viernes 6 de noviembre de 2009

IL DOLCE FARE NIENTE

CUANDO UNO NO SIRVE PARA HACER NADA





En la foto pueden ver a Mistercolombias echando la güeva, es decir, acostado en la cama de su estudio, mirando la pantalla de su lap top, pues ya no se le ocurre qué hacer ni tiene ánimo, ta cansao. La verdad es que después de las horas de oficina y las de básquet bajo el sol, no tengo ganas de hacer otra cosa que yacer hasta la hora del sueño... Y mientras tanto escucho un par de programas radiales: uno de Colombia llamado La Luciérnaga, en el que mi maestro Gardeazábal hace el papel de oráculo; otro de mi amigo el escritor taciturno y rebelde Giordano Bruno, en Las Varillas, Argentina. Giordano es uno de mis "pupilos" (explico: un día decidí que iba a suspender el flujo ya casi atosigante de obras maestras --sin comillas-- que salía de mis teclas, y dedicarme a ayudar a otras personas a escribir. ¿Samaritanismo? No creo: más bien estrategia para engañar a las putas y acosadoras musas. Unos en persona, otros por internet, unos en México o Suramérica fueron llegando estos pupilos: el doctor Negrete, de 85 años, con más honoris causa de los soportables, bibliotecas con su nombre, honores por montón, miembro de la Junta de Gobierno de la Universidad Veracruzana, está escribiendo bajo mi draconiana espada una divertidísima novela que se llama La abominable inteligencia artificial de un boticario; Marco Portilla está escribiendo una novela cercana a El señor de los anillos, versión mexicana; Anthony X, inglés hiperactivo, está escribiendo una novela policiaca; Heberto Croda intenta encontrar su voz para contar recuerdos de infancia. De modo que esta extraña debilidad --extraña en un ególatra convicto y condenado por sus propios alumnos-- por ayudar a los demás a escribir llena parte del tiempo que no ocupan la Editorial, el básquet, las clases de redacción en la Facultad de Danza y otrras actividades. Y en todo eso me voy diluyendo amable y intrascendentemente, a la espera de ver qué pasa con el manuscrito de mi novela Historia de todas las cosas, que podría ver la luz en la mejor editorial mexicana. Bueno, y si no sale publicada en esa editorial, saldrá en otra o en otra o en otra. Y si no sale nunca, en verdad, lo juro, que no me importa mucho. La prioridad ahora es ser feliz. Y soy feliz con las cuatro o cinco actividades que estoy desarrollando. Conste, señores editores, que les estoy dando la oportunidad de lucirse publicando mi extraordinaria novela de 570 páginas. Con toda objetividad he de decirles que ahora que don Gabo no escribe, quedaría un hueco que podría precipitar a la literatura en un agujero negro si no existiera yo. Conste que se los dije. Bueno, y para probarlo intentaré subir un par de capítulos de mi obra maestra a continuación...
¡Mierda! No sé por qué no puedo subir el texto al blog. ¿Alguien me puede decir por qué? Será que ya está muy obeso? Y a los enemigos de Gustavo Álvarez, a quien le han matado los perros amados y cortado los árboles de su finca en Tuluá, les digo: mientras más lo incordien, más arreciará las críticas a los infames, que tienen a la patria colombiana al borde del abismo.

lunes 2 de noviembre de 2009

FOTOS DE LA PRESENTACION DE GARCIA MARQUEZ: UNA VIDA


GERALD MARTIN EN BOGOTÁ

Fernando Jaramillo, uno de los gabólogos más activos, colocó en su blog Memorabilia.GGM varias fotos de la presentación de la más reciente biografía de García Márquez. Con su autorización estoy reproduciendo la dirección en la que pueden verlas. Interesados presionar la siguiente dirección...

http://picasaweb.google.com/Memorabilia.GGM/GGMUnavida#

jueves 29 de octubre de 2009

¿NO EXISTE LITERATURA LATINOAMERICANA DESPUES DE BOLAÑO?


LOS NUEVOS EUROPEOS

Qué pendejadas andan diciendo Volpi y sus amigos: que no existe literatura latinoamericana despues de Bolaño. Partiendo del hecho de que Bolaño es un mediocre inflado por editoriales españolas, la afirmación no deja de ser ridícula. Hay una tendencia entre algunos escritores nacidos en Latinamérica que pretende asimilarse a Europa, sentirse europeos o "universales", ser más europeos que los europeos. Un ejemplo, Neuman, que en su insufrible y pedante novela Los viajeros del siglo, hace un repaso entero por la historia, la filosofía y todas las demás "ías" --diría Cortázar-- tratando de explicar a los europeos qué es Europa. Claro que sigue existiendo la literatura latinoamericana. Los ejemplos sobran. Ahí está William Ospina. Y otros que sería ocioso mencionar. Tratando de entender este complejo de los "nuevos" he llegado a la conclusión de que su postura parte de una especie de complejo de inferioridad. Negar las raíces es como pretender carecer de madre. Lo que nos hace escritores es la diferencia, no la semejanza. Afirmar que Los detectives salvajes es una buena novela me parece un soberano cretinismo: pocas obras tan llenas de obviedades, lugares comunes, posee un estilo, una falta de estilo, que se torna soporífera. Los que sostienen que ya no hay literatura latinoamericana después de Bolaño son como Michael Jackson: por más que quieran parecer lo que no son, siguen siendo lo que son, con el agravante del maquillaje y la cirugía plástica. No se trata de negar que pertenecemos a la corriente de la cultura occidental, sino de saber que partimos de otra fuente, y que esta fuente nos hace diferentes. ¿Y de dónde sale todo este cacareo? Sencillito: de la envidia. Como no pueden alcanzar la calidad de un GGM, la buscan en el aparataje de la erudición y un cosmopolitismo a gusto del lector medio: mexicanos escribiendo como árabes, colombianos fingiéndose parisienses, argentinos descubriendo las claves de Alemania. Son los nuevos novelistas que están escribiendo a la moda: al gusto de las editoriales europeas. El cuento del exotismo de GGM les llena la boca. GGM no es bueno porque sea exótico sino porque es auténtico: lo suyo sale de la tierra que conoce ( conocía). Yo, que me he peleado tanto con Gabo, me declaro su seguidor y me confieso latinoamericano y como dice el poeta Cenamor "no me arrepiento de ello".
Y para mostrar que sí hay escritores latinoamericanos y que sí existe la literatura latinoamericana, les voy a recetar un nuevo capítulo de la Historia de todas las cosas, obra inédita de mi autor favorito.... Johny Peligroso, alias Alimaña o Mistercolombias...

martes 27 de octubre de 2009

LA VIDA SECRETA DE GABO


VIVIR PARA CONTARLA

Ahora que García Márquez de nuevo está en el ojo del huracán debido a las polémicas suscitadas por la biografía publicada por Gerald Martin, he dedidido rescatar de la tumba un artículo que escribí sobre Vivir para contarla. Fue publicado originalmente en la revista Crítica de Puebla.

DETRAS DE TODO CUENTO DE HADAS HAY UNA NOVELA IMPUBLICABLE

Reflexiones tras la lectura de Vivir para contarla de Gabriel García Márquez
Publicado originalmente en la revista Crítica¸ de la Universidad de Puebla, enero-marzo 2003.
Marco T. Aguilera Garramuño

No tenía la intención de leer el primer tomo de las memorias de García Márquez sino en algún lejano día en que me hubiera reconciliado con su literatura. Los libros más recientes del maestro me han dejado insatisfecho y no porque fueran de inferior calidad, sino simplemente por un prejuicio bastante infantil: se habían transformado de tal manera en producto único de consumo por parte de la inmensa masa de lectores, que, me decía, en alguna parte debe estar la trampa, llámese fórmula, secreto, receta o simple sabiduría literaria. O tal vez se trataba de elemental envidia, que es un veneno casi infalible.
Pero la Providencia tiene sus designios, que generalmente no coinciden con los del viviente. La vida literaria —la vidita— me puso una trampa. Recibí una invitación para escribir sobre Vivir para contarla. La invitación venía de la revista Crítica, que es prácticamente una de mis tres revistas de la vida. Total, cedí a la tentación.
Vivir para contarla. El título me saltó como un chango a la espalda desde el principio y me hizo pensar en una vida vivida como espectáculo. No una vida para vivirla, sino para observarla a la distancia, de la manera fría y calculada con la que el escultor mira el bloque de mármol; una vida contemplada desde el exterior, desde arriba, con ojo de narrador, que intenta hallar qué hay en ella de narrable, de interesante, de explotable. (Y mi comercio epistolar con algunas personas afines a GM me ha reafirmado en esa idea: nuestro escritor no recurrió sólo a su memoria, sino a las memorias de los que lo conocieron: el libro es por lo tanto una especie de antología de memorias, no sólo del escritor, sino de quienes lo conocieron en las diversas etapas de su vida.). (De paso me ha llamado la atención y me ha llenado de asombro la manera en que Gabo ha sabido guardar su vida privada —que debe tenerla, y de la que se escuchan consejas, que naturalmente no repetiré— y cómo ha logrado independizar su literatura de su vida, hasta convertirla en un territorio de fantasía, que comparten millones de lectores.)
Primero que todo tengo que decir que Gabo —digámoslo en confianza, pues ya parece ser pariente de todos, una especie de papá grande o abuelo universal— cae de lleno y sin autocompasión en el abismo que todo libro de memorias bordea: el de la autoalabanza, la glorificación (o, en su caso, la justagloria.) Sí, habla bien de ese personaje que conoció en su infancia, pubertad y principios de madurez, dice que fue una especie de niño prodigio, que recitaba poemas enteros del Siglo de Oro, que cantaba como un mirlo y pintaba como un Miguel Angel; dice que sus títulos académicos le fueron otorgados por el don de su gracia (afirma que es incapaz a la fecha de sumar siete más cuatro sin armar toda una fórmula algebráica) y que terminó sus estudios con el pecho acorazado de medallas, no por merced de su inteligencia o su disciplina. Dice que era recibido en cantinas, burdeles y redacciones periodísticas con aplausos, con exclamaciones inverecundas (¡Ya llegó el genio! ¡Llegó el gran Gabo! Cuando publica su primer cuento, el grande crítico Zalamea exclama “¡Con García Márquez nace un nuevo y notable escritor”.) Informa que no tuvo que hacer grandes esfuerzos en la vida porque tuvo amigos, y como dice un famoso filósofo de Guadalajara, los amigos son mejores que Dios. Dice que decían de él que su correspondencia la recibía en los burdeles y no en su casa familiar comme il faut; se autocondecora con el título de “veterano de tres blenorragias”. Dice que su primer premio literario no lo buscó sino que se lo ofrecieron. Dice que el mundo literario antes de él en Colombia estaba casi vacío...
Pero todo lo anterior y mucho más lo dice con gracia y arte, casi con inocencia, de modo que no sólo se le perdona sino que se le agradece. Decir que en el colegio de jesuitas terminó con el pecho acorazado de medallas, que contaba las mentiras más encantadoras del mundo, que se bañaba desnudo con las mujeres de su familia sin sentir curiosidad alguna, y muchas otros asuntos agradables, hace que la lectura se deslice como quien escucha un cuento de hadas. (Y ése es ya un viejo argumento de este lector y comentarista que soy yo: que el don de García Márquez, su universal aceptación reside en el hecho de que ha logrado embaucarnos a todos con sus cuentos de hadas. Hasta las masacres tienen efluvios poéticos y resultan agradables en la pluma de este Rey Midas, auténticamente irrepetible en la literatura.)
No sólo lo que escribe García Márquez sino lo que se mueve en torno a él resulta encantador, absurdo, realismo mágico en su esplendor: que sus libros sean colocados en los estantes de las librerías bogotanas al ritmo del Himno Nacional de Colombia, que sus amigos periodistas y admiradores sufran espasmos de emoción ante su cercanía en un cine, que se le trate como a una reina de belleza y él acepte estos tratamientos, que ande de pipicogido con reyes, emperadores y presidentes —ha sido el eterno mimado de los presidentes de México, ya sean del PRI o del PAN— que huya de la fama y cuando ésta lo elude él mismo busque el reconocimiento —nunca olvidaré el instante en que Gabo iba a pagar la cuenta de un desayuno que habíamos compartido en un Samborn’s de Las Lajas: la cajera ignoró todo el tiempo la magnitud del personaje que tenía al frente y el cuitado del Gabo hacía todo lo posible para que ella lo mirara y lanzara la exclamación pertinente.
El camino de este personaje de la nueva novela de García Márquez que se llama Vivir para contarla se encuentra tan lleno de fanfarrias y timbales, se antoja tan digno, incluso en los momentos de mayor miseria, que uno se pregunta si en verdad existe alguien a quien hasta los pecados y las lacras le sirvan de condecoración. Pero bueno, lo que pasa es que muchos quisieran que hubiera una verdad histórica, asunto imposible cuando el personaje es una auténtica máquina de fabular. Es claro que lo de Gabo es una fábula, un embeleco, y él mismo lo advierte de entrada, curándose en salud: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Una máxima bastante acomodaticia e ingeniosa, que podría quedar en la historia de las máximas al lado de algunas inolvidables de Pascal, Santo Tomás o Tito Monterroso (“Los enanos tienen un sexto sentido que los hace reconocerse a primera vista”, verbi gratia.)
Gran parte de los comentraristas colombianos de libros iniciaron sus notas sobre esta obra con disculpas: “No es fácil leer con cabeza fría un libro que se promocionó como un jabón”, escribe Carlos Lemos Simmonds. “Vivir para contarla había adquirido el aburrido rango de un libro canónico aun antes de nacer. ¿Cómo aproximarse a la última obra del escritor vivo más famoso del mundo y al autor de lengua castellana más importante después de Miguel de Cervantes Saavedra; del escritor más universal de cuantos existen sin distinción de lengus y culturas; del hombre que cambió nuestras vidas y que ha soñado por todos nosotros”. Culmina Lemos “no faltó quien propusiera que en cada hogar colombiano se entronizara solemnemente el libro. Como la Biblia”.
Lemos descubre —o dice descubrir— varios errores de tipo histórico; anota que la prosa de Gabo se acartona cuando no puede dejar volar su imaginación, que se vuelve triste y sin luces cuando sale de la costa colombiana. Afirma que la obra está a medio camino entre la novela y la historia, y que en el campo novelístico alcanza altos vuelos, y en el memorialístico, cae, se arratona.
No estoy del todo de acuerdo con las anteriores observaciones. Hay páginas ambientadas en Bogotá que valen la pena y que tienen importancia histórica. La sección dedicada al Bogotazo, con todo y estar basada en un célebre libro de Arturo Alape, es estremecedora y da versiones interesantes sobre la muerte de Jorge Eliécer Gaitán (una especie de salvador de la patria que fue asesinado, como Colosio, a tiempo, para que se convirtiera en útópico salvador de la patria, eludiendo el triste destino de ser uno más de la lista de fracasados.)
Considero que Gabo nos hizo un favor al no recetarnos su historia a manera de crónica. Nos la recetó con el endulcorante de su fantasía, así podemos apurar lo que de alguna manera ya sabíamos, y encontrar en la receta nuevos ingredientes de la sopa magnífica que nos ha estado dando el Gabo durante tantos años, una sopa que no termina de coserse, por fortuna, y que nos promete sorpresas, aunque quizás no tan grandes como las de su plenitud literaria, cuando acometió proezas como Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera —yo no termino por digerir la idea de que El coronel o Cronica de una muerte anunciada sean obras literarias plenas. Es parte de los embustes inventados por los críticos y por el mismo Gabo para convencernos de que nuestro escritor siempre cagó rosas, nunca espinas.
Las tendencias dominantes en Vivir para contarla siguen siendo las mismas de sus exitosas obras anteriores: el uso de los superlativos, de hipérboles, la magnificación (se repite lo bíblico, cataclísmico, prodigoso, los confines del mundo, lo colosal, habla de aguaceros universales, si fuma, fuma 70 cigarrillos de tabaco negro, los personajes visten como para una película de García Márquez filmada por Ripstein, los caractéres de sus personajes son irremediables, fatales —si no fuman ni beben, no lo hicieron nunca y no lo harán jamás—, si el protagonista yoga puede hacerlo tres días seguidos gracias a una sopa de iguana. Su vida ha sido deslumbrante, incluso en los momentos de miseria: fue un brillante declamador y memorista que podía guardar a la segunda lectura poemas kilométricos, fue cantante aclamado en emisoras y serenatas, en burdeles de espanto y cantinas, fue estudiante lleno de honores y privilegios y con sus primeros cuentos vino a salvar a la literatura colombiana de un terrible vacío, fue veterano de blenorragias, desertor de la carrera de Derecho, pero nunca, nunca dudó que su destino fuera la más absoluta apoteosis. “Si uno quiere ser escritor debe ser mejor que Cervantes”, ha dicho.
A medida que uno va leyendo va encontrándose con pistas dejadas sabiamente por el autor, que, sin duda, quiso hacer un libro en clave para sus queridos lectores, quienes podrán identificar las señas de las fuentes de sus obras anteriores. Hay de nuevo esa sorprendente simetría, que sólo logran el gran arte o el gran artificio: cada capítulo tiene setenta páginas, así como cada capítulo de El amor en los tiempos del cólera tenía no sé cuántas. Mienta la masacre de las baneras, habla de la siesta del sábado, de los pescaditos de oro y de mil otros secretitos bastante públicos. El estilo es único, parejo, pulido, con algunos descubrimientos e imágenes deslumbrantes —más bien pocas. Hace unas cuantas aportaciones o recuperaciones a la lengua: frémito, botamen, lampazo, conduerma, famina, averío, guataco (y lo pone como tarea a sus lectores... esa es la parte experimental del libro de Gabo.)
No es un secreto que cada escritor y cada ser humano se crea y se cree su propia leyenda. La del Gabo ha ido tejiéndola él mismo y nos la ha hecho creer. Nos la ha hecho verosímil. Cito: “Alfonso Fuenmayor me dijo entonces algo que no olvidé nunca: ‘Es que la credibilidad, mi querido maestro, depende mucho de la cara que uno ponga para contarlo’”. La cara de Gabriel al contar esta gran leyenda suya es la del niño que cuenta su gran mentira con la absoluta certeza de que es solamente la verdad. Otro dato importante que contribuye a que se le crean todos los cuentos al Gabo es el del encanto personal, la simpatía y la capacidad de captar amigos que lo han querido siempre, que lo han endiosado, lo han apoyado, lo han protegido: Mutis, Fuenmayor, Cepeda Samudio, Germán Vargas —único del grupo de los siete sabios de Cien años de soledad, a quien pude conocer en un famoso concurso y quien trató de explicarme que eso que estaba usando indebidamente frente a don José Donoso, no era un cenicero sino un recipiente para los camarones...
Reitero: virtud importante de estas memorias, es que no lo son en realidad, sino —como lo señalara Dasso Saldívar, su biografo más minucioso, aunque no muy acatado (en correo reciente Dasso me informa que Gabo le pidió modificar fechas y dice que para escribir Vivir para contarla se documentó en la misma biografía de Dasso, Viaje a la semilla— una novelización de una vida. (Mi esposa sostiene que no va a leer las memorias de Gabo, pues las considera de entrada una mentira de pe a pa. Le respondo: Pero es que esas memorias no son para creérselas, sino para disfrutarlas –defiendo yo al Gabo contra el escepticismo de Lety, que cada vez descree más de la raza letal de los intelectuales.
Entre las características más destacadas que el Gabo cree descubrir en sí mismo se halla la timidez, argumento que repite por lo menos veinte veces en el libro. Pienso que más que timidez es compasión por el género humano que desde hace ya bastante tiempo tiene que soportar el oprobio de coexistir con del escritor más famoso del mundo. Por eso de alguna forma el Gabito evita mezclarse con la gente común y escoge preferentemente a presidentes, actores y actrices, gente que no se sentirá tan aplastada por su deslumbrante aura de genio inapelable. Es pues tímido ante la multitud, pero con sus conocidos, gente a la que puede mirar a los ojos mientras les habla, se comporta como un magno sabio, un papa irrefutable, el más grande de los simpáticos que engendrado haya el universo. Sólo cuando uno se lo encuentra a solas con Gabo es que puede hablar con él de humano a humano. De otra forma entra en acción la máscara que nuestro escritor debe ponerse muy a pesar suyo, cosa que no le ha de agradar. Entonces debe huir pues se trata en efecto de un tímido social. Debe estar entre los suyos para estar a sus anchas y perder la patológica timidez. Lo que no es reprochable, sino por completo explicable: nos pasa a todos. Para llevar al extremo el asunto basta imaginar a un noruego típico rodeado por una tribu de pigmeos. Eso es Gabo: un nórdico entre pigmeos. Y esta primera parte de sus memorias es la fábula del ascenso de un mortal al Olimpo. Como a los dioses, le lloverán alabanzas, tantas, que ninguna voz discordante alcanzará a escucharse en medio de la algarabía. No es pequeña la empresa con la que se ha castigado el Gabo: dos volúmenes más en los que debe seguir creciendo el estruendo, el escándalo, la fanfarria, el esplendor.
Para quienes, como yo, no hayan quedado satisfechos con este primer volumen y no estén dispuestos a quedar satisfechos con los dos siguientes hay una consoladora noticia. Una información que tendrán los lectores de Crítica como primicia mundial: Gabriel García Márquez está escribiendo, muy en secreto, sus verdaderas memorias, una obra de altísimo calibre en todos los ámbitos, en la que no dirá ni una sola mentira, no inventará la más leve fábula y con la que va a demostrar para siempre y de manera irrefutable, que la realidad supera a la más desaforada fantasía. Pero esta obra solamente será publicada de manera póstuma, pues contiene materiales tan extraordinariamente delicados, que harán temblar los cimientos no sólo de la literatura, sino de la humanidad en pleno. Tal obra sentará los cimientos de una nueva moral, una nueva política y una nueva forma de entender a las mujeres.
Xalapa, noviembre, 2002

sábado 24 de octubre de 2009

MAS AGUJERO NEGRO


UNA INVITACION A INGRESAR EN EL AGUJERO

Por Germán Martínez Aceves

Germán es un compañero de trabajo de la Editorial de la Universidad Veracruzana. Locutor, productor de radio, es un sol que irradia cultura interminablemente, humilde y buena persona, mucho más inteligente y brillante de lo que cree, escribió el siguiente artículo, una cala certera y profunda a mi libro más reciente, que pensé era sólo una colcha de retazos y resulta ahora que le ha gustado a mis amigos --es claro que quienes escriben sobre mi obra son mis amigos; "y no me arrepiento de ellos" como diría el poeta Cenamor. Una cosa tengo clara: Germán y mis amigos me están enseñando algo a lo que debo poner atención.

Fernando Savater dice que “nada grande se ha hecho sin pasión” y Marco Tulio Aguilera Garramuño anda sin descanso tras de la grandeza arropado por la pasión de escribir para encontrar el sentido de la vida. De igual manera que no duda en lanzarse un clavado en el agua a la menor oportunidad, con ese mismo arrojo se arma de palabras y las vuelca en el papel.
De su cada vez más vasta producción bibliográfica, Marco Tulio Aguilera nos ofrece ahora Maelström Agujero negro, una recopilación de escritos que juegan con el relato, el ensayo y la crónica de viaje.
Maelström es sustantivo escandinavo que, de acuerdo con Wikipedia, le da nombre a un torbellino que se encuentra en las costas meridionales del archipiélago noruego de las Lofoten, en la provincia de Nordland. Remolino que se forma por las corrientes encontradas. En tanto que rl agujero negro es un espacio-tiempo en el universo en donde algunos aseveran que hay otras dimensiones. Vaya manera de sintetizar las poéticas y obsesiones de Marco Tulio: en un torbellino y en un agujero negro
En su prólogo, escribe el propio autor: “La intención de este libro es someter al lector a las leyes de lo confuso y dispar, de los caprichos del azar o del tiempo, que de alguna manera todo lo mudan (…) Así mi lector (…) hallará los más dispares textos, a veces los más descabellados: junto a sesudos estudios, fábulas, capítulos o resúmenes de novelas, indagaciones en las obras de Shakespeare (…) artículos casi periodísticos, crónicas de viajes, cuentos de alguna manera extravagantes”. En total: 18 piezas literarias.
Los escritos de Marco Tulio Aguilera son imaginativos, incisivos, dotados de dosis de humor, fieles a sus obsesiones y tocados por el halo mágico de las relaciones amorosas que las vive, sufre y disfruta a través de alter egos.
“Un hombre que era extranjero hasta de sí mismo se enamoró de una mujer extraña. Y se lo dijo. Pero ella era una mujer extraña, muy solitaria, indiferente, con pájaros en la cabeza”. Así inicia la “Fábula del mar en los ojos”, el punto de partida del Maelström Agujero negro, la mujer le pide al foráneo que la lleve a ver el mar a pie, desnuda y con una venda en los ojos: “Antes de quitarme la venda me describirás el mar. Luego, cuando yo lo vea con mis propios ojos, sabré si puedo amarte o no”. De alguna manera es lo que nos hace el escritor a los lectores, ponernos una venda para describirnos sus historias y cuando lleguemos al final de ellas, sabremos si nos gustan o no, si fue placentero entrar a este torbellino que nos conduce a otras dimensiones.
Entrados ya al remolino podemos saber tal vez del secreto entre una mujer y un pintor; del alucinante señor de los sueños; del periodista que se convierte en perro (no precisamente por fiel y solidario); de la dosis de energía del viejo Rafaelli de apenas un metro cincuenta y siete que alcanza el cielo con la motivación de la renovación en el amor; o de las punzantes ideas de Fernando Vallejo señalando los cambios climáticos en el planeta.
En este Maelström Agujero negro intenta responder una pregunta con misión imposible ¿Qué es una mujer?, y confiesa: “No lo sé. No lo sabe nadie. Toda auténtica mujer es una suma de misterios”; habla de sus historias imaginativas con mujeres; ingresa en una bella historia al sentido de la melancolía, “la melancolía es la sombra del infierno sobre la tierra”; trata sin el barniz fácil de la adulación a Sergio Pitol y a Gabriel García Márquez y así se suceden más historias que, como remolino, podrá verse el principio pero tal vez nunca el fin.
Pero la joya al ingresar a este Maelström Agujero negro es la crónica de viajes “Una semana en el Amazonas”, al menos es la que más disfruté, narración que le hace honor a la exuberancia de la naturaleza y a la infinidad de historias que surgen en cada avance sobre la inmensidad del río. Nativos y “civilizados” son personajes en un escenario que desborda majestuosidad entre fábulas, citas textuales y el encuentro con lo inesperado, con la avidez de aprender del otro entre moscos anófeles, jejenes y todo tipo de fauna. Sin ser El corazón de las tinieblas de Conrad nos enteramos de las mezquindades humanas, sin tener el manejo de los asuntos amorosos de Shakespeare sabemos del amor de un perro por su dueña y sin los atavismos morales de Margaret Mead sobre las etnias, nos encontramos con pobladores de prácticas y sentimientos primigenios como los guaharibo (quienes) “parecía(n) haber hecho de la irresponsabilidad y el relajo su filosofía de existencia” ¡Quién como ellos!
Si desea ingresar a un Maelström Agujero negro, lo puede adquirir en el Servicio Bibliográfico Universitario, Xalapeños Ilustres 37, en La Rueca de Gandhi, Úrsulo Galván 65; Árbol de Lectura, Xalapeños Ilustres 51, LIBRHeras, Xalapeños Ilustres 44 y la Feria Permanente del Libro Universitario, Hidalgo 9.

La Editorial de la UV en el éter y el ciberespacio

Los invitamos a escuchar el programa Oye, lee y dile que se transmite todos los martes a las 18:00 horas en Radio Universidad Veracruzana, 1550 AM y a que consulte las páginas electrónicas
www.uv.mx/editorial o www.uv.mx/corre en donde podrán consultar las novedades de la Editorial de la UV. Cualquier comentario lo puede hacer llegar a gemartinez@uv.mx

miércoles 21 de octubre de 2009

CONSULTOR EROTICO Y SENTIMENTAL


UNA NOVELA INEDITA DE REGALO PARA MIS LECTORES


Como cada vez me da más pereza negociar con editores, competir por espacios, esperar juicios, promover mis libros... como ya tengo lo básico y quizás un poco más... como los agentes literarios siempre me han estafado y me han hecho esperar... como se me da la gana y soy dueño de mis libros y personajes... como no aspiro a ganar el Nobel sino a jugar basquetbol hasta los 75 años... como las grandes editoriales sólo publican porquerías y lo mío no es eso... he decidido comenzar a regalar mi trabajo y para ello utilizaré este blog. Lo primero que pondré en la red es mi novela Consultor erótico y sentimental, en la que se cuentan las salidas del Doctor Amóribus, un personaje que ya hizo sus primeras apariciones en Las noches de Ventura (Planeta, Escritores Contemporáneos), misma novela que en Colombia apareció bajo el nombre de Buenabestia (Plaza y Janés). Ahí les va...

PROFESIÓN: CONFESOR ERÓTICO Y SENTIMENTAL

DOCTOR AMÓRIBUS
I. RATITA

Amado de los Santos Dionisio Luna decidió, orillado por las deplorables circunstancias de su vida y la poco común suerte que creía tener en asuntos de mujeres, fundar el primer consultorio erótico y senti­mental de la región. La idea surgió de la fortuita oferta que le hiciera Francisca Irigoyen, su amiga de muchos años, y de un larguísimo período de ayuno ... -- ¿quién iba a querer darle empleo en esos tiempos de penuria (¿pero acaso no todos los tiempos son de penuria para los eternamente heridos por la saeta del ángel vengador por excelencia: don Cupido?) a un violinista que era demasiado fino para acompañar maria­chis, excesivamente mediocre para ocultarse en la Sinfónica y muy orgulloso para tocar en las calles y pedir monedas a cambio, aunque, por otra parte, fuera un sólido macho de estampa garbosa y tuviera o creyera tener el encanto de la simpatía universal? ¿Quién iba a comprar sus viejas composiciones, mezcla de florituras demasiado complejas para sus dedos de albañil y con reminiscencias mozartianas obvias y hasta vulgares? Además, ya llevaba años sin inventar una sola armonía satisfactoria y comiendo carne blanca (la de su ya encallecida amante y vecina, la periodista) apenas una vez a la semana y probando unos cuantos gramos de pescado en cuaresma, tortillas, sal y chile en el mejor de los casos.
1.1
Dionisio conoció hace muchos años a una mujer espléndida y tímida, durante los días que trabajó como musicalizador en una emisora radiofónica cuyas ondas piadosas no iban más allá del edificio que alojaba sus instalaciones. Radio Ubre, la llamaban los empleados de la benemérita institución, y sería un insulto rascar en detalles. Siendo Francisca Irigoyen una perso­na en extremo reservada, tenía sin embargo una gran curiosi­dad y un deseo de comunicación más allá de lo explicable, que no habían podido ser sosegados por su esposo, sobre el que, sin embargo, se negó a hablar en los primeros tiempos (in illio tempore, época mítica, irrepetible y por ello, quizás, imaginaria) por temor o reverencia. Durante muchos años, en los cortos momentos que pasaron juntos --- De los Santos Dionisio Luna andaba siempre corriendo de un lado a otro, seguro de que la vida lo esperaba más allá del presente y cuando pasaba al lado de Francisca (Chica, la llamaban: era espigada, notable entre la multitud, vestía como para una cita de amor, tenía un cuerpo gallardo y en su caminar estaba su inconsciente pecado: nadie que la contemplara más de un instante podía permanecer en el umbral de la inocencia) sólo se daba tiempo para sus­pirar ruidosa­mente: "Lo que tú y yo haría­mos si la vida nos lo permi­tiera", le decía, dema­siado en público para ser tomado en serio-- conversa­ban con gran reserva sobre aspec­tos de la intimidad.
Por varios años hablaron, siempre sigilosa y sinceramen­te sobre el tema lo que tú y yo haríamos si la vida nos lo permitiera, pero ni uno ni otro parecían interesados en llevar el asunto más allá. Hubo uno o dos bailes, en los que se dieron acercamientos relativamente presagiosos, que morían cuando estaba terminan­do la fiesta. En tales casos Chica, acaso al calor de las copas, se tornaba en una mujer extremadamente sensible de sus propias gracias y su forma de bailar pasaba de lo socialmente sospechoso a lo francamente fornicular. Tenía una manera de marcar el paso del mambo y de emprender los quiebras de cintura en la cumbia acercándose en reversa, que enloquecía Dionisio, ya de por sí bastante delicado en todo lo referente a tafanarios.
Por respeto a su trabajo y por una especie de fraterni­dad sindical o de reverancia ante lo inefable, ni uno ni otra insinuaron jamás llegar a los agridulces deleites de la bestia, aunque entre ellos se hablara en términos crudos y luminosos sobre los gozos y tormentos que pueden proporcionarse las parejas en tantos lechos posibles que depara el azar, algo flaco por cierto en ciudades como la que transita el destino de nuestros personajes.
Amado de los Santos Dionisio Luna ... -ruego de rodillas disculpar este nombre excesivo y muy propio de cierta literatura muy en boga que no quiero juzgar, tal vez por complejo de inferioridad o todo lo contrario-...Amado de los Santos Dionisio Luna -ése era y es su nombre y no tengo licencia ni interés de cambiarlo- entró en la vida de Chica Irigoyen de la forma más honesta, y vio crecer a sus hijas, las tres de belleza extrema, pero ninguna con el encanto de Ratita --se llamaba Renata, pero habían dado en llamarla Ratita, y ello la satisfizo--. La vio crecer. La tuvo en sus brazos cuando tenía dos años, luego la llevó al parque cuando cumplió los seis; a los siete la acompañó a la playa y pudo verla casi desnuda, lo que guardó en su memoria como la imagen más perfecta de la belleza que acaso vería en su vida. A los diez --cuando su belleza y su frutes­cencia comen­zaban a ser muchedumbre en el espíritu deleznable de De los Santos-- asistió a su cumpleaños; a los doce ya la miraba obsesivamen­te, y cuando la vio a los trece no pudo dejar de pensar en ella.
Convencido por completo de la inocencia de sus impulsos y la castidad absoluta de las fantasías que comenzó a bordar en el tapiz de su vida con la nena, y de que con ello no hacía mal a nadie, comenzó a pensar en la niña dejando deslizar su imagina­ción hacia territorios vedados por la santa curia y las sanas costumbres: veía a la nena en cueritos sobre su cama haciendo cabriolas de gimnasia o fingiendo estampas de candor mientras se mordía el dedo gordo del pie derecho. Que fuera precisamente el del pie derecho tiene su razón de ser y su fundamento teológico, cosa que cualquier curioso podrá consultar en el Antiguo Testamento. Para mayor abundancia habría que agregar que Lucifer fue sin duda el primer izquierdista y a partir de ese punto podríamos hilar delgado hasta llegar a los conceptos contemporáneos de bien y mal. A ver... ¿por que se llama al Derecho “derecho” y no “izquierdo”? ¿Conclusión? La Ratita de sueños hacía bien -hacía el bien- al morderse el dedo gordo del pie derecho.
1.2
Y pasemos a otro asunto sin lastimarnos en divagaciones.
En los cortos trechos de conversación con Chica Irigoyen, Amado Etcétera le reveló a la bizarra dama sus fantasías. No la escandalizaron ni llegó a preocupar­se. De los Santos y Francisca habían arribado a una conclusión que los hacía sen­tirse bien con sus conciencias: las fantasías son quizás lo mejor de la vida, y no hay por qué negarse a ellas. En el caso en que una fantasía se realizara, habría que dar gracias a Dios y permanecer con la boca cerrada. Mientras eso no sucediera, bastaba con el valor etéreo de las situa­ciones, que sólo existían en la intimidad de los solita­rios.
Habría que agregar en beneficio de la duda siempre presente en algunos lectores, que el esposo de Francisca Irigoyen era para ella menos que un cerdo a la izquierda: beodo consuetudinario, ventripotente, soberbio, tacaño y, lo mejor de todo, ausente en un alto porcentaje, dato que favorecía todas las apuestas por una infidelidad que, como se verá en lo subsiguiente, nunca llegó. Pero éste es dato que en cierta medida favorece la intriga y ya se conocerán razones.


1.3
Un día, años más tarde, cuando Amado de los Santos no trabajaba en la radio y se dedica­ba a otros oficios -- en ocasiones vendía botas de Naolinco con su amigo Toño Cintura o se lanzaba a aventuras poco edificantes y hasta peligrosas, a veces tocaba el violín en los cafés (ésta es una ciudad llena de cafés, poetas frustrados y políticos oficialistas)- reci­bió una llamada de una mujer que creía desconocida.
Resultó ser Francisca Irigoyen, quien, con voz temblorosa le pidió una cita.
-Tengo algo muy serio que hablar con us­ted, le dijo. Lo que puso a temblar de emoción y terror al violinista fue ese “usted” tan inesperado y burocrático.
Amado de los Santos Etcétera recibió a su vieja amiga Francisca Irigoyen en la sala de su casa. (Seamos optimistas al utilizar una expresión tan doméstica y diciente como “la sala de su casa”: en verdad no era una sala y tampoco era su casa).
De su antigua belleza y elegancia no quedaban ni las huellas y en el caminar derrapaba peligosamente hacia el lado derecho. Sólo un desastre puede haberla acabado de esta forma, pensó Amado. Su rostro, antes sereno y terso, ahora estaba surcado por arrugas hondas y expresivas. Su cuerpo había perdido la armonía. Cojeaba. No esperó a que le preguntara nada. Comenzó a hacer una enumera­ción de males.
Dijo padecer de osteo­porosis, una especie de comején que le iba socavando los huesos, y que la mantenía sujeta a tratamientos rigurosos y prolongados.
Estaba muy nerviosa. Fumaba un cigarrillo tras otro y los aplastaba contra el cenicero hasta dejarlo rebosante en menos de media hora.
Súbitamente, y sin transi­ción, elevó la voz:
--Pero no vine a hablar sobre eso. La verdad es que tengo problemas muy graves con Ratita. No sé si se acuerda de ella...
¡Como no recordar a la hija menor de Francisca, cuando la vio crecer y la tuvo en su brazos hasta que se convirtió en la niña de la belleza más pasmosa de que tenga memoria! Tenía unos ojillos risueños que, encomendémonos a las buenas intenciones de las obras del Señor, hacían sospechar que la auténtica inocencia era un defecto sólo propio de los adultos.
Francisca Irigoyen bajó la cabeza. Pren­dió otro cigarrillo. Su voz se hizo más sosegada y nostalgio­sa:
-Nunca olvido las conver­saciones que tuvimos.
En ese momento Amado temió lo peor. No estaba dis­puesto a caer en los brazos de Francisca en honor a un recuer­do que había sido degradado ominosamente por el tiempo y sus argucias.
La mujer estaba sudando. Su vestido, de tejido finísimo adherido al cuerpo, la hacía parecer un bicho sin clasificación alguna.
Amado le ofreció un trago de tepache, lo único que había en casa. Ella lo bebió de un tirón. Pareció animarse.
Le contó una larga historia de desdichas que Amado ya había digerido y desalojado años antes. Habló de un matrimonio desordenado, al que llegó por la vía judicial, después de haber sido forzada por el padre de sus hijas. El folle­tón era lo suficientemente colorido y convencional para intere­sarle a quien llegaría a ser especialista escuchan­te y solucionador de problemas de amor, eróticos o semejantes.
No había forma de detener aquel aquelarre de desastres ínti­mos. Francisca tenía asida la jarra de tepache y amenazaba con carecer de in­tención de quedarse huérfana de consuelo.
--Si supiera que debo repe­tir esta vida, preferiría quedarme el resto de la eter­nidad en el infierno.
Amado estuvo a punto de lanzarse a enumerar los as­pectos positivos que Nietzsche argumentaba en favor del eterno retorno, (como buen escéptico optimista nuestro personaje privilegiaba al loco de Nietzsche por encima del marrullero de Schopenhauer -y no vayamos más allá en esta veta, que nuestra obra pretende ser una novela de la vida real más que un soflamero tratado de filosofía o uno de esos falsos decálogos morales escritos por degenerados que sueñan con el cielo mientras disfrutan de los indudables beneficios que acarrea el mal bien administrado) pero Francisca lo cortó casi con agresividad.
--No quiero que mi Ratita sufra lo que yo sufrí.
Estaba llorando.
--Quiero que mi niña tenga una iniciación feliz a la vida amorosa y que entienda que el erotismo es algo agradable, limpio, sincero. No quiero que un bruto la convierta en su desaguadero y un esposo en su esclava.

1.4
Francisca le puso una mano en el hombro a Amado. Lo miró directamente a los ojos.
No estaba ebria. Hablaba con plena Sapiencia.
--Quiero que un hombre como usted le sirva de maestro de la vida.
"Gracias, dios de los amo­rosos", se dijo Amado recordando el esplendor de Ratita a los trece e imaginan­do lo que los años habrían terminado de configurar en ella. ¿Cuántos años tendría ahora? Acaso dieciséis. A lo más diecisiete.
Ente los sueños que atesoraba Amado, el que más apreciaba era aquél en el que una adolescente se entregaba atada de pies y manos, por su propia voluntad y deleite, a su capricho de hombre que ya piensa haberlo vivido casi todo. Había un obstáculo: una cosa eran las sanas intencio­nes de la madre. Y tal vez otra, la autodeterminación de Ratita.
--Mi nena me ha dicho que desde pequeña se ha sentido atraída por usted. Yo no le he dado alas, pero tampoco la he reprimido. Sé que lee y tiene una gran capacidad para com­prender las verda­des sobre la vida y por ello conoce teórica­mente todo lo que hay que saber sobre las relaciones entre los hombres y las muje­res.
Fernada sonrió por primera vez.
--De todos modos tiene la cabeza llena de enredos. Según mi niña --dijo Francisca-- los hombres les trasmiten los espermatozoides a las mujeres por medio de los besos.
¿Donde ha vivido esta criatura de Dios?, se preguntó Amado, hoy en día las niñas decentes se masturban antes de ir a misa, como dice el sabio e indecente de Louys.
--Mi nena está sumida en una angus­tia terrible. Quiere hacer el amor. Está desesperada por hacerlo. Y dice que aprovecha­rá la primera oportunidad que tenga para satisfacer su curiosidad.
Amado intentó hablar. Francisca no lo permitió.
--Quiero que me escuche hasta el final y luego que me diga un “sí” o un “no”--. Tomó ánimo. Retomó el hilo donde lo había dejado:
--Conozco a los amigos de Ratita y sé qué clase de per­sonas son. Temo que algún torpe le arruine la vida a mi niña, como lo hizo su padre conmigo.
Amado asimiló la inmensidad de lo que Francisca, su vieja amiga, quería. Entendió con regocijo, con alegría, incluso con un sentimiento de santidad.
La mujer sacó la chequera. Amado intentó protestar. Francisca estaba llorando como sólo una vez en la vida se llora. Llenó el cheque.
--Llévela al mejor hotel que encuentre. Hágala feliz. Enséñele todo ¡todo! No quiero que tenga sorpresas. Sé que puede enamo­rar­se de usted, pero confío en que sepa mane­jar la situación.
Puso el cheque sobre la mesa. Su mirada se había acla­rado. Quizás suponía que era trato hecho. Sonreía.
--No creo que sea suficien­te.
--Tiene chequera abierta. Tómese el tiempo que quiera. No se detenga por dinero. Podré sacarle a mi ex-marido la cantidad que quiera.
La respiración de Amado se había acelerado. Una canti­dad de emociones informes luchaban por dominar su tribu­lación. No sólo era el asunto del dinero --debía seis meses de renta y llevaba quince días de comer frijoles, chile y tortillas--sino el de los senti­mientos y la dignidad. ¿Debía cobrar un trabajo de esa espe­cie? Sentía unas cos­quillas deliciosas en el bajo vientre. Ah la vida, gracias, se decía Amado.
Pero el Amado ético, el caballero que a veces le crece incluso en contra de sí mismo fue el que habló:
--Mira, Francisca, creo que a pesar de que no nos hemos visto en años, me si­gues conociendo como cuando éramos compañe­ros de trabajo. El hecho de que me ofrezcas a tu hija, como se ofrecen en ciertas tribus las doncellas núbiles, me parece emocionante, y de sólo pensar­lo se me eriza el alma, pero para serte sincero, no voy a poder cumplirte.
Volvió a desatarse en llan­to.
Amado descubrió que su caballerosidad no era digna del Santo Grial cuando dijo:

1.5

--Sólo lo aceptaría si parte de ella. Yo puedo ayudarla a caer, pero gradualmen­te, de modo que lleguemos a la cama por su voluntad y deseo.
--¿Cómo?
--¿Qué te parece si le doy trabajo como mi secretaria, pretex­tando que tengo algún asunto urgente?
Dicho y hecho. Faltaba un leve detalle: Amado de los Santos Dionisio Luna carecía de oficina, por lo que fue necesario agregar un par de ceros al cheque, de modo que sí la tuviera ... como corresponde a quien quiera ostentar el título de Consultor Erótico y Sentimental, que comenzaba a hacer sus incursiones en los vericuetos de los serpentinos sesos de nuestro protagonista -a quien no nos atrevemos a llamar hasta el momento héroe por razones más de modestia que de obviedad y menos de optimismo que de natural conciencia (es claro que autor que se respete debe conocer al dedillo el destino de su personaje principal desde la primera línea de su último borrador, y no hemos de ser la deshonrosa excepción: hay que anunciarlo desde este mismo momento: Amado de los Santos fracasará en todas y cada una de sus empresas, pero lo hará con gran estilo, que es lo que en verdad interesa y encanta, lo que diferencia al artista del patán y al hombre auténtico del frenolito.
1.6

Dicho lo anterior, pasemos a la acción. El primer día Ratita se pre­sentó a trabajar con una mini­falda de mezclilla, una blusa blanca a través de la cual se transparenta­ban sus pechitos deliciosos sostenidos por un brasier de media copa. Su pelo estaba recogido en una graciosa y arqueada cola de caballo, que descendía sobre su cuello blanquísimo, terri­blemente atractivo. Saludó con los ojos bajos y la trompita parada.
Amado la trató con fingida indiferencia. Con ello creía darle ánimo, seguridad y espacio para que la niña notara las ventajas que le ofrecía la soledad acompañada. Se trataba de que se sintiera profesio­nal, tranquila.
Al siguiente día recibió llamada de Francisca Irigoyen:
--Ya no quiere ir. La asus­taste. La trataste con poca delicadeza. Creo que vas por el camino equivocado. Trata de acercarte a ella por la vía paternal. Eso la derri­te.
Tenía razón su madre. Era indispensable corregir la estrate­gia.
Se presentó tres días des­pués. Ahora vestía como monji­ta. Se portó muy seria. Cum­plió con su trabajo casi sin levantar los ojos.
Antes de que saliera, Amado la llamó:
--Estás trabajando muy bien --la tomó de un brazo, sintió su carne joven, exquisita. Le acarició una mejilla. En sus ojos había brillo orgulloso. No halló en ella malicia algu­na.
Al siguiente día llegó de nuevo con su minifal­da. Traía el pelo suelto, e instalada en los labios una sonrisa que le heló la sangre al amoroso y ese brillo en los ojos que causaba estupor y turbación. A partir de enton­ces apareció cada mañana en la oficina con una innovación, a cual más osada, en su vestua­rio. Un día fue un vestido de escote violen­to, agravado por un brasier que le elevaba los pechitos hasta el borde de la ignomi­nia. Otro día una mini­falda cruenta, con la que se paseaba por la oficina, insis­tiendo en buscar papeles en un archivero que tanto ella como él sabían vacío. Otro día era un traje de espalda descu­bierta casi hasta la cintura, combinado con una cola de caballo, que invita­ban al salto del asno. Y auna­do a esto la nena afectaba un cre­ciente desapego, una frial­dad, espeluznantes en una niña que se sabía y se quería des­tinada al mejor sacrificio.
El resultado fue que el pobre de Amado pasaría las mañanas enteras ocultando la eminencia de su deseo, incapaz por completo para cumplir sus compromisos. A partir del aviso clasificado
Doctor Amantísimo (Amado Luna): Solución a asuntos amorosos, afectivos y eróticos. Discreción y experiencia. Tarifas módicas. Especialista en jovencitas y señoras

habían comenzado a llover solicitu­des, no sólo de la región, sino de lugares remotos. Una joven madre soltera de Queré­taro solici­taba atención pe­rentoria. Amenazaba suicidio si no se le ponía atención. Un padre de familia, del Distrito Federal, en carta de 25 cuartillas, solicitaba auxilio para su hija, que debía de tener algúna tara o defecto, a juzgar por las reticencias con que tocaba el asunto.
De los Santos envió telegramas, anunciando posterior atención a los casos. Por lo pronto se trataba de sacar en limpio lo de Ratita. La madre propiciatoria lo llamaba todas las noches para preguntarle por los avances del asunto. "Toda­vía nada", respondía el apesadumbrado. Y Francisca lo abrumaba con urguimientos: que su hija corría peligro, que un garañon le estaba o­liendo los blumers, que si se tardaba una semana más iba a ser muy tarde. E incluso llega­ba al insulto velado. Pregun­taba por su masculinidad, por su alimentación, por su currículum genital, por el conteo y la velocidad espermática, por la experiencia profesional y las horas de sueño efectivo.
1.7
De modo que Amado tomó medidas drásticas. La invitó a cine.
--¿A cine? --Ratita tor­ció el gesto --. Ay, don Amado --el "don" le dolió como una puñalada entre vetrículo y ventrículo--, eso es obsoleto. Ahora la gente no va a cine, sino que se encie­rra en un cuartito acogedor --la voz se le hizo arrulladora--y prende la videocasetera.
Su mirada fue francamente insidio­sa:
--¿Qué tipo de películas le gusta ver?
¡Pornográficas!, pensó Amado, pero dijo:
--Las de Woody Allen.
--Bastante imbéciles, por cierto. Esas son para los que quieren parecer intelectuales.
Amado cedió terreno. Lanzó al tapete un comodín:
--Estoy seguro que me gustan las que te gustan.
La respuesta de Ratita fue una especie de elegante pase torero. Simplemente aba­nicó el aire con su imaginaria falda española y dio la espalda.
Esa noche Amado no respondió la llamada de Francisca. Y tampoco pudo dormir. Casi podía sentir el aroma de la limpia entrepierna --¿canela, albahaca, romero?-- de Ratita inva­diendo su recámara. A las cinco de la mañana tuvo una especie de visión que no supo precisar. Era como una criatu­ra que salía desnuda del botón de una flor y que cuando le daba el sol comenzaba a mar­chitarse.
1.8
Ratita volvió a faltar a la oficina. Amado fue a emborracharse a la cantina del Tío Mikey. La conclusión de la borrachera fue clara: estaba enamorado de su clienta. No había otra alternativa que abandonar el caso. La literatura de consultores sentimentales y doctores del corazón prescribía (¿proscribía? La verdad blanco o negro no importaba. Amado era un absoluto relativista) cualquier involucramiento. Ya en el borde de la conciencia visitó a su vecina periodista y se machucaron el uno al otro sin piedad ni amor. Evitaron besarse y durmieron con los rostros separados por almohadas.
El sábado Francisca lo buscó directa­mente en su pocilga:
--Creo que ya es demasia­do tarde. Ratita llegó a casa en la madrugada y traía un olor sospechoso.
¡Me suicido! ¡Me suici­do!, pensó Amado, y dijo que no lo creía posible, que Ratita estaba actuando y que­ría acelerar el asunto.
--Vamos a ayudarle --dijo Francisca--. La obligaré a que venga con nosotros a una caba­ñita que me presta un amigo en Chachalacas.
La idea de ir a la playa con Ratita le agradó, pero no lo de la compañía de Francisca. Imaginarla cojendo, su cuerpo contrahecho, enfundado en un traje de baño, y compararla con el estruendo íntimo que le produciría Ratita, sería sufi­ciente engorro como para echar todo a perder.
--Ya sé lo que está pen­sando... El caso es que si no voy yo, no va Ratita.
1.9

Total, que fueron a la playa. Y resultó que el chaneque de la buena fortuna estuviera de humor propicio: Ratita no sabía nadar y así estuvo redondo y completo el pretexto para tenerla en brazos.
Verla en vestido de baño le hizo caer en cuenta de que se había equivocado garrafal­mente. Ratita no era una mujer sino una niña. Las cuentas de la memoria le habían fallado. Era una niña en el mejor momento de su vida. Un bocado de cardenal para un hombre de casi cuarenta años, solterón y redundante de todo tipo de excesos soñados, es decir, con las naturales apetencias de su edad. Sus pechitos apenas estaban flo­reando y parecían sonreírle bajo la playera que usaba sin brasier cada vez que se qui­taba el vestido de baño moja­do.
Francisca cumplió con desaparecer casi todo el tiem­po. Se perdía entre las dunas horas enteras, pero Amado sabía que no estaba lejos, sino acechando con perversidad de hembra insatisfecha -satisfecha de serlo- la iniciación de su hija. Y que tras el ojo de Chica Irigoyen estaba el ojo de la eternidad. ¡Qué compromiso, Mon Dieu! (Espero que los lectores poco ilustrados sepan disculpar las palabrejas en idiomas menos conocidos que el inglés. Se trata de una malhadada costumbre de nuestro protagonista, que quiere menos deslumbrar a los cultos que hacer honor a los años de dura brega ante gramáticas obtusas y en ocasiones obtusas).
Por una casualidad provi­dencial, en la que intervino la mano sonámbula de Amado, el único vestido de Ratita desapareció la primera noche y ni ella ni su madre ni Amado hallaron nada inconveniente en que la niña se bañara con una larga playera.
Los rayos del sol caían como hachazos sobre las nucas. La playa estaba desierta hasta el límite del horizonte. Francisca dormía boca abajo. Ratita salía en ese instante del mar, con la playera ceñida al cuerpo, convertida en una segunda piel, aun más suge­rente cuanto más falsa era. Amado no podía apartar los ojos de aquella visión de belleza espantosa. La misma Ratita, cons­ciente del poder de sus encantos sobre ese hombre febricitan­te, se había colocado de pie frente a él como una estatua de incitación a la sana lujuria y sonreía con esa sonrisa que días atrás le había convertido la sangre en horchata.
Tartamudeante, torpe, atropellado por el fragor de sus fluidos enloquecidos, Amado, en lugar de aprove­char las circunstancias -- hubiera sido tan fácil, tan natural, llevarla de la mano a un rinconcito bajo las palmas, acariciarla minuciosa y pa­cientemente, y comenzar el deleitoso camino, con palabras amorosas, con mimos, semejan­tes a aquellos que usó diez o doce años antes, cuando Ratita apenas comenzaba a hablar, y era la niña más linda que pudiera imaginar--, corrió a lanzarse al mar, nadó cien brazadas en territorio de tiburones, se liberó de su traje de baño e hizo el amor con las olas, que lo abandona­ron en un sopor de paz, de vergüenza, de soledad.
1.10

Cuando regresó a la pla­ya, convencido de haber apaga­do su furor, Ratita estaba tendida en la arena, con la misma sonrisa que le helaba la sangre, y la espalda desnuda, y era como si supiese, como si estuviera segura de que su cuerpo, su diabólico candor iban a poner los remordi­mientos de Amado de espaldas al suelo.
Despertó Francisca y la situación se tornó aun más incómoda. La nena se puso la playera mojada y era como si estuviera desnu­da, totalmente, frente a él y a su madre. Amado miraba de reojo, fingiendo catatonia, ese cuer­po glorioso , y de nuevo sentía nacer el fuego que creyó haber apagado en el mar, esa hembra que todo lo comprende, lo perdona, lo olvida. (La línea final, referente al mar como hembra etcétera, bastante ridícula por cierto, debe ser eliminada de la mente del sufrido lector).
Y adelante. Esa noche el calor fue una gran plancha que aplastaba a los seres humanos como cuca­rachas, dejándolos con sus tripas y sus más ínfimas ape­tencias pataleando avergonza­das a plena luz. Ratita, que se había acostado al lado de su madre, se desnudó entre sueños. El profesional -el incipiente profesional- del amor pren­dió un ciga­rrillo y pudo verla, en la batalla campal de su adoles­cencia, conver­tida en la encarnación del Beltenebros de la incontinencia que amenazaba con tomar posesión de su organismo de ángel victorioso. La nena soñaba, y su sueño era tormen­toso. Recorría con sus manos su cuerpo y buscaba los sitios del amor ausente.
¡Cómo sufre!, se dijo Amado, consciente de su apostola­do. Y quiso ayudarla. Se acercó sigilosamente a su cuerpo, quiso acariciarlo, pero cuando sus manos se acer­caban a ese torso de criatura inverosímil, Amado vio que Ratita tenía los ojos abiertos y estaba sonriendo, en los labios destellaba esa sonrisa parali­zante de pantalla fija.
1.11

A la mañana siguiente se repitió la tortura del día ante­rior. Ratita lo miraba de soslayo rizando el rizo imaginario, se trazaba rutas de arena sobre la tersura de su vello de horizonte final, se mordía los labios fatales de rosa rosado, impúdica giraba en torno a las palmeras jugando el juego de Pavlov y los perros con unos pescadores menos limpios que rudos, y cuando Amado después de tanto ritual infame se sentía dispuesto a cumplir con sus alta misión, tropezaba con esa sonrisa aterrorizante de corazón dela­tor.
Toda una semana pasaron en Chachalacas. Fue una semana de insomnio, de placeres ocul­tos y solitarios, que Amado aró en su cuerpo y soñó en Ratita.

