1 de octubre de 2008

HISTORIA DE TODAS LAS COSAS

12. Primer suceso (para los aficionados a ellos): el Coro de las Doscientas Vírgenes.
Ofrezco a mis queridos lectores --entre 55 y 119 diarios-- dos capítulos de Historia de todas las cosas, novela que presentaré en España en octubre. Como les decía, cuando apareció por primera vez en 1975, en versión anterior,  el editor, Daniel Divinsky, dijo que le gustaba más  que Cien años de soledad. ¡So help me God!
Un miércoles de tantos, la ciudad, entonces pueblo si hemos de ser ojetivos, se despertó a causa de un estruendo terrible, y muchos pensaron que al reloj de la catedral se le habían caído sus enormes contrapesos, y otros que la formidable piedra del Cerro de la Muerte por fin había perdido el equilibrio inestable que durante tantos años había mantenido desde que la vieron con incredulidad los primeros perseguidores de cerdos que iban a ser los descubridores de Valle de El General, y los demás pensaron que las profecías del padre Soto se habían cumplido y el hilo de agua cristalino que daba de beber a San Isidro se había convertido en un mar de sangre que a causa de los pecados venales se volcaba ahora sobre la intemperante Sodoma generaleña. Y no era tanto, simplemente que los siete taxis de la empresa Lopera y Asociados habían sido contratados y sobre ellos se habían instalado los siete altoparlantes disponibles (entre ellos los del Liceo, la alcaldía y, curiosamente, la iglesia) y a través de ellos, con músicas marciales entre las que destacaban la Marcha de Zacatecas y La Marsellesa, se anunciaba la presentación del Coro de las Doscientas Vírgenes acompañado por la banda de los Hijos del Sol, además de la soprano Patty Claxon y el solista Bobby Roy. La curiosidad venció tanto a los del Barrio de Abajo como a los del Barrio de Arriba. Corriendo tras los taxis iba Californio El Simple marchando con paso de ganso y tratando de seguir con una hoja de bambú entre los labios los ritmos que anunciaban a semejantes saltimbanquis y los negritos de Termidor se aliaron con los de Vladimiro para alborotar la fiesta y no hubo nadie que no esperara con ansiedad lo anunciado con tanto bombo y estropicio auditivo. Y tal y como fue anunciado el jueves llegaron siete buses con escasos gringos monigotes y muchas gringas biches asomando por todas las ventanillas. Pocas veces se había visto un espectáculo tal en San Isidro. Ya el hecho de que llegaran siete buses juntos en lugar del acostumbrado de la Musoc era algo inconcebible, lo que ocasionaría que el pueblo corriera el riesgo de perder el equilibrio gravitacional y despeñarse hacia el abismo, como afirmada Patrocinio Aramburo (siete buses juntos llenos de gringos criminales es un exceso que ningún subsuelo podría soportar, dijo). Y de la misma forma que todos comentaron el miércoles por la noche el suceso, todos asistieron a la llegada de los buses y hasta se rumoró que por ahí andaba el misterioso Crisóstomo Reflejo, importador de negros y otras enfermedades y hubo algunos que durmieron en el parque para no perder un buen punto de observación. Y fue digno de verse porque según testigos presenciales había animalones que medían casi los tres metros y muchachas de no más de quince años que parecían gigantas de circo y que tenían los pies tan grandes que el cuero de una vaca no hubiera bastado para cubrir sus pudibundeces o que podrían haber dormido de pie y portaban un escudito en el pecho que decía All you need is love. El resto también era exagerado.
Los extranjeros estuvieron a punto de no bajarse de los autobuses cuando vieron la multitud de latins juntos, y ni se fijaron en don Eutifrón que pretendía endilgarles un discurso, ni apreciaron la belleza de las Fernández que les ofrecían blancas rosas de paz y llaves simbólicas, ni agradecieron las promociones especiales de las chicas de Clementina
Madre e hija en un solo paquete, perrito incluido
Paradisium fornicorum: la experiencia inolvidable
Ni entendieron los welcome que los hijos de Vladimiro, siempre tan decentes, usaban con todos los primates para demostrar su erudición y buena cuna. Apenas pisaron tierra ajena, y a pesar de que las calles estaban bien barridas y regadas con agua de los caños y a pesar de que el polvo rojo estaba tranquilo, los tenis blancos y las babuchas y las chanclas se les ensuciaron, empezaron a balbucir tímidamente su español, amigou, decían a los chiquillos de Termidor, y se atrevían a rascarles las cabezas como diciendo, my god, nosotros también tenemos negritous en USA, y los negritos se quedaban quietos, mimosos, como gatas en celo, creyendo tal vez haber descubierto un nuevo género de robustianos, y les llamó particularmente la atención la figura de Marilú que sostenía a James Po en brazos, a pesar de que ya cumplía los diez años con su belleza de niño de propaganda en todo su esplendor, y no pasó mucho tiempo sin que el sol de cuarenta grados y el viento se encargaran de echar el cuadro, que se antojaba idílico, a perder, levantando el polvo de las calles vecinas, especialmente de la Calle del Comercio, donde los judíos, albánicos, turcos y demás latrocínicos empecinados, se habían negado a cooperar regando, como acostumbraban, su porción de territorio con un tarro amarrado al extremo de un bastón que les permitía sacar agua del caño y lanzarlo sobre el polvo rojo para aplacarlo. Comenzaron pues las toses y las maldiciones y los bullshit y los fuck y los hell y alguno pidió guáter, guáter ansiosamente, pero como los que más entendían de los generaleños no entendían nada, lo que les ofrecieron fue un escusado de hueco. El primero que conoció un inodoro criollo se devolvió corriendo a contarle a sus compañeros quién sabe qué parábola, acaso que había descubierto un agujero maloliente que comunicaba con las grandes cloacas del mundo o incluso con el mismo infierno de Aligieri y los demás se arremolinaron en torno al aventurero y exclamaban ou, ou, poniendo ojos de coneja extranjera.
Se hospedaron, como todos los turistas célebres, en el Motel El Prado, lejos de los laberintos de madera donde las niñas indecentes ejercían sus habilidades, y de allí partieron durante esos días osadas excursiones pertrechadas con cámaras fotográficas y chores y chanclas de jesuita, en los que se veían muy graciosos, como grandes micos de organillero los pocos hombres, y como elefantas de feria pobre, con cofias y faldas largas, que ocultaban todo el pernil, las mujeres. Con curiosidad de antropólogos observaron las costumbres de los latins y descubrieron varias cosas interesantes: que las burras, igual que las vacas, eran de doble propósito, leche y carne, que los taparrabos habían pasado de moda hacía tiempo. Que para los isidreños, ellos, los gringos, no eran objeto de admiración, sino de curiosidad morbosa. Que las mujeres se vendían en las calles como cualquier producto.
Cuando fueron a buscar un supermarket no encontraron sino un bazar, un mare magnum, un revoltijo, una melé de frutas y latins, iguanas y pájaros exóticos, hierbas y menjurjes, latins por todas partes, como una infección o como una peste bib{onica incontrolable, mezclando sus cabezas con sandías, repollos de tamaño inconcebible, muñecas de mimbre, alcancías de barro con ávidas rendijas, folletos milagrosos, amuletos, compradores y vendedores de sangre, perros sarnosos, largos obscenos y olorosos salchichones, tepezcluintles medrosos y xoloscuintles impúdicos, flores explosivas y carnívoras, serpientes para cazar ratones y ratones gigantescos para cazar insoportables gatos en celo que no dejaban dormir, trampas para aprisionar iguanas, bebedizos para subyugar mujeres castas, róscopos mazónicos, piedras magnéticas para curar el cáncer y la rubeola, frutas productoras de leche, de agua, de miel, de pan, de perfume, de buenos amores y entre tantas otras cosas los foráneos iban de ¡ou! en ¡ou! abriendo sus grandes manotas y sus ojos de coneja extranjera, hallando frutas tan exilias que sometían a los incautos a su imperio y animales con un don de gentes tan severo que exigían fidelidad eterna, cuidados hasta la muerte y atención intensiva. Claro que para ellos las cosas fueron ligeramente más caras desde que Alisio les contó a los generaleños el portento del dólar diciéndoles que en el banco le habían dado doce pesos por uno de los verdes tal vez por equivocación. Dólares, amigos, papelitos que tienen un señor del pelo largo pintado en un lado y un águila en el otro, dijo. Y así fue como el padre putativo de las monedas comenzó a hacer estragos en las mentes de los isidreños. Años más tarde, cuando llegaran los de Rallanger, Ropino and Rashville con su aparato de maquinarias de guerra contra la naturaleza y sus dinamitas contra el orden natural de la realidad, los generaleños habrían de recordar la primera locura que fue despertada por el olor de los dólares que trajeron los payasos del Coro de las Doscientas Vírgenes.
Después de la exploración los americanos (pronto se sabría que los muy bufones se habían apropiado del nombre de América como primer paso para tomar posesión física del continente) volvieron a sus habitaciones en el Motel El Prado cargados de experiencias muy exiting y de productos tropicales y buscaron en sus manuales la foto que más coincidiera y las propiedades de cada cosa, algunos hicieron letreritos y los pegaron a cada fruta para repasarlos bastantes veces y aprenderse…


