
UNA NOVELA INEDITA DE REGALO PARA MIS LECTORES
Como cada vez me da más pereza negociar con editores, competir por espacios, esperar juicios, promover mis libros... como ya tengo lo básico y quizás un poco más... como los agentes literarios siempre me han estafado y me han hecho esperar... como se me da la gana y soy dueño de mis libros y personajes... como no aspiro a ganar el Nobel sino a jugar basquetbol hasta los 75 años... como las grandes editoriales sólo publican porquerías y lo mío no es eso... he decidido comenzar a regalar mi trabajo y para ello utilizaré este blog. Lo primero que pondré en la red es mi novela Consultor erótico y sentimental, en la que se cuentan las salidas del Doctor Amóribus, un personaje que ya hizo sus primeras apariciones en Las noches de Ventura (Planeta, Escritores Contemporáneos), misma novela que en Colombia apareció bajo el nombre de Buenabestia (Plaza y Janés). Ahí les va...
PROFESIÓN: CONFESOR ERÓTICO Y SENTIMENTAL
DOCTOR AMÓRIBUS
I. RATITA
Amado de los Santos Dionisio Luna decidió, orillado por las deplorables circunstancias de su vida y la poco común suerte que creía tener en asuntos de mujeres, fundar el primer consultorio erótico y sentimental de la región. La idea surgió de la fortuita oferta que le hiciera Francisca Irigoyen, su amiga de muchos años, y de un larguísimo período de ayuno ... -- ¿quién iba a querer darle empleo en esos tiempos de penuria (¿pero acaso no todos los tiempos son de penuria para los eternamente heridos por la saeta del ángel vengador por excelencia: don Cupido?) a un violinista que era demasiado fino para acompañar mariachis, excesivamente mediocre para ocultarse en la Sinfónica y muy orgulloso para tocar en las calles y pedir monedas a cambio, aunque, por otra parte, fuera un sólido macho de estampa garbosa y tuviera o creyera tener el encanto de la simpatía universal? ¿Quién iba a comprar sus viejas composiciones, mezcla de florituras demasiado complejas para sus dedos de albañil y con reminiscencias mozartianas obvias y hasta vulgares? Además, ya llevaba años sin inventar una sola armonía satisfactoria y comiendo carne blanca (la de su ya encallecida amante y vecina, la periodista) apenas una vez a la semana y probando unos cuantos gramos de pescado en cuaresma, tortillas, sal y chile en el mejor de los casos.
1.1
Dionisio conoció hace muchos años a una mujer espléndida y tímida, durante los días que trabajó como musicalizador en una emisora radiofónica cuyas ondas piadosas no iban más allá del edificio que alojaba sus instalaciones. Radio Ubre, la llamaban los empleados de la benemérita institución, y sería un insulto rascar en detalles. Siendo Francisca Irigoyen una persona en extremo reservada, tenía sin embargo una gran curiosidad y un deseo de comunicación más allá de lo explicable, que no habían podido ser sosegados por su esposo, sobre el que, sin embargo, se negó a hablar en los primeros tiempos (in illio tempore, época mítica, irrepetible y por ello, quizás, imaginaria) por temor o reverencia. Durante muchos años, en los cortos momentos que pasaron juntos --- De los Santos Dionisio Luna andaba siempre corriendo de un lado a otro, seguro de que la vida lo esperaba más allá del presente y cuando pasaba al lado de Francisca (Chica, la llamaban: era espigada, notable entre la multitud, vestía como para una cita de amor, tenía un cuerpo gallardo y en su caminar estaba su inconsciente pecado: nadie que la contemplara más de un instante podía permanecer en el umbral de la inocencia) sólo se daba tiempo para suspirar ruidosamente: "Lo que tú y yo haríamos si la vida nos lo permitiera", le decía, demasiado en público para ser tomado en serio-- conversaban con gran reserva sobre aspectos de la intimidad.
Por varios años hablaron, siempre sigilosa y sinceramente sobre el tema lo que tú y yo haríamos si la vida nos lo permitiera, pero ni uno ni otro parecían interesados en llevar el asunto más allá. Hubo uno o dos bailes, en los que se dieron acercamientos relativamente presagiosos, que morían cuando estaba terminando la fiesta. En tales casos Chica, acaso al calor de las copas, se tornaba en una mujer extremadamente sensible de sus propias gracias y su forma de bailar pasaba de lo socialmente sospechoso a lo francamente fornicular. Tenía una manera de marcar el paso del mambo y de emprender los quiebras de cintura en la cumbia acercándose en reversa, que enloquecía Dionisio, ya de por sí bastante delicado en todo lo referente a tafanarios.
Por respeto a su trabajo y por una especie de fraternidad sindical o de reverancia ante lo inefable, ni uno ni otra insinuaron jamás llegar a los agridulces deleites de la bestia, aunque entre ellos se hablara en términos crudos y luminosos sobre los gozos y tormentos que pueden proporcionarse las parejas en tantos lechos posibles que depara el azar, algo flaco por cierto en ciudades como la que transita el destino de nuestros personajes.
Amado de los Santos Dionisio Luna ... -ruego de rodillas disculpar este nombre excesivo y muy propio de cierta literatura muy en boga que no quiero juzgar, tal vez por complejo de inferioridad o todo lo contrario-...Amado de los Santos Dionisio Luna -ése era y es su nombre y no tengo licencia ni interés de cambiarlo- entró en la vida de Chica Irigoyen de la forma más honesta, y vio crecer a sus hijas, las tres de belleza extrema, pero ninguna con el encanto de Ratita --se llamaba Renata, pero habían dado en llamarla Ratita, y ello la satisfizo--. La vio crecer. La tuvo en sus brazos cuando tenía dos años, luego la llevó al parque cuando cumplió los seis; a los siete la acompañó a la playa y pudo verla casi desnuda, lo que guardó en su memoria como la imagen más perfecta de la belleza que acaso vería en su vida. A los diez --cuando su belleza y su frutescencia comenzaban a ser muchedumbre en el espíritu deleznable de De los Santos-- asistió a su cumpleaños; a los doce ya la miraba obsesivamente, y cuando la vio a los trece no pudo dejar de pensar en ella.
Convencido por completo de la inocencia de sus impulsos y la castidad absoluta de las fantasías que comenzó a bordar en el tapiz de su vida con la nena, y de que con ello no hacía mal a nadie, comenzó a pensar en la niña dejando deslizar su imaginación hacia territorios vedados por la santa curia y las sanas costumbres: veía a la nena en cueritos sobre su cama haciendo cabriolas de gimnasia o fingiendo estampas de candor mientras se mordía el dedo gordo del pie derecho. Que fuera precisamente el del pie derecho tiene su razón de ser y su fundamento teológico, cosa que cualquier curioso podrá consultar en el Antiguo Testamento. Para mayor abundancia habría que agregar que Lucifer fue sin duda el primer izquierdista y a partir de ese punto podríamos hilar delgado hasta llegar a los conceptos contemporáneos de bien y mal. A ver... ¿por que se llama al Derecho “derecho” y no “izquierdo”? ¿Conclusión? La Ratita de sueños hacía bien -hacía el bien- al morderse el dedo gordo del pie derecho.
1.2
Y pasemos a otro asunto sin lastimarnos en divagaciones.
En los cortos trechos de conversación con Chica Irigoyen, Amado Etcétera le reveló a la bizarra dama sus fantasías. No la escandalizaron ni llegó a preocuparse. De los Santos y Francisca habían arribado a una conclusión que los hacía sentirse bien con sus conciencias: las fantasías son quizás lo mejor de la vida, y no hay por qué negarse a ellas. En el caso en que una fantasía se realizara, habría que dar gracias a Dios y permanecer con la boca cerrada. Mientras eso no sucediera, bastaba con el valor etéreo de las situaciones, que sólo existían en la intimidad de los solitarios.
Habría que agregar en beneficio de la duda siempre presente en algunos lectores, que el esposo de Francisca Irigoyen era para ella menos que un cerdo a la izquierda: beodo consuetudinario, ventripotente, soberbio, tacaño y, lo mejor de todo, ausente en un alto porcentaje, dato que favorecía todas las apuestas por una infidelidad que, como se verá en lo subsiguiente, nunca llegó. Pero éste es dato que en cierta medida favorece la intriga y ya se conocerán razones.
1.3
Un día, años más tarde, cuando Amado de los Santos no trabajaba en la radio y se dedicaba a otros oficios -- en ocasiones vendía botas de Naolinco con su amigo Toño Cintura o se lanzaba a aventuras poco edificantes y hasta peligrosas, a veces tocaba el violín en los cafés (ésta es una ciudad llena de cafés, poetas frustrados y políticos oficialistas)- recibió una llamada de una mujer que creía desconocida.
Resultó ser Francisca Irigoyen, quien, con voz temblorosa le pidió una cita.
-Tengo algo muy serio que hablar con usted, le dijo. Lo que puso a temblar de emoción y terror al violinista fue ese “usted” tan inesperado y burocrático.
Amado de los Santos Etcétera recibió a su vieja amiga Francisca Irigoyen en la sala de su casa. (Seamos optimistas al utilizar una expresión tan doméstica y diciente como “la sala de su casa”: en verdad no era una sala y tampoco era su casa).
De su antigua belleza y elegancia no quedaban ni las huellas y en el caminar derrapaba peligosamente hacia el lado derecho. Sólo un desastre puede haberla acabado de esta forma, pensó Amado. Su rostro, antes sereno y terso, ahora estaba surcado por arrugas hondas y expresivas. Su cuerpo había perdido la armonía. Cojeaba. No esperó a que le preguntara nada. Comenzó a hacer una enumeración de males.
