SALIÓ EL SOL

FIN DE UNA ETAPA
Queridos cinco lectores:
Hoy martes salió un nuevo sol en mi vida. Suena cursi pero da cuenta de lo que está sucediendo en mi persona y en el mundo (jalapeño, por lo menos). Por una parte después de una serie de días nublados, con un frío del carajo, por fin hoy el mundo luce una luminosidad espléndida. La semana pasada fue propicia para la escritura final de Historia de todas las cosas: el horroroso clima no me invitaba a salir; absolutamente nadie me molestó --a ello contribuyó el hecho de que a mi celular se le apagó la pila y no encontraba el cargador--, tuve la cooperación de mi feroz dueña y de mi jefe Díez Canedo que, aunque me dio trabajo editorial para hacer en casa, me dio licencia para encerrarme en mi bunker; tenía toda mi música disponible en mi lap top Toshiba; la novela en su versión previa había sido leída y comentada al margen por tres amigos talentosos... De modo que todo estaba a punto (ventajas de no ser amiguero: a nadie tiene uno que darle cuentas, con nadie debe uno perder tiempo: no soy amigo de la gente sino de mis personajes).
Hubo un momento de crisis el miércoles, en el que me sentía totalmente agotado y por añadidura me cayó una gripe tumbaburros: no me importó: seguí adelante, aunque ya no tenía la lucidez necesaria... Y en realidad no la necesitaba: la novela se iba escribiendo sola: estaba asistiendo a los raudales de mi imaginación brotando con naturalidad, floreciendo de mis dedos y mi cerebro, pero también de una realidad que viví hace ya más de 30 años en el bendito pueblo-ciudad de San Isidro de El General, Costa Rica.
Me pregunto: ¿Valdrá Historia de todas las cosas lo que yo creo que vale? ¿No será que me estoy regodeando con mis habituales sueños megalómanos, paranoicos y hasta esquizofrénicos? Hubo críticos que se ensañaron con la primera edición de la novela (de La Flor de Buenos Aires) y dijeron que la obra le debía demasiado a García Márquez. Pero la mayoría de los críticos y lectores le encontraron méritos, y algunos, muchos méritos; entre ellos García Márquez, Germán Vargas --uno de los siete sabios de Cien años de soledad--, Raymond Williams, Eduardo Gudiño Kieffer, Daniel Samper, Wolfgang Luchting, Alfonso Chase, Carlos Morales, Isaías Peña, Edmundo Valadés, Juan Domingo Argüelles, Eduardo Caballero Escobar, Jairo Mercado, José Donoso, Rubem Fonseca, Seymour Menton, John Brushwood, Gustavo Álvarez Gardeazábal y treinta o cuarenta personas más, todas ellos escritores o críticos de respeto. Sólo una persona vapuleó la novela inmisericordemente: el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja.
No entiendo por qué abandoné esa novela tantos años. Durante 25 años la obra no me gustó. Incluso en un encuentro con García Márquez (el más reciente, en el Samborns de Las Lajas en el DF) que quizás fuera en 1985 me preguntó que qué había sido de esa novela, La novela de todas las cosas --así la llamó--, obra que le había gustado mucho y que guardaba en lugar de privilegio en sus libreros junto a las novelas de Mutis.
Pienso que la novela que publiqué en 1975 fue apenas una semilla de lo que es hoy un árbol frondoso, que espero proyecte una sombra tan grande que no pueda ser opacada por nada. ¿Y si la novela resultara un chasco, verbosidad, atarantamiento? Les digo la verdad: no me importaría, pues el deleite de escribirla, el sentimiento de saber que se tiene un universo personal en las manos, no lo cambiaría por nada... Y no va a ser así. La novela que acabo de escribir es una fruta jugosa, un surtidor de fantasías. Lo mío no es realismo mágico sino magia realista. Así lo calificó Fernando Herrera Villalobos en la Revista Iberoamericana número 138-139, publicada por la City College de Nueva York. Pienso que Fernando acertó. Aprendí algo de García Márquez pero no sigo su huella. Más bien mi novela es una burla a Cien años de soledad.O más bien es una burla a los corifeos, a aquellos que creen que el mundo de la literatura se derrumba en un abismo despues de Gabo.