1.12

Fernanda día con día se tornaba más acosadora, más insul­tante: era necesario que su hija regresara a Xalapa conociendo los rudimentos del amor. Amado tenía que cumplir.
Pero De los Santos Dionisio Amado, que tanto fanfarroneaba de ser un profe­sio­nal y un estudioso del amor, y que sentía la experien­cia de siglos en su cuerpo y el poder de la naturaleza en pleno, simplemente no pudo. Era algo difícil de explicar: Ratita tenía su ingredien­te extraño, una carga negativa, un arcángel protector, lo que fuera. O acaso sencillamente la in­fanta no estaba en las pági­nas del libro erótico de Amado Moon (otro de sus risibles pseudónimos, pido disculpas). Había que aceptar­lo y olvidar.
Lo de la playa resultó un completo fracaso. Tanto Francisca Irigoyen, como Ratita, e in­cluso Amado Moon, enten­dieron que no se podían torcer las líneas del destino, y que la criatura caería cuando ella y su cuerpo estuvieran maduros.
De modo que dejaron el asunto en paz y el amantísimo volvió a la honesta medianía de su vida y a los líos conco­mi­tantes: pagó las rentas atrasadas, la cuenta de la luz, renovó su guardarropa, compró unas botas brillantísimas de color algo encendido y unos tenis de la mejor calidad. Hubiera querido comprar un buen violín, pero para ello no le habrían alcanzado veinte cheques de amor. De todos modos ya tenía en mente la manera de conseguir un violín digno de sus pretensiones. Lo había visto en manos de un polaco de la sinfónica y logró escucharlo en un ensayo. Si Dios tocara violín, lo haría en ese. Debía ser un auténtico Stradivario, un Pugnani o un Amati. Cosa de otro mundo.
1.13

Las compras le calmaron el corazón y lo consolaron de la pérdida de Ratita. Comenzó a fraguar un viaje. ¿A quién atender primero, a la suicida de Querétaro o a la entidad del Distrito? Una fantasía tan desbocada como el sacrificio de Ratita, propi­ciado por su madre, que­daría en la memoria de Moon, como el primer gran fracaso en su carrera de consultor eróti­co y senti­mental. Acaso pudie­ra componer una cancioncita entre cándida y adolorida, con esa historia fracasada. Pero el asunto no iba a terminar ahí...

1.14

Pasaron algunos días en los que Amado fornicó ordinaria­mente con su amante oficial --la vecina periodista, habladora y pretensiosa--, a la tuvo entre sus brazos toda una noche, tras jugar las prendas al póker y verla exhibir sus poderosos cuerpos mamilares y su exclu­sivísi­ma ropa interior, y se volvió a pregun­tar sobre el sentido de su vida y la función de las mujeres en el correcto equilibrio de las constela­ciones.
Cuando estuvo de nuevo sólo, acompa­ña­do apenas por Gervasio, un pececillo de baja estofa que compró en Chedraui, se dedicó a redac­tar en mente los estatutos de su profesión de consultor de almas en desgracia y cuerpos abandona­dos.
Ocupado como estaba en soportarse a sí mismo, dejó pasar su vida sin gloria algu­na, hasta que tropezó con Ratita en Lucio. Apenas verla, con su bustito de pitahaya y sus labios tiernísi­mos, encan­tadora en su minifalda escolar -- ¡es el colmo, a lo que han llegado los colegios de mon­jas!--, la criatu­ra que se escondía entre sus calzoncillos comenzó a emitir mensajes apre­miantes. Era un bip-bip, como un dedo índice señalando, como un grito que le nacía desde lo mas hondo de la médula espinal y eso sucedía mientras Ratita habla­ba, con su mezcla de candor y mala intención, y los ojos del profesor --ya el título de profesor era inevitable, en una ciudad en la que incluso los Hermanos de la Luz habían puesto oficina en pleno Ursulo Galván y hasta tenían programa radiofónico-- se nu­blaban al recor­dar sus pe­chi­tos bajo la pla­yera en Chacha­lacas y el rubor que le lle­naba el cuer­po, y seguía ha­blando, y sus ojos cintilaban y todo el cuer­po de ella pare­cía desti­lar un aroma a talco Mennen, y el urgi­do seguía lan­zando su bip-bip y parecía gritar, ¡ahora, ahora!, la nena quie­re, ¡aho­ra, cretino!, dile, dile lo que sientes, confiésa­selo, tienes que en­tender que la Ratita está lista para el queso y que si la dejas ir ahora come­terás el más grande pecado que pueda sobre­llevar un hombre, piensa que si te esquivó antes fue porque su madre estaba en medio, pero que ahora se ofrece como un pavo en navidad y que le pica la cuquita y le duelen las chu-chues y su imagi­nación pare­ce un caldero y su corazón es una rata en comal ardiendo.
Pero Amado, que se sentía tan inmoralista y libre, se descubrió casto caballero, y supo que no iba a ser capaz de abusar de una menor, ni más faltaba. A pesar de sus sueños y modestas andanzas eróticas no era otra cosa que un paladín del amor, un ser doméstico vapu­leado por la vida, un músico de alta escuela que se había educado en un gallinero, un goliardo hecho para el fuego del hogar, un hombre honrado en el verda­dero fondo.
Eso era.
Por tal razón se convenció a sí mismo de que no quería y no podría. Pero una cosa era su voluntad y otra la de su indiscreta verga. En auxilio del pecado vino la inoportuna de la señora Anti­parra --una entidad que lo visitaba de vez en cuando para darle consejos malsonantes-- a ayudar al bip-bip:
-¡Nunca, óyelo bien, atem­bao, nunca ha existido una niña más propicia para el amor! ¡Ahora, ahora!, dile que le vas a abrir la cuquita con tu llave de plata! -le gritaba al oído.
Pero Amado de los Santos Dionisio Luna no se atrevió, por más que el indiscre­to balanín continuaba bip-bip emitiendo su llamado de la selva, su ancestral necesidad y ya era más que evidente su presencia, y Ratita no perdía oportunidad de bajar los ojos, casi desca­radamente, como queriendo hacer que el badajín mostrara su simpatía y su don de niñas participando en la con­versa­ción.
¡No y no!, pensó Amado, no quiero termi­nar en la cárcel, en un manicomio de amor o en el infierno. (Entiendo que creer en el infierno y leer a Nietzsche son actividades contradictorias, como pasar pastillas de penicilina con ayuda de tequila, pero nuestro personaje, como buen frenáptero, tiene sus particularidades. Disculpémoselas y sigamos hasta donde podamos llegar. El que ya sienta no poder soportar a nuestro Amado, bien puede abandonar el sufrido camino de nuestro más mártir del amor que héroe de la pasión).
Pero Ratita, que parecía haberse dado cuenta de la lucha interior, zanjó el asun­to con una acción cruenta y definitiva, indudable, incon­cebible.
Detuvo un taxi y ella misma, adensando la voz auto­ritaria, le dijo al chofer sin pudor alguno:
--Llévenos a...-- y como no encontrara el nombre justo, le preguntó al oído a Amado: "Dime rápido el nombre de un buen hotel donde van las personas a, bueno, tú sabes, las parejas a, apretarse du­ro".
Como en otra dimensión, Amado esforzó su memoria y lo primero que halló fue "Gran Motel El Avión".
1.15
--Gran Motel El Avión-- dijo Ratita sin duda alguna, sofis­ticando la voz.
Con frialdad profesional, sin siquiera espiar por el espejo retrovisor, el taxista comentó que no les recomendaba ese metede­ro:
--Vayan al Jet Set. Tiene yacuzi, antena parabólica, es muy higiénico y muy discreto. Sólo ponen películas francesas. Si le dicen al administrador que van de mi parte, les hacen diez por ciento de descuento.
La cara le ardía a Amado, las doradas manzanas sub véntricas le es­torban, el risueño balanín emitía sus bip-bip con una frecuencia alarmante. La seño­ra Antiparra, instalada en el asiento de adelante, al lado del conductor, estaba haciendo un escándalo de orate frenética.
Al entrar, Amado intentó ocultar su rostro, no así Ratita, que estaba profun­damente emocionada. Orgullosa saludó a todo el mundo de mano y agitó las palmas abiertas como un candidato a la alcaldía de Xalapa. Miren, aquí voy. La aventura, qué duda cabe, se convertiría en una de sus historias favoritas en la secundaria. (Hay que decir con pena municipal que nuestra heroína --espero que nadie quiera mezquinarle el título-- iba bastante atrasada en sus estudios formales, aunque en ardores fuera toda una licenciada, como se verá más adelante).
Ya solos en la habita­ción, Ratita suspiró, bueno aquí estamos, ahora soy tuya, no hay por qué hacer tanto relajo por estas cosas, al fin y al cabo a todas las personas les sucede alguna vez.
Y luego:
--Bueno, ya hice lo más difícil. Ahora te toca a ti. He leído todo sobre el amor y quiero que me hagas un buen trabajo, una linda inau­gura­ción. Estoy tan con­tenta que me gustaría que viniera el arzobispo Obeso y Cordera a echarle la bendición a mi papayita alias cuca, alias cucarachita y a mis chu-chues, para que le vaya bien en su primera felicidad.
Amado no tenía pala­bras. Estaba tembloroso. Una fantasía de ese calibre le dejaba los huesos reducidos a gelatina.
--La verdad es que soy práctica­mente impo­tente, me dedico al asce­tismo, las debi­lidades de la carne no me afectan.
1.16

--Pues mientes, como puedo ver --dijo Ratita refi­riéndose a balanín, que tenía una erec­ción tan desaforada y reprimi­da como el Obelisco de Napoleón cuando fue derribado por en Gran Can.
Ahí estaba Ratita, más disponible que cualquier cria­tura de sueños y Amado, ¿qué hacía? Temblar, temblar, tartamudear, girar en torno a la cama mesándose los cabellos, fumar cigarro tras cigarro y apartar las cortinas. En cualquier momento podría descender un ángel vengador con su espada de fuego y zaz, convertirlo en eunuco al servicio de alguna reina africana.
Ratita carraspeó:
--Bueno, aquí estamos. Dispongo exactamente de dos horas. Debo regresar a la escuela antes de las dos. Creo que no te voy a gustar mucho porque no estaba preparada. Desde que fuimos a la playa, todas las noches sueño esta escena. La verdad es que ya no puedo vivir si no me das un poco de sosiego.
Hubo un silencio de diez minutos, contados segundo a segundo en un gran reloj de pared con paisaje alpino de fondo que hacía tic-tac al mismo ritmo que balanín hacía bip-bip.
"¡Al abordaje, al ata­que, listos, fuera, nada nos deten­drá!", aullaba la seño­ra Antiparra, y lo hizo in­fruc­tuosamente hasta que per­dió la voz.
Ratita insistió:
--Bueno, aquí estamos.

1.17

Silencio.
--¿Tengo que hacer algo?
Silencio. Pasaron otros diez minutos con su tic-tac y su bip-bip. Un camino de hor­migas coloradas comenzaba a subirle por las piernas a Amado y se dirigía a las entrepiernas.
Amado tomó aire, cerró los ojos y se acercó a Ratita. Le dio un besito de pétalo en los labios y escuchó el quejido de Ratita, ay, me pica tu barba. La próxima vez me afeito, pensó Amado. La atrajo hacia su cuerpo y la estrechó en un abrazo que quiso ser paternal pero que balanín tergiversó con su bip-bip más estruendoso que nunca. Ratita estaba inmóvil, son­riente pero nerviosa, como un puñadito de tierra fértil y entusiasta que sería capaz de hacer germinar a una piedra, dispuesta para el grano y después de las más generosas lluvias.
Le besó la base del cuello, poniendo sus brazos en la cintura de la nena con el cuidado de quien maneja vidrio del más fino y rodeando todo su cuerpo, que se plegó con la sabiduría del instinto. Mien­tras le besaba el cuello, Ratita murmuraba, siento cos­quillitas, ay, será el amor, será el amor, y entre besos Amado lanzó sus ojos rumbo al seno, que se levantaba en olas de diez metros, luego dejó deslizar su mano hacia la paloma más propicia, ay, gemía Ratita, ay, corazón, se me sale del pecho, ¿no podemos parar un momentito y espiar a los vecinos?

1.18

Ramos le abotonó lo que le había desabotonado y la llevó a la cama donde la sen­tó, disponiendo ordenadamente su cuerpo como quien coloca a una muñeca en su sitio. Quiso hablar serenamente con ella.
--Lo mejor es que nos vayamos.
--¿Qué? --gritó. Hizo una pataleta. Iba a comenzar a llorar.
Luego más serena, dijo:
--La verdad es que no quiero que te detengas. Mira, voy a cerrar los ojos--. Lanzó un gritillo, soy tuya, De los Santos Luna, soy tuya, tómame.
De nuevo la besó siguien­do el rumbo de sus senos y dejó que una de sus manos --la izquierda, a la que el manejo de las cuerdas del violín había hecho más osada y diestra-- se deslizara en su porta­bustos y tomara acunando un pichoncillo que latía como un conejo re­cién nacido.
Ay, será el amor, será el amor, murmuraba Ratita, y bala­nín, conmovido, lanzó un bip desafora­do. Amado rezó, Dios de los Mejores Momentos de la Vida, ampárame, Dios de los Apresurados, favo­réceme, Dios de las Causas Perdidas, olvídame, y reem­prendió su cami­no. Logró sin escollos desnu­dar su torso, expuso su bustito delicioso al aire, y se dedicó a besarlo ceremoniosamente, utilizando el cuenco de sus manos como quien recoge maná del cielo y luego la liberó de su falda escolar y la dejó en una primorosa pantaleta.
Le besó el ombligo, lo que le causó un ataque de risitas hermosas y un encogimiento del cuerpo que llevó a Ratita a golpear con su rodilla al sentimental balanín que lanzó un bip terrible, acompa­ñado por una avenida imparable, estremecedora, irremediable e irreversible, que le vació por completo el cuerpo y lo dejó exánime mientras Ratita decía
1.19

qué pasa, qué pasa, estás enfermo, un ataque al corazón, auxilio y ya corría a buscar ayuda calatita del todo y Amado recuperándose difícil­mente del espasmo tuvo ánimo para esconder su ignominia y decirle a Ratita, perdóname, y se escapó al baño a borrar las huellas del desastre y lloró viendo al balanín compun­gido, y lo agarró a cachetadas y regañólo como nunca antes, hi­jín, cómo me fuiste a fallar en esta noche de las noches, pero recordó que era de día y que además no estaba haciendo literatura sino tratando de salir de un aprieto. Vino en su consuelo, gracias a la gentil y oportuna literatura, la imagen de un caballero, algo más esmirriado que su propia persona, que salió en busca de proezas y sólo cosechó ilusiones, mojicones y burlas.
Y cuando retornó del baño, casi diez minutos des­pués, se sentía dispuesto a explicar todo, a pedir discul­pas, a llevar a Ratita a su escuela y a pedirle que nunca, nunca volviera a pensar en él, que ella era demasiado joven para esas cosas y hasta le daría unos consejos o se los iba a dar cuando vio a la nena ten­dida en la cama, desnuda como un lechoncito recién nacido, masticando chicle, tan gene­ro­sa, tan honestamente propi­cia.
1.20


--Yo te entiendo, Amado de los Santos Dionisio Luna. Estas cosas del amor son tan complicadas.
Y ella misma, como si hubiera aprendido velozmente, comenzó a repetir paso por paso, lo que el amantísimo le había hecho: le desabotonó la cami­sa, le besó el pecho cuatripelar, lo des­pojó del pantalón y no expresó asombro ante la nueva e intri­gante insolencia de balanín, que otra vez había comenzado a recuperar parte de su don de niñas y reiniciaba su tímido y alegre, desvergonzado bip-bip. Ratita le besó el ombli­go, colocando sus manos tras las nalgas de Amado y mur­murando de nuevo, será el amor, será el amor, lo que enrabieció a Amado, que ya no pudo soportar tanta paradó­jica inocencia y tomándola por los hombros la colocó de es­paldas con delicadeza del ínclito luchador llamado Perro Aguayo, mientras rugía
1.21

es el amor, es el amor, y le enterró el rostro sin compa­sión entre las piernas y le trabajó con tal dulzura sus entretelas y con tanta delica­deza sus entresijos, que cuando llegó el momento de la reivindicación de balanín, la fruta de Ratita estaba como una ciudad abier­ta, con todos sus pobladores lanzando vítores y no fue nada difícil llegar hasta el fondo mismo del placer sin que ella emitiera más ayes que los de la plenitud científica y fe­lizmente laborada, y Ratita apretó sus piernas y crispó su cuerpo, toda ella se trasformó en un guante generoso que ciñó al amado con entu­siasmo de prin­cipian­te, entre­gada del todo en el momento de más delicia y des­garre y Amado de los Santos Dionisio la tomó de las nalgas y le lanzó al fondo de su dichoso abismo un volcán de hervor que fluyó, fluyó, flu­yó, bañando su cuquita, des­birlando sus la­bios, empa­pando la sábana y tras el envión más alto hubo un ligerísimo chasquido, que fue coronado por un grito y un
¡Bip!
que fue su alea jacta est, una marea desborda­da de la más saludable y her­mosa, la más roja e increíble sangre de amor primero y se amarra­ron el uno al otro, casi con mie­do, ya ate­rrorizados, como si fueran cons­cien­tes de que estaban formando el único punto inmó­vil y evidente del universo y todo siguiera gi­rando hasta conver­tir la cama en el más vasto estropi­cio de amor que se pueda concebir.



II. DONNA MARADONNA
II.1

Llevado por una especie de fatiga crónica que lo había atacado en la ciudad de Méxi­co, donde debió permanecer durante casi un mes para huir de la obsesión por Ratita, que no lo dejaba dormir ni pensar -la niña supo disfrutar de la inauguración, olvidó a su maestro de amor temprano y con una llaneza digna de todo escarnio, se dedicó a yogar con sus amigos maleantillos y rocanroleros, tatuados y dichosamente imbéciles-, y escapando de una serie de encargos de consulto­ría sentimen­tal-erótica --casos leves, aburridos, sin trascendencia y con poca ga­nancia--, hastiado de las malas películas, intoxicado de la deplorable literatura de la realidad citadina y de caminar y respirar aire nau­seabundo, decidió meterse a un baño de vapor. La periodista y amante oficial a quien llamaba en la intimidad Peor-es-nada, antes de permitirle el viaje, lo sometió a una serie de felaciones mal trabajadas, que lo dejaron al borde de la inanición. Por ello y porque ya comenzaba a abominar de su profesión de amoroso, fue que evitó ponerse en contacto con los parientes de la clienta del D.F., sin saber que iba a encontrarse precisamente con lo que quería soslayar.
Sus últimos telegramas habían sido casi amenazantes. Exigían solución al caso y se juraban dispuestos a denunciarlo a la Procuradoría del Consumidor si no cumplía las promesas del aviso clasificado. En comunicaciones anteriores habían ofrecido diez millones y una casita en la montaña si se ocupaba de Donna.
Mientras se despojaba de la ropa se dijo que no estaba dispues­to a gastar su energía, sus humores o su ánimo por ningún oro del mundo. Después del acciden­tado caso de Ratita, en el que triunfó más el azar que la volun­tad y del que sacó sufi­ciente dinero para vivir un mes, Amado de los Santos Dionisio Luna quería alejarse de esa peligrosísima misión de consultor erótico y sentimen­tal.
Había optado por el baño privado de categoría ejecutiva. Cono­cía la fama de aquellos luga­res y no quería correr otro riesgo que no fuera el de la soledad y la autocontemplación del ombligo. No estuvo ni cinco minutos a solas. Súbita­mente una persona entró chapoteando en su propia torpeza como si la hubie­ran empu­jado. Era una hembra abundante en todos los sentidos imagina­bles. No sólo gorda, gorda rolliza y firme, de ninguna manera desparramada, con bra­zos como de cerdo saludable y piernas descomunales, sino que tenía la papada más extraordi­naria que se pueda concebir.
II.2

Era una papada triple, formada por pliegues de grasa tan bien distribui­dos, que parecían trabajados minuciosa­mente por Botticelli. Sus pechos eran de una opulencia sin prece­dentes, lejos de la flacidez que los hiciera re­pulsi­vos, se notaban firmes, como frutos de un jardín gene­roso bien llovido y poseían un par de pezo­nes rosados --no ne­gros, oscu­ros o rojo sangre, sino de color rosa mexicano, un color pueril (en cuestión de pezo­nes el profesor Moon había desarrollado un gusto de dios creador, ah, los inol­vidables pezones de Ratita, dignos de ser considerados la novena maravilla del universo; Amado de los Santos conjetura que pezón oscuro presagia mala sangre, iracun­dia, instintos crimina­les, pero la teoría completa de los pezones excede los límites de este opúsculo y sin duda la paciencia del lector) --que parecían exigir a gritos unos labios piadosos.
La mujer estaba ahí, en medio del vapor, como una aparición milagrosa, totalmen­te desnuda, sus manos y sus brazos descansando sobre las losetas del baño en las que había llegado a sentarse, su espalda apoyada en la pared. Parecía carecer de pudor algu­no; sus ojos, clavados en la limitada inmensidad de la bruma cálida, estaban fijos. Toda ella era o parecía ser un desgarrado grito de soledad, una oferta espléndida, una cornucopia. Llevado por la mente febril que siempre lo ponía entre la espada de sus fanta­sías y el tajo yugular de las realidades, el consultor erótico comenzó a pensar en los desastres íntimos de aquella criatura de Dios y pronto se vio imaginando cosas de poco recato y decoro.
¡Mal­dita sea!, se dijo, por qué siempre tengo esta horro­rosa debilidad de la carne, si mi estrella me dice que debo ser un espíritu de luz. Se sintió observado fija­mente por los pezones tristes, abandona­dos y roza­gantes de la mujer y sos­pechó que por una vez iba a hacer exactamente lo que no quería, y que no le impor­taba lo que pudiera suce­der. Prime­ro el deber, luego el placer.
II.3

En los labios de la mujer había un esbozo de sonrisa y en sus ojos, antes fijos, ahora jugueteaba una chispa de astucia; de una astucia ama­ble, más complicidad que mala intención, y su cuerpo se movía gentilmente, como adop­tando posiciones cada vez más osadas y el amoroso tuvo por un instante la sospecha de que la mujer esperaba que él de pronto perdiera toda compostu­ra y se abalanzara irracional­mente a chupar aquellas ubérrimas odres, pero se contuvo y se dijo, a ver hasta dónde llega esta mujer.
Algo susu­rraba entre sus labios pinta­dos en forma de corazón de ballena, algo susurraba, pero no parecía en español. La cadencia, el ritmo, hacían sospechar portugués o francés o algún dialecto perdido en los pliegues de las lenguas romances. Pronto supo que estaba equivocado: era italiano, un italiano excesivamente artificial, acaso obstaculizado por algún defecto leve en las cuerdas vocales o en el frenillo sublinguar.
El consultor senti­mental aguzó el oído:
-Son­no Donna Mara­dona, sonno donna Maradonna.
Se mordía los labios y se apretaba los se­nos, se los exprimía, se fro­taba las manos de enana con síndrome de Down, volvía a apri­sio­nar sus senos maravi­llosos con los que pare­cía entablar un coloquio de com­pasión indecible.
-Sonno Donna Maradonna.
Y parecía una inmensa babosa acercándose, un animal sin par, una especie de gran amiba o calamar gigante o molusco humano, una bestia hecha exclusivamente para fornicar, que acaso una vez cumplida su función se desin­fla­ría o se partiría para dar ori­gen a dos cria­turas de su especie.
La toa­lla, que el abnegadísimo había atado a su cintu­ra, estaba levantada en ángulo de 45 grados y la fuente de su poder, apoyada en sus pelotas miguelangéicas y que nacía como una gran serpiente amazó­nica de la columna verte­bral donde ente­rraba sus raí­ces, parecía animada por una tor­men­ta tro­pical, que había hecho crecer el espiri­tual bálano hasta dimen­siones in­concebi­bles.

II. 4

Tal manifesta­ción de entusiasmo parecía estar a punto de obli­gar al desfalle­cimiento de la hembra, que respiraba ruidosa­mente por la boca y era acome­tida por tem­blores y vahídos. Cuando la criatura cerró los párpados como para tranquili­zarse, el maestro del amor creyó escuchar el cerrar­se de la puerta y el golpe seco del pasador. Pero no era la puer­ta, pronto se dio cuenta, la que había producido el es­truendo, sino el sonido vio­lento de los ojos de la mujer cerrándose. Había tal silen­cio que se podían escu­char la cabalga­ta dispar de los lati­dos de los dos corazo­nes, el erizarse de los ve­llos, el ruido de la saliva al ser tragada, el escándalo del acomodo de los líquidos gás­tri­cos. No había secretos. Ella sabía lo que estaba suce­diendo en el cuer­po del acosado; él podía calibrar las reacciones que su erección inaudi­ta despertaba en aquella mole de amor y masto­donte sexual. No había terror, ni siquiera miedo; sólo emo­ción de ambas partes. El des­tino --una serie de circuns­tan­cias anodinas-- los había juntado aquella tarde (digamos, muy en secreto, que los padres de Donna organizaron todo con el aceitado bálsamo del dinero.) Y nin­guno de los dos estaba dis­puesto a dejarse arrastrar por el río del tiem­po sin conse­guir sus mejores dádivas.
Donna Maradonna era un auténtico elefante marino, una hembra hecha para el espectá­culo, a la que acaso hubiera estado negado el amor hasta entonces. Era indubitablemente un caso para Amado de los Santos Dionisio Luna.
II.5

La pobre se veía tan abandonada en el baño de va­por, tan íngrima, como la últi­ma sirena en una arrecife del mar del Norte en pleno invier­no.
Tal exhibición de pena y abandono, no podía dejar de mover el espíritu generoso del profesional del amor, quien llegó a entender que lo que tenía que pasar, sería una especie de sacri­ficio en el que un hombre acostumbrado a la serenidad de las justas pro­porciones, se entregaría a los caprichos de una hembra bizarra y acaso peligro­sa.
Por tal razón, consciente de su épica resistencia al deseo de salir corriendo, el Doctor Amóribus se mantuvo de pie, erguido hasta el deli­rio, al tiempo que veía avan­zar a aquella entidad, mitad tlaco­nete mitad octopus, sin que usara sus pies, reptando con la ayuda de las manos, jadean­te y sudorosa, en los diminu­tos ojos hundidos allá en el fondo del escombro de la car­ne, el brillo de la felicidad ansiada.
II.6

Seguía murmurando "sonno Donna Maradonna" de forma automáti­ca, como si no conociera otra frase o estuviera en medio de un trance hipnótico.
Lo increíble es que con el terror que estaba creciendo ahora sí en su espíritu de consultor estoico y sentimen­tal, el arma guerrera siguiera apuntando al cenit del universo en ángulo de cuarenta y cinco grados precisos, como si ella por su lado, por vo­luntad autóno­ma, hubiera deci­dido entrar en fiera batalla contra aquella mole, aunque la mente, el ánimo de quien la sufría blandiéndola a su pesar, comenzara a reblandecerse.
El amoroso se hizo fuerte contra la cobardía. Otras hazañas, acaso más peligrosas, le habían fortalecido el tem­ple. Se dijo a sí mismo que estaba dispuesto a soportar todos los tormentos con tal de redimir a aquella entidad de sus sufrimien­tos y que se por­taría como un auténtico misio­nero del amor, dispuesto como estaba a sobrellevar vejacio­nes e incurias y cualesquiera consecuencias posteriores, con tal de ver aflorar una sonrisa en labios de Donna Maradonna.
II.7

La elefantiásica mujer ya estaba a su lado. Todo su cuerpo, con la respiración, parecía expandirse y contraer­se. Murmuró algunas palabras, ahora diferentes, que el mi­sionero del amor se esforzó en comprender:
-Forse un giorno il cielo ancora sentirá pieta di me.
El amante inmortal no sólo entendió la frase, sino el sentido de ella. Más aun, supo que la salvación del alma de esa mujer, dependía de lo que iba a suceder. Y también que la suya propia estaba involucrada. Comprendió que había pecado tozudamen­te, que había ofendido a muchas muje­res y a algunas --las menos-- había hecho fugazmente feli­ces, pero intuyó que tales buenas acciones pesaban muy poco en comparación con la serie de corazo­nes rotos y espíritus deshechos que dejaba en su camino y que tarde o tempra­no, algo, alguien, re­clamaría y él tendría que pagar.
Entonces fue cuando Amado de los Santos Dionisio Luna habló:

II.7

--Donna Maradonna -dijo alzando la voz que retumbó como en un teatro de ópera vacío-, si algún día el cielo se apiada de ti, ese día es hoy. Sí, Donna Maradonna, aunque yo no sea el ángel del señor, soy por lo menos un hombre dotado con lo que a la mayoría nos es dado y hoy lo pongo a tu servicio. ¡Toma tu espada, empúñala y comienza a labrar el recuerdo que te ha de sal­var el resto de tus días!
Donna Maradonna comprendió y supo aceptar el ofrecimiento. Sus manos acolchadas como las de un gato midieron diez dedos de brillo toledano del fuste masculino y ello bastó para que se iniciara el desfa­llecimiento de su cuerpo. Suspiros, jadeos, temblores, palabras mimosas, cánticos operáticos, gestos de pudor ofendido o de osadía, carica­turescas poses que el profe­sional del amor conjetu­ró aprendi­das en la larga disci­plina de mirar televisión y comer papas fritas y carame­los.
El amoroso supo que el caso era extremadamente quis­quilloso, y que si se excedía en un milímetro de lo espera­do, la mujer podría llegar a sufrir colapsos irreversibles que si no la llevaban a ella a la tumba, sí podrían dejar maltrecho al caballero del amor. De ahí que optara por pedirle calma, por acariciar sus par­tes más sociales, de modo que llegara a la meta sin tanto aspaviento y desbarajuste.
Lo que la mujer decía no era coherente, y algo hacía pensar en una cinta grabada, que no siempre coincidía con la situación.
Donna Maradonna estaba exta­siada con la cimitarra que tenía entre manos. Parecía ser la primera a su disposición, la primera, única y auténtica de carne y hueso (la verdad es que Amado no era como todos los hombres, sino que tenía intra balanum un huesito de leche, que en circunstancias propicias adquiría dureza de marfil blando y salvaba las situaciones y que si con Ratita fracasó en su primer intento, fue por falta de autoconciencia penal).
El júbilo ilumina­ba y hacía retemblar la inmen­sidad de la hembra. Su emo­ción iba aparejada con una curiosi­dad infan­til. Más que acari­ciar, lo que hacía era darle vueltas y revueltas a la fusta con las manos y con los ojos y divertirse intensa­men­te con una falta de rubor tan extraña que la hacía sen­tirse osada y luego ocultarse, como sucedía con la cabecita amoratada del tuerto, y la hembra seguía obstinada en quitarle el sombrero para darle sus más respetuosos saludos y rascarle la trompa con la uñita pintada de su dedo índice derecho y hacer que abriera y cerrara su bo­quita como si fuese un rena­cuajo niño, todo acompa­ñado de risitas y miradas a los ojos del misionero del amor como pregun­tando ¿puedo?, ¿voy bien?, ¿y ahora qué hago?
II.8
Como buen macho, el amoroso comenzó a impacientar­se, en diciéndose que si la hembra frondosa seguía trave­seando con su mosquete, tarde o temprano iba a disparar con las conse­cuencias terribles de que la mujer, acaso frustrada en sus expectativas de fornicio pri­mero, legal e inmiscuido, orgasmo clitórico y vaginal sin disculpas o desviaciones, se enojase e utilizara sus doscientos o más kilos para agredirlo intentando que él le fregara con el tontón la ton­taina, ya sea montándola o montándose, lo que terrible sería, pues dos placeres o alivios se aparejarían, el de la venida y el de que hiciera el horrendo favor de quitarse de encima.
Por todo ello el Doctor Angélico, convertido agora en San Benito del Amor, que no redimiría negritos africanos o indios cunas sino gordota tontaina en baño ejecutivo, decidió buscar­le el ángulo, acomodarla, encontrarle el lado correcto, manejarla con cuidado con el objetivo obví­simo de invo­lu­crarla a fondo, pero la hem­bra, sin duda de la especie mostriloi­de, no gustó para nada de tales manifesta­ciones y trasteos, que tenía su digni­dad y su cuerpo no era mueble para empujarlo de tal manera y en lugar de pro­piciar el ayun­ta­miento, lo que hizo fue imitar los empu­jo­nes, que amparados en la ley de la gravitación uni­ver­sal, lleva­ron al victi­mado monjito a caer cinco metros más allá, adonde se allegó la gordota con más celeridad de la imagi­nable, para proceder a un segundo empujón, más vigo­roso que el primero, y al segundo empujón siguió otro y luego otro, de modo que pronto el asombrado consejero espiri­tual comenzó a escurrir la sustan­cia de la vida por heri­das muy bien dispuestas y la elefanta mari­na iba pasando de la risita a la risota, a la car­cajada, al grito libertario y vengativo.
II.9

Cobarde sobremanera hubiese sido que Amado comenzara a gri­tar. Sin duda hubiese sido más fácil y expedito. Pronto hubieran arrimado los guardianes del inmoral orden. Pero el técnico del amor, que conocía sus responsabilidades y los riesgos a que se exponía con el desfogue de sus impulsos, concluyó que no iba a dejarse vencer por el volumen, pues que la calidad de su amoro­so continente había hecho calmar a bestias más tenebrosas y re­cor­dó la sentencia aquella de que
monstruos terribles hay en la tie­rra y en el mar, pero ninguno como la mujer
y muni­do con ésta y otras razones buscó la forma de resolver el conflicto, pues cada mujer tiene su punto flaco y cada problema matemático su incóg­ni­ta y su desaguadero, que en unas es la poesía y en otras el ha­cerse el desvalido y en otras el convertirse en fiera y en otras hablarles de escri­tores famosos o de películas buení­simas con final triste. Y mientras iba de un lado a otro empujado por Donna Maradonna, el sufridísimo se devanaba los sesos buscando el lado flaco de aquel en­gendro, que re­sultó ser, y lo supo el atribulado como por ilumina­ción, el llamarla como gatito
II.10

-Ven acá minina, pst, pst.
Con lo que permaneció quieta y su gesto de crueldad se fue re­blandeciendo y en vez de agre­dir, la hembra se dedicó a posar y luego, despata­rrada, ense­ñando el fulgor bermejo de su cara­cola, jugó con sus atribu­tos mamila­res echándo­selos al hombro y luego apri­sionándolos entre las piernas, y el paté­tico seguía psst, psst, al tiempo que pensaba que todo ser huma­no es como una com­putadora que de vez en cuando se desboca y hay que buscarle la tecla para que deje de estar haciendo lo que obsesi­vamente hace.
-P­ssst, psst, minina.
Y la mujer hacía una cabriola, y se ponía de perri­ta haciendo pipí y en su ros­tro crecía una furia de expectati­va, que el ecléc­tico supo desci­frar: quiere aplau­sos: pues aplau­sos lo dio.
Y ante los aplausos Donna Maradonna reaccionó de una forma perfectamente normal: paró en seco sus visajes y sus poses, de la misma forma que se detiene una computadora cuando le dan la tecla de control.
A partir de ese punto el capitán ya no supo qué hacer. Si volver a susurrarle psst, pssst, para que renovara sus esperpen­tos, o hacerle un nuevo acercamiento, más cari­ñoso y medido, en busca de sus zonas de erosión sentimental, o de plano hablarle de forma más racional exponiéndole algún tema de altura o simple­men­te ofreciéndole servicios de consultoría sentimental y/o erótica.
Por lo pronto tenía a Donna Maradonna inmovilizada, casi sin aliento, a la espera de la próxima movida.
Y de pronto se le alumbró el foco de las emergencias y optó por contarle cuentos de hadas muy particulares, donde todos los pro­tagonistas en lugar de acometer hazañas y matar en­driagos, se dedica­ban a desha­cer donce­llas, una tras otra, apelando siempre al uso de la sana imaginación y el más grande cinismo. Las donce­llas y las princesas --obesas en todos los casos-- resulta­ban más atre­vidas y feroces que los príncipes cabal­gantes, a quie­nes espera­ban desguarne­cidas del calzón y equipadas con una serie de apara­tos de placer y felicidad que termi­naban por dejar a los nobles caballeros desfa­llecidos y escarmen­ta­dos, si no despellejados y luidos.
II.11

Donna Maradonna a medida que las historias aumentaban en color y amenidad, se le fue acercando de nuevo al amantí­simo, sin usar su facultad humana de caminar erecta y sobre las plantas de los pies, sino reptando de la especialí­sima manera en que lo hacen los tlaconetes y se le terminó por adjun­tar de forma en exceso con­fianzuda, lo que por un lado hizo sen­tir muy bien al con­sultor de asuntos eróticos y sentimentales, ya que lo per­suadía de que sus dotes de seductor, tan necesarias para llenar a cabalidad su oficio sin defraudar a criatura a­tribulada alguna, y por otra comen­zó a preocuparlo, puesto que se vio rodeado por un aroma que le recordaba la chicharro­niza, la enorme paila con los trozos de cochino desollado, una especie de vaho entre aperitivo y nauseabundo, que salía en oleadas de ese magno cuerpo en celo y sus opulentos senos hallaron des­canso en el regazo del apoplé­tico y las pupilas de sus pezones extra­or­di­na­rios hicie­ron bizco para mirar al cabe­zón sin orejas que se aso­maba tímida, pero intrépidamente, pues sabía que la labor que iba a emprender, para honra, prez y alta gloria de su fama, sería com­parable a la de Da­vid: tendría que sedu­cir, vencer, derrotar, agotar y agobiar hasta dejar desfa­lle­cida a aquella homérica monta­ña de suspiros. Su proeza sería comparable a la de quie­nes derribaron con sólo trom­petas y buen pulmón las mura­llas de Jericó o erigieron a puro sudor y lágrimas la Gran Muralla China.

III. 12

El asunto había llegado a tal extremo y sinrazón, que no habría otra salida del labe­rinto sino acometer la puerta con el ariete, nada, nada de irse por las ramas y desanudar madeja, sólo llegar directo como aspirina al corazón --Joaquín Gutiérrez, ínclito poeta de nuestra parroquia, dixit--, a las entrañas de aquel te­rri­torio inhóspito: sería necesario buscarle la cuadratura a aquel huevo de tiranosaurio y se­guir el desfiladero que lleva­ría a Damasco y la ruta propi­cia para rasparle el fondo del ánimo y sembrar en la tie­rra de las especies de las entre­telas menos espacio­sas de la doncella el mejor elíxir de larga vida. El graví­simo pro­ble­ma --atribuible del todo a la falta de expe­rien­cia del profesional del amor en asun­tos de trato con pacien­tes o señoras de más de doscientos kilos-- era el siguiente: ¿Sería el yucateco caballero capaz de trasgredir los umbra­les de labios mayores, menores e intermedios, después de haberse quitado cor­tésmente la chistera, para llenar caver­nas que no por inexplora­das debían de ser poco anchurosas? ¿Al­canzaría el volumen indis­pen­sable para hacer tremolar la campanita de la alegría que toda mujer con más de tres dedo de coño y aun menos, tiene colgando del campanario y paladar ameno?
Es sabido que dudas y preguntas no caben demasiado en situa­ciones como la que afrontaba el hético --quién no recuerda que Don Quijote, Gargantúa, el Divino Marqués y otros valientes y desafo­rados, ofrecen ejemplos de cómo librar tamaños escollos-- y que lo pertinente era recurrir a una praxis más guiada por el instinto que por sesudas lucu­braciones.
Por encima y más allá de la pluma olímpica describir el embro­llo y mos­tren­cos lle­gues y retira­das, aco­meti­das que sólo al­canzaron cami­nos sin salida avergonzan­tes, por encima y más allá de toda imaginación pretender dar fe de lo que estaba suce­dien­do; lo que se pone en el papel es re­flejo distante, enga­ño, embe­leco, sombra chi­nesca, y todo ello llevó a lo que po­dría en­tenderse como un triun­fo más del aman­tísimo, o acaso un fracaso, nadie sabe bien a bien qué es la verdad y dónde reside el bien y dónde el mal: una íngrima gotita de ber­me­llón líquido cayó sobre el blanco mosaico, acompañada por un grito, que fue maulli­do, bali­do, ester­tor, arran­cando lento y piadoso y angustiante ­como una sire­na a la dis­tancia y fue aumen­tando, hasta termi­nar en una alarido desga­rrado y ate­rrador como de ruptura final del velo del templo, para entregar a Donna Maradon­na a la paz que ni siquiera pudo disfrutar y a Amado a la satisfac­ción del deber cumpli­do, que fue breve, pues entraron una suerte de caba­lleros vestidos con galas ejecutivas y guardaespaldas y sir­vien­tas de cofia, que se lle­varon a Donna sin dejar de hacer reveren­cias y lanzar sonrisas a Amado y agrade­ci­mientos, que no fueron sólo eso, sino monedas contan­tes y sonan­tes, dentro de un sobre plástico, un elegantísi­mo cheque con seis ceros y apenas el espacio en blanco para colocar el núme­ro corres­pon­diente, y ¡ah cortesía y pre­visión!, una pluma fuente Pericot-Malu­quier, con oro y marfil, que era sin duda la misma con que se había escrito la parte más vana pero signi­ficativa del cheque.




III. LA MUJER ARMADA CONTRA EL AMOR
IV. 1
Amado de los Santos Dionisio Luna viajó a Que­rétaro a ejercer su oficio de amoroso. El triunfo fulgurante en el caso de Donna Maradona le había tornado el ánimo y sosegado las añoranzas de Ratita. Los padres, parientes y allegados de la voluminosa doncella habían organizado el vaporoso sainete con todo sigilo y la operación había resultado limpia y con un nimio expendio de sangre. La billetera llena y la certeza de que estaba cumpliendo la misión de su vida, le obligaban a cumplir la promesa hecha a su clienta más aficionada. Treinta y cinco cartas había enviado la pesarosa, y entre juramentos de suicidio y frases en extremo poéticas, le había suplicado de mil formas que la asistiera en su pena. La que se firmaba como Margarita Seca, no podía ser menos que una criatura dulce y despedazada por los azares nocivos de la existencia.
El pelo rizado, los ojos diminu­tos, del color de las uvas champañeras, bellí­simos, de brillo sedeño. El cuerpo mínimo, bien forma­do, armo­nioso.
--¿No estamos haciendo nada malo? --decía, angustia­da, aferrándose a la almohada, sus manos en heráldicas garras-. ¿Cierto que no estamos haciendo nada malo?-- murmuraba tensa, con el cuerpo rígido, el rostro volteado hacia la pared--. Tú me quieres un poquito, ¿no es cier­to, profesor de los Santos?
Y es que Margarita lleva cuatro años sin conocer hombre y casi ha olvidado todo lo que tiene que ver con los amores secos y los húmedos, si es que alguna vez supo de ellos. Es afectada por una sensi­bili­dad que la tortu­ra. O es que la ha sustituido por do­lor. Los hombres son sus ene­migos. De ellos no puede espe­rar sino agresio­nes, suplicios, humi­llación y burla.
--No me gusta hacerlo sin amor---- dijo, respon­diendo con besos medrosos que querían ser escudos contra la ansiedad de Amado. Marga­rita era un caso grave, deli­cado, una misión peligrosa, como todas, of course, se dijo el empecinado amoroso).
--Yo quiero hacerlo, yo quiero. Cuando leí el aviso clasificado y me atreví a llamarlo, al escuchar su voz, supe que usted era la persona indicada para ayudarme, comprendí que la vida tiene sus caminos--. Se esforzaba por volver a ser mujer, por aban­donar su condición mine­ral. A veces se dejaba ir por un momento, como entregándose al vértigo de sus instintos. Después sus manos volvían a crisparse, sus facciones se endurecían.
La mujer, en el acto de rechazar al hombre se afea, meditó nuestro filósofo protagonista, y en el de aceptarlo, cobra una inusitada belleza; no hay nada más hermoso que un rostro femenino en el instante previo al salto.
Parecía un tronco seco, en el que apenas se insinuaba una hoja indecisa y tierna. Las razones no mellaban sus aris­tas.
--Yo quiero --repetía obse­siva, y cuando su cuerpo se relajaba para aban­donarse al ardor e iniciar el camino ascendente hacia el bienestar, llegaba un momento en que todo se detenía y Amado podía sentir en su ros­tro, adherido al de Marga­rita, el fragor interno que le bro­taba en lágrimas.
Las primeras escaramuzas resultaron en fracasos. Amado batalló con mansedumbre y fe­. Era indispensable, antes que nada, tran­quili­zar a aque­lla pa­cien­te, liberarla de su enfermedad, irrigar su alma, convencerla de que todo es nada si se cree que algo es poco.