Dijo padecer de osteoporosis, una especie de comején que le iba socavando los huesos, y que la mantenía sujeta a tratamientos rigurosos y prolongados.
Estaba muy nerviosa. Fumaba un cigarrillo tras otro y los aplastaba contra el cenicero hasta dejarlo rebosante en menos de media hora.
Súbitamente, y sin transición, elevó la voz:
--Pero no vine a hablar sobre eso. La verdad es que tengo problemas muy graves con Ratita. No sé si se acuerda de ella...
¡Como no recordar a la hija menor de Francisca, cuando la vio crecer y la tuvo en su brazos hasta que se convirtió en la niña de la belleza más pasmosa de que tenga memoria! Tenía unos ojillos risueños que, encomendémonos a las buenas intenciones de las obras del Señor, hacían sospechar que la auténtica inocencia era un defecto sólo propio de los adultos.
Francisca Irigoyen bajó la cabeza. Prendió otro cigarrillo. Su voz se hizo más sosegada y nostalgiosa:
-Nunca olvido las conversaciones que tuvimos.
En ese momento Amado temió lo peor. No estaba dispuesto a caer en los brazos de Francisca en honor a un recuerdo que había sido degradado ominosamente por el tiempo y sus argucias.
La mujer estaba sudando. Su vestido, de tejido finísimo adherido al cuerpo, la hacía parecer un bicho sin clasificación alguna.
Amado le ofreció un trago de tepache, lo único que había en casa. Ella lo bebió de un tirón. Pareció animarse.
Le contó una larga historia de desdichas que Amado ya había digerido y desalojado años antes. Habló de un matrimonio desordenado, al que llegó por la vía judicial, después de haber sido forzada por el padre de sus hijas. El folletón era lo suficientemente colorido y convencional para interesarle a quien llegaría a ser especialista escuchante y solucionador de problemas de amor, eróticos o semejantes.
No había forma de detener aquel aquelarre de desastres íntimos. Francisca tenía asida la jarra de tepache y amenazaba con carecer de intención de quedarse huérfana de consuelo.
--Si supiera que debo repetir esta vida, preferiría quedarme el resto de la eternidad en el infierno.
Amado estuvo a punto de lanzarse a enumerar los aspectos positivos que Nietzsche argumentaba en favor del eterno retorno, (como buen escéptico optimista nuestro personaje privilegiaba al loco de Nietzsche por encima del marrullero de Schopenhauer -y no vayamos más allá en esta veta, que nuestra obra pretende ser una novela de la vida real más que un soflamero tratado de filosofía o uno de esos falsos decálogos morales escritos por degenerados que sueñan con el cielo mientras disfrutan de los indudables beneficios que acarrea el mal bien administrado) pero Francisca lo cortó casi con agresividad.
--No quiero que mi Ratita sufra lo que yo sufrí.
Estaba llorando.
--Quiero que mi niña tenga una iniciación feliz a la vida amorosa y que entienda que el erotismo es algo agradable, limpio, sincero. No quiero que un bruto la convierta en su desaguadero y un esposo en su esclava.
1.4
Francisca le puso una mano en el hombro a Amado. Lo miró directamente a los ojos.
No estaba ebria. Hablaba con plena Sapiencia.
--Quiero que un hombre como usted le sirva de maestro de la vida.
"Gracias, dios de los amorosos", se dijo Amado recordando el esplendor de Ratita a los trece e imaginando lo que los años habrían terminado de configurar en ella. ¿Cuántos años tendría ahora? Acaso dieciséis. A lo más diecisiete.
Ente los sueños que atesoraba Amado, el que más apreciaba era aquél en el que una adolescente se entregaba atada de pies y manos, por su propia voluntad y deleite, a su capricho de hombre que ya piensa haberlo vivido casi todo. Había un obstáculo: una cosa eran las sanas intenciones de la madre. Y tal vez otra, la autodeterminación de Ratita.
--Mi nena me ha dicho que desde pequeña se ha sentido atraída por usted. Yo no le he dado alas, pero tampoco la he reprimido. Sé que lee y tiene una gran capacidad para comprender las verdades sobre la vida y por ello conoce teóricamente todo lo que hay que saber sobre las relaciones entre los hombres y las mujeres.
Fernada sonrió por primera vez.
--De todos modos tiene la cabeza llena de enredos. Según mi niña --dijo Francisca-- los hombres les trasmiten los espermatozoides a las mujeres por medio de los besos.
¿Donde ha vivido esta criatura de Dios?, se preguntó Amado, hoy en día las niñas decentes se masturban antes de ir a misa, como dice el sabio e indecente de Louys.
--Mi nena está sumida en una angustia terrible. Quiere hacer el amor. Está desesperada por hacerlo. Y dice que aprovechará la primera oportunidad que tenga para satisfacer su curiosidad.
Amado intentó hablar. Francisca no lo permitió.
--Quiero que me escuche hasta el final y luego que me diga un “sí” o un “no”--. Tomó ánimo. Retomó el hilo donde lo había dejado:
--Conozco a los amigos de Ratita y sé qué clase de personas son. Temo que algún torpe le arruine la vida a mi niña, como lo hizo su padre conmigo.
Amado asimiló la inmensidad de lo que Francisca, su vieja amiga, quería. Entendió con regocijo, con alegría, incluso con un sentimiento de santidad.
La mujer sacó la chequera. Amado intentó protestar. Francisca estaba llorando como sólo una vez en la vida se llora. Llenó el cheque.
--Llévela al mejor hotel que encuentre. Hágala feliz. Enséñele todo ¡todo! No quiero que tenga sorpresas. Sé que puede enamorarse de usted, pero confío en que sepa manejar la situación.
Puso el cheque sobre la mesa. Su mirada se había aclarado. Quizás suponía que era trato hecho. Sonreía.
--No creo que sea suficiente.
--Tiene chequera abierta. Tómese el tiempo que quiera. No se detenga por dinero. Podré sacarle a mi ex-marido la cantidad que quiera.
La respiración de Amado se había acelerado. Una cantidad de emociones informes luchaban por dominar su tribulación. No sólo era el asunto del dinero --debía seis meses de renta y llevaba quince días de comer frijoles, chile y tortillas--sino el de los sentimientos y la dignidad. ¿Debía cobrar un trabajo de esa especie? Sentía unas cosquillas deliciosas en el bajo vientre. Ah la vida, gracias, se decía Amado.
Pero el Amado ético, el caballero que a veces le crece incluso en contra de sí mismo fue el que habló:
--Mira, Francisca, creo que a pesar de que no nos hemos visto en años, me sigues conociendo como cuando éramos compañeros de trabajo. El hecho de que me ofrezcas a tu hija, como se ofrecen en ciertas tribus las doncellas núbiles, me parece emocionante, y de sólo pensarlo se me eriza el alma, pero para serte sincero, no voy a poder cumplirte.
Volvió a desatarse en llanto.
Amado descubrió que su caballerosidad no era digna del Santo Grial cuando dijo:
1.5
--Sólo lo aceptaría si parte de ella. Yo puedo ayudarla a caer, pero gradualmente, de modo que lleguemos a la cama por su voluntad y deseo.
--¿Cómo?
--¿Qué te parece si le doy trabajo como mi secretaria, pretextando que tengo algún asunto urgente?
Dicho y hecho. Faltaba un leve detalle: Amado de los Santos Dionisio Luna carecía de oficina, por lo que fue necesario agregar un par de ceros al cheque, de modo que sí la tuviera ... como corresponde a quien quiera ostentar el título de Consultor Erótico y Sentimental, que comenzaba a hacer sus incursiones en los vericuetos de los serpentinos sesos de nuestro protagonista -a quien no nos atrevemos a llamar hasta el momento héroe por razones más de modestia que de obviedad y menos de optimismo que de natural conciencia (es claro que autor que se respete debe conocer al dedillo el destino de su personaje principal desde la primera línea de su último borrador, y no hemos de ser la deshonrosa excepción: hay que anunciarlo desde este mismo momento: Amado de los Santos fracasará en todas y cada una de sus empresas, pero lo hará con gran estilo, que es lo que en verdad interesa y encanta, lo que diferencia al artista del patán y al hombre auténtico del frenolito.
1.6
Dicho lo anterior, pasemos a la acción. El primer día Ratita se presentó a trabajar con una minifalda de mezclilla, una blusa blanca a través de la cual se transparentaban sus pechitos deliciosos sostenidos por un brasier de media copa. Su pelo estaba recogido en una graciosa y arqueada cola de caballo, que descendía sobre su cuello blanquísimo, terriblemente atractivo. Saludó con los ojos bajos y la trompita parada.
Amado la trató con fingida indiferencia. Con ello creía darle ánimo, seguridad y espacio para que la niña notara las ventajas que le ofrecía la soledad acompañada. Se trataba de que se sintiera profesional, tranquila.
Al siguiente día recibió llamada de Francisca Irigoyen:
--Ya no quiere ir. La asustaste. La trataste con poca delicadeza. Creo que vas por el camino equivocado. Trata de acercarte a ella por la vía paternal. Eso la derrite.
Tenía razón su madre. Era indispensable corregir la estrategia.
Se presentó tres días después. Ahora vestía como monjita. Se portó muy seria. Cumplió con su trabajo casi sin levantar los ojos.
Antes de que saliera, Amado la llamó:
--Estás trabajando muy bien --la tomó de un brazo, sintió su carne joven, exquisita. Le acarició una mejilla. En sus ojos había brillo orgulloso. No halló en ella malicia alguna.