Aquí fue el Loco quien suspendió la lectura de los cuadernillos.
—Coñazo, Mateo, que eso ya lo leí en otro libro donde está escrito con más gracia.
— ¡Y qué, balandrán, odre de mierda! Si yo quiero me quito los calzones como don
Quijote y me paro de manos, con mis floridas vergüenzas al aire.
—Don Quijote no se quitó los calzones, perdulario.
—Pues si yo digo que se quitó los calzones… se quitó los calzones. En lo que escribo, señor orate, soy rey soberano, dios y el mundo se calla].


…los nombres y después repasarlos bastantes veces y aprenderse la denominación de cada cosa y más después, ya en la civilización, donde primero hacen los drenajes y las calles y luego las casas, las Luis y Anas y las Arca Ansas, darse aires de Living Stone explicando a los resignados oyentes las maravillas de aquellas selváticas tierras, claro está, agregando alguna aventurilla con indios, flechas y pirañas, o con feroces guerrilleros, para no pecar de anacrónicos.
El viernes era el día fijado para la presentación. En el acondicionamiento de la Terraza Bailable se gastó más dinero del que habían visto junto los generaleños en un año. A los gringos les fue difícil conseguir el sitio porque sobre quien se prestara a los manejos de esos ateos pesaba la pena de excomunión fragante y de por vida hasta más allá de la muerte y el regreso si es que tal hubiera. El padre Soto en su intervención del jueves (en San Isidro había dos celebraciones importantes ese día: los Jueves del Prado Bar y los Sermones Juevetinos y en esa confrontación de poderes eran ni más ni menos que el infierno y el cielo los que se echaban las almas al naipe) ante las beatas y Californio el Simple con su hoja de rosa entre los labios interpretando la Toccata y fuga fue terminante y aunque la medida era drástica, más peligroso aún era el que la comunidad cristiana se rindiera a las seducciones de los anticristos y las seductoras hechiceras del walpurguis disfrazadas de lolitas.
A Fermín Fano le importó un rábano, un pepino y un cohombro la amenaza, solterón ya desilusionado ante el fracaso categórico de la Terraza Bailable, en pleno centro, al lado del Cine de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, consideraba que había que jugar rudo e investigar por dónde masca la iguana y se rasca el tigre, se reía a mandíbula batiente de los doce círculos del infierno que le habían pintado las lenguas agoreras. Ateo legítimo y convencido, sólo creía que no creía en nada, se decía materialista, pero era un materialista de malas, pues a pesar de haber concebido los proyectos más arriesgados en esos tiempos, siempre le fallaban, o terminaban como el grandioso salón de baile en el que se iba a presentar el Coro de las Doscientas Vírgenes. Que en su inauguración pretendía ser un Prado Bar por lo alto y que, misteriosamente, el primer día, con la Sonora Matancera traída expresamente de Cuba tocando, con la élite de San Isidro bailando y la presencia del mismísimo presidente de la república, el excelentísimo Pepe Tacones Figueres, se llenó de prostitutas que entraron en fila india y no hubo poder sobre la tierra que las expulsara porque los mismos integrantes de la Sonora, el Paticorvo Palomo, Californio y el orate de Benito Charriaga (neé Chúber), se opusieron, aplaudieron la presencia de las niñas y fundaron una epifanía de amor universal, libre, explosivo, comunitario, que se manifestó en todos los rincones propicios de aquella extravagante edificación, una pista de baile en la que cabía la población entera del pueblo, y venga golpe de nalga, brillada de hebilla, rodillas en pie de tierra y la Sonora les dedicaba a las chiquillas del amor impune canción tras canción y a las futuras iniciadas también les recetaban sus ritmos y se turnaban los micrófonos y los instrumentos para participar negros lindos, mulatos y blanquitos, hasta chinos colados, en la algarabía, y fue la fiesta más grande que recuerden tanto la Musoc como Clementina La Más fina y la dueña de Los Pollitos, y desde ese día ya ninguna dama que preciara de criatura digna y de limpias entrañas, volvió a entrar a La Terraza Bailable y a Fermín Fano no le quedó más remedio que dividir el salón en dos, instalar cuartos de batalla en la parte trasera, y ya cuando llegaron las Doscientas Vírgenes el sitio comenzaba a oler mal, cerveza rancia, cuarto encerrado, orines de conejo, papel higiénico perfumado por el amor perdulario.
Pero los gringos no parecieron darse cuenta de tanta jedentina y pasado tortuoso quizás porque el polvo rojo les había tapizado los tabiques, ventanas y paredes de los senos nasales.
El día escogido un parlante de ochenta megatones y cien gigas apagaba el sonido de las campanas vírgenes (agujereadas) que el sacristán suplente, Zaratustra Pereira, quien después viajaría a morir en Yugoeslavia, batía violentamente. No bastaron ni la cólera venerable del padre Soto ni la saña mística de Zaratustra, ni los rezos de las Julianitas de rodillas en el parque, ni los gritos histéricos de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa desde la taquilla de su sala cinematográfica, para alejar a la gente que seguía afluyendo a pararse cerca de la Terraza Bailable de Fermín Fano, gentes y gentecillas se acercaban tímidamente por el lado del Cine Paladín aunque supieran que el fidelísimo bibliotecario de las Julianitas se estaba desmembrando asido a la cuerda de la campana mayor (la virgen defenestrada) y que el abnegado párroco se estaba retorciendo las manos y tronando los dedos de acordeonista. No bastó ni eso ni la aparición súbita del padre Soto con una libreta para acoger los nombres de los que se atrevieran a entrar donde los herejes y sí fue suficiente el estruendo del magnetófono para echar a perder las funciones en el Paladín y en el Cine Arelys, para deshilvanar el ritmo de los bailarines en el Prado Bar, desbaratar el entrepierne apache en el Bar Tico, desconcertar las tramadas carambolas en el Billar Montecarlo, impedir el sueño de las disciplinadas gallinas y las beatas dominicales, quitar todo romanticismo a los practicantes tempranos del peristaltismo horizontal. Quisiéranlo o no, todos conocieron la presencia del Coro de las Doscientas Víces en San Isidro de El General.
Los isidreños, que se caracterizan precisamente por los bochincheros, no se amilanaron ante el representante de la justicia divina. Los anuncios de prodigios artísticos y de lotes en el cielo con fáciles mensualidades, agregados a promociones especiales que ofrecían paz espiritual, consejos íntimos y sugerencias para triunfar en los negocios, el amor y la marrullería, atrajeron a más de diez mil personas, cuando en San Isidro sólo había cinco mil, contando a los negros y a los tontos y a tres enanos recién aportados a la fauna por Crisóstomo Reflejo. Sin embargo sólo diez calvinos se atrevieron a entrar, los demás se quedaron en el parque, frente a la Terraza, arguyendo las explicaciones más peregrinas: que estaban mirando las estrellas, esperando el definitivo desgajarse de la Gran Piedra del Cerro de la Muerte, que esa noche precisamente era la anunciada invasión de los chanchos salvajes que sólo iban a respetar el parque. Cuando los convencionalistas se convencieron (después alguien resultó con la historia de que aquello era una convención, como las que celebran los partidos políticos y los vendedores de productos de belleza infalibles con el objetivo de convencer a los que ya están convencidos) de que era imposible atraer más borricos, jumentos, asnos, coribantes, frenolitos, sicofantes, rinocerópteros y saúdes, empezó la función.
El primer golpe salvaje que dieron todos los bombos, platillos, gargantas, trompetas y demás instrumentos raros, fue como una explosión de gas que hizo que la multitud se echara violentamente hacia atrás e incluso el Mudo Animal, aquí presente, más sordo que la sordera misma y que un piano en un desierto desierto, tuvo que ponerse las manos en los oídos. En cuanto la onda sonora llegó a Benito Chúber, en trance de tener segundo acceso a su laguna soñada, pegó un brinco montesco que hizo correr la tinta sobre la partitura y olvidar el resto de la frase…
Soñando voy con mis cantos
No hay consuelo para mí


