Roberto Williams en el paraíso de los mahometanos

Asistí a todas las ceremonias previas al sepelio y al sepelio mismo de Roberto Williams. He de decir que en pocas ocasiones, si no en ninguna, he sentido en la despedida de una persona, las siguientes sensaciones: 1. El cariño de la gente. 2. La sensación de que se estaba yendo no sólo parte de cada uno de los asistentes, sino parte del espíritu de la ciudad de Xalapa y del espíritu de una época. Es cierto que Roberto fue un investigador y un escritor de respeto, pero para mí su gran estatura la alcanzó como persona. Cómo olvidar ese sentido del humor, que era como la temperatura permanente de su espíritu. El gusto por la habladuría y el chisme, que para otros es un tremendo defecto, para mí es una gran virtud: es estar mirando la realidad con espíritu crítico y sin formalismos ridículos. A Roberto le gustaba hablar de los demás y eso para mí, que escribo de los demás, es un tesoro. Roberto se ponía sus whiskys con su amigo Raúl Hernández Viveros, pero no cualquier whisky sino un whisky azul escocés de un precio tan alto que ni me atrevo a mencionar. Tenía otros, muchos amigos fieles y con todos se divertía hablando. Nunca le escuché una conferencia pero sí leí sus libros. Y he de decir algo que quizás choque a sus amigos: no estuvo a la altura de su talento. No dio lo que tenía que dar porque estaba ocupado disfrutando de la vida. Tal vez alguna autoridad me refute o acaso, como de costumbre, afirmen que soy un espíritu negativo. La verdad es que Roberto fue más cuerpo que espíritu y eso no se lo puede reprochar nadie. Cada quien escoge cómo vivir. Sobra decir que Roberto antes de desaparecer físicamente ya era un mito: se dice que cada año aparece un nuevo hijo perdido (como le sucede al coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad), se dice que tenía afición a los sitios donde las chicas ofrecen sus dones a cambio de retribuciones, se dice que en uno de esos sitios las chicas lo atendían gratis pues conocían su fama de escritor, se dice que tenía poderes curativos y que muy en privado imponía las manos y curaba enfermedades incurables, se dice que en Xalapa tenía un doble, exacto a él mismo y que el doble era el que asistía a los actos oficiales y el que formaba parte de la corte del más alto dignatario (pues en realidad el auténtico Roberto Williams abominaba de todo gobierno actual, al que consideraba espurio, pues había llegado a la conclusión de que la ciencia política había tenido su más alto punto y su fin con los tepehueas).
Sobra decir que todo lo anterior es parte del mito, que este escritor no avala sino simplemente reproduce. Hablando en serio he de decir que en mis encuentros con Roberto Williams siempre lo encontré cariñoso, irónico, alegre, desprejuiciado, crítico de las instituciones, bromista con la autoridad, coqueto con las del bello e insoportable sexo, erudito, despreocupado del todo por su futuro, nostálgico por los mundos indígenas con los que convivió, lejano de todo formalismo, vestido con poco cálculo, pero sobre todo, feliz de vivir. ¿Qué otra cosa se puede pedir de un hombre? ¿Obras maestras? ¡Bah! No pesan lo que una brizna de polvo en el infinito espacio del universo. ¡Buen viaje, maestro! ¡Y que esté ya disfrutando de un cielo como el de los mahometanos, con 20 vírgenes dispuestas y disponibles, buen whisky y buena comida! Ah, también una biblioteca infinita para entretener los ocios para antes de y después de...con las vírgenes propicias.

Marco Tulio Aguilera

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