Primeros encuentos con Gabo

Primeros encuentros con García Márquez
[1]



En esta entrada encontrará una crónica de mis encuentros con Gabriel García Márquez. El texto está incluido en mi libro Poéticas y obsesiones, publicado por la Editorial de la Universidad Veracruzana, Colección Ficción, México, 2007. Si desea el libro favor solicitarlo mediante un mensaje al final del texto.

I. El viejo mito

En agosto de 1974 —tenía yo por entonces 25 años— tuve por primera vez la osadía, la irresponsabilidad y la megalomanía de tocar con mi vara de prosista principiante el tema más socorrido de la literatura latinoamericana de aquellos tiempos y de los presentes. En el número 163 de la revista colombiana Arco publiqué un artículo que se tituló “El mito García Márquez”. En términos generales en el artículo reconocía el valor de la obra de Gabo y reprobaba la mitología que se estaba tejiendo en torno a él. Reproduzco el párrafo final para luego entrar en la evolución que hemos tenido algunos de mis compañeros escritores colombianos y yo con respecto a la presencia de este monstruo de la literatura y el prestigio contemporáneos: “En este momento nos corresponde preguntarnos a los colombianos si el universo de Macondo es suficiente para llenar y agotar el ámbito literario de Colombia; si vamos a desechar el resto de la literatura hasta que venga otro iluminado, o si, conscientes de la responsabilidad, aceptamos que Gabo nos ha marcado, como en otro tiempo lo hicieron Jorge Isaccs o José Eustasio Rivera, y que no sólo es natural sino lícito y necesario, que se estudie su obra, se asimile y si es posible, se supere. Y también debemos preguntarnos si el dogma impuesto por García Márquez con su correspondiente inquisición, beatería y chorro de babas, no requiere de la herejía, de una herejía a gritos, si es necesario. La literatura colombiana sigue existiendo no sólo gracias, sino a pesar de García Márquez.” (Y aquí agrego una nota escrita en este año de 2002: No me parece incorrecto ni falto de tacto haber escrito que la literatura colombiana sigue existiendo a pesar de García Márquez. Hasta el momento Gabo, que yo sepa, no ha movido un dedo para apoyar realmente a ningún escritor colombiano que no sea su amigo Álvaro Mutis. Ha elogiado a algunos muy en privado, pero no ha empujado a nadie, en un país como Colombia, en donde se halla el talento literario con inusual frecuencia y es tan difícil salir adelante. Mi amigo Luis Fernando Macías lo ha puesto en una frase contundente: “García Márquez no ha entendido que la gloria se hizo para compartirla. Y que si no se comparte se vuelve desoladora”.)
Bueno, ahora que leo esta prosa romanticona y enfanterriblesca, me doy cuenta de que aunque ya uso más puntos y por consiguiente frases menos largas y lapidarias, sigo siendo el mismo, pero con una dosis mínima de prudencia. Ya he desechado la idea de escribir algo "superior", pues sin duda el cuantificar o someter a estadísticas a la literatura es una tontería, propia solamente de la adolescencia literaria. En la actualidad ya no me mueve la idea de la competencia, aunque ciertos rasgos de mi personalidad hacen que algunos me siguen llamando megalómano, a lo que le agregan, narcisista y otros calificativos. Adjetivos que no me desagradan. Frases como “Soy el rey de Inglaterra: cuando yo hablo Dios contesta”, me agradan, tienen algo de humildad: la humildad de aceptar los sueños de grandeza que todos tenemos y sin embargo no todos aceptamos.
Desde 1974 hasta 1980 (fecha en que reescribí por primera vez el artículo que el lector tiene ante sus ojos) habían pasado muchos libros colombianos bajo el puente. Varias novelas interesantes: Juego de Damas, La otra raya del tigre, Años en fuga. Apareció mi novela Breve historia de todas las cosas, calificada por el editor argentino de La Flor como más divertida que Cien años de soledad... “y si el lector no está de acuerdo puede pasar por nuestras oficinas a reclamar su dinero” (así se lee en la contraportada.) Calificada por Seymour Menton en La novela colombiana. Planetas y satélites como “lo más cercano a Cien años de soledad", mi novela primeriza tuvo su momento de esplendor y luego cayó en el olvido. Pasados los años y las fiebres del novelista adolescente hay que aceptar que los ditirambos eran exagerados, aunque el mismo García Márquez haya llamado a Cali (más precisamente a la Librería Nacional, donde por alguna razón suponía yo estaba montando guardia) para felicitarme por el libro. Un mes antes se lo había entregado en sus propias manos en el local de la revista Alternativa.
En Colombia sobra fibra literaria para responder a cualquier reto, especialmente en la actualidad. Que las agencias literarias no se ocupen de la nueva literatura, no es asunto de calidad literaria, sino de criterios mercantiles. Creo que esto es comprensible y hasta sensato (me refiero a lo que digo, no a la tendencia monopolista.) En el campo del análisis y la crítica literaria también ha habido respuestas al vacío que se le ha querido hacer a la nueva narrativa colombiana. Un artículo reciente, pomposamente titulado "¿Cómo matar a García Márquez?" (Excélsior, 31 de octubre de 1980) firmado por Eduardo García Aguilar, quien trabajó muchos años como corresponsal de France Press en México y ahora trabaja en París, hacía una enumeración de herejías que se enfilaban contra el monopolio de la transnacional G.G.M. (que nada tiene que ver con una redundante General Motors.) Se mencionaban los nombres del arriba firmante, de Jaime Mejía Duque y Juan Gustavo Cobo Borda, como integrantes del club "Tírele al Gabo."
¿Total? Que ya somos más los que creemos y apoyamos la idea de que sí hay narrativa colombiana después de Cien años de soledad y que pronto, si insistimos, podremos convencer a otros e interesar a nuevos lectores para que se arriesguen a leer Años en Fuga, de Plinio Apuleyo Mendoza, o La Otra raya del tigre, de Pedro Gómez Valderrama, que sufren el oprobio del polvo en sus respectivas distribuidoras, Plaza y Janés y Siglo XXI de Colombia. De mi novela Breve Historia de Todas las cosas se venden —se vendían; ahora ya no existen ejemplares sino como souvenirs— diez ejemplares al mes en México, lo que ya es un triunfo (aclaro que estoy volviendo a corregir este texto en noviembre de 2002 y que por lo tanto han pasado mares de agua bajo el famoso puente.)
Bueno, pero hablemos de las cosas que han pasado bajo el famoso puente desde 1974. Creo interesante (acaso no conveniente) hablar sobre las ocasiones en que me he entrevistado con García Márquez. Ahora que releo a Henry Miller me percato que las situaciones se repiten, lo que no es un gran descubrimiento. Siempre que Henry conoció en persona o por carta a un escritor famoso, se llevó enormes chascos. Cuando supo que Kunt Hamsum casi suplicaba que le tradujeran sus libros al inglés, se le quebró el retrato. Recuerdo que Sábato me impresionó por sus ideas cuando lo conocí en Kansas City, pero luego terminé odiándolo porque no aceptó el libro que yo le estaba regalando humildemente. "No tengo sitio en la maleta", fue lo que dijo. Me dieron ganas de agarrarlo del pelo y sacudirlo: si por lo menos hubiera aceptado el libro, aunque decidiera luego abandonarlo en el hotel, lo habría perdonado. Pero puesto que su cabellera era escasa, opté por no sacudirlo. Mientras estaba haciéndole unas preguntas de relumbrón a Vargas Llosa, en Cali (tendría yo por entonces veinte años), llegaron dos damas de alto coturno y se lo llevaron del brazo. Él ni siquiera se despidió de mí. Ahora, visto el suceso desde la distancia, creo que yo habría hecho lo mismo: entre un muchacho impertinente y dos grupas bien colocadas, con perfumes subyugantes y joyas dignas de una Rockefeller, no hay vocación que valga: dos tetas jalan más que una yunta de bueyes, dice un sabio proverbio. También yo en la actualidad —lo confieso— abandono libros que me han regalado: simplemente se me olvidan voluntariamente en los hoteles durante mis viajes. Antes de dejarlos olvidados leo un par de párrafos. Si pasan el examen los conservo.
Recupero las palabras de Vargas Llosa: "¿Para qué quieres la fama, muchacho? Sólo trae problemas". Yo no le había dicho que quería la fama, sino que consideraba una infamia que en un prestigioso congreso literario celebrado en Cali, no hubiera sino un escritor colombiano: el organizador. Y él entendió que yo quería ser famoso. Era sin duda perspicaz: yo sí quería ser famoso.
El Onetti que conocí en Jalapa (y esto parece título para un artículo de Selecciones del Readers Digest) era el más auténtico esquizofrénico que me haya sido dado a conocer. Había que sacarle las palabras con un equipo de anzuelos de tres picos, alicates y paciencia. Muchos que hablaron con él, dicen que es agudo. A mí me pareció soberanamente grave. O tal vez fue que lo encontré en un momento de depresión. En el fondo me pareció que todo lo que no fuera una botella de whysky le importaba un rematado cohombro.