Se le atragantaron las campanitas del cerebro y se le anudó una cuerda con la pituitaria y se le estranguló el esteroeocleidomastoideo, la solfa cambió de tono, se puso de pie tirando las cosas al suelo y salió del espeso cuchitril en el que se encerraba a componer el mundo. Sin haber podido terminar la partitura que lo haría famoso comenzó a sentir que su tristeza era más perniciosa que una dieta homeopática o una indigestión de paralítico.
Pausa estratégica.
El paciente e intonso lector tiene licencia para suspender, tomarse un cafecito y regresar.
Ya en el parque, Benito sintió un aire como de fiesta triste. El hecho de que el músico se dejara ver pocas veces en público hacía que en el pueblo se le perdonaran las disonancias y condromalasias. Por eso fue que a nadie se le ocurrió criticarlo cuando fue a meterse de cabeza y sin condón espiritual en la Terraza Bailable, tremolando su cabellera beethoveniana y fulgurando sus ojos con la sagrada locura de los grandes. Lo que vio Benito en la Terraza Bailable fue un arcoíris de anaranjados, blancos y amarillos. Formando una fila perfecta estaban doscientas voces vírgenes que correspondían a otras tantas niñas sonrientes, muchachas rosadas como cerditos yorkshire y con pecas pardas como las de Aviva, ellas con vestido totalmente anaranjado y un lacito blanco que partiendo del cuello les llegaba a las rodillas. Estaban subidas en una especie de gradería fabricada a marchas forzadas por un batallón de carpinteros enmascarados. Abajo había un señor con cara de happy guy profesional y a su lado un gordo empeñado en mortificar el piano del Liceo. Y más cerca del que podía llamarse público se armaba de coraje una banda como de cincuenta integrantes que movían las piernas como si estuvieran marchando y todos portaban estrambóticos instrumentos que hubieran hecho suspirar a Rey David, artefactos dignos de verse como trompas de falopio artesanal, más largas que un silbido de lechero, platillos con barbas voladoras fluorescentes, flautones a tres manos, saxofones de escalera, pitos silvestres y ocarinas nahuas, violines para pituitarios, y para qué seguir mencionando artilugios indefinibles. Mejor oigámoslos… ¿Ya?
Cuando el gordo yorkshire dejó de atormentar el piano con la uña grande de su dedo índice derecho y las armonías del coro fueron difuminándose hasta convertirse en un fantasma sonoro en medio del olor a papel higiénico y orines ineludible de la Terraza Bailable, la banda se compadeció del ya trastabillante eje de la tierra, se levantaron unas orejas a un señor pegadas y dijeron por su boca, que también la tenía, escasa pero suficiente, que él había sido un pecador el cual había hecho mucha maldad y vicio perjudicial a la humanidad y ahora que conocía a Dios gracias a mister Joe Smith se había hecho retebuenísimo y se contentaba con cantar y alabar y rezar (desde atrás el Paticiovo Palomo se empinó para gritar:
— ¿Y no comés, malparido?
… y como para probarlo, sin atender al grito poco diplomático, soltó ái mismo un aullido y la banda imprudente se dejó rodar de nuevo cuesta abajo. Y aquello fue puras pecosas empinándose para dar su tono más alto y su agudo más operático y gigantescos muñecos con tenis Adidas dándole al bombo como a violín prestado y el orejón mascullando una cosa incomprensible y aplaudiendo y haciendo señas al público para que lo imitara, pero como había pocos (Vladimiro escrutando las caras de los gringos para ver si encontraba su espectro convocante, Fermín Fano metiéndole Ron Plata Chatam Bay al cuerpo, Californio el Simple con los hombros bogando al ritmo de las percusiones y cumpliendo su eslogan de la semana copiado al de Radio Monumental: “Ahí donde está el suceso…ahí estamos” (y la burrita Anastasia bañada, peinada y toda ella un escándalo de perfumes, de muy sabida ni siquiera amarrada esperando que su amado saliera apenas sabiéndose viva porque espantaba las abejas que confundían su aroma de mocita parisiense con un panal de delicias). También estaban Ildefonso, vestidito como una lámina mitológica, su peinado aerodinámico sostenido con Glostora
Cada día que amanece el número de bobos crece
Bogart el oloroso, y Betóben, ramoneador de pensamientos, quienes aunque todavía se orinaban en la cama ya andaban juntos; además, un poco más tarde, llegaron Serafín Pereira con su cara de gárgola y la Niña Sherman, que hacía su primera escapada del colegio de monjas. El salón a pesar de que había sido dividido en dos seguía siendo muy espacioso, el número de los artistas decuplicaba al de los integrantes del público y la escena era bastante desconsoladora. Cuando terminó el ruido de la banda y se hubo estabilizado el eje de la Tierra, no sin levantar un par de tsunamis y motivar diez terremotos en las Islas Malvinas y Madagascar, las doscientas voces virginales iniciaron un mecerse para acá y para allá y un murmullo se fue segregando como una baba de tlaconete malencónicamente de sus más profundos intestinos, era como el zumbido de un gran panal de avispas gigantes que después se fue haciendo comprensible hasta articular algo así como Yisoscaist. A medida que aumentaba el volumen se emocionaban, encabritándose como posesas las unas y poniendo los ojos en blanco las otras y apretando los botoncitos de rosas con sus manitas castas sobre el pecho y alzando los brazos fingían llorar o lo hacían de veras, todo en conjunto, claro está, y muy bonitamente, y tal parecía que estaban todos a una agarrándole las santas patas al Señor Dios para bajarlo a tierra y que de una vez por todas nos cumpliera lo del tan cacareado Paraíso Terrenal.
Afuera la multitud se hacía fuerte contra la tentación, y los rezos de las monjas, y la campana también virgen sonando con Zaratustra colgado de ella volando sus nagüas de acólito y el padre Soto con el lápiz como un látigo listo a fustigar, parecían débiles pero efectivos diques que contenían precariamente las belicosas aguas de la perdición de San Isidro de El General. Pero los alaridos que salían de la Terraza Bailable eran demasiadamente frenéticos para dejarlos pasar inadvertidos.
¿Sería que de veras los gringos iban a lograr que el Señor a bajara a tierra a cumplir sus compromisos?
—Son capaces de cualquier cosa, no ven que ya aislaron el virus de amor, de la prosperidad, de la inteligencia y lo están vendiendo en los supermercados del Wallmart — dijo (¿Ildefonso, Paticorvo, Benito Chúber?… No sé. Alguien lo dijo. Y si no lo dijo, me permito inventarlo.)
(Recordemos, amigos, la mencionada condición bochinchera de los generaleños. Además el asunto de la negociación del cielo era elemental: en el libro de cuentas del padre Soto bastaban unas cuantas obras de misericordia para borrar las impiedades más abdominables. Cierra paréntesis.
Y así fue como el Coro de las Doscientas Vírgenes inflingió una derrota humillante a las fuerzas del bien.La entrada multitudinaria de la gente, acaudillada por el dentista don Camilo (personaje si los hay interesante, que me sorprende no haber presentado antes) y su reciente amiga Melpómena Rabo de Puerca, satisfizo a los convencionalistas a tal punto que se desataron todos juntos, el orejón y el gordo del piano, Patty Claxon con su voz de sopranino y Bobby Roy con camisa de flecos y sombrero tejano que tocaba uno de esos chorizos largos y hechos nudo que fingen ser trompeta. El Coro de las Doscientas Vírgenes se desgañitó ahora sí, como si antes estuviera amarrado a la pata de la cama y de pronto lo hubieran dejado suelto, todo en honor de este guánderful pueblo… ¿Pueblo?...Bastó que esta palabra fuera pronunciada para que a los sanisidrogeneraleños dejara de gustarles el negocio de la convención. Quizás fue allí y entonces donde y cuando nació la costumbre que después se universalizó y que tantos moretones costara a las orquestas capitalinas y a los artistas extranjeros, de lanzar obeliscos cortopunzantes (como los calificara Robustiano desde que le compraron su radiopatrulla) sobre las humanidades indeseables, esa malaventurada costumbre que derrumbó tantas buenas perspectivas de progreso y civilización en el Valle de los Chanchos.
Y de nada les valió a los primates repartir libritos para encontrar a Dios en tres días y tenerlo sentado a la mesa, ni cantar los himnos más bellos, ni hacer la exhibición de Bobby Roy inflando los carrillos y desinflando el vientre, ni nada, porque en cuestión de decisiones tomadas los vallunos no reculaban ni a patadas y no necesitaban un bastón nel culo (como una ínclita mula que
avea il culo fatto trombeta)
para avanzar, pues bastábales un vuelo de mosca para sacar la casta y empezaron a sonar aquí y allá gritos de herejes, seudopodios, testas di cazo y se oyó por primera vez el tradicional Yankis go home, cosa que ningún ciudadano de esos idílicos tiempos entendía, pero que sonaba bien porque las vírgenes y mulos güeros ponían cara de ofendidos y las tipas se sentían de alguna forma trasculiadas. Y como para calmar a los alborotadores que pretendían arruinar la función y sabotear la bajada de Dios ái mismo, el orejón, después de poner freno a la música como si apaciguara las olas, llamó a un bróder autóctono y nativo de la región y le pidió que contara sus experiencias cerca del Señor:
—Hermanito de Dios, acérquese.
Y la turba fue haciendo un corredor para que pasara el hermano autóctono, raro personaje con galaxias de pecas y pelo de zanahoria que no habíase visto jamás en San Isidro y quién comienza a caminar detrás de él entre la multitud como sobre las aguas, sino Alisio, el de la cara de enterrador, el que limpiaba las vitrinas de La Grandeza, el mesero del Prado Bar, el que una vez, bajo el mote de Piernas de Oro, peleara contra Hermenegildo Soto Panadero Fajador.
¿Quién? Alisio, el que trotara pueblo arriba y pueblo abajo y subiera acelerado veinte veces al día la Cuesta Pedregosa llevando y trayendo mensajes, con una cinta de seda blanca en torno al cuello, corriendo, sudando y trasudando hasta convertirse de gordo gordísimo a escueto y correoso elemento. ¿Y quién empieza a hablar de la Catedral Monumental de Salt Lake City, de su órgano que llega a las bóvedas superiores con sus cien kilómetros de tubos de bronce, de las peregrinaciones a Boston, y quién hace un embrogo, farámulo y escolio de almíbares, versículos, capítulos, apóstoles, bueyes caminadores y milagros? ¿Quién sino Alisio Cara de Enterrador asumiendo un gesto de Clint Eastwood que sopla el cañón humeante de su pistola Smith an Wesson?
Tras el silencio de pasmo que causó la presencia de Alisio trasfigurado y siguiendo al atrabiliario pecoso que no dijo una palabra, se iniciaron de nuevo los silbidos y la bronca, cabrón, otra vez la requeterretumbante banda y el coro y las apócrifas criaturas del Señor se arrancaron todos juntos ante un ¡Oh, yea! del orejón, que coincidió con un simultáneo elevarse de las doscientas voces, no en el volumen, sino en el aire.
¡Sí señores! Un ciento de presuntas doncellas y otro tanto de donceles primorosos flotando a cuarta y dos jemes y tres dedos del brillante suelo de mármol de carrara de la Terraza Bailable. Lo juro. Pero como los nativos eran testaburros no se creyeron el milagrete de pacotilla muy gastado en novelas y películas, imaginando quizás invisibles hilos y poleas amarradas a las ocultas coyunturas y al techo. No iba a ser una banda guasona la que los dejara callados. Se fueron armando en grupos para hacerle gestos obscenos o de amable complicidad maliciosa a las gringuitas malencónicas y para gritar su indignación a la osadía de los micifuces. Pasado el momento de confusión, alguno, cuyo nombre no se aclaró nunca (digamos que fue el Paticorvo), puso a la gente a gritar lo que jamás podrían explicarse todos los sabios del sanedrín y el prytraneum de Harvard:
—¡Hi-jue-fru-tas, hi-jue-fru-tas, hi-jue-fru-tas! —con ritmo, calor y denuedo tales que pronto el escándalo rebasó no sólo el sonido de la banda sino el del Coro de las Doscientas Vírgenes y ái mismo el insulto comenzó a convertirse en ritmo, dirigido por Californio el Simple que con los brazos y las manos como palomas concertaba y desconcertaba como volando muy frenáptero, los coros de neófitos creando armonías inéditas, superiores sin duda a las del coro infraganti. Y se inició el baile en medio del susto de los gringos que tímidamente comenzaron a seguir la melodía, hasta que todos a una cantaron y bailaron la Sinfonía del Hijuerfruta y aquel fue el día, la noche y el amanecer del esplendor y la caída de la Terraza Bailable. Y en los cuartos interiores aquello fue un despelote entre las niñas de Clementina, las de Los Pollitos y las virginales pecosas mostraron sus nunca aprendidas dotes de putas, precoces dotes, todas ellas auxiliadas por Los Profesionales y Los Paticorvos y aquello iba a sobrepasar cualquier dislate que se pudiera imaginar y cualquier cataclismo moral, ético, político o zoélico si no llega Robustiano con su pelotón de dos policías y la emprende a bolillazos con la masa de sediciosos, que lejos de escupir de frente y directo al ojo como acostumbraban los maleantillos que aprendieron sus artes de las serpientes nauyacas, invitaron al mastodonte de dos metros por dos metros, al guateque. Y la fiesta duró veinte años, tres horas, dos minutos, seis segundos y media décima de segundo y cuando todo se hubo calmado, la casta (algunos sostenían que en San Isidro hasta las campanas eran meretrices) campana mayor del padre Soto seguía sonando y la lluvia estaba aplaudiendo sobre los techos por primera vez desde los tiempos de Adán y Eva y en ese lapso fueron engendrados, educados, desvirgados y embijados por la muerte cuatrocientos nuevos ciudadanos.
MAPA PAG.110
[Nota de don Garrapata: Los mapas se perdieron y no hay forma de reconstruirlos. Sorry.]
13. Federico Fellini contra Santo El Enmascarado de Plata. Los Jueves del Prado Bar.