Espero convencer a mis cinco lectores reproduciendo uno de los que considero sus mejores capítulos. Les ofrezco el capítulo 50, que no es de los más ingeniosos, pero sí de los más compactos e independientes. La protagonista, la beata Colonia, hija de María de los Angeles de la Medalla Milagrosa del Santísimo Sacramento --no se preocupen, no todos los personajes tienen estos estambóticos apelativos-- es uno de los personajes en los que se refleja la crisis de San Isidro de El General. (Y a los amigos del San Isidro real les comento: Colonia es personaje totalmente inventado, no así María de los A...)

50. Nueva tragedia. La de la Santa Flaca.

Los muchachos nunca le perdonaron a Colonia que fuera tan reservada. No es que llamara la atención por particulares atributos, pues era sobresaliente, exuberante, ecuménicamente fea, según ellos, aunque con unos ojos de princesa india, sino que en ese tiempo la llegada de tanto hombre ansioso había hecho bajar exageradamente el porcentaje de hombres por mujer cuadrada y se suponía que dada esta circunstancia, cada una de las del sexo infeliz por naturaleza debía cumplir con su cuota de sacrificio o beneficio. Sin embargo, debe hacerse la salvedad de que ella era una excepción: nació con el luto puesto y cuando pretendió quitárselo la sorprendió la muerte. Tal vez fueran estas oscuras inclinaciones, disposición y continente los que la convirtieran en objeto de tantos galanteos desvergonzados a los que nunca correspondió. No reía jamás, lo más que llegó a lucir fue una sonrisa muy a destiempo.
La llamaban la beata cronométrica. Era hija de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, pero por alguna razón que nunca llegó a explicarse, vivía lejos de su madre, con un par de hermanas tan invisibles como ella. Bajaba todos los días desde las cercanías del Liceo Unesco, siguiendo la Carretera Panamericana hasta la gasolinería de Pedernera, vía plaza de mercado y Calle del Comercio, hasta llegar a la iglesia, a misa de cinco. Tenía que recorrer siete kilómetros y a pesar de ello nunca se la vio desaseada o curtida por el polvo de bauxita o el sol, como si las inclemencias naturales de vivir en San Isidro le tuvieran una secreta aversión o respeto. El rostro era de una blancura de panadero y tenía la forma alargada y triste de las melancólicas vírgenes bizantinas, las manos eran huesudas, azulencas y transparentes, el pelo negro recogido en una moña tirante hasta el extremo de elevar sus cejas indias en un gesto que parecía de asombro o interrogación . Los párpados siempre bajos, la boca apretada en un mohín de desprecio o indiferencia al mundo, las piernas largas, flacas y cabezonas como de avestruz, el pecho tábula rasa y, paradoja de las paradojas, una magníficas caderas que de perfil simulaban un embarazo desorientado.
Colonia fue la que le devolvió el buen prestigio a la profesión de costurera, prestigio que se había perdido desde los tiempos de la otra, también magra, también costurera, la que se dedicó a astillar hasta sus últimas hilachas los principios y las normas de la moral cristiana al lado del famoso gringo Rotenhook, el que se pudrió de amor.
La beata mujer aprendió el oficio de su madre, la adicta al padre Soto, y lo perfeccionó a extremos inconcebibles, cosía apretado y fino, con puntada de hilandera eterna, a veces duraba años para finiquitar una prenda. Eso sí, lo que cosía ella no lo descosía ni Gordio y soportaba tantos años que la gente emprendía el viaje eterno o la ausencia interminable antes que acabar sus prendas. Las generaleñas, sobre todo las religiosas, que tenían profesión de clepsidras, se peleaban los favores de ella, atisbaban el avance de las confecciones como quien espera que se abra una puerta de esas que permanecen mil años cerradas, se abren por un segundo, e inmediatamente vuelven a cerrarse. No se atrevían a preguntarle nada, permanecían al acecho, espiando el momento en que Colonia asomara la cabeza y el instante de la despedida, que ella les daba con sus pestañas de madreselva. Una cinta métrica colgada del cuello a manera de bufanda, una hebra de hilo entre los dientes, el más insignificante detalle les daba pie a largas conjeturas sobre el avance y la posibilidad de que estuviera a punto de concluir el trabajo en marcha. Esta espera era un factor disociativo entre las beatas, quienes acostumbraban preguntarse que quihubo del vestido de la afortunada de Marciana o de la triste de Mandolina y acostumbraban a responderse como una fábula, falsa pero por todas reconocida, eso va para largo, aunque pensaran todo lo contrario. Cualquier día, a los seis meses o al año, al asomar Colonia la cabeza para saludar con las pestañas de madreselva, preguntaba a la afortunada con la mayor inocencia de la tierra si no sabía quién estaba interesada en mandarse hacer un vestido, y comentaba casi de rebote que ya había terminado el de la Marciana o la Mandolina. Tanta trascendencia llegaron a tener sus labores que el tiempo se medía en San Isidro por la duración de la confección; por ejemplo cuando evocaban un suceso decían: eso fue por la época del vestido de doña Crisálida María Méndez, de Etelváis Jiménez o Suástica Pérez. Lo particular de todo aquello, pensaban sus amigas, o las que se decían sus allegadas, era que siendo tan buena costurera nunca se le ocurriera fabricar sus propios vestidos. Se los encargaba a cualquier pegabotones rascuacha y mediocre. De ahí su facha y continente incontenido, triste y quizás conscientemente inelegante.