II. El santo de más rating en la literatura colombiana

Mi primer encuentro (habría que llamarlo choque) con García Márquez fue a fines de 1975, en el local de la revista Alternativa, en Bogotá. Recuerdo que algunas secretarias se asomaron a la ventana. Alguien gritó: ¡Ahí viene el Patriarca!
Don Gabo entró apresuradamente, saludó como si viniera de Olimpia, y se sentó tras un escritorio. Alguien me presentó:
—Garramuño, un muchacho que acaba de publicar una novela en Buenos Aires.
Tras darle la mano a mi héroe, le dije:
—No me gustó El Otoño del patriarca.
Se echó hacía atrás en la silla ejecutiva y casi sin mirarme. (Gabo tiene o tenía una forma de mirar que nunca daba en el objetivo: sus ojos se paseaban por los alrededores, con la típica paranoia del perseguido.) Dijo:
—Pues si no te gustó es que no sabes nada de literatura—. Digna respuesta a una pregunta (o agresión) menos diplomática que un baile de elefante en una tienda de porcelanas. Luego me habló de los estudios que habían hecho sobre su obra en Europa, de los grandes críticos que la habían alabado, de maravillosos lectores. (Años más tarde, en Jalapa me enteré que Gabo nunca lee lo que se escribe sobre sus obras o su persona. "De bribones es ser modesto", escribió Goethe; "Es fácil ser modesto cuando se es grande", comentó Sábato. Yo estoy de acuerdo con los dos. En realidad yo estoy de acuerdo con todo el mundo. Ya llegué a la conclusión de que es fácil tener la razón cuando se sabe que la verdad no existe.
Como respuesta a la afirmación de que yo no sabía nada de literatura saqué de mi anciano maletín de cuero un ejemplar Breve historia de todas las cosas y se lo dediqué: "Para Gabriel García Márquez, a quien pienso matar". (Nótese que mi vocación de asesino no es oportunista. Ya tenía todo planeado desde 1974.) Claro que luego agregué: "...matar literariamente." (Lo dije por si alguien menos metafórico que yo asesinaba a Gabo y un detective encontraba el libro y yo terminaba en la cárcel por gracioso.)
Gabo tomó el libro en sus manos ( era un libro muy bonito, publicado por Ediciones La Flor de Buenos Aires, con carátula como de cómic, en la que se veía una caricatura de Fontanarrosa), le dio dos o tres vueltas, luego leyó la juguetona y muy comercial contracarátula que Daniel Divinsky —el editor— había inventado para vender fácilmente la novela. Decía, literalmente, que Breve historia de todas las cosas era superior a Cien años de soledad. Pero los tiempos en Argentina no estaban para best sellers a la fuerza —eran los días de la más violenta represión militar, allá por 1975— y la edición caminó con lentitud. Luego tomó vuelo, principalmente en Costa Rica, donde le dieron el Premio Nacional “Aquileo J. Echeverría” y en Colombia. Se agotó la primera edición.
Pero estábamos en el punto en que García Márquez tomó la novela y le dio dos o tres vueltas. Luego dijo:
—Eres muy joven—. Y desapareció tras una puerta. Una hora más tarde, regresó. Dijo haber leído un par de capítulos y comentó:
—Se puede leer tu novela.
A partir de entonces, habiendo visto a Gabriel apenas unos veinte minutos, su imagen comenzó a girar sobre mi imaginación como un buitre: que había dicho en Madrid que las vacas marinas son parientes de las terrestres; que en Milán se le torció un pie; que en Lima practicó el boxeo en la vía pública con otro famoso escritor de dientes grandes y saludables; que había dejado de fumar tras hacer una ceremonia en la que enterró los cigarros en el traspatio de su casa; que en su mansión de la Calle del Fuego, Colonia Pedregal de San Ángel, había criados con librea; que era abstemio de todo lo que no fuera champaña y asceta de todo lo que no fuera caviar; que quién quita y de pronto se lanzaba a la presidencia de Colombia; que mejor no. En fin.
Con el paso del tiempo escribí algunos artículos en los que trataba de desmontar el mito. Recibí algunas cartas de la costa colombiana felicitándome, reiterando el epíteto de de megalómano, agregando los de vanidoso, envidioso, resentido, oportunista, escritor de pacotilla. Llegaron cartas de París, todavía más insultantes. (Un artículo en dos entregas se titulaba “Aguilera Garramuño manda huevo”. Mandar huevo significa en Colombia lo mismo que “es el colmo”).
En fin. No tenían sentido del humor. El santo de más rating en la literatura colombiana era intocable. Por otra parte comencé a sentir que era inútil tratar de pordebajear a mi héroe. Mientras más reflexionaba sobre lo que creía sus debilidades humanas, más crecían las dimensiones de su literatura. Escribí en contra del mito, en contra de la indigestión verbal que me causó el Otoño del Patriarca y finalmente a favor de los novelistas colombianos que permanecen en la oscuridad suscitada por el resplandor de Cien años de soledad. Hace unos tres meses (repito que esto fue en 1980) presenté una ponencia en el Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias de la Universidad Veracruzana, en la que intentaba demostrar que existía una vigorosa novelística colombiana después de Cien años de soledad. En esa ponencia reiteraba la necesidad de asesinar a García Márquez. Digo, asesinar el mito y superar los complejos.
Muchos años después, cuando supe que el Papá Grande estaba en el Hotel Xalapa, decidí buscarlo. Pero, por si acaso, opté por ir desarmado.
—¿Está Gabriel García Márquez?—pregunté en la recepción bajando la voz.
—Gabriel ¿qué?... A ver.
Me dieron el número de su habitación pero nadie respondió al llamado telefónico. Me senté en un sillón estratégico, le practiqué un orificio al periódico de camuflaje y esperé. Súbitamente el periodista Armando Rodríguez Suárez —ya en otro plano de existencia— me dijo, como quien señala a Superman en el cielo:
—Ahí va.
Iba seguido por dos o tres personas. Caminaba apresuradamente y los otros semejaban pollos tras el gallino mayor. Alguien lo detuvo antes de que bajara la escalera. Lo alcancé y, optimista, le tendí la mano.
—Quihubo.
Me miró como se mira a un vendedor de enciclopedias.
—¿Se acuerda ? ...Marco Tulio... Aguilera... Garramuño.. Alias Alimaña... ¿Se acuerda?
—¡Claro!—dijo estrechándome la mano con flojedad, a la manera en que lo
hacen quienes temen que les pongan un par de esposas en torno a las muñecas.
Era obvio que no se acordaba de mi ilustre cara.
—El de Breve historia de todas las cosas.
—Ah, sí—murmuró distraído, ajeno por completo a mi entusiasmo.
—Escritor colombiano...
Finalmente pareció detenerse, plegó las alas y adoptó su personalidad de Clark Kent. Dijo:
—Ahora sí me acuerdo. El de la novela de todas las cosas. Tenemos que hablar.
Pero ya se había acercado una periodista, Rosa Elvira Vargas. Gordita por
entonces y agresiva, bastante joven, le llenó los ojos y lo hizo retornar a su personalidad de superhéroe.
—El problema, Marco Tulio, es que tengo un compromiso con esta potranquita . Me comprometí a responderle unas preguntas. Pero voy a estar al lado de la piscina. Te espero dentro de 15 minutos.
Cumplidos los 15 minutos, me acerqué. La compacta y bien dotada periodista,
todo un espectáculo de coquetería enfilando sus baterías contra aquella pieza de caza mayor, me miró con el recelo con que mira un niño comiendo pastel. Un niño que teme que le quiten la mitad de su pastel. Cinco o seis periodistas, apostados estratégicamente —tras la vidriera de la cafetería, fingiendo leer diarios en sillas cercanas, disfrazados de agentes de la CIA— tuvieron un movimiento de rebelión. Era evidente que estaban haciendo fila y que yo me había colado por delante de varios.
—La entrevista es para la potranca —dijo García Márquez con dureza.
—No vengo a pedir nada ni a hacer entrevistas—dije levantándome de la silla.
Le di la espalda y comencé a alejarme.
—Ven acá, cabrón— (supongo que esa es una palabra cariñosa en la costa atlántica colombiana, de la misma forma que la palabra “huevón” significa “amigo”, y no, como en México, “perezoso”) — No pareces cachaco—. Estaba sonriendo y me tomó del brazo.
—Mira, estoy cumpliendo un compromiso. Mañana vienes a las ocho de la noche y cenamos juntos.