Y continúa diciendo que las relaciones entre el grupo de los Amigos del Paticorvo Palomo y el grupo de Los Profesionales sufrían frecuentes oscilaciones que iban desde la cordial envidia hasta el más patológico odio criminal inmisericorde, vil, retrechero, apache y cumbiambero. Ildefonso, Bogart, Betóben y sus majos murmuraban que los del parque eran unos simples plagiarios que habiendo visto la popularidad de Los Profesionales, decidieron imitarlos, claro que con una vulgaridad que causaba risa a la gente ilustrada porque ni tenían medios para vagar en el aspecto griego de la palabra, ni la facha de ellos se prestaba, pues para ser contemplativo lo que hacía falta era estilo, caché, personalidad, o sea, prendas dignas de ser admiradas, y los muchachos del Palomo, qué pena, con los pantalones remendados, las camisas de etamina barata y los sombreros y gorras recogidos entre los desperdicios en el Barrio de Cementerio ( también llamado de forma por demás vulgar, el Sementerio, por obvias razones), más parecían una banda de forajidos o una piara de gitanos sin tiendas de campaña ni yeguas de mudanza que otra cosa. Y se burlaban de sus aficiones. Cuando los escuchaban hablar a la manera del Águila Negra, o cuando los veían correr por los lotes baldíos simulando ser Blue Demon o Chorrodiumo, o caminar imitando a Cantinflas, su desprecio llegaba hasta lo más profundo. Todavía hay clases, carajo, decía don Verga (es decir Bogart). Para Los Profesionales el único cine decente era el Paladín, de Sebastián Pereira, que aunque siempre estaba al borde de la bancarrota (lo salvaban los tacos mexicanos, deliciosos, que ni mexicanos eran) donde cada espectador tenía que llevar su propia silla o sentarse en el suelo o en las piernas de la vecina, presentaba cintas de Buñuel, Bergman, Fellini, Chabrol, películas hondamente filosóficas, psicológicas y fricológicas que trataban trascendentes problemas inhumanos y estaban llenas de símbolos y cómbolos accesibles a personas bien intelectuales, leídas y con una firme concepción del universo, o por decirlo con palabras inauguradas por Zaratustra, una reine Weltanschauung (ya le estaba dando al maldito consuetudinrio por estudiar idiomas. Años más tarde, al fundar el famoso equipo de básquet en el que se eternizaría Californio el Simple corriendo con paso de ganso y azotando la bola contra el suelo con las palmas abiertas de la cancha del Liceo, tendría la ocurrencia de llamar al combinado Los Königs.)
Los compinches del Paticorvo se alebrestaban y emputaban al escuchar las pretensiones de los Profesionales, y sostenían que ellos, los orgullosamente plebes o piojos del parque, habían formado el grupo primero y agregaban que pa qué discutir con ya sabemos qué clase de gentuza y se ponían a caminar meneando el traspóntico bajel con los dorsos de las manos en las cinturas y los dedos aleteando como bellas mariposas, lo que, sinceramente, ni les iba ni les venía ni al contrario a los Profes porque, según ellos, ya habían superado la etapa de los perjuicios sexuales y de las debilidades seccsuales, que según parece eran muy altamente diferentes cosas u conceptos.
Como es lógico de acuerdo a las normas de la más elemental estrategia, las discusiones se mantenían casi siempre a distancia; sin emberga las ofensas a veces se pasaban de la yara, lo que potenciado por los comentarios imaginativos de los hijos de Termidor, que hacían las veces de diplomáticos y generalmente malpralmáticos y emisarios, llevaba inevitablemente a situaciones bélicas que se iniciaban en una cita concertada entre los jefes en un sitio neutral, digamos el Restaurante de Pascual, una discusión de los términos del improbable armisticio, un periodo de calma si las conversaciones habían fracasado y una tregua en la que los bandos se preparaban renovando los hules de las caucheras, brillando las hebillas militares, buscando, hallando y limpiando con gasolina viejas cadenas de bicicletas y mierdas tanto sintiendo crecer la emoción, y por qué ocultarlo, el temor de que a alguno se le ocurriera llevar por primera vez un puñal o una pistola de los tiempos del barullo. Sí, invagínate, decía el medroso Bogart, esos indios son capaces de jugarnos una mala pasada, ¿vos te imaginás a Ildefonso o a mí o a cualquiera de nosotros, gente fina, ok, con los intestinos escurriendo entre las manos o con la fálica masa encefálica fuera de lugar como en el fútbol? Y por su parte el Paticorvo disipaba los temores de su gente: No, viejos-catres, los biberones esos son muy gallinos y nunca se atreverían a horadarnos le pellejó, la verité es que lástima me dan, viles cuadernos con borrones.
-Para ser puta y no ganar nada, mejor ser honrada
-replicaba Ildefonso y nadie sabía qué diablos quería significar con sus dichos contradichos.
Y cuando llegaba el día, a la hora precisa, se iban reuniendo como hormigas en la azucarera, los Profesionales en la calle izquierda que corre paralela al aeropuerto, o sea, al frente del bar y restaurante Bahía, y los Parquímanos en la calle derecha y en el momento en que las dos huestes estaban completas, eufúricas y mastoideas, al grito umbilical de los jefes, comenzaban a correr dos kilómetros paralelos y separados por alambres de púas, teniendo por testigas a las vacas de Paulina que pastaban esperando la emoción de las avionetas, así:
CROQUIS (p. 113)
1. Los amigos del Palomo 4. Parque
2. Aeropuerto 5. Los Profesionales.
3. Bar y restaurante Bahía 6. Matadero


