Buenabestia (El Libro de la Vida I)

Tal vez no lo mejor del animal literario
BUENABESTIA. El libro de la vida, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Plaza y Janés, Santafé de Bogotá, 1994, 266 págs. (También publicado bajo el nombre de Las noches de Ventura, Narradores Contemporáneos, Planeta, México).
Oscar Torres Duque

La historia de una decepción. Memoria de una insatisfacción, de una angustia, de un cuasifracaso que bien pueden no implicar acontecimiento alguno digno de mostrar pero que previsiblemente contienen un drama humano similar al de los grandes desastres públicos. ¿Cuál más podría ser el asunto de este nuevo libro de Marco Tulio Aguilera Garramuño, el aún recordado escritor colombiano que arrancó con patada de antioqueño —bogotano, él—, a los 25 años con Breve historia de todas las cosas? Desde entonces, Aguilera demostró que era un novelista de talento. Sobre todo se lo demostró a sí mismo, pues parecía haber tomado la literatura muy a pecho, dispuesto a destronar a García Márquez (aunque la crítica nacional no pudo dejar de ahogar la ópera prima en una fácil relación con el mundillo garcíamarquiano), a ganarse cuanto concurso —grande o chico— hubiera por ahí, a escribir las novelas más importantes de la narrativa colombiana del siglo XX. Conjeturas comprobables hoy, desde sus 46 años, desde su último texto, enteramente autobiográfico, desde el cinismo ingenuo que no abandona, impenitente, sus ambiciones juveniles.
¿Qué hacer con un escritor que a los 46 años empieza a mirar de retro, a escribir su obra autobiográfica, a querer emular a Proust y a Durrell? Sus declaraciones iniciales a ese respecto no esconden nada; son una declaratoria de ambiciones, tan naïf en su formulación que casi se confunde con una madurez sincera. Se justifica: "Me ampara en mi osadía la sentencia de san Pablo: el Señor no juzgará al hombre por sus sueños". Y aventura: "Aventuro que haré cualquier cosa menos aburrir al poco paciente lector". Sí aburre. En algunos pasajes. Pero se deja leer hasta el final. No como una novela, no por el suspenso de una historia magistralmente contada para sorprender al lector ansioso de emociones fuertes. Se deja leer a medida que uno va entrando —muy lentamente y, definitivamente, con paciencia— en sus discretas reflexiones, en su tono indiscutiblemente coherente, en su humor resignado, en la intensidad y sapiencia de algunas descripciones, en su ruda, esquemática pero personal percepción de las realidades eróticas. O sea, siguiendo por el camino confesional de las impresiones de lector, Buenabestia tiene un solo y definitivo mérito (y agreguemos "extraliterario", por pedantear): convierte al lector en un cómplice, digamos mejor en un alcahuete, del irónico destino, fatalmente literario, de su autor. Toda una confesión, sin lágrimas, más bien con cierta tendencia a la autojustificación, y dando tal vez no lo mejor del animal literario (como literatura, son más consistentes Breve historia de todas las cosas y Cuentos para después de hacer el amor), pero sí lo mejor de su lucidez y de su voluntad de escritor. Dos cualidades que hacen al buen diarista.
En efecto, en Buenabestia se intercala el recurso del diario, bien trabajado al lado del relato de las peripecias de quien pretende escribir un género "grande", una novela; al tiempo que, para vivir, no deja de escribir (lo cual ya es heroico) un folletín por entregas sobre aventuras eróticas (si es que el erotismo es una aventura) de un álter ego del narrador, alias Marco Tulio, quien a su vez se mira hacer, decir y escribir en tercera persona. Pero en realidad no hay enredo. Aguilera no pretende ser ingenioso en la "técnica narrativa"; sencillamente (a la carga con los adverbios: sinceramente) yuxtapone fragmentos, narra, transcribe y, sobre todo, piensa cómo lo está haciendo Ventura —su héroe—, como lo haría cualquier adolescente en su diario íntimo sin el temor de que sus textos vayan a ser descubiertos.
¿Y de la novela qué? Finalmente la crónica de la flojera de Ventura para escribir una novela se concreta en la existencia de la novela que es Buenabestia. La novela aguanta todo... (y permítaseme decir, pero eso es harina de otro costal, que En busca del tiempo perdido y El cuarteto de Alejandría no lo son). Para bien o para mal, la novela se ha convertido (eso quizá siempre ha sido lo esencial del género) en un receptáculo de todas las potencias y expresiones literarias: la novela es narración, es drama, es poesía, es ensayo, es diario, es memoria, es divertimento, es crónica, es historia, es fantasía, es crítica mordaz y declaración de principios. Puede cobijar bajo un solo título todas esas manifestaciones y seguir siendo novela. La calidad es otra cosa y depende también de lo que con ella se quiere decir. En nuestro caso, Aguilera no tiene que decir más que su propia desazón, su propio cinismo: el del escritor que le ha apostado —quizá lo haya apostado todo— a vivir de su invento literario, a escribir obras dignas de recordación, y ve, con el paso de los años, que toda vida literaria resulta bien pronto una caricatura, un cebarse irresponsablemente en la soledad para saber que todo éxito es relativo pero que la falta de éxito es agobiante, sobre todo cuando no se tiene vocación de mártir. La novela aguanta todo. A estas alturas, lo tiene que aguantar todo; es el único soporte que le queda a quien la ha elegido como amante, como desahogo de una intimidad frustrada. Y entonces Buenabestia es una novela —como dice Aguilera al comienzo, anunciando su tríptico autobiográfico: El libro de la vida—, lejos de toda ficción y de toda "técnica narrativa", que convierte en materia literaria el propio escombro, la decepción, el hartazgo de literatura. Ésa es, al menos, la impresión que deja, en su aspecto más logrado, esta obra del escritor colombiano residente en México.
En Buenabestia se encuentran deshilachadas, casi despedazadas por la conciencia, las obsesiones de Aguilera: una sexualidad desaforada (que ha encontrado, sin duda, su propio lenguaje), la pasión literaria (con sus correspondientes: la abstinencia, la aridez, la impaciencia de escribir de un solo golpe la pieza más conmovedora, la angustia de no poder expresarse), el magisterio del Papá Grande (Gabo, quien pudo haber augurado que Aguilera sería su sucesor), la vida en el exilio, los escrúpulos morales, el producto en metálico de la inteligencia... En general, todas presencias de doble filo que al cabo pueden volverse contra quien sueña una vida literaria y descubre que ella también es una ficción; no una farsa, pero sí una utopía que se recrea una y otra vez, terca, obstinadamente. Esa constancia, quizá, es lo que convierte a este bicho raro, a este escritor de oficio, a esta bestia dominada por la lujuria y por la lujuria de escribir, en una buena bestia que aún quiere producir la mejor obra literaria, con sinceridad, con compromiso. Por ese camino —y éstas no son palabras de consuelo—, un escritor como Aguilera puede conseguirlo. Pongámoslo en la historia de la literatura colombiana —y aun latinoamericana—: el autor de Cuentos para después de hacer el amor y de Cuentos para ANTES de hacer el amor (quien ha anunciado la publicación de Cuentos EN LUGAR de hacer el amor para los años de su madurez) aún es joven. La desesperación también puede ser un aliado del buen novelista. Si lo lograron borrachines como Lowry o Dylan Thomas no hay duda que lo logrará Marco Tulio que desde joven ha demostrado una voluntad de espartano.


Bogotá - Colombia La Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República

Marco Tulio Aguilera

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