Vivía con mujeres a las que llamaba hermanas, tipas inficcionables, no se sabe si auténticas hijas de María de los Ángeles y el contrabandista, o fabriacadas en otros cuerpos, veneraba una espada enmohecida y muchos retratos meados por las cucarachas y ennoblecidos por el tiempo. En ellos se veía a un señor de mostacho Bismark, ojos soñadores y poses bélicas. Esos retratos eran el secreto familiar. Colonia ni se ocupaba de ocultarlos ni se preocupaba por aclarar su origen, tal vez para fomentar la leyenda nebulosa de su padre. Para las otras niñas ese señor era su vero progenitor, el General, motor primero de San Isidro, quien en tiempos paleozóicos había sido propietario de todas las montañas y los piojos del sur del país, desde el Cerro de la Muerte hasta Buenos Ayres de Puntarenas. Si se le preguntaba a Colonia decía que era un ser desconocido que en cualquier momento podía regresar a perturbar la paz de las agujas, los tejidos y las mujeres solas, esas, digo, que mantienen las piernas apretadas y bien surtido a Diosito con rosarios Guiness y aguas benditas. Para los vecinos el mentado general era un contrabandista que a principios de siglo inundó el mercado con baratijas traídas de la histórica y roída Panamá, donde los negros trásfugas hicieron su jauja. La verdad, podemos decirlo sin reticencias, es que el general, general de cinco estrellas de hojalata improvisadas con tapas de cerveza, el general Belarmino Jáuregui Barrantes, fue el héroe que encabezó la resistencia de San Isidro de El General en el 48, contra la turba de las tropas del doctor Rafael Ángel Calderón Guardia. Solo 25 efectivos pertrechados con armas de juguete mantuvieron a raya a la avanzada de quinientos atarvanes iletrados que pretendían entronizar el comunismo en una tierra que siempre había respetado a Dios, honrado a la familia y exaltado el esfuerzo individual por encima de la utopía materialista (los datos y la retórica los toma, no sin ironía, Mateo Albán de los documentos de la época.) Y si héroe fue, prócer y progenitor de un pueblo, nos preguntamos, ¿por qué María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa lo ocultaba o lo dejaba en el limbo de la indiferencia, sin permitirle brillar al sol de la fama y a la intemperie de la historia? Razón sencilla: porque el general Belarmino Jáuregui Barrantes durante toda su vida nunca se enteró de que existía el amor y consideraba que el comercio de los cuerpos entre humanos era como el de los animalitos: llega, mete y saca. Resultado de los encuentros traumáticos fueron las cuatro hijas (de esto no hay certeza pero se cita como hipótesis de trabajo) y un rencor que la Medalla Milagrosa nunca supo superar. (¿Cómo me enteré?, se pregunta Mateo. Simple y sencillo: lo inventé como he inventado tantas insensateces que los amables, comprensivos, inocentes o cómplices lectores, han admitido…si es que no han abandonado a esta altura del libro la lectura… asunto que ni me va ni me viene: ya saben: cumplo con mi imaginación…el resto es bagazo… La realidad no importa. Lo que importa es mi realidad. Bla, bla, bla.)

Mateo es tan mentiroso que miente cuando dice mentiras. Mi general Jáuregui Barrantes sí existió. Yo estuve en las trincheras con él y descargué la primera avioneta que llegó a San Isidro con pertrechos de Nicargua. Incluso el mismo historiador estuvo involucrado en el evento. Presentó al general Jáuregui Barrantes su certificado profesional, pidiendo inmunidad para informar al mundo sobre la revolución del 48. La respuesta del general fue decirle, en las revoluciones no hay periodistas, lo que debes ser es un malparido comunista, y en el acto se lo entregó a un policía de pata al suelo, grandote y con los pelos parados, única autoridad legal en San Isidro, encomendándole que lo guardara bajo siete llaves hasta que pasara la bulla.

