada a los cuerpos mamilares que por primera vez habían visto en aquellas películas de vampiras que vieron sin cortes en el Cine María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, cuando la vieja beata descuidó la censura por andar camanduleando y cuidando a la Santa Flaca.

17. El Coro de las Doscientas Voces. Segunda parte.

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Ya en el parque, Benito sintió un aire como de fiesta triste. El hecho de que el músico se dejara ver pocas veces en público hacía que en el pueblo se le perdonaran las disonancias y condromalasias. Por eso fue que a nadie se le ocurrió criticarlo cuando fue a meterse de cabeza y sin condón espiritual en la Terraza Bailable, tremolando su cabellera beethoveniana y fulgurando sus ojos con la sagrada locura de los grandes. Lo que vio Benito en la Terraza Bailable fue un arcoíris de anaranjados, blancos y amarillos. Formando una fila perfecta estaban doscientas voces virginales que correspondían a otras tantas niñas sonrientes, muchachas rosadas como cerditos yorkshire y con pecas pardas como las de Aviva, ellas con vestido totalmente anaranjado y un lacito blanco que partiendo del cuello les llegaba a las rodillas. Estaban subidas en una especie de gradería fabricada a marchas forzadas por un batallón de carpinteros enmascarados. Abajo había un señor con cara de happy guy profesional y a su lado un gordo empeñado en mortificar el piano del Liceo. Y más cerca del que podía llamarse público se armaba de coraje una banda como de cincuenta integrantes que movían las piernas como si estuvieran marchando y todos portaban estrambóticos instrumentos que hubieran hecho suspirar a Rey David. Artefactos dignos de verse como trompas de falopio artesanal, más largas que un silbido de lechero, platillos con barbas voladoras fluorescentes, flautones a tres manos, saxófones de escalera, pitos silvestres y ocarinas nahuas, violines para pituitarios. Y para qué seguir mencionando artilugios indefinibles. Mejor oigámoslos… ¿Ya?
Cuando el gordo yorkshire dejó de atormentar el piano con la uña grande de su dedo índice derecho y las armonías del coro fueron difuminándose hasta convertirse en un fantasma sonoro en medio del olor a papel higiénico y orines ineludible de la Terraza Bailable, la banda se compadeció del ya trastabillante eje de la tierra (dijo Patrocinio, que asistió de incógnito) se levantaron unas orejas a un señor pegadas y dijeron por su boca, que también la tenía, escasa pero suficiente, que él había sido un pecador el cual había hecho mucha maldad y vicio perjudicial a la humanidad y ahora que conocía a Dios gracias a mister Joe Smith se había hecho retebuenísimo y se contentaba con cantar y alabar y rezar (desde atrás el Paticiovo Palomo se empinó para gritar:
— ¿Y no comés, malparido?)
… y como para probarlo, sin atender al grito poco diplomático, soltó ái mismo un aullido y la banda imprudente se dejó rodar de nuevo cuesta abajo. Y aquello fue puras pecosas empinándose para dar su tono más alto y su agudo más operático y gigantescos muñecos con tenis Adidas dándole al bombo como a violín prestado y el orejón mascullando una cosa incomprensible y aplaudiendo y haciendo señas al público para que lo imitara, pero como había pocos (Vladimiro escrutando las caras de los gringos para ver si encontraba su espectro convocante, Fermín Fano metiéndole Ron Plata Chatam Bay al cuerpo, Californio el Simple con los hombros bogando al ritmo de las percusiones y cumpliendo su vieja costumbre de ser testigo de todas las trascendencias del mundo (y la burrita Anastasia bañada, peinada y toda ella un escándalo de perfumes, ni siquiera amarrada esperando que su amado saliera apenas sabiéndose viva porque espantaba las abejas que confundían su aroma de mocita parisiense con un panal de delicias). También estaban Epaminondas Pedernera, vestido como una lámina mitológica, su peinado aerodinámico sostenido con Glostora. Cada día que amanece el número de bobos crece, dijo, y no se supo a qué o a quién se refería. Bogar El Oloroso, y Betoben Charriaga o Chúber, ramoneador de pensamientos, quienes aunque todavía se orinaban en la cama ya andaban juntos. Además, un poco más tarde, llegaron Serafín Pereira, con su cara de gárgola, y la Niña Sherman, que hacía su primera escapada del colegio de monjas.