III.2

Hallábase vestida como para una bata­lla me­die­val. Sobre las pren­das discretas de lencería algo rústica, una malla de ballet y cubrien­do ésta, una espe­cie de corsé con ama­rradi­jos inconta­bles, luego un fondo de po­liéster de color anaranjado alucinóge­no, una falda larga hasta los tobi­llos que parecía tener 1 200 botones, como de monjita, su busto protegi­do por una blusa cerrada hasta el cuello y apretada con cordones severos de bota de explorador.
Las palabras dulces, los recursos más delicados, las argu­cias y atajos rumbo a la afortunada culminación, choca­ron contra los cayos sentimen­tales de Margarita. La dialéc­tica de la seduc­ción --Amado estaba comenzando a sentir resquemor en el pecho y seque­dad en la garganta y sospe­chaba que, ¡otra vez !, podía caer en el pozo sin fondo del amor, y creía ver en Margarita a la criatura que llega­ría hasta el puro asiento de su corazón vapulea­do-- o la fuer­za de las palabras fueron vanos frente a las justi­fica­ciones, fintas y evasivas de la renovada y terca donce­lla.
III.3

Mujer que no hace el amor en mucho tiempo, vuelve a la donce­llez, y para romperla hay que mellar un himen espi­ri­tual, aún mas flexible y re­sistente que el físico, apuntó en su imaginario cuadernillo de notas, reglas y conclusiones prácticas sobre la profesión de consultor erótico y sentimental. ¿Por qué no inicias un tratado, un manual, un decálogo, un florilegio de sentencias, profesor de los Santos?, se dijo. Con menos rocas se han construido castillos que llevan siglos de asedios, se respondió.
(Basta de lucubraciones, buen Amado, delenda est Cartago. Si no lo haces se nos duermen los lectores).
La voluntad del profesional del amor de rebasar el umbral de las resis­tencias de Margarita se hacía astillas contra la ce­rradura de siete sellos que le impedía a la graciosa enti­dad femenina aceptar como placer aquel torrente de fuer­za que parecía querer romper los diques de su piel. Su sensi­bilidad se había manchado de una substancia invencible y pegajosa. Cualquier sensa­ción agradable era una especie de castigo.
Amanecieron abrazados.
III.4

--Voy a ir a ver al psi­quiatra.
--No lo necesitas.
--Entonces, ¿por qué me da miedo?
--Es natural. Lo que necesitas es quien te quiera, y tenga la pacien­cia de tardar seis meses en desnudar­te el cuerpo, y luego, seis años en desnudarte el alma --. Exac­tamente igual sucede con todas las mujeres del mundo. El tiempo les corre de manera distin­ta.
Bravo, Amado.
Margarita es linda. Dis­tinta a todas las demás. No hay dos mujeres iguales, no hay dos instantes idénti­cos, la vida es una línea impía o compasiva, que se pierde en el vacío de los tiempos; no pode­mos hacer juicios de nada, no debemos planear ni sonreír ni padecer a fondo; todo puede variar, para bien o para mal, aunque bien y mal sean pala­bras de las cuales tampoco podamos tener certeza algu­na.
(Perdón, perdón, amables espectadores y mirones. Sepamos disculpar a nuestro amado. Dejémoslo vivir a fondo y regocijarse con palabras).
Marga­rita vive rodeada por un halo particular e inde­fi­nible, que se adensa en los ojos. No ha mirado a un hombre con interés desde hace cuatro años. Tiene enmohecido el corazón y cerra­das todas las puertas que llevan a su inti­midad. Tres días son poco tiempo para llegar hasta el fondo de esa casa en penum­bras, llena de trampas y fal­sos cami­nos. Amado sabe que no dispone de más --su amante dijo que se ocuparía del pez Gervasio tres días, nada más-- , pero está dispuesto a intentarlo. Los dioses de las almas rese­cas y de los grandes desier­tos del mundo, piensa, harán llo­ver sobre ese campo árido y lo obligarán a florecer.
La primera noche fue una especie de escaramuza de flores. A las doce suspendieron el tratamiento y salieron del hotel a caminar. Con extrañeza Amado se vio sometido a nimiedades y pérdidas de tiempo que sabe tienen parentesco con eso que llaman amor. Aunque no ha olvidado del todo a Ratita, ya logró superar la postración que su triunfo profesional y sus fracaso sentimental le otorgaron. De Donna Maradonna guarda un mechón de vello y la idea de que cuando allá arriba pongan las cosas de su vida en la balanza, acaso el acto heróico incline su destino trasmunda­no en el buen rumbo. Le preocupa la supervivencia del buen Gervasio. Toda felicidad tiene sus esquinas y sus grietas, se dijo añorando a su querido y huérfano pez.
III. 4

Se fotografiaron a la luz de los faroles en el parque, dieron más de diez vueltas a la cuadra conversando. Frente al her­mano de Margarita--hecho pedazos por un accidente, camina convocando a todas las fuerzas de la asime­tría y el absurdo-- le tomó las manos y se lanzó de picada hacia el desfiladero de sus ojos de color champaña, al tiempo que Marga­rita, le decía con aires campesinos ¡ay, Amado de los Santos Dionisio, cómo eres!
El amoroso le dijo muchas veces, sin hipocresías --por lo menos eso cree-- te quie­ro, te quiero, te quiero.

III.5

La más bella sonrisa de ten­sión resuelta, semejante a la de un corredor de maratón que hace el último esfuerzo y cruza la meta cansado pero radiante (insisto en que disculpen estas comparaciones, indulgentes y curiosos lectores: hay que atribuírselas al ya declarado héroe de nuestra historia: esté cronista no hace más que trascribir algunos papeles e interpretar lo que ve con el catalejo de su pérfida imaginación), se dibujó en sus labios. Parecía una lumino­sidad que par­tiendo de la boca irradiara hacia las meji­llas, hacia los ojos, cerrados en un rictus de dicha, como si en sus pupilas quisiera guardar la felicidad del cuerpo y la paz del alma por fin conciliadas.
--¿Cierto que no está mal? --. Entonces parecía más singular que nunca, y era como el asceta que mira al cielo y exige res­puesta inmediata y de viva voz.
--Si es algo que causa placer y tranquilidad, y que no ofende a nadie, no puede estar mal.
El sutilísimo perfume -- "antes de venir, maceré hojas de hierbabuena y las froté en todo mi cuerpo", había confesado Margarita. ¡Por Cristo, ésta es la peor traición de la vida! ¿Cómo podré jamás olvi­dar a esta mujer, este aroma, este instante? --invadía a Amado.
--¿Me voy?
--Sí, déjate venir, aban­dónate.
Mientras seguía musitando sus disculpas, en las pausas de su exalta­ción, abría los ojos chispean­tes de buen vino espumoso y pregun­taba, ¿cierto que no esta mal?, ¿cierto que me quie­res?, dime que sí, que un poquito, aunque sea mentira, ayúdame a justificarme porque me queman los remordimien­tos, yo había jurado a mi hija que nunca un hombre se acerca­ría a mí, y ahora mira hasta dónde has llega­do.
Detenida en medio de su felicidad, Amado le apar­taba los rizos de la frente, le colocaba sus dos manos en las sienes y la tran­quilizaba, al tiempo que Mar­garita seguía insis­tiendo, ¿cierto que todos lo hacen?, ¿por qué yo no?
--Sí, amor, todos lo hacen, pero no todos gozan. Hay que efectuar esta ceremo­nia con todo el corazón, con toda el alma, y hasta con los intestinos y disfrutar. Para eso fuimos hechos los seres humanos, para gozar los unos con los otros, las unas con los otros, sin torturarnos, sin represiones, sin temores.
--Déjame acariciarte --dijo. Luego permitió que Amado recorriera ya sin tantos sobresaltos con las yemas de sus dedos su rostro, sus párpados, sus brazos, su cin­tura, avanzando, conquistando, roturando aquella tierra que, abandonada tanto tiempo, se había tornado salvaje e inhós­pita, sin más frutos que las espinas, los cardos y las yerbas inútiles y las lombrices.
(Dejemos a un lado a las simpáticas lombrices. Bien se ve que nuestro protagonista no está consciente de la alta misión que tiene, c’ est a dire, redimir a aquella brillante obra de la naturaleza y liberarla del parentezco -¡ay! fatal- que la liga con los nematelmintos).
--¡Me duele! ¡No me toques! --. Sus palabras eran una invitación. Así lo enten­dió Amado, que continuó su camino por la ruta de sus cintura, transitando por ver­tientes y desfiladeros, rumbo a sus nalguitas de virgen renovada, buscando las vías de su felicidad, sus dedos jugan­do a las hormiguitas que bus­caban nido, su pulpa de mamey destilando frescura de amor.
III.6

Luego, cuando el caballe­ro sin sombrero se asomó a la puerta más íntima de su casa y comenzó a abrir ventanas para que entrara el sol a raudales, la niña misma fue quien quitó todas las cerraduras y fran­queó las entradas y dio un breve pero magistral golpe con su grupa, apoyando la parte superior de su espalda y las puntas de sus pies de manera que formaran un arco tenso y vibrátil, como la infanta que bajo el sol del amanecer tiene en la mano la manzana más bruñida de la creación y esa manzana es la parte mejor, la más sensible y dichosa de su cuerpo.
--Poco a poco-- musitó.
Ya habiendo recuperado la maes­tría del amor que todas las mujeres, incluso las más púdi­cas o desdeñosas, guardan para los instantes de revela­ción y esplendor, su cuerpo todo se convirtió en un manantial calmo y seguro.
--¿Cierto que no es malo? ¿Cierto que me quieres un poquito?
Ay, si yo supiera, si alguien en el mundo comprendiera y lograra expresar qué es el amor, pensó el estudioso de los afectos, si un científico aislara el virus pertinente y mediante exámenes clínicos pudiera tener certeza: "El examen serológico dio por resultado tanto por ciento de leucoci­tos, tanto por ciento de glo­bulos rojos y X% de virurs amoroso positivo hacia la receptora de nombre Margari­ta", entonces podría decir sin el más mínimo ápice de hipocresía: "Estoy cierto de que te quiero, estoy contami­nado de ti, lo prueban los exámenes del laboratorio y si no me correspondes moriré infectado hasta el último rincón de mi cuerpo y de mi alma". Mientras eso no suceda, uno anda por el mundo de las relaciones con las manos ade­lante, como los ciegos, ten­tando, a ver si da con la puerta de ese elusivo sitio que se llama amor.

III.7

Pero cómo decirle eso a una mujer que se entrega defi­nitivamente --casi todas tie­nen esa maldita costumbre: quieren que todo sea definiti­vo, no entienden el amor como un ensayo, como un proceso y un progreso hacia la dicha perfecta o la nada más escolástica-- :hay que decirles mentiritas que a veces resultan verdades, repetirles una y otra vez que las queremos y aderezar el asunto con poesía, hacerles el amor fingiendo que escucha­mos la música de las esferas.
Entonces Amado, que en ocasiones puede ser poeta, le soltó una estrofa que no supo de dónde salió:
Ayer
es nunca jamás.
Hoy es para siempre.

La poesía facilita las co­sas, las lubrica, las aceita, qué duda cabe, se dijo el profesor de los Santos Luna. Mar­garita volvió a tomar al señor sin sombrero y se lo incluyó hasta el últi­mo soca­vón de la mina.
--¿En el puro fondo qué sientes? --pregunto Amado.
--Creo que no tengo fon­do. Nadie lo ha tocado... que yo sepa.

III.8

El idilio se cortó porque Amado tuvo que regresar a Xalapa. No estaba seguro de que su amante titular e irresponsable se hubiera ocupado maternalmente de Ger­vasio. Los periodistas no se llevan bien con los peces. Cargar su con­ciencia con un animalito aban­donado sería no sólo bru­tal, sino absolutamen­te inso­porta­ble. Se puede abandonar a una mujer, nunca a un pe­rro, menos a un pez, que vive ence­rrado en una pecera y sin esperanza de redención, escribió ya en su casa nuestro amigo.
En el camino de regreso Amado iba pensando en Mar­ga­rita y Diana, su hija melancó­li­ca. Diana tiene cuatro años y comprende que su madre necesi­ta amor. En Juchique (habría que agregar que paciente y consultor hicieron un viajecillo a un pueblo cercano y... bueno, disculpemos los preámbulos y vamos a Juchique) salieron a caminar por la calle prin­cipal. Altos árboles sombreaban al paso de multi­tudes cargadas con flores para sus muertos.
Amado y Margarita (o Margarita y Amado) entraron a una iglesia y se besa­ron.
Mientras tanto Diana clavaba la vista en el suelo.
Extraña pareja hacen Margarita y Diana --pensó Amado--: madre e hija melancólicas, aisladas del mundo como en una burbuja, tal parece que ninguna de las dos pertenecie­ra a él.

Una semana después Amado recibió carta de Margarita. Decía "conservo las fotos que te tomé y la botella que sirvió para un uso poco romántico". Rememoró: cuando estaban en la habitación de su casa --"Quisiera hacer el amor en un sitio que no sea un hotel, dijo Margarita, me parece menos mercenario, más cercano a lo definitivo”--, se escuchó que alguien entraba. Margarita se transmutó, ahora sí qué hago, llegó mi hermano el celoso. Amado comenzó a reírse, pensó en las tradicionales soluciones, esconderse bajo la cama o en el armario, colgarse de una sábana sobre un abismo con aguas fragorosas al fondo o por lo menos con cocodrilos hambientos. Pero en lugar de buscar estos destinos permaneció tendido entre las hermosas sábanas, con las manos tras la cabeza, enlazadas sosteniendo la nuca. Miró a Margarita, la pequeña Margarita, caminar de un lado a otro, disfrazada con una inmensa camisa, a medida que los pasos de su hermano, mi hermano el celoso, se acercaban. La criatura corrió por fin a cerrar la puerta con llave, apagó la luz y se metió en la cama, temblorosa. El hermano entró en la habitación que quedaba al frente, separada apenas por un pequeño patio y un par de ventanas. Amado se ocupó de acariciar a Margarita, al tiempo que ella lo pellizcaba, muda de terror y acaso de emoción, no, no lo hagas, nos va a oír.
Hicieron impune y contenidamente el amor y durmieron abrazados. A las tres de la mañana nuestro Amado tuvo ganas de exonerar la vejiga, pero para hacerlo con dignidad y propiamente en el sitio socialmente asignado debía pasar al lado de la habitación del moro. Aunque no fuese imposible hacerlo y De los Santos partidario de la aventura, Margarita se opuso, tiene que haber una solución. Tomó la botella de vino que habían vaciado jubilosamente horas antes, hizo un embudo con papel periódico, introdujo la punta en la boca de la botella y dijo, listo, con lo que llegó el alivio del atribulado, pero no se solucionó lo pertinente a la higiene, pues que Margarita no pudo contener la risa y el temblor, y más de la mitad de líquido terminó cubriendo el suelo, las manos, el vientre de la servicial dama, motivo que les indujo a un segundo encuentro, aun más placentero y vigoroso que el primero.
Tal fue pues el uso poco romántico de la botella --que guardo, escribiría en carta posterior la bella, como fetiche, al lado de las fotos que nos tomó el noctámbulo en el parque de Querétaro.
Si no fuera un profesional disciplinado diría que otra vez estoy enamorado. Una prueba de ello, se dijo, es que no quise cobrarle ni cinco centavos por un trabajo tan minucioso y difícil. Otra, esta planta de hierbabuena con su tierrita fresca, que llevaré viva y perfumada a Xalapa como testimonio de este sueño.





IV. LA MUJER A LA QUE SIEMPRE LE DECÍAN QUE NO (O A MÍ QUE ME GUSTA EL TROTE DEL MACHO)

IV.1

En una fiesta de clase media -de clase media pendeja, agrega nuestro Amado- con cham­paña nacional, tama­les huaste­cos y gorditas, Amado Moon cono­có a Cayi­ta: ama de casa, pesa 54 kilos, es una espiga, un junco de mujer, un poema de Jorge Gui­llén, sobre ella crece curvo el firmamen­to compacto azul sobre el día y ella misma reposa central, sin querer, como una rosa, en medio de la tur­bamulta de los jolgorian­tes.
Tenía, y digo tenía, porque pronto, gracias a los buenos oficios de Amado no lo va a tener, el defecto atroz: esta­ba casada, pero tal desperfecto se hallaba paliado por una salve­dad: estaba mal casa­da. Simpa­tiquí­sima, cor­dial, chis­pean­te, agradable, parecía una mujer en oferta continua.
--Pesa lo mismo que un bulto de cemento --le dice su esposo, que por puro capricho del azar es arquitecto. "Constructor de casitas", aclara su mujer, que todo lo reduce, con su carácter infantil, a las dimensiones de su mundo de muñecas.
--Ay, amor, ¿por qué no me dices algo romántico? Dime que soy una margarita silves­tre.
¡Margarita, Margarita, quién regará tu jardín!, musita nuestro silvestre consultor sentimental
---Dime que soy una florecilla del campo, hasta una flor de plástico, pero no un bulto de cemento.
Amado accedió a ex­traer su violín del estuche. Era el Amati, de barniz caoba claro, que había adquirido en lance confuso a la salida apresurada del Teatro del Estado y que mantuvo escondido hasta que su propietario re­gresó desconsolado a Varso­via, donde, para fortuna de los dos, terminó lanzándose a las vías del tren con tan mal tino que no acabó donde esperaba sino en un hospital.
Era tan fiel, tan noble el ins­trumento, que volvía maes­tro al más torpe, y por ello Amado, aun en contra de la heterodoxia de sus dedos de picapiedra, logró conmover a Cayita, que se había sentado a sus pies a escucharlo, mien­tras el resto de los invitados se ocupaba de luchar contra el contenido de las botellas.
Esta tipa me gusta, se dijo Amado con algo de rudeza, y es digna de la mejor cama. Definitivamente, es un caso para el Doctor Amóribus.
Ella lo miraba agradeci­da, feliz, y expresaba su arrobamiento asiéndose a las piernas del artista del amor. Un trabajo de éstos lo hago gratis y hasta pago, agregó en su pensamiento, y, de paso, me cura de Ratita, Donna Mara­donna y Margarita. Y es que el profesional del amor le habían caído gravísimos con­flictos de conciencia: ¿Hasta qué punto había ayudado a sus pacientes a recuperarse de sus dolencias erótico-sentimentales, o hasta qué abismos terminó por sepultarlas? Uno de sus principios más recientes -le había dado al pobre por apuntar en sus cuadernos filosóficos por lo menos un principio vital al día- era no mirar atrás. No mirar atrás para no conmo­verse por lo que pudo haber sido el esplendor y terminó siendo sólo estupor.
Cayita se veía tan acce­sible, tan entusiasmada, tan rotundamente dichosa de haber alcanzado un momento de alta emoción en su vida, que habría caído allí mismo. Pero el sabio Amado conocía que el tiempo y el lugar podrían mejorarse, de modo que buscó despedirse con honor.
Antes de salir recibió de la dama un beso húmedo y pro­longado hasta la asfixia y el bochor­no, exac­tamente frente al mari­do de Cayita, que no deja­ba de ala­bar al violinis­ta, aunque el individuo no había escuchado sino los gri­tos de sus amigos y de su esposa.
Un hombre cortés --se dijo Amado--, es decir, un estúpi­do.
Y es que nuestro amigo, metido a filosofías, no tenía cuándo parar y se convertía en una máquina de postulados. Veamos los más recientes:
Para ser cortés hay que ser estúpido, porque no existe nada sobre la tierra y nadie en ella, que motive otra cosa que el insulto.

Postula­do que tenía su antítesis, como todos los de Amado, que creía fir­memente en San Pablo cuando decía bendito sea Dios que hoy sólo me he contadi­cho catorce veces.
La antítesis del postu­lado número uno era:
Todo y todos tienen su razón de ser y hasta el hombre más humilde puede ense­ñarle algo al hombre más gran­de. Con mayor razón las mujeres, que son hombres con alto grado de espiritualidad.

Amén.
La misma Cayita se en­cargó de limpiarle la mejilla a Amado con la manga de la blusa, al tiempo que le decía, mira nada más cómo te he pues­to. Y tal vaivén, se per­cató con sorpresa y agrado el amoroso, sólo buscaba ocultar un movi­miento maestro de dis­tracción, el de su otra mano, la izquierda (recordemos el papel histórico y ontológico de las manos izquierdas y no olvidemos que si uno no pudiera decir “a mano izquierda” estaría irremediablemente perdido en cualquier parte del planeta) que buscó risueña el certifi­cado de autenticidad y eficiencia mascu­lina.
Lo que no entendió Amado de los Santos Dionisio Luna como desvergüenza o impu­dor, sino como juego, al que respondió el muy vergajo bada­jo con un envión de cata­pulta, que fue complici­dad, promesa y amenaza. El bip-bip que había despertado Ratita seguía vivo, agaza­pado y son­riente.
Amado hizo un balance de la situación y de las in­cógni­tas del problema. El esposo, de lenguaje limitado, con metáforas que no escapan de las instalaciones eléctri­cas, las maquetas y los acaba­dos; su barriguita de veinte millones en el banco, su cre­dulidad, su confianza. (Es de los que soportan todas las ofensas, porque creen tener perfectamente domestica­da a su espo­sa. No saben que la mujer es una criatura que jamás, jamás, llega a ser domesticada del todo y que sólo la muerte termina con sus insidias y legítimas fantasías y que basta el toque sutil de un soplo en el ins­tante propicio, para que cai­ga en la aventura y el des­liz). (Este paréntesis no corresponde a Amado, sino al narrador, que soy yo, un tipo a quienes ustedes no conocen ni conocerán; o tal vez -confesémoslo- corresponde al autor, cuyo nombre es ...) Bah, dejémoslo ahí.
IV. 2

Cuando Cayita, en la segunda fiesta, comenzó a ver estre­llas de champaña nacio­nal, salieron los trapos al sol, ante la complacencia no sólo de su consorte, sino de los demás circumpresentes, que según pare­ce, esta­ban acostum­brados a repe­tir su pasmo y diversión ante tantos desacatos marita­les.
--Por eso me gusta el champaña, porque me hace ver estrelli­tas y luego no tengo que salir corriendo al baño a hacer inven­tario de mis tri­pas --dijo Cayita con la punta de la lengua (¡fres­ca como un filete del mejor lomo!) asomando entre los labios y en contraste con unos dientes del más espléndi­do brillo.
--Pero siempre me pasa --la pena y la súplica de perdón asomaron a su rostro--: que comienzo a decir verdades, ¿cierto, Tato?
Tato calla. La sonrisa de su rostro parece una instala­ción navideña que enciende y apaga. (Hombres como éste no pueden tener pena alguna, todo les resbala y les llega a los intestinos, que deben ser más largos que la deslealtad. Mensos de capirote, que en el momento de nacer ya traían las marcas de los cuernos). (Aquí hay un problema gravísimo: que el narrador, autor o protagonista traten de manipular al lector, dictándole lo que debe pensar sobre X o Y , anticipando lo que va a suceder, sembrando prejuicios y dedicándose a la abierta maledicencia. Sinceramente no hallo cómo salir de este aprieto sino permitiendo que la narración siga su curso).
Tato finge removerse incómodo por­que quiere hacer suponer que ya sabe lo que se le viene encima.
Señoras y señores: se inicia ahora la obra titulada "Tato y Cayita"
tomen asiento y disfru­ten.
--¿Tu crees --dice, dirigién­do­se a Amado que, como de costumbre, escucha con fingido desinterés, pero que siente a flor de piel al cu­rioso imper­tinente, batallando por salir­se de su pellejo y gritar ¿qué, qué? A ver, ¡cuenta, cuenta!, que me muero de curio­sidad, burp, burp, los chismes me llenan de gases la imagi­nación-- que Tato siempre me dice que no.
Tato le rascó la nuca a su dueña como si acariciara a un perro chihua­hueño.
--Y a mí que me gusta el trote del macho, me tocó un galope de burra vieja... Me casé con un hombre para que me dijera que no. ¿Qué pasa? ¿Tengo algún defecto?
Cayita se contonea, entreabre la boca, hace un gesto que re­cuerda a esa maravillosa criatura triste, sensual y cretina del cine argentino que fue... (llenar espacio en blanco ________ .
--Sé que estoy flaquita, pero tengo entusias­mo y puedo ser cabron­cilla cuando me lo exi­gen. ¡Bien que me gusta el trote del macho y aunque me zangolo­teen! Y, teniendo todo esto --muestra, exhibe, pasea, modela su cuer­po de muñeca de Tai Pei--, me casé con un macho, ¿será mula?, para que me dijera que no--. Finge llorar, mira al doctor De los Santos y a los concurren­tes.
Amado casi no puede sufrir la situación. El hembro merece un castigo ejemplar y la macha satisfacción inmedia­ta o devolución del pasado, con pompas, glorias y deleites apuntados en la columna de los haberes. Piensa que podría sacar allí mismo su credencial de paladín del amor y dar fin a aquella hazaña, que no se parecería en nada a los tra­bajos de Hércules, pero sí podría darle a ella un cachito de cielo, pasión y felicidad, y a él una tranquilidad de con­ciencia y un alivio del cuer­po, ambos indispensables para seguir viviendo.
--¿O es que porque a una le gusta el trote del macho le van a decir que es piruja desgastada y sin dignidad?--. Esnifea, busca que le soplen la próxima línea de su parla­mento--. Si no fuera por el trote del macho no habría ni Adán ni Eva ni...-- buscó un remate digno y se atrevió: --... una chingada madre.
Cayita mira al doctor Moon entre los velos de cham­paña. Lo exhibe con su palma abier­ta:
--Don Amado es un músi­co, un artista. Los artis­tas son muy comprensibles --.Se detuvo a reflexionar.
Tato no se sonroja ni se molesta. De todos modos es tan rubicundo y saludable que sería difícil adivinar su turbación sanguínea. La escena no sólo le debe ser familiar sino que la asume con resigna­ción franciscana, en la secre­ta esperanza de verla variar una milimicra en cada ocasión, conjetura Amado.
--No se dice "com­prensi­bles" sino "comprensivos" --acla­ra Tato --. Los artistas son comprensivos.
--Comprensibles también, por­que sólo ellos se dejan com­pren­der. Los demás se fin­gen pendejos. Y sin necesidad, porque todo hombre que no sea un artista es un pendejo. En­ton­ces, ¿para qué fingir?
Es más inteligente de lo que pensaba. El bruto es su mari­do. Todavía debe estarse preguntando si su mujer lo insultó o simple­mente puso una palabra tras otra sin meditar lo que de­cía, meditó Amado.
--Los artistas son muy comprensibles --dijo Cayita, satisfe­cha de la inmundicia que había comenzado a ver en el rostro de su esposo-- y es por eso que te voy a pedir, Amado, que vengas a la salita de estar, para enseñar­te las fotos de cuando yo era feliz y tenía las ilusiones encabronadas--. Miró vengati­vamente a su esposo.
IV. 3

Tato se opuso débil­men­te. A un tipo de estos hasta cagar le debe costar mucho trabajo.
--No comiences con lo de las fotos, mira que la vez pasada terminaste mal --gimió Tato.
Cayita lanzó un mugido y prácticamente le puso las nalgas en la cara a su consorte, tomó a Amado de la mano y se lo llevó a la salita de intimidad. Tras ellos fue Héc­tor Perez-Garcicrespo --el ino­por­tu­no, el bromista, el per­ni­cio­so del pueblo, el que de puro peste podía llegar a ser presidente muni­cipal.
Caya a no sólo mostró fotos de su espléndida adoles­cencia y de una infancia flo­rida, sino las pantaletas y el brasier, con el pretexto de que vieran que Tato, el salva­je, por lo menos tenía la decencia de comprarle prendas de calidad.
--¡Ofensa! --gritó Cayita--, existo como la reina del Nilo, más bella, deseable y propicia que la vieja Naná o que la mejor concu­bina de Harum Al Rashid, tan espléndida como Friné, que supo con su desnudez torcer la justicia griega, pe­ro solita­ria, infeliz, ay, jugando a las barajas con mis tarjetas de crédito en lugar de leer cartas de amor y de urdir intrigas galantes.
El certificado de mascu­linidad de Amado comenzó a protestar en contra de la re­presión de la portañuela. Se hacía imperativo mandar a Pérez-Garcicrespo a la sala de los borrachos para ver qué delicada empresa se podía iniciar con la pesarosa. Garci, hombre diplomá­tico, es decir, lerdo, su­po que la batalla estaba per­dida y aban­donó el campo en el ins­tante en que vio que Cayita miraba complacida el triunfo promi­nente de su soli­citud.
El amoroso, el consultor sen­ti­men­tal, que afirma haber sido siempre víctima de los desig­nios deleitosos e inefa­bles de las mujeres, no crimi­nal eje­cutor ni maligno seductor, se dijo que la bien nacida y mal amada de Cayita recibiría su merecido aunque la fiesta terminara a bala­zos.
Cuando Héctor Pérez-Garcicrespo salió, Cayita emitió un pro­longado suspiro e inmediata­mente fue a cerrar la puerta.
--No quiero que nos interrumpan --dijo--. Ven acá, artista.
Tomó al asesor sentimental de la mano y dijo que siempre había que­rido cumplir sus fantasías con un violinista, en un baño, po­niendo como testigo a sus muñecas. Entonces fue cuando Amado se pudo dar cuenta dónde estaba: un principesco baño con innumerables estantes desde los que era contemplado por cien­tos de ojos de muñecas.
-Y quiero hacerlo muy cerca de mi marido, para darle una lección al tipejo que siempre me dice que no.
Pare­ce que la pobre de Cayita, altamente insatisfecha y con un espíritu volcánico y un cuerpo en efer­vecencia, se había aficionado en secreto a las revistillas semieróticas y llevaba muchos años maquinando la posibilidad de traer a la realidad lo que en ellas se celebra. De modo que sus gestos y sus palabras resultaron caricaturescos, tanto que en ocasiones en lugar de emo­cio­nar al amoroso, lo que hicieron fue darle risa.
La champaña chispeaba en los ojos de Cayita cuando llevaba a Amado de la mano al baño. Imposible no admirar la habitación suntuosa, impecable, llena de muñecas, toallas y alfombras, que la muy sutil dice haber aderezado por años, a la espera de la oportunidad.
--Y tú eres el designado, Amado Luna, y espero que estés a la altura de mis sueños moja­dos.
Nuestro héroe se da cuen­ta de que la situación es muy comprometedora, especialmente porque dispone de poco tiem­po, menos de quince minutos, a partir los cuales los invi­ta­dos comenzarán a sospechar. Tato no, él jamás dudaría de su esposa o del presidente de la república. Cualquier científico del amor sabe que una mujer normal es como una pierna de cerdo, que requiere por lo menos de doce horas de maceramiento y una hora de jugueteos preliminares, para que el horneado esté en su punto.
Pero Cayita no es una mujer normal. O tal vez sí lo sea, pero la situación la ha transformado en algo diferen­te. Su metabolismo trabaja a gran velocidad y los jugos de su cuerpo corren ciclónicos y quieren manifestarse.
El resultado es una esce­na acelerada, en la que Cayi­ta demuestra su diligen­cia, la disciplina de su ima­ginación y la efectividad de su entrena­miento: prendas fuera. Uno: sentados en la taza; dos, de pie; tres, trin­chada y con las patitas ale­teando; cuatro, ella en pleno disfrute del trote del macho; cinco, Cayita re­mando contra corriente, en riesgo de caerse pero jubilosa. ¡Ayo Silver!, grita; seis, cochinito rostizado; siete, conejito mascando yer­ba; ocho, Caya Pompeya asume costum­bres de ternera; nueve, el amoroso bebiendo en la fuen­te...
Y todo ello re­sulta en un espasmo que le llega al Doctor Amóribus hasta el último fondo y le vacía de todas las reservas, y en un enloque­cedor zangolo­teo de Caya que parece estar su­frien­do un encontronazo que la vincu­la con las grandes mareas de energía del univer­so, entre gri­tos y risas des­medidas y ex­clamacio­nes de júbilo:
--¡Sa­bía que tarde o temprano esto iba a suceder, lo sabía, Amado de los Santos Dionisio Luna, ahora ya puedo morir tranqui­la, ya sé lo que es el amor, aleluya, ay, mi Tato, de lo que me has privado con tu pendejez.
Y justo en ese momento, como obedeciendo a la convoca­toria del instante de su des­ventura entró Tato al baño y se quedó mirando la escena, sin perder su sonrisa de luces altas.
Y Caya, todavía con el cuerpo de su deseo entre sus más íntimas prendas y la gran serenidad y aplomo de señora grande, digna y especial, dice:
--Precisamente estaba hablando de ti. Le decía a Amado que tú no has sabido enseñarme el trote del macho porque estás muy ocupado construyendo tus casi­tas de muñecas.
El bendito de Tato, entre las copas y el optimismo de burro con orejeras, parecía no entender el episodio. Pero lo que dijo dio a entender que no sólo lo entendía, sino que lo justificaba y perdonaba:
--Cuando terminen, vayan a la sala, que van a comenzar los cuentos verdes --dijo Tato y luego a manera de cariñoso regaño--: No sean tan antisociales, caramba.
El caramba le salió con dificultad, como si no estu­viera acostumbrado a pronun­ciar semejante palabrota.
IV.4

Nadie pareció extrañarse cuan­do el amoroso regresó algo maltrecho y solo a la sala, tampoco cuando Caya Andrónica volvió, diez minutos más tarde, recién baña­di­ta, perfu­mada con aires de vainilla y más feliz que la entra­da de la primera llu­via del verano.

La gran paradoja de Caya, recordaría Amado tratando de guardarla en un cajoncito aparte de Margarita y Renata, no era su aparente inge­nuidad y su en­trega desor­dena­da al trote del macho, sino las cosas horrorosas que sa­lían de su boca con gran tran­quilidad mientras estaba disfrutando. Dijo haber conocido a un ase­sino que mataba a mucha­chos, y que su método de tra­bajo era el siguiente: en el momento en que los tenía encu­lados, los ahorcaba con su corbata, por­que según él no había nada más hermoso que los estertores del esfínter en el momento de la muerte. El doctor Moon ya conocía esa histo­ria, pero con gallinas. Pensó con mayor sutileza en Caya, en su espo­so, en los con­currentes. Por un ins­tante tuvo la sospe­cha de que había sido objeto de una burla cru­delísima. El mismo rostro de Caya, visto días después cerca de Chedraui, se veía ajado, y su cuerpo había per­dido su condi­ción de espi­ga.

¿Qué opinión tendría el ino­cente de Gervasio, recluido en su monasterio, de semejan­te jugarreta de la realidad? ¿El hecho de que no hubiera cobrado los dos últimos trabajos implicaba un reblandecimiento del profesional del amor? Las reservas de dinero se estaban agotando. Una semana más y no tendría dinero ni para comprarle tortillas a su íntima mojarra y pez amigo. La bruja de la renta ya había comenzado sus rondas mensuales. ¿Qué hacer? Necesitaba con urgencia mortal una clienta generosa. Estaba dispuesto a emprender cualquier hazaña… Menos enamorarse otra vez.




V. CLEOPATRA MARTÍNEZ
V. 1

Amado tuvo una disputa sorda y feroz con su amante oficial. Rechazó las objeciones de la periodista a su profesión de consultor sentimental. Según ella, no es la necesidad económica la que lo impulsa a revolcarse con cualquier pesarosa, sino una insufrible tendencia a prostituirse. El resultado es que Amado decidió acabar de una vez y para siempre con esa relación miserable e infeliz. Mandó a la periodista al diablo. Una vez que cerró la puerta tras ella, se lavó las manos con alcohol, las secó minuciosamente y tomó el violín. Era un tesoro, comparado con el cual el resto de la creación palidecía. Ninguna mujer valía lo que su Amati. Que Dios tenga en su gloria al polaco y que le suministre los mejores violines del paraíso, se dijo. Para calentar, hizo todos los ejercicios elementales de Kaiser. A las doce de la noche emprendió la interpretación del método de Mathieu Crickboom, desde el volumen primero hasta el tercero. El cuarto volumen lo dejó a un lado: se trataba de disfrutar, no de padecer. A partir de la cuarta posición Amado se reconocía inepto. A las tres de la mañana ya se sintió listo para tocar su selección completa de sonatas. Gozó a Mozart y a Weber, e incluso llegó a entonar coherentemente la Sonata número 12 de Paganini. Los vecinos habían comenzado a tirar piedritas a las cinco de la mañana, pero Amado no les prestó atención. Que se pongan tapones de cera en los orificios de la audición, como yo, cuando ellos me incordian con sus fiestas dementes. Satisfecho de sí mismo, guardó el Amati a las diez de la mañana. Doce horas de violín lo habían dejado dispuesto a luchar contra los batallones enteros de filisteos. Si fuera necesario, se pondría con su atril japonés, sus partituras, su Amati, su cara de rabino de Eilat y un som­brero en el desacansillo de las escalina­tas del Parque Juárez: con seguridad ganaría lo suficiente para alimentar a Gervasio y des­preocuparse de las metafísicas de la alimentación. Ninguno de los músi­cos pobres venidos de Naolinco o Xico podrían hacer­le som­bra con sus violines fabricados a serruchazos. Se lanzó a la cama como a un limpio estanque en el río de su infancia.
Cuando despertó, vio que Gervasio se removía inquieto en su acuario. El menú de tortilla desmenuzada parecía no agra­darle mucho. Sería necesario comprarle alimento especial. En el Chedraui vendían una especie de papilla de tiburón y merluza que qui­zás acabara con la melancolía del amigo pez.
Salió a comprar la papi­lla, comió una explosiva y pasajera torta de jamón de queso y chile chipotle, retornó a casa, asperjó el alimento sobre el agua, y sin ver si Gervasio se alegraba, volvió a la calle dis­frazado de Polifemo, sin otra esperanza que repetir la ruti­na de siem­pre: tomar un café en La Pa­rro­quia, ir a cine, volver a casa, hacer unas cuantas escalas en el violín y tener los deleites sicarios de pensar en Ratita, de modo que durmiera bien, para salir a trotar por los senderos del Macuiltépetl al día siguiente lige­ro de secreciones. Cumplió con ir a La Pa­rroquia donde vio a los de siempre diciendo lo mismo de hace diez años. Por for­tuna se encontró con una mujer que le pidió un cigarrillo y dijo llamarse Cleopa­tra Martí­nez. El rostro apetecible, la piel blanca y jaspeada como una manzana de California, sus deliciosos ojos cla­ros, su precio­sura, opaca­ron por unas cuan­tas horas la tristeza sin tregua que estaba enfer­mando al amo­roso por culpa de la Ratita, por la distante añoranza de Marga­rita y por el resto de las mujeres que toda­vía, ay, le faltaban por cono­cer, trabajar y disfrutar.
Cleo estaba deprimida --ajá, se dijo Amado: mujer deprimida no habrá en esta tierra mientras la flor de la vida aliente en mi pecho y los bichitos de amor sigan navegando rumbo al sitio a donde nunca han de llegar-- porque su actual enamorado estaba recluido en Pacho, a causa de un crimen no demasia­do trágico ni demasia­do leve: le había astillado el tabique nasal a su muy erudita proge­nitora, quien lo denunció menos pere­zosa que tarda, solicitando una indemnización equivalente al monto total de los sueldos malhabidos por su hijo en un año de insolencia y antesalas.
--Me siento muy sola --dijo--. Mañana voy a visitarlo a Pacho y me quema la angus­tia. ¡Ay! --suspiró y el suspi­ro fue un flechazo al hígado de Amado, que no puede sino sufrir males ajenos, sobre todo cuando son mujeres las pesarosas--. ¡Ay, necesito compañía!
Todo podrá ser Amado, menos enemigo de las desvali­das y abandonadas. Ultratataranieto de un caballero muy afamado, nuestro protagonista no puede luchar contra su destino y su alto linaje espiritual. Por ello, decidió acompañarla en su pena y en su cena.
La llevó a comer en La Casona. Ella, naturalmente, no quiso aceptar que él pagara (afortunadamente, pues el dinero no le hubiera alcanzado al artista del hambre), como debía ser, sino que, a cambio de los treinta pesos del im­porte, sugirió:
--En vez de pagar la cuen­ta te propongo que compres una botella de vino del Rihn y vaya­mos a tomarla en mi casa.
V. 2

Llegaron al lugar, no muy lejos del centro, por un rumbo de calles empedradas que le recordaron al soñador una estrofa de Juan Ramón Jota
Esa siniestra avenida
por donde nadie ya peca
bajo el árbol de la vida.

Cleo respon­dió a la agresión poética con un hum y abrió la puerta de su casa. Le hizo recorrer la edificación, bastante extraña, longitudi­nal, cuarto tras cuarto, con un patio que cul­minaba en un ángulo superagudo y un pequeño basurero con testimonios de pasadas cele­braciones. Luego se sentaron sobre una piel ruda, que pare­cía de vaca alopécica. Cleopa­tra puso en el equipo la ine­vita­ble pieza de Ravel y preguntó:
--¿La conoces?
--No --mintió el amantísimo.
Cleo fingió quedarse extasia­da, escuchando los coros del pa­raíso, y Amado no pudo evitar el lugar común:
--El leit-motiv del Bole­ro es la metáfora musical más perfecta del asedio amoro­so. --¿Enton­ces sí conoces la pieza?
--Sí.
--¿Por qué di­jiste que no?
--Por presumir de igno­rante.
-Bah, dijo Cleopatra, eres un intelectual. Sólo eso me faltaba.
Amado se lanzó a construir una teoría sobre cómo llegó Ravel a componer su pieza cimera, sin percatarse de que Cleo había quedado hierática, en un éxtasis de contempla­ción, arrasado el rostro por lágrimas, como si la pieza le estuviera lastimando las ca­rúnculas lacrimales y los géneros sutilísimos del alma, y sólo condescendía a bajar para prender un nuevo cigarri­llo y endilgarse un buen trago de vino de Coatepec --pues el dinero de Amado no alcanzó para el del Rihn--, de modo que hacia el final de esa esquizofrenia musical, el cenicero estuvo lleno, la botella vacía y la mente del Profesor Amóribus distante de comprender el rumbo del evento, y viendo que la criatura había quedado fija en su pose y que no exisitía otra cosa que hacer, el deso­rientado obedeció a su instin­to más tozudo y comenzó a acariciarle las piernas sin que ella aparentara darse cuenta. Salió por fin de su transporte y comenzó a hablar, con los ojos vacíos, como si estuviera frente al espejo.
Dijo que cuando abandonó a Remo Varrón --su primer amante, escritor, y por lo tanto maniático-- hizo el descubrimiento más preciado que puede tener una mujer: la autodeterminación, que es la forma más alta de la libertad, y que ello le permi­tió tener sanos amores con Mijail, un violinista ruso, alto, genial, fuerte, y con un locutor de radio que se creía San Juan Bautista, de rostro bello y sereno, pero un autén­tico degenerado.
Amado contempló a Cleopatra con cariño de oncó­logo. Creyó encontrar que, tras la efusión, había asumido una entereza incluso tan ex­tremosa como el dislate ante­rior, pero halló en la estatua el enorme defecto del habla, con la que insistía en expla­yarse sobre la autodetermina­ción, repitiendo insistente­mente las mismas ideas en diferentes frases que lleva­ban a la inferencia, no muy consoladora, de que la mujer sentíase dueña del universo y de todos sus dones.
--Soy una mujer libre, disfruto de vivir al día y amo a todos los hombres que consi­dero dignos de mi lecho.
--Yo también soy un soli­tario, y quisiera estar enamo­rado.
V.3
Cleo lo miró con sorna.
--Pues yo no quiero estar enamorada. Eso es para entida­des inferiores.
Mostraba despreocupada­mente el nacimiento de sus humildes y torturantes senos, estaba sentada en flor de loto sobre la piel de vaca alopéci­ca, exactamente frente a Amado, que seguía acariciándo­le las piernas e intentaba por todos los medios mantener viva la conversación, temeroso de que el silencio rompiera con el buen ritmo de lo que estaba en proceso.
Cuando Cleo fijó los ojos en el techo y dijo estar sintiendo que una fuente de energía se hallaba próxima, Amado supo que era el momento de ir en busca del más allá. Metió cautamente las manos hasta el fondo, tantean­do el nacimiento de sus panta­letas y en el instante en que ya las tenía asidas con las primeras falanges, Cleo di­jo:
--A mí me pasa lo que a José Donoso, estoy habitando un lugar sin límites, pero no puedo salir a la luz--. Y luego, como percatándose del tren en marcha, agregó:
-Detente, no vayas más allá.
--No me doy por venci­do --dijo enternecido y toez (suplico disculpar las licencias de nuestro protagonista: “toez” según nuestro erudito es el sustantivo que corresponde al adjetivo “tozudo”) por la dura roca de su indiferencia--. La vio apurar las últimas gotas de vino, ponerse de pie y avanzar con pasos de Isadora Duncan rumbo a la Acrópolis, apagar las luces y prender una vela. Volvió a sentarse, en la misma posi­ción, y a ponerse en trance budista.
--La energía crece --dijo.
Amado repitió "la energía crece" y con habilidad de mago logró apoderarse de la pantaleta casi sin que Cleo se diera cuenta, tras lo cual hizo buen uso de sus dedos índice y medio. Extremó la pericia y la circunspección, pues la perla bruna y brillante de Cleopatra era esquiva, apretada y avara. Cleo avanzó un suspiro que podía entenderse como de re­signación y entrega al desti­no. Sin brusquedad apartó los dedos indiscretos, se puso de nuevo de pie y fue a sentarse a la mesa del come­dor, donde colocó un codo a manera de pensador. Quince minutos estu­vo en aquella actitud y Amado fue lo suficientemente caballeroso para darle espacio a que saca­ra las cuentas, pusiera su cabeza en claro y tomara la determinación perti­nente. Mientras tanto y por si acaso servía de algo la ayuda vi­sual, el amantísimo procedió a desnudarse (¡Ay, querido personaje, hijo mío! ¿De dónde sacas que las muje­res se excitan mirando a un hom­bre desnudo? Bruckner y Fin­kielkraut ya probaron expe­ri­mentalmente lo contrario) poniendo en la ceremonia un granito no muy ostentoso de picardía y arte dancístico --que también había sido baila­rín contemporáneo en sus años mozos nuestro heroico consultor y sabía caminar con donaire cuando la situa­ción lo requería.
Terminada la se­gunda estación, la misma Cleo fue quien se acercó, se tendió al lado del Profesor Amóribus y ofreció su cuerpo a las atenciones, sin dar indi­cios de que estuviera pade­ciendo o disfrutando de emo­ción alguna. Súbitamente y como si hubiese tomado una decisión mortal, tornó su rostro sublime hacia donde estaba don Pomponcio, asió el mango y se prendió del pomo con su boquita de rosa imperial, (¡Típico, típico!: la mujer mira la taguebra y cae de rodillas como ante la imagen misma del Señor) chupándolo juiciosa­mente y con deleite de pecado capital, tan sin preámbulos, que más que placer fue el asombro.

V. 4
VI.
Tal vez intenta demostrar que todo su discurso sobre la autode­terminación, la libertad y la falta de repre­siones, no es sólo teoría, sino una praxis vital, distan­te de toda retó­rica, se dijo Amado, tratando de acallar a la seño­ra conciencia.
Hela ahí, pues, como una anónima criatura de la noche chupe y chupe, con demasiado énfa­sis pero sin arte, sin placer, como si estuviera en competen­cia con la opinión que tenía sobre sí misma. Cuando el engendro femenino apartó su rostro, Amado pudo entre­ver en el claroscuro la sombra de un gesto risueño que quería tal vez decir, "¿Viste?, che, así somos las mujeres ejecuti­vas, directo al corazón de la no­che". En ese instante el Doctor Amóribus sintió un olor hostigante --¿atún enlatado, caviar ruso, hydrosaurus gerimoia?-- que le preocu­pó, mas no lo suficiente, que en cuestión de prioridades el placer venal estaba antes que cualquier reserva olfativa.
Entonces, guardándose las reti­cencias, Amado se vio forzado a reciprocar y para ello inclinó su cuerpo a con­tracorriente y buscó su flor de calabaza, incluso más olo­rosa de lo socialmente acepta­ble
reía más que las fuen­tes
olía más que las rosas

y en esas estuvo hasta que la criatura comenzó a arquearse y a suspirar. ¡Lista!, gritó por fin, y Amado imaginó que el grito era como el silbido de una cafetera, como una campana llamando a misa, como el sonido de la torta alquími­ca en el momento en que se logra el oro de los pertinaces y supo que ahora se trataba de pasar a otra cosa, la tercera estación.
V. 5

De modo que le buscó la tapadera, girar hacia la izquierda, pero ella, con un movimiento veloz, en lugar de dar la cara, lo que dio fue las galas de estribor y le entregó no su coñito chapo­teante como el hocico de la peor bestia de Cthulhu, sino un apretadísimo anillo cuya doncellez parecía fuera de toda duda.
Y así fue como concluyeron, felices el uno y la otra, aunque acaso menos dichosa la señora, que tras el acto se removió e hizo amagues de dar a entender que mejores conten­tamientos le habían propinado Varrón, Mijail y el Bautista, aunque de todos modos pareció disfrutar del abrazo posterior y en tal circunstan­cia y mane­ra siguieron hablando hasta que ya nada los unió, pero en el interregno Cleopatra decla­mó párrafos enteros de La vida es sueño, lo que llevó al ingenuo de Amado a gritar por enésima vez que había encontrado a la mujer de su vida, entusias­mo que le permitió recoplilar nuevo ánimo para iniciar un segundo encuentro y cuarta estación. Que comenzó dándole besos supuso de amor a los que si­guieron el uso de su bastón de tuerto con el que le reco­rrió todo el cuerpo a la ninfa haciéndole cosquillas, que motivaron un veloz y sospecho­so viaje al baño, un regreso apresurado y renov­ados y sucu­lentos besos adonde terminan las últimas venas del penas, nobleza obliga.
Amado volvió a dar ósculos profun­dos, prolongados e intensos, en donde lo ameritaba la si­tuación, mientras la trabajaba con los sutiles dedos de aurora. Nuevo suspiro trascendente de Cleopatra, que dio la señal para el segundo gran encuentro de las almas. Que fue terminado con gusto y razón suficientes, manque la dama siguiera insistien­do que había faltado algún ingredien­te, con lo que Moon estuvo entre sí de acuerdo, pues, y luego analizando la situación se daría cuenta, todo había sido extremada y francamente fácil. Pero en fin, la ilusión tenía algo de porvenir y acaso res­catara a Amado de los Santos Dionisio Luna del bache de su vida, de los recuerdos nostalgiosos y las tristezas y malas recidivas que le habían dejado pasados amores, no todos tan mercaderes como el profesional del amor quiso hacerse creer a sí mismo.
Y una vez agotadas las fuentes, era necesario hacer algo para llenar los vacíos. Bañémonos, dijo Cleopatra Martínez inspi­rada, bañemonos al ritmo de Malher, ¿qué te parece la idea? No era mala ocurrencia, que el agua purifica y revive, como pudie­ron comporbarlo inminen­temen­te, en particular el consejero, que tenía del agua, los baños, las cascadas y los ríos muy buenos recuerdos, a los que convocó el aromoso, al tiempo que hundía su rostro en la espesu­ra, agora con mayor placer, pues el olorcillo atunesco había sido sustituido por otro más amable como de alga azul­verdosa recién sacada del mar. Le enterró pues el rostro en la dulce guarida, sentado en el piso del baño, poniéndole ambas manos en los respectivos blanquísimos tafa­narios de la sílfide, y Cleo­patra de nuevo recurrió a su mejor hieratis­mo, con los ojos fijos en el azur del altísimo infinito y el cuerpo simulando cariátide, el agua le bajaba por el riza­do cabello, escu­rriéndo seno abajo por el canal, rumbo al ombligo de vermis y con­cluía en el racimo de la vida cuyo zumo mejor destilaba en labios del esforzado andante. Y cuando tras varios estremecimientos Cleo salió de su mutismo e inmovilidad, decidió bañar por completo al profesional del amor con una barra de color rosado que general­mente se usa para lavar ropa fina y que se llama jabonsote, que lo dejó oloroso a sirvien­ta saludable y pulcra, en el amanecer xala­peño.
VI. 6

Al despedirlo, no con un beso promisorio y cómplice, sino con un sorprendente apre­tón de manos y un gesto en los labios que bien pudo ser de desprecio o burla, ella estuvo a punto de cerrarle la puerta en la magna nariz de judío de Eilat, pero él, detallista y simbólico hasta la pesantez, decidió dejarle como prenda una canción compuesta espe­cialmente para la celebrar la noche y que cantaría a cape­lla, cosa que Cleo no supo apreciar en toda su grandeza: le dijo que se apurara a sa­lir, pues dentro de cuatro horas debía estar a las puer­tas de la prisión de Pacho para hacerle visita conyugal a su amante del mes.
Amado emprendió el regreso a su casa pensando cuán sorprendentes resultaban ser las mujeres que en los últimos tiempos había tenido la buena o la malafortuna de encontrar y meditando si no sería conveniente dejar a un lado la profesión de consultor y dedicarse a afinar, con la ayuda de Fritz Kreisler, cier­tos problemas de digitación que le impedían superar el estadio de eterno aprendiz.
En llegando fue a conver­sar con Gervasio al tiempo que le daba de comer la bendita papilla comprarda en el Chedraui y que el sirénido pare­ció despre­ciar del todo.
--"Yo he logra­do eliminar por com­pleto el sentimiento de cul­pa", repetía Cleopatra. ¿Tú crees, Gervas, que eso sea posible?
Gerva­sio vio caer impunemente al fondo la papi­lla y se dedicó a mirar a su amo.
--Es una de esas tipas que presumen de todo lo que hacen y que siem­pre parecen estar diciendo "mira, mira cómo disfruto". También se interesa en demostrar que no tiene metas, nada le inte­resa y quiere ser una persona co­mún, sin impor­tan­cia, una mediocre. "Sólo espero ser feliz y hacer feli­ces a mis amigos", eso dice. Tal vez tenga razón. Eso de aspirar a la excelencia y a la geniali­dad es terrible. Sólo los hombres grandes se suicidan. ¿Crees que eso sea cierto? ¿O será al contra­rio?
Ahora Gervasio lo mira de reojo. (¡Cretino!, gritó la seño­ra Antiparra, todos los peces miran siempre de reojo).
--¿Sa­bes, Gervais? Cleopatra vive sola, trabaja como modelo publicitaria, huyó hace veinte años de casa del inso­portable de Varrón, y después de abandonarlo, se dedicó al hedonismo.
A Gerva­sio eviden­temente no le inte­resa el chisme. Por primera vez se acercó a oler la papi­lla, poniendo su cuerpo de saeta en ángulo de 45 grados con res­pecto al fondo de su pecera, y rápidamente huyó hasta el otro extremo.
--¿No te gusta? Se llama Tetrapez y contiene harina de pescado, avena, trigo, camarón, aceite de hígado de bacalao, vitaminas y minerales. Come, come. Tal vez llegues a ser un tiburón o una ballena azul.
Gervasio no se dejaba convencer.
--Dice que la primera vez que se encerró con el Bautista duraron catorce horas haciendo el amor, ¿qué opinas de eso? Un exceso, sin duda, un atentado contra la salud. Es la primera mujer que conozco que se refiere a su cuca con naturalidad, eviden­temente aprendida en los li­bros. Dice, por ejemplo, "cua­ndo mi coñito no quiere, por nada del mundo se moja", o "mi coño sólo suelta su jugo cuan­do hay cariño y atracción física, buena energía compar­tida".
Gervasio empujó la papilla con los traslúcidos labios. Amado fingió no mirarlo. Pensó acaso que su amigo consideraba el comer asunto en exceso íntimo como para hacerlo en público.
--Tiene el rostro de la Simo­netta Vespucci de Pietro de Cosimo y hasta creo que podría lucir un collar de oro adorna­do con una serpiente viva.
Gervasio parecía haber abierto la boca para engullir aquel alimento de parias.
--En fin, te dejo solo.
Antes de en­trar en su habitación le gri­tó:
--Y no te preocupes, que pronto voy a conseguirte una peza que sea de tu calidad y clase y que tenga la belleza del alma que considera Fray Luis de León indispensable para acrisolar el amor verdadero--. Amado se detuvo a pensar--: Ah, y que no sea feminista. Y si te causa problemas exis­tenciales, nos la comemos y buscamos otra y luego otra y otra, hasta que demos con tu amor ideal, que espero no sea una peza filipina excesi­vamen­te cara y sofisticada, eh, ¿qué tú dices?
Gervasio esperó que Amado diera la espalda para barrer con su cola aque­lla porquería de papilla. Pronto Amado estuvo de re­greso y entendió la razón de la turbiedad del agua.
--¿No te gusta? ¿Quieres volver a tu dieta mexicana de costumbre? Bueno, sea--. Y procedió a desmenuzar una tortilla no del todo fres­ca y a asperjarla sobre la superficie del agua--. Me re­gresé a contarte algo que considero importante. Algo que había guardado. Es lo si­guien­te.
Gervasio se puso de per­fil, convirtiéndose apenas en una línea con ojos a lado y lado.
--Cleopatra tuvo la desfachatez de sentarse en la taza y orinar frente a mí, a medida que seguía hablando. ¿Qué te parece? ¿Una mujer que hace eso en su primera cita no es de fiar? ¿Ha perdido por completo el encanto de la sutileza? ¿La borro definiti­vamente de la lista?
Gerva­sio asintió y comenzó a masti­car su tortilla.