Dos kilómetros de ingenio verbal procaz que iba exaltando los ánimos y los llevaban a tal punto que cuando terminaba el aeropuerto y se unían las dos calles de nuevo, al lado del matadero, habían desaparecido los Profesionales para dar paso a una horda de godos atrabiliarios y habíanse transformado los amigos de Palomo en temibles, salvajes, mugientes e imbatibles trogloditas, y a una prudencial distancia los cancilleres hijos del negro Termidor observaban mascando caña, hacían apuestas y discutían los términos de un probable armisticio o de un simpático levantamiento de cadáveres. Y los carniceros abandonaban su bermeja labor para gozar del espectáculo y las gentes de bien que pasaban decían otra vez en las mismas, a ver si cerramos el aeropuerto con unas cuantas cruces y sin apurarse más de la cuenta deglutían los guerreros los dos kilómetros de aeropuerto en el que aterrizó la primera avioneta de guerra espantando los chanchos fundacionales en 1948 y en medio de los sabrosos comentarios que motivaba la ancestral disputa, llegaban a la Inspección de Policía y como quien no quiere la cosa, acaso solamente por despertar a Robustiano de su sueño asnal y prostibulario tras un forcejeo nocturno con la Sietecolores, rejega y cobrona la indina, aunque habría que reconocerle que era maestra insigne de la ciencia de la putería, le daban el parte de batalla exagerando apenas lo necesario (uno o dos muertos, tal cual cráneo fracturado y conminuta, algún ojo evaporado y que dicen que no se van a quejar ni a poner denuncia porque no es de caballeros andarse quejando por heridas de honor aunque se les estén enredando las tripas entre las patas) y seguían su camino no sin antes deleitarse viendo al Sansón de los Prostíbulos trotar con sus dos subalternos patijuntos pegados a sus talones porque, como de costumbre, la radiopatrulla estaba en el taller, pero dos kilómetros son dos kilómetros metro a metro, y Robustiano (dos por dos, rimember), con unos cuantos kilos de aguardiente y litros de frijoles con chorizo semejantes a peces muertos en el vientre, como una rauda babosa y vaca marina, tenía que detenerse cada cien metros a descansar y a reconcomiar su puta suerte, y mierdastanto frente al matadero, las fintas, los moretones, los berridos, balidos, croares, barritares, condumios, espulgos y jadeos, y como es natural y obvio y evidente de acuerdo a la más prosaica ley de la causalidad, cuando el sargento llegaba al lugar de los insucesos, los contendores habían desaparecido con sus heridos y despojos de guerra, dejando un rastro de sangre, dejando un rastro de lágrimas, como diría un colega, y habían desaparecido no de cualquier manera y forma, sino honrosamente, después de reiterarse las más amables, delicadísimas y alambicadas promesas de odio eterno, perdiéndose en los tremedales que quedaban tras el matadero, donde desaguaban los espíritus de las cuitadas reses, semejantes (nuestros muchachos) a héroes de Amor sin barreras o West side Story. [El ranador debe clarar una cosa y es que el presente capítulo comenzó mal, continuó bien, y va a terminar más pior porque, primero, la batalla no existía al principio, segundo, los personajes no eran tan violentos
En este pueblo hasta los perros mean en el baño
dice Ildefonso), y tercero, a la maledita máquina imaginadora se le pasó la mano; lo que de acuerdo a los cánones debía haberse hecho era situar los territorios de los dos grupos, localizar a los personajes en una serie de hechos que irían en progresión ascendente hacia un final gramático (que eventualmente apareció en mitad de un capítulo) y cerrar con una frase que fuera como una pedrada en el hocico del lector. Hecha esta observación continúa el muy cínico Mateo Albán diciendo]:


