Fin del Taller

El regreso de Mistercolombias
Quince años después de haber abandonado la academia (di clases en la Facultad de Letras de la Veracruzana aproximadamente en 1983, en la U de Nuevo León en 1979, en la Universidad de Kansas en 1977) decidí regresar a la complicada tarea de ser maestro de lectura y redacción. Seleccioné dos cátedras, una en la Facultad de Danza y otra en Artes Plásticas, de la Universidad Veracruzana. Mis alumnos no hicieron otra cosa que escribir, escribir, escribir, y yo, corregir, corregir, corregir. Bueno, hubo otras actividades: discusiones filosóficas, lecturas de mis cuentos y novelas, ejercicios de ortografía, pácticas de reportajes, etc. Pero el resto fue escribir, corregir, escribir, corregir... Varios de los muchachos descubrieron que son escritores en potencia. Algunos simplemente pasaron el curso mirando volar las moscas. En general lo que hicimos fue profundizar en los espíritus de los muchachos, que llegaron a contar hasta lo más íntimo. Hubo quienes se escandalizaron, quienes acusaron al maestro de pedante y curioso al extremo, quienes se rebelaron contra la apertura de espíritu de sus compañeros. Hubo textos verdaderamente estremecedores. Particularmente uno de Andrea Nucamendi, que creo nadie olvidará. El maestro en ocasiones pareció irrespetuoso, infidente, improvisador, pero en el balance general todos los alumnos estuvieron de acuerdo en que la clase fue muy divertida --con altibajos--, productiva, y sobre todo, absolutamente diferente a todas las clases de lectura y redacción que han recibido en su existencia. Esto fue en el grupo de Artes Plásticas, grupo de ¡45 estudiantes! en el que había desde los chicos más fresas hasta los más heterodoxos, con piercings por todas partes, cadenas, ropa oscura, pelambres cubriendo los rostros. Algunos raros, otros convencionales, pero todos, todos insuflados por espíritus ansiosos por expresarse. Eso hiceron. Y yo aprendí y disfruté la clase. Destacaron Ulises Calderon, Samadi, Estéfana y Nucamendi. Gracias.
El grupo de Danza fue muy diferente: sosegado, sensible, muy discreto, con un par de alumnas de muy alta calidad, que pueden llegar a ser buenas escritoras: Lynette y Toledo. Espíritus sensibles como los de Erik, Oralia y Argelia. Y los demás, gente agradable que el solo verla me animaba a vivir con mayor enusiasmo.
En uno y otro grupo hubo personajes que permanecieron imperturbables y desinteresados. Asunto de ellos.
Espero seguir dando clases. Ver el mundo me ayuda a entenderlo. Durante muchos años permanecí encerrado en un círculo muy estrecho. Aprendí durante este semestre que la literatura no es la vida, pero por lo menos ayuda a inventarla. Gracias a ella todo puede superarse. Y, claro, se repite el viejo mito: los viejos, como los vampiros, reciben energía de los jóvenes. Yo me siento rejuvenecido. No sé si vaya a llegar a los 150 años que tengo agendados, pero voy en camino.

Marco Tulio Aguilera

1 comentario:

  1. Querito MT, me alegra hallar estos datos sobre tu carrera docente, inclementemente docente, veo.
    Leí esta entrada con mucho placer. Sí, la literatura ayuda a inventar la vida, perfecto.

    Un abrazo:

    Félix Luis Viera

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