VI. APASSIONATA CUM LAUDE
VI.1

Amado miró con moroso deleite el callo violinístico --esa mancha horrorosa que todo violinista que se respete debe portar como marca de Caín, herida de guerra y condecoración, signo de pertenecer a una raza aparte, en el sitio donde apoya el instrumento, bajo el lado izquierdo del maxilar y que él mismo amoroso como aprendiz no había desarrollado más allá de una llaga infame en sus tiempos de mayor furia y soledad-- y notó que estaba adornado por una pelusilla rubia, densa y trigal. La Korolenko tenía un callo violinístico extraordinario, fieramente visible. Otras violinistas de la Sinfónica usaban gaznés, bufandas, cuellos altos, para ocultarlos. La Korolenko lo exhibía como la mujer que anda con las tetas por delante simulando banderas de triunfo y estandartes de disponibilidad.
--Lo que yo necesito --dijo con un aire que el profesional del amor calificó 20% Mata Hari, 30% Ninoshka-Greta Garbo y el resto snob centroeuropeo-- son dos brazos que me abarquen, me guarden, me oculten, me hagan desaparecer. Leí el aviso clasificado y me pregunté qué diablos había detrás de semejante presunción. Por eso te llamé.
Antes que nada recitó su currículum. La Koro habla mejor español que Juana la Loca. Ha estado en España, Cuba y Chile, siempre como primer violín y espectáculo incomparable, con sus terciopelos del viejo régimen, sus aires de personaje de Broch y su insufrible sofisticación. De todos los países ha archivado gestos, manías, tics, expresiones, acentos, modismos, de modo que resultaba un especímen verdaderamente inclasificable.
--Si te bastan dos brazos --respondió Amado-- creo que tengo la solución justa a tu medida: un chimpance de Mauritania, que tiene las extremidades superiores más prolongadas de los antropoides. O, si lo que quieres es vigor y no extensión: un gorila del Borneo, que posee bíceps robustos, peludísimos y arrulladores. Lo que yo te ofrezco es un corazón apasionado y un espíritu comprensivo, a muy bajo precio.
La Korolenko, que tenía como todas las mujeres que se dan su importancia, poquísima capacidad para entender ironías, o que prefería esquivarlas en aras de su hipócrita y bien montado espectáculo, despojó a Amado de la camisa. Estuvo recorriendo el torso del amoroso con deleite y cálculo de compradora.
--Lo que yo necesito es un torso para apoyarme en él.
--En la morgue, alias anfiteatro, del Hospital Civil, hay gran cantidad de torsos, algo fríos, es cierto, pero dignos de admiración, como todas las obras del Señor.
La Koro parecía estar en otra parte. Todas las mujeres, cuando están dispuestas a la entrega, fingen ausencia, acaso para después protestarse inocentes.
Desnudó su hombro derecho y lo acarició al tiempo que se revolcaba en su pasado. Dijo que su madre, a los 16 años, anduvo esquivando las bombas alemanas y que en un brazo portaba un fusil y en otro, una deliciosa niña rubia de ojos color sky blue.
Y para dar vida a tales historias, salió al jardín de La Quinta de Pérez, donde rentaba su pent house, disfrazada de revolución francesa, en un hombro portando una escoba y en el brazo opuesto una almohada, se tiró al suelo, avanzó a gatas y reprodujo el estallido de los obuses y los ruidos de las gentes al correr y el silbido de las balas y el estruendo de los tanques triturando los huesitos de leche de los niños varsovianos.
Los anteojos que soslayaban la horrísona nariz --los primeros, aparatosos; la segunda, digna de Cyrano de Bergerac, detalles estos dos discordantes en aquel portento de hembra-- y ocultaban sus hermosos pero glaciales ojos, cayeron, y la Korolenko, cegatona como era, tuvo que abandonar a su hija y a su fusil para buscarlos (anteojos, claro) entre las frondas de selva alta perennifolia del jardín.
Una vez que volvió a la compostura, asumió un papel rigurosamente apasionado, de mujer que ha vivido a fondo y tocado todos los límites de las emociones y perversiones y deleites humanos. "Soy tan vehemente en todos los actos de mi vida, que más de un hombre ha escapado de mí para no verse arrastrado a la locura o a otro destino menos elegante. Mi vida ha estado llena de delirios, no conozco la paz, cuando me entrego me convierto en esclava, en protohembra, en prostituta, en asesina. Si eres prudente debes huir inmediatamente".
Se puso el dorso de la mano derecha en la frente, con la otra mano trazó nubes de gasa en el aire, alzó la cabeza al cielo, dejando ver su callo violinístico, que se antojaba una bestia peluda avanzando hacia la tersura del rostro.
La Korolenko con un ojo miraba el empíreo sublime, con el otro espiaba las reacciones de Amado. Al verlo tan indiferente a su pasión en hervidumbre, le dijo que era un coqueto, un superficial, un témpano, una persona que no había tenido jamás acceso a la puerta de marfil de la creación o a la puerta de diamante de los sueños.
--Pos si yo soy coqueto y superficial, niña, vos eres una snob, una cursi y una gilipolla mastuerza.
--¡Mein Gott, qué asquerosas y poco discretas palabrotas! --gritó la Korolenko--: por eso, precisamente, por eso, detesto a los españoles. No saben dominar sus pasiones para convertirlas en arte: todo se les va en ajos y pasodobles.
Hacía un calor de aire inmóvil en pleno desierto de Arizona. En el curso de seis horas la Korolenko se duchó diez veces, y en todas las ocasiones hizo ostentación de su cuerpo lácteo y de su capacidad histriónica. Cada toalla era una túnica que la hacía variar de nacionalidad: fue hindú, árabe, zapoteca, mormona. Al final, con un turbante tunecino y un velo transparente pakistano, se dedicó a fingirse Tartini, y en el instante de emitir unas inimitables y casi imposibles de interpretar florituras, se le cayeron turbante, velos y así, desnuda y enfebrecida, vestida apenas con su callo violinístico y la pelambre de su resumidero natal, terminó la actuación, sudorosa, feliz, orlada por la certeza de que se había puesto en contacto con el espíritu mismo de la música.
Amado entendió: la Korolenko había demostrado con hechos, deeds, hazañas espirituales, su afirmación: era en efecto, apasionada en grado sumo, apasionada cum laude.
Tras el undécimo duchazo, perfumada y serena, la Koro regresó. Toda la función tenía que llevar a alguna parte y ahora la jugada debía correr por parte del amoroso. La tomó pues de los hombros y la tendió en la cama --una losa de concreto sobre la que se había instalado un colchón, cobijas inmaculadas, un ederedón mullido y una piel de oso blanco-- en posición decúbito ventral. Acarició su espalda con deleite y le recitó un poema.
A la très chère, a la tres belle
al tiempo que la Koro lanzaba exclamaciones más de afectación que de placer
Qui remplit mon coueur de clarté
como si ese cuerpo de juiciosa blancura fuera el pollo rostizado del amor, la hizo girar hasta la posición decúbito dorsal, para proceder a acariciarle los senos
A l'ange, a l'idole immortelle
los circunsenos y territorios del septentrión. De nuevo, una vez cumplida la labor milimétrica de besar, lamer, mordisquear, ramonear y acariciar el haz y el envez, pronunció
Salut en l'immortalité!
VI. 2

La Korolenko había caído en un estado de sumisión extraño pero consciente. La barnizó con lengua y aliento hasta el punto de no retorno, y la volteó hasta situarla en decúbito lateral derecho, primero; y luego, en decúbito lateral izquierdo, para no dejar zona sin visitar, y en cuanto su cuerpo ofreció la parte coherente de su persona, de nuevo en decúbito dorsal, Amado se percató de que la Korolenko tenía el rostro congestionado de los que llevan tres minutos de inmersión involuntaria, y que el vello aúreo de sus brazos habíase erizado y que el callo de su maxilar violinístico parecía un puercoespín a la defensiva. Amado, que se imaginaba sabio en asuntos de amores y otras enfermedades del alma y suponía conocer al dedillo los puntos de cocción de una hembra fogosa, conjeturó que era el momento de poner la mano justo a la entrada de la caverna de Galatea para ver si sacerdotes y escribas estaban dispuestos a aceptar la entrada del sumo sacerdote al templo.
La Koro accedió con un envión pélvico al avance y comenzó a hablar aceleradamente: "Puedes hacer conmigo lo que quieras, Príncipe Mishkin, pero no dejes de hablar: quiero respuestas, respuestas a los enigmas del universo: qué son los hoyos negros, por qué el tiempo avanza hacia adelante y no hacia atrás, por qué los planetas no se colapsan, por qué Dios, si existe, permite la existencia del mal, por qué los seres humanos se avergüenzan del placer, qué es la muerte y cómo debe afrontarse: quiero palabras, porque, como dice Heiddegger, la palabra es la casa del ser, y yo no soy yo si no me hablan cosas con sentido, y si no me das razones, campesino de Baviera, por lo menos debes hacer ruido, o cantar un aria de Rossini, para aturdir mi conciencia puritana, ortodoxa, mahometana”.
Amado, que generalmente necesita alta concentración para tratar casos in extremis, no supo qué decir en el instante en que la Koro se hundió en el abismo del silencio, y hasta olvidó las líneas del poema, sorprendido por el estrépito de la parafernalia de la lengua de la Koro y su subsiguiente silencio. Él, poseedor de un alma esencial, no podía hacer bien dos cosas al mismo tiempo: o hablaba o caminaba, pero no las dos cosas concertadamente. El resultado fue que se le entorpeció la lengua y las manos se le engarrotaron y la escena toda comenzó a avanzar hacia el desastre. Salvó la situación el peón cuatro rey cambiemos de actividad: la Koro puso en la casetera una serie de arias italianas y se dejó flotar por territorios de ensueño, lo que le sirvió para demostrar nuevamente que en eso de la música, como en todo, era una grandísima apassionata. Cuando el silencio campeó de nuevo sobre las aguas quietas del recinto, la Koro lanzó un suspiro de doble densidad y exclamó ¡Gutten morgen, gutten sorgen! Exclamación con la que, sin duda, hubiera caído en La Gran Depresión de la que acaso ni Dios mismo la podría sacar, pero que corrigió a tiempo gracias a una cita de pie de partitura del Don Juan de Mozart
Forse un giorno il cielo ancora sentirá pietá di me!
¿Dónde escuché esa frase?, preguntóse el amoroso.
--Los polacos somos una nación católica, privilegiada por las alas de Dios -casi gritó la Korolenko.
Impostura ante la cual Amado no pudo menos que lanzar una carcajada mefistofélica, había que castigar de alguna manera tanto fingimiento, se dijo, y sin embargo, calculador como era en asuntos de metros cuadrados de piel femenina conquistados y de difícil desollación, optó por la prudencia, madre de toda seducción y se ocupó de contemplar fotos que la Koro sacó de sus álbumes de terciopelo y oro. Pudo ver, pues, a la protagonista, al lado de su hermana. La dos lucían rizo alambicado en la frente y gestos de angustia acaso motivados por la amenaza de la cámara y los gritos de los padres intimándolas a posar para el futuro con la alta dignidad que corresponde a niñas decentes y cristianas, comme il faut. En otra foto pudo ver a la Korolenko de adolescente, nimbada por la nieve de Varsovia, al pie del monumento a Chopin, luciendo las pieles que eran su debilidad, y la nariz poco común, que era su diferencia específica.
--El romanticismo es la esencia del pueblo polaco. Los polacos creen en tres cosas: Dios, la patria y el heroísmo. Por eso en Polonia abundan los suicidas, los ascetas y los grandes artistas. Polonia es un país musical, allí hasta el viento canta en pentagrama, los árboles, los bosques, los ríos componen sinfonías que los artistas se limitan a copiar. Los bebés maman el arte en la leche materna. Todo bebé polaco es un Mozart en potencia.
Extendió sobre la piel de oso blanco un gran mapa de Polonia, se tendió desnuda sobre él, recogió una pierna, lanzó los brazos hacia el infinito, acaso esperando que el infinito encarnara en un hombre y la hiciera dichosa.
--Por eso Polonia ha sido ocupada una y otra vez por los bárbaros: porque es una hembra generosa, sensual, apassionata, comme io.
El Doctor Amóribus, que no soporta las actitudes grandilocuentes, quiso bajar a la Korolenko a la realidad. Fornicar con toda Polonia le parecía en extremo oneroso. Disfrutar de una hembra poseída por el espíritu de la historia se le antojaba de pésimo gusto. Lo suyo tenía una intención más humilde: hombre+mujer = buen y disfrutable enigma. Quería sí, una mujer, con su huequito rodeado de obstáculos, no un símbolo, una Altisadora en trance de poner los poderes del universo a bailar en torno a su cuerpo.
--Para mí la patria no significa nada --dijo Amado--: la patria es una forma de histeria colectiva, una imbecilidad inventada por los que carecen de motivaciones personales, de objetivos reales y concretos. Los nacionalistas y los localistas son entidades mediocres, que quieren salvarse tras el escudo de su ciudad, su país, su equipo.
--Lo que pasa es que tu espíritu animal te impide alcanzar alturas. Eres más serpiente que águila.
--Mira, koroboshka, la vida es corta y no hay razones para perder el tiempo en abstracciones. Si sacamos un mínimo común denominador de esta intriga estaremos ante la siguiente ecuación: hombre+mujer= posibilidades de gozo compartido.
--Ay --la Koro cambió su papel: el espíritu romántico la había abandonado y estaba tomando posesión de ella el duende del amor absoluto--: la verdad es que no puedo hacer el amor contigo porque estoy enamorada.
VI.3

--¿El amor? ¡Bah! Otra insensatez, otra ficción, ganas de perder el tiempo. ¿Para eso me llamaste? Los bomberos podrían apagar tu fuego sin tanto desperdicio de palabras y de tiempo.
--No hay tiempo perdido, ya lo demostró Proust: todo el tiempo que parece perdido es parte de un tiempo mejor: el que nos proporciona el placer del recuerdo o la expectativa de la dicha posible.
--¡Tonterías! No hay que vivir para el recuerdo ni para aguardar paraísos que acaso no lleguen. Quien viva del pasado o para el futuro, jamás goza del presente, vive una vida siempre falsa, postiza, y es como el que prefiere manosearse mirando a las muchachas desde la ventana, en lugar de invitarlas a dar el paseo de sus vidas.
--Pues yo, tonterías o no, estoy profunda y fatalmente enamorada de un príncipe zapoteca a quien no me siento digna de amarrarle los huaraches. Vivo temblorosa a la espera de su llegada, como quien espera que Dios toque en cualquier instante a su puerta.
El amoroso bajó la cabeza. Aceptó la derrota de su dialéctica: sí, el amor existía, era una enfermedad grave y deleitosa, que padeció en alguna oportunidad --con Ratita, con Margarita y con otra media docena de pacientes no historiadas, quizás-- y le había dejado recidivas, resabios y reconcomios y una añeja sabiduría que no podía esgrimir ante la polaca.
--La verdad es que le temo al amor y sufro por falta de él. Siento que puede ser un monstruo succionante que me dejará sin tuétano, pero sospecho que sin él nada de lo que haga tendrá sentido.
--Lo que temes del amor es que te convierta en un ser común y corriente, que te baje las defensas, te abolle el autoaprecio y te lastime el narcisismo. Tienes la actitud del eterno observador, pero no quieres participar en nada. Estoy segura de que llegas a tu casa esta misma noche y apuntas en un cuadernito todo lo que hagamos y digamos. Así no se puede. Quien camina vida siempre con un espejo adelante, termina por vivir en la falsedad.
¿Qué decirle? La sabia Korolenko había desnudado a Amado hasta dejarle los huesos de sus más ocultas intenciones y costumbres mondos y lirondos. Ni el más mísero buitre daría un ardite por sus despojos. Desde su lecho, como un río de leche y miel virgen, la Korolenko lo miraba. En sus ojos una chispa de inteligencia que Amado no había detallado antes, ocupado como estuvo en buscarle la incógnita que lo llevaría a la fuente del deleite.
El cuerpo de la Koro era una visión deslumbrante, un paisaje que partía en dos a Polonia y acaso también a la vida de Amado, que no encontraba el desagüe a esa situación.
A las doce de la noche, después de un larguísimo silencio, aplastado por los ojos de hierro forjado de la Korolenko, Amado estaba dispuesto a asimilar su enésimo fracaso. No había ironía posible, palabra alguna. Se trataba de una derrota nítida, pulida hasta el último extremo.
Antes de abrir la puerta preguntó:
--¿Sientes alivio de que me vaya?
El “sí” cayó como una guillotina.
Amado echó a caminar por el sendero, entre bugamvilias, olores minuciosos, sonidos de grillos. Vio al vecino y propietario de la Quinta, un anciano calvo, asomado a un balcón: estaba soñando sin duda con un harén. No le preguntó de dónde venía ni le sonrió en complicidad. Él también soñaba con el cuerpo lácteo de la Korolenko y acaso los caprichos de una hembra semejante le abrieran la puerta una de sus noches de saudades. Amado montó en su bicicleta --trofeo acaso de un negocio pasado del que conjeturo se averguenza, pues no dejó registro-- y se dejó rodar por la carretera rumbo a Veracruz. Tal vez el mar con sus olas aturdidas y las estrellas absolutamente inmutables lograran calmarlo, recuperarlo para sí.
VI.4

¿Que cómo terminó el asunto con la Korolenko? Decir que fue en fracaso sería generoso. Pero de todo fracaso queda algo, un rincón de humedad, la memoria de una piel, la frescura de un instante. En general hay algo que Amado no soporta: que lo traten con superioridad, que lo hagan sentir pequeñito y tonto. Y precisamente esas sensaciones fueron las que acompañaron al amoroso durante su asedio al jardín perfumado de la Koro. Ella parecía estar siempre actuando, discurría por su diminuto apartamento como si fuera el gran escenario de la Opera de Viena. Desnuda o vestida, la Koro era la misma. En ningún momento asumía el papel de una mujer natural. No se quitaba la máscara ni siquiera para dormir. Sus glaciales ojos azules, tras los cuales se adivinaba a una urraca acechando, en pocas ocasiones asumían brillo humano.
Todo ello, y la torturante costumbre de fingirse abandonada cuando el profesional del amor no la visitaba durante una semana y el cacarear que estaba abrumada de trabajo cuando el asediante la visitaba --mientras hablaba con Amado no dejaba de lanzar miradas relampagueantes a su violín, como si sintiera remordimiento por no estar cultivando su callo violinístico-- hacían que Amado se prometiera a sí mismo olvidar a la malhadada polaca para dedicarse a asuntos de más provecho y deliete. Pero pasaba el tiempo, no aparecía trabajo alguno, la musa bigotona y calva seguía merodeando sin atreverse a visitar del todo al compositor. Meses y meses sin escribir una sola bolita en el pentagrama, esperando que una armonía celestial lo sorprendiera en cualquier recodo de la existencia. El gran violín, digno de un Vivaldi estaba en el taller de laudería (había abierto la jeta el pasmoso Amati, como bostezando por la falta de acción y el maestro laudero había dictaminado un mes en restauración y miles de pesos a cambio de retornarlo con el mejor sonido del mundo). El interpretar canciones ramplonas en el Parque Juárez con su viejo Strad checo se hacía degradante y poco rentable...¿Resultado? Que otra vez estaba el amoroso a la puerta de la Koro, dispuesto a cobrarle las consultas previas y a darle el tratamiento definitivo. ¿Por falta de autoestima o dinero, por carencia de espíritu ascético, por exceso de líquido perlático, o por añoranza de los hermosos pezones que había adivinado en la primera noche? Amado de los Santos Dionisio Luna se inclina a creer que la última alternativa es la más propicia y consoladora, aunque no desprecia la idea de que la soledad fuese la que lo llevase a aquel jardín aromado, o de que el carácter exótico de aquella criatura le atrajera más que el cultivo de una hipotética posteridad. También, ¿por qué negarlo?, se hallaba el pequeño detalle de que la Korolenko era una de las pocas mujeres inteligentes que se le habían cruzado en el camino ("En general --escribió--, las mujeres no necesitan ser muy inteligenes: les basta con la gracia. A veces la gracia excluye la inteligencia y casi siempre la inteligencia es el resultado de una serie de frustraciones que terminan por castrar a las mujeres”) y la conversación con ella era una especie de esgrima, con ingredientes de reto, humor, ironía, sarcasmo, que excluían la posibilidad del amor.
Y es que Amado, ¿tenemos que decirlo?, aunque siempre terminara en la cama con sus mujeres, no despreciaba la posibilidad de un buen amor.
VI.5

La Korolenko nunca quiso interpretar la vieja música que Amado compuso en los años previos al tiempo del desierto. Ay, qué aburrimiento, decía, ¿tú crees que después de Bach, Teleman y Tartini yo pueda ponerme a rasquetear en mi Pugnani lo que escribió un tal Amado de los Santos Dionisio Luna? Ten compasión de mí. Tus composiciones se ven lindas, un poco extremistas y desarticuladas, pero sugerentes, en el papel pautado. Déjalas allí. No las eches a perder pidiéndome que las interprete. Es fascinante vivir con la ilusión de que un macaco latinoamericano como tú pueda sentarse a la mesa con los genios de la música. Para mí tú eres apenas un cuerpo, unos brazos, apoyo físico en tiempos de penuria. Digamos que eres como un rótulo borroso que veo a la distancia en un camino solitario y desolado.
¿Cómo terminó el asunto con la Korolenko? Mal, hay que confesarlo. Cuando por fin ella decidió rendir las armas y desnudó soezmente los frutos de su pecho frente a los ojos y los labios resecos del amoroso, Amado no supo qué hacer: se abalanzó torpe, goloso, voraz, despiadadamente sobre los más hermosos pezones que hombre alguno hubiera visto jamás, y con una imprudencia digna de azote, comenzó a magullarlos sin control. Comportamiento a todas luces equivocado y contrario a las normas de la cortesía y el placer. Si una mujer se desnuda, no es para ser magullada sin preámbulos, sino para suscitar contemplación y reverencia. Pero Amado no tenía cabeza para meditar sus actos: tanta espera lo había hecho perder la noción de los grados necesarios, de modo que entre gozo, gula y atraganto, y suponiendo, a esta chica la voy a hacer papilla de maicena, le lanzó una mano a la puerta trasera y por allí forzó que ella rindiera su pantaleta y allí, de pie, le hizo una somera introducción, oh oh oh, sin darse cuenta de que la Koro estaba muda, tiesa, sorprendida, en rigor mortis, incapaz de reaccionar ante tal desacato y cuando Amado lanzó un jadeo de perro faldero al tiempo que expulsaba su humor negro y alzó la cara para hacer eye contact con la que suponía feliz dama, encontró que ella le clavaba los ojos de gélido acero y le decía con una media sonrisa:
--¿Eso fue todo?
Y, luego, sin pausa ni piedad:
--Toma tu ropa y no regreses jamás si no quieres que difunda tu miseria espiritual, tu bestialidad, tu carácter prosaico sin comparación.

VI.6

Gervasio lo recibió con ojo interrogante. El ascetismo y la soledad, la reclusión en su pecera de 50 centímetros cúbicos, el régimen de tortilla desmenuzada, habían desarrollado en él una enorme capacidad para comprender a su amo.
--Uno tiene sus errores. Y tal vez el más grande de ellos sea creer que cualquier fracaso es definitivo.
Gervasio permaneció inmóvil, expectante.
¿Por qué no buscas a Renata o a Margarita?
--Porque entonces podría incurrir en el único fracaso definitivo: el amor.
Gervasio lanzó un coletazo y dio la espalda. Diminutas olas crecieron en torno suyo. ¿Qué quiso decir el pez amado?
El agua de su pecera se enturbió y Amado ya no pudo ver claro. Con los ojos clavados en las ondas permaneció largo tiempo hasta que tuvo una sensación inefable. Era como una idea que se entreverase con ciertos sonidos y certezas, ciertas sospechas, entre las que se colaban como obsesiones una serie de escalas musicales. Las mujeres, sus mujeres, las que tuvo, imaginó o quiso, parecían columpiarse en un pentagrama y producir, mecidas por la brisa nocturna, una melodía de belleza imperfecta pero conmovedora.
Tomó una pluma y comenzó a escribir. Seis horas más tarde dio por terminado el trabajo. Tomó su viejo y querido Strad. Lo afinó con la certeza del francotirador. Y comenzó a tocar lo que, estaba seguro, no era una obra de arte, pero sí el germen de lo que podría llegar a serlo. Así sus mujeres.

Y, that's all folks!!!

lunes 19 de octubre de 2009

¿DE DÓNDE SALIÓ EL ENGENDRO?


AQUI ESTÁ LA MITAD DE MI RAIZ

En la siguiente dirección podrán encontrar una foto del padre de Marco Tulio acompañada por una breve biografía. Picándole a la dirección abajo encontrarán la presentación de la revista de cirugía y medicina colombiana Repertorio, que le dedica la portada a Marco Tulio Aguilera CAMACHO. Hay que bajar el cursor para ver a mi padre...

http://www.fucsalud.edu.co/repertorio/
Y después los invito a leer una carta de mi ex compañera de la Universidad del Valle, Lirian Marulanda, una de mis más entusiastas y ditirámibicas lectoras. Carta no apta para envidiosos ni para lectores sin sentido del homor...
Vaya, vaya, Marco Tulio ....... Muy atractivo tu padre, el doctor Aguilera Camacho. En todo el tiempo que te conozco es la primera vez que veo a tu padre "de cara presente". Siento que tu "club de fans" cada día mejora en calidad. Muy linda el capítulo de tu Historia de todas las cosas: la nota del ".......negro". El caballero ama tus historias. Eso es lo que vale. Sabes, creo que vas a ser inmortal, al igual que Homero, Cervantes y muchos otros clásicos.Mi pequeño ego siente que ha crecido un par de milímetros al verse ancestral amigo de MT. Eduardo no puede ir a visitarte, el dinero está un poco esquivo.Gracias por ser como eres: el más grande contador de cuentos de los últimos tiempos.
Gracias, Liriam, aprecio tu entusiasmo pero no puedo aceptar una pedrada tan gorda como no puedo aceptar tu oferta previa del Premio Nobel, que otros amigos y lectores también me han ofrecido. A cambio del Nobel le propongo al Señor que me deje seguir jugando básquet quince años más...

domingo 18 de octubre de 2009

AGUJERO NEGRO EN ESPAÑA



MAELSTRÖM AGUJERO NEGRO






Omar Piña, escritor y periodista mexicano escribió el siguiente artículo sobre Maelström agujero negro de Marco Tulio. Fue publicado en Asamblea de Palabras, el sitio literario de internet más visitado de España, administrado por el frenáptero Francisco Cenamor.




martes 13 de octubre de 2009

EL IMPERIO SEGUN PIMENTEL


UNA MIRADA A EL IMPERIO DE LAS MUJERES DE MARCO TULIO AGUILERA

El poeta Pimentel de Puebla hizo un comentario en el que escarba las sutilezas de El imperio de las mujeres de MT Aguilera.

En la foto MT con Rubem Fonseca en la Feria del libro de Guadalajara 2007

Pícale al vínculo para ver el comentario...
La página anterior me llevó a un blog de un muchacho que ha recogido algunos textos sobre mi novela Los placeres perdidos y que ha reproducido un texto mío publicado en Playboy hace muchos años (¿temática? Los orgasmos femeninos) y un cuento que no ne parece malo.

lunes 12 de octubre de 2009

MAS HISTORIAS DE TODAS LAS COSAS


BAILE DEL PROGRESO, EL SAMUELEO Y OTRAS INSENSATECES DE SAN ISIDRO DE EL GENERAL

En la foto la segunda edición de Plaza y Janés (cuando todavía Plaza publicaba literatura y cuando la novela tenía 370 páginas; ahora tras la reescritura tiene 580 y estoy negociando una edición. Ya no tengo ni un ejemplar de la edición argentina de La Flor de Buenos Aires. El que me la envíe ganará mi amistad y unos dólares. Favor escribir a escandioti@gmail.com).


Ofrezco a mis lectores nuevos capítulos de mi Historia de todas las cosas. Como este es un blog de excesos no me voy a disculpar por presentar 49 páginas de una novela en proceso. Habrá a quien le interese. He seguido recibiendo regaños e insultos por burlarme cariñosamente de GGM. Los agradezco. Me llaman mentiroso. Si no lo fuera me dedicaría a la equitación o a la venta de pollo al menudeo. Los insultos, amenazas y ninguneos son parte fundamental de mi existencia.



29. El Baile del Progreso.El minotauro estético.Un bosque de ojos.

Después de luchar durante varios días y noches contra sus espectros, contra sí mismo y contra la oposición de los compañeros presidiarios, Mateo Albán decidió continuar escribiendo sus historias. A ello lo impulsó una carta de su amada poetisa la cual exaltaba las penurias, los trabajos, los sinsabores, pero también pintaba las delicias de la gloria y el hondo significado de su labor. Para lograr sus propósitos sin contratiempos se propuso trabajar de noche, cuando los demás estuvieran durmiendo. Desde hacía varios días le bullía en la máquina imaginadora el tema que se le ocurrió durante la noche en que se incendió casi una cuadra completa del centro. Vio a través de la única ventanita que lo vinculaba al mundo que Pereira y Denario Treviño estaban peleando a puñetazos frente al edificio de los bomberos y escuchó que el primero insultaba al segundo y escuchó que le decía contrabandista, vendepatria, traficante de cristiana carne y la entera colección de los insultos menos decentes.
Mateo Albán, con la oscura conciencia de lo que había sucedido en San Isidro aquella noche en que se llevaba a cabo el Baile del Progreso, tomó sus aparejos a la hora en que se cerraban los bares de ínfima categoría, se envolvió una toalla en la cintura, salió sigilosamente de su celda y se dirigió al baño. Allí tomó asiento en el escusado y escribió:

Y entonces cuando llegaron los gringos hubo progreso y dólares en cantidad y una carretera en construcción, que más parecía en obstrucción, y todos estaban muy contentos porque ya la ciudad, que algunos retrógrados se empeñaban en seguir llamando pueblo, tenía fachas de convertirse en cosa importante, digamos Madriz, París o Minessota. Fue debido a esto y a la llegada de los norteamericanos, que la Cámara Junior, acaudillada por Denario Treviño y Óscar Pedernera, aprovechó el acontecimiento para celebrarlo. Organizó un baile con la Orquesta de Pérez Prado, que estaba en gira por Centroamérica, pues siendo la Cámara lo último, es decir, lo primero en importancia, no se andaba con paños tibios y remiendos de ocasión cuando era necesario marcar los hitos históricos y los pasos agigantados hacia un futuro lleno de prosperidad y progreso, de acuerdo con la versión trasmitida por las ondas amigas de Radio Satélite que reproducían las preclaras palabras de don Eutifrón.
Se abre el telón.
Son las nueve de la noche. Las baldosas de semimármol…

¿Todas son de semi mármol? O no eres muy imaginativo o no conoces otras.

… de la pista de baile del Prado Bar brillan refulgentes gracias a la labor ciclópea de Alexis el maratonista enterrador (cuya historia no hemos contado y quizás no lleguemos a contar) pero no reflejan más que a los ocupantes de dos mesas. En una están los agasajados: míster Rotenhook, adherido a su Costurera Flaca, que con esfuerzo lo mantiene en una pieza y con la cabeza bailando sobre el cuello como un muñeco con testa pendiente de un hilo. Mister Bordenhouse, envuelto en su atmósfera privada de agua de florida, barriendo el horizonte con avidez depredadora. Mortimer, con su cara de farmer bonachón y su aspecto de típico cosechador de maíz de Kansas. Yoni, su pelo meticulosamente peinado hacia atrás, brillante, atravesando el cráneo de frente a occipucio, como un cantante de tango, su tuxido tan fuera de sitio. Otro Mortimer, Mortimer Lang, con su cara de eterno trasnochado y taciturno sobrecogido. Hope, abatido como siempre, tomando whiskey on the rocks a ritmo increíble. Y en la otra mesa, cerca de la piscina (entre la piscina y la pista de baile y al lado del restaurante de El Prado corría un mágico curso de agua, agua tan limpia y fresca como no se podría hallar otra), ¿quién? No alcanzamos a verlo.
Óscar Pedernera, aguarda impaciente. Se escucha un frenazo o enfrenón, según, y aparece corriendo Denario Treviño. Dice que le fue imposible comunicarse pues parece que un derrumbe tumbó varios postes del telégrafo y destruyó las líneas telefónicas. Y ahora, ¿qué hacemos?, pregunta. Óscar displicente responde que no se preocupe, que ya llegará, y que en último caso ahí está al alcance de la mano la orquesta de Rey David, la prestigiosísima Sibundoy. Pero Denario Denario está inquieto, ya conoce a los generaleños y sabe que van a pensar que es una estafa, mierda, majo, armarán el zafarrancho, romperán los instrumentos, arrasarán con el bar, molerán a patadas a los achichincles de Robustiano si se atreven a intervenir y si las cosas llegan a extremos más extremosos habrá una estadística vergonzosa de ultrajes al lado del río, desafueros por demás inadmisibles en una ciudad que ya se encuentra a las puertas de la vanguardia de la civilización, ¿no?
Los norteamericanos están impacientes, ¿jua hapen? La superficie de la piscina refleja tranquila una luna de opereta.
Y a las diez de la noche era un jolgorio ver a las reinas de belleza de diez municipios, a los ministros invitados, senadores solidarios, diputados, correveidiles, lagartos paracaidistas, damas grises, caballeros del Pulcro Sepulcro, del Manto Sagrado, de la orden de Calatrava, a los dandis provincianos con sus atuendos lechuguinos, a las meninas con sus vestidos vaporosos y a las ocho mujeres más bellas del mundo que eran el orgullo y el tormento de San Isidro. Digo, nada más digo, era un jolgorio verlos a todos convirtiendo el amplísimo salón del Prado Bar, el mismo de los truculentos jueves en los que en un golpe de mano se jugaba una honra y en otro una vida, en un fantoche de feria multicolor, con fabriquitas recortadas de la Mecánica Popular colgando del techo por medio de hilos invisibles, con autos, aviones, trenes, cohetes interplanetarios bamboleándose al viento (recordar que no había paredes en el Prado Bar sino barreras de bambú) y con máquinas dibujadas por encargo en las escuelas primarias y todo tipo de artefactos que aludieran al progreso colocados en el centro de las mesas y a las diez en punto toda la alta soxiedad estaba a las puertas del Prado mirándose las caras y los disfraces y peleando poco dignamente por entrar primero y a pesar de ello se saludaban como si estuvieran regresando de un viaje alrededor del mundo. También los pequeños comerciantes, los carniceros, los dueños de salchicherías, churrasquerías, fritangas y tacos mexicanos de medio pelo, los oficinistas, nueva especie zoológica que ya estaba aclimatándose en el hábitat generaleño, los tímidos maestros escapados de sus escuelas localizadas en los intestinos del territorio nacional tratando de alcanzar un trozo de divinidad social, las empleadas de almacenes, las antiguas vírgenes y las en trance de serlo o dejar de serlo. Todos y todas se disfrazaban de magnates y magnatas, tiraban la casa por la ventana y si no tenían ni casa ni ventana se tiraban ellos mismos. Se atrevían a pagar diez pesos por cada invitado y traían a la suegra y a la hermana de la suegra, las cuñadas, a las hijas en edad de entregar el conejo, desfilaban muy orondamente a pelearse por una mesa que estuviera al lado de la pista de baile para ver y ser vistos.
Fue sobre todo impresionante ver la entrada de Ponciano Po, no por su inconsistente y atrabiliario porte de ferretero arquetípico, sino por el trozo palpitante de mujer que traía del brazo (más bien ella lo traía a él, como a un perrito faldero bien bañado, peinado, perfumado y con moño colgando del antebrazo). La genial Marilú, que con sus 45 años seguía enterita, capaz de competir ventajosamente con cualquier Dulcinea o Altisadora, de carne y hueso o soñada. Pero si Marilú con sus sola presencia hacía palidecer al cielo y las estrellas, las Fernández, aunando cinco hermosuras, deslumbraban hasta el punto de hacer cerrar los ojos y volverlos a abrir y frotarlos, a los norteamericanos que se quedaban con las bocas literalmente abiertas sin disimulos. Doña Penélope abría plaza, toda seriedad y trapío, inclinando ligeramente las pestañas en un saludo-no-saludo a sus obsecuentes y miraba de reojo hacia la mesa donde estaban los gringos. Sol y Estrella estuvieron a punto de responder a las señas de limpia simpatía de Yoni y a la mirada de Rotenhook, que era como un lengüetazo de perro de pies a cabeza, pero un fruncimiento de entrecejo de su mutter bastó para meterlas en cintura. Cielo y Lucero no se percataron que eran objeto de fiestas y lubricias: entraron como quien entra en la iglesia y se sentaron como si se estuvieran arrodillando ante el Santísimo. Y seguían compenetrando al salón (Californio abrazado a su burrita sedosa desde un margen discreto de la entrada era un dilatar y recontradilatar de pupilas, un aplaudir, un susurrar al oído de su amada, qué mundo magnífico, amiga mía, cuánto brillo, ¿será así el cielo?, ¿qué tu crees, querida?) aclamados por las miradas de reojo de la gente barata que ocultaba su triste condición de excluidos del paraíso haciendo comentarios malintencionados. Don Camilo con su caminar de zapatos de payaso y Melpómena, haciendo tremolar la dinamita de sus nalgas y el batallón entero de su busto más poderoso que los ejércitos de Alejandro Magno. Y después, la hija de Óscar Pedernera, que vivía más en la capital que en San Isidro (porque las capitales se fundaron para que en ellas habitara la pesada de provincias), y cada vez que llegaba la muchachita era una nueva sorpresa para los isidreños porque se estaba poniendo muy señorita y tenía unos modales de princesa morganática como para contrarrestar los incontrolables despropósitos de su hermano Epaminondas, quien había preferido quedarse jugando al póker en el Restaurante de Pascual, al que últimamente se estaba acusando de pervertir a la juventud (a Pascual, no al restaurante). Tenían razón pues los curas, la ciudad se estaba tornando insoportable y la única medida racional era enviar los hijos a San José de donde regresaban modositos y muy elegantes y distinguidos como lo estaba haciendo Alucema, la hija única de Óscar Pedernera en el momento de su entrada al Prado haciendo suspirar a los liceístas que miraban desde fuera del salón a través de las cañas de bambú junto con Californio y su burra, con los ojos llorosos por la pena que les causaba el no poder entrar a un baile que tardarían toda la vida en olvidar porque los gritos famosos que saldrían desde los puros hígados de Pérez Prado antes de gritar
¡Maaaamboooo!

eran algo que no se volvería a repetir en la ciudad. Mas los expulsados del edén se consolaban (y esto tenía su dosis de venganza y sus gramos de malsana curiosidad) samueleando a las empringotadas damas tan bien aderezadas que hasta parecían tener radio y televisión en vez de coño y a las sensibles doncellas tomar asiento decorosamente en el escusado a través de un orificio que Alisio (maratonista, panadero, limpiapisos, próximo administrador de negocio insano) había practicado en el baño y el cual alquilaba al irrisorio precio de cinco centavos que podían ser aumentados o disminuidos según el cliente o según la pieza en la mira. Por ejemplo a Fermín Fano (¡desvergonzado!, el vil podría haber alquilado a una nena rubia de Los Pollitos una vez a la semana para que le mostrara todos los misterios de culiculiambro) no se le alquilaba por menos de cinco pesos la samueleada (de paso, vale la pena contar en próximo cuadernillo rápidamente la historia de Samuel, antes de que haya represalias patibularias, para que no se quede en el tintero y después se tilde a Mateo Albán de falso promesero).
Y además Alisio cobraba también de acuerdo con la pieza observada y sus cotizaciones iban desde dos centavos por contemplar a la negrita Pambazo, hasta los diez pesos por samuelear a Marilú… que por otra parte era de poco frecuente alivio corporal, como si su belleza se reconcentrara gracias a un dulce estreñimiento. Y aquello sucedía afuera del Prado Bar Bailable, por los lados de la cancha de básquet. (Donde de paso habrá de decirse que don Garrapata hizo sus primeros encestes, bastante peculiares, por cierto.)
Lo que sucedía adentro del salón era que la impaciencia iba aumentando porque la orquesta de La Foca Pérez Prado no llegaba, se empezaban a urdir rumores: que si Denario Treviño no les iría a salir otra vez con el cuento de que razones-de-fuerza-mayor habían impedido el arribo de la organización musical y como siempre tal vez mostraría el contrato y haría circular los recibos de pago para que no hubiera duda y luego diría al-mal-tiempo-buena-cara: por suerte tenemos en El General una orquesta que no deja nada que desear ante las más grandes…
—¡La Orquesta Sibundoy de Rey David y sus Canallas!
y en el momento crucial llegaría la destartalada perrera improvisada en transporte guapachoso con todo y su combo de semiancianos con sus corbatines, sus trajes de espejeante color verde botella y sus alientos de vigilias descontinuadas, colgando del pescante y los isidreños aceptaban tragarse el disco rayado y bailar los invariables ritmos arcaicamente afroantillanos, pero en esta ocasión no sucedió lo que todos temían con una mezcla de impaciencia, aburrimiento y violencia reprimida, porque la Sibundoy había sido previamente contratada para animar las fiestas patronales y el reinado anual de Buenos Ayres de Puntarenas, de modo que ni esperanza había de bailar a menos que los afiebrados del estilo barquito o del brillar la hebilla se plegaran a los implacables discos de Felipe Pirela o Agustín Magaldi, y ni siquiera el responsable de tamaño fracaso daba la cara: no la daba por honrado, diría más tarde Óscar Pedernera, ya que el dueño de La Magnificencia había tomado su yip y viajado a aquel lejano pueblo de Buenos Ayres de Puntarenas para ofrecerle un dineral a Rey David si abandonaba a esos indios y mormones y corría a salvar su prestigio de presidente de la Cámara Junior. Pero el músico no quería hacerlo porque había empeñado su palabra. Finalmente lo persuadió amenazándolo con retirar su apoyo a la construcción del teatro municipal, de modo que rayando las once de la noche llegaba Rey David a El Prado ardiendo de la rabia y comenzaba su tanda bailable después que el mismo Denario daba las explicaciones pertinentes: que un derrumbe ocasionado por una detonación de dinamita no controlada había bloqueado la carretera, que las comunicaciones estaban interrumpidas, que no era culpa suya sino de la fatalidad y naturalmente al-mal-tiempo-buena-cara y como para no perder la costumbre mostró el contrato con Cara-de-Foca Pérez Prado y puso a circular los recibos de pago. Entonces, ya calmados los ánimos, cada cual si no estaba con los grillos puestos abría las alas, se afilaba el pico y se abatía sobre la pieza de su predilección. Apercollaban a las que se les pusieran por delante o más al alcance de la mano o a la más propicia pues estaba vigente la filosofía del nuevo dentista: de lagartija para arriba todo es cacería y si no hay lomo de todo como. No había barreras, no existían inhibiciones, había besuqueo y pulpería en plena pista de baile y mientras más se hiciera uno notar por desparpajo y por envergadura de pieza cazada, mejor, y si por casualidad salía con algún objeto nutritivo de la mano o abrazado y montaba en un taxi o auto de auténtica propiedad, las apuestas lo favorecían enormemente y podía considerarse con un grado más en el escalafón de los machos, tenorios y donjuanes, escalafón cuyo máximo nivel se alcanzaba si uno llegaba a doblegar a cualquiera de las Fernández, lo que era algo así como conseguir el vellocino de oro en tiempos de Jasón el argonauta o sacarse la lotería sin haber comprado billete. La competencia era tenaz, sobre todo en los últimos tiempos en los que había llegado tanto ingeniero, doctor y titulado. Al principio del danzón todos le apuntaban a las piezas mayores y se formaban tremendos embotellamientos y zipizapes en torno a la mesa de doña Penélope de Fernández quien repartía instrucciones a sus hijas: Sol, abrazada displicentemente a una botella de vodka azul y sin despegar los ojos de la mesa de los invitados de honor; Cielo, con los ojos perdidos en el rumor del río y pensando quién sabe qué desvaríos y desbarros; Estrella, elaborando cuidadosamente la imitación de una sonrisa mundana que nunca llegaría a esbozar, y Lucero, rígida y trasmundana, tremolando su impedimento físico. Y entonces la matrona les machacaba las consabidas instrucciones como el réferi de un match de box o de un partido de fut antes de la contienda: hasta bailar con un indocto no-doctor estaba bien, OK, pero sólo una pieza, nada de dejar que les rozaran el armatoste serio con lo fundamental porque eso además de degradar a la mujer convirtiéndola en un vulgar violín, podía ocasionar un embarazo sietemesínico, además cuidar todos los frentes, evitar las manitas perdidas y los golpes bajos, nada de confianzas o confidencias o citas a destiempo. Ahora sí, a tirar paso, a la rumba, al suave meneadito, y en cuanto sonaban los primeros acordes del Quiéreme Mucho veinte manos tocaban los brazos de la constelación y cuarenta ojos suplicantes se clavaban esperanzados y las damitas se veían en un veintilema pues tenían que discernir quien había sido el primero en hacer la formal solicitud, y si les agradaba el postulante, iniciar el movimiento casi ritual de la aceptación, y si no, debían rechazar al primero y fijarse en el segundo, y así sucesivamente hasta que hubiera uno que les hiciera palpitar el corazón o la muchiqui de manera lo suficientemente acelerados como para concederle el honor del baile. Y aquello era como lanzar tierra contra las aspas de un ventilador: la mayor parte de los solicitantes eran rechazados y debían retirarse disimuladamente y eran muy pocos los que podían entrar en la marea centrífuga de las Fernández y comenzar a girar alegremente en la pista y en las lenguas furiosas. Y es claro, los rechazados debían abandonar el sitio de la plaza y buscar otra más vulnerable. Esto sucedía hasta que mediante un proceso de selección natural cada ejemplar masculino iba ocupando el lugar que le correspondía de acuerdo con sus posibilidades, dones, dotes, prendas o suerte. Se rechazaba mediante las tradicionales fórmulas de estoy cansada, voy a ir al baño, ya nos vamos, tengo mi carnet lleno. O las menos ortodoxas de Sol: pase-usted-mañana, no-se-me-da-la-gana, usted-ta-muy-feo y quién-cré-usted-que-soy.
Los pretendientes conocían los trucos, las excusas y los desdenes, y los daban por válidos pues no les quedaba más remedio y debían resignarse a bajar de categoría, es decir, a asediar a alguna maestra desvalida en busca de alegrías vicarias, a la hija malencarada de algún comerciante pobre, o, si les iba peor que mal, podían salir con buen futuro acompañados por La De Los Pesados Senos, quien, aunque estaba trabajando como sirvienta en casa de Fermín Fano, nadie sabe cómo, se daba las trazas para asistir a todos los bailes de la Cámara Junior y para ocupar una mesa de primera fila sin que valieran los reclamos de Marilú o de las Fernández; esta circunstancia horriblemente adversa para la dignidad de las decentes había hecho que se le inventara a la portaviandas una oculta nobleza emparentada quizás con Alexis el bobo que se decía heredero del trono de Mónaco. Y ya con ese argumento a las recatadas no se les hacía repugnante verla bailar con sus brinquitos de coneja en climaterio, las joyas presumiblemente de fantasía bailándole entre los senos inflamados a la vista del público casi hasta los bizcos pezones. La De Los Pesados Senos era una de las alternativas de los galanes frustrados. Otra, eran las ex vírgenes de El Embajador de la Elegancia que se colgaban hasta cortinas y manteles de colorines para llamar la atención. Alternativas promisorias e incluso punto decorosas. Pero si sucedía que a los solitarios les fuera más mal que peor que mal, les quedaba el consuelo de irse a bailar a la Terraza Bailable, con sus sórdidos ambientes y sus olores de años de miseria acumulados, al Bar Rojo o al Bar Tico, que eran como el duodécimo círculo del infierno. Los Pollitos quedaba excluido de cualquier itinerario alterno por ser demasiado caro, sofisticado y distante, tanto que el taxi no cobraba menos de tres pesos diez centavos.
Y en esos grandiosos bailes se veían cosas fuera de orden común. Fermín Fano, el ateo, siempre tan puntilloso, se aflojaba el corbatín y bailaba con Marilú de Po la cumbia sacudiendo circunspectamente la doble papada, arriba, abajo, izquierda, derecha. Ponciano Po cruzado de piernas fingía no perder la compostura y sin embargo miraba con el rabillo del ojo a Marilú para ver si coqueteaba con el maldito anticristo. La mujer hacía del hieratismo su misión en la vida y de la exhibición de su hermosura una ambulante obra de arte. Rabiaba y bullía sordamente el hervor en Ponciano: una cosa era que él le cediera su mujer en los sueños y en las borracheras, y otra que todo San Isidro en pleno se percatara de ello. Marilú se limitaba a seguir el ritmo, pero con tal arte que parecía estar bailando ballet en el Bolshoi, ajena a cuanto sucedía a su alrededor, dejando escapar de vez en cuando un gritillo que pretendía ser de gozo o deslizando miradas de ausencia que rozaban aquel bosque erizado de ojos: los del negro Termidor que en lo más apartado del salón jugaba a construir castillos con cajas de fósforos. Los de Benito von Chúber, hermético en su posición de genio bajo la mata de pelo beethoveniano. Los de Denario Treviño, apoltronado tras la mesa que gradualmente se estaba plagando de botellas, vasos, ceniceros atiborrados hasta el asco. Los de don Camilo, sapónito, su nariz ganchuda y su vientre de arzobispo, que a pesar de ocultar su pico de loro entre los senos de Melpómena (quien a su vez se ocultaba de su padre tras la espalda de cargador de su amado) no podía dejar de mirar a aquel minotauro estético en la danza de la celebración imbécil de su preciosura.
El primer avance de un norteamericano sobre una nativa fue el de Yoni que se puso de pie, se estiró las faldas de su tuxido y caminó con su paso de cowboy hacia Estrella Fernández, quien, abrumada por el honor, rechazó de plano y con nariz fruncida a los otros pretendientres.
Rotenhook y la Costurera Flaca aplaudieron la acción intrépida, mientras que Mortimer Uno se animó a bailar con una ex virgen de El Embajador de la Elegancia. Bordenhouse empujó a Hope en un intento de que el muchacho dejara a un lado su abatimiento, pero lo único que logró fue un stop it que terminó por agriar el humor del envuelto-en-aguas-de-florida.
Los individuos que no estaban a la conquista ya sea por falta de atributos o por exceso de ellos, se entretenían llenando las mesas de botellas y sus cabezas de intrigas y argüendes, caso de Denario Trevino y Fermín Fano, empeñados en una competencia para determinar cuál de los dos clavaba primero la cabeza del enemigo en el abismo de la derrota. Los camioneros echaban pulsos con los carniceros. Y cuando ya se había bebido tanto licor que éste se asomaba por la boca, por los poros, los ojos y otras partes menos sociales, o cuando no quedaba más fiesta porque la orquesta se iba, entonces siempre había una gresca general y los que salían perjudicados eran los músicos y los meseros, los instrumentos y los vasos hechos trizas, y por eso las mejores agrupaciones musicales del país fueron renunciando poco a poco y tal vez por ello el Baile del Progreso tuvo que llevarse a cabo con la Sibundoy y sus Canallas, que conocía al dedillo veinte piezas y barruntaba con mediana solvencia otras cien.
Dos hechos simultáneos, aparentemente contradictorios, oscurecieron la celebración. El uno fue que Alexis, el Príncipe del Mónaco, habiendo sido convencido por los Profesionales de que a medianoche se podían pescar lindas sirenas en el río, cerca del Prado, fue capturado por una de esas sorpresivas avenidas de agua y barro y piedras que bajaban en los últimos tiempos del Cerro de la Muerte, arrastrado un largo trecho y convertido en un harapo humano que quedó colgando de un árbol, cerca de la casa de las Fernández. El otro suceso, que tiene relación con el incendio y la riña de Denario Treviño contra Sebastián Pereira cerca del edificio del cuerpo de bomberos, queda por investigar.