Cada grupo se sentía dueño de un territorio. El de los Profesionales tenía su centro en el Prado Bar y se extendía al Barrio del Prado, la escuela Doce de Marzo y el Liceo Unesco; el de los amigos del Paticorvo era el parque, los almacenes de los latrocínicos, especialmente la Calle del Comercio, los bares de baja estofa y fuerte olor —por curiosa circunstancia los más mefíticos metederos de meretrices, mozalbetas y micocultivadoras estaban en el centro, mierdas que en las paradisíacas afueras se encontraban los palacios del placer, con las nenorras más digeribles y genitables— y el Barrio de Arriba, do los más pobres tenían una batalla ganada contra la hermosa naturaleza, los arroyos cantarinos y una fauniflora de alucinación.


[Pero, malandrín despiadado, dijo el Perro: ¿No lijiste que en este pueblo todo era polvo rojo y desolación? Y respondióle el Historiador-literato: en mi pueblo hago lo que quiero, y si digo que hoy es un desierto de Sara y mañana el Jardín de la Hespérides, no habrá tribunal de inquisición ni duro cilicio que me haga cambiar el paisaje, pues que soy Dios de mi vergel o demonio de mi erial, según me acomode los cojones. Y lo mismo digo de la moral cristiana o patibularia: que cada quien se rasque sus gordas o flacas pulgas y que cada quien cargue sus culpas y así todos nos divertimos. He dicho, señores. Y sigue la mula palante].


Cada grupo se sentía dueño de un territorio. El de los Profesionales tenía su centro… Perdón, infieles lectores (es que estoy copiando de la primera edición y se me va anubla la luna)…Perdón …En tiempos de paz era inevitable que un grupo invadiera el terreno del otro, esto se permitía como se permite a una delegación extranjera y peligrosamente enemiga asistir a un desfile en el que se exhiben las armas recién adquiridas por el país. En tales ocasiones el grupo invadido trataba de mostrar a los bárbaros fenicios las infinitas posibilidades de sus recursos naturales o artificiales e inexistentes. Supongamos el caso de que los parquímanos visitaran el Prado Bar: inmediatamente las fuerzas de los Profesionales se ponían en estado de alerta general y mostraban su artillería: Betóben Espaldas De Lancha se lanzaba a la picsina olímpica a presumir su estilo rompehielos, deslizándose suave y velozmente sobre la superficie tranquila, ante la admiración de alguna gringa del cuerpo de paz que soñaría con acostarse con el bello latin, y Bogart Berganza (Verga, de cariño) le hacía trampas a la rokola para robarle canciones prehistóricas o bajaba guayabas con la bola de báquet o entraba a la caseta de Radio Satélite para solicitar a Patrocinio Aramburo
La Voz Tierna y Sentimental de El General
que le dedicara Blu Moon a su benemérita hermana, La De Los Pesados Senos, y mierdas tanto Betóben, que había salido de la picsina, brillante como un delfín, anchas espaldas y flacas patas, hacia piruetas de cisterciense en las barras asimétricas, levantaba pesas o caminaba veinte metros parado de manos, tomaba café y fumaba, sosteniéndose con una sola mano o usando los dedos de los pies, e Ildefonso hablaba con las turistas rubias de bikinis diminutos a lunares
Monstruos hay en el cielo y en la tierra pero ninguno tan encantador como la mujer llamaba con grandes palmadas de potentado al mesero Alisio que llegaba corriendo con su servilleta de lino en el antebrazo derecho, miraba el mafioso rostro de Ildefonso y entendía en su guiño, lo de siempre, una botella de White horse llena de agua teñida con la etiqueta en perfecto estado sobre la mesa, truco que jamás le fallaba cuando se trataba de impresionar a los carniceros, pero que a los Palominos no les causaba más que risa pues conocían la complicidad que existía entre el mesero con cara de enterrador e Ildefonso, y más bien les daba hasta pena darse cuenta de la tacañería de Óscar Lopera, que siendo propietario de la mitad de San Isidro, se negaba a satisafacer los pequeños caprichos de su hijo.
Pero si la invasión era a la inversa, el asunto variaba: los del parque se traían a las más lindas y bandidas putas del Bar Tico y las paseaban muy decentemente de la mano como si fueran sus novias oficiales pensando que ninguno de los Profesionales se atrevería jamás a hacer una cosa de esa envergadura pues sus madrecitas sacrosantas los regañarían y les negarían el beso de las buenas noches, o entraban a La Grandeza y solicitaban en préstamo una bicicleta nueva por un rato solamente a cambio de hacer propaganda con un cartelón que iba amarrado al maletero, o volvían a medir la sombra de la catedral, que según leyendas crecía un metro por año, o hacían la estadística de las hojas caídas en campal batalla campal contra crueles vientos e ineluctables tiempos que mantenían una nube de polvo rojo sobre el pueblo, o recapitulaban las películas vistas o por veder, o usaban alguno de los lenguajes secretos, o entraban al Restaurante de Cua Cua, es decir Pacual, desaparecían largos y crípticos raptos tras las puertas quejumbrosas y cuando salían eran portadores de rostros lúgubres como si hubieran estado fraguando una conspiración o acabaran de comer pescado podrido, conspiración decía cuando se metieron los pescados en la frase, para desquiciar los contrapesos del reloj de la catedral.
Y a pesar de la rivalidad que existía entre los dos grupos, Palomo e Ildefonso simpatizaban
Esto el mundo me enseñó: a lo tuyo tú y a lo mío yo
no faltaba quien dijera que eran hijos del mismo padre, a lo que hay que dar poca credibilidad pues que se llegaba a decir que todo macho bragado del pueblo era hijo de Robustiano y toda hembra medianamente comestible, vástaga de Pinga de Oro, carbonadas, pues, simplezas. Y simpatizaban pues quizás por la íntima satisfacción de sentirse regidores de gente tan trascendente e intransitable, de los únicos que acaso sabían extraerle la sustancia inconssusun veritatis a la vida ponzoñosa y aletargada de un pueblo que quedaba a cien millones años luz de cualquier atisbo de civilización, cultura, educación, buenos modales, sentimiento nacionalista, sin un MacDonalds o un Kentucky Freíd Chiken, sin duda, en realidad, de verdad y por qué no, lo que se llevaba a cabo entre los dos grupos era una carrera de caballos en la que a veces el uno le sacaba una nariz de ventaja al otro, y hemos de confesar con cierta pena lumpenproletaria que los Profesionales generalmente iban adelante, sin en verga, ah, sin embargo había momentos en los cuales los Palominos se hallaban en igualdad de circunstancias y condiciones y casi superaban a sus rivales: eran los famosísimo Jueves del Prado Bar. Bailes de entresemana a los que asistían todos aquéllos que por equis o caca circunstancia no podían pagar su entrada a los grandes danzones que organizaban la Cámara Junior o el Club de Leones, o que preferían las personas que carecían de representatividad social, o que escogían aquéllas que teniéndola, deseaban escapar por una noche a las aburridas buenas costumbres, que incluían, para algunos, las sesiones de cine menos que mudo, en el local de la Medalla Sagrada. Allí y entonces se veía toda clase de gente: los carniceros formando pandilla en torno a una mesa plagada de botellas vacías, semivacías, llenas de cerveza y por llegar, las portaviandas, las camareras o sirvientas de uso doméstico, escapadas de casas de familias nice, bares finos y cenaderos, algunas vírgenes necias de El Trabajador, los profesores como Termidor o Mosiu Voila, agobiados por la malaventura de ser malqueridos por sus aficiones viscerales, o como don Camilo y doña Lina, quienes de la vida tomaban lo mejor y todo rencor les era ajeno, extravagantes, sí pero felices y con carcajada perpetua de ande yo caliente y ríase la gente, ah, doña Lina, madre literaria de Don Garrapata y motor secreto de todo lo que el amable lector está sufriendo, dueña y ama del misterio del conejo. Los liceístas haciendo las primeras armas y metiendo mano en cuerpo mamilar propicio, algunas chicas fugitivas del colegio de monjas, moviendo chévere aquello que Dios les suministró y el diablo dispuso para buen uso pero dispuestas a morir en defensa del sapito, las maestras como Melpómena Rabo de Puerca, siempre asombrando con sus modas atrevidas y sus escotes ombligueros, en busca de buenos y dialogados tragos y sus mejores y bien pertrechados galanes. Y, naturalmente, en medio del estruendo de las lanzas, los escudos, los yelmos, las cimitarras, y entre los ayes de dolor, los gritos de triunfo y los sofocados gemidos de gozo, descansaban las cabezas coronadas de los guerreros de la Hélade, los Profesionales, y las hirsutas cabelleras de los bárbaros aqueos, los Parquímanos, y el trofeo, naturalmente, era el vellocino de oro. Y allí era Troya, o mejor, Sodoma, Palmira y Gomorra. Las más castas revelaban que su alma era más puta que una gallina de Corinto, porque en las Noches del Jueves del Prado Bar, que se consideraba habitualmente el momento y el sitio más decente de la ciudad, se apagaban las luces y se encendían las guarias moradas y se permitía cuanto desafuero se manifestara dentro de los amplios marcos del respeto a la vida y bienes ajenos (puédese decir que allí, entre las frondas de guayabales, en los baños y a la vera de la piscina, en las orillas del río, sí fueron concebidos muchos, no todos hijos de puta, no sé si por fortuna o por desgracia, y no murió jamás persona alguna que no fuera por muerte natural, era pues la arcadia y el lupanar, o era la arcadia porque era el lupanar, o, bueno, era lo que era y a quién diablos le importa. Y es que, como dice el señor Pablo Valery
Vivir no es suficiente ... hay que vivir feliz.
O como dijo o dijeron que dijo Pancho Villa:
A mí me va bien, sólo a los pendejos les va mal.
Allí no se atropellaba, robaba o raptaba, todo era dado, prestado, donado, cedido o regalado, entregado en usufructo sin uso de la fuerza, por voluntad propia, al que exhibiera mejores habilidades en un baile de gente sin cara, es cierto, pero con sensaciones a flor de piel (que dijera Patrocinio Aramuburo en Radio Satélite.) La moda era el baile estilo barquito: los pies inmóviles, el torso e la cabeza también, y solamente un vaivén muy marítimo en la región ventral, pélvica, coxal y adláteras. Otros llamaban a este estilo brillar hebilla, porque los hombres usaban en el cinturón una placa niquelada que después de cada enardecida pieza debía despedir destellos aun en la oscuridad.
Aquello era digno de verse: Ildefonso trenzando a la Niña Serman, con una mano desorientada entre los cuerpos divinales de ella, que a su vez jugaba a ser batichica en la zona ecuatorial; Palomo paticorvo pero no maniflojo tomándose libertades con La de Los Pesados Senos que ante el público lucía ostentosos gestos de placer; Bogart Bergonza