El salón a pesar de que había sido dividido en dos seguía siendo muy espacioso. El número de los artistas decuplicaba al de los integrantes del público y la escena era bastante desconsoladora. Cuando terminó el ruido de la banda y se hubo estabilizado el eje de la Tierra (terco seguía Patrocinio con el cuento del inevitable cataclismo), no sin levantar un par de tsunamis y motivar diez terremotos en las Islas Malvinas y Madagascar (terco seguía Patrocinio con el cuento del inevitable cataclismo), las doscientas voces virginales iniciaron un mecerse para acá y para allá y un murmullo se fue segregando como una baba de tlaconete, muy malencónicamente de los más profundos intestinos de los gringos. Era como el zumbido de un gran panal de avispas gigantes que después se fue haciendo comprensible hasta articular algo así como Yisoscaist. A medida que aumentaba el volumen se emocionaban, encabritándose como posesas las unas y poniendo los ojos en blanco las otras y apretando los botoncitos de rosa con sus manitas castas sobre el pecho y alzando los brazos fingían llorar o lo hacían de veras, todo en conjunto, claro está, y muy bonitamente, y tal parecía que estaban todos a una agarrándole las santas patas al Señor Dios para bajarlo a tierra y que de una vez por todas nos cumpliera lo del tan cacareado Paraíso Terrenal.
Afuera la multitud se hacía fuerte contra la tentación, y los rezos de las monjas, y la campana virgen (agujereada) sonando con Zaratustra colgado de ella volando sus nagüas de acólito y el padre Soto con el lápiz como un látigo listo a fustigar, parecían débiles pero efectivos diques que contenían precariamente las belicosas aguas de la perdición de San Isidro de El General. Pero los alaridos que salían de la Terraza Bailable eran demasiadamente frenéticos para dejarlos pasar inadvertidos.
¿Sería que de veras los gringos iban a lograr que el Señor a bajara a tierra a cumplir sus compromisos?
—Son capaces de cualquier cosa, no ven que ya aislaron el virus de amor, de la prosperidad, de la inteligencia y lo están vendiendo en los supermercados del Wallmart — dijo…
(No se entiende en este punto el manuscrito. Saltemos unas líneas.)
Y así fue como el Coro de las Doscientas Vírgenes inflingió una derrota humillante a las fuerzas del bien.La entrada multitudinaria de la gente, acaudillada por el dentista don Camilo (personaje si los hay interesante, que me sorprende no haber presentado antes) y su reciente amiga Melpómena Rabo de Puerca, satisfizo a los convencionalistas a tal punto que se desataron todos juntos, el orejón y el gordo del piano, Patty Claxon con su voz de sopranino y Bobby Roy con camisa de flecos y sombrero tejano, que tocaba uno de esos chorizos largos y hechos nudo que fingen ser trompeta de cazador de zorros ingleses. El Coro de las Doscientas Vírgenes se desgañitó ahora sí, como si antes estuviera amarrado a la pata de la cama y de pronto lo hubieran dejado suelto, todo en honor de este guánderful pueblo… ¿Pueblo?...Bastó que esta palabra fuera pronunciada para que a los sanisidrogeneraleños dejara de gustarles el negocio de la convención. Quizás fue allí y entonces donde y cuando nació la costumbre que después se universalizó y que tantos moretones costara a las orquestas capitalinas y a los artistas extranjeros, de lanzar obeliscos cortopunzantes (como los calificara Robustiano desde que le compraron su radiopatrulla) sobre las humanidades indeseables. Esa malaventurada costumbre que derrumbó tantas buenas perspectivas de progreso y civilización en el Valle de los Chanchos.
Y de nada les valió a los primates repartir libritos para encontrar a Dios en tres días y tenerlo sentado a la mesa, ni cantar los himnos más bellos, ni hacer la exhibición de Bobby Roy inflando los carrillos y desinflando el vientre, ni nada, porque en cuestión de decisiones tomadas los vallunos no reculaban ni a patadas y no necesitaban un bastón nel culo (como una ínclita mula que ave il culo fatto trombeta), para avanzar, pues bastábales un vuelo de mosca para sacar la casta y empezaron a sonar aquí y allá gritos de herejes, seudopodios, testas di cazo y se oyó por primera vez el tradicional Yankis go home, cosa que ningún ciudadano de esos idílicos tiempos entendía, pero que sonaba bien porque las vírgenes y mulos güeros ponían cara de ofendidos y las tipas se sentían de alguna forma trasculiadas. Y como para calmar a los alborotadores que pretendían arruinar la función y sabotear la bajada de Dios ái mismo, el orejón, después de poner freno a la música como si apaciguara las olas, llamó a un bróder autóctono y nativo de la región y le pidió que contara sus experiencias cerca del Señor:
—Hermanito de Dios, acérquese.
Y la turba fue haciendo un corredor para que pasara el hermano autóctono, raro personaje con galaxias de pecas y pelo de zanahoria que no habíase visto jamás en San Isidro y… quién comienza a caminar detrás de él entre la multitud como sobre las aguas, sino Alisio, el de la cara de enterrador, el que limpiaba las vitrinas de La Magnificencia, el mesero del Prado Bar, el que una vez, bajo el mote de Piernas de Oro, peleara contra Hermenegildo Soto Panadero Fajador.