30. Segunda parte del mancebo agredido y el juicio.

Después del suceso de James Po con Bordenhouse los muchachos de San Isidro quedaron curados de ambiciones y si alguno solicitó trabajo, fueron Bogar y el Paticorvo Palomo, que de ninguna manera podían ser clasificados como mancebos. El desafuero de Bordenhouse fue conocido por las autoridades de la compañía y como consecuencia el hombre fue trasladado de planta con raíces al Cerro de la Muerte, donde, no cabe la menor duda, debió sufrir terriblemente, arrastrando entre el polvo sus grandes maletas de cuero llenas de botellas de agua de florida, fried potatoes y Coca Colas que se tomaba 48 al día y sin las cuales decía sufrir escalofríos y retortijones y bajadas y subidas de presión.
Y en lugar de Bordenhouse se instaló en la oficina de admisiones Johnny, Yoni a secas, nadie le conoció otro nombre, ni él lo reveló ni quiso que le asignaran el míster, sino que pedía a todo el mundo que lo tratara de Yoni, con sus pantalones de mezclilla desteñida y la alegría constante, chasqueando los dedos cerca de sus orejas y metiendo la cabeza entre los hombros como una tortuga, fanático del Quijote, siempre tratando de encontrar entre los postulantes a algún Sancho Panza, a algún Sansón Carrasco, a algún Caballero de los Espejos, a algún Espaldián, a alguna Maritornes o Soplamicos. Y efectivamente los halló en el alcalde, en el Paticorvo Palomo, en Epaminondas, en la Musoc y en otros cien personajes que frecuentó sin más interés que dejarlos vivir a sus aires.


Muy bien, muy bien —interrumpió el Giocondo—: no todos los gringos son malos, como no todos los negros simpáticos ni todos los gordos felices ni todos los presidiarios culpables y no hay que tomar el toro por los cuernos o la locomotora por el tornillo o la pluma por el ave o la mano por el dedo.
El Giocondo por primera vez estuvo de acuerdo con lo que Mateo Albán había escrito.
—¿Es guapo el Yoni? Si no es guapo de verdad tú puedes hacerlo en la novela divino de solemnidad.
—No. Quiero hacerlo feo, feorrible, con nariz de camello y cuatro pelos en la barbilla.
—Te juro que te rompo el cuadernillo, Mateíto, te lo rompo.
—Lo vuelvo a escribir y punto.
—¡Malo! —dijo el Gicondo pateando el suelo con gracia de pura sangre y haciendo trompas.
—Bueno, lo voy a hacer guapo como un dios griego.
El Giocondo aplaudió, tomó la cabeza de Mateo y le dio un beso en la calva coronilla. (Que no era calva, pero para el efecto del beso queda que ni pintada.)
Si el Gioco estaba satisfecho con la fachenda, no así los demás perfidiarios que hacían auténticas manifestaciones multitudinarias frente a la celda del Historiador litorate: el Lengua, porque Patrocinio, tan fundamental personaje, había desaparecido como engullido por los infiernos y si aparecía era sólo fugazamente y para decir tonterías. La Raboflojo porque le tomó cariño a James Po y había amenazado a Mateo con cortarle una si no dedicaba por lo menos cinco cuartillas a su héroe. El Cananeo porque habiendo seguido con atención la vida de Vladimiro, intuía ya, por algunos indicios, que acabaría mal. El Mico porque consideraba que hacía falta más acción. El Carelapa porque encontraba la historia demasiado irreal y preguntaba si por algún acaso, remoto pero posible, los personajes no se acostaban con mujeres y hacían lo que se debe hacer en esos casos, si no había por ahí muertitos, grandes pasiones adúlteras, acontecimientos que cimbraran la tierra, vaya, Mateo, las novelas siempre deben ser más grandes, más divertidas, más trágicas, que la vida real, y si no, para qué escribirlas, para qué leerlas, bah.
El Condón había hurtado tres capítulos en los que se contaban graves sucesos sobre el pasado de San Isidro de El General y por hallarlos demasiado parecidos a las novelas de Emilio Salgari que leyó en su negra infancia y luego a hurtadillas volvió a leer tras robarlos de la celda de Mateo, decidió guardarlos para su propio solaz en los momentos de aburrimiento, hecho que, desgraciada o agraciadamente, va en contra de la correcta comprensión de esta historia.
Y el Loco, aunque aprobó el último cuadernillo, señaló que la novela llevaba camino de convertirse en un muestrario de personajes goyescos y de caricatura que desorientaban al lector porque no tenían un desarrollo lógico ni una secuencia ordenada ni una integración al conjunto.
Y Mateo respondió que lo suyo no era una novela ni una nivela ni otra chingada madre sino una serie de chispazos que se podían leer sin ningún orden porque cada cual brillaba con luz propia y sopilante. Y que si la gente lectora se olvidara de los nombres, los tiempos y los espacios, podría leer la obra con gran gusto y provecho, o con disgusto y desprovecho, como diría el negro Vladimiro, y vivir su vida sin tantas complicaxiones. Y a pesar de la respuesta que quiso ser brillante, Mateo Albán, el cuitado, estaba enfermo como la famosa princesa nicaragüense, ya no comía, dormía poco, sólo faltaba que los suspiros escaparan de su boca de fresa y cuando dormía soñaba con sus personajes y hablaba con ellos sobre los posibles destinos, se sentaba a la mesa con don Eutifrón, quien estaba convencido de que por algún sortilegio su novela influía sobre las personas reales y le solicitaba amablemente que tomando en cuenta esto, iniciara una era de prosperidad en la cual el alcalde tuviera un papel sobresaliente. Y si no era en la escena del banquete, se descubría atacando a Robustiano con un cuchillo de papel o destruyendo las torres de la catedral con la fuerza de la pluma, o se veía perseguido por los amigos del Paticorvo Palomo o protegido por los Profesionales o se encontraba a sí mismo en una larga playa, con el sol dándole en la cara y las cuatro Fernández bajándose de sus marcos para rodearlo insinuantes. A veces eran sueños agradables pero con más frecuencia lo atacaban bestias nocturnas. La peor de las pesadillas era una en la cual se hallaba en la pista de un circo (el Liceo, el Cine de la Medalla Milagrosa, la catedral) rodeado por todos sus personajes y por algunos escritores (Pirandello, Unamuno, Cervantes, Borges, Carpentier, García Márquez, Platón) quienes, uno a uno, iban pasando a un estrado donde señalándolo con un dedo índice, le gritaban: Mateo Albán, ¿por qué nos plagias, por qué nos juzgas?, ¿por qué nos expones al escarnio público?, ¿por qué mientes, mala semilla?, deformas la historia, Mateo, agrandas mis vicios, te ríes de todos, rebuscas palabras y robas expresiones para ocultar tu ignorancia y tu cobardía, ajustas la realidad para darle gusto a tu ficción morbosa, ¿para qué escribes, Mateo?, ¿a quién ayudas? Y también veía a otro Mateo Albán, que asumía toda la responsabilidad en nombre de don Garrapata, sentado en una cabaña solitaria en Urique, Chihuahua, escribiendo sobre Mateo Albán. Y así seguían girando en torno suyo los engendros, los ángeles, íncubos y súcubos y réprobos, la Musoc, la Sietecolores, la Malandra, hasta el momento en que el padre Soto dictaba sentencia y cuando se iba a ejecutar (¡que le corten la cabeza, que le saquen el corazón y le emasculen las pelotas!), despertaba sudando en la oscuridad de su celda y se asomaba con grandes dificultades a la estrecha ventana y veía solamente sombras, simulacros descarnados, caminaba reflexionando, volvía a acostarse y de nuevo comenzaban las acusaciones siempre nuevas, como si estuviera unido a una culpa imprecisa por medio de un cordón umbilical que se perdiera en una penumbra cada vez más densa, y solamente ya avanzada la madrugada, lo dejaban defenderse y decía que no era culpa suya el universo ni sus pecados ni sus virtudes y que si lo pintaba así era porque no podía verlo de otro modo y que si querían otra novela que le dieran otra vida o por lo menos un universo diferente, que el suyo era apenas una sombra, un reflejo, y que de alguna manera todo estaba afuera, más allá de toda comprensión y en especial de la suya, tan reclusa, encerrada y sitibunda. Y con estos argumentos despertaba para hallar que lo esperaban nuevos jueces. Entonces, en su confusión, se daba cuenta que el sueño comenzaba a repetirse minuciosamente.


30 y medio. Historia de Samuel inventor del samueleo


Para cumplir lo prometido he aquí la historia del más popular y visitado villano de San Isidro:
Samuel fue un zambo pernicioso que acostumbraba contemplar a la madre de Robustiano, a la que, con poco sentido del tacto se apodó Madrecoño en uno de los primeros cuadernillos —desaparecido ya saben cómo— cuando se estaba desocupando por sus intersticios y se hallaba muy entretenido en esa labor, cuando ella, que conocía ser objeto de éxtasis y abominaba de la exhibición de sus maduras grasas y de la degustación de sus intestinales aromas, introdujo una fulminante aguja de tejer por el agujero y lo destituyó del mundo al momento, al y al instante e isofacto, porque no sólo le admisionó el ojo, sino la materia gris, con orificio de salida por transcráneo y occipucio, interesándole la cabeza superior de la médula espinal.
Los muchachos de San Isidro de El General le rinden culto practicando sus rituales desde la temprana edad de diez años y se encomiendan a todos los santos antes de aplicar sus sensibles ojos al misterio del abismo, no vaya a ser que les toque idéntico y cruel destino.
Fin.

31. El Cristo del padre Clímaco.



San Isidro de El General nunca fue un pueblo especialmente devoto, quizás debido al hecho de que primero llegaron las prostitutas que los curas o porque el ambiente caldeado no dejaba sosiego a los temperamentos o por otras causas de esas que todos sospechan pero que ninguno quiere saber. El caso es que los bailes en los bares tenían un significado mucho más profundo que cualquier rito religioso y las mujeres hermosas o hábiles o marrulleras o insospechadas tenían un estatus y un corazón alegre mucho más alto y vivaz que las beatas. De éstas últimas había pocas o quizás ninguna o quizás una por el tiempo en que llegó el padre Soto sacudiéndose la sotana de principiante. El caso es que un día comenzaron a aparecer las mujeres con paso sigiloso y vestidos fúnebres y miradas oblicuas, encierros tozudos y rezos atrabiliarios y pronósticos de avernos. Muy pronto los generaleños comenzaron a llamarlas zopilotas.
El padre Soto encontró muchos, grandes y diferentes problemas que enfrentar, primero porque ya existían ciertas formas de culto que tenían visos casi religiosos como por ejemplo la admiración por los hombres que arreaban a los chanchos originales por montañas y cañadas y la veneración por los gigantes negros que habían construido la antigua carretera, de los cuales se contaban historias ridículas por lo exageradas e inverosímiles. Segundo, el fino respeto que los del Barrio del Cementerio tenían por las del oficio más infeliz o dichoso del mundo. Tercero, el gran valor que se otorgaba al aguardiente lija o guaro por sus virtudes curativas universales y a sus consumidores quienes invariablemente tenían en sus labios recuerdos de grandes bebedores y proezas. Cuarto, el escepticismo casi fanático con respecto a las posibilidades de la tierra rojiza que hacía descorazonar a los que arriesgaban alguna empresa ligada al suelo y que convertía al pueblo en un sitio exclusivamente comercial, inestable y peligroso, dependiente del mercado al cual llegaban los campesinos después de largas jornadas a pie o en burro. Además del culto enfermizo y sin duda perverso a Samuel, que se practicaba desde la pubertad, particularmente entre los muchachos, también había supersticiones que sostenían algunos yerbateros, chamanes, brujas armadoras de sortilegios y curadoras de males incurables, vendedores de elíxires y esencias, indias abigarradas con mil mantas y encogidas como ratones recién nacidos, extranjeros portadores de macrófonos y habilidades sugestivas extraordinarias, perros embrujados, madres aullantes sin cabeza en busca de hijos descarriados, pájaros agoreros, piedras talismánicas y toxtitoles, metales magnéticos y malditos, calzoncillos contra males de ojo y de pinga, figuras cromadas que protegían contra la furia de los malos espíritus y las seducciones de los falsos buenos, niñas iluminadas que sanaban lepras, que hacían correr maratones a paralíticos, retornaban ojos a sus cuencas y aguas a los ríos secos y toda la laya y estirpe de profesiones, oficios y conjuros practicados por personajes que fueron los primeros dentistas, parteros, casamenteras, jueces, policías, gentes y gentecillas que en fin cumplían las funciones que el hombre común, preocupado por el vientre, el calor y la rasquiña que ocasionaban los zancudos, dejaba a un lado.
El sombranegra padre Soto asombró al pueblo construyendo una iglesia en asocio con María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, quien encontró la semilla de la vocación en el momento en que un mal hombre abusó de ella en un lote baldío y le dejó a la que sería Colonia, más tarde apodada la Santa Flaca, sembrada entre el espinazo y el ombligo. Mucha gente asistió a la inauguración de ese armatoste de maderas y latas lleno de figuras barrocas de yeso pintado simplemente por curiosidad…

¿Pintado simplemente por curiosidad?

pero en cuanto el cura comenzó a hablar de malas costumbres y a soltar tal cual nombre propio, los generaleños ya se dieron cuenta que ese señor vestido de solterona había venido a defecarse en la alegre francachela de la vida y a dárselas de manejador de morales a inmorales. No le organizaron la bronca en el mismo santuario porque doña María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa se había parado al frente con su bastón espantaperros y desde allí vigilaba cada movimiento y asentía apoyando cuanto decía ese muchacho de barriga incipiente y calva artificial. A ella se la respetaba debido a viejas relaciones que se perdían en el tiempo, tal vez por haber sido la elegida del contrabandista que le defenestró la vida y le descuadernó las coyunturas, el que murió durante la guerra entre Colombia y Costa Rica, cuando se peleaban las Bocas del Toro, antes que el presidente del País del Sagrado Corazón le regalara a su gran amigo Teddy Roosvelt ese gran chorizo inútil que según él era Panamá para que se construyera un canal y uniera dos mares que habían estado la eternidad previa en discordia.
Decíamos que no lo agredieron por respeto a María de Los Ángeles, quien conservaba, a sus 101 años, el vigor que parecía robar a su hija Colonia, la pobre se agostaba de cuerpo y florecía de busto, y sin embargo sí se atrevieron a interpelarlo cuando lo vieron pasar con su polvorienta sotana aleteando al viento frente al Bar Tico. Le gritaron que si ya le había llegado la regla y le pasearon una linda putita al frente para que le moviera el culiculiambro y le despertara el animalito. El padrecito se tapó los ojos con las dos manos y siguió caminando a tientas por un territorio desconocido. E hicieron más: le arrojaron desperdicios desde el techo del mercado. Creyeron que lo habían asustado, pero es que no conocían a los Soto: al domingo siguiente asistieron al sermón para ver qué decía y se dieron cuenta que se habían equivocado equinoccialmente: el cura amenazó con rayos, terremotos y otras desgracias (ese día comenzó el padrecito con la cantaleta de que la piedra del Cerro iba a perder el equilibrio y a bajar retumbando hasta San Isidro, donde dejaría el pueblo convertido en un amasijo de polvo rojo y carne molida de tercera). Tarde o temprano, decía, a todas las ciudades pecadoras les llega, y los generaleños se reían porque nadie sabía de dónde iba a sacar tanto artificio de cataclismos y maremotos. Dudaban mucho que el muchacho con olor a alcanforina tuviera tantas influencias ante las potencias telúricas y celestiales. Sólo que la misma María de Los Ángeles de la Medalla Milagrosa le ayudara con la lengua, lo que no era de despreciar.
Los generaleños no cejaron. Dispusieron hacerle unas cuantas travesuras que el curita comentó de buen humor con su beata más adicta. Terminaron por aceptarlo como un mal necesario, al lado de las sequías, el polvo rojo, las avenidas traicioneras del río y las lluvias de goterones como pedradas del odio de Dios. Del mismo modo el cura terminó por admitir la naturaleza perversa o juguetona del pueblo según el humor del día y se fue despreocupando de todo lo que no fuera el santo pisto, es decir, el fundamenutum inconssusun veritatis. Sus preocupaciones se centraron en la conservación de las imágenes, la organización de las ferias desenfrenadas a beneficio dizque de ellas y el surtido ininterrumpido de Gran Marqués de Riscal, al que calificaba con desvergüenza como vino de consagrar. ¡No supiera yo! Amaba sus cuadros, grabados y santos de yeso y eso era festival viene y festival va para el nuevo bienaventurado que él se buscaba en santorales y almanaques. Y si no hallaba a quién celebrar, se inventaba un nombre, una población ignota de origen, unas cuantas hazañas milagrosas y entronizaba a su divinal engendro. No tuvo ningún descaro, cuentan que cuentan que cuentan, en fijar, cuando ya la devoción estuvo bastante avanzada, una especie de impuesto personal sobre todo el dinero que se recogiera pues consideraba que ser ministro de Dios requería de una preparación tanto física como mental y dentro de lo físico tenía sus muy particulares categorías: el aparato más importante del cuerpo, la boca. Con ella se alababa a Dios y con ella se le insultaba, dos actitudes contradictorias y peligrosas que se podían conciliar con otra que acercaba al Divino Maestro: el comer. De estas inferencias confusas y acomodaticias partía toda una construcción que servía para justificar su vida muelle y un vientre plenipotenciario que no hallaba sosiego ni con reses adobadas ni con cabritos al pastor o conejos a la leña. Ya se sabe: puercos no comía por respeto a la tradición original del pueblo. Alimentos que desaparecían en el umbral de su humana boca con olímpica impiedad. Decía que todas las cosas comestibles fueron creadas en un tiempo por el Señor y almacenadas en las celestiales bodegas y en ellas estaba fundido el bien y el mal: durante ese tiempo los dos poderes no reñían porque Dios los mantenía en tregua casi eterna, pero cuando creó el mundo, al descansar el séptimo día, se le escapó de las manos el mal y aparecieron la perversidad, la lujuria, la envidia y las mujeres. Por todo esto, contaba Denario Treviño, su gran amigo, la misión de los cristianos, es decir, de los verdaderos y santos, era ayudar a Dios a restablecer la armonía original: para lograrlo, los escogidos, como él, modesto párroco de pueblo, comían con sus sagradas bocas que el Señor les dio los manjares de la tierra y en sus íntimos intestinos se llevaba a cabo una especie de catálisis que separaba el bien del mal. El bien era expulsado en forma de suspiros que por su baja densidad se elevaban hasta el cielo pasando por las capas atmosféricas, yendo a reunirse con los espíritus celestiales que los atraían como el imán a las limaduras de hierro; el mal, por otro lado, se iba sedimentando en la tierra, casi como el barro en aguas estancadas y esa era la razón por la que había con el girar del planeta cada vez más crímenes y violencia. Un día, así, las almas buenas subirían al Cielo como recompensa al trabajo de purificación y abajo sólo quedarían la podredumbre y los cuerpos nefandos y en ese momento, cuando se estableciera la absoluta separación, Dios recuperaría el dominio sobre sus criaturas y su creación y podría reiniciar la elaboración de un universo ahora sí perfecto, a menos que de esa especie de bolsa maldita que él guardaría en los sótanos del infinito se escapara el mal por algún hueco y se iniciara de nuevo el trabajo de purificación.
Que el padre Soto fuera un musulmán y un hereje era asunto que divertía mucho a Fermín Fano: “Este pueblo tiene lo que se merece, aquí las únicas que dictan cátedra de moralidad son las putas”, decía. No eran muchos los que conocían las manías especulativas del Padre Vientre, así lo llamó don Camilo, que curiosamente aparecieron después de la llegada del nuevo sacerdote; los que compartían el secreto sospechaban que estaba envejeciendo antes de tiempo como Colonia, o que se estaba trastornando ante la caída del pequeño imperio que había soñado fundar. Pero esto se guardaba entre papalinas, como se guardaron las viejas imágenes de yeso cuando estuvo construida la nueva catedral. El padre Soto en sus sermones seguía siendo muy reservado y ortodoxo, pegado a la letra del evangelio, tremenda y artificialmente moralista, ¡non fornicare!, decía con voz cargada de presagios y miraba a don Camilo, quien en pleno centro de la nave eclesial se rascaba el trasero con una flaca mano de palo de sangre, ¡amaos los unos a los otros!, y dejaba escurrir las palabras hacia María de Los Ángeles que había comenzado a llamarlo primo y a compartir el Marqués de Riscal, como si la vejez los hubiera acercado. Ella escuchando todos sus sermones, parada justo debajo del púlpito esperando que por azar los ojos del párroco se fijaran en su cara de anciana con cara de niña, para entonces iluminar su rostro totalmente transportada en una sonrisa beatífica de pasajera rumbo al cielo en vuelo sin escalas.
Antes de la llegada del nuevo cura, Clímaco llamado, los asuntos religiosos se mantuvieron en un estado de inmovilidad, veinte personas por oficio divino, que contrastaba con el crecimiento demográfico y el aumento de turistas en el anfiteatro del hospital y de habitantes en el Barrio de Cementerio. A pesar de esto hubo gran extrañeza cuando lo vieron descender de la Musoc. Unos creyeron que iba de paso hacia las espiroquéticas tierras de Palmar Sur donde valía más una baraja que diez vidas humanas y la mujer era un artículo de libre comercio, y otros conjeturaron que venía nada más a visitar al padre Soto en un trámite pastoral. Pero no fue así, vino a quedarse, hizo que bajaran del techo del bus un baúl tan gigantesco como un catafalco de cuerpo doble. El mismo se lo echó al hombro con ayuda del bobo de Mónaco y Californio el Simple, todavía sin burrita amada, y se dirigió a la casa cural, la que sería después destruida por una explosión de pólvora durante las ferias de San Isidro. El párroco supuso que era un farsante sobre todo porque, dijo, tenía cara de taimado y amojamado y era obvio que traía colgada un alma demasiado pesada para un hombre tan joven. Lo recibió con la hernia asomándole a los ojos y la neurosis alborotada. Cuando le pidió las credenciales del obispado debió dárselas saludables pues inmediatamente su actitud cambió.
Después de ellos llegaron los que zambullían a la gente en el río con el pretexto de alejar a los espíritus y bautizar las almas, los que se bañaban con pantaloneta amarilla y no comían por la noche, los que hacían sus asuntos con la mujer una vez al mes y con precisión a la hora de la salida del sol, los que prohibían a sus hembras cortarse el pelo, los que degollaban cerdos (herejía más que vil en un pueblo que respetaba sus tradiciones, por la cual más de un individuo de esos fue escabechado en los barrancos cerca de la Cuesta Pedregosa), los que tomaban vino, los que no tomaban vino, los que llamaban a Dios a gritos y los que permanecían silenciosos años enteros, los que se flagelaban con alambres de púas y se curaban con vinagre las heridas, los que creían en el diablo, los que creían en la Santa Muerte, y, como decía a el maestro Zalamea, la audiencia crecía, y crecía y sigue creciendo, sólo que no había quien diera fe de ello, hasta que Mateo Albán se tomó el trabajo.


31. Nueva carretera con monumentos de sal y estatuas metálicas.
Palomo, Bogar y el zapatero en la vía.


El trabajo de remodelación de la carretera comenzó a partir de dos puntos. Uno quedaba en San Isidro y otro en Cartago. Día a día llegaban nuevas máquinas montuosas que estorbaban el paso a los autobuses, pero esto no preocupaba sino a dos o tres retrógrados y analfabetas, más bien daba motivo para alegrarse viendo, tal como sucedió con la catedral, que avanzaba el trabajo de forma contradictoria e incomprensible. La fórmula de la buena vida era elemental: resignarse a lo inevitable y evitar lo evitable. La entrada a la ciudad, en la cual antes había una hondonada obra de aguas turbulentas y siglos pasados, se vio convertida por arte de acumulación de tierras en una planicie de aeropuerto. A lo lejos se escuchaban detonaciones, tras las cuales los isidreños imaginaban montañas allanadas, abismos salvados, túneles abiertos hasta las puras entrañas de la tierra. Patrocinio Aramburo trasmitía reportes cotidianos acerca de los progresos del trabajo, recogía estadísticas sobre el porcentaje de turistas que llegaba a alojarse al Prado Motel, hacía entrevistas a los ingenieros norteamericanos quienes veían con optimismo las faenas, leía los informes de la compañía en los que se incluían detalles sobre la construcción de grandes carreteras, represas y vías férreas en el África feroz, la Amazonía misteriosa y la ignota y fría Siberia. Aramburo no excluía de sus comentarios maliciosos los murmullos sobre los romances en marcha entre la crema innata de las niñas sociales y los vaqueros tatuados de la RRR.
A la Rallenger, Ropinno and Rashville se habían sumado muchos isidreños, incluso algunos que jamás habían pensado en trabajar, como el Paticorvo Palomo, quien, a modo de aventura, decidió abandonar su lugar casi estatuario en el parque y la sastrería y dejar vacante la dirección de su grupo chévere para convertirse en lo que llamó un hombre de provecho orgullo de la patria. Bogar, hijo de Denario Treviño y Clementina La Más Fina, también consiguió trabajo. Lo logró exhibiendo su título de bachiller y deslumbrando a Johnny con unos cuantos disparos de fantasía a la canasta en la cancha de básquet que quedaba cerca de la oficina de admisiones bajo el guayabal. (Los guayabales extensísimos son parte importante muy de la historia de San Isidro. Los había y los hay en torno al Liceo Unesco, rodeando El Prado, escoltando el río desde la entrada al pueblo a lo largo de su curso hasta la salida, por el Cementerio, y en muchos otros lugares: fueron testigos de tantos abusos malsanos como de actos de genuino amor y de uno que otro crimen piadoso).
Después de firmar el contrato en el que Bogar se comprometía a cumplir con los deberes y atribuciones de un peón raso, carente incluso de casco, y para celebrar el suceso, jugaron una veintiuna en la que Johnny tuvo que sacar de la manga las jugadas que le dieron prestigio en McCollum Hall durante los tiempos en que estudió ingeniería en Kansas Universitiy en Lawrence. Los hombres que estaban haciendo fila para llenar sus solicitudes no tuvieron más remedio que ser espectadores de la impresionante veintiuna que se prolongó por una hora pues tanto Johnny como Bogar utilizaron técnicas rabiosas de defensa y marcaciones milimétricas que impedían los disparos a canasta. Terminaron cada cual con dos kilos menos, la temperatura era de 42 grados centígrados, abrazados, convertidos en hermanos y brothers for ever y para siempre.
Mientras Bogar se alejaba de los Profesionales, ya en trance de cambiar su apelativo para llamarse Intelectuales, les decía: Largos caminos me quedan por andar y si en alguno tropiezo espero que haya viejos amigos que me quieran levantar, haciendo uno de esos gestos elegantes y muy suyos y sabiendo que a sus espaldas ellos quedaban comentando ese Vérgamo Bogar, hasta para meter las patas es un gran tipo, que tiene estilo, lo tiene, ¡oh yea! Y allá los dejó sentados en el Prado Bar descifrando monigotes que dibujaban las nubes en el cielo y las huellas del trapo sobre el mostrador, inventando formas de robarle una nueva interpretación al tiempo, a la vida, al amor, haciendo bromas en torno a las pretensiones de Bogar de ser un hombre común y corriente, un convencional, negando que alguno de los Profesionales, hombres contemplativos por naturaleza, pudieran dedicarse a labores tan plebeyas como las de un peón.
Porque aunque Bogar pudo haber conseguido un puesto de ejecutivo, con whisky, chicas y patas sobre un escritorio gracias a su creciente amistad con Johnny, prefirió ser un vil y llano villano peón, diciendo que deseaba experimentar lo que se sentía allá abajo. Y fue cierto que lo hizo. Él, que se preciaba de ser el Rey del Tiro Libre, el Príncipe de los Malos Olores, el máximo exponente de la actividad dialéctico-trivial, el más genuino espécimen de la generación de los Peloduros, hijo de Clementina La Más Fina, la puta y dueña de putas más europea, imaginativa y donosa de la región, y de Denario Treviño, el hombre de los diez anillos y los ciento cincuenta kilos de peso, se dedicó con todas sus exiguas fuerzas a clavar pines y cinceles, a volear mazo, a cargar sobre su espalda sol y frío, hambres y sedes. Cada sábado los Profesionales lo veían más flaco de cuan flaco era, una pura pornografía humana. No va a durar, se dijeron, pronto se termina, esperaban, y ya estaban columbrando las ceremonias del funeral con banda de guerra y hetairas bien vestidas desfilando. Mas él, que los veía desde la minúscula ventanilla de la perrera ambulante, los saludaba y sonreía de lo más contento y orgulloso, haciendo funámbulas con las manos siempre tan expresivas que una vez lo llevaron a proclamarse miembro fundador de la oculta secta jeroglífica llamada Los Gesticulantes. Definitivamente, infinitivamente y verbigracia, comentaban Betoben e Epaminondas, el Profesional que trabaja y está contento, necesariamente y por fuerza debe tener algún problema de enciclotimia o ezquizofrenosis.
Y también se unió a la RRR el negro Vladimiro quien había llegado al convencimiento de que Crisóstomo Reflejo, el que lo había atraído a San Isidro, era un espíritu burlón. Y con Vladimiro llegaron algunos de sus amigos y los admiradores de su piel de negro divino y su sonrisa abotonada y sus ojos de iluminado. También llegaron a la convocatoria los compadres carniceros y los conductores de camiones transatlánticos. Se juntaron y allá fueron, a la puerta de la oficina de Johnny, en una cabina del Motel El Prado. No tuvieron que rogar mucho pues eran hombres robustos y bien dispuestos a amansar tigres, violentar doncellas y enamorar patronas de amor.
Los isidreños se extrañaron por la decisión del negro lindo: no entendían que un artesano tan fino pudiera dejar un trabajo que apreciaba tanto, no entendían que para él era un juego, una especie de divertido golpe de dados, dedicarse a romper la tierra para organizar sobre ella una carretera por donde llegaran más negros y más felicidad al pueblo.
—¡Que ganas de comer mierda! —decía Renato—, si le bastaría con sentarse en el parque y sonreír.
Y en verdad era tan agradable Vladimiro que había gente que le pagaba nada más para que enseñara los dientes del más puro marfil. ¡Qué ganas de comer mierda!, insistía Renato, dedicarse a escarbar la tierra como un gusano en lugar de yogar con todas las lindas putitas de este pueblo que se mueren por una vil cuartita de su gaver. Él explicó que todo se debía al malestar de los tiempos que otros llamaban progreso, a la aparición de los calzados sintéticos y las suelas de neolite, a la importación de zapatos de ultramar, a las máquinas de la Talabartería Italiana y a todas esas cosas que lo habían ido arruinando lentamente hasta dejarlo arrinconado, hambriento, con docenas de hijos, en su casa del Barrio del Cementerio, cerca de la Tumba de los Elefantes. ¿Y por qué los carniceros, los traileros, la infinidad de amigos que lo querían como a un rey moro se embarcaron en la misma nave de revolcar tierra y tragar polvo? Un poco por curiosidad y otro poco impulsados por la ambición de lograr en una semana lo que ganaban habitualmente en un mes.
Los trabajadores partían a las cinco de la mañana con el escándalo de las guacamayas y los pericos. Ya por esos tiempos el parque estaba cubierto por un amoroso dosel de ceibas donde hacían su jolgorio los pájaros mañana, tarde y noche. Salían los trabajadores del parque conversando y contando chistes y chismes, alegrándose de la buena paga y el trabajo suave. Pronto una reunión que hubo en El Prado decidió que debía suspenderse el trabajo partiendo de las ciudades, San Isidro y Cartago, y continuarse en el Cerro de la Muerte, para aprovechar el verano. Un verano poco sentimental. A las doce del día los comerciantes callejeros asaban carnes sobre las latas de los coches y los pájaros caían fulminados en pleno vuelo y el río dejaba escurrir apenas unas piadosas gotas y las aves migratorias hacían estaciones en la piscina del Prado para refrescarse.
Desde el día de la decisión comenzaron las penurias, los viajes al Cerro de la Muerte dentro de las perreras en las cuales era casi imposible respirar las dos horas que mediaban entre San Isidro y la cima, la insolencia de míster Rotenhook y míster Malone que trataban a los nacionales como bestias o como fantasmas: como bestias si estaban trabajando, como fantasmas si pasaban a su lado. Primero hubo largos viajes de ida y regreso día a día, luego la compañía RRR se dio cuenta que se perdía demasiado tiempo en ellos y determinó levantar campamentos provisionales en aquel mundo polar en el que el viento lo arrasaba todo o las nubes bajaban repentinamente y era imposible ver porque los hombres se convertían en bultos sin ojos y solamente con tacto, un tacto indeciso, temeroso de hallar, con un poco de claridad, un casco-amarillo insolente. Allá arriba los hombres descubrían por primera vez el calor de otros hombres, el sabroso olor de la humedad ajena que protegía contra ese universo de seres inexistentes, contra la soledad urgente y desoladora. Había que estar tocando algo, como ciegos, contaban. Si no, uno podría volverse loco. Me voy a desenloquecer, decía Vladi, voy a perder la virola y el desentendimiento si no toco una linda teta. Que tras de ceñir un talle y acariciar un seno la redondez de un fruto me vuelve a estremecer, diría Momotombo. Digo yo.
Y después, súbitamente, el verano tan esperado por los dirigentes, se tornó en un invierno tan frío que las palabras se materializaban en el aire, se detenían un momento indecisas, para luego caer con un estruendo de vidrios rotos. El uniforme que se había asignado a cada trabajador era demasiado liviano y sutil para soportar las heladas. Frecuentemente se escuchaba la campana siniestra y se veía bajar una perrera a toda velocidad. Congelarse era, comentaban ruisueñamente, una sensación casi placentera: sentir millones de alfileres penetrando la carne, una necesidad de permanecer inmóvil, un cansancio que va apoderándose de todo el cuerpo y sigues pensando, pero sabes que tu cuerpo ya no es tuyo, sino que has entrado a formar parte de un nuevo género de seres de conciencia mineral y encuentras, sorprendido por la paz que descubres en tal sensación, que tu cuerpo es tu propia tumba. Luego llegan tus compañeros. Te hablan y no respondes. Te tocan y ya no estás. De nada vale que te lleven en la perrera como un bloque de carne yerta y que la campana de emergencias suene, porque ya no puedes, ya no quieres regresar.
Al poco tiempo Bogar, que había hallado un nuevo entusiasmo en la camaradería y el sufrimiento, comenzó a temblar, a cagar verde, a sufrir alucinaciones. No quería bajar a la ciudad porque ya no se sentía Profesional. Estuvo acostado en el campamento cubierto por las mantas de todos los compañeros durante los largos días de soledad. Se aferraba por las noches al cuerpo de Vladimiro que le prestaba su calor y lo cuidaba como a un niño y le contaba historias de negros, sólo historias de negros buenos que tocaban saxofón, cantaban como Frank Sinatra y fornicaban a destajo sin ánimo de lucro o de descendencia, por puro amor al arte y al olor del bagre. Una mañana el Bogar, rey del tiro libre y maestro de las lociones apostosas, amaneció rígido y creyeron que estaba muerto. Lo llevaron a la ciudad en la perrera, que aun vieja y destartalada, alcanzó los 150 kilómetros por hora. Estuvo tres días delirando en el hospital. No supo ni cómo llegó a casa de su hermana, La De Los Pesados Senos, en el Barrio del Cementerio. Los Profesionales lo visitaron en juiciosa romería, como si fuera un santo varón. Se hallaba tendido boca abajo, vomitando sobre periódicos, entre latas vacías y ropas y artefactos eléctricos de última generación recién comprados. Amigos, definitivamente soy un Profesional, es decir, un bueno para nada, dijo, y sólo entonces fue que sintieron un poco de vergüenza. Betoben bajó la cabeza. Epaminondas, cínico, agregó, tienes razón. Serafín, que en esta ocasión los acompañaba, sonrió para sí, como si una vieja sospecha de pronto su hubiera vuelto meridiana y ecuatorial certeza: no servimos para nada.
33. La audiencia crece.
Llegó cargado de ideas nuevas referentes al pecado, el matrimonio, la destemplanza, la función de las iglesias y muchas otras cosas que inquietaban al padre Soto. Lo primero que hizo fue descubrir y desbaratar todo un sistema de contabilidad que llevaba el párroco de los pecados y las indulgencias, en el cual se anotaban puntos a favor y en contra, como si la vida fuera un campeonato en el que el premio sería el cielo y que contaba con toda una red de espías tan bien organizada que cada persona creía ser única y en la cual era digno de ver a las zopilotas dándose aires de sabuesas, hablando como desprevenidas para tratar de pescar a las demás en falta, iniciando confidencias insulsas que cortaban para escuchar las ajenas; tanta fue la planeación que se estableció una especie de oficina al lado de la imagen de San Isidro Labrador con un reclinatorio de terciopelo bordado en el cual se extendían los recibos que se clasificaban en óbolos y ábolos: los primeros a favor y los segundos en contra; con cien óbolos y cincuenta pesos se conseguía un certificado que escribía el mismo sacristán Zaratustra Pereira, en el cual constaba que por lo menos el Purgatorio estaba ganado. La suspensión de este sistema, que en otro tiempo hubiera causado una revuelta entre las beatas, pues les complacía ver que la religión producía dividendos concretos, ahora solamente venía a aliviar un clima de tensiones que amenazaba con descarrilar muchas vocaciones.
La disputa comenzó bastante años más tarde, cuando ya el padre Soto, tras construir la casa cural que sustituyó a la destruida, se encerró al sentirse acorralado por la impetuosidad del Clímaco. El centro de todo fue la llegada de un camión expreso desde la capital. A pesar de que fue introducido por la puerta trasera con todo el sigilo posible, doña Medalla se dio cuenta y difundió la noticia. La operación de trasteo desde el vehículo hasta la sacristía la dirigió el mismo padre Clímaco. El lunes y el martes la catedral permaneció cerrada a los ojos curiosos de las beatas que ya se estaban imaginando quién sabe qué inmensidades estaban sucediendo en sus dominios. Cuando a la mañana del miércoles el portal fue abierto entraron casi en tropel pero sus esperanzas se vieron frustradas porque sólo pudieron ver un gran lienzo púrpura cubriendo una mole informe. Como es lógico las preguntas y las especulaciones no se hicieron esperar, que si era el Purísimo, el Santísimo, o el Bienaventuradísimo, o alguna representación de la Pasión, o algún santo bien milagroso. Para no perder la costumbre el padre Soto, que ahora estaba a la sombra, fue el encargado de organizar el festival y ni siquiera la misma María de los Ángeles logró sacarle el secreto pues parece que tampoco tenía idea de lo que Clímaco había traído; que era una figura, eso sí lo sabía, y que era de madera fina también, porque había estado rondándola hurtadillas y su olfato no la engañaba con el cedro del Líbano.
Antes de pasar a los juegos, a la ruleta, los dados y el enchocle de aros en botellas, se celebró la misa en que se debía descubrir la figura. A ella asistieron las personalidades usuales, a más de don Camilo quien en su constante investigación fundamental, había sospechado que ese día, en el preciso lugar, iba a suceder algo digno de su Estravagario, uno de los tan poco corrientes ombligos espacio-temporales que perseguía incesantemente desde que ingresó a la Logia de Los Grises Disquisidores, cuyo fundador y único miembro era él mismo. Aunque los demás no pudieran verlos, iba equipado con gran cantidad de aparatos con los que pretendía determinar las condiciones ambientales en que los fenómenos umbilicales se manifestaban. A su lado llevaba, ésta sí muy real y visible, a Melpómena Rabo de Puerco. Tras ellos estaban el Poeta Gordo y sus tricoferinas y un señor desconocido y elegante que acompañaba al negro Termidor. También había mucha gente menuda. Cuando después de un apotetónico discurso, pues aquello no era un sermón, Clímaco descubrió la imagen, hubo pupilas dilatadas, tensiones altas, cabellos erizados, secreciones inoportunas. Al principio lo que asombró fue la expresión de serenidad. Aquel rostro era hermoso, tranquilo, no atormentado como los de los demás cristos, con unos ojos tristes, el cuello delicado, los hombros angulosos y las clavículas salientes, tal como debían ser, comentaban después los más templados, pero bajo un hermoso ombligo había un órgano de amor, placer y orinar desnudo y de proporciones normales, pocos decían que casi infantiles, apoyado sobre los limpios testículos que lo levantaban ligeramente y le daban un candor y un deportivismo inconfundiblemente griego. Sin embargo, tras la huida en desbandada de las beatas y de algunos mojigatos, el miembro fue creciendo, creciendo, hasta ocupar casi todo el espacio de la ciudad, y no sólo fue la figura que los pasmó, sino la apología que el padre Clímaco hizo a la desnudez que a veces confundía con la sinceridad y en ocasiones con la honradez. Todos los que permanecieron quietos tras la desbandada de los débiles de espíritu, se miraban azorados, el dentista se guardaba los aplausos y los gritos de júbilo, Termidor los ¡ajúa! de mariachi tequilero. Don Camilo, inmóvil, para no romper la atmósfera y para hacer que le durara el gusto que Melpómena les restregaba en la cara a los Po, a don Eutifrón y a las Fernández. El padre Soto permanecía tras el altar acurrucado como un buitre deshilachado y sin plumas. Sólo María de Los Ángeles de la Medalla Milagrosa, su beata más adicta, lo miraba, tal vez tratando de hallar una explicación a todo aquel estropicio tan poco sacrosanto.
No hubo argumentos para refutar al joven clérigo, las palabras fueron lacerantes y encontraron un eco casi morboso en las paredes de la catedral que todavía no tenía un equipo de sonido adecuado a sus proporciones.
Desde ese día pareció que San Isidro había perdido la especie de estado de beatud o pendejez en el que había vivido. Las gentes se miraban como avergonzadas, sobre todo las asiduas a la iglesia. Era como si de un momento a otro se hubieran dado cuenta de algo terrible que todos sabían pero que no se atrevían a confesar. Un movimiento de descontento comenzó a gestarse en la ciudadanía, parece que alguno de los grandes lo impulsaba pues su prestigio estaba sufriendo ante aquella extraña ola de jueces que aparecían en todas las esquinas. Era claro. En el fondo de todo estaba el Cristo inmoral. Al principio la forma de protestar fue individual: la que acostumbraba prenderle una velita a San Isidro Labrador no lo hacía, la que adornaba el altar parecía olvidarse de sus deberes, el sacristán suplente, Manuel Soto, panadero en sus horas libres, tomó partido y decidió no volver al trabajo.
El padre Clímaco no tomó muy en serio estas actitudes pero ante el espectáculo de la gigantesca catedral vacía donde sus pasos resonaban largamente, decidió hacer concesiones. Mandó construir un techado de cinc en medio del parque y allí colocó la efigie, a la vista de los deambulantes. Pero todo pareció seguir siendo igual o quizás peor, ya el ambiente de la catedral no era el mismo, la presencia de Cristo desnudo seguía flotando como un reproche que contaminaba la atmósfera extendiéndose hasta los sitios más alejados. El único que se sentía a gusto en la iglesia era Californio el Simple, quien se divertía inmensamente con los ecos mentirosos, se deslizaba hasta el Cristo desaparecido que para él seguía en su lugar, le ofrecía su truhanería, le decía espérate un momento y verás lo que hago para vos, avanzaba pegado a las paredes, subía las escaleras y llegaba hasta el gigantesco órgano traído quién sabe cómo desde Brandemburgo y, mediante la presión de una de sus teclas, le robaba una nota que hacía estremecer el edificio y cuando sentía subir al sacristán, se convertía en lombriz para salir por una claraboya y bajar deslizándose aferrado a los tubos del desagüe gritando como un bombero, y cuando el guardián del templo llegaba todo estaba en su sitio de modo que parecía obra de los espíritus chocarreros que se estaban poniendo villanos de un tiempo para acá. Y Californio para entonces ya iba iniciando su desmedida carrera Cuesta Pedregosa arriba, montado en la fiel Anastasia que parecía comprender y disfrutar de la travesura.
Tampoco en el parque los isidreños pudieron soportar la presencia del Cristo. Los paseos de los ancianos u ociosos, las caminatas de las parejas de mensos de amor con los dedos meñiques decentemente enlazados, las relajadas andanzas de las niñas chupando helados e imaginando inmensidades y contando chismes durante los sublimes atardeceres, se convertían en torturas para doncellas y doncellos y toda la laya de auténticos y falsos castos, así como verdaderos jolgorios para las níñas díscolas que vivían de sus cuerpos y de filosóficas discusiones, insolentes pláticas y afligidas aflicciones por parte de Paticorvos, Profesionales, vagos de profesión, intelectuales e intelectontos, beatas y malandras, todos tenían algo que ver o algo que ocultar a los ojos del Cristo. Era inevitable mirar aquella bendita imagen maldita. Clímaco se rindió. Hagan con él lo que quieran, les dijo a Denario Treviño y Ponciano Po. Lo tiraron con poco tiento en un camión y fueron a dejarlo al Barrio del Liceo. Al día siguiente estaba de regreso en pleno centro de la ciudad, al lado de una protesta formal firmada por el Poeta Gordo, su mujer y veinte más. Lentamente el Cristo desnudo iba contaminando o iluminando los sectores por donde pasaba. Nadie lo quería y nadie dejaba de quererlo.
¿Y ahora qué hacemos con él?, se preguntaban. Hubo quien propusiera quemarlo, al fin y al cabo debía ser obra del demonio, pero a ello se opuso Ponciano. Al otro fin y al otro cabo debía tener algo de sagrado, ¿no? Cuando el problema amenazaba destruir los ánimos y enfrentar a los partidarios de bandos opuestos, Calixto Scientificorum, el yerbatero, pidió que se lo regalaran y como era tan pesado debió pedir ayuda a los habitantes del Barrio del Cementerio.
Ese día por primera vez los generaleños tuvieron oportunidad de conocer las aberraciones de la naturaleza que tantas veces los habían torturado en sueños: vinieron lisiados, llagados, purulentos, cegatones, lunáticos, ancianas casi muertas, tomaron al Cristo en hombros y se lo turnaron para cargarlo a lo largo y empinado del camino de la Cuesta Pedregosa. Lo instalaron arriba, en la cumbre de aquel pesebre desordenado de chozas cuya cima se veía desde el parque, muy lejos pero a la vez muy cerca, tanto que los ciudadanos jamás pudieron dejar de mirarlo antes de entrar a misa.
El padre Soto reconcentró su encierro. María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa dejó a un lado su dignidad de propietaria y de esposa del militar muerto en la guerra contra Colombia para instalarse todas las mañanas a las puertas de la casa cural, esperando una palabra que si no recibía la hacía sufrir y que si recibía le causaba escoriaciones en la conciencia. El interior de aquel sitio se había convertido en lo más importante del mundo, le gustaba preguntar a cuantos de allí salían (sólo hombres) la disposición de las habitaciones y oficinas, las formas, tamaños y colores de las alfombras, el grandor de los ventanales, la marca del aparato de radio y la televisión, la música que allí se escuchaba, lo que se comía, los perfumes higienizantes y aromatizantes que se percibían, tal vez porque aspiraba a convertirse algún día en el ama de llaves de aquella antesala del cielo.
Pero los conflictos religiosos tomaron realmente dimensiones graves cuando comenzaron a pulular multitud de individuos muy similares, muy diferentes y muy de todo a los del Coro de las Doscientas Vírgeres y su banda acompañante: con su corbata y su Biblia reformada y su camisa blanca de manga larga ellos, con sus faldas barriendo el cielo y sus abotonamientos arrugando el cuello y su sombrilla ellas, todos pidiendo arrepentimiento inmediato y ofreciendo el paraíso a la vuelta de la equina. El padre Soto lo había advertido y nadie le quiso poner atención: los corifeos, coribantes y coriolanos eran sólo la avanzada, después vendría la carga frontal del protestantismo, el arrianismo, el pelagianismo, el catarismo, el garrapatismo, el eutiquianismo, el marcionismo y todos los ismos imaginables, incluido el brutal cinismo. Algunos portaban un maletín negro que, o traía dentro una Biblia o en su defecto El Gran Libro, escrito por Dios pero corregido por los hombres. No llamaban a Dios Dios sino Jeováh o Yavé, vestían pantalón oscuro, camisa blanca y corbata. Tras ellos siempre iba, u otro patón de bolsillo (se caracterizaban por calzar zapatos de arlequín: varios colores, cordones blancos, raya en medio) o un tipo con cara de indio autóctono. Ofrecían muchas cosas de alto precio y como los isidreños nunca fueron reacios a los regalos, muchos de ellos aceptaron la vida eterna a plazos o amistad directa y comunicación como por teléfono con los rubios y atléticos y felices habitantes del cielo. Al poco tiempo los indiecitos autóctonos se aprendían las retahílas de sus maestros los patones y entonces llegaban solitos a la adoctrinación, tocaban a las puertas, pasaban a las salas sin ser invitados, metían sus narices a las habitaciones, se quedaban a almorzar y a veces a pernoctar y hablaban, hablaban, hablaban, no había quien los detuviera y no pasó mucho tiempo sin que construyeran su iglesia con fontanería de bronce y banderas de todos los países a media cuadra de la casa de Benito von Chúber. Allí se reunían, cantaban y después salían tan elevados y tan pretenciosos que no parecía sino que hubieran estado sentados a la mesa conversando con Tata Dios.

viernes 9 de octubre de 2009

¿QUIÉN LE TEME A GARCÍA MÁRQUEZ?