[Amigo Historiador: Si Bogart es hijo de Denario Treviño, como queda registrado en el cuarto cuadernillo, ¿por qué jijos lo llamas ahora Bogart Bergonza? Elemental, mi querido guasón: Porque se me hincha la gana y porque el nombre es eufónico con el apellido: es como un barco, que si le cargas un lado y el otro no, pues se va a pique. Y ¿para qué queremos barcos hundidos en una novela donde no hay ni mares?]


Bogart Bergonza persiguiendo por los baños a la Negra Celina, que iba dejando un rastro de Chanel Number 5 (financiado, claro, por su jefe, Yamil Geldsteinberg Hohensolen). Betóben sentado con las manos entre las piernas, dolíéndose de su pronta derrota ante la mujer que siempre decía que no. Mosiú Voila aburriendo a un petiso de pelos rojos cuyo nombre no pudimos investigar o inventar con fantasías oroyadas en revistas de equilibristas suecos. Termidor con sus escarlata ojos de antiguo pastor inglés en la oscuridad, listo a dar el salto transracial y a defenestrar a una niña de no muy buen olfato. Don Camilo contándole chistes subidos de tono, pero muy intelectuales, a Melpómena. Doña Lina, con sus largas uñas de sacerdotisa del amor tailandés tamborileando sobre la mesa y sonriendo a cuanto mozalbete pasara cerca de su centro gravitacional (que estaba, claro, bajo la mesa.) Los carniceros a punto de batir la marca local de cervezas consumidas en una noche, y Californio el Simple contemplándolo todo desde afuera a través de las cañas de bambú y acariciando a la tierna Anastasia y tal vez diciéndole sólo tú, niña, me comprendes, puliendo y repuliendo su pelo de seda oriental, desde que te tengo, criatura, ya no estoy solo, que no quiero montarte, princesa, como el villano de Ildefonso, sino hacerte feliz y que vivamos en un pastizal interminable junto a un arroyo que salga de la roca, con agua tan pura que humillara al más transparente cristal.
Así eran los Jueves del Prado Bar donde sodomos y gomorros, tirios y troyanos, profesionales y paticorvos, entablaban furiosa batalla por el amor, la dama y la satisfacción. También se fraguaron allí grandes amores, rencores eternos, amigos fieles, compadres de confianzas abusadores, no todo fue francachela.