¿Quién? Alisio, el que trotara pueblo arriba y pueblo abajo y subiera acelerado veinte veces al día la Cuesta Pedregosa llevando y trayendo mensajes, con una cinta de seda blanca en torno al cuello, corriendo, sudando y trasudando hasta convertirse de gordo gordísimo a escueto y correoso elemento. ¿Y quién empieza a hablar de la Catedral Monumental de Salt Lake City, de su órgano que llega a las bóvedas superiores con sus cien kilómetros de tubos de bronce, de las peregrinaciones a Boston, y quién hace un embrogo, farámulo y escolio de almíbares, versículos, capítulos, apóstoles, bueyes caminadores y milagros? ¿Quién sino Alisio Cara de Enterrador asumiendo un gesto de Clint Eastwood que sopla el cañón humeante de su pistola Smith an Wesson?
Tras el silencio de pasmo que causó la presencia de Alisio trasfigurado y siguiendo al atrabiliario pecoso que no dijo una palabra, se iniciaron de nuevo los silbidos y la bronca, cabrón, otra vez la requeterretumbante banda y el coro y las apócrifas criaturas del Señor se arrancaron todos juntos ante un ¡Oh, yea! del orejón, que coincidió con un simultáneo elevarse de las doscientas voces, no en el volumen, sino en el aire.
¡Sí señores! Un ciento de presuntas doncellas y otro tanto de donceles primorosos flotando a cuarta y dos jemes y tres dedos del brillante suelo de mármol de carrara de la Terraza Bailable. Lo juro. Pero como los nativos eran testaburros no se creyeron el milagrete de pacotilla muy gastado en novelas y películas. Imaginaron quizás invisibles hilos y poleas amarradas a las ocultas coyunturas y al techo. No iban a ser una banda guasona y un milagro de segunda los que lograran callarlos. Se fueron armando en grupos para hacerle gestos obscenos o de amable complicidad maliciosa a las gringuitas malencónicas y para gritar su indignación a la osadía de los micifuces. Pasado el momento de confusión, alguno, cuyo nombre no se aclaró nunca (digamos que fue el Paticorvo), puso a la gente a gritar lo que jamás podrían explicarse todos los sabios del sanedrín y el prytraneum de Harvard:
—¡Hi-jue-fru-tas, hi-jue-fru-tas, hi-jue-fru-tas! —con ritmo, calor y denuedo tales que pronto el escándalo rebasó no sólo el sonido de la banda sino el del Coro de las Doscientas Voces y ái mismo el insulto comenzó a convertirse en ritmo, dirigido por Californio el Simple que con los brazos y las manos como palomas concertaba y desconcertaba la armonía, como volando muy frenáptero, los coros de neófitos, creando melodías inéditas, superiores sin duda a las del coro infraganti. Y se inició el baile en medio del susto de los gringos que tímidamente comenzaron a seguir la nueva música, hasta que todos a una cantaron y bailaron la Sinfonía del Hijuerfruta y aquel fue el día, la noche y el amanecer del esplendor y la segunda y definitiva caída de la Terraza Bailable. Y en los cuartos interiores aquello fue un despelote entre las niñas de Clementina, las de Los Pollitos, y las virginales pecosas mostraron sus nunca aprendidas y precoces dotes, todas ellas auxiliadas por Los Profesionales y Los Paticorvos, y aquello iba a sobrepasar cualquier dislate que se pudiera imaginar y cualquier cataclismo moral, ético, político o zoélico si no llega Robustiano con su pelotón de dos policías y la emprende a bolillazos con la masa de sediciosos, que lejos de escupir de frente y directo al ojo como acostumbraban los maleantillos que aprendieron sus artes de las serpientes nauyacas, invitaron al mastodonte de dos metros por dos metros, al guateque. Y hasta Robustiano bailó. Y la fiesta duró veinte años, tres horas, dos minutos, seis segundos y media décima de segundo y cuando todo se hubo calmado, la casta (algunos sostenían que en San Isidro hasta las campanas eran meretrices) campana mayor del padre Soto seguía sonando y la lluvia estaba aplaudiendo sobre los techos por primera vez desde los tiempos de Adán y Eva y en ese lapso fueron engendrados, educados, desvirgados y embijados por la muerte cuatrocientos nuevos ciudadanos.Mal capítulo, don historiador. Muy poco original, ingenioso, pero intrascendente. Exagerado, verboso, malintencionado, sectario Más valdría eliminarlo. Mateo Albán estuvo de acuerdo. Lo turnó al excusado, pero por alguna razón ningún presidiario le hizo los honores correspondientes de poner su culiculiambo a leer y por ello llegó a manos del inescrupuloso don Garrapata, quien lo dio a la imprenta.

4 comentarios:

  1. Gracias por los fragmentos. Ojalá que las negociaciones, la calidad de la obra y otras circunstancias terminen en la publicación del libro.

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  2. Un saludo, Carlos. En febrero tendre el Taller de Novela en Puebla. Ojalá puerdas asistir.

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  3. Vi una copia de la de Ediciones La Flor, en una compra y venta de Heredia; quién se lo iba a imaginar...

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  4. Sentenciero:
    Te propongo un negocio: tu me compras el libro, me lo envías y yo a cambio te envío dos o tres de mis libros actuales: Cuentos para despues de hacer el amor, Maelstrom agujero negro o Poeticas y obsesiones o El pollo que no quiso ser gallo.
    Qué te parece? Escríbeme a escandioti@gmail.com

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