III . En Xalapa

Cuando entré al hotel Xalapa al día siguiente, Gabo estaba saliendo en su auto. Al verme se detuvo y abrió la puerta trasera del vehículo. Adelante iba Mercedes, su esposa; atrás, uno de sus hijos, grandote, de overol, con cámara en bandolera. Abrió la puerta trasera de su auto:
—Entra —dijo.
Un fotógrafo estaba frente al auto y no le permitía avanzar.
—Don Gabriel, usted me prometió posar dos minutos.
—Dije que a las siete y cuarto, y ya son las ocho.
—¿Mañana?
—Mañana me voy a Veracruz.
El auto avanzó diez metros. Un grupo de muchachos alzó las manos pidiendo que se detuviera. Gabo frenó.
—¿Si?
—Traemos unos libros para que los firme.
Todos abrieron sus maletines y fueron pasando cada uno cinco o seis libros. Con gran paciencia, diríase con felicidad, Gabo estacionó y comenzó a firmar. Y no lo hacía como Onetti, quien apenas escribe: "Para XX, atentamente", sino que desgranaba un buen párrafo y se detenía a reflexionar antes de escribir. Mercedes, mientras tanto, se acomodaba en el asiento delantero y ocultaba con la tradicional cortina de humo su impaciencia. Los muchachos, uno a uno, estrecharon la mano de Gabo.
Nos dirigimos al Hotel María Victoria. Puesto que estábamos en pleno congreso de revistas literarias y en medio del homenaje a Onetti organizado por Jorge Ruffinelli y el Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Veracruzana, el lobby estaba lleno de celebridades: críticos literarios norteamericanos y de varios países de Hispanoamérica y de Europa.
En cuanto super Gabo hizo su aparición todo se detuvo. La mayor parte de los asistentes lo miraron con disimulo y otros esperaron con cierta desesperación que los favoreciera con un apretón de manos o una mirada de reconocimiento. Pero nada. Gabo entró. Se asomó al restaurante y al regresar dijo:
—Hay mucha gente. Mejor vamos al bar mientras se despeja esto.
Gustavo Sainz estaba en la puerta y García Márquez lo saludo con afecto.
—Quiero cenar—dijo Sainz—, pero hay mucha gente.
—Ven con nosotros —respondió el protagonista—: tomamos algo y luego cenamos.
Ángel Rama y un señor Di Prisco se unen a nosotros.
Ya instalados en una esquina del bar, Gabo se siente a salvo. Nadie lo mira. Comenzamos a hablar. Cuenta sus planes editoriales. Tiene lista la Crónica de una muerte anunciada.
—¿Y lo que decías sobre no publicar hasta que cayera Pinochet?
Gabo hace un gesto impreciso.
Yo me atrevo a decir que la literatura y la historia se mueven la una a pesar de la otra. Que una y otra son implacables porque suceden en planos diferentes. Afirmo que el escritor debe seguir escribiendo y publicando aunque la bomba esté a dos centímetros de su cabeza.
Luego hablamos sobre los nuevos escritores colombianos y sus complejos. García Márquez dice que los escritores se preocupan demasiado por cosas que no tienen relación con la literatura. Que él solamente se ha preocupado por escribir, que jamás ha buscado editor, que jamás hace presentaciones públicas de sus libros, que elude congresos de escritores.
—San Gabriel—digo escéptico. Me siento como un pecador irredento: yo si me he presentado en público, dicto conferencias, busco editor para mis libros. Incluso a veces les creo a los críticos. Participo en concursos a granel, gano unos cuantos y ello me hace feliz. (Hoy en el 2002 tengo algunas comodidades gracias a los premios. Ya no duermo en una tira de hule-espuma colocada directamente sobre el piso, no manejo bicicleta sino Explorer. Gracias a Dios existen los premios y ande yo caliente y... ) Sé que Gabo sufrió los mismos avatares de todos los escritores y que sus inicios estuvieron marcados por premios que ahora prefiere olvidar, premios como el Esso de Novela en Colombia, que ganó cuando aceptar algo de una trasnacional norteamericana era un acto de alta traición intelectual.
—Marco Tulio, los críticos son las aves de rapiña de la literatura. Hay que mantenerse lejos de ellos —. Habla con sencillez, poniendo toda la fuerza de convicción que le es posible a sus palabras.
Pero pienso: ahora no estamos lejos de los críticos. Rama y Prisco son de la bandada de esas aves funestas. Hay que justificar esa nefasta cercanía: además de críticos, son amigos. Y, sin embargo, replico: si García Márquez es la figura mundial que es hoy, ello se lo debe no sólo a la calidad de su literatura, sino a la multitud de aves depredadoras que se han ocupado de él. Por otra parte a Gabo le gustan las entrevistas, en más de una ocasión lo ha afirmado. De modo que no es precisamente el anacoreta que podrían hacer sospechar sus protestas de santidad.
—Nunca leo lo que escriben sobre mí.
—No lo creo—digo.
Mercedes afirma:
—Nunca lee lo que escriben sobre él.
Una venezolana presente—conjeturo, la esposa de Di Prisco—aclara:
—Gabo no lee a sus críticos porque eso le hace mal.
Y, ahora que lo pienso: es posible. Demasiados reflectores terminan por enfermar. Es como cuando uno está en una reunión y todos hablan, bien o mal, pero siempre de la misma persona.
Gabo no se enoja por mi terquedad. Le da risa. Insiste:
—Si los escritores colombianos se olvidaran de mí y se dedicaran a escribir, harían grandes cosas. El éxito se gana tras la máquina de escribir.
La frase me parece lo suficientemente valiosa como para tratar de recordarla. (Aclaro: mi intención no era, no es, hacer una entrevista. Todo lo que estoy escribiendo lo recupero gracias a la memoria.)
—Ángel Rama dice que la literatura colombiana avanza por construcción y demolición — dice Gabo.
Rama se asombra:
—¿Cuándo dije eso?
Supongo que es un juego de complicidades entre amigos. El intruso no está en el secreto. Rama trata a Gabo como a un hermano menor. O como a su hijo.
—Muchos encuentran que yo he influido en varios escritores colombianos. Pero cuando yo los leo no me parece. Esos son inventos de los críticos.
La verdad es que la sombra de Gabo planea como un fantasma a la espalda de todo cuanto se hace en el campo de la literatura en Colombia. Todos los grandes premios que se han otorgado en los últimos tiempos, se atribuyen a la influencia de García Márquez. Se dice que sus llamadas determinan que se premien las obras de Alba Lucía Ángel, Plinio Apuleyo Mendoza y otros. A mí me agradan las murmuraciones y los chismes. Por eso los registro. Son más sabrosos y a veces más objetivos que las noticias oficiales. Recientemente en El Espectador alguien me regañó por esa tendencia a hacer del chisme historia. "Allá Marco Tulio", escribió el editor de la primera entrevista que le hice a Gabo y que publicó ese diario en su suplemento dominical. El editor me advertía del peligro de traficar con especies en las que estaban involucradas las trasnacionales de la literatura.
—La crítica no sirve para nada —dice García Márquez.
Por fin Sainz abandona su mutismo:
—Si no hubiera sido por los críticos ahora las páginas de los libros más importantes nos servirían para envolver carne o limpiarnos el derriere.
Volvemos al tema de la literatura colombiana. Hablamos sobre Gustavo Álvarez Gardeazábal, uno de los rebeldes contra el mito García Márquez; hablamos sobre la novela Años en fuga, de Plinio Apuleyo Mendoza.
—Me gustó Años en fuga: es la novela de la desesperanza —dice García Márquez.
Ángel Rama tercia:
—Pues a mí me parece algo entre novela de aeropuerto y breviario de confesiones eróticas.
Yo opino que es una novela excelente. Bien emparentada: Henry Miller, Proust, D.H. Lawrence, Cortázar. Y sin embargo —aquí está uno de sus méritos grandes— muy colombiana, muy cuestionadora de eso que podríamos llamar de manera optimista la esencia de lo colombiano.
García Márquez parece conocer todos los libros de autores colombianos, incluso los más recientes. Dice que recibe casi todos los diarios que se editan en Colombia.
Un hombre que ha estado mirando insistentemente hacia nuestra mesa, se echa un trago y decide acercarse:
—Soy un admirador jalapeño y no aguanté las ganas de saludarlo.