NOTA AL MARGEN
Dice Mateo Albán que los reclusos escucharon muy sosegadamente las historias de las Doscientas Voces y del Jueves del Prado Bar, y que en cuanto hubo el Historiador-literato (litorate) terminado, se sentó con un gesto de satisfacción a rascarse las junturas deleznables de los dedos de sus pies, guardó los cuadernillos bajo el brazo y se dispuso a escuchar los comentarios que suscitaría su arte y dislate.
Habían pasado varios días desde la última sesión (no registrada) en la que los manuscritos estuvieron a punto de recibir mal uso o ser quemados, y el Historiador-literato, temeroso por el futuro de la obra de sus entresijos, había decidido trabajar en la íngrima soledad de su celda. Sin embargo pudo más el tedio de la cárcel que la influencia de los censores y al cabo le fue posible e incluso obligatorio volver a sacar a la luz sus narraciones. La del Coro de las Doscientas Voces Vírgenes arrancó aplausos y exclamaciones de júbilo o asombro, pero no escapó de la inquisición que hiciera el Loco: ¿Cómo era que un suceso en el que no participó ni la cuarta parte de San Isidro se viera agrandado a tales dimensiones con semejantes adjetivos, si lo que en realidad vino fue un miserable mormón con tres esposas tísicas, dos panderetas, una carreta tirada por vacas y un vozarrón impresionante? ¿Y eso de que se hubieran levantado todos los infieles un metro del suelo como si les hubieran puesto un cohetón en el culo, de qué maldecido libro lo había sacado? Ni me lo diga, agregó el Loco, que yo lo sé. Ese señor bigotón y con lunar de mosca en mal sitio que escribió la novela hasta entonces más mentirosa del mundo (y aquí pensó Mateo Albán: Será mentirosa, pero no tanto como la mía) por lo menos tuvo la dignidad y mesura de poner a volar una a sola persona, bastante bella, por cierto, y además tonta, como deben ser todas las bellas, y la inocente voló entre sábanas de Holanda, cosa que bien merecida tenía. Mateo se encabronó, que bien les había dicho a todos los presidiarios que no anduvieran trasegando sus libros y el mentado volumen más mentiroso del mundo, que en realidad no era tal, pues Las Mil y una noches le excedía en simpáticos despropósitos, había desaparecido sin dejar huella y ahora que lo hallaba estaba más grasiento que mecánico de trailer. El Historiador, como era su costumbre, buscó en las esquinas más densas de su cerebro, baúl de más argumentos y más recuerdos inventados que verdaderos, concluyó que una cosa era la realidad y muy otra la ficción y que si se veía pigmea la una y dolménica la otra, era producto de la naturaleza aberrante y patológica, sin embargo luminosa y esclarecedora, del arte, que, como los microscopios, telescopios, lupas y lupanares, aumenta o disminuye a su antojo los dones naturales, colorea lo pálido y hace veraz los inverosímil para que de este modo los miopes, por nacimiento o por hábito, puedan ver, tocar y comprender, lo que de otro modo ni verían ni tocarían ni comprenderían. Además agregó que de todas maneras no quería enseñar nada, sino pasar como una brocha gorda por encima del mundo para que las cosas que hubieran perdido sus perfiles con el paso del tiempo y el manoseo del vulgo lo volvieran a adquirir.
Pero no se detuvo en el anterior punto la discusión, porque el Loco también tenía sus lecturas, no todas robadas a la poetisa payanesa, y había corrido mucho mundo aplastando lombrices y alimañas, como para dejarse engatusar por un bisoño advenedizo y perdulario. Dijo que tras revisar su previlegiada memoria había descubierto que el estilo, las situaciones y aun mismo las descripciones ampulosas, mentirosas y ficcionarias semejaban en parte y gran manera a los escritos de ciertos prestigiados autores y que si quería más información y detalle del guisado le decía sus nombres, el uno Gabriel García Márquez, costeño y dicharachero, negra con balcón que desde hacía diez años, según GAG, le estaban atribuyendo el Nobel, premio que esperaba sentado a la puerta de su casa en Coyoacán, como quien espera el paso del cadáver del enemigo, y es que el tipo era muy bueno para hacer resúmenes y refritos, el otro Chepe Amado, vulgar como sólo un brasileño puede serlo, carioca de origen y, lo que era más que vidente, el tercero y más sustancioso y medular, don Miguel de Alcalá de Henares, escribidor del más grande libro de bellaquerías, cuyo estilo y palabras textuales copiaba sin tasa y cuyo lenguaje florido el Historiador-literato ponía en boca de sus más sandíos e ignorantes personajes, y que para qué más, si ya estaba envergüenzado y escarnecido el farsante, recontraperdulario y engreído presunto escribidor de dizque ranaciones.
En este punto y momento Mateo se mesó las barba, que no la tenía pero vale la pena colgarle para que tenga más autoridad, estrujó contra su corazón lateral el cuadernillo motivo de disputa y pensó fuertemente, tan fuertemente que le salió el consiguiente globito y en él decía así: Señor Loco, orate, chiflado, lunático y concomitantes, señor regidor de este patio, señor cucú desplumado y ultrapendejo, me parece poco venida al ángulo la orientación de la crítica y difícil de responder porque el día que le quieran a uno robar los hijos que fabricó con su propia y espiritual pinga nada más porque se parecen a los del vecino en tener dos ojos, dos piernas y dos todo, ese día se le ofusca la mollera, se le rebota el hígado y se le apasiona la región pancreática; sin embargo puedo decirle que el mundo es uno, la Tierra; las personas, dos: hombre y mujer, con estaciones intermedias en manfloro, bifloro, trifloro y multifloro; la lengua nuestra, una: el castellano del Manco de Lepanto, del loco de Quevedo y de Guzmán de Afarache; y el tiempo largo y los autores muchos, y con aquella cortedad de tema y esta cantidad de escribientes, ¿no le parece a su merced babosa que necesariamente tiene que haber quienes fabulemos de parecida forma y más aún si habitamos en la misma región del planeta y nos alimentamos de las mismas historias de burros enamorados, de mujeres más lindas del mundo, de tarambanas, de mensos sublimes y de habilísimas, puercas y encantadoras putas y gringos canijos y turcos, libaneses, negros de estampa y negros de roña. Además, continuó Mateo, ¿cómo nosotros, enanos subidos en hombros de gigantes (digo estas palabras repitiendo al colega Escopenaguer), podemos despreciar la ayuda de éstos si queremos medrar y dar buen provecho en la profesión y solaz a los lectores. Y más además, ¿no andan diciendo las buenas lenguas que el mismo autor del señor don Quijote fue muy poco original, que se anduvo fusilando las aventuras de los Cerdostián de Mogollán, de Armadís de Galas, de Reynaldo de Montalbán…Y así siguió enumerando nombres, no todos muy prestigiados y de real alcurnia por horas y horas, hasta que el Loco dobló las manitas como cochino con cuchillo de matarife en la yugular y dijo voyme a yogar con una señora que me espera al otro lado del sueño. Bien se haya, se dijo Mateo y escribió una sola palabra en un cuadernilo que hasta entonces estaba impecable: “Monumentos”.

7 comentarios:

  1. Promesa: me tomaré el tiempo y la leeré.
    Saludos,
    El 25% de tus lectores

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  2. Acá otra lectora de sus letras.
    Saludos desde el Caribe.

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  3. Querida amiga habanera: Contigo ya sumo cuatro visitantes habituales...¡Suficiente!

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  4. Sí, perdona que le haga este comentario acá pero no sé dónde dejarlo, pero recién leí La pequeña historia de Lina María y qué decir, bellísima, es una historia para no olvidar de la misma forma que el escritor no olvidaría a Lina. Me encantó. Bueno estar por sus letras, por su desborde de humor y su excelencia.
    Saludos caribeños.

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  5. Marco Tulio: Un generaleño te visita. Me pregunto si este libro Breve Historia es el mismo que publicaste en Argentina por ediciones La Flor y que fue premio de Cultura en CR en el año 1979? Si es asì te garantizo que muchos desearíamos conseguir un ejemplar del mismo. Ciao y que esté bien.

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  6. Pues nada mi muy apreciado amigo MT. En primer lugar y para que no se me olvide mi email es jjmorac@gmail.com. Me encantaría tenerte en mi lista de contacto y que podamos hablar con mayor frecuencia. Yo soy hijo del Valle de El General. He vivido en San isidro toda mi vida (excepto 10 años que me la tiré estudiando en Sn José). ¿Sabes que por acá eres toda una leyenda verdad? De verdad que así es y en especial entre aquellos que sin conocerte sabemos muchas cosas de tí en los años que viviste por acá. Creo que conociste a mi hermano Herrumbre (Victor Mora) y a mis hermanas Miriam y Ligia. Pues yo soy el hijo menor de ese clan Mora que todavía vive en la Calle del Comercio de Sn Isidro. Realmente es un gusto enorme saber de vos y me encantaría que siguiéramos conversando por este o cualquier otro medio y en especial me encantaría saber cómo hacerle para conseguir algo de tan prolífica producción literaria que llevas contigo. Un abrazo mi hermano. Nos hablamos.

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