Marco Tulio sometido a juicio

¿ES EL NOVELISTA CULPABLE DE LOS PECADOS DE SUS CRIATURAS?

Reproduzco la crónica de un "conversatorio" sobre mi novela Breve historia de todas las cosas, celebrado en San Isidro de El General, al sur de Costa Rica, que es precisamente el espacio en el que se desarrolla la obra. Muchas personas se sintieron ofendidas por la novela y algunas de ellas asistieron con la intención de enfrentarse con el autor. Marco T. asisitió al evento disfrazado y los presentes no se enteraron de mi presencia. El conversatorio se transformó en juicio "en ausencia" del autor...

El CONVERSATORIO SOBRE BREVE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS O EL INFRUCTUOSO INTENTO DE ABSOLVER A MARCO AGUILERA GARRAMUÑO

Gabriel Vargas A.

Cómo había amenazado con venir de incógnito todos estaban esperándolo. Las cámaras de vigilancia del Colegio del Valle y el guachimán con un bastón de palo, vigilaban las puertas. Todos los que iban entrando al auditorio eran gente inofensiva: estudiantes de educación de las universidades, vecinos no implicados en la novela, profesores pensionados. Aunque los críticos literarios que habían venido de la lejana capital no podrían considerarse inocentes, se contaba con sus buenos modales y su frío profesionalismo, por lo que no parecía haber peligro. Lo mismo podría decirse de los periodistas de la prensa y radio que, sentados en el borde de sus sillas, esperaban impacientes a que hubiera quórum.
Loncho, antiguo carnicero y actual novelista crítico que es casi lo mismo, dio inicio al acto y dijo que era un conversatorio y que podían decir lo que quisieran pero no podían tirar nada. Primero habló Alexánder, un atildado profesor de la universidad en San José, y me pareció que las estudiantes de educación murmuraban sobre cómo había podido venir desde tan lejos con ese traje impecable y esa corbata de diplomático.
Narratológicamente habló de la obra con un lenguaje técnico que no podía generar más roncha todavía. Estaba terminando cuando entró a la sala un tipo alto y delgado que bien podría ser Marco Tulio ya sin pelo, pero cuando se sentó vimos que era Johnny el profe del Unesco. Siguió el crítico segundo, otro profe de la capital que dijo algo sobre el referente real y simbólico y pidió la absolución de Marco Tulio por falta de mérito e imposibilidad de acusarlo por difamación, principalmente porque no era posible notificarle en México donde se escondía desde hacía 30 años. Ahí interrumpió el periodista de Noticias del Valle que preguntó si el error de Aguilera consistía en haber puesto los nombres de personajes ilustres del Valle para contar esas aventuras tan terribles y por supuesto imaginarias. Estaba subiendo la tensión pero el crítico segundo se quitó el tiro y pasó la palabra a Eric, un novelista cubano refugiado al cual nadie persigue sino su casero en San Isidro, quien dijo que la literatura era ficción y que lo único escrito y verdadero eran las facturas. Allí hubo un silencio, el cual cortó Juan José un ilustrado abogado de la ciudad que estaba escondido en la retaguardia y se parapetaba tras una camiseta vieja, pasando a decir que lo que algunos aludidos en La breve historia reclamaban era que se hubiera dicho la verdad de ellos. Más sal en la herida echó Johnny, quien leyó un texto donde el narrador dice que los sanisidrogeneraleños son como alelados. Un anónimo, tal vez para reducir al absurdo los cargos, le dijo que también decía el narrador que los tales también tenían el pelo parado. Hubo allí otro largo silencio que aprovechó el periodista para cambiar las pilas de la grabadora en la mesa principal. Fue entonces cuando intervino una hermosa señora de la primera fila que dijo que las personas aludidas no tenían por qué estar ofendidas y que ella era familia de las Fernández que Aguilera satirizó en su novela -sólo en la novela, por supuesto- y luego pasó a dar razones técnicas sobre la obra y su referente sociológico. En la mesa principal pudo verse entonces a Loncho sonriendo y tomando apuntes, tal vez para un nuevo relato de su saga satírica que continúa la brecha abierta por Aguilera. Entre las últimas intervenciones estuvo la de Carlos Abarca, quien fue sembrador profesor y ahora sólo era sembrador de agricultura orgánica, el cual en síntesis dijo que todo lo que decía Aguilera era cierto y que San Isidro tenía una historia hiperbólica, lo cual no quiere decir de grandes bolas sino de exageraciones de otro tipo. A esas alturas del partido, se iban bajando las tensiones y empezó lo anecdótico. Román, librero retirado de San Isidro y vuelto a las aulas, confesó haber sido distribuidor de Breve historia y que había vendido cientos, aunque a él le habían dicho que muchos compraban la obra para esconderla y evitar que supieran sobre sus travesuras. También contó que Aguilera vino de incógnito a San Isidro en el 79 y que no había querido declarar su nombre al comprar el pasaje en la Musoc, pero que doña Marta le había dicho: “No se haga Marco porque yo a Ud. lo conozco”. Fue allí donde muchos volvimos a ver hacia la puerta por si había venido Marco, ese enfant terrible de San Isidro y yo pasé revista de los asistentes pero todos los desconocidos eran demasiado jóvenes, demasiado correctos, demasiado inocentes para ser Marco Tulio Aguilera Garramuño. En ese punto del anticlímax, Juan José pidió la palabra, carraspeó, se estiró su camiseta comprada en la ropa americana y leyó un mensaje que el mismísimo Marco Tulio nos mandaba. Era largo el mensaje pero terminaba con un emocionado viva para los que pudieran haber sido ofendidos en su Breve historia: para don Danilo, para don Alfonso Quesada y otros, sin faltar la Musoc, no la de los buses sino la homónima también pública y servicial. Incluía la lista de vivas algunas instituciones, entre ellas el gran Prado Bar. Allí hubo aplausos, tal vez para Marco, tal vez para Juan José, para los organizadores del conversatorio, para esta ciudad hiperbólica e inusitada que también ha producido gran literatura, o quién sabe.
Terminado el acto, preguntamos al guarda si no había llegado un tipo delgado y alto, con pelo teñido y con cara de pocos amigos o sea de muchos enemigos y, golpeándose la mano izquierda con su bastón, dijo que había llegado un tipo sospechoso pero el lo había espantado creyendo que venía a saquear los carros. No creo que fuera Marco porque en el servicioVIP de Musoc preguntan el nombre a los viajeros.
Para cerrar el acto, a algunos invitados nos llevaron a comer a una inusitada marisquería donde no vendían licor y disgustamos un arroz con camarones acompañado de cerveza sin alcohol, la cual dijo Carlos Abarca que sabía a meados de caballo.

Marco Tulio Aguilera

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