Además de todo lo anterior Colonia veneraba a un batallón de cerditos enanos o tepezcuintles que hozaban y gozaban como marsupiales por todas la casa y los charcos vecinos, una casa que semejaba el rincón más intrincado del Amazonas, con palmeras, plátanos silvestres, árboles pigmeos, guarias moradas (cantadas tan galantemente por el malogrado Benito Chúber), tomillos, perejiles, pterodáctilas, epífitas, pasionarias, escolapias, eleuterias y megaterias. Para su familia Colonia era una extranjera del mundo mundano. Cuando les hablaba era como si estuviera muy lejos, al otro lado del abismo de la vida y muy cerca del alivio de la muerte y cada palabra daba mucho que pensar a todos, pero para sus bebitos tepezcuintles, era la madre más detallista, y para sus plantas, ¿qué decir?... El celo más meticuloso, el cuidado más exagerado. Les hablaba a las hojas y a las flores al tiempo que con algodones humedecidos les limpiaba el polvo. Decía que le respondían. Posaba las yemas de sus dedos en los tallos y juraba sentir la circulación de la savia. Afirmaba que las plantas no sólo sentían sino que tenían lengua y alma y sufrían quizás más intensamente que los seres humanos y eran tan delicadas que pocas personas del mundo podían comprenderlas.
A veces cuando Colonia estaba en vena comunicativa llamaba a sus presuntas hermanas Corinta, Sucinta y Teresa, y les decía que posaran la superficie de sus dedos sobre las hojas, apenas rozando y que sintieran el amor de las pasionarias. Decía Sucinta, la más mitotera, que sí, en efecto, a veces en obedeciendo a la loca, se le aguaban los bajos fondos. Corinta y Teresa obedecían a Colonia, se comunicaba tan poco la mustia, pero con honda pena debían confesar que no sentían nada. Es que son brígidas, decía Sucinta, que tenía sus letras. Letras torcidas, pero letras al fin y al cabo.
Es que son muy tímidas, musitaba Colonia, y se encerraba a acostarse sobre su habitual colchón de tachuelas y vidrios a soñar con un Cristo degustador de pasionarias y cerdos enanos.
Salir de la casa para ella era una penitencia. Cuando lo hacía caminaba felina y mansedumbremente, como queriendo indumentarse de sombra, pero así y todo más la veían los que recogían la basura del amanecer, los camioneros desmadrugados y los vagos de ley, Yarmuch Gelsteinberg Hohensolen abriendo El Embajador de la Elegancia, las prostitutas retrasadas saliendo del Bar Tico y el Bar Rojo. También las muñecas rubias de sololoy de Los Pollitos revelando a la luz del sol irrefutable de la mañana la falsía de su rubiedad, los borrachines extraviados en busca de las llaves de sus casas y Alisio, quien continuaba entrenando para ganarse la maratón de los olímpicos dando vueltas en torno al parque desde las tres de la mañana hasta que la campana virgen daba las cinco y media. Cuando Colonia iba por la esquina de La Magnificencia el fondista se decía faltan diez para las cinco, y hacía cuentas de las vueltas que había dado para aumentar o disminuir el ritmo de trote y completar los cuarenta y dos kilómetros con ciento noventa y cinco metros correspondientes.
Colonia fue acompañada por su madre a la iglesia desde que tenía cuatro años hasta que cumplió los veinte, luego la muchacha creyó hallar algo de pecaminoso entre su madre, María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, y el padre Soto: mucho cuchichear, suspiros y gemidos en el confesionario. Horrorizada por el descubrimiento decidió avergonzarse e montar tienda aparte. De paso se llevó a vivir con ella a sus hermanas y optó por caminar sola por primera vez en su vida rumbo a la iglesia. El primer día de su solitario periplo los generaleños descubrieron su existencia.
Durante muchos años recorrió el mismo trayecto a la misma hora, todos los días, por eso cuando desapareció hubo un trastorno tan grande como el que se suscitó el día en que el hijo de Rey David se escondió en su casa para nunca volver a salir, dicen los díceres, y dejó a los Intelectuales desorientados, sin mascota y con la imaginación seca.Y eso fue después de lo del trompetista chileno.