VIEJOS BLOGADICTOS AL DESCABEZADERO;
FAVOR NO LEER LO QUE A CONTINUACION VOY A INCLUIR

Ahora que Gabo está de moda --ojo a la brillantez y originalidad de la frase-- voy a reproducir un texto que ya he publicado tres veces en este blog. Se trata de mi visita reciente a García Márquez y de su renuencia a recibirme y de su final aceptación con todos los ingredientes concomitantes. ¿De moda García Márquez? Siempre lo ha estado desde sus Cien años, pero ahora por razones diferentes: se le acusa de promover la paidofilia, como si fuera una novedad que a todos los viejos les (nos) gustan las niñas... Lo que no quiere decir que las vayamos a defenestrar inmisericordemente y a destajo. Censurar este sector de la fantasía de los seres humanos puede ser la entrada a una nueva inquisición. Hace un par de semanas, durante una conferencia que di en Medellín, apareció un individuo preguntándome por qué no me convertía en líder de una cruzada en pro del amor las las niñas... Y apareció otro tipo que me mandó una amenaza de muerte --quería llevarme el pecho de plomo-- dizque porque yo había hablado demasiado desparpajadamente de la felicidad de vivir en una ciudad como Medellín, donde se vive cada momento al borde del abismo... La nota que leerán a continuación, como les dije, ya fue publicada en este blog, y si la vuelvo a publicar es porque westá muy bien presentada en el blog de un amigo que se ha dedicado por entero a difundir noticias sobre Gabo.
Presione el vínculo...
http://memorabiliaggm.blogspot.com/ ...y después lea algunos capítulos de la novela Historia de todas las cosas que pretende ser una parodia de Cien años de soledad y algo más...

lunes 5 de octubre de 2009

HISTORIA DE TODAS LAS COSAS




REGRESO AL ORIGEN

Como saben los diez o veinte fieles visitantes de este blog, terminé hace algunos meses la reescritura de mi primera novela Breve historia de todas las cosas. Antes tenía 370 páginas; ahora 580. La novela original le gustó a buenos lectores: Daniel Divinsky, Gustavo Alvarez Gardeazábal, García Márquez, Seymour Menton, Wolfang Luchting, Isaías Peña, Víctor Gaviria, Alfonso Chase, John Brushwood, Raymod Willams, Jairo Mercado, Germán Santamaría y Germán Vargas y a una cauda larguísima de personas que aprecio y respeto... Por alguna razón durante casi 20 años (tras una segunda edición de 25 000 ejemplares en Plaza y Janés de Colombia --la primera fue de La Flor de Buenos Aires) no me gustó la novela y hasta quise olvidarla. 30 años después la releí y me gustó tanto y me pareció tan inexplorada, que decidí escribirla de nuevo. Ahora estoy muy satisfecho con ella y en proceso de negociación con el FCE de México. Veremos. Publico ahora tres fragmentos a solicitud de algunos lectores que lo han solicitado, particularmente por sugerencia del director del Telebachillerato de Banderilla. Cada capítulo es independiente y a la vez dependiente de la novela, que considero que se puede leer y disfrutar sin conocer el todo. (En la foto se pueden ver la primera edición de La Flor de Buenos Aires, 1975...Y la portada de El amor y la muerte, Alfaguara, 2002).

12. Zaratustra Pereira, un personaje que murió por misticismo (y descuido del autor).

Y lo de las garzas y mujeres idas y aquello de
Recuerdo que la laguna florecía de blancura
Recuerdo que me decías
Son blancas cual tu alma pura

sucedía cuando todavía no habían llegado los gringos, ni los de la carretera ni los de la bauxita, y el colegio de monjas apenas lo estaban fundando las Julianitas que tenían un acento muy aespañolado, sobre todo cuando iban a pedir cooperación para la biblioteca se les escapaba una zeta silbante y acariciadora que daba gusto y por eso María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, madre de la Santa Flaca (que no se debe confundir con la Costurera Flaca) y propietaria del Cine Ángeles de La Medalla Milagrosa, se puso como caballera andante de la causa de las monjas desde que llegaron con sus cofias voladoras y los albos vestidos rojos de polvo en la Musoc (no confundir los autobuses con la celebérrima archiputa que cumplía el mismo itinerario y cuya historia está acechando al Historiador literato) y entre funciones en el Cine Ángeles de la Medalla Milagrosa, rifas y ágapes en la Cámara Junior y otras actividades siempre dentro del marco de las buenísimas costumbres, se construyó no sólo la biblioteca sino el colegio cercado como un búnker con alambre de púas, malla ciclónica y barda de tres metros de altura, un colegio que gozaría de los servicios del mejor bibliotecario de toda la zona sur y que con el tiempo se convertiría en la prisión y el reino de todas las nenas ricas del Valle. Porque allá sí que enseñaron lo que se llama cultura de la buena, con todo y vocación, claro que tuvieron sus fallas por el tiempo en que por las noches se les escapaban cinco chicas, acaudilladas por la Niña Sherman, la hija de los menonitas de Buenos Ayres de Puntarenas, a jadear boca arriba con los liceístas traviesos del grupo de Epaminondas, hijo del pudiente Óscar Pedernera, y Betoben, el atlético a medias vástago de Benito Chúber, y Bogar, hijo putativo de Denario Treviño, y también sufrió menoscabo la fama de las Julianitas cuando, algún tiempo después, ya descubiertas y castigadas las culpables, la Niña Sherman, única menonita que había escapado de la tradición y despreciado la riqueza que su padre tenía en Buenos Ayres de Puntarenas, inició sus salidas dominicales acompañada por un hermano con el cual se divertía en el Prado Bar en poses poco fraternales y después fue resultando que nunca había tenido hermanos y que el que se hacía pasar por tal era ni más ni menos Epaminondas Pedernera, que se había dejado crecer la barba y había adoptado el atuendo de discípulo de Joe Smith, el gran sombrero, las botas vaqueras y un overol grandísimo. Pero como no hay nada perfecto en este mundo las monjas se consolaron con el consuelo de que la realidad de este mundo tenía la consistencia de un queso gruyere, además la consigna era el no embarazo, cosa bastante difícil en zonas tan insalubres en las que había animalitos de amor en el aire y con tantos ejemplos de disolución que ponían las chiquillas alegres que proliferaban como plagas de cucarachas. Y en eso ellas sí llevaban la batuta porque su promedio de indigestiones fetales era menor que puertas afuera. Algo que siempre les reprochaba doña María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa a las Julianitas era que permitieran la entrada de Rey David a ese castillo de pureza. Con mayor razón, decía, si tomamos en cuenta los berenjenales que se estaban descubriendo poco a poco en su casa de la Cuesta Pedregosa, gracias al celo en parte y a la imaginación en fragmento de los vecinos, agregaremos, el chisme, se sabe, es buen digestivo de la cruel existencia, especies como aquélla según la cual no se podía establecer diferencia clara entre las mujeres de Rey David, o las que cumplían la función de tales, y sus hijas, que jamás miraban a otro hombre que no fuera su padre, y claro que no podían mirar a otros hombres, puesto que nunca se asomaban a las ventanas, decían, sino se quedaban todas ahí acostadas, unas sobre otras, como si menos que seres humanos fueran cerditas echadas al sol en su doméstico barrial.
Pero la que se entendía con los asuntos del cuerpo profesoral era la madre superiora, hembra bigotona y atrabiliaria inapelable, y ella no le daba cuentas ni al padre Soto. No en balde había circunnavegado veinte veces el globo terráqueo y llevado la paz espiritual y la salvación a los incivilizados con la palabra de Dios y el dinero de los fieles y por eso no iba a ser una beata pueblerina con cara de momia azteca y propietaria de una sala cinematográfica de dudosa reputación para peores (ya se rumoraba que a horas muy discriminadas y en secreto conciliábulo de eminentes, se proyectaban atrocidadees innombrables). Sí señor, no iba a ser una cacatúa atmosférica quien le dictataría a la abadesa cuál profesor era digno de dictar clases en Las Julianitas y cuál no. Por otra parte Rey David era un buen profesor y se sabía todos los himnos a María y organizaba, sin recargo alguno, por puro placer sibarita, coros para interpretar hermosísimas zarzuelas

¿Dónde estarán nuestros mozos
que a la cita no quieren venir,
cuando nunca a este sitio faltaron
y se desvelaron por estar aquí?
Si es que me engaña el ingrato
y celosa me quiere poner,
no me llevo por él un mal rato,
ni le lloro, ni le imploro,
ni me importa perder su querer.


en las que se fundían armoniosamente las ejemplares voces de las niñas bien y las de los muchachos majos del Liceo (que a decir verdad, sólo se sometían a metrónomos y armonías con la villana esperanza de enseñarles el misterio del conejo, difundido por doña Lina, a las inocentes presidiarias de Dios). De ahí que no hubiera razón para que la gente (gente eran los del Barrio de Abajo, decían) se fijara sólo en los defectos del músico. Francamente era necesario exaltar las integridades, en él bastante prominentes y dignas de atender, pues no había que ser, o sea, qué duda cabía sobre la calidad del profesorado, desde la señora que daba lecciones de modistería y buen hogar, hasta la dama distinguida que dictaba francés, español, historia, filosofía, química y lo que fuera y quien tenía siete hijos narigudos y grandotes (uno de los cuales iba a inaugurar a Violeta, la hija de la Musoc, quien a partir de entonces comenzaría a recibir el mal nombre de La Malandra). Y además para terminar de adornar el historial de su magno culo o currículum, palabra docta, había estudiado en el extranjero y se decía que era extranjera ella misma y trataba a las niñas de pibas, lo que las emocionaba mucho porque se sentían primitas de Carlos Gardel. Y como si todas esas bellezas fueran poca alcurnia, las Julianitas consiguieron propaganda de santidad el día en que llegó la carta de Yugoslavia diciendo que Zaratustra, el hijo mayor de Sebastián Pereira, había fallecido de muerte natural al lanzarse desde un décimo piso de las residencias universitarias de la máxima casa de estudios de Belgrado.
Esta historia, la de Zaratustra Pereira o Zara, como cariñosamente lo llamaban en el colegio, es de suma importancia, el único inconveniente según muchos, es que está totalmente falseada, primero, por su familia, luego, por la congregación religiosa y finalmente por él mismo (también, no hay que ocultarlo, por el poco honorable HL, que la escuchó a medias gracias a un par de chismosas que se acercaron a reformar el mundo cerca de la ventana de la cárcel). De todos modos vale la pena anotarla como base y cimiento para posteriores indagaciones.
De buenas fuentes es sabido que Zara dejó su epopeya martillando las noches de los generaleños y en especial de las Julianitas. A partir de su muerte por correo las monjas gastaron sus insomnios en recordar su paciencia y su viciosa templanza desde que estaba chiquillo cuando seguía por las calles al padre Soto con el misal sudado en la mano y repetía las misas en latín de memoria con una cara de éxtasis que hacía llorar de ternura a las beatas, especialmente a María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, que guardó hasta el fin de sus días el oculto deseo de casar a su hija Colonia, que terminaría siendo La Santa Flaca, con el beatito. Luego, cuando embarneció el infante Zara, le dio la luna por estudiar latín, arameo, copto y biscornuto y llegó a discutir como un Niño Dios en medio de los sabios de la ley, y ya en el Liceo todos le decían que era muy inteligente porque resolvía las ecuaciones de cuatrocientos grados más rápido que Termidor, aunque hay que decirlo, algunos comentaban que la realidad es que era namás un marica, igual que lo haría su hermano Serafín (solucionar enigmas sin juicio), seis o siete años más tarde, eso de resolver ecuaciones (entiéndase la gramática frenáptera), y al fin, cuando todas las ciencias y las artes de San Isidro no le bastaron, fue a comprar carretadas de libros a San José y no quiso entrar a la universidad como sus otros dos hermanos mayores que ya andaban trajinando las universidades norteamericanas, sino que se adjuntó sus libracos de regreso. Y pasaba las horas encerrado en su habitación estudiando cosas bien raras como hermenéutica y psicoanálisis y materialismo histórico, y por último, sin que se supiera de dónde, quizás por influencias de su padre, que ya andaba metido en políticas, le fue resultando una beca para estudiar en Yugoslavia y él se montó en la avioneta con esa cara de santo patricio y todos quedaron muy tristes y más tristes cuando supieron por un folleto clandestino que en Yugoeslavia la gente era mala porque allí vivían los comunistas. Y por eso cuando llegó la carta fatal, la ciudad se puso de luto y se hizo colecta pública para ayudar a Sebastián Pereira, todavía sin diputación, a traer el cuerpo de su hijo desde aquellas lejanías que quedaban tras la Cortina de Hierro, una pared larga de acero que dividía el mundo en dos, pasando precisamente al lado del apartamento donde vivía el finado. Y cuando llegó su ataúd sobre el maletero de la Musoc, la ciudad se abalanzó a abrirlo para mirar por última vez a su niño, el cerúleo mozo que hizo suspirar a tantas y tamañas mujeres y que en algunas ocasiones fungió como sacristán, pero lo que hallaron fue una especie de morcilla o butifarra catalana y rozagante, hedionda hasta el martirio, por lo que tuvieron que enterrarlo con prisa en ataúd de plomo y sin mucho protocolo. Sobre el pecho le pusieron un crucifijo de plata que después apareció en manos de Alisio. Y con eso y muchas oraciones y un concierto de hoja de laurel interpretado por Californio, que parecía estar disfrutando el evento como si asistiera al entierro de un papa. Y con un necrogírico de Patrocinio Aramburo a través de las ondas amigas de Radio Satélite, se consolaron las monjas que lo habían disfrutado como bibliotecario y factótum cuando aún no tenían ni cincuenta libros.
En atención a la odisea de Zaratustra Pereira las Julianitas decidieron ponerle su nombre a la biblioteca del colegio y fundar un archivo con sus cartas y allí se extasiaron más de cinco generaciones de niñas decentes y llegaron a venerarlo tanto que cuando llegó el obispo recién nombrado en su Mercedes Benz morado y se dio cuenta de ello casi hace una excomunión territorial. Pero esa veneración que no pudo extirpar el obispo se derrumbó cuando a la niña Sherman, la menonita renegada, se le ocurrió proclamar que Zaratustra había sido un famosísimo comunista que luchó en las guerras de liberación yugoslavas y que las cartas del archivo, siete mil públicas y doscientas privadas, guardaban todos sus secretos y que ella tenía las más cojonudas en su poder.
La niña Sherman, que había sido cómplice de Zara en sus eruditas lecturas y contemplaciones, se preciaba de ser una especie de demonia, un virago que pregonaba que el ejercicio del amor con machos no podía ser otra cosa que una insoportable pero deliciosa esclavitud. Acostumbraba fumar en público la niña y escupir con lujo de esgarramiento y sus escupitajos eran particularmente floridos ante la inminencia o posibilidad de que se manifestara un negro, de los que decía, no eran descendientes de los monos sino padres directos de nuestros peludos antepasados. Opinión por cierto respetable pero difícil de comprobar e incluso anticientífica, pues, ¿quién ha visto un negro verdadero auténticamente peludo de sus partes públicas?

13. El Poeta Gordo y los Profesionales.

La inauguración del aeropuerto, la recolección organizada de la basura por eficientes burreros (contra la cual se opusieron los miembros de la Sociedad Protectora de Cochinos) con su correspondiente carreta, el aseo del Mercado y la paradójica localización de la biblioteca en el segundo piso de la misma institución comercializadora de abarrotes, frutas y verduras, la desmedida proliferación de antros de servicios venales, eran problemas que torturaban el celo ciudadano de la gente que sonaba, como Denario Treviño, que a pesar de su creciente sofisticación, no había podido abandonar el vicio de los anillos, uno en cada dedo, y de la debilidad por las putas, una semanal, como Robustiano. O como el mocho Pedernera, para quien cada día era el amanecer de una nueva obra, hoy la piscina olímpica, mañana las canchas de tenis o básquet, pasado El Bosquecito del Prado. O Fermín Fano, solterón ya desilusionado ante el fracaso categórico de la Terraza Bailable, en pleno centro, al lado del Cine de Los Ángeles de la Medalla Milagrosa. Otros, sin embargo, como el director papudo del Liceo, vivían en parnasos que no necesitaban servicios públicos. El gordo era poeta y caminaba como tal con las piernas inmensamente abiertas y la frente disparando al cielo a pesar de que nadie en San Isidro sabía que él ya había publicado su primer libro y que era precisamente ésta la causa por la que estaba padeciendo la tortura de vivir en aquel “sanedrín maloliente de murciélagos y ratas” (literal de uno de sus engendros líricos) pues la edición le costó su fortuna y todos los fondos del colegio de la capital en el que ocupaba los cargos de secretario, tesorero y maestro de lectura y redacción, y
Para colmo de fatalidad y desventuras
el Hades funesto quiso que mis alambicadas
versificantes aperturas fueran
por el desochantre vulgo rechazadas

Como claramente se destila en los versos, sus coetáneos, grasosos y crasos ignorantes rasos, no alcanzaban a vislumbrar los méritos de su obra A mí mismo. El Poeta Gordo con el inmenso dolor de su lira y la gran secreción de sus bilis, había aceptado el puesto de director en un liceo perdido entre los pliegues vaginales de la patria, donde tendría que lidiar con plebeyos blancos de mala calidad y negros como Termidor que lo humillaban constantemente y ni siquiera tenían la suficiente sensibilidad estética, o por lo menos la decencia o el ínfimo decoro, de libar o apurar o cuantimenos soportar sus trovas en silencio, esas trovas que en cada celebración desplegaba al viento como filacterias babosas, reumáticas y apasionadas, y que producían malestares disménicos, dismenorreicos, dolores hipofisiarios y excrecencias flatulentas en las humanidades de los concurrentes al gimnasio, quienes no se compadecían de su expresión trágica de bohemio trasnochado y empezaban a bostezar.
El poeta tenía una mujer tan pequeña que cuando se les veía caminar juntos a lo lejos parecía que el hombre llevaba una sombrilla floreada colgada del brazo. Ella, a pesar de ser tan liliputa, también era alta artista y en las funciones del Liceo cantaba con extraordinario acento italiano La Golondrina Que De Aquí se Va y por eso cuando se paseaban los dos samedi matin en torno al parque con su séquito de niñas vestidas con túnicas blancas de muselina y luciendo bucles muy brillantes gracias al Tricófero de Barry, la nariz les apuntaba como agujas de sextantes al cielo o como picos de gallinas tragando agua: dos artistas tan epónimos juntos no se ven todos los días, y menos en tales latitudes cuitadas por la mano de un dios olvidadizo.
(Me van a perdonar los sufridos lectores que interrumpa esta gráfica ranación pero es que, ejem, nuevos datos de la epopeya de Zaratustra se interponen en el horizonte, y si no los intermeto, se me van a olvidar. Se dice, y recurro al chisme con toda legalidad, que Zaratustra no viajó a Belgrado movido por su pasión epistemológica sino para alejarse de una pasión malsana por una novicia adolescente, Veleida, que en sus éxtasis confundió al hijo menor de los Pereira con Cristo: poseída por un rapto teresiano que le hizo perder la conciencia tomó al inocente de Zara, lo agredió dulcemente y le hizo ver, una vez, solamente una vez, los siete recintos del cielo y desde ese momento el mozalbete no vivía sino a la expectativa, como un gato a la espera de la salida del ratón. Más sin en cambio sor Veleida, percatándose de su aberrante confusión, refundióse en una celda durante un mes, y cuando salió, era de nuevo la novicia impecable, la esposa de Cristo, aferrada a una virtud acrisolada que habría entregado su cuello al degollador antes que rendirse de nuevo a las insidias del demonio.
Y a partir de ese día Zaratustra no pudo dormir, sus noches fueron solamente días interminables en los que sus ojos fatigaban la misma escena del séptimo cielo, hasta que apareció el chincualo de la beca y se montó en la primera avioneta que salió del nuevo aeropuerto (en realidad un largo potrero propiedad de Óscar Pedernera) y viajó a Belgrado, donde hizo matazón de anticomunistas, pero, amigos, ya no volvió a dormir y la imagen de sor Veleida lo persiguió día y noche, y dicen que antes de su presunto suicidio estaba en la azotea de su edificio de apartamentos y vio pasar a la monjita volando y quiso agarrarla de los hábitos, pero resulta que eran de tan mala calidad (los hábitos: sí, los hábitos de mala calidad, que los otros hábitos, non juzgarlos queremos), que se desgarraron y nuestro infeliz protagonista cayó en el vacío del eterno sueño con abundante y colorido estropicio).
Fin.
Y regresamos con el Poeta Gordo y su sombrilla floreada colgada del brazo… Paticorvos y Profesionales se divertían especulando cómo sería la coyunda de complicada, siendo él tan globoterráqueo y ella tan estrecha de junturas. No había otra solución, según los amigos del Palomo, que la apertura del compás femenino en ángulo de 180 grados y la circunnavegación de aquellas tenazas de cangrejo tierno que eran las piernas de la liliputa en torno al ecuador ventral de su marido. Misterio grande, sin duda, cuya dilucidación podría haberse encargado a los hijos de Termidor, discípulos dilectos del desventurado Samuel, inventor del samueleo.
A los oídos del poeta gordísimo jamás llegaron esas bromas, pero a sus ojos sí, y esa era la razón por la cual vivía recluido en una amargura cítrica contra el Liceo, la ciudad, y en general la atmósfera cargada de polvo, sequedad prosaica y espermatozoides en suspensión. Consideraba que el mundo era un insulto que Dios infería a los hombres y que a los elegidos por las musas les correspondía responder con obras sublimes, menos contaminadas. Pulir un libro de versos le podía llevar décadas y publicarlo era una batalla contra el pudor, el necesario secreto, y, claro, la economía doméstica. Además, no era poca entereza luchar con dignidad contra la feroz crítica de su mujer, que nunca había podido leer sus textos sin enfangarse en una risa histérica de la cual sólo la sacaba un vaso bien servido de guaro blanco. Entonces cambiaba su risa de loca por una euforia encantadora y la obsesiva repetición del himno nacional de los borrachos ticos:
El guaro blanco es un alimento, yo sólo jumo quiero vivir
Consideraba don gordo que el mundo era un incordio y por eso le ponía mala cara y odiaba a los que sonreían, como Vladimiro, con mayor razón a los que se carcajeaban, sobre todo a los Profesionales, como se habían autodenominado, un grupo de muchachos de buenas familias, casi todos estudiantes que no estudiaban o trabajadores que tenían vacaciones perpetuas. Ante los ojos de sus conciudadanos parecían una cáfila y zahúrda de vagos y malvivientes, pero lo que en realidad eran no lo decían sino que lo expresaban en sus actitudes de constante admiración y curiosidad, en busca de protagonistas y situaciones peregrinas. Eran personajes inteligentes y sociables, según ellos, que se divertían a costa de los que no eran inteligentes pero a veces eran sociables. En peripatética correría visitaban uno a uno, con exactitud planetaria, siempre los mismos e inagotables lugares. El Prado, de mucho tono y abundante ganado. El parque, con sus infinitas posibilidades (tiro a la golondrina, póquer donde Pascual, cine en lo de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, si no estaban pasando una mexicana, o en el Paladín, si no les tocaba sentarse en el suelo. Solemne asistencia a los conciertos que con hoja de limonero, laurel o rosa, interpretaba Californio el Simple. Samueleo de alguna putilla económica cumpliendo altruistas labores profesionales en el lote baldío cerca de la Alcaldía, carambolas ocasionales en el Billar Montecarlo, si no estaba el enemigo Paticorvo Palomo por ahí, danzón en la Terraza Bailable de Fermín Fano, con melcocheo, brillada de hebilla y postura de calzoncillo limpio si es el caso, visita al colegio de monjas y al Liceo). Y jamás se aburrían porque Epaminondas Pedernera, héroe de la pequeña sociedad y heredero de la Corporación El Prado, tenía constantemente a flor de labio leporino algo interesante que decir: Si te casas lo lamentarás, si no te casas también lo lamentarás. El único idioma universal es el beso. El amor es ciego, pero el matrimonio restaura la vista, Monstruos hay en el cielo y en la tierra, pero ninguno como la mujer.
Y si no lo hacía bastaba con mirarlo, pues el resto del grupo le tenía un afecto casi intravenoso, y no es que fuera guapo o simpático o atractivo como sólo una mujer puede serlo siendo fea, sino carismático, con un magnífico don del gesto que acaparaba la atención. Poseía unos ojos inmensos, negros, como de equino, sembrados profundamente en medio de la cara y demasiado separados por una nariz de bagre. No parpadeaba jamás y dicen que no dormía o que si dormía lo hacía con los ojos abiertos mirando el cielo raso. El pelo hacía un marco aerodinámico lleno de recovecos y filigranas a su cara redonda y plana de cosaco, vulnerada por un par de pómulos como puños. La barba muy aladecuervo y rebelde llenaba de interesantes remolinos su topografía. Y con todo y esto y el poco dinero que le soltaba su padre, el magnate Pedernera, ya había desordenado unas cuantas cabelleras púdicas entre vírgenes propicias de El Embajador de la Elegancia, damas de la noche de Los Pollitos y turistas ocasionales. Y, naturalmente, se había arrimado al fuego de la Niña Sherman, de dos estudiantes del colegio de monjas, y sería el agraciado que tendría por primera vez acceso a una de las Fernández, hija de Pinga de Oro. (El affaire que tuvo con una de las burras de Alisio no está del todo documentado, por lo que se dejará entre paréntesis. En todo caso parece que no fue amor auténtico el que movió al ingrato contubernio.)
Bogar Bergonza, un auténtico hijo de puta, en el sentido menos metafórico del término, pues fue concebido por una de las muñecas de Clementina La Más Fina (o por la misma Clementina, no se sabe) en conciliábulo carnal con el también gordísimo Denario Treviño, el de los diez anillos y la Torre de Babel, era otro de los Profesionales, un rubio mal pintado, el pelo cepillo apuntando al cielo, zapatos tenis descoloridos, camiseta con el símbolo de Supermán, lavada y relavada y vuelta a lavar una y otra vez. Lo envolvía una atmósfera insoportable a sudor polvoenvejecido de la que se envanecía y le servía para desarrollar su invectiva creando nombres como Ais Blue Acqua Chucha, Old Zorro, Hediondos Brut, lociones de las cuales él era el único poseedor y dueño de la franquicia. Vivía en una casucha destartalada en el Barrio del Cementerio, pues, aunque su padre jamás había querido reconocerlo públicamente, por lo menos le pasaba una mensualidad que le alcanzaba para irla vadeando al lado de una hermana suya que estaba en el mismo caso y a quien, en pasados capítulos se denominó provisionalmente La De Los Pesados Senos. Bogar odiaba tanto el trabajo como el agua. Afirmaba tener alma de gato. Amaba el básquetbol y se soñaba driblando endiabladamente, haciendo fintas increíbles, canastas de gancho, y en efecto fue diestro y se le llegó a llamar Ganchoeterno: canastas de medio lado y de espaldas, con doble efecto, con impulso retardado, desde el centro de la cancha, desde las esquinas, saltando sobre jugadores de más de dos metros de altura, metiendo el balón a la cesta con los codos, con la nariz, con un papirotazo del dedo meñique. Y cuando estaba en el Liceo en lugar de poner atención a los profesores pasaba el tiempo inventando jugadas extremadamente complicadas que después pondrían en práctica los Popis Boys o Los Konnigs y en realidad era un jugador hábil, quizás el mejor de San Isidro a pesar de su raquítica escualidez de renacuajo. Y se esperaba que algún día lo llamaran a conformar la Selección Nacional y ese día, ese día venturoso, que se prepararan los equipos abusones que ponían en ridículo a los pobres conjuntos de los países subdesarrollados y enanísticos. Que se prepararan, porque ese día no quedaría de ellos más que un reguero de sangre, sudor, lágrimas y cuchufletas. Precisamente debido a estas condiciones tan fuera de serie era que sus compañeros debían tratarlo con mucho tacto y sondear el terreno antes de llamarlo Bogar a secas o hijo de puta y mercenario. Había días en que exigía ser llamado Ubiratán Pereira o Marquiño o Lou Alcindor y era común escucharlo decir hoy me llamo El Rey del Tiro Libre, pero a sus espaldas lo llamaban Egoandante, Monocongo, Míster Pachulí o Señor Mofeta.
El tercer integrante de los Profesionales era Betoben que, aparte de sus anchas espaldas y sus piernas de poliomielítico, su afición por la literatura, la natación y la gimnasia, lucía generalmente una elegancia que rayaba en lo ridículo. Sólo había una persona en San Isidro cuyos zapatos brillaban con más esplendor: Californio el Simple, que acostumbraba afeitarse mirándose en la superficie de sus zapatos y disfrutar de los donaires femeninos arrimando sus pies enmocasinados a los bajos fondos de las gentiles. (Ya por entonces la obsesión de Califo por tener una burrita fina había comenzado a levantar una polvareda de risas y murmuraciones a las que era inmune el hijo de Rey David: lo suyo era una sana ilusión, una necesidad del espíritu, un utilitario deseo de cabalgar con donaire. Me atrevo a conjeturar.)
—¿Dónde íbamos?
—Con el apestoso de Bogar…
No. Íbamos con Betoben, el hijo de Benito von Chúber, nee Charriaga. Simpatizaba el Beto Betoben secretamente con Melpómena, Melpómena Rabo de Puerca, su hermana, y aplaudía la desfachatez con que ella tomaba su vida.
Epaminondas Pedernera, Bogar Bergonza y Betoben Charriaga eran la cabeza visible de los Profesionales. A veces se les unía Serafín Pereira, pero solamente en casos excepcionales, cuando se requería de un maestro en telefonía, explosivos o prácticas esotéricas: en general las melancolías y las ideas descabelladas de Serafín les causaban terror. Un día Serafo le va a poner dinamita a la piedra del Cerro y se termina el baile, acostumbraba decir Epaminondas. (Habrá que dejar lo de la piedra para más adelante.)
Desde que Zaratustra Pereira, el santo bibliotecario, desapareció en Yugoslavia, Serafín había dejado de ser el amigo de infancia para transformarse en un extraño de quien podía esperarse cualquier cosa.
Los Profesionales explotaban los placeres del mundo ante el escándalo de la ciudad, pero sus distracciones no eran muy perversas. Aunque ya llamaran a San Isidro de El General ciudad con justas razones, todavía no había llegado la novilización del hachís, la cannabis, los apers y los dauners y el homosexualismo y las niñas del oficio no se promocionaban con avisos clasificados obscenos sino que exhibían sus prendas con legítimo orgullo. Aún existía la cultura de Vargas Vila y su mano libre y Henry Miller mal traducido desfondando hembras impúdicas y salvajes en taxis. Autores donde por primera vez los Profesionales encontraron escritas las palabras coño, verga, cachondo, magrear, que no eran de uso corriente en San Isidro, ciudad culta que prefería palabras más familiares y domésticas como pan, animalito, hormiguero, muchiqui, aquello, el horno, para las partes femeninas. Y la reata, el castigador, el sabueso, el buscapanes, el oso hormiguero, el divino tuerto y otras mil, para las masculinas. Y todavía no había llegado, en palabras del Alcalde, el virus rojo a contaminar las ingenuas mentes de los muchachos, sino que las maldades y averías consistían en samueleos ocasionales a las bañistas en el río y a las orinantes en los baños del Prado, trasnochadas con pequeñas diabluras y desapliques todos los sábados, entradas de gorra a los grandes bailes organizados por la Cámara Junior y revolcones casuales con las chicas alegres o cuantimenos con las sirvientas que cerraban los bailes durante los celebérrimos Jueves del Prado Bar. En ese tipo de inocentadas se regocijaban. Naturalmente que tenían sus exclusividades, diversiones que los demás conciudadanos, especialmente los amigos del Paticorvo Palomo, consideraban mentecatas y gansas: hacerle discursos a un tornillo o caminar durante una semana con la pierna derecha tiesa o hablar sólo diciendo la mitad de las pala o ponerse todos un parche en el o.
Los Profesionales se sentían muy elegidos y tenían por norma reír solamente cuando uno del grupo decía algo gracioso, lo que sucedía todo el día y parte de la noche. Pocos eran los que podían escapar de sus burlas (Robustiano por peligroso y malhumorado; los dos negros, Vladimiro, por simpático, y Termidor, porque sospechaban que les podía hacer mal de ojo; carni y camioneros, por respeto a sus respetables bíceps, y naturalmente sus progenitores, Óscar Pedernera, Denario Tre y Benito von Chu, por elemental sentido de supervivencia). Siempre, bueno, digamos a menudo, non abusemos del rústico lenguaje, se hallaban a la caza de nuevos personajes o frenápteros en la plaza de mercado o en el matadero o por el lado de la Cuesta Pedregosa, donde años más tarde, o años antes, qué más da, conocerían o conocieron a Californio el Simple, o en el Liceo, donde por los tiempos de Garufa, el que cantaba tangos a razón de tres centavos la unidad, se encontraron con Nessim, el cuatromesino hijo de Aviva y Baruch, un muchacho que rozaba ventajosamente el umbral de la idiotez.
Con cara de trapezoide, piel llena de pecas rosadas que apenas si dejaban ver un blanco lechoso, y sobre todo una bondad de virgen sacramentada que a toda pregunta respondía con un UUUUUmmmm, que desde el primer momento les a los Profesionales pareció muy trascendental y trasgiversador de la realidad y debido a esto lo adoptaron como el bufón de la corte, a pesar de que él no se daba cuenta y trataba de merecer el puesto de auténtico miembro de los Profesionales sumiéndose en las mismas meditaciones o echando chismes amnióticos que en sus labios sonaban doblemente puerperales. Y quien, cuando los Profesionales formaron el equipo de básquet denominado Los Popis Boys, fue el jugador estrella o el gallo tapado que se levantaba de la banca en el instante en que los partidos estaban ganados por las jugadas macanudas de Bogar, a divertir al público corriendo tras la bola sin doblar las rodillas, porque así lo habían entrenado, y él era un bobo de principios: lo que le enseñaban lo aprendía, y ahora sí para siempre, dándole palmetazos al balón con las manos abiertas, o fingiendo caerse cuando Betoben o Epaminondas le hacían un pase violento mientras los espectadores se sostenían los intestinos gruesos y delgado para no reventarse de risa. Y él, a quien llamaremos Nessim, a veces olvidaba los entrenamientos, se dejaba llevar por la inspiración y hacía unos encestes que el mismo Bogar debía aplaudir, pero siempre…

—¿Siempre? ¿Por qué siempre dices siempre?

… regresaba a la payasada, a la torpeza, y cuando todo el gimnasio era una pura carcajada, él se detenía con la bola entre las manos y se quedaba mirándolos con su sonrisa de virgen intonsa como preguntando qué fice mal.
Pero Nessim despareció y nadie…

— ¿Nadie?

… supo decir si fue que Baruch Geldstainberg Hohensolen, avergonzado, decidió enviarlo a Eilat para que trabajara en un kibutz y consiguiera un cerebro de segunda mano, o si había muerto de alguna enfermedad súbita que le había afectado las sensibles pecas rosadas.
Y después de Nessim, la mascota de los Profesionales fue Alexis, que llegó en la Musoc (la Musoc con llantas, no la de crinolina y calzones) con un enorme sombrero mexicano y no supo decir de dónde venía y sólo pronunció el nombre de Crisóstomo Reflejo, pero sí tenía un conocimiento muy profundo y arraigado de su identidad y la andaba pregonando y decía que era príncipe de Mónaco y que su padre el rey estaba en un palacio al otro lado del mar y en verdad que era de sangre azul y un día se comprobó cuando el marino villano y bromista amante de La Malandra (antes Violeta, hija de la Musoc con patas) le surtió una puñalada en el bajo vientre que le desparramó las vísceras en medio de una nata color índigo.
Paradójica figura tenía Alexis: facciones clásicas de Apolo, pelo ensortijado que sería sedoso si lo lavara alguna vez en su vida, cuerpo digno del cincel de Fidias, unos ojazos de fanal penitenciario, y, vaya congoja, unas patas de tamal oaxaqueño, con uñas que parecían de bisonte, que reventaron las mejores pelotas de fútbol que llegaron a las canchas generaleñas. En fin, ese fue el segundo personaje en torno al cual se centró el vampirismo burlesco e intelectualoide de los Profesionales (no hay que olvidar la más narizmemorable característica de Alexis Príncipe de Monaco: una peste de muladar que era capaz de tumbar en cinco minutos a un burro y que competía ventajosamente con los aromas corporales de Robustiano y Bogar El Oloroso).
El tercero y último de los personajes predilectos de los Profesionales fue Californio El Simple, hijo de Rey David, a quien se le permitían breves conciertos de artillería y hoja de laurel o limonero y güiro durante los descansos de la Orquesta Sibundoy en el Prado Bar. Pero eso iba a ser años más tarde, por los días en que apareció la RRR, cuando ya el hijo de Rey David tenía su burrita amada, y atención, no nos adelantemos porque como decía nuestro amigo y colega Amadeus Simplicius Gete:
Odia el dios intemporal la madurez intempestiva.
Es decir, a cada burro le llega su mecate. O más vale pájaro en mano que comercio con mujer maloliente o mejor es morar en un desierto que con una mujer rencillosa y colérica.
14. Las tribulaciones de Mateo Albán.

Apenas hubo el historiador-literato Mateo Albán terminado de leer la pasada historia a sus amigos que le servían de críticos, nortes, faros y censores, se levantó gran barullo, porque unos querían arrancar de plano las páginas donde se hablaba de los Profesionales, otros los hallaban interesantes e insistían en que siguieran sus peripecias, los de más allá tomaban partido por los orates del pueblo y consideraban humillante que unos niños ricos los adoptaran como bufones. Y todo estaba tan revuelto que el Loco tomó la palabra para poner, como siempre, con su mente eminentemente racional, las cosas en orden. Dijo que de su experiencia en diversas lecturas de textos políticos y algunas novelas no poco famosas a veces por infamantes y en ocasiones por mentirosas, fantasiosas o retrecheras, deducía que los cuadernillos aquellos tan desconcertados (el del patán Robustiano, el del santo comunista fornicador de novicias, el de los delirios violinísticos y yogadores de Rey David, el de simpático Californio, cuya historia de amor con la burrita Atanasia —se llamaba Anastasia, no Atanasia, acotó el historiador—) no tenía para cuando acabar. Todos eran relatos inmisericordes y truncos que no tenían ni norte ni sur ni este ni aqueste, porque entraba un personaje y salía otro. Apenas el escuchante le tomaba cariño o aversión al negro Vladimiro o a Sacatripas, por ejemplo, ya el autor lo hacía desaparecer como si aquello fuera un retablo de maravillas o los protagonistas animales de zoológico a los que se tiran cacahuates, y que esto, a su modo de ver no estaba bien ni en los más peores libros que se habían escrito en la lengua de Castilla.
Mateo Albán, ¿por qué no decirlo?, estaba en todo de acuerdo con el Loco, pero aun así su cabeza archivo de teorías y refugio de miles de embustes en forma de libros que le había enviado la poetisa payanesa, no pudo evitar salir en defensa de su obra diciendo que el mundo de la realidad era así: una especie de circo en el cual gracias a las palabras de anunciador aparecían sin que nadie los llamara los titiriteros quienes ante una orden tenían que desmontar rápidamente su industria para dar paso a domadores y domados, los que a ritmo de músicas retumtumbulescas, cuando se les había vencido su tiempo, debían retirarse sonriendo para que entraran los equilibristas de largas pértigas, los payasos con grandes zapatos y sonrisas mal pintadas de opereta, los gitanos de oscuras pelambres y aviesas mañas, los faquires mostrando flacos huesos, los trapecistas volátiles y elegantes y bellos, los caballistas de doradas lentejuelas, y en el fondo, los músicos uniformados como generales sople que sople, y más en el fondo, las escondidas gentes que nunca se ven en la pista pero que son los sostenedores del espectáculo, los lavadores de elefantes, alimentadores de fieras, levantadores de carpas, barredores de pistas, manejadores de vagones, mujeres de servicios varios y tantas personas fantasmales y sudorosas que tenían por lo menos la mejor gracia que puede dar Dios: un buen sueño.
¿Para qué tener un buen sueño si se tiene un mal despertar?, se pregunta Mateo. Y se responde: Para tener otro buen sueño. ¿Y para qué tener otro buen sueño si se tiene un mal despertar? Para tener otro buen sueño. Así hasta llegar, se dice el historiador, al sueño definitivo. ¡Kaput! Y además, amigos, váyanse mucho a yogar con su madre, que lo mío es solamente una ranación capciosa, personal e intransferible, que en nada puede lastimar a un buen lector y menos a un donoso y próspero pueblo como San Isidro.
También les dijo Mateo Albán a sus compañeros reclusos que si no estaban satisfechos con la forma de contar las historias o con las historias mismas, se comprometía a comenzar una nueva serie de cuadernillos que se iniciara de la siguiente manera: Honorables señoras y señores, compañeros reclusos por voluntad ajena y descuido propio. El Gran Circo que dirige Mateo Albán tiene el gusto de presentarles al Paticorvo Palomo (aquí aclaraba el historiador que les fabricaría música con sus propios labios y contrataría un sonador de tarros para que el efecto fuera más verdadoso)...y continuaba... Y ahora vienen, la Musoc, con su vientre de bombo y su olor a curtiembre... La Sietecolores, regando el arcoíris de sus bufandas amazónicas por donde quiera que pasa... Sebastián Pereira, su pecho atravesado por una banda presidencial, escoltado por doscientos carabineros de pata al suelo y una corte de reinas de rancho y seguido por sus hijos, Zaratustra, el santo comunista, Serafín, con las protuberancias de los cuernos en la frente y la naciente cola mefistofélica culebreando a su paso... Y en despúes pero antes que todos Californio el Simple, con su dedo meñique izquierdo torcido hacia el este interpretando La historia de todas las cosas en su versión hoja de rosa... Y viene el incansable Vladimiro aureoleado por veinte cueros de las más finas reses irlandesas, Alisio El Príncipe de Mónaco. Y se asoma Cara de Enterrador, Piernas de Oro, Mesero Epónimo, Limpiavitrinas, El Embajador de la Elegancia. El Rey Negro Vlad y Patasdetamal en busca de Crisóstomo Reflejo... El Poeta Gordo bebiendo ambrosía, alabado por su corte de tricoferinas y en humillación perpetua por su digna esposa que se burla a tetor batiente de los poemas del bardo... Bogar, liberando esencias prohibidas, escapando de la turba de sus imaginarios admiradores.
Y así siguió enumerando personajes y desfachateces, conocidos los unos por haberlos visto pasar frente a la estrecha ventanilla de la cárcel, desconocidos los otros por haber sido deformados hasta la caricatura o por carecer de existencia incluso en los sueños más delirantes de los ocios carcelarios. Ignorados tal vez por haber sido producto de la ficción de Mateo, personaje sin duda falso o por lo menos inverosímil, como Vladimiro. O personajes fantasmales, de aparición demasiado fugaz, como Californio el Simple (inspirado, sin duda, en otro personaje más inconsútil, perteneciente a otro ámbito de la imaginación.) (Atención a la confusidad de la frase anterior. Pedimos modestas disculpas.)
Después de mucha discusión se decidió que el historiador-literato siguiera adelante con sus cuadernillos cuidando de hacer más entendible la fachenda si no quería caer en desgracia con la Junta de Censores presidida por el Loco. Se disolvió entonces la sesión, cada quien a su hueco, y Mateo Albán se retiró a su celda a cavilar ya que estaba viendo negras las perspectivas de lo que pensaba llamar su novela desfachatada o frenáptera y no hallaba forma de desembrollar la terrible maraña de personajes y situaciones, tiempos, espacios, tensiones y enigmas, en la que se había metido. Y tenían razón en gran parte y medida los judicadores: ¿quién era Alisio y cuál su aspecto? A veces hermoso doncel de pata al suelo y uña gorda, hijo de algún principado, a veces fajador con el mote de Piernas de Oro, en ocasiones mesero del Prado Bar y a veces maratonista insigne, ¿visaje de sepulturero o facciones clásicas de un Apolo?, pelo ensortijado que sería sedoso si lo lavara alguna vez en su vida, cuerpo digno del cincel de Fidias o garabato ambulante, ojazos de farol penitenciario, patas de tamal oaxaqueño, uñas que parecían de bisonte y que reventaron las mejores pelotas de fútbol que llegaron a las canchas generaleñas. ¡Erda!, que la farabumcalla estaba complicada.
—Atención Mateo —dijo el Mudo Animal —, que coluyo estás confundiendo y difundiendo a Alexis con Alisio, ¿non parécete?
—Ya deja de fablar así —le respondió el historiador —. Non inventes verbos sin mi permiso y non mis libros leas, que la poetisa payanesa los mandó sólo para mi solaz y cultivo. Que ni Sancho necesito, ni Cerdantes soy. Y eso de conjugar verbos mal es costumbre sanchopancesca que no te va bien.
¿Y de quién y para qué y por dónde lo de la burra? ¿De Alisio para deleite con banquita, cuerda levantacola e hipócritas cariños de Epaminondas? No hay mal que por bien no verga, diría Paticorvo. ¿O platónica pasión del buenote de Californio?
Questa note il nostro historiador litorate se soñó en conciliábulo con maese Shakespeare quien le rascaba la cabeza e decíale, como el famoso y olvidado poeta Oliva: Si algo te falta pregúntale al sueño. No hay nada que el señor de los sueños no sepa arreglar con el dedo meñique de la pata izquierda, apareció como colofón y mensaje en la pantalla dentro de un globito sobre la cabeza de sir William antes de desaparecer en las brumas de la vigilia, cuando Robustiano pasó con su garrote tocando la marimba de los barrotes de las celdas.


15. Primer suceso (para los aficionados a ellos): el Coro de las Doscientas Voces.

Un miércoles de tantos, la ciudad, entonces pueblo si hemos de ser ojetivos, se despertó a causa de un estruendo terrible, y muchos pensaron que al reloj de la catedral se le habían caído sus enormes contrapesos, y otros que la formidable piedra del Cerro de la Muerte por fin había perdido el equilibrio inestable que durante tantos años había mantenido desde que la vieron con incredulidad los primeros perseguidores de cerdos que iban a ser los descubridores de Valle de El General, y los demás pensaron que las profecías del padre Soto se habían cumplido y el hilo de agua cristalino que daba de beber a San Isidro se había convertido en un mar de sangre que a causa de los pecados venales se volcaba ahora sobre la intemperante Sodoma generaleña. Y no era tanto, simplemente que los siete taxis de la empresa Pedernera y Asociados habían sido contratados y sobre ellos se habían instalado los siete altoparlantes disponibles (entre ellos los del Liceo, la Alcaldía y, curiosamente, la iglesia) y a través de ellos, con músicas marciales entre las que destacaban la Marcha de Zacatecas y La Marsellesa, se anunciaba la presentación del Coro de las Doscientas Voces acompañado por la banda de los Hijos del Sol, además de la soprano Patty Claxon y el solista Bobby Roy. La curiosidad venció tanto a los del Barrio de Abajo como a los del Barrio de Arriba. Corriendo tras los taxis iba Californio el Simple marchando con paso de ganso y tratando de seguir con una hoja de bambú entre los labios los ritmos que anunciaban a semejantes saltimbanquis. Los negritos de Termidor se aliaron con los vagos del parque para alborotar la fiesta y no hubo nadie que no esperara con ansiedad lo anunciado con tanto bombo y estropicio auditivo. Y tal y como fue anunciado el jueves llegaron siete buses con escasos gringos monigotes y muchas gringas biches asomando por todas las ventanillas. Pocas veces se había visto un espectáculo tal en San Isidro. Ya el hecho de que llegaran siete buses juntos en lugar del acostumbrado Mercedes Benz de la Musoc era algo inconcebible y peligroso, pues podría ocasionar que el pueblo corriera el riesgo de perder el equilibrio gravitacional y que se despeñara hacia el Abismo de Isóceles, como afirmaba Patrocinio Aramburo recurriendo a uno de sus insondables inventos verbales (siete buses juntos llenos de gringos criminales es un exceso que ningún subsuelo podría soportar, dijo). Y de la misma forma que todos comentaron el miércoles por la noche el suceso anunciado, todos asistieron a la llegada de los buses el jueves y hasta se rumoró que por ahí andaba el misterioso Crisóstomo Reflejo, a quien ya se calificaba como importador de negros y otras enfermedades, y hubo algunos que durmieron en el parque para no perder un buen punto de observación. Y aquello fue digno de verse porque según testigos presenciales había animalones que medían casi los dos metros y muchachas de no más de quince años que parecían gigantas de circo y que tenían los pies tan grandes que el cuero de una vaca no hubiera bastado para cubrir sus pudibundeces o que podrían haber dormido de pie y portaban un escudito en el pecho que decía All you need is love. El resto también era exagerado.
Los extranjeros estuvieron a punto de no bajarse de los autobuses cuando vieron la multitud de latins juntos, y ni se fijaron en don Eutifrón que pretendía endilgarles un discurso, ni apreciaron la belleza de las Fernández que les ofrecían blancas rosas de paz y llaves simbólicas, ni agradecieron las promociones especiales de las chicas de Clementina:
Madre e hija en un solo paquete, perrito incluido.
Paradisium fornicorum: la experiencia inolvidable.