Gabriel sonríe feliz y le estrecha efusivamente la mano. Dos muchachos, impulsados por el ejemplo del precursor, se acercan con un par de servilletas.
— ¿Nos podría dar un autógrafo?
—Claro.
La conversación sigue adelante. Gradualmente voy entendiendo que García Márquez no ha dejado de ser un costeño típico— "No es sino una negra con balcón", dijo un escritor amigo, de esos que no lo quieren, y quien una vez cuando se lo encontró en un elevador cara a cara fingió no reconocer a Gabo—. García Márquez es un costeño pulido por los viajes, las ceremonias y las penas propias de esa dama ambigua que es la fama: guapachoso, bromista, mamagallista, con el sentimiento de superioridad que le proporciona el saberse el escritor más querido del mundo. Y, sin embargo, como todo héroe que se respete, defiende las que considera las fuerzas del bien. Viste pantalón y chamarra de mezclilla. No necesita escudo bajo la camisa, ni traje y corbata, porque su rostro se ha transformado en una heráldica que simboliza lo mejor de la literatura latinoamericana. Su tono, aunque ligeramente autoritario, no deja de ser amable. Pero su amabilidad es como la de la Princesa de Guermantes cuando se dirige a ese chico delicado que se llama Marcel y se dice escritor.
(Hace poco un amigo poeta me hizo comprender la diferencia que hay entre vanidad y pedantería. El vanidoso es ingenuo, inseguro, tolerable. Necesita que los demás hablen de él para convencerse a sí mismo de que vale. El pedante no necesita la aprobación de nadie porque está seguro de su valía. El pedante está seguro de sí mismo y por eso es intolerante e intolerable. Lo más divertido de los seres humanos son sus debilidades. Los perfectos deben —debemos—ser muy aburridores... Es una broma, claro. Pero, ¿será en realidad una broma o una enfermedad?
García Márquez no es ni pedante ni vanidoso, aunque está más cerca de la pedantería que de la vanidad. Nunca —hasta donde lo he podido escuchar— cede en una discusión. Parece que ha hallado la verdad y la razón. Gabo cree en sí mismo sobre todas las cosas:
—Cuando uno escribe, tiene que creer que va a escribir algo mejor que El Quijote. Si no, no tiene caso escribir.
Yo estoy de acuerdo. Por eso estoy convencido que llegaré a escribir una novela no superior sino tan valiosa como Cien años de soledad y también estoy seguro que algunos de mis cuentos no ceden en calidad a los de Gabo. ¿Pretensión? No. Optimismo. (Ya siento llover piedras. No importa. Tengo como paraguas mi disciplina y los cinco mil metros planos que corro todas las mañanas). (Anoto que el asunto de los 5 000 metros es cosa del pasado. Ahora —2002, a los cincuenta y tres años de edad— me conformo con jugar básquet en el Gimnasio Allende de Xalapa tres veces a la semana.) (En una entrevista reciente que me hicieron a partir de la aparición de mi novela El amor y la muerte, dije: Si Gabo aspira a escribir mejor que Ceravantes, ¿por qué no voy yo a aspirar a escribir mejor que Gabo?)
Gabriel me pregunta qué voy a hacer con mi vida. Si voy a seguir dando vueltas por ahí, sin regresar a Colombia, donde está mi lugar.
—No sé qué voy a hacer en mi vida — digo (pero eso fue en 1980, es decir, hace 22 años: hoy sí sé que voy a hacer con mi vida: estoy casado, tengo dos hijos y por lo pronto lo que debo hacer es ganar dinero para sacar adelante este asunto de la familia.) La literatura se va dando por añadidura.
—Estoy estudiando italiano y de pronto me voy a ver qué pasa en Roma. O tal vez vaya a Francia, a Brasil, al desierto de Karakorum.
Gabo me aconseja que regrese a Colombia. (Eran los tiempos en que regresar a Colombia resultaba recomendable.) Me cuenta su desarraigo. Ya no se siente ni colombiano ni mexicano ni nada.
—Hay un momento en que el cordón umbilical se rompe. Después ya es imposible soltarlo.
Ángel Rama interviene:
—No le hagas caso. Vete a Europa.
De nuevo pregunta sobre mis planes:
—¿Y de la literatura?
—Espero publicar un libro de cuentos en 1981. Se llama Aves del paraíso —. Finalmente no lo publiqué en 1981 sino en 1983, y se llamó Cuentos para después de hacer el amor. Tras ese vino Cuentos para antes de hacer el amor. Ya anuncié Cuentos en lugar de hacer el amor. Falta que cumpla.
—No te preocupes por publicar. Escribe, escribe, escribe.
—Eso es lo que hago. Hasta veinte páginas diarias.
Gabo se dirige a Rama:
—Dichosa edad en que se pueden escribir veinte páginas diarias.
Mercedes interviene:
— Ahora un libro de 130 páginas le cuesta a Gabito más de diez años de trabajo.
Mercedes reafirma que Gabo no fuma, no bebe.
—No bebo por costumbre, pero cuando bebo me tomo varias botellas de champaña. Me doy mis gustos —dice—: desde Rusia me traen caviar. Ya no fumo. Llegué al punto de abrir la cuarta cajetilla de cigarros. Entonces decidí abandonarlo.
Luego le relato una de las tantas historias que he escuchado sobre los mitos que se tejen en torno a él. Cuando Gabo decidió dejar de fumar, convocó a varios amigos como testigos. Hizo un hueco en el jardín y allí enterró los cigarros. Luego colocó una cruz sobre la tumba del vicio.
La historia le causa gracia:
—Me han inventado una cantidad de historias. Dicen que puedo estar a la vez en Roma, Madrid y Bogotá.
—¿Y qué estás escribiendo?—pregunta Gabo.
—Tengo una novela sobre Cali, que se llama Cínicos y bellos. También estoy a medio camino de una novela que se desarrolla en Monterrey —. La primera sigue inédita. La segunda salió editada con el nombre de Paraísos hostiles.
—Ojalá no comiences a publicar basura.
Lo malo es que si no publico la basura, ésta se acumula en mi casa.
Esto no lo digo, ni siquiera lo pienso. Solamente se me ocurrió ahora que recontraescribo estas notas.
García Márquez se asoma al restaurante del hotel. Al estar cerca de la mesa del bar, dice:
—Ya podemos ir a comer. El restaurante está casi vacío.
Ángel Rama preside la mesa. A mí me toca al lado de Mercedes y Gabo. Sainz y Di Prisco están al frente. Converso con la esposa de García Márquez sobre los viajes a Viet Nam, sobre el viento frío de Nueva York, sobre las chicas de una boutique en País. Gabo y Rama se enzarzan en una discusión sobre Cuba. Para García Márquez, Fidel es su hermano y Cuba su hija. Al hablar sobre la revolución se apasiona.
En fin, al despedirnos, me da su número telefónico en el Distrito Federal.
—No dejes de llamarnos. Es raro —dice Gabo—: todo el mundo cree que siempre tengo invitados, que estoy muy ocupado, y por eso nadie me busca ni visita. Los amigos me tienen miedo.
Esas palabras me recuerdan la última carta que recibí de Enrico Cicogna. Antes de morir, tradujo el El otoño del patriarca. Me escribía para preguntarme el significado de algunos modismos colombianos y sus posibles traducciones a otros idiomas. De paso, el traductor al servicio de la editorial Feltrinelli, me hacía observaciones. Entre ellas, comentó que la soledad del Patriarca, la ausencia de fidelidad de los amigos, correspondía a la experiencia vital de García Márquez tras el éxito sin igual de Cien años de soledad.
Yo estoy de acuerdo. García Márquez podría decir, como Flaubert de su Madame Bovary, "el patriarca soy yo".
Después de mi segundo encuentro con Gabo la agresividad con que me enfrentaba al mito, ha desaparecido. García Márquez no es, de ninguna manera, petulante. Su prestigio lo usa para la mejor causa. Es asombroso que, teniendo una corte inmensa de admiradores y adulones, siga siendo un costeño sencillo y accesible. Me impresiona lo que parece ser, y creo que es, una honradez que nada ha podido corromper. Platón escribió en La República que los gobernantes-filósofos debían estar libres de problemas económicos para que fuera imposible corromperlos. Ya García Márquez alcanzó ese estadio. Ahora puede defender sus causas sin riesgos a tergiversarlas por intereses exteriores. A largo plazo los artistas significativos de todas las épocas terminan por transformare en gobernantes-filósofos.