Tres helios después de la llegada de la RRR Colonia salió de su casa aureoleada por su habitual olor a cochino mojado y tierra húmeda, en el cerebro molestándole la idea de que hacía más calor que de costumbre y que estaba a punto de cumplir los veintiocho. Se inquietó cuando al asomar por la esquina de La Magnificencia no vio al maratonista trotando. Creyó que estaría amarrándose un zapato o acomodando el parche de cartón para cubrir un agujero en la suela al otro lado del parque, o que se había detenido a orinar el muy inmoral y exhibicionista tras un árbol, o que había cambiado de ruta, asunto tan improbable como la posibilidad de que la Tierra doblara una esquina y tomara una órbita irregular. Casi como el cumplimiento de un presagio algo había cambiado dentro de la catedral: en el sitio que ella usualmente ocupaba por completo sólita estaba arrodillado un muchacho bellísimo, como esos querubines que tenían pintadas las estampitas adheridas al respaldo de su cama de bendita soñadora de buenaventuranzas. Estaba con la cabeza consumida entre sus manos, la cabellera limpia y trigal como una larga sustancia se escurría entre sus dedos de clavecinista. Parecía llorar. Como si fuera otra mujer la que lo hacía, Colonia, con aplomo de suripanta calculadora en territorio sagrado, se arrodilló a su lado y rezó deseando algo que jamás imaginó podría desear. Parece que hizo tanta fuerza que las paredes de la iglesia comenzaron a estremecerse leve, muy levemente, se diría que sólo para ella y el querubín. El muchacho levantó los ojos enrojecidos y la miró como quien ve un faro en medio de la blanca oscuridad de la bruma. Entonces Colonia se dio cuenta. Por primera vez en su vida tuvo la absoluta certeza de que sí, Dios existía, y estaba esperando en la habitación vecina a que lo invoquemos con auténtica fe para aparecerse como el supremo super héroe.
Ambos se levantaron al mismo tiempo como cantando a coro y en contrapunto y salieron tomados del brazo de la catedral, no pronunciaron una sola palabra hasta que llegaron frente a la casa de ella. Hasta mañana, fue lo único que se dijeron, y James se devolvió a casa flotando a cinco metros del suelo. Estuvo a punto de morir electrocutado por un cable de alta tensión. Afortunadamente unos pequeños malandrines le atinaron el occipucio a tiempo con una pedrada de mala leche y feliz resultado. Entonces James se acordó de que no era criatura celestial o literaria sino un convencional bípedo implúmido, cayó muellemente, y tuvo el pudor y la entereza de completar el trayecto caminando como lo exigía su terrenal naturaleza.
Al día siguiente y a partir de entonces siguieron yendo a misa de seis de la tarde sin importarles el inconveniente de las cagarrutas de las golondrinas. Hubo gran extrañeza cuando por primera vez se les vio caminando tomados decentemente del dedo meñique por el parque y sin prestar atención a nadie. Las anteriores novias de James se sintieron muy mal pues qué iría a pensar la gente si se las comparaba con esa solterona correosa, beata y bigotona que exhalaba un olor a muladar. De pasada le hacían desprecios y expresiones de asco a James, a James Po, que había acrisolado la belleza de su madre Marilú hasta extremos francamente insoportables . Él ni cuenta se daba. Los amigos del hijo de Po le buscaban los ojos para ver si aquello era broma o uno de los famosos actos extravagantes típicos de los Intelectuales.
Las beatas de las seis estaban paradas de pie por los aledaños de la Casa Cural y en medio del aquelarre bullía un puchero de brebajes malditos borboteando y jediendo como el peor aliento del infierno. Una y otra avechucha atizaban el fuego de tiempo en tiempo. Tan sabrosa materia no debía agotarse sin sacarle provecho. No obstante ser objeto de tan reconcentrada y rencorosa atención James y su beata se obstinaban en permanecer del otro lado, en el territorio exclusivo y solipsista del amor. Pasión como esa no es cosa del planeta Tierra, decían algunos de los vagos del parque, reblandecidos por las noveluchas de Radio Satélite. Pero como el tiempo hace de la excepción costumbre y del pecado norma y del día noche, no pasaron diez días con sus correspondientes noches de zancudos y calor de averno, sin que los generaleños se aburrieran de especular, buscar posibilidades, recovecos, berenjenales y matas de chayote.
Además ya San Isidro tenía muchas cosas importantes, graves y alegres y maomeno, en qué pensar. De todos modos vale la pena anotar la hipótesis de don Camilo. A saber:
—Colonia es una bruja que tiene emperrizado y engatusado al buen James y le ha despertado al inocente un ardor de pinga y corazón tan perncicioso que le ha elevado la temperatura al punto de hacerle perder el mal juicio que tenía.