Al siguiente día llegó de nuevo con su minifalda. Traía el pelo suelto, e instalada en los labios una sonrisa que le heló la sangre al amoroso y ese brillo en los ojos que causaba estupor y turbación. A partir de entonces apareció cada mañana en la oficina con una innovación, a cual más osada, en su vestuario. Un día fue un vestido de escote violento, agravado por un brasier que le elevaba los pechitos hasta el borde de la ignominia. Otro día una minifalda cruenta, con la que se paseaba por la oficina, insistiendo en buscar papeles en un archivero que tanto ella como él sabían vacío. Otro día era un traje de espalda descubierta casi hasta la cintura, combinado con una cola de caballo, que invitaban al salto del asno. Y aunado a esto la nena afectaba un creciente desapego, una frialdad, espeluznantes en una niña que se sabía y se quería destinada al mejor sacrificio.
El resultado fue que el pobre de Amado pasaría las mañanas enteras ocultando la eminencia de su deseo, incapaz por completo para cumplir sus compromisos. A partir del aviso clasificado
Doctor Amantísimo (Amado Luna): Solución a asuntos amorosos, afectivos y eróticos. Discreción y experiencia. Tarifas módicas. Especialista en jovencitas y señoras
habían comenzado a llover solicitudes, no sólo de la región, sino de lugares remotos. Una joven madre soltera de Querétaro solicitaba atención perentoria. Amenazaba suicidio si no se le ponía atención. Un padre de familia, del Distrito Federal, en carta de 25 cuartillas, solicitaba auxilio para su hija, que debía de tener algúna tara o defecto, a juzgar por las reticencias con que tocaba el asunto.
De los Santos envió telegramas, anunciando posterior atención a los casos. Por lo pronto se trataba de sacar en limpio lo de Ratita. La madre propiciatoria lo llamaba todas las noches para preguntarle por los avances del asunto. "Todavía nada", respondía el apesadumbrado. Y Francisca lo abrumaba con urguimientos: que su hija corría peligro, que un garañon le estaba oliendo los blumers, que si se tardaba una semana más iba a ser muy tarde. E incluso llegaba al insulto velado. Preguntaba por su masculinidad, por su alimentación, por su currículum genital, por el conteo y la velocidad espermática, por la experiencia profesional y las horas de sueño efectivo.
1.7
De modo que Amado tomó medidas drásticas. La invitó a cine.
--¿A cine? --Ratita torció el gesto --. Ay, don Amado --el "don" le dolió como una puñalada entre vetrículo y ventrículo--, eso es obsoleto. Ahora la gente no va a cine, sino que se encierra en un cuartito acogedor --la voz se le hizo arrulladora--y prende la videocasetera.
Su mirada fue francamente insidiosa:
--¿Qué tipo de películas le gusta ver?
¡Pornográficas!, pensó Amado, pero dijo:
--Las de Woody Allen.
--Bastante imbéciles, por cierto. Esas son para los que quieren parecer intelectuales.
Amado cedió terreno. Lanzó al tapete un comodín:
--Estoy seguro que me gustan las que te gustan.
La respuesta de Ratita fue una especie de elegante pase torero. Simplemente abanicó el aire con su imaginaria falda española y dio la espalda.
Esa noche Amado no respondió la llamada de Francisca. Y tampoco pudo dormir. Casi podía sentir el aroma de la limpia entrepierna --¿canela, albahaca, romero?-- de Ratita invadiendo su recámara. A las cinco de la mañana tuvo una especie de visión que no supo precisar. Era como una criatura que salía desnuda del botón de una flor y que cuando le daba el sol comenzaba a marchitarse.
1.8
Ratita volvió a faltar a la oficina. Amado fue a emborracharse a la cantina del Tío Mikey. La conclusión de la borrachera fue clara: estaba enamorado de su clienta. No había otra alternativa que abandonar el caso. La literatura de consultores sentimentales y doctores del corazón prescribía (¿proscribía? La verdad blanco o negro no importaba. Amado era un absoluto relativista) cualquier involucramiento. Ya en el borde de la conciencia visitó a su vecina periodista y se machucaron el uno al otro sin piedad ni amor. Evitaron besarse y durmieron con los rostros separados por almohadas.
El sábado Francisca lo buscó directamente en su pocilga:
--Creo que ya es demasiado tarde. Ratita llegó a casa en la madrugada y traía un olor sospechoso.
¡Me suicido! ¡Me suicido!, pensó Amado, y dijo que no lo creía posible, que Ratita estaba actuando y quería acelerar el asunto.
--Vamos a ayudarle --dijo Francisca--. La obligaré a que venga con nosotros a una cabañita que me presta un amigo en Chachalacas.
La idea de ir a la playa con Ratita le agradó, pero no lo de la compañía de Francisca. Imaginarla cojendo, su cuerpo contrahecho, enfundado en un traje de baño, y compararla con el estruendo íntimo que le produciría Ratita, sería suficiente engorro como para echar todo a perder.
--Ya sé lo que está pensando... El caso es que si no voy yo, no va Ratita.
1.9
Total, que fueron a la playa. Y resultó que el chaneque de la buena fortuna estuviera de humor propicio: Ratita no sabía nadar y así estuvo redondo y completo el pretexto para tenerla en brazos.
Verla en vestido de baño le hizo caer en cuenta de que se había equivocado garrafalmente. Ratita no era una mujer sino una niña. Las cuentas de la memoria le habían fallado. Era una niña en el mejor momento de su vida. Un bocado de cardenal para un hombre de casi cuarenta años, solterón y redundante de todo tipo de excesos soñados, es decir, con las naturales apetencias de su edad. Sus pechitos apenas estaban floreando y parecían sonreírle bajo la playera que usaba sin brasier cada vez que se quitaba el vestido de baño mojado.
Francisca cumplió con desaparecer casi todo el tiempo. Se perdía entre las dunas horas enteras, pero Amado sabía que no estaba lejos, sino acechando con perversidad de hembra insatisfecha -satisfecha de serlo- la iniciación de su hija. Y que tras el ojo de Chica Irigoyen estaba el ojo de la eternidad. ¡Qué compromiso, Mon Dieu! (Espero que los lectores poco ilustrados sepan disculpar las palabrejas en idiomas menos conocidos que el inglés. Se trata de una malhadada costumbre de nuestro protagonista, que quiere menos deslumbrar a los cultos que hacer honor a los años de dura brega ante gramáticas obtusas y en ocasiones obtusas).
Por una casualidad providencial, en la que intervino la mano sonámbula de Amado, el único vestido de Ratita desapareció la primera noche y ni ella ni su madre ni Amado hallaron nada inconveniente en que la niña se bañara con una larga playera.
Los rayos del sol caían como hachazos sobre las nucas. La playa estaba desierta hasta el límite del horizonte. Francisca dormía boca abajo. Ratita salía en ese instante del mar, con la playera ceñida al cuerpo, convertida en una segunda piel, aun más sugerente cuanto más falsa era. Amado no podía apartar los ojos de aquella visión de belleza espantosa. La misma Ratita, consciente del poder de sus encantos sobre ese hombre febricitante, se había colocado de pie frente a él como una estatua de incitación a la sana lujuria y sonreía con esa sonrisa que días atrás le había convertido la sangre en horchata.
Tartamudeante, torpe, atropellado por el fragor de sus fluidos enloquecidos, Amado, en lugar de aprovechar las circunstancias -- hubiera sido tan fácil, tan natural, llevarla de la mano a un rinconcito bajo las palmas, acariciarla minuciosa y pacientemente, y comenzar el deleitoso camino, con palabras amorosas, con mimos, semejantes a aquellos que usó diez o doce años antes, cuando Ratita apenas comenzaba a hablar, y era la niña más linda que pudiera imaginar--, corrió a lanzarse al mar, nadó cien brazadas en territorio de tiburones, se liberó de su traje de baño e hizo el amor con las olas, que lo abandonaron en un sopor de paz, de vergüenza, de soledad.
1.10
Cuando regresó a la playa, convencido de haber apagado su furor, Ratita estaba tendida en la arena, con la misma sonrisa que le helaba la sangre, y la espalda desnuda, y era como si supiese, como si estuviera segura de que su cuerpo, su diabólico candor iban a poner los remordimientos de Amado de espaldas al suelo.
Despertó Francisca y la situación se tornó aun más incómoda. La nena se puso la playera mojada y era como si estuviera desnuda, totalmente, frente a él y a su madre. Amado miraba de reojo, fingiendo catatonia, ese cuerpo glorioso , y de nuevo sentía nacer el fuego que creyó haber apagado en el mar, esa hembra que todo lo comprende, lo perdona, lo olvida. (La línea final, referente al mar como hembra etcétera, bastante ridícula por cierto, debe ser eliminada de la mente del sufrido lector).
Y adelante. Esa noche el calor fue una gran plancha que aplastaba a los seres humanos como cucarachas, dejándolos con sus tripas y sus más ínfimas apetencias pataleando avergonzadas a plena luz. Ratita, que se había acostado al lado de su madre, se desnudó entre sueños. El profesional -el incipiente profesional- del amor prendió un cigarrillo y pudo verla, en la batalla campal de su adolescencia, convertida en la encarnación del Beltenebros de la incontinencia que amenazaba con tomar posesión de su organismo de ángel victorioso. La nena soñaba, y su sueño era tormentoso. Recorría con sus manos su cuerpo y buscaba los sitios del amor ausente.
¡Cómo sufre!, se dijo Amado, consciente de su apostolado. Y quiso ayudarla. Se acercó sigilosamente a su cuerpo, quiso acariciarlo, pero cuando sus manos se acercaban a ese torso de criatura inverosímil, Amado vio que Ratita tenía los ojos abiertos y estaba sonriendo, en los labios destellaba esa sonrisa paralizante de pantalla fija.