IV. 1982. Acertijo: ¿Quién es el gran escritor colombiano de este siglo?

En 1982, no recuerdo con precisión la fecha, estando en el DF se me ocurrió llamar a Gabo. Acostumbrado a que su secretaria Blanca respondiera que estaba fuera del país o cumpliendo con un compromiso muy urgente, me sorprendió informando que sí estaba. Blanca dijo que le iba a preguntar si podía atenderme. A continuación Gabriel mismo tomó el teléfono y preguntó que dónde estaba yo. Le dije que en un hotel de medio pelo en el Distrito. (Mis tiempos del desastroso Hotel Danky ya habían pasado.)
—Hace siglos no voy al centro y tú me estás dando el pretexto. ¿Crees que puedo estacionar en el garaje de tu hotel?
Le dije que sí. Mi hotel era de medio pelo, sin embargo tenía el lujo de un garaje. (Creo que era el Hotel La Fuente.) Prometió llegar en cuarenta minutos.
Dos horas más tarde yo seguía esperándolo.
Llamé a casa de Gabo y me respondió Mercedes. Dijo que había salido a tiempo y que tenía la costumbre de ser absolutamente puntual, de modo que posiblemente había tenido problemas de tránsito.
Sentados frente a una mesa en el Sanborn´s, pregunto a García Marquez sobre sus planes, después que me escuchó hablar sobre los míos.
–No me importa publicar un libro ahora. Estoy soltando cuentos poco a poco. Ya publiqué uno, y el cinco de septiembre publicaré otro. Aparecerá simultáneamente en varias ciudades: Bogotá, Madrid, México.
—¿Y qué otras cosas escribes?
—Un artículo semanal para una revista mexicana y otras publicaciones. He mantenido el ritmo de un artículo semanal durante dos años. A veces tardo dos días en escribirlos. Una vez estaba en Canadá y no tenía máquina. Salí y compré una para cumplir con el compromiso. Mira, hay que estar escribiendo siempre. Si te detienes te jodes.
Gabriel está más tranquilo que hace un año. Ya no lanza miradas en torno suyo. Se concentra en lo que está diciendo. Habla con convicción y me dice lo que habrá repetido a mil principiantes, pero con un énfasis tal que parece lo está diciendo por primera vez.
– Otra cosa que quiero escribir es un libro sobre cómo escribir un libro.
—¿Y tus memorias?
—Serán recuerdos sobre mis libros, no meteré mi vida privada. Yo soy muy pudoroso en este aspecto—. (Hoy, en Noviembre de 2002, tras haber leído Vivir para contarla, me doy cuenta que sigue siendo coherente: de su vida íntima contó muy poco.)
Luego hablamos sobre la novela Años en fuga, de su amigo y compañero Plinio Apuleyo Mendoza. Le digo que a mí me agradó tanto como Herzog de Saúl Bellow.
—Con la diferencia de que es menos aburridor. Me gusta de Años en fuga mucho más la parte europea que la colombiana. Y es que la parte colombiana se la contaron a Plinio. Él ha vivido la mayor parte de su vida en Europa.
Pasamos al tema de los críticos. Dice Gabo:
—Algunos se han puesto a comparar escritores. A decir que unos son mejores que otros. Eso ha creado enemistades. De ti dijeron que eras mejor que yo, cuando apenas estabas comenzando. Eso te enfermó.
Siempre me ha intrigado cómo es que Gabo logra conservar la serenidad y la alegría de vivir en medio de ese circo de tres pistas que se mueve en torno a él.
— ¿No te molestan mucho con llamadas telefónicas?
— Yo nunca paso al teléfono durante las mañanas, pues eso interrumpe mi trabajo. Hoy hice una excepción por dos razones: me sentía seco por completo, y tenía desde hace años ganas de hablar contigo. Eres un tipo raro, pero me gusta lo que escribes. Colecciono tus libros como si fueran estampillas—. Súbitamente regresa a la idea anterior—. Los amigos conocen mis costumbres y las respetan. Si tienen algo urgente que decir, dejan el mensaje. Pero lo curioso es que yo me encierro a trabajar en mi estudio para que no me interrumpan y siempre estoy esperando que me interrumpan. Yo me pongo mis propias barreras y tengo que respetarlas.
—Pero te gusta escribir.
— Mucho. Es lo único que puedo hacer. Cada vez me cuesta más trabajo y sufro por eso. Por ejemplo, Crónica de una muerte anunciada me costó un trabajo enorme. Cada frase, cada párrafo...
—Yo leí la Crónica en un viaje de autobús de Xalapa al DF y me pareció tan sencilla y fácil de leer que luego la califiqué de superficial.
Responde:
—Esa facilidad de lectura que tú mencionas es lo más difícil de lograr. Los traductores han leído la Crónica y han pensado que la traducción sería pan comido. Pero se les escapa la carpintería literaria. La Crónica es un libro totalmente atornillado. Hay en él un problema estructural que me costó mucho trabajo solucionar: el final ocurre veinte años después del crimen.
— ¿Tú planeas tus novelas?
— Aquí, en el trasero —dice señalando risueño su cabeza.
—Yo no puedo planear nada— digo—. Me siento y escribo de un tirón hasta el final. Cuando termino doscientas o trescientas páginas, me olvido del texto. Luego me pongo a trabajar en otras cosas. Quizá un año más tarde vuelvo y corrijo, aumento. Y así una y otra vez hasta que quedo satisfecho.
—A mí eso me daría mucha pereza —dice—. Es que hay dos formas de escribir: como yo y como tú. Para mí el plan es fundamental. También la simetría. Cada capítulo de Cien años de soledad tiene veinticinco cuartillas. Vargas Llosa es un escritor de otro tipo, él escribe originales infinitos. Luego los corta.
— ¿Leíste La guerra del fin del mundo?
— Todavía no. Necesito un periodo largo de tiempo para leerla sin interrupciones.
—A mí me aburrió infinitamente. No pude terminar de leerla, es muy lenta, muy llena de datos accesorios. Pienso que ya no se debe escribir como antes.
—Y sin embargo el tema es magnífico. Ese es un tema que me hubiera gustado desarrollar. Me interesa mucho la idea del mensajero celestial.
— A veces me da la impresión —digo— que a muchas novelas se les podría
cortar bastantes páginas sin que sufrieran menoscabo. Por ejemplo, si a En busca del tiempo perdido se le eliminan cien paginas de cada volumen no sucedería nada.
–Quién sabe —dice—. Hay que tener cuidado con los cortes. Cada novela requiere su espacio, su ambiente, su atmósfera. No hay que excederse. Cuando yo trabajaba en La Crónica, en Barranquilla, me tocaba hacer que los cuentos policíacos cupieran en poco espacio. Entonces me di cuenta de la cantidad de cosas que sobraban. Me hice especialista en eliminar lo accesorio.
— ¿Cuándo leíste La montaña mágica?
—La leí en el internado de Zipaquirá. El Ulises lo leí mal traducido en 1948. Lo leí en la universidad. Acababa de aparecer en Buenos Aires y todo el mundo hablaba de él. Manhattan Transfer lo leí en Barranquilla. Lo que más me gustaba de Dos Passos eran las notas biográficas de los personajes.
—Y ahora, ¿qué lees?