Ni entendieron los welcome blodybastars que los hijos de Vladimiro, siempre tan decentes, usaban con todos los primates para demostrar su erudición y buena cuna. Apenas pisaron tierra ajena, y a pesar de que las calles estaban bien barridas y regadas con agua de los caños y a pesar de que el polvo rojo estaba tranquilo, los tenis blancos y las babuchas y las chanclas se les ensuciaron, empezaron a balbucir tímidamente su español, amigou, decían a los chiquillos de Termidor, y se atrevían a rascarles las cabezas como diciendo, my god, nosotros también tenemos negritous en USA. Y los negritos se quedaban quietos, mimosos, como gatas en celo, creyendo tal vez haber descubierto un nuevo género de robustianos. Y a los gringos les llamó particularmente la atención la figura de Marilú, que sostenía a James Po en brazos, a pesar de que ya cumplía los diez años con su belleza de niño Dios en todo su esplendor. Y no pasó mucho tiempo sin que el sol de cuarenta grados y el viento insólitamente frío proveniente del Cerro de la Muerte se encargaran de echar el cuadro, que se antojaba idílico, a perder. Se levantó el polvo de las calles vecinas, especialmente de la Calle del Comercio, donde los judíos, albánicos, turcos y demás latrocínicos empecinados, se habían negado a cooperar regando, como acostumbraban, su porción de territorio, con un tarro amarrado al extremo de un bastón que les permitía sacar agua del caño y lanzarlo sobre el polvo rojo para aplacarlo. Comenzaron pues las toses y las maldiciones y los bullshit y los fuck y los hell y alguno pidió guáter, guáter ansiosamente. Pero como los que más entendían de los generaleños no entendían nada, lo que les ofrecieron fue un escusado de hueco. El primer primate que conoció un inodoro criollo se devolvió corriendo a contarle a sus compañeros quién sabe qué parábola, acaso que había descubierto un agujero maloliente que comunicaba con las grandes cloacas del mundo o incluso con el mismo infierno de Aligieri y los demás se arremolinaron en torno al aventurero y exclamaban ou, ou, poniendo ojos de coneja extranjera.
Se hospedaron, como todos los turistas célebres, en el Motel El Prado, lejos de los lupanares y laberintos de madera donde las niñas indecentes ejercían sus habilidades, y de allí partieron durante esos días osadas excursiones pertrechadas con cámaras fotográficas y chores y chanclas de jesuita, en los que se veían muy graciosos, como grandes micos de organillero los pocos hombres, y como elefantas de feria pobre, con cofias y faldas largas, que ocultaban todo el pernil, las mujeres. Con curiosidad de antropólogos observaron las costumbres de los latins y descubrieron varias cosas interesantes: que las burras, igual que las vacas, eran de doble propósito, leche y carne. Que los taparrabos habían pasado de moda hacía tiempo. Que para los isidreños, ellos, los gringos, no eran objeto de admiración, sino de curiosidad morbosa. Que las mujeres se vendían en las calles como cualquier producto.
Cuando fueron a buscar un supermarket no encontraron sino un bazar, un mare magnum, un revoltijo, una melé de frutas y latins, iguanas y pájaros bobos, hierbas y menjurjes, latins por todas partes, como una infección o como una peste incontrolable, mezclando sus cabezas con sandías, repollos de tamaño inconcebible, muñecas de mimbre, alcancías de barro con ávidas rendijas, folletos milagrosos, amuletos, compradores y vendedores de sangre, perros sarnosos, largos, obscenos y olorosos salchichones, tepezcluintles medrosos y xoloscuintles impúdicos, flores explosivas y carnívoras, serpientes para cazar ratones y ratones gigantescos para cazar gatos en celo que no dejaban dormir, trampas para aprisionar iguanas, bebedizos para subyugar mujeres castas, róscopos mazónicos, piedras magnéticas para curar el cáncer y la rubeola, frutas productoras de leche, de agua, de miel, de pan, de perfume, de buenos amores y entre tantas otras cosas los foráneos iban de ¡ou! en ¡ou! abriendo sus grandes manotas y sus ojos de pasmo, hallando frutas tan exilias que sometían a los incautos a su imperio y animales con un don de gentes tan severo que exigían fidelidad eterna, cuidados hasta la muerte y atención intensiva. Claro que para ellos las cosas fueron ligeramente más caras desde que Alisio les contó a los generaleños el portento del dólar diciéndoles que en el banco le habían dado doce pesos por uno de los verdes. Dólares, amigos, papelitos que tienen un señor del pelo largo pintado en un lado y un águila en el otro, dijo. Y así fue como el padre putativo de las monedas comenzó a hacer estragos en las mentes de los isidreños. Años más tarde, cuando llegaran los de Rallanger, Ropino and Rashville con su aparato de maquinarias de guerra contra la naturaleza y sus dinamitas contra el orden natural de la realidad, los generaleños habrían de recordar la primera locura que fue despertada por el olor de los dólares que trajeron los payasos del Coro de las Doscientas Voces.

Aquí fue el Loco quien suspendió la lectura de los cuadernillos.
—Coñazo, Mateo, que eso ya lo leí en otro libro donde está escrito con más gracia.
— ¡Y qué, balandrán, odre de mierda! Si yo quiero me quito los calzones como don Quijote y me paro de manos, con mis floridas vergüenzas al aire.
—Don Quijote no se quitó los calzones, perdulario.
—Pues si yo digo que se quitó los calzones… se quitó los calzones. En lo que escribo, señor orate, soy rey soberano, dios y el mundo se calla.

… después, ya en la civilización, o sea en la novelización, donde primero hacen los drenajes y las calles y luego las casas, darse aires de explicando a los resignados oyentes las maravillas de aquellas selváticas tierras, claro está, agregando alguna aventurilla con indios, flechas y pirañas, o con feroces guerrilleros, para no pecar de anacrónicos.
El viernes era el día fijado para la presentación. En el acondicionamiento de la Terraza Bailable se gastó más dinero del que habían visto junto los generaleños en un año. A los gringos les fue difícil conseguir el sitio del malvento porque sobre quien se prestara a los manejos de esos ateos pesaba la pena de excomunión fragante y de por vida hasta más allá de la muerte y el regreso, si es que tal hubiera. El padre Soto en su intervención del jueves (en San Isidro había dos celebraciones importantes ese día: los Jueves del Prado Bar y los Sermones Juevestinos, y en esa confrontación de poderes eran ni más ni menos que el infierno y el cielo los que se echaban las almas al naipe) ante las beatas y Californio el Simple con su hoja de rosa entre los labios interpretando la Toccata y fuga, fue terminante y aunque la medida era drástica, más peligroso aún era el que la comunidad cristiana se rindiera a las seducciones de los anticristos y las seductoras hechiceras de walpurguis disfrazadas de lolitas.
A Fermín Fano le importó un rábano, un pepino y un cohombro la amenaza, solterón ya desilusionado ante el fracaso categórico de la Terraza Bailable, en pleno centro, al lado del Cine de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, consideraba que había que jugar rudo e investigar por dónde masca la iguana y se rasca el tigre, se reía a mandíbula batiente de los doce capítulos del infierno que le habían pintado las lenguas agoreras. Ateo legítimo y convencido, sólo creía que no creía en nada, se decía materialista, pero era un materialista de malas, pues a pesar de haber concebido los proyectos más arriesgados en esos tiempos, siempre le fallaban, o terminaban como el grandioso salón de baile en el que se iba a presentar el Coro de las Doscientas Voces. Que en su inauguración pretendía ser un Prado Bar por lo alto y que, misteriosamente, el primer día, con la Sonora Matancera traída expresamente de Cuba tocando, con la élite de San Isidro bailando y la presencia del mismísimo presidente de la república, el excelentísimo Pepe Tacones Felgueres, se llenó de prostitutas que entraron en fila india y no hubo poder sobre la tierra que las expulsara porque los mismos integrantes de la Sonora, el Paticorvo Palomo, Californio y el orate de Benito von Chúber, neé Charriaga, se opusieron, aplaudieron la presencia de las niñas y fundaron una epifanía de amor universal, libre, explosivo, comunitario, que se manifestó en todos los rincones propicios de aquella extravagante edificación. Tenía la Terraza Bailable una pista de baile en la que cabía la población entera del pueblo. Y venga golpe de nalga, brillada de hebilla, rodillas en pie de tierra y la Sonora les dedicaba a las chiquillas del amor impune canción tras canción y a las futuras iniciadas también les recetaban sus ritmos y se turnaban los micrófonos y los instrumentos para participar negros lindos, mulatos y blanquitos, hasta chinos colados, en la algarabía, y fue la fiesta más grande que recuerden tanto la Musoc como Clementina La Más Fina y la dueña de Los Pollitos, y desde ese día ya ninguna dama que preciara de criatura digna y de limpias entrañas, volvió a entrar a La Terraza Bailable y a Fermín Fano no le quedó más remedio que dividir el salón en dos, instalar cuartos de batalla en la parte trasera, y ya cuando llegaron las Doscientas Voces el sitio comenzaba a oler mal, cerveza rancia, cuarto encerrado, orines de gato, papel higiénico perfumado por el amor perdulario.
Pero los gringos no parecieron darse cuenta de tanta jedentina, quizás porque el polvo rojo les había tapizado los tabiques, ventanas y paredes de los senos nasales.
El día escogido un parlante de ochenta megatones apagaba el sonido de las campanas vírgenes (agujereadas) que el sacristán suplente, Zaratustra Pereira, quien después viajaría a morir en Yugoeslavia, batía violentamente. No bastaron ni la cólera venerable del padre Soto ni la saña mística de Zaratustra, ni los rezos de las Julianitas de rodillas en el parque, ni los gritos histéricos de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa desde la taquilla de su sala cinematográfica, para alejar a la gente que seguía afluyendo a pararse cerca de la Terraza Bailable de Fermín Fano. Gentes y gentecillas se acercaban tímidamente por el lado del Cine Paladín aunque supieran que el fidelísimo bibliotecario de las Julianitas se estaba desmembrando asido a la cuerda de la campana mayor (la virgen defenestrada) y que el abnegado párroco se estaba retorciendo las manos y tronando los dedos. No bastó ni eso ni la aparición súbita del padre Soto con una libreta para acoger los nombres de los que se atrevieran a entrar donde los herejes y sí fue suficiente el estruendo del magnetófono para echar a perder las funciones en el Paladín y en el Cine Arelys, para deshilvanar el ritmo de los bailarines en el Prado Bar, desbaratar el entrepierne apache en el Bar Tico, desconcertar las tramadas carambolas en el Billar Montecarlo, impedir el sueño de las disciplinadas gallinas y las beatas sempiternas, quitar todo romanticismo a los practicantes tempranos del peristaltismo horizontal. Quisiéranlo o no, todos conocieron la presencia del Coro de las Doscientas Voces en San Isidro de El General.
Los isidreños, que se caracterizan precisamente por los bochincheros, no se amilanaron ante el representante de la justicia divina. Los anuncios de prodigios artísticos y de lotes en el cielo con fáciles mensualidades, agregados a promociones especiales que ofrecían paz espiritual, consejos íntimos y sugerencias para triunfar en los negocios, el amor y la marrullería, atrajeron a más de diez mil personas, cuando en San Isidro sólo había cinco mil, contando a los negros y a los tontos y a tres enanos recién aportados a la fauna por el alcalde Eutifrón. Sin embargo sólo diez calvinos se atrevieron a entrar. Los demás se quedaron en el parque, frente a la Terraza, arguyendo las explicaciones más peregrinas: que estaban mirando las estrellas, esperando el definitivo desgajarse de la Gran Piedra del Cerro de la Muerte, que esa noche precisamente era la anunciada invasión de los chanchos salvajes que sólo iban a respetar el parque. Cuando los convencionalistas se convencieron (después alguien resultó con la historia de que aquello era una convención, como las que celebran los partidos políticos y los vendedores de productos de belleza infalibles, con el objetivo de convencer a los que ya están convencidos) de que era imposible atraer más borricos, jumentos, asnos, coribantes, frenolitos, sicofantes, rinocerópteros y saúdes, empezó la función.
El primer golpe salvaje que dieron todos con bombos, platillos, gargantas, trompetas y demás instrumentos raros, fue como una explosión de gas que hizo que la multitud se echara violentamente hacia atrás e incluso el Mudo Animal, aquí presente, más sordo que la sordera misma y que un piano en un desierto, tuvo que ponerse las manos en los oídos. En cuanto la onda sonora llegó a Benito von Chúber, en trance de tener segundo acceso a su laguna soñada, pegó un brinco montesco que hizo correr la tinta sobre la partitura y olvidar el resto de la frase…
Soñando voy con mis cantos
No hay consuelo para mí

Se le atragantaron las campanitas del cerebro y se le anudó una cuerda con la pituitaria y se le estranguló el esteroeocleidomastoideo, la solfa cambió de tono, se puso de pie tirando las cosas al suelo y salió del espeso cuchitril en el que se encerraba a componer el mundo en disciplinadas armonías. Sin haber podido terminar la partitura que lo haría famoso comenzó a sentir que su tristeza era más perniciosa que el amor correspondido.

16. El gremio del Paticorvo Palomo, la Momia Azteca y el Enmascarado de Plata.

Los vagos por naturaleza, vocación o necesidad encontraron en el Palomo un magnífico fabricante de ilusiones, embelecos y diversiones. Palomo era uno de los tantos hijos que Robustiano había sembrado en los vientres de las prostitutas, sus amadas mujeres, una semanal como si fuera medicina dosificada. El Paticorvo no se avergonzaba de su progenitora, antes por el contrario, casi cruelmente, acostumbraba llamar la atención a sus amigos, cuando su madre, la muy trajinada Musoc, atravesaba el parque seguida muy de cerca por su gigantesco abdomen y la figura siempre jactanciosa e insolente de la niña Violeta, y alababa aquella cabeza piojosa y semicalva, las piernas varicosas y flojas, la lengua rica en expresiones de las más castizas y todos aquellos atributos que por mucho tiempo tuvieron alta cotización en el mercado burdelario de San Isidro de El General.
Siguiendo la vieja costumbre espartana…

Antes de seguir adelante, Mateo: ¿me puedes explicar cómo es posible que una mujer sea seguida muy de cerca por su gigantesco abdomen? Fácil, amigo, respondió el litorate, en la tramoya literaria todo se puede, hasta lo que no se puede.

… contaba el Palomo, la Musoc lo alimentó hasta que cumplió los nueve años. Cuando hubo llegado a ese punto en que ya asoman tres pelos so baco, lo puso de patitas en la calle y le dijo hombre naciste y por hombre te fuiste, andá a buscar vida ajena que yo ya me aburrí de tu cara de pistola y tu pie mancuernado, si querés preguntá por Robustiano sargento de policía y decíle que si se acuerda que me llevó al río a juerzas cuando yo estaba enterita y sin estreno y no me pagó ni la avería de la cuca, que me tuvo en clausura un mes. Que te busque, Palomo mío, oficio o te dé sustento, malparidito hijo de mis entrañas. Punto final.
Y allá fue el patizambo, calle abajo, por la que sería Carretera Panamericana años después. Con su pie varo y su atado de tiliches, llegó a la Inspección y desde su estatura de homúnculo mal hecho le exigió a su padre protección y ayuda. Robustiano lo midió a cuartas y jemes de pies a cabeza, rodeó con sus dedos de butifarra aquellos bracitos palilludos, investigó como a caballo su dentadura, le pasó las manos por el pelo tan lacio como un lago en calma y concluyó que le querían meter gato por liebre, entonces le respondió:
—Andá decíle a tu puta madre que es muy cierto que la recosté contra un árbol por el guayabal del río, pero que si yo te hubiera sembrado a vos, tendríamos aquí un tronco donde se rasca el tigre o un hacha que corta el tronco o una hoguera que funde el hacha, y no una boñiga mal envuelta. Ah, y decíle que haga memoria de si no se enyogó en ese tiempo con un tuberculoso, un palúdico, o por lo menos con Rey David, a quien nadie le gana en fabricar musarañas. O con el Doctor Tremens, que ya debe tener averiado el aparato de los gustos y los disgustos.
De modo que el Palomo se llegó de nuevo a la casa de su muy heterogénea madre, por el Barrio del Liceo, dando la vuelta a la izquierda antes de entrar a la Panamericana, golpeó a la puerta y oyó a la Violeta, años después La Malandra Nucamendi, su única hermana, hija de un incógnito polvo baratón, gritar: Mamá, que el Palomo no quiere irse de la casa. Escuchó un bufido, un ruido metálico, y, conociendo a su mutter, puso pies en polvorosa y tomó las de villadiego y se mandó esfumar. El engendro diabólico (nunca hubo en los anales del hembrerío generaleño imagen más espantosa: era tan fea que no daba espacio para la lástima, la compasión o cualquier otro sentimiento noble) lo persiguió blandiendo un alambre de púas malignas de metro y medio doblado en cuatro y no quiso escuchar las razones que en cada esquina se detenía el paticorvo a gritarle antes de echar a correr de nuevo, sino que maldijo con su lengua privilegiada el espacio de tres kilómetros completos, desde su casa hasta la bucólica entrada de Los Pollitos.
Y otra vez llegó el paria a la Inspección y contó al sargento la historia agrandando los aljetivos, tupiendo los cardenales que no llegó a sentir y que se pintó con barro rojo que sacó de los caños a cielo abierto que corrían por la Calle del Comercio y diciendo que la Musoc había dicho que en cuanto viera a Robustiano le iba a hacer cirugía plástica al revés, con un tajo desde la coronilla hasta el ombligo. El sargento, de combustión lenta pero segura, se fue enfureciendo, golpeó su escritorio con un puño de esfera de demoliciones, y prometió castigar a la putadelosinfiernos, ¡voto a bríos!

¡Epa! Que esa intercocción es más de mosquetero del rey que de sargento pueblerino! ¿Y quién te dijo, indino, que don Robustiano es un sargentillo mequetrefe? ¿No has notao el garbo, el donaire, la hidalguía, que bien le acomodaría a un héroe griego o a un infante de Castilla?

Se encontraron en el Bar Tico, galerón de madera equipado con cuchitriles para los negocios de urgente y económico amor no muy limpio y un largo bar en el que se apoyaban los machos a mirar a las hembras que se adjuntaban, adosaban y acotaban a las paredes opuestas, muy bien formadas en filita y fumando como chacuacos y parecían cartas de la baraja muy usadas. Los concurrentes abrieron cancha. La pelea comenzó por la lengua y terminó en una lucha libre de trabas, sin límite de tiempo, sin árbitros ni condiciones, en medio de la algarabía de las chicas alegres. No se supo quién fue el vencedor y quién el vencido. Se reconocieron sí los efectos: largas estrías moradas en la cara de Robustiano, huellas de dentaduras irregulares pintadas en todo su cuerpo y varias contusiones en la anatomía de la Musoc, un mechón abundante de pelo en la mano derecha del sargento, una muela no identificada sobre el piso.
Arranado sobre el mostrador Palomo Paticorvo seguía una batalla en la cual no sabía qué partido elegir. El asunto terminó como terminaban habitualmente las peleas de la Musoc: súbitamente. Como subproducto de la turbamulta, todos vimos, me contó un maleante, que algo indeterminado rodaba y salía reptando de entre las piernas de la Musoc. Habrá que investigar qué fue. Hasta el momento seguimos ignorando la filiación de aquella especie de batracio.
Al día siguiente el Paticorvo estuvo de nuevo en la oficina de Robustiano y renovó su solicitud de paternal asilo, ceremonia que repitió día a día durante una semana, hasta que el Padre y Protector de Todas las Putas del cantón reconoció que si el bicho era tan terco necesariamente debía ser hijo suyo. Lo colocó como pegabotones con un sastre fino, y el Palomo, como era de buenas mañas, pronto aprendió oficio de maestro cortapaños y organizó su propio changarro justo al lado del Billar Montecarlo.
Podemos decir que para el tiempo en que esta ranación transcurre, el Palomo era sastre con gran clientela y poco e involuntario trabajo, merced al don procastrinador que aplazaba todo ante el don de una simpatía innata y una capacidad grande de decir mentiras divertidas. Tenía pelo largo y liso, dolicoencefalia ambulante, la insolencia de su padre, la boca grande, herencia de su madre, doña Musoc, diestra en el arte de edificar monumentos e obeliscos a partir de flacideces. Era feo, tenemos que confesarlo, pero su sonrisa parecía un cariado atardecer que cautivaba a todos. Hallaba encanto en las cosas más vulgares y eso le permitía vivir en una actitud de gozoso vagar que lo alejaba de toda preocupación material: coser un pantalón por semana le bastaba para sentirse feliz y productivo, con dinero y realizado. En torno suyo se fue formando un grupo de vividores que devoraba el tiempo mojándolo en el vinillo dulzón de sus palabras. Se les podía encontrar en el parque, a la vera de la catedral o cerca del restaurante del español Pascual esperando con ansiedad las horas de misa en que se poblaba la acera de muchachas. Los podemos imaginar haciendo juegos de palabras, mirando los cartelones del cine de la beata María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, que era el más antiguo, lleno de murciélagos y ratas y se preciaba de presentar solamente películas mexicanas, y tal cual argentina con Isabel Sarli, que inauguró en el negocio del placentero almidón a varios inocentes (y no me digan que cómo diablos una beata puede prohijar la saludable pornografía: amigos, en San Isidro todo es posible, porque como lo dijo el inolvidable novelista francés Gustavo Filoberto: San Isidro soy yo). Películas cuyos protagonistas eran el Santo, Viruta y Capulina, Miguel Aceves Mejía (Miguel A Veces Me Fía, corregía el Paticorvo.) A los amigos del Palomo les gustaba ese tipo de películas en las que la Momia Azteca se enfrentaba con el Robot Humano, y el Santo, el increíble Santo, tras lanzar un ¡gulp! de asombró o quizás de susto se lanzaba desde los techos y volando justiciero con su máscara de plata y su capa bordada en oro caía sobre los temibles comunistas, y con el amparo de la Virgen de Guadalupe y de Kyra, la bruja blanca, los ponía en polvorienta fuga. Después de ver la película cada cual adoptaba su papel de acuerdo con el resultado de una rifa que curiosamente siempre le era favorable al Palomo: se dividían el territorio, se separaban, recorrían San Isidro camuflándose en los lotes baldíos, con las caras cubiertas por pañuelos y cuando se encontraban, lanzábanse sorpresivamente los unos sobre los otros con un denuedo y realismo tales que no era extraño verlos llegar a todos juntos al hospital chorreando sangre. Pero, claro, sin quejarse ni dar señas de dolores y quebrantamientos, y es que, sin saberlo, los cuitados, estaban replicando las actitudes propias de los caballeros andantes y del mismo gentilhombre de la triste figura, a quienes no les parecía juicioso lamentarse de herida alguna aunque se les salieran las más recónditas tripas y con ellas el alma.
Los paticorvos casi nunca tenían dinero para pagar los boletos de entrada al cine de Medalla (en la taquilla admiraban a Cielo Fernández, tan linda, triste e indiferente como un filete de res) y por eso se divertían tratando de descubrir los argumentos con base en las cinco fotografías de la cartelera. Pero si por algún azar, remoto aunque posible, alcanzaban a reunir los seis centavos del tike, se sorteaban el privilegio de entrar y los demás paticorvos permanecían afuera, esperando, sin poder ocultar la impaciencia, y haciendo comentarios sobre la ya remota visita del Coro de las Doscientas Voces. Sobre la presente invasión de mendigos y los desafueros cometidos por mister Rotenhook o cualquier otro suceso.
Cuando el afortunado salía cargado de emociones de seis centavos, sus compañeros en lugar de rodearlo y preguntar sobre lo que había visto, seguían su conversación sobre la estupidez de los Profesionales, los escándalos de la Costurera Flaca o el gran amor de James Po, como si fuera un lunes cualquiera y el hecho de haber logrado reunir seis centavos no fuera algo extraordinario. Sólo después de un rato, y aparentando desinterés, se permitía que el afortunado hablara. Invariablemente el argumento resultaba inferior a los recuerdos o a lo que habían imaginado al contemplar las cinco fotos, el número de muertos era insignificante, no se les veía nada a las hembras, el Santo seguía oculto tras el misterio de la máscara de plata y al Robot Humano se le alcanzaban a ver los tornillos herrumbrados.
Todos ya se sabían de memoria las películas. Además cada vez que regresaban a San Isidro estaban más recortadas.
Debido a las exiguas dimensiones del parque era inevitable que los amigos de Palomo se encontraran diez veces al día con Benito von Chúber, quien habiendo encontrado la alegría en la laguna de su canción, también había recobrado el buen humor, aunque no la cordura, y se dedicaba a recoger las hojas de los árboles, a contemplarlas largamente, y luego a echarlas con gesto de hasta nunca al bote de basura. A veces Palomo decía ese hombre no está loco. Y si sucedía que Benito escuchara esa aseveración, como queriendo contradecirla conscientemente, se ponía a hablar de algún Rigoleto, Narciso o Golmundo, gentecilla desconocida por nuestros parajes.
Era precisamente durante los días aburridos, quizás porque la Musoc había sufrido algún desperfecto mecánico o estaba atascada por algún derrumbe en el Cerro de la Muerte, causado por las reparaciones a que estaba siendo sometida la carretera y no había posibilidad de que llegara algún primate digno de atención, cuando los amigos de Palomo aguzaban el ingenio para pasarla bien. Se colocaban estratégicamente en las cuatro esquinas del parque y atisbaban la llegada de las damitas con el suficiente tiempo como para tramar intrigas a gusto. Intentaban adivinar por dónde pasarían las muchachas bonitas y nutritivas, entre ellas las Fernández, las vígenes de El Embajador de la Elegancia o por lo menos Melpómena, para ir a colocarse por allá como desapercibidos. Y por más que las guapas cambiaran de acera no podían escapar a las miradas inquisidoras o a las promesas de amor eterno o a los piropos desconcertantes. Cada uno imaginaba conversaciones, intercambios de miradas, mohines provocativos o sugerentes, que se les quedaban estancados pues cuando las bellas pasaban con ese gesto de ciegas, sordas y mudas que adoptaban ante los desclasificados, ellos bajaban los ojos reconociendo lo insuperable de la distancia. Y sin embargo, cuando se quedaban a solas, los paticorvos perdían todo remilgo y era suficiente que a alguno le sorprendieran en los labios una sonrisa entre sospechosa e insinuante que quisiera dar a entender soy poseedor de una complicidad con la nena que acaba de pasar, para que los demás se desataran… No les importaba que fueran puras fantasías, con tal de que estuvieran bien bordadas. Todo estaba permitido en el mundo del Palomo, y naturalmente la mayor parte de las veces los romances adquirían características muy cinematográficas y casi siempre hallaban un trágico desenlace pasional en el que la mujer llevaba la peor parte, digamos, una muerte perfumada, y los galanes quedaban sumidos en abismos insondables y fríos.
Y era como si los fantaseos de los Paticorvos fueran los anuncios de lo que le pasaría a la Santa Flaca.
Los amigos del Palomo tenían calculada la altura de las desiguales torres de la catedral por medio de las sombras que proyectaban, medido el perímetro del parque y las calles adyacentes, nominados los árboles de acuerdo con sus apelativos científicos. Por el vuelo de los buitres siguiendo la ruta del aeropuerto conocían que era hora de entretenerse observando a los tremebundos carniceros romperle la testuz a las reses y destrozarlas con una habilidad que jamás habían gozado en película alguna de Jack El Destripador.
Las nubes, tan escasas como las mujeres castas, convertían su día en una pascua de resurrección, y eran ellos, quizás mejor que los reportes meteorológicos de Patrocinio Aramburo o la inquietud de las golondrinas, los que anunciaban la llegada de la lluvia. Tenían un olfato muy desarrollado a pesar de la bauxita, y la humedad en el aire los ponía como en víspera de poner huevo, fijaban plazos al clima, decían: dos días para que llueva, y llovía, entonces alzaban los ojos, no para agradecer a deidad alguna, sino para gozar con todo el cuerpo de la lluvia, abrían los brazos, bebían las primicias de las tetas aéreas, corrían uno tras otro, se sentaban en el cordón de la acera a dejar que les escurriera la dicha por el rostro, y después le rogaban a Pascual que les fiara una media de guaro, pedían alcohol en el hospital pretextando ser heridos de guerra, conseguían en el mercado unas naranjas o limones, los exprimían, preparaban la fórmula secreta y se iban a celebrar el acontecimiento anunciando que habían hecho llover. Cobraban unos cuantos centavos de impuesto por la revelación y apedreaban las casas en las cuales no les daban ni la razón ni el dinero. Con uno de los dos bastaba para hacerlos felices.
Ellos, como los hijos de Termidor, esperaban la llegada de la Musoc y con la misma alegría de los negritos garosos buscaban algún visitante que fuera digno de ser ayudado. Suponían quizás que un día cualquiera, tras unas gafas oscuras y un vestido talar, aparecerían, para ocultar su identidad, el Enmascarado de Plata o Lorena Velázquez, con su mirada entre erótica y cretina, y entonces, obviamente, los ayudarían a instalarse y se guardarían de revelar las verdaderas identidades porque probablemente el Santo arribaría en misión secreta a matar comunistas o brujas negras, y la Velázquez vendría huyendo de sus admiradores, y no habría caso de echar a perder el objetivo del viaje de tan importantes personalidades. Y naturalmente serían recompensados, en el primer caso con una imitación del cinturón guarnecido en oro que portaba el célebre luchador mexicano, y en el segundo tal vez con algo más que una ojeada a los cuerpos mamilares que por primera vez habían visto en aquellas películas de vampiras que vieron sin cortes en el Cine María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, cuando la vieja beata descuidó la censura por andar camanduleando y cuidando a la Santa Flaca.

17. El Coro de las Doscientas Voces. Segunda parte.

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Ya en el parque, Benito sintió un aire como de fiesta triste. El hecho de que el músico se dejara ver pocas veces en público hacía que en el pueblo se le perdonaran las disonancias y condromalasias. Por eso fue que a nadie se le ocurrió criticarlo cuando fue a meterse de cabeza y sin condón espiritual en la Terraza Bailable, tremolando su cabellera beethoveniana y fulgurando sus ojos con la sagrada locura de los grandes. Lo que vio Benito en la Terraza Bailable fue un arcoíris de anaranjados, blancos y amarillos. Formando una fila perfecta estaban doscientas voces virginales que correspondían a otras tantas niñas sonrientes, muchachas rosadas como cerditos yorkshire y con pecas pardas como las de Aviva, ellas con vestido totalmente anaranjado y un lacito blanco que partiendo del cuello les llegaba a las rodillas. Estaban subidas en una especie de gradería fabricada a marchas forzadas por un batallón de carpinteros enmascarados. Abajo había un señor con cara de happy guy profesional y a su lado un gordo empeñado en mortificar el piano del Liceo. Y más cerca del que podía llamarse público se armaba de coraje una banda como de cincuenta integrantes que movían las piernas como si estuvieran marchando y todos portaban estrambóticos instrumentos que hubieran hecho suspirar a Rey David. Artefactos dignos de verse como trompas de falopio artesanal, más largas que un silbido de lechero, platillos con barbas voladoras fluorescentes, flautones a tres manos, saxófones de escalera, pitos silvestres y ocarinas nahuas, violines para pituitarios. Y para qué seguir mencionando artilugios indefinibles. Mejor oigámoslos… ¿Ya?
Cuando el gordo yorkshire dejó de atormentar el piano con la uña grande de su dedo índice derecho y las armonías del coro fueron difuminándose hasta convertirse en un fantasma sonoro en medio del olor a papel higiénico y orines ineludible de la Terraza Bailable, la banda se compadeció del ya trastabillante eje de la tierra (dijo Patrocinio, que asistió de incógnito) se levantaron unas orejas a un señor pegadas y dijeron por su boca, que también la tenía, escasa pero suficiente, que él había sido un pecador el cual había hecho mucha maldad y vicio perjudicial a la humanidad y ahora que conocía a Dios gracias a mister Joe Smith se había hecho retebuenísimo y se contentaba con cantar y alabar y rezar (desde atrás el Paticiovo Palomo se empinó para gritar:
— ¿Y no comés, malparido?)
… y como para probarlo, sin atender al grito poco diplomático, soltó ái mismo un aullido y la banda imprudente se dejó rodar de nuevo cuesta abajo. Y aquello fue puras pecosas empinándose para dar su tono más alto y su agudo más operático y gigantescos muñecos con tenis Adidas dándole al bombo como a violín prestado y el orejón mascullando una cosa incomprensible y aplaudiendo y haciendo señas al público para que lo imitara, pero como había pocos (Vladimiro escrutando las caras de los gringos para ver si encontraba su espectro convocante, Fermín Fano metiéndole Ron Plata Chatam Bay al cuerpo, Californio el Simple con los hombros bogando al ritmo de las percusiones y cumpliendo su vieja costumbre de ser testigo de todas las trascendencias del mundo (y la burrita Anastasia bañada, peinada y toda ella un escándalo de perfumes, ni siquiera amarrada esperando que su amado saliera apenas sabiéndose viva porque espantaba las abejas que confundían su aroma de mocita parisiense con un panal de delicias). También estaban Epaminondas Pedernera, vestido como una lámina mitológica, su peinado aerodinámico sostenido con Glostora. Cada día que amanece el número de bobos crece, dijo, y no se supo a qué o a quién se refería. Bogar El Oloroso, y Betoben Charriaga o Chúber, ramoneador de pensamientos, quienes aunque todavía se orinaban en la cama ya andaban juntos. Además, un poco más tarde, llegaron Serafín Pereira, con su cara de gárgola, y la Niña Sherman, que hacía su primera escapada del colegio de monjas.
El salón a pesar de que había sido dividido en dos seguía siendo muy espacioso. El número de los artistas decuplicaba al de los integrantes del público y la escena era bastante desconsoladora. Cuando terminó el ruido de la banda y se hubo estabilizado el eje de la Tierra (terco seguía Patrocinio con el cuento del inevitable cataclismo), no sin levantar un par de tsunamis y motivar diez terremotos en las Islas Malvinas y Madagascar (terco seguía Patrocinio con el cuento del inevitable cataclismo), las doscientas voces virginales iniciaron un mecerse para acá y para allá y un murmullo se fue segregando como una baba de tlaconete, muy malencónicamente de los más profundos intestinos de los gringos. Era como el zumbido de un gran panal de avispas gigantes que después se fue haciendo comprensible hasta articular algo así como Yisoscaist. A medida que aumentaba el volumen se emocionaban, encabritándose como posesas las unas y poniendo los ojos en blanco las otras y apretando los botoncitos de rosa con sus manitas castas sobre el pecho y alzando los brazos fingían llorar o lo hacían de veras, todo en conjunto, claro está, y muy bonitamente, y tal parecía que estaban todos a una agarrándole las santas patas al Señor Dios para bajarlo a tierra y que de una vez por todas nos cumpliera lo del tan cacareado Paraíso Terrenal.
Afuera la multitud se hacía fuerte contra la tentación, y los rezos de las monjas, y la campana virgen (agujereada) sonando con Zaratustra colgado de ella volando sus nagüas de acólito y el padre Soto con el lápiz como un látigo listo a fustigar, parecían débiles pero efectivos diques que contenían precariamente las belicosas aguas de la perdición de San Isidro de El General. Pero los alaridos que salían de la Terraza Bailable eran demasiadamente frenéticos para dejarlos pasar inadvertidos.
¿Sería que de veras los gringos iban a lograr que el Señor a bajara a tierra a cumplir sus compromisos?
—Son capaces de cualquier cosa, no ven que ya aislaron el virus de amor, de la prosperidad, de la inteligencia y lo están vendiendo en los supermercados del Wallmart — dijo…
(No se entiende en este punto el manuscrito. Saltemos unas líneas.)
Y así fue como el Coro de las Doscientas Vírgenes inflingió una derrota humillante a las fuerzas del bien.La entrada multitudinaria de la gente, acaudillada por el dentista don Camilo (personaje si los hay interesante, que me sorprende no haber presentado antes) y su reciente amiga Melpómena Rabo de Puerca, satisfizo a los convencionalistas a tal punto que se desataron todos juntos, el orejón y el gordo del piano, Patty Claxon con su voz de sopranino y Bobby Roy con camisa de flecos y sombrero tejano, que tocaba uno de esos chorizos largos y hechos nudo que fingen ser trompeta de cazador de zorros ingleses. El Coro de las Doscientas Vírgenes se desgañitó ahora sí, como si antes estuviera amarrado a la pata de la cama y de pronto lo hubieran dejado suelto, todo en honor de este guánderful pueblo… ¿Pueblo?...Bastó que esta palabra fuera pronunciada para que a los sanisidrogeneraleños dejara de gustarles el negocio de la convención. Quizás fue allí y entonces donde y cuando nació la costumbre que después se universalizó y que tantos moretones costara a las orquestas capitalinas y a los artistas extranjeros, de lanzar obeliscos cortopunzantes (como los calificara Robustiano desde que le compraron su radiopatrulla) sobre las humanidades indeseables. Esa malaventurada costumbre que derrumbó tantas buenas perspectivas de progreso y civilización en el Valle de los Chanchos.
Y de nada les valió a los primates repartir libritos para encontrar a Dios en tres días y tenerlo sentado a la mesa, ni cantar los himnos más bellos, ni hacer la exhibición de Bobby Roy inflando los carrillos y desinflando el vientre, ni nada, porque en cuestión de decisiones tomadas los vallunos no reculaban ni a patadas y no necesitaban un bastón nel culo (como una ínclita mula que ave il culo fatto trombeta), para avanzar, pues bastábales un vuelo de mosca para sacar la casta y empezaron a sonar aquí y allá gritos de herejes, seudopodios, testas di cazo y se oyó por primera vez el tradicional Yankis go home, cosa que ningún ciudadano de esos idílicos tiempos entendía, pero que sonaba bien porque las vírgenes y mulos güeros ponían cara de ofendidos y las tipas se sentían de alguna forma trasculiadas. Y como para calmar a los alborotadores que pretendían arruinar la función y sabotear la bajada de Dios ái mismo, el orejón, después de poner freno a la música como si apaciguara las olas, llamó a un bróder autóctono y nativo de la región y le pidió que contara sus experiencias cerca del Señor:
—Hermanito de Dios, acérquese.
Y la turba fue haciendo un corredor para que pasara el hermano autóctono, raro personaje con galaxias de pecas y pelo de zanahoria que no habíase visto jamás en San Isidro y… quién comienza a caminar detrás de él entre la multitud como sobre las aguas, sino Alisio, el de la cara de enterrador, el que limpiaba las vitrinas de La Magnificencia, el mesero del Prado Bar, el que una vez, bajo el mote de Piernas de Oro, peleara contra Hermenegildo Soto Panadero Fajador.
¿Quién? Alisio, el que trotara pueblo arriba y pueblo abajo y subiera acelerado veinte veces al día la Cuesta Pedregosa llevando y trayendo mensajes, con una cinta de seda blanca en torno al cuello, corriendo, sudando y trasudando hasta convertirse de gordo gordísimo a escueto y correoso elemento. ¿Y quién empieza a hablar de la Catedral Monumental de Salt Lake City, de su órgano que llega a las bóvedas superiores con sus cien kilómetros de tubos de bronce, de las peregrinaciones a Boston, y quién hace un embrogo, farámulo y escolio de almíbares, versículos, capítulos, apóstoles, bueyes caminadores y milagros? ¿Quién sino Alisio Cara de Enterrador asumiendo un gesto de Clint Eastwood que sopla el cañón humeante de su pistola Smith an Wesson?
Tras el silencio de pasmo que causó la presencia de Alisio trasfigurado y siguiendo al atrabiliario pecoso que no dijo una palabra, se iniciaron de nuevo los silbidos y la bronca, cabrón, otra vez la requeterretumbante banda y el coro y las apócrifas criaturas del Señor se arrancaron todos juntos ante un ¡Oh, yea! del orejón, que coincidió con un simultáneo elevarse de las doscientas voces, no en el volumen, sino en el aire.
¡Sí señores! Un ciento de presuntas doncellas y otro tanto de donceles primorosos flotando a cuarta y dos jemes y tres dedos del brillante suelo de mármol de carrara de la Terraza Bailable. Lo juro. Pero como los nativos eran testaburros no se creyeron el milagrete de pacotilla muy gastado en novelas y películas. Imaginaron quizás invisibles hilos y poleas amarradas a las ocultas coyunturas y al techo. No iban a ser una banda guasona y un milagro de segunda los que lograran callarlos. Se fueron armando en grupos para hacerle gestos obscenos o de amable complicidad maliciosa a las gringuitas malencónicas y para gritar su indignación a la osadía de los micifuces. Pasado el momento de confusión, alguno, cuyo nombre no se aclaró nunca (digamos que fue el Paticorvo), puso a la gente a gritar lo que jamás podrían explicarse todos los sabios del sanedrín y el prytraneum de Harvard:
—¡Hi-jue-fru-tas, hi-jue-fru-tas, hi-jue-fru-tas! —con ritmo, calor y denuedo tales que pronto el escándalo rebasó no sólo el sonido de la banda sino el del Coro de las Doscientas Voces y ái mismo el insulto comenzó a convertirse en ritmo, dirigido por Californio el Simple que con los brazos y las manos como palomas concertaba y desconcertaba la armonía, como volando muy frenáptero, los coros de neófitos, creando melodías inéditas, superiores sin duda a las del coro infraganti. Y se inició el baile en medio del susto de los gringos que tímidamente comenzaron a seguir la nueva música, hasta que todos a una cantaron y bailaron la Sinfonía del Hijuerfruta y aquel fue el día, la noche y el amanecer del esplendor y la segunda y definitiva caída de la Terraza Bailable. Y en los cuartos interiores aquello fue un despelote entre las niñas de Clementina, las de Los Pollitos, y las virginales pecosas mostraron sus nunca aprendidas y precoces dotes, todas ellas auxiliadas por Los Profesionales y Los Paticorvos, y aquello iba a sobrepasar cualquier dislate que se pudiera imaginar y cualquier cataclismo moral, ético, político o zoélico si no llega Robustiano con su pelotón de dos policías y la emprende a bolillazos con la masa de sediciosos, que lejos de escupir de frente y directo al ojo como acostumbraban los maleantillos que aprendieron sus artes de las serpientes nauyacas, invitaron al mastodonte de dos metros por dos metros, al guateque. Y hasta Robustiano bailó. Y la fiesta duró veinte años, tres horas, dos minutos, seis segundos y media décima de segundo y cuando todo se hubo calmado, la casta (algunos sostenían que en San Isidro hasta las campanas eran meretrices) campana mayor del padre Soto seguía sonando y la lluvia estaba aplaudiendo sobre los techos por primera vez desde los tiempos de Adán y Eva y en ese lapso fueron engendrados, educados, desvirgados y embijados por la muerte cuatrocientos nuevos ciudadanos.Mal capítulo, don historiador. Muy poco original, ingenioso, pero intrascendente. Exagerado, verboso, malintencionado, sectario Más valdría eliminarlo. Mateo Albán estuvo de acuerdo. Lo turnó al excusado, pero por alguna razón ningún presidiario le hizo los honores correspondientes de poner su culiculiambo a leer y por ello llegó a manos del inescrupuloso don Garrapata, quien lo dio a la imprenta.

sábado 3 de octubre de 2009

TERRITORIO PROHIBIDO




¿LA LITERATURA ESTÁ MAS VIVA QUE LA VIDA?

Y abajo: "Las princesas de Marco Tulio" y "La fábula del periodista que se convirtió en perro"
En la foto con el frenáptero escritor Luis Miguel Rivas

Y después: "El fin de El viajero del siglo", de Neuman

Durante varios días he permanecido silencioso tratando de entender las agresiones que han resultado de mis conferencias, charlas y
encuentros con personas en la Fiesta del Libro en Medellín. No he publicado otras cartas que me han llegado tratando de sonsacar información sobre eventos trágicos que según parece estuvieron a punto de suceder. Para sintetizar el asunto en pocas palabras: un matón escribió una carta diciendo por qué había decidido no llenarme el pecho de plomo por compasión no a mí sino a otra persona que se vería involucrada. (La carta está publicada en este mismo blog, abajo). ¿Y por qué quería llenarme el pecho de plomo? Eso es lo que yo no entendía y estoy empezando a comprender a partir de la lectura de una noticia en la cual se acusa a Gabo de apología de la pederastia (al final de este texto agregaré la noticia, aparecida en un blog dedicado por entero a García Márquez llamado Memorabilia GGM). Se dice que Gabo promueve el abuso de niñas al publicar la novela Memoria de mis putas tristes. Se dice que el hecho de que la película basada en la novela se vaya a filmar en Puebla, donde hay escándalos de pederastia que involucran a altas autoridades, es indicio claro de que el Premio Nobel forma parte de una red delincuencial... etc.
Ahora voy al caso de las agresiones contra MT. Durante las charlas que di libre y alegremente, sin libreto, de forma improvisada y talvez irresponsable y pretenciosa, como acostumbro, hablé sobre el amor, el erotismo, la alegría de vivir, la trasgresión de las reglas, las fuentes de información que sirvieron para escribir mis cuentos, etc. Conjeturo que hubo personas que se sintieron ofendidas y personas que se sintieron aludidas por mis palabras: hubo simpatizantes y "antipatizantes". Según parece alguien pensó que hablar de alegría de vivir en una ciudad como Medellín, azotada por la violencia y la miseria, era una agresión y una falta de respeto. (Yo vi en general el otro Medellín: el del Parque Lleras y el metro más limpio del mundo; el de la gente amable, cariñosa, alegre, interesada hasta apasionarse por la literatura y abarrotar auditorios, el de la gente que asistía multitudinariamente al Jardín Botánico).
Una persona entre el público en una de las conferencias se levantó y dijo que le parecía correcto que yo fuera partidario de legalizar las relaciones sexuales con niñas y que por qué no lidereaba un movimiento para promover una especie de "dosis personal de relaciones con niñas". Yo traté de explicar que si un escritor escribía sobre un asesino serial, eso no quería decir que el escritor era un asesino serial. Que si un escritor relataba una historia de relaciones amorosas o eróticas entre hombres mayores y niñas, eso no quería decir que el escritor fuera un pervertido violador de niñas. Dije que todos los hombres maduros tienen fantasías, y que estas son lícitas y hasta saludables. Dije que una cosa eran los sueños y las fantasías, y otra cosa era la realización de esos sueños y el reconocimiento de los límites que impone el vivir en sociedades civilizadas.
Es evidente que no todas las personas asistentes tenían la preparación moral y la cultura para entender estos conceptos (el matón que me mandó el anónimo demuestra su nivel en el texto de amenaza). Y es claro que entre el público había individuos acostumbrados a resolver sus conflictos de conciencia por medio de la más elemental violencia.
He recibido bastantes cartas aludiendo al fallido atentado contra mi vida (hay que llamarlo de alguna forma). En Medellín, entre algunas personas maleadas por la violencia y la situación vital aparentemente insoportable, media poca distancia entre una amenaza y el cumplimiento de la amenaza.


Lo que es claro es el hecho de que en Medellín hay que cuidarse al hablar.
Y otra cosa: si la literatura se ocupara sólo de las buenas costumbres, sería soporífera, insoportable, didáctica, repetitiva. Casi todas las obras maestras de la literatura se han construido sobre un pecado, una falta, una transgresión: La Iliada, La Odisea, Madame Bovary, la Guerra y la paz, La Divina Comedia, el Quijote... ¿Cuántas obras maestras de la literatura se han construido sobre la virtud? Claro que las hay, pero son una minúscula porción frente a un universo de obras en las que se trata de explicar "la naturaleza perversa del ser humano" (Aclaro que estoy escribiendo esto a vuelatecla pues tengo mucho trabajo pendiente. Muchos amigos me han escrito preocupados por la amenaza. No estoy seguro de que estando lejos de los amenazadores esté por completo fuera de peligro, pero tampoco voy a sufrir y a preocuparme por el "puede ser". Puede ser que en este instante caiga un aerolito sobre mi cabeza en la Editorial, puede ser que haya un terremoto que arrrase Xalapa y el resto de México, puede ser que a pesar de ser un disciplinado deportista de pronto me dé un infarto. Todo puede ser. No porque el mundo se esté acabando voy a echarme a morir. Como dice la canción mexicana: "Échale un cinco al piano y que siga el vacilón").
Ahora voy a reproducir la noticia que leí en el blog llamado GABOMANÍA:

MEXICO, D.F., octubre 1.- La Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe presentará una denuncia penal ante la Procuraduría General de la República (PGR) contra del gobernador de Puebla, Mario Marín y el escritor colombiano Gabriel García Márquez por el delito de apología a la prostitución infantil.
Lo anterior por el anuncio de hace tres semanas del gobierno de Puebla en el sentido de que este mes comenzarán en esa ciudad las filmaciones de la película -de co-producción de Puebla, España y Dinamarca- basada en la novela “Memoria de mis putas tristes” escrita y publicada en 2004 por García Márquez.
En esa obra el Premio Nobel de Literatura cuenta la historia de un periodista que al cumplir 90 años de edad decide regalarse “una noche de amor loco con una adolescente virgen”. Para “conseguir” a una niña de 14 años recurre a la propietaria de un prostíbulo que el anciano visitó durante muchos años.
Teresa Ulloa, directora de la Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe, señaló que filmar una película que difunda este tipo de historias “representa un riesgo en un país donde la pedofilia y la trata de personas con fines de explotación sexual crecen con la tolerancia y la complicidad de autoridades”.
Lo que dicta la ley
Dijo que, además, la filmación y posterior difusión del filme constituye un delito sancionado por el Código Penal Federal y que se denomina apología a la prostitución infantil.
El título 8 del Código Penal Federal habla sobre los delitos contra la moral pública y las buenas costumbres y en este apartado, el artículo 209 establece que “al que provoque públicamente un delito, o haga apología de éste o algún vicio, se le aplicarán de 10 a 180 jornadas de trabajo a favor de la comunidad si el delito no se ejecutare; en caso contrario se le aplicará al provocador la sanción que le corresponda por su participación en el delito cometido”.
El artículo 201 bis estipula que “al que promueva, publicite, invite, facilite o gestione por cualquier medio a persona o personas a que viaje al interior o exterior del territorio nacional y que tenga como propósito tener relaciones sexuales con menores de 18 años se le impondrá una pena de 5 a 14 años de prisión y de 100 a 2 mil días de multa”.
“La filmación de esta película y el hecho de que en ella esté involucrado el Premio Nobel de Literatura representa una glorificación a una actividad ilícita”, por lo que la organización civil presentará una denuncia.
“Además el hecho de que se filme en Puebla nos habla mucho y confirma las cadenas de complicidad que hay entre pederastas y las autoridades, pues basta recordar las acusaciones que giran en torno al gobernador Mario Marín en ese sentido”, explicó la directora de esa organización civil.

DEJO QUE EL LECTOR SAQUE SUS CONCLUSIONES. NO SÉ SI TENDRE TIEMPO PARA SUTILIZAR EN ESTE TEMA. SI LA DENUNCIA CONTRA GGM PROCEDE NO ESTARÍA LEJANO EL DÍA EN QUE SE REVIVA UNA NUEVA INQUISICIÓN, SE PROSCRIBA TODO ARTE QUE NO SEA "PIADOSO", SE CENSURE LA IMAGINACIÓN Y LLEGUEMOS A UN REGIMEN EN EL QUE HAYA UNA DICTADURA DE LA INTOLERANCIA, LA REPRESIÓN Y LA ESTUPIDEZ. ALBERT EINSTEIN DIJO: "EN CIENCIA LA IMAGINACIÓN ES MÁS IMPORTANTE QUE LA EXPERIMENTACIÓN". Y HAY ALGO ARTERO EN ESTA DENUNCIA: MEZCLAR A GABO CON UNA RED DE PEDERASTIA; CONFUNDIR LA LITERATURA CON LA VIDA. ATENCIÓN: LA LITERATURA ESTÁ MÁS VIVA QUE LA VIDA, VA MÁS ALLÁ, POTENCIA LO QUE EL SER HUMANO PUERDE SER Y PUEDE HACER.