1.11
A la mañana siguiente se repitió la tortura del día anterior. Ratita lo miraba de soslayo rizando el rizo imaginario, se trazaba rutas de arena sobre la tersura de su vello de horizonte final, se mordía los labios fatales de rosa rosado, impúdica giraba en torno a las palmeras jugando el juego de Pavlov y los perros con unos pescadores menos limpios que rudos, y cuando Amado después de tanto ritual infame se sentía dispuesto a cumplir con sus alta misión, tropezaba con esa sonrisa aterrorizante de corazón delator.
Toda una semana pasaron en Chachalacas. Fue una semana de insomnio, de placeres ocultos y solitarios, que Amado aró en su cuerpo y soñó en Ratita.
1.12
Fernanda día con día se tornaba más acosadora, más insultante: era necesario que su hija regresara a Xalapa conociendo los rudimentos del amor. Amado tenía que cumplir.
Pero De los Santos Dionisio Amado, que tanto fanfarroneaba de ser un profesional y un estudioso del amor, y que sentía la experiencia de siglos en su cuerpo y el poder de la naturaleza en pleno, simplemente no pudo. Era algo difícil de explicar: Ratita tenía su ingrediente extraño, una carga negativa, un arcángel protector, lo que fuera. O acaso sencillamente la infanta no estaba en las páginas del libro erótico de Amado Moon (otro de sus risibles pseudónimos, pido disculpas). Había que aceptarlo y olvidar.
Lo de la playa resultó un completo fracaso. Tanto Francisca Irigoyen, como Ratita, e incluso Amado Moon, entendieron que no se podían torcer las líneas del destino, y que la criatura caería cuando ella y su cuerpo estuvieran maduros.
De modo que dejaron el asunto en paz y el amantísimo volvió a la honesta medianía de su vida y a los líos concomitantes: pagó las rentas atrasadas, la cuenta de la luz, renovó su guardarropa, compró unas botas brillantísimas de color algo encendido y unos tenis de la mejor calidad. Hubiera querido comprar un buen violín, pero para ello no le habrían alcanzado veinte cheques de amor. De todos modos ya tenía en mente la manera de conseguir un violín digno de sus pretensiones. Lo había visto en manos de un polaco de la sinfónica y logró escucharlo en un ensayo. Si Dios tocara violín, lo haría en ese. Debía ser un auténtico Stradivario, un Pugnani o un Amati. Cosa de otro mundo.
1.13
Las compras le calmaron el corazón y lo consolaron de la pérdida de Ratita. Comenzó a fraguar un viaje. ¿A quién atender primero, a la suicida de Querétaro o a la entidad del Distrito? Una fantasía tan desbocada como el sacrificio de Ratita, propiciado por su madre, quedaría en la memoria de Moon, como el primer gran fracaso en su carrera de consultor erótico y sentimental. Acaso pudiera componer una cancioncita entre cándida y adolorida, con esa historia fracasada. Pero el asunto no iba a terminar ahí...
1.14
Pasaron algunos días en los que Amado fornicó ordinariamente con su amante oficial --la vecina periodista, habladora y pretensiosa--, a la tuvo entre sus brazos toda una noche, tras jugar las prendas al póker y verla exhibir sus poderosos cuerpos mamilares y su exclusivísima ropa interior, y se volvió a preguntar sobre el sentido de su vida y la función de las mujeres en el correcto equilibrio de las constelaciones.
Cuando estuvo de nuevo sólo, acompañado apenas por Gervasio, un pececillo de baja estofa que compró en Chedraui, se dedicó a redactar en mente los estatutos de su profesión de consultor de almas en desgracia y cuerpos abandonados.
Ocupado como estaba en soportarse a sí mismo, dejó pasar su vida sin gloria alguna, hasta que tropezó con Ratita en Lucio. Apenas verla, con su bustito de pitahaya y sus labios tiernísimos, encantadora en su minifalda escolar -- ¡es el colmo, a lo que han llegado los colegios de monjas!--, la criatura que se escondía entre sus calzoncillos comenzó a emitir mensajes apremiantes. Era un bip-bip, como un dedo índice señalando, como un grito que le nacía desde lo mas hondo de la médula espinal y eso sucedía mientras Ratita hablaba, con su mezcla de candor y mala intención, y los ojos del profesor --ya el título de profesor era inevitable, en una ciudad en la que incluso los Hermanos de la Luz habían puesto oficina en pleno Ursulo Galván y hasta tenían programa radiofónico-- se nublaban al recordar sus pechitos bajo la playera en Chachalacas y el rubor que le llenaba el cuerpo, y seguía hablando, y sus ojos cintilaban y todo el cuerpo de ella parecía destilar un aroma a talco Mennen, y el urgido seguía lanzando su bip-bip y parecía gritar, ¡ahora, ahora!, la nena quiere, ¡ahora, cretino!, dile, dile lo que sientes, confiésaselo, tienes que entender que la Ratita está lista para el queso y que si la dejas ir ahora cometerás el más grande pecado que pueda sobrellevar un hombre, piensa que si te esquivó antes fue porque su madre estaba en medio, pero que ahora se ofrece como un pavo en navidad y que le pica la cuquita y le duelen las chu-chues y su imaginación parece un caldero y su corazón es una rata en comal ardiendo.
Pero Amado, que se sentía tan inmoralista y libre, se descubrió casto caballero, y supo que no iba a ser capaz de abusar de una menor, ni más faltaba. A pesar de sus sueños y modestas andanzas eróticas no era otra cosa que un paladín del amor, un ser doméstico vapuleado por la vida, un músico de alta escuela que se había educado en un gallinero, un goliardo hecho para el fuego del hogar, un hombre honrado en el verdadero fondo.
Eso era.
Por tal razón se convenció a sí mismo de que no quería y no podría. Pero una cosa era su voluntad y otra la de su indiscreta verga. En auxilio del pecado vino la inoportuna de la señora Antiparra --una entidad que lo visitaba de vez en cuando para darle consejos malsonantes-- a ayudar al bip-bip:
-¡Nunca, óyelo bien, atembao, nunca ha existido una niña más propicia para el amor! ¡Ahora, ahora!, dile que le vas a abrir la cuquita con tu llave de plata! -le gritaba al oído.
Pero Amado de los Santos Dionisio Luna no se atrevió, por más que el indiscreto balanín continuaba bip-bip emitiendo su llamado de la selva, su ancestral necesidad y ya era más que evidente su presencia, y Ratita no perdía oportunidad de bajar los ojos, casi descaradamente, como queriendo hacer que el badajín mostrara su simpatía y su don de niñas participando en la conversación.
¡No y no!, pensó Amado, no quiero terminar en la cárcel, en un manicomio de amor o en el infierno. (Entiendo que creer en el infierno y leer a Nietzsche son actividades contradictorias, como pasar pastillas de penicilina con ayuda de tequila, pero nuestro personaje, como buen frenáptero, tiene sus particularidades. Disculpémoselas y sigamos hasta donde podamos llegar. El que ya sienta no poder soportar a nuestro Amado, bien puede abandonar el sufrido camino de nuestro más mártir del amor que héroe de la pasión).
Pero Ratita, que parecía haberse dado cuenta de la lucha interior, zanjó el asunto con una acción cruenta y definitiva, indudable, inconcebible.
Detuvo un taxi y ella misma, adensando la voz autoritaria, le dijo al chofer sin pudor alguno:
--Llévenos a...-- y como no encontrara el nombre justo, le preguntó al oído a Amado: "Dime rápido el nombre de un buen hotel donde van las personas a, bueno, tú sabes, las parejas a, apretarse duro".
Como en otra dimensión, Amado esforzó su memoria y lo primero que halló fue "Gran Motel El Avión".
1.15
--Gran Motel El Avión-- dijo Ratita sin duda alguna, sofisticando la voz.
Con frialdad profesional, sin siquiera espiar por el espejo retrovisor, el taxista comentó que no les recomendaba ese metedero:
--Vayan al Jet Set. Tiene yacuzi, antena parabólica, es muy higiénico y muy discreto. Sólo ponen películas francesas. Si le dicen al administrador que van de mi parte, les hacen diez por ciento de descuento.
La cara le ardía a Amado, las doradas manzanas sub véntricas le estorban, el risueño balanín emitía sus bip-bip con una frecuencia alarmante. La señora Antiparra, instalada en el asiento de adelante, al lado del conductor, estaba haciendo un escándalo de orate frenética.
Al entrar, Amado intentó ocultar su rostro, no así Ratita, que estaba profundamente emocionada. Orgullosa saludó a todo el mundo de mano y agitó las palmas abiertas como un candidato a la alcaldía de Xalapa. Miren, aquí voy. La aventura, qué duda cabe, se convertiría en una de sus historias favoritas en la secundaria. (Hay que decir con pena municipal que nuestra heroína --espero que nadie quiera mezquinarle el título-- iba bastante atrasada en sus estudios formales, aunque en ardores fuera toda una licenciada, como se verá más adelante).
Ya solos en la habitación, Ratita suspiró, bueno aquí estamos, ahora soy tuya, no hay por qué hacer tanto relajo por estas cosas, al fin y al cabo a todas las personas les sucede alguna vez.
Y luego:
--Bueno, ya hice lo más difícil. Ahora te toca a ti. He leído todo sobre el amor y quiero que me hagas un buen trabajo, una linda inauguración. Estoy tan contenta que me gustaría que viniera el arzobispo Obeso y Cordera a echarle la bendición a mi papayita alias cuca, alias cucarachita y a mis chu-chues, para que le vaya bien en su primera felicidad.
Amado no tenía palabras. Estaba tembloroso. Una fantasía de ese calibre le dejaba los huesos reducidos a gelatina.