Y sí, no sólo parecían afectadas las facultades mentales de James, sino que, dijo Calixto, había comenzado a trastornarse el clima exterior, que ya está llegando a los 45 grados a la sombra por culpa de ese amor contra natura. ¿Conclusión?
-Colonia es la culpable de que el aire de San Isidro se vuelva irrespirable, de que tengamos que dormir con ventanas y puertas abiertas y que el paisaje se está incendiando irremediablemente.
Cuando se asentó el revuelo, mas no el calor de caldera que estaba abatiendo a San Isidro y agostando las cosechas y matando a las vacas y a los tepezcuintles, los isidreños supieron aceptar ese romance con todas sus peculiaridades. Lo que resultaba molesto eso sí es el hecho de que Colonia y James comenzaron a vivir prácticamente pegados, como si fueran hermanos siameses. Para arriba y para abajo iban, ella rodeándole el cuello a James como si lo llevara inmovilizado en primera con una llave de lucha libre y él con una mano sobre la destacada cornisa de sus nalgas. No se separaban dicen que ni para ir al baño o para bañarse. James insistía en esa incómoda costumbre y ella en negarse al agua. Agarrados, aferrados, apercollados, sobrecogidos por la dicha de haber encontrado alma y cuerpo gemelos, decían, avanzaban por la Calle del Comercio, iban a misa, se sentaban en el mismo banco ante las mesas del bingo que organizaba la de la Medalla Milagrosa. Quien, hay que decirlo, no salía de su pasmo al ver el vuelco de su hija, que de sonámbula, solitaria, taciturna, bipolar, abominadora de los hombres, ahora resultaba una auténtica mariposa del amor, por Dios santísimo, amor no consumado, ella podía jurarlo a fondo y hasta sus últimas y antihigiénicas consecuencias, su nariz no sabría mentirle: a diez metros de distancia María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa del Santísimo Sacramento, nombre completo, podía reconocer los pestíferos indicios del pecado carnal, asunto, señor, que le causaba náuseas y que le obligaba a eludir la cercanía de prostíbulos y casas de mala ortografía moral.
Decía: cuando se asentó el revuelo los isidreños supieron aceptar ese romance con todas sus peculiaridades. Y a pesar de ello, el anuncio de la boda volvió a alborotar el avispero y a hacer jeder la fritanga pues todos pensaban que aquello no era más que un capricho pasajero de James Po, afectado por el suceso en el que sufrió la aleve agresión de míster Bordenhouse, acontecimiento que fue conocido por toda la ciudad gracias a la técnica del samueleo de los termidores y al chisme ejercido por el mismo padre Clímaco y también por su futura y conjetural suegra.
Y si no era un capricho de James, los isidreños infirieron que podría ser el resultado de una de las fantasías histéricas de Colonia, quien creía haber hallado un ángel terrestre. Y sin embargo el plazo de dos años fijado para la boda hizo que lo de ellos perdiera de nuevo toda importancia. Colonia por primera vez se dedicó a coser un vestido para su cuerpo de armario barroco con nalgas de escándalo. En paciente labor, casi sin tiempo para ir a misa y pasear su cuadrúpedo amor, fue zurciendo pieza a pieza el rompecabezas de su destino. James, por su parte, recobró algo de su antigua personalidad. Se dedicó a ordenar papeles en la notaría e hizo descubrimientos notables: halló que en el año de 1948 Robustiano había capturado a un periodista acusándolo de comunismo y disolución moral sin aportar una sola prueba, y que hasta el momento no aparecía ninguna acta de juicio o de liberación. Mientras tanto revolcaba papeles y tarareaba canciones, lo que le sugirió la idea de reingresar a la Banda Municipal. Pronto fue la atracción de los domingos, las niñas casaderas lo miraban llenar de aire sus rosados carrillos y escuchaban los sonidos que emitía a través del clarinete y para ellas no había más que un músico y un buen partido y un alma limpia y ese era James Po, el hijo de la sin par Marilú, la desaparecida belleza que embestía y del ferretero Ponciano Po, don Tuercas y Tornillos. Y las niñas le aplaudían hasta que la sangre se les iba a las manos y lo ensoñaban con tal denuedo que se les humedecían los bajos fondos y pensaban que era una lástima que un chico tan hermosérrimo se fuera a perder en las interioridades mohosas de aquella maldecida arpía.