—Eso ya lo dije en El olor a la guayaba —dice—. Leélo.
—Pero es que la intencionalidad de Plinio en El olor... es diferente a la mía —. Me pongo filósofo—. ¿Has leído a Husserl?
Dice que sí. No le creo. Gabo es lector de puro gusto. No creo que le interese la filosofía o la historia, como sí le interesa a Mutis; un escritor, que —de paso— he de decir, me parece más interesante que Gabo. Lo que en el prestidigitador de Aracataca es superficialidad, en Mutis es una zambullida metafísica interminable. (Sobre este tema, el de mi gusto y aprecio por las novelas de Mutis en detrimento de las de Gabo, escribí un artículo en La Palabra y el Hombre. Le comenté el texto a Mutis y me pidió que se lo mandara por fax. Lo leyó y después me comentó por teléfono: “Siempre he pensado lo mismo, pero hasta hoy ningún escritor joven que yo respetara me lo había dicho tan despiadadamente”.) (Hoy, que estoy releyendo La nieve del Almirante me siento casi humillado: ¿Cuándo podré alcanzar semejante tensión entre un estilo casi perfecto, una historia apasionante y una reflexión tan profunda y definitiva, personajes dignos de ser amados, honda sabiduría sobre el trópico y el mundo, todo ello con una facilidad tan tremenda, que uno piensa que lo hace con una mano en la cintura?
— ¿Qué lees? —vuelvo a preguntar tratando de no parecer el terco que soy.
—Leo todas las revistas del mundo. También estoy pendiente de todo lo nuevo que a parece en América Latina. Empiezo cada libro y lo leo hasta donde aguanta.
En ese momento recuerdo que sólo en una oportunidad me atreví a pedirle que leyera un manuscrito mío, quizás el peor de todos, al que llamé La región del azar necesario. Nunca supe si lo leyó o no. A esa pobre novela la sepultaron los adjetivos y la realidad colombiana, que rebasó todas mis fantasías. Publicarla hoy sería una torpeza. Sería como burlarme de lo que ha sucedido en mi patria.
—A veces me agarro a leer por épocas, autores o países. Ahora estoy leyendo a los japoneses. Yo sigo estudiando, quiero aprender a escribir. He llegado a creer que soy un escritor japonés. Cuando todos estos libros me aburren, vuelvo a los libros de siempre.
— ¿El Quijote?
— Hace mucho tiempo que no lo leo completo. Hace poco tiempo quise leerlo
y me di cuenta de que no lo tenía en casa. Salí a comprarlo. Lo dejé al lado del teléfono y un día comencé a ojearlo. Me piqué y duré varios días con él. Entre los libros famosos hay algunos que me dan la impresión de que no valen la pena. Uno de esos es El paraíso perdido. Me parece que es un libro que se coló y que dentro de un tiempo no tendrá importancia.
Tras las últimas palabras Gabo parece haber perdido interés en la conversación. Sus ojos están algo nublados.
— ¿Estás cansado?
— Siempre estoy cansado. Tengo una conjuntivitis del carajo —. Medita un instante y recupera el buen humor—. Lo peor de todo es que no sirvo para dictar.
Volvemos a hablar de Colombia.
— ¿Por qué La Oveja Negra, que publica tus libros, no publica a otros colombianos? —. Luego recuerdo que sí ha publicado libros de otros autores: Cruz Kronfly y Collazos. (Hoy, que releo esto, Oveja Negra ha publicado a gran cantidad de colombianos, pero se ha transformado en una editorial prácticamente pirata. El mismo Gabo le retiró su confianza, tras descubrir que el editor, José Vicente Kataraín, lanzaba una edición pública, para librerías, y otra privada, para vendedores callejeros.)
—Es cosa de Kataraín. Aunque no lo creas yo no tengo acciones en la Oveja Negra. Soy escritor. No editor.
—Plaza y Janés dejó de editar libros de escritores colombianos desde el escándalo de hace unos años —digo.
En el escándalo estuvo involucrado Magil, un autor menor, que ganó el premio de Plaza y Janés con una novela espantosa, que yo reseñé bajo el título “La novela del pianista que toca con martillo”.
—Eso perjudicó mucho a los escritores.
El hecho es que un escritor se enfrentó legalmente a Plaza y Janés y eso no lo soportó el poder editorial colombiano. La ley eran los editores. Los escritores tenían que callarse y aceptar dádivas.
García Márquez paga y comenzamos a salir. Un hombre se levanta de su asiento y se dirige al escritor.
— Usted es García Márquez, ¿no es cierto?
— Sí.
— Ves, te lo dije y no quisiste creer — comenta el hombre dirigiéndose a su compañera de mesa.
— Es que no se parece al de la foto.
— En las fotos salgo más feo de lo que soy.
Gabriel empuja la puerta. Entramos a la calle.
— ¿Para quién son los derechos de autor de El olor de la guayaba?
— Mitad para Plinio, mitad para mí — dice—. No es un libro hablado sino escrito. Un libro en qué él preguntó lo que quería y yo respondí lo que a mí me interesaba. Plinio tenía muchas objeciones a lo que yo decía, pero se las guardaba.
— ¿Leíste la entrevista que te hice hace un año?
Dice que sí escuetamente. Le pregunto si le gustó.
—Bastante. Sobre todo porque tiene autocrítica. Y además porque tienes el atrevimiento de usarme a mí para hacerte propaganda.
— ¿Lees mis artículos en Excélsior?
— A veces — dice. Y luego —: No son regulares.
— Es verdad. Aparecen sólo de vez en cuando, si Edmundo Valadés se acuerda de mí.
—La respuesta debió haber sido —dice Gabo sonriendo—: “No son regulares sino malos”.
—Ejem — mascullo ligeramente molesto, como un personaje de en una novela de Ellery Queen.
Gabo vuelve a hacer un comentario sobre la ciudad:
—Hay gente que siempre está hablando mal del tránsito y del ruido. A mí me gusta. Muchos piensan que lo mejor para escribir es el campo. Para mí el campo se hizo para descansar.
Ahora estamos en el estacionamiento. Cuando trato de bajar el vidrio de la ventanilla de su auto, un BMW, creo, me doy cuenta que no hay con qué. Gabo apretó un botón de computadora y con un susurro jamesbondiano el vidrio descendió. Luego comenzó a sonar la Séptima de Beethoven. Era como estar en una sala de conciertos en Viena.
—¡Lo que hace la literatura! — digo.
—La buena literatura — responde —. Sí, señor, los golpes de máquina.
Quedamos de hablarnos por teléfono a mi regreso de Colombia. El plan es reunirnos para escribir una conversación larga —mi pretexto es periodístico, pero en el fondo lo que me mueve es la necesidad de entender a Gabo, de ganármelo para mi causa y que un día dé declaraciones públicas en las que diga la verdad: el gran escritor colombiano no es él ni yo, sino Mutis. O tal vez lo que yo quiera sea aprender a quererlo lejos de la fácil envidia que me gana. Necesito una conversación larga, meditada, no como ésta que estoy intentando recuperar de memoria, con la ayuda de dos o tres palabras que escribí a la traición en una libreta de taquigrafía.