--La verdad es que soy prácticamente impotente, me dedico al ascetismo, las debilidades de la carne no me afectan.
1.16
--Pues mientes, como puedo ver --dijo Ratita refiriéndose a balanín, que tenía una erección tan desaforada y reprimida como el Obelisco de Napoleón cuando fue derribado por en Gran Can.
Ahí estaba Ratita, más disponible que cualquier criatura de sueños y Amado, ¿qué hacía? Temblar, temblar, tartamudear, girar en torno a la cama mesándose los cabellos, fumar cigarro tras cigarro y apartar las cortinas. En cualquier momento podría descender un ángel vengador con su espada de fuego y zaz, convertirlo en eunuco al servicio de alguna reina africana.
Ratita carraspeó:
--Bueno, aquí estamos. Dispongo exactamente de dos horas. Debo regresar a la escuela antes de las dos. Creo que no te voy a gustar mucho porque no estaba preparada. Desde que fuimos a la playa, todas las noches sueño esta escena. La verdad es que ya no puedo vivir si no me das un poco de sosiego.
Hubo un silencio de diez minutos, contados segundo a segundo en un gran reloj de pared con paisaje alpino de fondo que hacía tic-tac al mismo ritmo que balanín hacía bip-bip.
"¡Al abordaje, al ataque, listos, fuera, nada nos detendrá!", aullaba la señora Antiparra, y lo hizo infructuosamente hasta que perdió la voz.
Ratita insistió:
--Bueno, aquí estamos.
1.17
Silencio.
--¿Tengo que hacer algo?
Silencio. Pasaron otros diez minutos con su tic-tac y su bip-bip. Un camino de hormigas coloradas comenzaba a subirle por las piernas a Amado y se dirigía a las entrepiernas.
Amado tomó aire, cerró los ojos y se acercó a Ratita. Le dio un besito de pétalo en los labios y escuchó el quejido de Ratita, ay, me pica tu barba. La próxima vez me afeito, pensó Amado. La atrajo hacia su cuerpo y la estrechó en un abrazo que quiso ser paternal pero que balanín tergiversó con su bip-bip más estruendoso que nunca. Ratita estaba inmóvil, sonriente pero nerviosa, como un puñadito de tierra fértil y entusiasta que sería capaz de hacer germinar a una piedra, dispuesta para el grano y después de las más generosas lluvias.
Le besó la base del cuello, poniendo sus brazos en la cintura de la nena con el cuidado de quien maneja vidrio del más fino y rodeando todo su cuerpo, que se plegó con la sabiduría del instinto. Mientras le besaba el cuello, Ratita murmuraba, siento cosquillitas, ay, será el amor, será el amor, y entre besos Amado lanzó sus ojos rumbo al seno, que se levantaba en olas de diez metros, luego dejó deslizar su mano hacia la paloma más propicia, ay, gemía Ratita, ay, corazón, se me sale del pecho, ¿no podemos parar un momentito y espiar a los vecinos?
1.18
Ramos le abotonó lo que le había desabotonado y la llevó a la cama donde la sentó, disponiendo ordenadamente su cuerpo como quien coloca a una muñeca en su sitio. Quiso hablar serenamente con ella.
--Lo mejor es que nos vayamos.
--¿Qué? --gritó. Hizo una pataleta. Iba a comenzar a llorar.
Luego más serena, dijo:
--La verdad es que no quiero que te detengas. Mira, voy a cerrar los ojos--. Lanzó un gritillo, soy tuya, De los Santos Luna, soy tuya, tómame.
De nuevo la besó siguiendo el rumbo de sus senos y dejó que una de sus manos --la izquierda, a la que el manejo de las cuerdas del violín había hecho más osada y diestra-- se deslizara en su portabustos y tomara acunando un pichoncillo que latía como un conejo recién nacido.
Ay, será el amor, será el amor, murmuraba Ratita, y balanín, conmovido, lanzó un bip desaforado. Amado rezó, Dios de los Mejores Momentos de la Vida, ampárame, Dios de los Apresurados, favoréceme, Dios de las Causas Perdidas, olvídame, y reemprendió su camino. Logró sin escollos desnudar su torso, expuso su bustito delicioso al aire, y se dedicó a besarlo ceremoniosamente, utilizando el cuenco de sus manos como quien recoge maná del cielo y luego la liberó de su falda escolar y la dejó en una primorosa pantaleta.
Le besó el ombligo, lo que le causó un ataque de risitas hermosas y un encogimiento del cuerpo que llevó a Ratita a golpear con su rodilla al sentimental balanín que lanzó un bip terrible, acompañado por una avenida imparable, estremecedora, irremediable e irreversible, que le vació por completo el cuerpo y lo dejó exánime mientras Ratita decía
1.19
qué pasa, qué pasa, estás enfermo, un ataque al corazón, auxilio y ya corría a buscar ayuda calatita del todo y Amado recuperándose difícilmente del espasmo tuvo ánimo para esconder su ignominia y decirle a Ratita, perdóname, y se escapó al baño a borrar las huellas del desastre y lloró viendo al balanín compungido, y lo agarró a cachetadas y regañólo como nunca antes, hijín, cómo me fuiste a fallar en esta noche de las noches, pero recordó que era de día y que además no estaba haciendo literatura sino tratando de salir de un aprieto. Vino en su consuelo, gracias a la gentil y oportuna literatura, la imagen de un caballero, algo más esmirriado que su propia persona, que salió en busca de proezas y sólo cosechó ilusiones, mojicones y burlas.
Y cuando retornó del baño, casi diez minutos después, se sentía dispuesto a explicar todo, a pedir disculpas, a llevar a Ratita a su escuela y a pedirle que nunca, nunca volviera a pensar en él, que ella era demasiado joven para esas cosas y hasta le daría unos consejos o se los iba a dar cuando vio a la nena tendida en la cama, desnuda como un lechoncito recién nacido, masticando chicle, tan generosa, tan honestamente propicia.
1.20
--Yo te entiendo, Amado de los Santos Dionisio Luna. Estas cosas del amor son tan complicadas.
Y ella misma, como si hubiera aprendido velozmente, comenzó a repetir paso por paso, lo que el amantísimo le había hecho: le desabotonó la camisa, le besó el pecho cuatripelar, lo despojó del pantalón y no expresó asombro ante la nueva e intrigante insolencia de balanín, que otra vez había comenzado a recuperar parte de su don de niñas y reiniciaba su tímido y alegre, desvergonzado bip-bip. Ratita le besó el ombligo, colocando sus manos tras las nalgas de Amado y murmurando de nuevo, será el amor, será el amor, lo que enrabieció a Amado, que ya no pudo soportar tanta paradójica inocencia y tomándola por los hombros la colocó de espaldas con delicadeza del ínclito luchador llamado Perro Aguayo, mientras rugía
1.21
es el amor, es el amor, y le enterró el rostro sin compasión entre las piernas y le trabajó con tal dulzura sus entretelas y con tanta delicadeza sus entresijos, que cuando llegó el momento de la reivindicación de balanín, la fruta de Ratita estaba como una ciudad abierta, con todos sus pobladores lanzando vítores y no fue nada difícil llegar hasta el fondo mismo del placer sin que ella emitiera más ayes que los de la plenitud científica y felizmente laborada, y Ratita apretó sus piernas y crispó su cuerpo, toda ella se trasformó en un guante generoso que ciñó al amado con entusiasmo de principiante, entregada del todo en el momento de más delicia y desgarre y Amado de los Santos Dionisio la tomó de las nalgas y le lanzó al fondo de su dichoso abismo un volcán de hervor que fluyó, fluyó, fluyó, bañando su cuquita, desbirlando sus labios, empapando la sábana y tras el envión más alto hubo un ligerísimo chasquido, que fue coronado por un grito y un
¡Bip!
que fue su alea jacta est, una marea desbordada de la más saludable y hermosa, la más roja e increíble sangre de amor primero y se amarraron el uno al otro, casi con miedo, ya aterrorizados, como si fueran conscientes de que estaban formando el único punto inmóvil y evidente del universo y todo siguiera girando hasta convertir la cama en el más vasto estropicio de amor que se pueda concebir.
II. DONNA MARADONNA
II.1
Llevado por una especie de fatiga crónica que lo había atacado en la ciudad de México, donde debió permanecer durante casi un mes para huir de la obsesión por Ratita, que no lo dejaba dormir ni pensar -la niña supo disfrutar de la inauguración, olvidó a su maestro de amor temprano y con una llaneza digna de todo escarnio, se dedicó a yogar con sus amigos maleantillos y rocanroleros, tatuados y dichosamente imbéciles-, y escapando de una serie de encargos de consultoría sentimental-erótica --casos leves, aburridos, sin trascendencia y con poca ganancia--, hastiado de las malas películas, intoxicado de la deplorable literatura de la realidad citadina y de caminar y respirar aire nauseabundo, decidió meterse a un baño de vapor. La periodista y amante oficial a quien llamaba en la intimidad Peor-es-nada, antes de permitirle el viaje, lo sometió a una serie de felaciones mal trabajadas, que lo dejaron al borde de la inanición. Por ello y porque ya comenzaba a abominar de su profesión de amoroso, fue que evitó ponerse en contacto con los parientes de la clienta del D.F., sin saber que iba a encontrarse precisamente con lo que quería soslayar.
Sus últimos telegramas habían sido casi amenazantes. Exigían solución al caso y se juraban dispuestos a denunciarlo a la Procuradoría del Consumidor si no cumplía las promesas del aviso clasificado. En comunicaciones anteriores habían ofrecido diez millones y una casita en la montaña si se ocupaba de Donna.
