Playa


Playa del Carmen

Descabezadero 16
Diario de un escritor

Aprovechando un breve puente aproveché para venir con mi familia a Playa del Carmen, Quintana Roo, con el objetivo de avanzar un poco más rápido en la escritora de mi novela. El plazo para terminarla es diciembre. El ritmo de escritura se hace rápido, la imaginación fluye, y no me distrae el espectáculo natural de todas las razas que caminan arriba y abajo por la Quinta Avenida. He aquí, caminando arriba y abajo por la Quinta, a la síntesis de la civilización actual: la opulencia, la belleza, el lujo, la lozanía, la ebriedad, el deporte, el sol, el bronceado, la exhibición, por un lado. Por el otro, los descendientes de los mayas: pequeños, humildes, subalimentados, al servicio del placer de las razas superiores (o por lo menos más pudientes). ¿Qué se puede hacer? Así está organizado el mundo. ¿Será que Dios lo hizo así? ¿Será que Dios lo quiso así? El socialismo y el comunismo fracasaron. El mundo se ha desbocado hacia el consumismo desaforado. Mientras más ricos haya el mundo será depredado a mayor velocidad. Si todos fuéramos pobres quizás el mundo, la naturaleza, podrían respirar a sus anchas. ¿Cuál es la solución? No lo sé. Lo que sí sé es que yo no voy a arreglar ese problema. Lo único que puedo seguir haciendo es escribir honradamente lo mejor que pueda. Si Dios no pudo arreglar el mundo, menos voy a poder yo.
Me divierto mucho con mi nieta. A los tres años habla con la madurez de una doctora, maneja todos los aparatos a su alcance, domina a todos los que la rodean. Asistir al crecimiento de la inteligencia de esta niña me hace pensar que la civilización sí tiene salvación. Pero no voy a ser yo el salvador.
Ahí está el compacto mayita (quién sabe cuántos siglos de historia en a sus espaldas) barriendo el patio del hotel, limpiando cuartos, limpiando la cocina, atendiendo el mostrador del bar y pendiente de las computadoras, mientras su patrón, blanco (ya negro por el sol de Playa) está bien estiradote en un camastro cheleando, fumando puros, mirándole las nalgas a las gringas. Esta es la cifra perfecta del México de hoy.
En Chichen Itza el espectáculo es más evidente. Por un lado las espléndidas ruinas, testimonio de un pasado glorioso, por otro los mayitas vendiendo chucherías, flacos, asoleados.
Leo en las horas de descanso Nieve de primavera, de Yukio Mishima: otra forma de sentir el mundo: la sensibilidad exaltada, el deleite de los pequeños placeres, una sensualidad fina, lenta, artística... Pero también basada en la diferencia de clases sociales. Parece que el círculo de la humanidad es implacable: para que unos sean felices, los otros deben sacrificarse.
Los cenotes son sitios de belleza insuperable, en los que el agua tiene una transparencia de belleza sin par; lugares en los cuales se ha cristalizado lo más perfecto de la creación.
El pueblo donde se desarrolla la novela es un lugar alejado de la civilización en el que se desarrollan de manera primitiva y gozosa todas las comedias y tragedias, las epopeyas propias de nuestro mundo latinamericano. Si hay algo que me gusta de lo que estoy escribiendo, son sus personajes. La prostituta llamada la Sietecolores, que llega al pueblo con grandes sofisticaciones y termina su vida arrimada a una rokola, engordando y añorando sus días de esplendor. El sacerdote que se la pasa inventando santos para armar ferias y sacar dinero. Los vagos del parque que se la pasan inventando ficciones y mirando a las bellas. Las bellas del pueblo: Sol. Cielo, Estrella y Lucero, hijas de doña Penélope y de un maleante a quien apodan Pinga de Oro. El dentista abusador de sus pacientes, que inventa aparatos para observar mujeres. La beata María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, madre de la Santa Flaca. Californio El Simple, que ama platónicamente a su burrita, y Alisio, el enterrador, que la ama de forma poco platónica. Y todos ellos de alguna manera convertidos en fantasmas por un narrador que escribe la novela que estamos leyendo mientras está encerrado en la cárcel.

Marco Tulio Aguilera

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