Lenta, muy lentamente, las piezas el vestido blanco se unían como por ensalmo, quizás con más firmeza y arte que las anteriores obras, porque acaso, decían, la cacatúa quería llevar su presa más allá de la vida. Y no carecían de razón. El tiempo y sus malas obras iban a demostrarlo. Los pliegues de damasco satinado bordado con perlas cultivadas tenían la blancura de las garzas que hicieron famosas las canciones de Benito Chúber, eran abundantes y generosos; las mangas forradas con seda de Cantón y remates de encaje holandés, el busto cubierto por una especie de peto de angora color champán, largo del todo hasta el nivel del suelo y abotonado con perlas de carey ceñidamente al cuello hasta la altura de la barbilla. Explicable del todo la extravagancia del atuendo, pero no la corona de azahares con espinas de árbol de limón agrio con la que quería pararse ante el altar. Hereje, la muy bestia, comentaban, y llegaron a preguntarse si no sería mejor quemarla con leña verde antes que verla defenestrando a tan galán mozalbete.
En la confección no se utilizó ni un solo alfiler y nadie tuvo acceso a la habitación donde ella cosía a la luz de una gran batería de velas en candelabros de siete brazos cuyo origen nadie sabía pero podemos conjeturar fueron producto de los saqueos del general tras el triunfo sobre los calderónguardistas.
Indigresión
El primer kilómetro de la Panamericana fue pavimentado en el Cerro de la Muerte dos años después del compromiso. El alcalde fe invitado a la inauguración. Había baile, whisky, guaro, mucha carne de res y una carrera de motos… O debía haberla, según el programa.
Regresión
Colonia comenzó a bordar el velo faltando tres meses para que se cumpliera el plazo fijado para la boda. Debía cubrirle no sólo la cara sino el cuerpo entero. El trabajo estaba atrasado y avanzaba tan lento que ella casi no dormía. James la esperaba a la puerta esperando su dosis de adhesión que decía indispensable para vivir.
—Si no te tengo pegada a mi cuerpo se me va el aire —decía, y se aferraba a su cintura con desesperación de lactante. Eso le hacía perder a la próxima santa tiempo precioso. Las beatas, sus antiguas más que amigas, sufrientes, creyeron llegado el momento de reivindicarla y con una enorme condescendencia decidieron visitarla y ofrendarle sus servicios. Ella no les dijo nada, simplemente permaneció en silencio, mirándolas como un gato que está en el fondo de un hueco y no quiere salir. Ya había perdido la costumbre de tener los párpados de madreselva caídos y miraba de frente, con descaro de mujer justa, virtuosa y con lugar apartado en el cielo. Las beatas echaron un último y feroz atisbo a la cada vez más escuálida y desproporcionada costurera: enflacaba ella y embarnecían sus nalgas al extremo de parecer que no era una sino dos las mujeres, una al norte y otra al sur, las que habitaban la humanidad de Colonia. La dejaron bordando el velo que ya se extendía a sus pies como una inmensa tela de blanca araña.
—Que esto va a terminar mal, termina mal —murmuró una lagarta—. Ya dice la Biblia que si en una casa no quieren recibir a Dios, hay que sacudirse el polvo y dejar al demonio hacer sus malas obras.
La plaga de las motos la trajo Renato, el hijo pelosnecios de Penélope Fernández. Se compró una Suzuki, impresionante y ruidosa, que espantaba a todos los perros de la ciudad y mataba a los que se dejaban alcanzar y mantenía despiertos a los que no estaban dormidos y despertaba a los que ya se habían olvidado de sus recuerdos.
Colonia seguía adelgazando. Comía sólo una manzana diaria y tomaba veintiocho vasos de agua. La cabeza ya parecía un fardo sobre el cuerpo de un títere desarticulado. James estaba preocupado. Intentó decirle que el velo no era lo principal del matrimonio. Ella le respondió:
—Sin el velo no me caso y te voy a decir por qué, amor de mi vida: necesito ocultar una vergüenza muy grande.
—Pero vergüenza de qué, si no te he tocado ni con el filo de un mal pensamiento.
—Es que, mi James, hay secretos que ni Dios debe saber—. Y se volvió a consumir en su actitud sombría y continuó bordando y enflaqueciendo.
Los cerdos enanos se murieron de inanición y solidaria pena. Las pasionarias se secaron. Sobre el maniquí estaba listo el vestido. Sólo faltaba el velo.