Mientras se despojaba de la ropa se dijo que no estaba dispuesto a gastar su energía, sus humores o su ánimo por ningún oro del mundo. Después del accidentado caso de Ratita, en el que triunfó más el azar que la voluntad y del que sacó suficiente dinero para vivir un mes, Amado de los Santos Dionisio Luna quería alejarse de esa peligrosísima misión de consultor erótico y sentimental.
Había optado por el baño privado de categoría ejecutiva. Conocía la fama de aquellos lugares y no quería correr otro riesgo que no fuera el de la soledad y la autocontemplación del ombligo. No estuvo ni cinco minutos a solas. Súbitamente una persona entró chapoteando en su propia torpeza como si la hubieran empujado. Era una hembra abundante en todos los sentidos imaginables. No sólo gorda, gorda rolliza y firme, de ninguna manera desparramada, con brazos como de cerdo saludable y piernas descomunales, sino que tenía la papada más extraordinaria que se pueda concebir.
II.2
Era una papada triple, formada por pliegues de grasa tan bien distribuidos, que parecían trabajados minuciosamente por Botticelli. Sus pechos eran de una opulencia sin precedentes, lejos de la flacidez que los hiciera repulsivos, se notaban firmes, como frutos de un jardín generoso bien llovido y poseían un par de pezones rosados --no negros, oscuros o rojo sangre, sino de color rosa mexicano, un color pueril (en cuestión de pezones el profesor Moon había desarrollado un gusto de dios creador, ah, los inolvidables pezones de Ratita, dignos de ser considerados la novena maravilla del universo; Amado de los Santos conjetura que pezón oscuro presagia mala sangre, iracundia, instintos criminales, pero la teoría completa de los pezones excede los límites de este opúsculo y sin duda la paciencia del lector) --que parecían exigir a gritos unos labios piadosos.
La mujer estaba ahí, en medio del vapor, como una aparición milagrosa, totalmente desnuda, sus manos y sus brazos descansando sobre las losetas del baño en las que había llegado a sentarse, su espalda apoyada en la pared. Parecía carecer de pudor alguno; sus ojos, clavados en la limitada inmensidad de la bruma cálida, estaban fijos. Toda ella era o parecía ser un desgarrado grito de soledad, una oferta espléndida, una cornucopia. Llevado por la mente febril que siempre lo ponía entre la espada de sus fantasías y el tajo yugular de las realidades, el consultor erótico comenzó a pensar en los desastres íntimos de aquella criatura de Dios y pronto se vio imaginando cosas de poco recato y decoro.
¡Maldita sea!, se dijo, por qué siempre tengo esta horrorosa debilidad de la carne, si mi estrella me dice que debo ser un espíritu de luz. Se sintió observado fijamente por los pezones tristes, abandonados y rozagantes de la mujer y sospechó que por una vez iba a hacer exactamente lo que no quería, y que no le importaba lo que pudiera suceder. Primero el deber, luego el placer.
II.3
En los labios de la mujer había un esbozo de sonrisa y en sus ojos, antes fijos, ahora jugueteaba una chispa de astucia; de una astucia amable, más complicidad que mala intención, y su cuerpo se movía gentilmente, como adoptando posiciones cada vez más osadas y el amoroso tuvo por un instante la sospecha de que la mujer esperaba que él de pronto perdiera toda compostura y se abalanzara irracionalmente a chupar aquellas ubérrimas odres, pero se contuvo y se dijo, a ver hasta dónde llega esta mujer.
Algo susurraba entre sus labios pintados en forma de corazón de ballena, algo susurraba, pero no parecía en español. La cadencia, el ritmo, hacían sospechar portugués o francés o algún dialecto perdido en los pliegues de las lenguas romances. Pronto supo que estaba equivocado: era italiano, un italiano excesivamente artificial, acaso obstaculizado por algún defecto leve en las cuerdas vocales o en el frenillo sublinguar.
El consultor sentimental aguzó el oído:
-Sonno Donna Maradona, sonno donna Maradonna.
Se mordía los labios y se apretaba los senos, se los exprimía, se frotaba las manos de enana con síndrome de Down, volvía a aprisionar sus senos maravillosos con los que parecía entablar un coloquio de compasión indecible.
-Sonno Donna Maradonna.
Y parecía una inmensa babosa acercándose, un animal sin par, una especie de gran amiba o calamar gigante o molusco humano, una bestia hecha exclusivamente para fornicar, que acaso una vez cumplida su función se desinflaría o se partiría para dar origen a dos criaturas de su especie.
La toalla, que el abnegadísimo había atado a su cintura, estaba levantada en ángulo de 45 grados y la fuente de su poder, apoyada en sus pelotas miguelangéicas y que nacía como una gran serpiente amazónica de la columna vertebral donde enterraba sus raíces, parecía animada por una tormenta tropical, que había hecho crecer el espiritual bálano hasta dimensiones inconcebibles.
II. 4
Tal manifestación de entusiasmo parecía estar a punto de obligar al desfallecimiento de la hembra, que respiraba ruidosamente por la boca y era acometida por temblores y vahídos. Cuando la criatura cerró los párpados como para tranquilizarse, el maestro del amor creyó escuchar el cerrarse de la puerta y el golpe seco del pasador. Pero no era la puerta, pronto se dio cuenta, la que había producido el estruendo, sino el sonido violento de los ojos de la mujer cerrándose. Había tal silencio que se podían escuchar la cabalgata dispar de los latidos de los dos corazones, el erizarse de los vellos, el ruido de la saliva al ser tragada, el escándalo del acomodo de los líquidos gástricos. No había secretos. Ella sabía lo que estaba sucediendo en el cuerpo del acosado; él podía calibrar las reacciones que su erección inaudita despertaba en aquella mole de amor y mastodonte sexual. No había terror, ni siquiera miedo; sólo emoción de ambas partes. El destino --una serie de circunstancias anodinas-- los había juntado aquella tarde (digamos, muy en secreto, que los padres de Donna organizaron todo con el aceitado bálsamo del dinero.) Y ninguno de los dos estaba dispuesto a dejarse arrastrar por el río del tiempo sin conseguir sus mejores dádivas.
Donna Maradonna era un auténtico elefante marino, una hembra hecha para el espectáculo, a la que acaso hubiera estado negado el amor hasta entonces. Era indubitablemente un caso para Amado de los Santos Dionisio Luna.
II.5
La pobre se veía tan abandonada en el baño de vapor, tan íngrima, como la última sirena en una arrecife del mar del Norte en pleno invierno.
Tal exhibición de pena y abandono, no podía dejar de mover el espíritu generoso del profesional del amor, quien llegó a entender que lo que tenía que pasar, sería una especie de sacrificio en el que un hombre acostumbrado a la serenidad de las justas proporciones, se entregaría a los caprichos de una hembra bizarra y acaso peligrosa.
Por tal razón, consciente de su épica resistencia al deseo de salir corriendo, el Doctor Amóribus se mantuvo de pie, erguido hasta el delirio, al tiempo que veía avanzar a aquella entidad, mitad tlaconete mitad octopus, sin que usara sus pies, reptando con la ayuda de las manos, jadeante y sudorosa, en los diminutos ojos hundidos allá en el fondo del escombro de la carne, el brillo de la felicidad ansiada.
II.6
Seguía murmurando "sonno Donna Maradonna" de forma automática, como si no conociera otra frase o estuviera en medio de un trance hipnótico.
Lo increíble es que con el terror que estaba creciendo ahora sí en su espíritu de consultor estoico y sentimental, el arma guerrera siguiera apuntando al cenit del universo en ángulo de cuarenta y cinco grados precisos, como si ella por su lado, por voluntad autónoma, hubiera decidido entrar en fiera batalla contra aquella mole, aunque la mente, el ánimo de quien la sufría blandiéndola a su pesar, comenzara a reblandecerse.
El amoroso se hizo fuerte contra la cobardía. Otras hazañas, acaso más peligrosas, le habían fortalecido el temple. Se dijo a sí mismo que estaba dispuesto a soportar todos los tormentos con tal de redimir a aquella entidad de sus sufrimientos y que se portaría como un auténtico misionero del amor, dispuesto como estaba a sobrellevar vejaciones e incurias y cualesquiera consecuencias posteriores, con tal de ver aflorar una sonrisa en labios de Donna Maradonna.
II.7
La elefantiásica mujer ya estaba a su lado. Todo su cuerpo, con la respiración, parecía expandirse y contraerse. Murmuró algunas palabras, ahora diferentes, que el misionero del amor se esforzó en comprender:
-Forse un giorno il cielo ancora sentirá pieta di me.
El amante inmortal no sólo entendió la frase, sino el sentido de ella. Más aun, supo que la salvación del alma de esa mujer, dependía de lo que iba a suceder. Y también que la suya propia estaba involucrada. Comprendió que había pecado tozudamente, que había ofendido a muchas mujeres y a algunas --las menos-- había hecho fugazmente felices, pero intuyó que tales buenas acciones pesaban muy poco en comparación con la serie de corazones rotos y espíritus deshechos que dejaba en su camino y que tarde o temprano, algo, alguien, reclamaría y él tendría que pagar.
Entonces fue cuando Amado de los Santos Dionisio Luna habló:
II.7
--Donna Maradonna -dijo alzando la voz que retumbó como en un teatro de ópera vacío-, si algún día el cielo se apiada de ti, ese día es hoy. Sí, Donna Maradonna, aunque yo no sea el ángel del señor, soy por lo menos un hombre dotado con lo que a la mayoría nos es dado y hoy lo pongo a tu servicio. ¡Toma tu espada, empúñala y comienza a labrar el recuerdo que te ha de salvar el resto de tus días!