V. En el Distrito Federal. 1984.

Salí con el viejo Nicolás Lozano de casa de Claudia, la mujer macha, la mujer pantera, que ha luchado durante seis años contra el Distrito Federal y está a punto de derrotarlo. Avanzamos por la Privada de la Aurora, un sendero empedrado, lleno de perros y flores. Continuamos por la calle Ave María hablando de todo lo que ha pasado durante los años en que no nos hemos visto. Él se fue a aventurar a París, como tantos otros colombianos y latinoamericanos; yo anduve por Kansas, Monterrey y Xalapa. Ahora, hoy, 21 de enero de 1984, amorosamente, queremos contarnos con prisa lo que ha pasado. Nombres de calles, cuchitriles, mujeres amadas, libros, lienzos, amigos compartidos, chismes, tonterías que son la vida. Quiénes salieron adelante y quiénes se hundieron. Quiénes simplemente desaparecieron del mapa.
Recordamos los días de gloriosa miseria que compartimos en 1974: Cali La Bella, Grill Las Escalinatas, la bella sardina que nunca cedió su más íntimo corazón, huevos duros arrojados por un negro vendedor ambulante desde la calle hacia el hueco de la ventana de nuestro apartamento —territorio libre del mundo, donde un pintor maniático que cortaba en dos sus cuadros y un escritor principiante que escribía sobre vampiros cósmicos compartíamos un presente y añorábamos un futuro—. Nico por esos días recibía cartas frondosas de una mujer que se llamaba Claudia, que vivía en Bogotá y que terminó siendo su esposa; que luego fue abandonada por Nico y que buscó refugio en el Distrito Federal, donde muchos años después nos encontraríamos.
—Tú estás igual —dije, admirando su rostro marcado por la vida difícil y su cuerpo correoso.
—Tú más gordo —respondió. Hubiera preferido "fornido".
Los dos añoramos un próximo regreso a Colombia —eran los días en que todavía se podía soñar con ese regreso al fingido paraíso: hoy Colombia es un país que a muchos les parece a punto de la debacle, y en el que paradójicamente mucha gente sigue bailando, tomando aguardiente y produciendo arte, como si estuvieran convencidos que hay que cantar y bailar sin pensar en la muerte; muchos colombianos no huyen como los cubanos, siguen viviendo allí con la añeja esperanza de que un día se arregle la situación—. Los colombianos (por lo menos en 1984) siempre estaban hablando sobre el regreso a su patria.
"Todos los colombianos que me encuentro en cualquier parte del mundo juran que regresarán el próximo miércoles", me dijo García Márquez en nuestro encuentro más reciente. Eso fue un mes antes de que le endilgaran el Nóbel, evento que hizo que Gabo se perdiera en el horizonte como un globo de helio: siempre tendrá algo más importante que hacer en lugar de recibir a un Marco Tulio Aguilera, que sólo quiere hablar tonterías.
Coyoacán es hemoso siempre, pero con mayor razón a las cuatro de la tarde, un 21 de enero de 1984. Las casas de Presidente Carranza están pintadas con colores fuertes (colores Frida Khalo, los llaman) que el tiempo ha ido diluyendo.
—Mira al Gabo —dijo Nicolás Lozano. ("Lozano", ese era su apellido: acostumbraba a pintar medio cuadro de la manera más clásica posible y la otra mitad la llenaba de rayas absurdas, como si el cuadro fuera una especie de sintonía radiofónica que de pronto comenzara a sufrir de estática.)
No le puse atención. Gabo no tenía razón alguna para estar cerca de nosotros. Su existencia debía estar en el famoso Topos Uranos de Platón.
—Ahí está García Márquez —insistió.
Un auto se detuvo a nuestro lado. Me agaché para poder ver al conductor. Era él. Casualidad irresponsable del azar esa de hacernos coincidir con nuestro santo mayor en un rumbo remoto de una ciudad de veinte millones de habitantes. Y además en el instante en que hablábamos de él. Aunque quizás no sea tan raro: cuando dos colombianos se encuentran en un país extraño no hacen otra cosa que hablar de García Márquez y de Colombia.
El patriarca descendió del auto. Nos abrazamos. Bueno, yo lo abracé. No recuerdo si él correspondió a mi efusión. Le presenté a Nicolás:
—Pintor colombiano que acaba de llegar de París —dije.
— ¿Y qué hacen fuera de Colombia? —dijo en tono de fingido regaño.
—Hay que volver a Colombia —afirmó. Desde hace años Gabo viene arreando a los colombianos descarriados para que regresen a su patria.
— ¿Cómo están las cosas allá? —preguntó Nico.
— El país marcha —respondió.
Caminamos juntos en la misma dirección. Nicolás llevaba en su bolsa de fibra amazónica mi libro recién publicado.
—Muéstraselo a Gabriel —le dije a Nicolás.
Gabriel leyó el título.
—Me robaste el título —dijo leyendo: Cuentos para después de hacer el amor.
Esa frase, "me robaste el título" ya la había oído en alguna parte.
Quise regalarle el libro, pero ya estaba dedicado a Claudia, la mujer macha. Ofrecí arrancarle la página con la dedicatoria, pero Gabo lo impidió.
—No te preocupes, yo lo compro —dijo Gabriel—. Precisamente voy hacia una librería.
— ¿Y ustedes para dónde van? —preguntó Gabriel.
—A comer algo —dijo Nico.
Llegamos al Zócalo de Coyoacán. Era el momento de separarnos. Su oportunidad de liberarse de nosotros. Pero no aprovechó la oportunidad. Quería hablar. No llevaba prisa.
—Métanse en esa taquería —dijo señalando un lugar algo sórdido pero agradable, ajustado a nuestro aspecto y expectativas de entonces, 1984—. Yo voy al Parnaso a comprar libros. Espérenme.
Gabriel al Parnaso y nosotros a una taquería. Perfecto, pensé. Parece el argumento de una película de Buñuel.
Nico pidió dos tacos y yo seis. Comentamos la casualidad.
—Está más viejo que en las fotos —dijo Nico.
—Sí —respondí—, pero vigoroso, tranquilo, como si no lo hubieran insultado con el Nóbel.
Gabriel vestía una especie de atuendo de batalla, un overol azul, de mecánico elegante. Iba acompañado por su hijo menor, Gonzalo, un muchacho tímido pero fácilmente irónico. De ironía silenciosa, que se notaba sobre todo en los ojos.
—Allá va la vieja-Claudia —juntar el adjetivo "viejo" con un nombre, es una forma del cariño entre los jóvenes colombianos—. Allá va la mujerona.
Nico la llamó.
Iba seguida por cinco pequeños colombianos. Los colombianos son como los judíos: se protegen los unos a los otros cuando están en el exterior. En casa de Claudia viven una cantidad de niños, todos hijos de colombianos sin trabajo, arruinados pero rumberos y felices. (Por esto llamo a Claudia "la mujer macha": porque ha logrado salir adelante sola, sin la ayuda del preñador.)
Claudia y su camada se sentaron con nosotros.
Gonzalo se acercó a nuestra mesa y pidió prestado mi libro, pues su padre había olvidado el título. De nuevo se alejó. Unos minutos más tarde se acercó acompañado por García Márquez. Se sentaron a una mesa cercana.
Gabo me llamó y con toda sencillez me pidió un autógrafo. Ya imagino lo que pensarán los lectores: ¡que lamentable pedantería! ¡Ahora inventa que el mismo García Márquez le pidió un autógrafo! En realidad no me importa lo que piensen los lectores. Yo cuento limpiamente lo que sucedió, sin agregar nada. Desde hace varios años escribo sobre mis encuentros con García Márquez, como he escrito sobre los que he tenido con Vargas Llosa, Sábato, José Donoso, Onetti y otros escritores. Ésta es una costumbre ya vieja de los escritores: contar los encuentros con sus mayores.
Mientras caminábamos hacia el encuentro, Nico me había comentado que casi todos los colombianos que conoce tienen una imagen obscura de mi persona, dicen que soy insoportable y vanidoso.
—Lo que pasa es que eres ingenuo —dijo Nico—. Eres como un niño que lo dice todo. Además —comentó—estás demasiado preocupado por el éxito.
Estuve de acuerdo:
—Me interesa el éxito. Quiero salir adelante. Casi todos los artistas se inventan una modestia estúpida. Yo quiero escribir buenos libros y que se publiquen inmediatamente, si es posible en todo el mundo. La historia sabrá disculpar mi vanidad.
Nico, que es honrado y auténticamente modesto, sonreía placenteramente. En realidad a él lo único que le interesa es fornicar a primera vista, como el 99 % de los colombianos.
— ¿Para qué el arte, si existen las mujeres?— preguntó Nico que también sabe ser inconscientemente poeta.
Gabriel me tendió a través de la mesa mi libro. "Fírmamelo", dijo. Supe que lo hacía por generosidad. A él qué diablos puede interesarle un autógrafo mío. (Años más tarde me enteraría que Gabo colecciona mis libros autografiados al lado de los de Mutis y que una de sus diversiones es mostrar las dedicatorias ocurrentes o insolentes a sus amigos.)
Escribí: "A Gabriel, que se me adelantó en el Nóbel". Releí el autógrafo y luego pensé en tacharlo y escribir: "A Gabo, quien me va a hacer más difícil la consecución del Nóbel". Pero palabra escrita, palabra maldita; uno escribe su destino cuando termina cada frase.
"Has hecho de la vanagloria una profesión". Eso no lo dijo García Márquez pero quizás lo pensó más tarde en su casa, cuando leyó la dedicatoria.
Lo que en realidad hizo fue a cerrar el libro y colocarlo sobre la pila de los que acababa de comprar. Apoyó el codo en los libros y me preguntó lo que se acostumbra.
— ¿Cómo te ha ido?
Le dije que bien. Acababa de recibir un adelanto por Paraísos hostiles, que se publicaría en octubre. (Triste destino el de esta novela en la que puse toda mi disciplina. Cuatro o cinco reseñas muy positivas, en Estados Unidos y Francia, dos o tres en México, una de Francesca Gargallo protestando por un supuesto machismo que campeaba en el texto, y luego a la tumba del olvido.)
— ¿Te acuerdas de la primera dedicatoria que te puse?— le pregunté.
— ¿En cuál libro?
—En la Breve historia...
—Ah, El libro de todas las cosas. Así lo llamo yo.
—Te escribí: "A García Márquez, a quien pienso matar literariamente".
—Me acordaba de la dedicatoria, pero no de quien la había escrito.
Gabriel leyó la contraportada de mi libro en la que, ¡de nuevo! se insiste en que soy el sucesor de García Márquez.
—Esta contraportada la escribiste tú.
—Todos los escritores escriben sus contraportadas—dije.
No me refutó.
—Además ellos mismos escogen las fotos—dije.
Tampoco me contradijo.
— ¿Cómo va el asunto del periódico que pensabas sacar en Colombia?—
pregunté.
—Ese arroz ya se coció.

— ¿Estás escribiendo?— le pregunté.

