¡Concurso Alfaguara, bah!

Deascabezadero 22
Diario (no lunático por favor) de un escritor
Sobre el Concurso Internacional de Novela Alfaguara


Por razones quizás egoístas, narcisistas o publicitarias, le he seguido la pista al Concurso Internacional de Novela Alfaguara. Tengo que decir que en términos generales la lectura de las novelas premiadas ha resultado en decepciones cada vez más agudas e infecciosas. Desde que premiaron La piel del cielo de Elena Poniatowska, en el 2001, hasta la fecha, las obras han sido no de una gran pobreza literaria, sino, diría, de una miseria francamente deplorable. La del 2007, Mira si te querré, del español Luis Leante, está tan mal escrita que a veces resulta risible. Cualquier best seller por lo menos debe pasar por una corrección de estilo. La del español no pasaría un examen serio en ninguna editorial que se respete. Las tonterías alcanzan niveles sublimes. “Se pellizcó mentalmente para convencerse que no estaba soñando”, dice el narrador que parece tener un coeficiente mental de jumento poco ilustrado. Las líneas de diálogo son poco brillantes, por no decir innecesarias. La temática y el espacio de la novela son interesantes: el norte de África y la vida de sus habitantes. (El jurado ha valorado la fuerza expresiva con que se describen los paisajes y la vida de la última colonia española en África, convertidos en escenario de una historia de amor que marca la vida de los protagonistas, reza el acta del jurado).
No sé si se premió el exotismo o una historia de amor aplazado muchos años, como el de El amor en los tiempos del cólera. He de decir que abandoné la lectura a mitad de la dizque novela.
La que sí leí completa fue La piel del cielo, de Poniatowska, y la leí completa por envidia y rencor. Y es que mi novela El amor y la muerte¸ fue finalista en esa edición del concurso. Una mala novela me quitó 175 000 dólares, un apartamento con piscina y vista al mar en Boca del Río y la posibilidad de asolearme rascándome el ombligo durante muchos años. Y eso no se olvida. No creo estar pecando de parcialidad al decir que la obra de la mexicana es pedestre en todos sus extremos. Es tan mala, tan sosa, que todavía años después de su lectura me acuerdo de sus defectos: diálogos estúpidos y didácticos, personajes sin personalidad, inclusión de capítulos en los que se hacían recorridos por la historia de las instituciones mexicanas —eso puede permitírselo Fuentes, que tiene un estilo inteligente, brillante y que siempre tiene algo que decir—, exhibición de cursilería rampante y a veces hilarante. (Que yo sepa, la novela tuvo dos notas o reseñas en México: una en la revista Proceso, en la que la novela de La Poni fue reducida a escombros. Otra, fue una mención pasajera de Carlos Fuentes, recomendando la obra, casi seguramente por compromiso: Elena es su amiga y Alfaguara su editorial.) Se premió, me dije, una trayectoria política y se privilegió la posibilidad de tener buenas ventas.
Resulta que a partir de cierto punto, hay autores que venden lo que sea. Ya están blindados por la publicidad y poco interesa al lector la calidad de lo que leen, les basta ver un nombre famoso en la portada.
Otra novela premiada por el Concurso Alfaguara fue Delirio (2004) de la colombiana Laura Restrepo. La obra hubiera tenido cierto valor si no copiara casi milimétricamente el estilo de Saramago (esa ausencia total de puntos y ese abuso de las comas, que convierte las escenas en un mazacote, una especie de torta alquímica, de la que es difícil separar el oro). Lo que pude sacar en limpio de esta novela es un relato bastante interesante pero no lo suficiente para pasar por encima de un estilo sin dique alguno.
Una novela que, a mi modo de ver, se salva, es El diablo guardián, premio Alfaguara 2003, de Enrique Velasco: una buena historia, estilo ágil, desfachatez del narrador, un personaje memorable…Desgraciadamente, tras la publicación de esta novela, Alfaguara publicó un volumen de textos de Velasco, graciosos pero intrascendentes del todo.
No hablaré de mi novela El amor y la muerte, que si bien no ganó el concurso, sí fue publicada en Alfaguara con un generoso adelanto en dólares y recibió un modesto alud de comentarios en general positivos y a veces muy encomiásticos, y no precisamente de reseñistas amañados, sino de escritores y críticos respetables.
La conclusión es casi evidente: premios como el que concede Alfaguara sirven para tres cosas. Uno: engordar las cuentas bancarias de algunos autores a veces poco dotados. Dos: sirven para vender productor en general de baja calidad. Tres: sirven para espantar a los pocos lectores que quedan en el mundo.
A largo plazo pienso ganar la carrera. O por lo menos divertirme en el intento, como dice la sabia filósofa Laetitia Moon.

Marco Tulio Aguilera

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