Donna Maradonna comprendió y supo aceptar el ofrecimiento. Sus manos acolchadas como las de un gato midieron diez dedos de brillo toledano del fuste masculino y ello bastó para que se iniciara el desfallecimiento de su cuerpo. Suspiros, jadeos, temblores, palabras mimosas, cánticos operáticos, gestos de pudor ofendido o de osadía, caricaturescas poses que el profesional del amor conjeturó aprendidas en la larga disciplina de mirar televisión y comer papas fritas y caramelos.
El amoroso supo que el caso era extremadamente quisquilloso, y que si se excedía en un milímetro de lo esperado, la mujer podría llegar a sufrir colapsos irreversibles que si no la llevaban a ella a la tumba, sí podrían dejar maltrecho al caballero del amor. De ahí que optara por pedirle calma, por acariciar sus partes más sociales, de modo que llegara a la meta sin tanto aspaviento y desbarajuste.
Lo que la mujer decía no era coherente, y algo hacía pensar en una cinta grabada, que no siempre coincidía con la situación.
Donna Maradonna estaba extasiada con la cimitarra que tenía entre manos. Parecía ser la primera a su disposición, la primera, única y auténtica de carne y hueso (la verdad es que Amado no era como todos los hombres, sino que tenía intra balanum un huesito de leche, que en circunstancias propicias adquiría dureza de marfil blando y salvaba las situaciones y que si con Ratita fracasó en su primer intento, fue por falta de autoconciencia penal).
El júbilo iluminaba y hacía retemblar la inmensidad de la hembra. Su emoción iba aparejada con una curiosidad infantil. Más que acariciar, lo que hacía era darle vueltas y revueltas a la fusta con las manos y con los ojos y divertirse intensamente con una falta de rubor tan extraña que la hacía sentirse osada y luego ocultarse, como sucedía con la cabecita amoratada del tuerto, y la hembra seguía obstinada en quitarle el sombrero para darle sus más respetuosos saludos y rascarle la trompa con la uñita pintada de su dedo índice derecho y hacer que abriera y cerrara su boquita como si fuese un renacuajo niño, todo acompañado de risitas y miradas a los ojos del misionero del amor como preguntando ¿puedo?, ¿voy bien?, ¿y ahora qué hago?
II.8
Como buen macho, el amoroso comenzó a impacientarse, en diciéndose que si la hembra frondosa seguía traveseando con su mosquete, tarde o temprano iba a disparar con las consecuencias terribles de que la mujer, acaso frustrada en sus expectativas de fornicio primero, legal e inmiscuido, orgasmo clitórico y vaginal sin disculpas o desviaciones, se enojase e utilizara sus doscientos o más kilos para agredirlo intentando que él le fregara con el tontón la tontaina, ya sea montándola o montándose, lo que terrible sería, pues dos placeres o alivios se aparejarían, el de la venida y el de que hiciera el horrendo favor de quitarse de encima.
Por todo ello el Doctor Angélico, convertido agora en San Benito del Amor, que no redimiría negritos africanos o indios cunas sino gordota tontaina en baño ejecutivo, decidió buscarle el ángulo, acomodarla, encontrarle el lado correcto, manejarla con cuidado con el objetivo obvísimo de involucrarla a fondo, pero la hembra, sin duda de la especie mostriloide, no gustó para nada de tales manifestaciones y trasteos, que tenía su dignidad y su cuerpo no era mueble para empujarlo de tal manera y en lugar de propiciar el ayuntamiento, lo que hizo fue imitar los empujones, que amparados en la ley de la gravitación universal, llevaron al victimado monjito a caer cinco metros más allá, adonde se allegó la gordota con más celeridad de la imaginable, para proceder a un segundo empujón, más vigoroso que el primero, y al segundo empujón siguió otro y luego otro, de modo que pronto el asombrado consejero espiritual comenzó a escurrir la sustancia de la vida por heridas muy bien dispuestas y la elefanta marina iba pasando de la risita a la risota, a la carcajada, al grito libertario y vengativo.
II.9
Cobarde sobremanera hubiese sido que Amado comenzara a gritar. Sin duda hubiese sido más fácil y expedito. Pronto hubieran arrimado los guardianes del inmoral orden. Pero el técnico del amor, que conocía sus responsabilidades y los riesgos a que se exponía con el desfogue de sus impulsos, concluyó que no iba a dejarse vencer por el volumen, pues que la calidad de su amoroso continente había hecho calmar a bestias más tenebrosas y recordó la sentencia aquella de que
monstruos terribles hay en la tierra y en el mar, pero ninguno como la mujer
y munido con ésta y otras razones buscó la forma de resolver el conflicto, pues cada mujer tiene su punto flaco y cada problema matemático su incógnita y su desaguadero, que en unas es la poesía y en otras el hacerse el desvalido y en otras el convertirse en fiera y en otras hablarles de escritores famosos o de películas buenísimas con final triste. Y mientras iba de un lado a otro empujado por Donna Maradonna, el sufridísimo se devanaba los sesos buscando el lado flaco de aquel engendro, que resultó ser, y lo supo el atribulado como por iluminación, el llamarla como gatito
II.10
-Ven acá minina, pst, pst.
Con lo que permaneció quieta y su gesto de crueldad se fue reblandeciendo y en vez de agredir, la hembra se dedicó a posar y luego, despatarrada, enseñando el fulgor bermejo de su caracola, jugó con sus atributos mamilares echándoselos al hombro y luego aprisionándolos entre las piernas, y el patético seguía psst, psst, al tiempo que pensaba que todo ser humano es como una computadora que de vez en cuando se desboca y hay que buscarle la tecla para que deje de estar haciendo lo que obsesivamente hace.
-Pssst, psst, minina.
Y la mujer hacía una cabriola, y se ponía de perrita haciendo pipí y en su rostro crecía una furia de expectativa, que el ecléctico supo descifrar: quiere aplausos: pues aplausos lo dio.
Y ante los aplausos Donna Maradonna reaccionó de una forma perfectamente normal: paró en seco sus visajes y sus poses, de la misma forma que se detiene una computadora cuando le dan la tecla de control.
A partir de ese punto el capitán ya no supo qué hacer. Si volver a susurrarle psst, pssst, para que renovara sus esperpentos, o hacerle un nuevo acercamiento, más cariñoso y medido, en busca de sus zonas de erosión sentimental, o de plano hablarle de forma más racional exponiéndole algún tema de altura o simplemente ofreciéndole servicios de consultoría sentimental y/o erótica.
Por lo pronto tenía a Donna Maradonna inmovilizada, casi sin aliento, a la espera de la próxima movida.
Y de pronto se le alumbró el foco de las emergencias y optó por contarle cuentos de hadas muy particulares, donde todos los protagonistas en lugar de acometer hazañas y matar endriagos, se dedicaban a deshacer doncellas, una tras otra, apelando siempre al uso de la sana imaginación y el más grande cinismo. Las doncellas y las princesas --obesas en todos los casos-- resultaban más atrevidas y feroces que los príncipes cabalgantes, a quienes esperaban desguarnecidas del calzón y equipadas con una serie de aparatos de placer y felicidad que terminaban por dejar a los nobles caballeros desfallecidos y escarmentados, si no despellejados y luidos.
II.11
Donna Maradonna a medida que las historias aumentaban en color y amenidad, se le fue acercando de nuevo al amantísimo, sin usar su facultad humana de caminar erecta y sobre las plantas de los pies, sino reptando de la especialísima manera en que lo hacen los tlaconetes y se le terminó por adjuntar de forma en exceso confianzuda, lo que por un lado hizo sentir muy bien al consultor de asuntos eróticos y sentimentales, ya que lo persuadía de que sus dotes de seductor, tan necesarias para llenar a cabalidad su oficio sin defraudar a criatura atribulada alguna, y por otra comenzó a preocuparlo, puesto que se vio rodeado por un aroma que le recordaba la chicharroniza, la enorme paila con los trozos de cochino desollado, una especie de vaho entre aperitivo y nauseabundo, que salía en oleadas de ese magno cuerpo en celo y sus opulentos senos hallaron descanso en el regazo del apoplético y las pupilas de sus pezones extraordinarios hicieron bizco para mirar al cabezón sin orejas que se asomaba tímida, pero intrépidamente, pues sabía que la labor que iba a emprender, para honra, prez y alta gloria de su fama, sería comparable a la de David: tendría que seducir, vencer, derrotar, agotar y agobiar hasta dejar desfallecida a aquella homérica montaña de suspiros. Su proeza sería comparable a la de quienes derribaron con sólo trompetas y buen pulmón las murallas de Jericó o erigieron a puro sudor y lágrimas la Gran Muralla China.
III. 12
El asunto había llegado a tal extremo y sinrazón, que no habría otra salida del laberinto sino acometer la puerta con el ariete, nada, nada de irse por las ramas y desanudar madeja, sólo llegar directo como aspirina al corazón --Joaquín Gutiérrez, ínclito poeta de nuestra parroquia, dixit--, a las entrañas de aquel territorio inhóspito: sería necesario buscarle la cuadratura a aquel huevo de tiranosaurio y seguir el desfiladero que llevaría a Damasco y la ruta propicia para rasparle el fondo del ánimo y sembrar en la tierra de las especies de las entretelas menos espaciosas de la doncella el mejor elíxir de larga vida. El gravísimo problema --atribuible del todo a la falta de experiencia del profesional del amor en asuntos de trato con pacientes o señoras de más de doscientos kilos-- era el siguiente: ¿Sería el yucateco caballero capaz de trasgredir los umbrales de labios mayores, menores e intermedios, después de haberse quitado cortésmente la chistera, para llenar cavernas que no por inexploradas debían de ser poco anchurosas? ¿Alcanzaría el volumen indispensable para hacer tremolar la campanita de la alegría que toda mujer con más de tres dedo de coño y aun menos, tiene colgando del campanario y paladar ameno?