—A eso vine a México—respondió.
Abrí la cajetilla de cigarrillos y le ofrecí uno. Lo rechazó. Noté una sonrisa en los labios de Gonzalo. Ajá, Gonzalo si aceptó. También Nico, que se había acercado tímidamente.
— ¿De dónde salieron todos esos niños? —preguntó Gabriel.
—Son hijos de colombianos—dijo Nico—. Uno es hijo mío. Sacha, ven acá, quiero que conozcas a Gabriel García Márquez.
Sacha se acercó. Dijo.
—Yo creí que estaba muerto.
— ¿Y la muchacha que está allá quién es?
—Claudia, la mujer macha —dije.
Le conté la historia de Claudia, su lucha por sobrevivir en la ciudad de México.
— ¿Es colombiana?—preguntó.
—Sí—respondió Nico—. Era mi esposa hasta que yo decidí mudarme a París…
Llamé a Claudia, pero ella simuló no haber escuchado.
García Márquez le pidió que se acercara:
—Venga, mija, salude a su papá.
Claudia, que es una mujer dura, poco adicta al sentimentalismo, ya no pudo disimular su interés. Se levantó bruscamente de la silla. Se acercó a García Márquez y en diciéndole "¡cómo no, papacito!"—pronunciando la última palabra con el dejo erizante de las caleñas— le pasó los brazos en torno al cuello y le dio un beso de amor delicioso y patriótico.
La conversación se entabló entre ellos. Creí notar que Gabriel había adoptado la posición del escritor — no la pose—: estaba hablando con un personaje de su próximo libro. El libro de cuentos sobre colombianos en el extranjero. El que ya anunció y hasta las fechas de reescritura de esta crónica (diciembre de 1999, noviembre de 2002, junio de 2006) no aparece.
Claudia le contó sus problemas. Su actual falta de trabajo. Pero no lo hizo como quien busca ayuda, sino solamente como quien informa. Orgullosa ella, dura.
Más tarde, en su casa, se negó a cenar:
—Con la torta y el Gabo ya quedé satisfecha para una semana —dijo.
—Es un hombre luminoso— también comentó.
—Si no hubiéramos estado nosotros te lo comes.
Claudia nos miró con superioridad.
Antes de despedirse, Gabriel le dijo a Claudia:
—Cuando tengas problemas chíflame. Garramuño tiene mi número telefónico.
García Márquez comenzó a alejarse. Claudia le silbó con admiración. García Márquez volteó al rostro hacia nosotros y creí notar que se había sonrojado.

Con el paso del tiempo la figura de Gabo como persona se ha alejado. He tenido noticias de él. Fabio Jurado lo visitó en su casa y le preguntó: “Tengo una curiosidad, Gabo. Quiero saber qué libros de autores colombianos tienes en tu biblioteca”. Gabriel lo llevó a recorrer los libreros y le señaló uno. “Mira —le dijo—se escribe tanta cosa rara en Colombia que he decidido clasificar sólo los libros de dos autores: Alvaro Mutis y Marco Tulio”.
La anécdota me la contó Fabio Jurado, ex director de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional. Si resulta mentira, se debe atribuir a él y no a mí.
Dijo Fabio: “Me mostró todos tus libros, en fila, los abrió y comenzó a leerme las dedicatorias. Me acuerdo de una que decía: ‘Para Gabriel, a quien pienso matar ... literariamente’. Estaba fechada en 1975”.

Un día que yo estaba en el primer piso de mi casa, escuché que Lety me llamaba desde el segundo, me urguía a que fuera a ver la televisión. Cuando llegué, Leticia dijo: “Demasiado tarde, Garrita. Acaban de pasar a García Márquez. Estaba en la Librería El Parnaso. El reportero le preguntó qué libros había comprado, y García Márquez mostró uno tuyo, creo que Cuentos para ANTES de hacer el amor”.
Mi esposa lee a García Márquez con fruición y no ha tenido oportunidad de conocerlo. Un día que estábamos en México le dije: “Vamos a caerle por sorpresa a Gabo. Si está y nos recibe, perfecto, y si no ...ingue su... , nos vamos a pasear por esa zona del Distrito”. Llegamos a la Calle Fuego no sé qué número, y, sorpresa, Gabo estaba en Cuernavaca. Como grosero turista le dije a Lety: “Tómame una foto frente a la casa”. Y ahí me ven, con mi trajecito a cuadros café, que me hace parecer un empleado bancario de segunda fila. Timbramos y le dejé mis publicaciones más recientes firmadas, entre ellas El amor y la muerte, recientemente publicada por Alfaguara. También el primer borrador de mi novela sobre el Amazonas.

No estoy seguro de las razones que distanciaron a Gabo de mi persona. Si fue porque tiene otros asuntos más urgentes que atender, porque está muy enfermo, porque escribí algunas entrevistas medio insolentes en las que mostraba su juego con la fama y la vanidad o porque de alguna forma yo termino metiéndolo en líos que no le interesan. La última comunicación que tuve con él fue a raíz de que don Rubén Pabello Acosta —ex cronista de la ciudad de Xalapa, ex alcalde, ex dueño del Diario de Xalapa, el periódico más importante del estado de Veracruz, hoy occiso, convertido en monumento y prócer de la decencia, casi en santo— me acusó de pornógrafo, denigrador de la mujer, extranjero pernicioso, y con estas acusaciones y otras que no recuerdo, solicitó al gobernador en turno —Dante Delgado— que pidiera al presidente de México —Carlos Salinas—, que se me aplicara el célebre artículo 33, que permite expulsar sin fórmula de juicio o dilación a cualquier extranjero.
Me enteré de lo anterior por medio de los editoriales incendiarios que lanzaba don Rubén en su periódico día a día. Supe que el asunto iba en serio y revisé mi arsenal de defensa. Comencé a hacer llamadas telefónicas. La revista Siempre, los periódicos Unomásuno, La Jornada, El Universal, El Excélsior, por medio de sus páginas culturales estaban dispuestos a defenderme. A última hora decidí llamar a García Márquez. Como sabía que posiblemente no querría ponerse al teléfono, le dije a Blanquita, su secretaria, que mi asunto era de vida o muerte, y que si no se ponía Gabo al teléfono lo iba a hacer responsable de lo que me pudiera pasar. Cinco minutos más tarde Gabo estaba al teléfono: “A ver, Marco Tulio, en qué lío estás metido. ¡Ah, estos hijos díscolos que tengo en todo el mundo!”. Le expliqué mi problema: había estado publicando por entregas una novela de alto contenido erótico en una revista de la ciudad de Xalapa; los personajes de la novela eran personas identificables dentro de la comunidad; don Rubén era un personaje extremadamente peligroso; creo que don Rubén estaba enamorado de una mujer que había sido amante del protagonista de mi novela, llamado Ventura, que algunas personas decían era mi alter ego. Conclusión: que don Rubén estaba intrigando para que el presidente me aplicara el 33 de manera fulminante”.
—Mejor —contestó Gabo—. Así te mandan gratis a Colombia y dejas de joder en México.
—El problema es que no me quiero ir. Tampoco mi esposa y mis hijos quieren que yo me vaya.
—Te casaste, te jodiste — dijo—. Mira, déjame este asunto a mí. Yo lo arreglo, pero tú tienes que comprometerte a quedarte quieto. No des declaraciones, no protestes. Frena cualquier campaña de defensa que tengas organizada. Y otra cosa: no vayas a decir que yo estoy interviniendo en esto.
Hice exactamente lo que me dijo. Esa misma tarde me llamó del director de Derechos Humanos de México, Luis Ortiz Monasterio, y me garantizó que todo iba a estar bien. Nadie me expulsaría de México. Él era lector de mis columnas en el suplemento sábado del periódico Unomásuno y no permitiría un abuso semejante. Ni más faltaba: el derecho al erotismo era uno de los más principales derechos humanos, y yo era uno de sus paladines en Latinoamérica. Él se comprometía a calmar a los perros rabiosos de la intolerancia.
Después de este affaire no he vuelto a ver a Gabo sino en los noticieros. Creo que la única forma en que Gabo acepte volver a verme es que me concedan el Premio Nóbel. Estadísticamente mis parientes y amigos ya me lo concedieron. En más de una oportunidad me han preguntado : “¿Para cuándo el Nobel?”como quien pregunta sobre el nacimiento de mi próximo hijo o la publicación de mi próximo libro. Mi respuesta más reciente en la Feria del libro de Bogotá, durante la presentación de El amor y la muerte, fue: “Primero tienen que dárselo a Mutis. Yo puedo esperar. “ Yo con mucho gusto invitaría a Gabo a saludar al rey Gustavo. Y como sé que a él le encantan los reyes y los presidentes, con seguridad estaría en primera fila. Sólo que yo no usaría un lique-lique, sino un uniforme de basquetbolista de los ya famosos Xalapa Old Stars, equipo en el que soy poste derecho titular y cuya máxima hazaña ha sido derrotar a la selección de Perote en su propia casa (traspatio del Palacio Municipal.)
Xalapa, noviembre de 2002- junio de 2006

[1] Partes de este texto fueron publicadas en los diarios El Espectador de Colombia, Excélsior de México y Punto y aparte de Xalapa. El texto completo fue publicado en la revista Crítica, de la Benemérita Universidad de Puebla en 2005.

Marco Tulio Aguilera

No hay comentarios:

Publicar un comentario