Nadie sabe cómo fue que a Penélope, la madre del loco Renato Fernández, se le ocurrió comprarle una moto. Parece que la vanidad del muchachito ya no se contentaba con pasearse a pie y necesitaba un aparato ruidoso y brillante como los que usaban los black panthers de la televisión. Desde que Renato escuchó lo de la carrera en el Cerro de la Muerte se imaginó a sí mismo batiendo todas las marcas y saliendo con su sonrisa de James Dean en la primera plana de los periódicos de la capital. Por una vez en la vida su heroísmo superaría el destello de la belleza de Sol, Cielo, Estrella y Lucero.
El tiempo seguía pasando, como habitualmente sucede, indiferente a las angustias de Colonia y al atraso de su velo. A medida que el plazo se acercaba sus manos se agitaban y le impedían trabajar bien; cada puntada debía repetirla hasta cinco veces.
La calle que conducía al Liceo siempre fue oscurísima, particularmente de noche, a pesar de que Oscar Pedernera, propietario de la empresa de taxis y de la fuente de soda que quedaba frente al colegio, había prometido hacer el gasto de la iluminación y pavimentación. Estaba llena de piedras menudas y cortantes que un camión del Municipio vaciaba todos los años a principios de invierno.
El velo estuvo terminado un día antes del plazo fijado para la boda. Colonia le dejó el último nudo flojo para hacer que le durara la emoción al apretarlo a última hora.
Eran las cuatro.
Colonia salió a la calle donde la esperaba James Po. Fueron juntos, apretados el uno contra la otra y viceversa, amangualados, apercollados, confundidos y compenetrados, a rezar por última vez a misa de seis.
Estaba soplando un magnifico viento atrabiliario y Renato tenia apenas dos pesos para comprarle gasolina a la moto.
Después de oír misa la pareja estuvo sentada frente a la catedral haciendo planes, entrelazados los veinte dedos y juntas las cabezas. La gente ya se había convencido de que el matrimonio era algo inevitable y que despegar a los siameses asunto imposible.
Las siete de la noche. Las beatas no pudieron soportar la curiosidad y entraron a revolucionar la habitación de Colonia.
James se olvido de la cortesía: al regresar esa noche dejo que su novia caminara por la calle mientras él lo hacia por la acera y por una vez se sintió a la altura del metro sesenta y cinco de la beata, rodeándole el cuello con el lazo ciego de sus brazos.
Una moto pasó rauda como un relámpago del cielo e hizo volar diez metros a la gentil varona. Dicen que el aparato la embistió como un toro de lidia y la elevó allende los postes sin luz y que su cuerpo cayó muy despacio, su vestido formando un paraguas invertido hasta el cuello, como si flotara y se posó en la calle, desnuda de la cintura a las pantorrillas, quedando intacto del todo en espectáculo inolvidable y sin calzones, muy bien peinado de su impávida e intacta cuca, pero ausente de espíritu por completo el entero cuerpo.
Dicen, aunque al autor de esta mentirosa historia no le consta, que una beata, la beata lagarta, acababa de deshacer el nudo final del velo cuando se escuchó el estruendo de la máquina, que quedó hecha pedazos, y un ruido como de castañuelas por el lado del Liceo.
Descubierto el rosto, Colonia lució su única sonrisa a destiempo, bajo su celebérrimo bigote de mariscal de los ejércitos de Dios.
Al entierro de Colonia, que siguió la ruta de todos los entierros, es decir la del Calvario, asistió todo San Isidro, incluyendo las suripantas, una cauda de ochenta donosas mujeres de la vida, vistiendo de rigurosos colores de escándalo, tal vez para escarnio de la profesión beatífica. James Po lloraba sobre el hombro de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa del Santísimo Sacramento. Californio el Simple llevaba del cabestro a su burrita amada, ya no del todo ignorante de los trajines de la vida, con el adorno de un moño negro. Don Camilo, por primera vez en su vida, verdaderamente compungido, llevaba también por primera vez a su legítima esposa, Celina, del brazo. Robustiano conservaba el orden de las filas de la multitud que quería ver por última vez a la que se llamó desde ese mismísimo momento la Santa Flaca o la Costurera Flaca. Míster Bordenhouse dejó sus camisas de flores hawaianas semitransparentes en casa y vistió un impecable tuxedo negro que terminó siendo pardo debido a la bauxita.
Cuando todo hubo pasado y la última palada de tierra cayó sobre el ataúd, el gringo, dejando a un lado sus maricadas, se acercó a James y le dio un pésame conmovedor y San Isidro de El General, por una vez, no hizo juicios o conjeturas y reivindicó tanto al bello James como a Bordenhouse.

Marco Tulio Aguilera

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