Y para salir de este enojoso tema les ofrezco un sitio en el que se habla de "Las princesas de Marco Tulio...y de "El periodista que se convirtió en perro"...
Pero antes quiero amarrar un cabo suelto: antes de salir rumbo a Medellín decidí suspender la lectura del El viajero del siglo, Premio de Novela Alfaguara 2009, del argentino-español Andrés Neuman. En Colombia conseguí tanta buena literatura, que cuando regresé a Xalapa me dije: "Tarado... ¿y vas a seguir aguantando tanta inflazón de esa novela de más de 500 páginas en las que no pasa casi nada?. Una novela de un latinoamericano que quiere explicarles a los europeos qué es Europa, cuál es la verdad y por qué es mejor irse que quedarse" Pues no. Me dediqué a leer libros de Mario Mendoza --estilo pobre pero narración tremendamente efectiva--y de Luis Miguel Rivas --una cuchillada al corazón. Entonces hice lo que habitualmente hago con los libros a los que pienso el tiempo y la tolerancia pueden salvar: puse a El viajero del siglo sobre el revistero en el baño donde deposito mis excesos... Y hoy, días después de condenar al libro de Neuman al Purgatorio, me dije: "¿A ver cómo termina?" Y leí el final de lo de Neuman saltándome 300 páginas: final perfectamente previsible. ¡Eureka!, me exclamé: le he atinado: el libro no merece la pena. Es una extraordinaria novela, con un estilo inmejorable, unos lindos personajes y unas pretensiones enciclopédicas dignas de Carlos Fuentes... pero le sobran 300 páginas. Si Neuman quiere ingresar en mi taller virtual le prometo que convertiremos lo suyo en un clásico. (Espero que este comentario me sirva para coleccionar más eneamigos y para congraciarme con Alfaguara, que no me quiere desde que cometió el grave error de premiar La piel del cielo, una pésima novela, dejando a un lado mi inmejorable novela El amor y la muerte, a la que relegó al olvido. Lo digo con toda modestia y objetividad. Y el que no esté de acuerdo, que proteste. Escriba a escandioti@gmail.com. Prometo publicar su texto en este blog.
Y ahora sí van "Las princesas de Marco Tulio" y "La fábula del periodista que se convirtió en perro". Presione el link de abajo...

miércoles 30 de septiembre de 2009

FOTOS DE LA PRESENTACION DE EL IMPERIO DE LAS MUJERES




El rector de la Universidad Veracruzana, Raúl Arias, MT, Peter Broad, presidente del congreso de la Universidad de Pennsylvania y Ricardo Moreno, ex vicerrector de la Universidad de Puebla y editor.





martes 29 de septiembre de 2009

EL AGUJERO NEGRO

El señor de los sueños
A mis sufridos 49 lectores --49 es el promedio;el máximo diario es 97-- les ofrezco dos textos breves de Maelström agujero negro, recienetmente publicado por la Editorial de la Universidad Veracruzana. Después reproduzco un texto del mismo libro que se llama "¿Qué es una mujer?". Los publico porque les gustaron a mis compañeros de oficina Silverio, Víctro Hugo y Nina.

No le rinde cuentas a nadie. Es caprichoso. Puede ser complaciente si está de buen humor o malvado por llevarle la contraria a su propio estado de ánimo. A veces es ligeramente razonable y le da por sopesar los actos diurnos de los hombres. Entonces juega a las recompensas y castigos. Puede ser bondadoso –y se inclina a serlo– con los miserables. A un mendigo que duerme cobijado con periódicos, le puede suministrar sábanas de seda china y pieles de armiño. En asuntos de amor se inclina a favorecer a los solitarios o a los que tienen a sus amados lejos. Reparte noche a noche hombres magníficos a damas pesarosas y mujeres espléndidas a los más extravagantes engendros. No escatima. Al fin y al cabo tiene a su disposición todas las razas, todas las variedades, todos los sexos, todas las texturas de piel, todos los labios, todas las manos gentiles y amorosas. No existe nada que se le niegue. También puede ser un eximio torturador. A veces le basta una sombra para hacer delirar a un soñador, pero en ocasiones recurre a maquinarias infernales. Puede hacer que un hombre, con toda frialdad, rebane sus dedos, sus manos, sus muñecas, sus brazos en delgadísimas tajadas con una cortadora de jamón. A veces, por simple descuido o capricho, reparte sueños equivocados. Convierte a un hombre sano y orgulloso de su virilidad, en una prostituta de lo más vulgar y vulnerable. O transforma a un anciano en una bicicleta nueva que vuela cuesta abajo. También suministra placidez a los que están al borde del suicidio. A éste le retorna una sonrisa que perdió entre mil rostros anónimos, a aquél un paisaje que extravió en sus peregrinaciones, al de más allá, le devuelve un amor perdido, quizá el único que tuvo en la vida. Visita a todos los durmientes, pero son pocos los que recuerdan su rostro. La verdad es que nadie lo puede reconstruir en la existencia vigil. Para lograrlo sería necesario vivir exclusivamente para atisbar los deslices del sueño. De todos modos está ahí, sentado al lado de las camas desde el instante en que las personas cierran los ojos. Entonces les pone sus dedos sutiles sobre los párpados y espera a través de ellos sentir las pupilas fijas, dispuestas a contemplar los paisajes de la noche. Es un viejo caprichoso que no obedece a nadie. Se divierte mucho. Pero eso solamente sucede durante la noche, cuando la mayoría duerme. El resto del tiempo lo pasa maquinando las fantasías que ofrecerá a sus protegidos en cuanto les llegue el sueño. El hombre de los sueños es el eterno insomne. No tiene tiempo para dormir. Si durmiera, los hombres carecerían de sueños. Y si los hombres carecieran de sueños, sin duda, habría más catástrofes y crímenes de los que agobian al mundo. Hay quienes piensan que cada persona tiene su propio hombre o mujer de sueños. Algunos osados se atreven a pensar que el hombre de los sueños es la única divinidad auténtica a la que pueden tener acceso los seres humanos.

viernes 25 de septiembre de 2009

EL RECTOR RAUL ARIAS PRESENTA EL IMPERIO DE LAS MUJERES

EL RECTOR-LECTOR PRESENTA EL NUEVO LIBRO DE MARCO TULIO AGUILERA
(A la izquierda: foto de la presentación de El imperio de las mujeres: el rector de la Universidad Veracruzzana, Raúl Arias, MT, Peter Broad y Ricardo Moreno Botello ex vicerrector de la U de Puebla y editor de Educación y Cultura; abajo MT con el número 0118; el rector, de blanco en la Carrera de los Médicos 2009. Más abajo el texto leído por el rector durante la presentación en la Feria del Libro Universitario 2009).

Primero ―o sea antes―, Marco Tulio Aguilera Garramuño nos entregó Cuentos para después de hacer el amor. Luego ―o sea después― nos regaló Cuentos para antes de hacer el amor. Ahora, recientemente, da a la luz el tercer volumen de esa serie creada por él sobre narraciones en torno al acto amoroso. Lo ha titulado El imperio de las mujeres. Cuentos en lugar de hacer el amor.
Con esta aparición, esto comienza a parecerse a la saga de La guerra de las Galaxias, de George Lucas, donde las películas se van sucediendo unas a otras en un orden que no es el cronológico y que el público puede apostar a descubrir e hilar las historias.
Quizá venga después el El imperio de las mujeres contraataca. Lo cierto es que la lectura nos sumerge en el imperio de las palabras hechas literatura por Garramuño. Palabras que se deslizan fácilmente por la página, literatura que envuelve y captura al lector dentro de la historia para hacerlo disfrutar con los cinco sentidos, pero especialmente con el oído, el tacto y el gusto.
Inagotable y cautivador imperio de la palabra alrededor del acto erótico. El imperio de las palabras que se dicen, se articulan, se declaran… en el lecho, en la cama, el sofá, la mesa o el suelo raso, antes, después o en lugar de hacer el amor…
Literatura del disfrute de los cuerpos, pero de donde se extrae un conocimiento y sabidurías no sólo de las artes amatorias sino de la vida toda. Literatura gozosa, divertida, a veces plena de ironía o de sarcasmo, ligera y profunda a la vez. Situaciones, algunas de ellas, cómicas o ridículas; escenas extremas, a veces chuscas o inauditas… pero muy disfrutables por su factura y porque todo apunta al deseo, a los placeres de la carne, a los cuerpos fatigados en el gozo, aunque frecuentemente los encuentros sólo estén en la imaginación y muy lejos de concretarse en la realidad.
Refiriéndome sobre todo al cuento que da nombre al volumen, uno lee y no puede menos que pensar que el personaje del cuento no sólo está inspirado por la experiencia personal del autor, sino que el texto es casi una declaración autobiográfica cercana a la realidad, o por lo menos refleja sus aspiraciones, sueños, obsesiones y fantasías. El personaje de ese cuento, Raz Ruguendas, es un escritor sudamericano, vanguardia del post boom latinoamericano, quien goza ya de reconocimiento, y que ha aparecido hasta en la portada de Newsweek (en este momento Raúl suspendió la lectura de su texto, y dirigiéndose a Marco Tulio le preguntó: "¿Ya apareciste en el Newsweek?") pero que busca dar el salto final hacia la cumbre del éxito, al cual ha perseguido toda la vida, porque, nos dice con sinceridad: “¿Qué otra cosa quiere el escritor, sino éxito, dinero y satisfacer la vanidad?”, “viajar por el mundo de gorra, decir tonterías sublimes en las entrevistas, estadías en hoteles de cinco estrellas, comilonas pantagruélicas y multitudes exclamando” a su alrededor: “¡Hossana, hossana!” Nuestro personaje afirma que eso y sólo eso es lo que “esperan los escritores, incluso los que como Borges o Sábato hacen de la humildad su palabra fetiche”.
A punto de alcanzar la cumbre que siempre ha deseado, nuestro personaje es el invitado principal de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, y ha sido llevado allí, para su lanzamiento definitivo al estrellato, nada menos que por “La Editorial”, la empresa del ramo “más grande del mundo de habla española”. Tendrá, durante una semana, una serie de presentaciones con las más connotadas revistas, agencias y periodistas internacionales. En total 38 entrevistas con medios de prensa, radio y televisión: “todas las puertas abiertas” para el gran acto de presentación, en el marco de ese gran evento, de su última novela: La histeria del amor, una obra genial, como él mismo, sin rubor, la describe.
Y de ahí… a Europa, porque así se cumplirá el sueño que él había cifrado en una frase acuñada por Marco Tulio casi desde el principio de su carrera: “Sólo iré a Europa cuando me reciban con alfombra roja en el aeropuerto”.
Pero, por supuesto, su destino en Buenos Aires ―declara el personaje desde el inicio del cuento― son las mujeres… muchas mujeres, y ése ha sido su destino “toda la vida y en todas partes”. Además, “de antemano y para evitar juicios a priori”, manifiesta que es “un privilegiado”, “un macho intelectual en las fauces del imperio de las mujeres”. Y se describe a sí mismo: “Soy alto y guapito, rayando en atlético”. Así, “como suena y sin rubores”. Y confiesa que ha tenido “amores abundantes y en general desoladores con chicas de tatuajes y drogas, con darketas y punketas, con nenas de club social y Mustang”, que ha sido “compañero sentimental y semental secreto de alguna de sus alumnas”, que ha visitado los “extremos, sin excluir los cueros negros, las cadenas, las máscaras y … las películas atroces”, que es PH doctor por alguna universidad norteamericana y que, a cada paso, se ve en la necesidad de optar, como en una suerte de “El jardín de los senderos que se bifurcan”, entre dos ―y a veces más― mujeres.
Mujeres y mujeres… muchas mujeres, de todos los tipos, de las típicas y de las no tanto ―cualquier cosa que esto quiera decir―. Mujeres dulces, pícaras, extrañas, peligrosas, delicadas, débiles, indefensas, amazonas, vikingas, vampiresas, dominantes, intrépidas, invencibles, invulnerables, irresistibles, monstruosamente encantadoras, inconcebiblemente bellas… inefables.
Mujeres con las que nuestro personaje tuvo ―y frecuentemente no recuerda, y por eso ellas tienen que recordárselo―, aventuras, o con las cuales las tendrá. Mujeres que se hacen ilusiones con él, que le hacen “cambios de luces altas a luces bajas con intermitencia amenazante”, mujeres que se han deslizado hasta la cama de su habitación y le han pedido que las proteja y las acoja porque están al borde del suicidio, mujeres a las que les ha cambiado la vida, gracias a la pasión que en ellas despierta, y para quienes conocerlo ha sido “el principio de su liberación”.
Este personaje es un hombre en el trance de vivir su hora más feliz, de gozar la apoteosis del escritor famoso y de que se cumplan sus dos mayores fantasías en la Feria: uno) ver, al entrar en ella, una gran montaña de sus propios libros, y dos) ver un gran póster o pendón más grande que su propio cuerpo, con una foto de su rostro (y en ese momento Raúl suspendió la lectura para señalar el pendón de tres metros de alto en el que se anuncia "Marco Tulio Aguilera nos sorprende de nuevo" y en el que se reproduce la portada de El imperio de las mujeres y dijo: "Un pendón como ese que el público ve adosado a la pared". Luego continuó la lectura:)
En el cuento vemos a un hombre rodeado de mujeres que lo admiran y desean y a las que él desea y admira, pero a las que paradójicamente teme. Un macho intelectual, amante encantado y encantador de mujeres, pero que tiene miedo de ser usado y abusado para su deleite por ellas. Porque, dice, “todo hombre guarda bajo su piel dos entidades: una timorata, temblorosa, que ve en cada mujer a una leona; y otra entidad osada, irresponsable, prepotente que exige que todas las mujeres se le entreguen de manera inmediata”.
Un novelista tan vanidoso como todos los escritores del mundo, que al fin cae en la cuenta de que su condición de escritor famoso le tiene vedada la posibilidad (como a los Dioses) del amor auténtico, terrenal, sin comillas, y que también le niega el interés verdadero por los demás seres humanos.
Un hombre de letras para quien escribir es una especie de orgasmo, un placer excelso que ha de ser apasionante a cada momento, pues cada vez que escribe le está haciendo el amor al lector…
Un personaje desconcertante, contradictorio, pero sincero, que no se engaña ni finge, que llama a las cosas por su nombre y no tiene miedo de expresar aquello que desea, aunque a veces tiene un pánico terrible de obtenerlo.
Un hombre “de una sola mujer y de muchos amores, porque está enamorado de todas las mujeres”. Un ser para quien sus amores son pasiones que lo vuelven mejor y lo acercan a Dios, y que considera que el amor es “la preparación para afrontar todos los problemas de la vida y para enfrentarse serenamente a la muerte”.
Un hombre a quien el erotismo lo impulsa y lo mueve, porque es una especie de curiosidad vital que lo ha llevado a “establecer contacto con la esencia de la creación, que es la mujer”.
Un hombre que, en plena apoteosis, y rodeado de admiradoras y de una multitud que lo aplaude, está a punto de derrumbarse en llanto en medio de su soledad y desolación entre la turbamulta.
Un hombre que quizá sueña y delira pero que tiene revelaciones y chispazos en los que encuentra trozos de verdad incontestable: Como una sombra pasa el hombre y se afana en vano. Atesora y no sabe para quién. (Salmo 39) En fin, un hombre sujeto a la tiranía, al imperio de las mujeres. Pero, podemos preguntarnos: ¿es que alguna vez hubo otro imperio?
Gracias.

miércoles 23 de septiembre de 2009

AMENAZAS DE MUERTE A MARCO TULIO




¿EROS PROHIBIDO EN COLOMBIA?






La semana pasada estuve en Medellín invitado por la Alcaldía de la Ciudad y la Fiesta del Libro. Dicté varias conferencias, asistí a la dramatización de un texto teatral basado en mi cuento "El suave olor de la sangre" (Cristóbal Peláez hizo una lectura conmovedora y demostró por qué acaba de recibir el Premio Nacional de Dirección Teatral), fui testigo del cariño de lectores, escritores y amigos, fui tratado como si en realidad yo fuera importante, fui entrevistado y sometido a todos los ritos propios de las ferias de los libros, conocí a las personas más agradables y talentosas del mundo y viajé en el sistema de transporte metro más eficiente e impecable, escuché a doce personas recitar de memoria largos textos míos ("El suave olor de la sangre" y "Fábula del mar en los ojos", así como párrafos de Los placeres perdidos fueron dichos con reverencia por los más distintos personajes), no pude evitar conocer las zonas delicadas de esa ciudad, le quité de las manos arteramente al escritor Juan Diego Mejía un ejemplar de la segunda edición de mi Breve historia de todas las cosas (libro del cual no tenía un solo ejemplar desde hace años y que Juan Diego quería que le autografiara), fui acompañado por dos ángeles guardianes, escritores talentosos, Luis Miguel Rivas y Francisco Pulgarín (que lanzaba un estentóreo je,je, je constantemente), caminé acompañado por mi esposa por la Décima a las doce de la noche y viví con ella una escena digna de la Corte de los Milagros, asistí a un asalto, descubrí que sin anunciarme la editorial Alfaguara de Colombia había hecho una reimpresión de El pollo que no quiso ser gallo a menos de seis meses de su primera edición, conocí a uno de los más interesantes escritores colombianos, Mario Mendoza, e inmediatamente simpaticé con él (espero escribir en este blog sobre Buda blues, una novela estremecedora y de calidad extraordinaria), reactualicé mi amistad y afecto con Alberto Ruy Sánchez y Ricardo Cano Gaviria, me sorprendió la distancia con que me trató William Ospina ( a quien aprecio como poeta y novelista y sobre todo como viejo amigo y cómplice de los mejores tiempos de Cali). Viví en Medellín (vivimos) en una semana suficientes experiencias para llenar una vida... Mis conferencias versaron de lo que acostumbro: historias de amor y erotismo, experiencias como escritor, relatos de mi vida, anécdotas con Gabo como protagonista, planes, alguna risueña autopromoción. Y, al llegar a Xalapa recibí el siguiente mensaje de un señor que se firma Jairo Duque y que según parece asistió a mis conferencias... (Reproduzco el texto original con sus errores e incoherencias)...

El 21 de septiembre de 2009 12:46, Jairo Duque escribió:
HIJOEPUTA MARCO TULIO, SI VOS ALARDEA DE SER UN CABRON A QUE HIJOEPUTA VIENE A HACER AUN PAIS DONDE TODO SE ESTA YENDO AL PRECIPICIO. HABLAR DE VOS, DE VOS Y SOLO DE VOS, DE PELADOS COMO USTED ESTAMOS LLENOS, A MI A OTROS PELADOS MAS QUE ASISTIMOS A SUS CONVERSAS NOS PROVOCA DOS COSAS; MASTURBARNOS, COGER NIÑITAS Y VOMITARLO DEMONIO DE LAS LETRAS.
USTED NO SABE NADA DE ESTE MUNDO SEÑOR DEL QUE DICE SENTIRSE PARTE, NO SEA HIJOEPUTA CABRON, DE PRONTO LE HUBIERA VENIDO BIEN UNA SACUDIDA PA QUE VEA QUE COLOMBIA NO ES NADAMAS HEMBRAS PASADAS POR CIRUGIAS, TAMBIEN HAY MACHOS HIJOEPUTAS COMO VOS Y QUE POR MENOS DE LO QUE USTED HIZO LE HUBIERAMOS DESCARGADO VARIOS KILOS DE BALAS.. VOS A LO UNICO QUE VINO FUE A HABLAR DE VOS COMO SI FUERA LA GRAN CHINGONERIA Y VOS NO SOS MAS QUE UNA MIERDA. UNA COSITA CABRON, SI SE FUE VIVO FUE NADAMAS PORQUE … (Elimino de este texto unas palabras que involucran a una persona que no quiero mencionar por precaución en esta denuncia), PERO LA PROXIMA CUIDESE DE VOLVER PORQUE ACÁ LO ESTAREMOS ESPERANDO. UNA COSA HIJOEPUTA CABRON DE MIERDA, USTED VALE LA PENA NADAMAS POR UNA CAUSA, METERLE UN PAR DE BALAS QUE NO LO MATEN PORQUE EL INFIERNO SERIA UN PREMIO PARA VOS, PA QUE RECUERDE LO QUE ES RESPETAR A UN PUEBLO PERDIDO EN LA DESESMPERANZA. YA SABE LO QUE LE ESPERA SI REGRESA.

Y para cambiar de humor los invito a hacer un paseo por la cuentística reciente de Latinoamérica en una antología recopilada por el amigo cubano Emmanuel Torres... presionar sobre el siguiente vínculo

Y volviendo al tema de la violencia, que parece ser el único que interesa a muchas personas en Medellín, voy a reproducir un mensaje reciente de una parsona que asistió a mis conferencias en Medellín...

Siento una tristeza que me desborda luego de leer esas terribles palabras escritas desde mi ciudad.MT, imagínate que una vez estaba leyendo un cuento escrito por MT, lo leía en el bus ya que no quería cederle el puesto a ninguna ancianita, aunque a esa hora no había necesidad de tan egoista actitud pues había sillas de sobra. Me pareció extraño que con tantos puestos disponibles alguien se sentara a mi lado. En un comienzo supuse que se trataba de un gay que deseaba un poco de coqueteo en un vehículo de transporte público. Dirás: pero qué homofóbico es este Jesucristo. Pero no lo soy. Sólo no quería dañarle el corazón a nadie. Pero el hombre que tomó asiento a mi lado no resultó ser un acosador, lo único que el hombre quería era atracarme. El delincuente era escoltado por un cómplice ubicado en otra banca, desde la cual no paraba de proferir amenazas contra este inocente jovencito que ahora escribe el relato de lo acontecido aquel 10 de marzo. Valga decir que a la única persona que atracaron en el bus fue a mí, mientras los demás pasajeros observaban asustados. Luego de despojarme del teléfono celular que con tanto cariño mi señora madre me había obsequiado un martes de abril,los delincuentes me ordenaron con precisas palabras que jamás olvidaré: "Hazte el loco, disimula, sigue leyendo". Yo obedecí... baje la mirada, derrotado, y seguí leyendo: "Y que sirva eso de experiencia para que sepan que el asunto va en serio, y que no estamos en un circo sino en una guerra", palabras del divino MT. Teléfono celular hurtado: $45.000. Libro escrito por MT, libro que nuestro narrador leía mientras era atracado: $15.000. Que te atraquen en un bus mientras lees El Suave Olor De La Sangre: Es el tipo de cosas que ocurren cuando un libro es escrito por un mago.Salud, Marco Tulio. Desde Medellín, donde también se respeta y se te quiere. PD: Lee la obra de teatro que te obsequié, la de la Zoofila y los Troskistas. Gracias.

martes 22 de septiembre de 2009

LAS MUJERES Y EL MAELSTROM

MARCO TULIO AGUILERA EN LA FERIA DEL LIBRO UNIVERSITARIO EN MEXICO
Prensa de la Universidad Veracruzana
Marco Tulio Aguilera presentará dos libros en la Feria del Libro Universitario. A las seis de la tarde, en la Galería de Artes Plásticas de la Unidad de Artes de la UV, presentará El imperio de las mujeres, volumen de relatos en los que el erotismo, el amor y las relaciones entre hombres y mujeres son los temas dominantes. Perteneciente a una trilogía de libros de cuentos que ya se han convertido en clásicos y que han alcanzado 14 ediciones en Colombia, México y España, esta serie incluye los libros Cuentos para después de hacer el amor y Cuentos para antes de hacer el amor, obras que han recibido importantes premios como el Premio San Luis Potosí, el Latinoamericano de Cuentos de Excélsior, el Gabriel García Márquez y el Segundo de La Palabra y el hombre (en la emisión de 1979, cuando ganó Sergio Pitol). La más reciente edición de Cuentos para después de hacer el amor fue publicada por Alfaguara-Punto de Lectura en España, donde ha cosechado elogiosos comentarios.
El imperio de las mujeres será presentado por Raúl Arias Lovillo, rector de la Universidad Veracruzana, Ricardo Moreno Botello, vicerrector de Docencia y divulgación artística de la Universidad de Puebla, y Peter Broad, antólogo, conferencista y traductor al inglés de las obras de Marco Tulio Aguilera.
A las ocho de la noche, en el mismo lugar y en el marco de la FILU, será presentada otra obra de Marco Tulio Aguilera: Maelström agujero negro, publicada por la Editorial de la Universidad Veracruzana, dentro de la Colección Ficción. “Todo lo que usted quiso saber sobre Marco Tulio y no se atrevía a preguntar”: así ha definido el autor a este volumen que incluye “una entrevista reciente a García Márquez, una reflexión sobre el concepto de amor en Shakespeare, un breve intento de definir lo que es la mujer, cuentos largos y cortos, cuentos extravagantes y peligrosos, la revelación de un par de secretos jalapeños, la crónica de un viaje que autor hizo al Amazonas, un capítulo de la novela El sentido de la melancolía”, obra que afirma Marco Tulio tiene en proceso. “Es un libro en el que cabe hasta lo imposible”, comentó este autor que ya lleva casi 30 años viviendo y “dando lata” en Xalapa.Omar Piña, Raúl Hernández y Julio César Martìnez serán los prsentadores de El imperio de las mujeres.
Marco Tulio Aguilera, autor de 30 libros, ganador de más de veinte premios en varios países, es académico de la Editorial de la Universidad Veracruzana y fue fundador y editor de La Ciencia y el hombre, revista de la Universidad Veracruzana.

jueves 17 de septiembre de 2009

CRONICA DE MEDELLÍN

La entrada a Colombia fue traumática. Cuatro horas en el aeropuerto ElDorado, convertido en un laberinto de hormigas desorientadas. Mi esposa llegó a creer que toda Colombia era un desolado aeropuerto en el que pasaríamos días enteros para después regresar a México. Afortunadamente toda pesadilla tiene su fin y pudimos llegar a Medellín lúcidos e insomnes después de cuatro horas en Autobús de Oriente, dos horas de espera en el aeropuerto de la Ciudad de México, cuatro horas en un avión más estrecho que un bus totolero, cuatro horas en ElDorado, media hora de vuelo entre Bogotá y Antioquia y treinta minutos de carretera alucinante en medio de hermosos paisajes. Medellín está sitiado por montañas, que han sido carcomidas por macizos de edificios que han sustituido al paisaje natural. La gente de Medellín, amorosa, generosa, servicial. Hubo reencuentros agradables con Alberto Ruy Sánchez, elegante, elocuente, encantador y dueño casi absoluto de la palabra; con Mario Mendoza, el autor de la novela Satanás, un personaje tranquilo, erudito, que habla con voz sosegada; con William Ospina, envuelto en las galas de una gloria apabullante y vestido ahora con traje, cuando antes era más fiel a su chamarra de cuero negro que el arriero a su mula, y con su coleta de terco hippie a pesar de la súbita celebridad. Muchos lectores recitaron mis cuentos de memoria y recordaron pasajes de mis libros que yo había olvidado. Las conferencias que dí, en general atibooradas de personas dispuestas a creer todo lo que les dijera el embustero de Mistercolombias. La ciudad de Medellín, por lo menos en los territorios que recorrí, muy limpia y ordenada, aunque por la noche se levantaran sombras ominosas que hacían peligrosos los recorridos nocturnos. Cristóbal Peláez, recién galardonado con el Premio Nacional de Dirección Teatral, leyó de forma conmovedora Viaje compartido, un viejo cuento mío convertido en teatro. Hablé, hablé, hablé, dicté cuatro conferencias y repetí las anécdotas de siempre sobre mis primeros años y mis vivencias en Cali, Costa Rica, Cali y Lawrence. Hallé una sorpresa: que mi libro de cuentos infantiles El pollo que no quiso ser gallo había recibido una segunda reimpresión a los seis meses de su primera publicación en Alfaguara Colombia. Las mujeres, algunas de belleza espléndida, que preferí en general ignorar para evitar líos, pero que no pude evitar mirar con intensidad de paraíso ajeno. Recorrí almacenes de lencería y ropa interior masculina con mi esposa y hallé lo que ya sabía: que en Medellín se fabrica lo mejor del mundo. Paladeé los nostalgiosos platillos de sabores exclusivamente colombianos. Compré regalos para los compañeros de oficina y para el rector, que había mostrado sus talentos ocultos de buen lector al presentar El imperio de las mujeres. Percibí la pasión con que viven los medellinenses cada acto de su vida como si fuera el último. Conmovedora es esta ciudad que vive como en una cuerda floja en medio de una crisis generalizada que sin embargo se convierte en fiesta de corte de los milagros cada noche. La Fiesta del Libro: maravillosa, el Jardín Botánico, un sitio fuera del mundo: árboles, carpas de circo, libros, 1500 actividades culturales. Hablé con el Director de Cultura de Medellín y le dije que me apuntaba para ser invitado perpetuo a esta fiesta de los libros. Éstos son trazos rápidos de una semana en Medellín, guiado (guiados) por el cicerone Miguel Ángel Rivas, gran cuentista y hombre atribulado por la nostalgia del amor. Pulgarín, el socio de Víctor Gaviria, un caballero dispuesto a ayudar en todo. Gracias, Medellín: me hiciste creer que todavía soy colombiano y que a pesar de mí mismo, hay gente que me quiere y me sigue leyendo y que recita de memoria mis cuentos, como si en realidad fueran clásicos.

martes 15 de septiembre de 2009

YO LO QUE QUIERO ES QUE ME ODIEN

¡PERO HASTA EL MOMENTO SOLO HE CONSEGUIDO QUE ME AMEN!

La costumbre, casi el vicio de jugar básket de lunes a viernes y hacer un par de días de natación a la semana (para salvar lo que me queda de rodillas) hace que cuando suspendo mi habitual actividad física me sobre energía, de modo que no puedo dormir sino cuatro o cinco horas diarias... De modo que aquí estoy en el salón de internet del Art Hotel salvando lo que queda de oscuridad frente a la pantalla de la computadora. Son las cuatro de la mañana y ya no tengo ni una gota de sueño, circunstancia que aprovecho para avanzar unas líneas de mis noticias. Tras le presentación de El imperio de las mujeres, el sábado a las seis pm en la FILU --asunto que ya historié en la anterior entrada de este blog--vino la presentación de mi Maelströn el agujero negro. Todas las fuerzas de la naturaleza y de la tecnología amenazaon con suspender la presentación: en primera instancia un auténtico diluvio que espantó a la gente, de modo que el público disponible era el que estaba cautivo en los laberintos de la Casa del Lago; en segunda instancia un apagón, que nos dejó a los visitantes en medio de un dédalo de libros totalmente atrabiliario y sin lógica alguna, pues la feria fue improvisada en la Casa del Lago de Xalapa: dividieron los enormes espacios de una antigua fábrica de telas (después convertida en centro cultural), pusieron paneles, estanterías y pendones de manera caprichosa: el resultado fue que los lectores se convirtieron en Teseos a oscuras y sin hilo de Ariadna. De todos modos LL, my wife, y MT avanzaron (o avanzamos) casi a tientas alumbrados por las luces de las luciérnagas de los celulares...
Paréntesis para Gustavo Alvarez: Te voy a dar un indicio de cuánto se escucha tu programa radiofónico La Luciérnaga: en un taxi de Medellín íbamos escuchando el programa; en el auto íbamos seis personas: todos confesamos ser adictos del mejor programa radial del mundo. Ya le hablé a Raúl Arias, rector de nuestra universidad, para sugerirle escuchar tu programa y buscar que mejoremos el programa La Revista de Carlos Romano, que es un matutino informativo de la Universidad Veracruzana algo plano y que ha caído en la rutina, aunque tiene un excelente y culto conductor.
Regreso a la presentación de Maelstrom. Cuando LL y MT llegamos frente a la Galería de Artes Plásticas donde se iba a llevar a cabo la presentación nos encontramos con la sorpresa de que si no había una multitud de pollos mojados y a oscuras, sí había una buena cantidad de personas esperando la presentación (muy pocos intelectuales y escritores; básicamente gente de otros ámbitos: mis alumnos --vi a Conchita, siempre tan disciplinada--, los directores de las escuelas donde he dado charlas y conferencias (mi tocayo Marco, de Anexa a la Normal Veracruzana; el director del Telebachillerato de Banderilla; varias personas de las altras esferas de la Universidad que son lectores y amigos; Carlos Converso, el mejor titiritero e intérprete de Shakespeare que conozco, acompañado por su literata y gitana esposa; Jack, mi jefe del Moral, bastantes periodistas, la televisión Universitaria, la BBC y Radio Nederland, y otros... Buen público, dispuesto a disfrutar de los happenings que son mis presentaciones y a entender que nada va a ser serio aunque en el fondo sí lo sea... Los tres presentadores estuvieron geniales, sin exageración alguna: Raúl Hernández Viveros reveló el gran secreto: él escribe cuentos y novelas; yo los firmo; luego nos repartimos porcentajes --yo la mayor parte porque soy el inverecundo que da la cara; Omar Piña, periodista y escritor de La Jornada fue el más serio y académico, sin dejar de enviar dos o tres dardos envenenados con amable cicuta --espero subir su comentario a este blog--; Julio César Martínez me sorprendió: disertó con absoluta brillantez sobre nada y descubrió algunos grandes misterios de MT. Ninguno de los tres había leído el libro --y no era necesario que lo leyeran (además no obedecieron lo que les pedí: nada de elogios, solamente insultos y defenestraciones). Tremendo fallo de la Editorial de la Universidad Veracruzana: no hubo ejemplares para vender. Raúl dijo la gran verdad: el libro se llama Maelstrom el agujero negro por esta razón: es una metáfora, un sabio símbolo de la ciudad en la que vivimos: un gran agujero negro aislado del mundo, donde todos los habitantes --esta fue una aportación de Julio César-- se creen artistas y el 99 punto uno por ciento son farsantes que se la pasan en cafés perdiendo el tiempo y hablando pestes de los demás. Y para probar que Xalapa es un agujero negro lanzó a nuestra provinciana ciudad la siguiente noticia: la UNESCO declaró el año 2009 "Año de Marco Tulio Aguilera", y amigos, gritó algo descompuesto, ¿quién de ustedes está enterado del asunto? ¿En qué periódico o noticiero salió publicada la noticia? El público permaneció extático, mudo, contemplando a aquella luminaria de la cultura --el ínclito MT, repatingado en su silla, sonriente, muy superior y sin embargo humildito como porteño de BA (La modestia es la virtud de los que no tienen otra, afirmó por ahí Mistercolombias en la caótica disertación de cinco minutos con la que el colombo-bogotano-caleño-kansaniense-regiomontano-tico y xalapeño concluyó el evento. Pero antes, ah, antes, mi querido amigo, el director de la Telesecundaria de Banderilla recordó públicamente el reto que MT había lanzado hace un año tras su conferencia ante 500 mozalbetes en el gimnasio de la institución: "Si les gustó esta conferencia, les prometo otra el próximo año y lanzo un reto al mejor basketbolista de este telebachillerato: un partido a diez puntos, uno contra uno, hasta agotar existencias. Si el mejor basketbolista me gana, me comprometo a castigar a la biblioteca de esta noble casa de estudios con una colección completa de mis libros, todos autografiados... Y agregó el infame colombiano dirigiéndose al director del TEBA: "Y le advierto que no le diga a su paladín y gallo estudiante basketbolista que se deje ganar el partido por este senecto deportista... El certánen debe ser leal y en buena ley". Pues el director del TEBA tomó el micrófono ante el auditorio de la presentación de Maelstrom el agujero negro y dijo: "El reto no es invento del señor Marco Tulio, sino un hecho verificable en grabaciones hechas por nuestro Sistema de Eventos. Y le comunico al señor Garramuño que ya hemos puesto fecha y que lo esperamos el 15 de octubre con la escuela en pleno para asistir al acontecimiento". Marco Tulio lanzó una mirada circular. Se dio cuenta que ya no había más preguntas u observaciones y dio por terminado el asunto, no sin antes prometer que el próximo año, en la misma Feria FILU, presentaría dos reediciones: la tercera de su novela Mujeres amadas y la segunda de Poéticas y obsesiones, que llevará un subtítulo: Encuentros con García Márquez. Cuando MT se calló no pudo saber si la gente estaba aplaudiendo a rabiar o la lluvia había arreciado a tal punto que se estaba desencadenando el diluvio universal (ersta línea se la robé a mi novela Historia de todas las cosas, ferozmente inédita.

ElL DIA HA LLEGADO

En Medellín la vida es más sabrosa

Ya en Medellín, en el Art Hotel, después de una auténtica prueba iniciática en el Aeropuerto ElDorado de Bogotá, que espero contar, después de la presentación en Xalapa de El imperio de las mujeres y Maelström el agujero negro, tras ser sometido al sabotaje por un diluvio previo a la presentación y un apagón posterior, logramos my wife LL y Johnny Peligroso Garramuño abordar el ADO GL --que en cristiano significa autobús de semilujo-- rumbo al DF a las 11 45 de la noche del sábado, para tomar el avión en el DF a las 7 50 de la mañana y llegar 18 horas después a Medellín, que de entrada me pareció el Paraíso Perdido, ya en Medellín puedo sentarme a escribir estas notas, con la idea de que no se desvanezcan ni pierdan su encanto de café caliebte por la mañana las noticias recientes.
Regreso a Xalapa: tres amigos presentaron El imperio de las mujeres y los tres lo hicieron espléndidamente, tanto que no sabría decir cuál de los tres me dejó más complacido. Ricardo Moreno Botello, ex vicerrector de la Universidad de Puebla, después de confesarse nervioso, desgranó un texto conmovedor e inteligente, uno de esos textos que uno escucha con pasión: era como si estuviera diciendo La Verdad. Y yo me preguntaba: ¿En verdad merezco eso que dice Ricardo? Luego habló Peter Broad, que a pesar de mis sugerencias, no quiso ser coloquial sino académico y leyó con absoluta propiedad y seriedad un texto claro, directo, diplomático, digno por completo del cargo que ahora ocupa en la Universidad de Pennsylvania: Presidente del Congreso Consejo Universitario. Afortunadamente metió dos o tres comentarios anecdóticos algo divertidos y por completo certeros sobre la persona de Mistercolombias, a quien conoce quizás más que nadie, después de más de 30 años de dictar conferencias, seminarios, clases, organizar congresos y ferias de pueblo tratando de convencer al mundo de que MT es un grande escritor. Finalmente Raúl Arias Lovillo. el rector maratonista de nuestra Universidad Veracruzana, leyó un texto que espero reproducir en este blog. Quisiera describir la presentación que hizo Raúl pero no sé si vaya a poder: divertido, agresivo, sincero, autobiográfico, muy bien escrito y mejor leído, antisolemne, atrevido, confesional --Raúl confesó que compartía con MT varias inclinaciones que no detalló por completo pero que los auditores sin duda supieron adivinar--, erudito, demostrativo de que en efecto había leído el libro El imperio de las mujeres, que no se lo habían contado, y que el discurso no se lo había escrito un asesor, sino que él mismo se había sentado a hacerlo. Entre otras cosas Raúl hizo medio en broma la promesa de becar a MT en Barcelona para que siga escribiendo una obra maestra mensual. Dijo: "Cuando yo sea embajador de México en España le voy a poner a Mistercolombias una alfombra roja desde Xalapa hasta Barcelona". MT, oportunista como siempre ha sido, le tendió un papel al rector y le dijo: "Ahora mismo me firmas esa promesa".
Raúl centró su discurso en un cuento "El escritor del post boom" cometiendo el habitual y explicable error de creer que ese cuento es autobiográfico. Lo que es verdad... Sólo en parte. MT no es el protagonista del cuento, pero sí sufrió las agresiones de la Fama, La Diosa Perra, en Bogotá hace varios años: 35 entrevistas en un día, fotos a granel, etc. Afortunadamente la Diosa Fama, La Perra, es traidora, y pronto abandonó a MT a su habitual ritmo de vida: siete horas en la Editorial de la UV, talleres de novela, clases de Lectura y Redacción, basquetbol, natación, bañar al perro, ir por las tortillas...En fin, sigue siendo el mismo escritor abandonado a una honesta medianía que en verdad le parece el estado seráfico: hay tiempo para todo, hasta para escribir, ahora una novelita traumática que se llama La vidita literaria.
Ya contaré la presentación de Maelstrrön, que estuvo incluso más divertida y conmovedora que la del primer libro... Y queda pendiente el relato de lo que nos está sucediendo en Medellín. Entre Kafka y Alejo carpentier. Beware.

domingo 13 de septiembre de 2009

HOY EL AGUJERO NEGRO Y EL IMPERIO


MARCO TULIO AGUILERA PRESENTA HOY DOS LIBROS EN LA FERIA DEL LIBRO UNIVERSITARIO EN MEXICO
Prensa de la Universidad Veracruzana
Marco Tulio Aguilera presentará dos libros en la Feria del Libro Universitario. A las seis de la tarde, en la Galería de Artes Plásticas de la Unidad de Artes de la UV, presentará El imperio de las mujeres, volumen de relatos en los que el erotismo, el amor y las relaciones entre hombres y mujeres son los temas dominantes. Perteneciente a una trilogía de libros de cuentos que ya se han convertido en clásicos y que han alcanzado 14 ediciones en Colombia, México y España, esta serie incluye los libros Cuentos para después de hacer el amor y Cuentos para antes de hacer el amor, obras que han recibido importantes premios como el Premio San Luis Potosí, el Latinoamericano de Cuentos de Excélsior, el Gabriel García Márquez y el Segundo de La Palabra y el hombre (en la emisión de 1979, cuando ganó Sergio Pitol). La más reciente edición de Cuentos para después de hacer el amor fue publicada por Alfaguara-Punto de Lectura en España, donde ha cosechado elogiosos comentarios.
El imperio de las mujeres será presentado por Raúl Arias Lovillo, rector de la Universidad Veracruzana, Ricardo Moreno Botello, vicerrector de Docencia y divulgación artística de la Universidad de Puebla, y Peter Broad, antólogo, conferencista y traductor al inglés de las obras de Marco Tulio Aguilera.
A las ocho de la noche, en el mismo lugar y en el marco de la FILU, será presentada otra obra de Marco Tulio Aguilera: Maelström agujero negro, publicada por la Editorial de la Universidad Veracruzana, dentro de la Colección Ficción. “Todo lo que usted quiso saber sobre Marco Tulio y no se atrevía a preguntar”: así ha definido el autor a este volumen que incluye “una entrevista reciente a García Márquez, una reflexión sobre el concepto de amor en Shakespeare, un breve intento de definir lo que es la mujer, cuentos largos y cortos, cuentos extravagantes y peligrosos, la revelación de un par de secretos jalapeños, la crónica de un viaje que autor hizo al Amazonas, un capítulo de la novela El sentido de la melancolía”, obra que afirma Marco Tulio tiene en proceso. “Es un libro en el que cabe hasta lo imposible”, comentó este autor que ya lleva casi 30 años viviendo y “dando lata” en Xalapa.Omar Piña, Raúl Hernández y Julio César Martìnez serán los prsentadores de El imperio de las mujeres.
Marco Tulio Aguilera, autor de 30 libros, ganador de más de veinte premios en varios países, es académico de la Editorial de la Universidad Veracruzana y fue fundador y editor de La Ciencia y el hombre, revista de la Universidad Veracruzana.

martes 8 de septiembre de 2009

EL GRAN DÍA


EL IMPERIO Y EL AGUJERO NEGRO EN XALAPA



Nótese en la foto a la derecha la preocupación de Gabo por la celebración del evento que anunciaremos a continuación. Ha prometido no asistir pero me he enterado que vendrá a Xalapa de incógnito con una máscara del famoso luchador mexicano llamado El Místico. El narrador omnisciente nos dice que Gabo está pensando en latín: Quosquetandem Catilina Garramuño abuptere patientia nostra.


El próximo sábado 12 de septiembre será la presentación de dos libros del famoso o infame Marco Tulio Aguilera, escritor bogotano-caleño-costarricense y xalapeño, en la Feria Internacional del Libro Universitario en Xalapa, Veracruz. A las seis de la tarde será presentado El imperio de las mujeres (Cuentos EN LUGAR DE hacer el amor) en la Galería de Artes Plásticas de la Unidad de Artes de la Universidad Veracruzana. Los presentadores serán Raúl Arias Lovillo, rector de esta universidad, Ricardo Moreno Botello, ex vicerrector de Docencia y Divulgación Artística de la Universidad de Puebla y actual director-editor de Educación y Cultura (editorial que publica el libro) y Peter Broad, académico de la Universidad de Pennsylvania, estudioso y traductor de la obra de Marco Tulio Aguilera.
A las ocho de la noche, el mismo día, en el mismo sitio y en la misma FILU, será presentado el libro Maelström agujero negro de MT (Colección Ficción, Universidad Veracruzana), por Raúl Hernández Viveros, director de la revista CulturadeVeracruz, Omar Piña, escritor de peso pesado y periodista de La Jornada y Julio César Martínez, director de la revista Centenarios.
Están todos invitados: habrá piñatas, caviar y champaña gratis. ¡Adelanto!: en Maelström se publicará una entrevista reciente de MT con García Márquez, que sin duda causará problemas a un célebre escritor cuyo nombre no será revelado...hasta que sea descubierto y juzgado por la historia de la universal infamia. Beware of the dog...
En el link a continuación hallarán un boletín sobre la presentación de Maelström agujero negro...

domingo 6 de septiembre de 2009

ANDRES CAICEDO SE REMUEVE EN LA TUMBA Y NEUMAN SIGUE EN PIE PERO TAMBALEANDOSE

¿BIBLIOTECA ANDRES CAICEDO?

La editorial Norma ha estado publicando las obras póstumas de Andrés Caicedo, yo diría más bien los desperdicios de un escritor malogrado, suicida, que dejó una buena novela ¡Que viva la música! y cinco o seis buenos cuentos. He intentado leer Noche sin fortuna, obra rescatada de algún baúl lleno de papeles viejos que conservaba la familia: insustancial de principio a fin --no pude terminar de leer la novela. Monólogo de un muchacho al borde de la adolescencia, lleno de frustraciones y fantasías, ninguna de ellas lo suficientemente interesantes para atrapar la atención de este lector mañoso que soy y por completo adecuadas para aburrir incluso al más interesado en la mitología caleña. Pienso que el saqueo de los papeles que dejó Andrés en un baúl es un flaco favor que se le hace a un autor que era de culto. Más allá de la mitología que dejó su paso sobre la tierra y los articulos sobre cine, no hay nada de valor, aparte de los textos mencionados. Otra lectura: El viajero del siglo, de Andrés Neuman, Premio Alfaguara 2009. La obra sigue creciendo a mis ojos y logra una especie de cristalización después de la página 250, cuando finalmente Hans, el protagonista, y Sophie, consuman su pasión en una agradable escena. Sin embargo, frente a los verdaderos clásicos como las obras de Pushkin o Chejov lo de Neuman no deja de ser sino un experimento interesante del cual algo se puede aprender y que puede dar algunos momentos de disfrute... hundidos en un pantano de palabrería. Que haya sido recomendado por Bolaño no es garantía de nada. La idea de que la amistad es un valor literario ha sido esgrimida con frecuencia y eso sólo funciona cuando los amigos son en efecto buenos novelistas, como los del boom. Ningún Cuac, Machondo o Postboom va a prevalecer contra ellos hasta que llegue un autor que pueda escribir Cien años de soledad, La ciudad y los perros o Rayela.

viernes 4 de septiembre de 2009

EL AGUJERO NEGRO DE MARCO TULIO


MAELSTRÖM EL AGUJERO NEGRO

Prensa de la Universidad Veracruzana, 3 de septiembre

Habla Marco Tulio sobre su libro Maelström. El agujero negro: “Este es un libro en el que podría caber todo lo que un escritor escribe a lo largo de su vida y que no se atreve a publicar, ya sea porque es extravagante, absurdo, diferente o de un género indefinible: entrevistas reales e imaginarias, ensayos, conferencias, cuentos largos y cuentos breves, reflexiones sobre la naturaleza de la mujer, del amor, de la filosofía. Incluye también la crónica de un viaje que hice al Amazonas y un capítulo de una larga novela en proceso llamada El sentido de la melancolía que tal vez no salga publicada antes de cinco años”.
“La idea directriz de este libro era dejar caer en este hoyo negro y maelström los textos que a lo largo de mi vida he escrito y que no han hallado un sitio en mis obras convencionales: algunos cuentos demasiado extraños o peligrosos o salidos de mis temáticas habituales; ensayos que no entraron en mi libro Poéticas y obsesiones; una entrevista bastante heterodoxa con Gabriel García Márquez; una aproximación bastante antiacadémica a Sergio Pitol”.
“En este libro hay un Marco Tulio Aguilera diferente al que conocen los lectores: ya no se trata de cuentos eróticos o de cuentos infantiles (por cierto, he de decir que mi mayor éxito no son los cuentos o novelas para lectores mayores, sino los cuentos para niños: mi libro El pollo que no quiso ser gallo, es el best seller de la editorial Alfaguara: ya lleva 30 000 ejemplares vendidos). Se muestran también otros rostros del autor que soy: el del filósofo amateur, el del observador de la naturaleza, el del cronista y el deportista. Uno de los textos incluidos y que aprecio grandemente es una larga crónica de un viaje que hice a la Amazonia colombiana. Esa crónica es el primer producto de ese viaje; el segundo es un cuento que apareció en mi libro El imperio de las mujeres, obra que también voy a presentar en la misma Feria del Libro Universitario. Y un tercer producto es una novela ya terminada, que se llama Agua clara en el Alto Amazonas, aun inédita, pero que ya ha tenido dos reconocimientos: Mención Honorífica en el Concurso de Novela Corta Rosario Castellanos en México y Finalista en el Concurso de Novela Ciudad de Barbastro en España”.
“Hay otros textos en Maelstrom el agujero negro: un relato de mi experiencia de buceo en los arrecifes de Veracruz; un cuento de ciencia ficción premiado en Colombia. Pero quizás lo más llamativo de la obra sea una entrevista bastante heterodoxa a Gabriel García Márquez”.
Marco Tulio Aguilera fue guionista de Radio Universidad, director fundador de la revista La Ciencia y el hombre, miembro del comité editorial de La Palabra y el hombre, revista en la que ha publicado a lo largo de 25 años más de cien artículos, conferencias, reseñas, textos de ficción, siendo el autor que más colaboraciones ha tenido con esta publicación en toda su historia. Autor que se mantiene en constante actividad, Aguilera ya tiene en negociaciones una novela de 580 páginas que se llama Historia de todas las cosas; además un nuevo libro de cuentos infantiles y varias reediciones en marcha.
¿Cómo combina su actividad como académico en la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana con su labor como escritor y crítico?
“Con naturalidad, sin prisas. En la Editorial tengo un buen ambiente, tiempo y buenos compañeros. He sido lector de la editorial y a lo largo de los años he hecho infinidad de reseñas para La Palabra y el hombre, lo que me ha convertido en una especie de testigo crítico de la literatura mexicana en primera instancia y de la latinoamericana en segunda. Además de mi trabajo como académico, dicto clases en la Unidad de Artes y tengo talleres de novela, no sólo presenciales aquí en Xalapa, sino virtuales, con escritores de muchas partes del mundo”.
Maelsteröm el agujero negro será presentado en la Feria del Libro Universitario el sábado 12 de septiembre a las ocho de la noche. Los presentadores serán Raúl Hernández Viveros, director de la revista CulturadeVeracruz, Omar Piña, escritor y periodista cultural de La Jornada, y Julio César Martínez, director de la revista Centenarios y académico de la Unidad de Artes. Una hora antes de esta presentación se llevará a cabo la presentación del otro libro de Marco Tulio Aguilera, El imperio de las mujeres. Los presentadores serán Raúl Arias Lovillo, rector de la Universidad Veracruzana, Ricardo Moreno Botello, ex vicerector de la Benemérita Universidad de Puebla, y Peter Broad, profesor de la Universidad de Indiana en Pennsylvania, estudioso y traductor de la obra de Marco Tulio Aguilera.

miércoles 2 de septiembre de 2009

CUENTOS EN ESPAÑA


FRANCISCO CENAMOR HABLA SOBRE...


Antes que todo un aforismo:

O Dios es el mejor invento del hombre o el hombre el peor invento de Dios; o
Dios es el peor invento del hombre o el hombre el mejor invento de Dios. Todo es posible.







A continuación la versión definitiva del artículo del poeta español Francisco Cenamor, a la derecha, con su mirada de amable depredador, sobre la edición española de Cuentos para después de hacer el amor de Marco Tulio Aguilera (Punto de lectura, España). Fue publicado en la página electrónica Asamblea de Palabras, una de las más leídas de Europa. Presione la tecla mágica y considere la apostura de Cenamor...
http://franciscocenamor.blogspot.com/2009/09/articulo-de-francisco-cenamor-sobre.html