Es sabido que dudas y preguntas no caben demasiado en situaciones como la que afrontaba el hético --quién no recuerda que Don Quijote, Gargantúa, el Divino Marqués y otros valientes y desaforados, ofrecen ejemplos de cómo librar tamaños escollos-- y que lo pertinente era recurrir a una praxis más guiada por el instinto que por sesudas lucubraciones.
Por encima y más allá de la pluma olímpica describir el embrollo y mostrencos llegues y retiradas, acometidas que sólo alcanzaron caminos sin salida avergonzantes, por encima y más allá de toda imaginación pretender dar fe de lo que estaba sucediendo; lo que se pone en el papel es reflejo distante, engaño, embeleco, sombra chinesca, y todo ello llevó a lo que podría entenderse como un triunfo más del amantísimo, o acaso un fracaso, nadie sabe bien a bien qué es la verdad y dónde reside el bien y dónde el mal: una íngrima gotita de bermellón líquido cayó sobre el blanco mosaico, acompañada por un grito, que fue maullido, balido, estertor, arrancando lento y piadoso y angustiante como una sirena a la distancia y fue aumentando, hasta terminar en una alarido desgarrado y aterrador como de ruptura final del velo del templo, para entregar a Donna Maradonna a la paz que ni siquiera pudo disfrutar y a Amado a la satisfacción del deber cumplido, que fue breve, pues entraron una suerte de caballeros vestidos con galas ejecutivas y guardaespaldas y sirvientas de cofia, que se llevaron a Donna sin dejar de hacer reverencias y lanzar sonrisas a Amado y agradecimientos, que no fueron sólo eso, sino monedas contantes y sonantes, dentro de un sobre plástico, un elegantísimo cheque con seis ceros y apenas el espacio en blanco para colocar el número correspondiente, y ¡ah cortesía y previsión!, una pluma fuente Pericot-Maluquier, con oro y marfil, que era sin duda la misma con que se había escrito la parte más vana pero significativa del cheque.
III. LA MUJER ARMADA CONTRA EL AMOR
IV. 1
Amado de los Santos Dionisio Luna viajó a Querétaro a ejercer su oficio de amoroso. El triunfo fulgurante en el caso de Donna Maradona le había tornado el ánimo y sosegado las añoranzas de Ratita. Los padres, parientes y allegados de la voluminosa doncella habían organizado el vaporoso sainete con todo sigilo y la operación había resultado limpia y con un nimio expendio de sangre. La billetera llena y la certeza de que estaba cumpliendo la misión de su vida, le obligaban a cumplir la promesa hecha a su clienta más aficionada. Treinta y cinco cartas había enviado la pesarosa, y entre juramentos de suicidio y frases en extremo poéticas, le había suplicado de mil formas que la asistiera en su pena. La que se firmaba como Margarita Seca, no podía ser menos que una criatura dulce y despedazada por los azares nocivos de la existencia.
El pelo rizado, los ojos diminutos, del color de las uvas champañeras, bellísimos, de brillo sedeño. El cuerpo mínimo, bien formado, armonioso.
--¿No estamos haciendo nada malo? --decía, angustiada, aferrándose a la almohada, sus manos en heráldicas garras-. ¿Cierto que no estamos haciendo nada malo?-- murmuraba tensa, con el cuerpo rígido, el rostro volteado hacia la pared--. Tú me quieres un poquito, ¿no es cierto, profesor de los Santos?
Y es que Margarita lleva cuatro años sin conocer hombre y casi ha olvidado todo lo que tiene que ver con los amores secos y los húmedos, si es que alguna vez supo de ellos. Es afectada por una sensibilidad que la tortura. O es que la ha sustituido por dolor. Los hombres son sus enemigos. De ellos no puede esperar sino agresiones, suplicios, humillación y burla.
--No me gusta hacerlo sin amor---- dijo, respondiendo con besos medrosos que querían ser escudos contra la ansiedad de Amado. Margarita era un caso grave, delicado, una misión peligrosa, como todas, of course, se dijo el empecinado amoroso).
--Yo quiero hacerlo, yo quiero. Cuando leí el aviso clasificado y me atreví a llamarlo, al escuchar su voz, supe que usted era la persona indicada para ayudarme, comprendí que la vida tiene sus caminos--. Se esforzaba por volver a ser mujer, por abandonar su condición mineral. A veces se dejaba ir por un momento, como entregándose al vértigo de sus instintos. Después sus manos volvían a crisparse, sus facciones se endurecían.
La mujer, en el acto de rechazar al hombre se afea, meditó nuestro filósofo protagonista, y en el de aceptarlo, cobra una inusitada belleza; no hay nada más hermoso que un rostro femenino en el instante previo al salto.
Parecía un tronco seco, en el que apenas se insinuaba una hoja indecisa y tierna. Las razones no mellaban sus aristas.
--Yo quiero --repetía obsesiva, y cuando su cuerpo se relajaba para abandonarse al ardor e iniciar el camino ascendente hacia el bienestar, llegaba un momento en que todo se detenía y Amado podía sentir en su rostro, adherido al de Margarita, el fragor interno que le brotaba en lágrimas.
Las primeras escaramuzas resultaron en fracasos. Amado batalló con mansedumbre y fe. Era indispensable, antes que nada, tranquilizar a aquella paciente, liberarla de su enfermedad, irrigar su alma, convencerla de que todo es nada si se cree que algo es poco.
III.2
Hallábase vestida como para una batalla medieval. Sobre las prendas discretas de lencería algo rústica, una malla de ballet y cubriendo ésta, una especie de corsé con amarradijos incontables, luego un fondo de poliéster de color anaranjado alucinógeno, una falda larga hasta los tobillos que parecía tener 1 200 botones, como de monjita, su busto protegido por una blusa cerrada hasta el cuello y apretada con cordones severos de bota de explorador.
Las palabras dulces, los recursos más delicados, las argucias y atajos rumbo a la afortunada culminación, chocaron contra los cayos sentimentales de Margarita. La dialéctica de la seducción --Amado estaba comenzando a sentir resquemor en el pecho y sequedad en la garganta y sospechaba que, ¡otra vez !, podía caer en el pozo sin fondo del amor, y creía ver en Margarita a la criatura que llegaría hasta el puro asiento de su corazón vapuleado-- o la fuerza de las palabras fueron vanos frente a las justificaciones, fintas y evasivas de la renovada y terca doncella.
III.3
Mujer que no hace el amor en mucho tiempo, vuelve a la doncellez, y para romperla hay que mellar un himen espiritual, aún mas flexible y resistente que el físico, apuntó en su imaginario cuadernillo de notas, reglas y conclusiones prácticas sobre la profesión de consultor erótico y sentimental. ¿Por qué no inicias un tratado, un manual, un decálogo, un florilegio de sentencias, profesor de los Santos?, se dijo. Con menos rocas se han construido castillos que llevan siglos de asedios, se respondió.
(Basta de lucubraciones, buen Amado, delenda est Cartago. Si no lo haces se nos duermen los lectores).
La voluntad del profesional del amor de rebasar el umbral de las resistencias de Margarita se hacía astillas contra la cerradura de siete sellos que le impedía a la graciosa entidad femenina aceptar como placer aquel torrente de fuerza que parecía querer romper los diques de su piel. Su sensibilidad se había manchado de una substancia invencible y pegajosa. Cualquier sensación agradable era una especie de castigo.
Amanecieron abrazados.
III.4
--Voy a ir a ver al psiquiatra.
--No lo necesitas.
--Entonces, ¿por qué me da miedo?
--Es natural. Lo que necesitas es quien te quiera, y tenga la paciencia de tardar seis meses en desnudarte el cuerpo, y luego, seis años en desnudarte el alma --. Exactamente igual sucede con todas las mujeres del mundo. El tiempo les corre de manera distinta.
Bravo, Amado.
Margarita es linda. Distinta a todas las demás. No hay dos mujeres iguales, no hay dos instantes idénticos, la vida es una línea impía o compasiva, que se pierde en el vacío de los tiempos; no podemos hacer juicios de nada, no debemos planear ni sonreír ni padecer a fondo; todo puede variar, para bien o para mal, aunque bien y mal sean palabras de las cuales tampoco podamos tener certeza alguna.
(Perdón, perdón, amables espectadores y mirones. Sepamos disculpar a nuestro amado. Dejémoslo vivir a fondo y regocijarse con palabras).
Margarita vive rodeada por un halo particular e indefinible, que se adensa en los ojos. No ha mirado a un hombre con interés desde hace cuatro años. Tiene enmohecido el corazón y cerradas todas las puertas que llevan a su intimidad. Tres días son poco tiempo para llegar hasta el fondo de esa casa en penumbras, llena de trampas y falsos caminos. Amado sabe que no dispone de más --su amante dijo que se ocuparía del pez Gervasio tres días, nada más-- , pero está dispuesto a intentarlo. Los dioses de las almas resecas y de los grandes desiertos del mundo, piensa, harán llover sobre ese campo árido y lo obligarán a florecer.
La primera noche fue una especie de escaramuza de flores. A las doce suspendieron el tratamiento y salieron del hotel a caminar. Con extrañeza Amado se vio sometido a nimiedades y pérdidas de tiempo que sabe tienen parentesco con eso que llaman amor. Aunque no ha olvidado del todo a Ratita, ya logró superar la postración que su triunfo profesional y sus fracaso sentimental le otorgaron. De Donna Maradonna guarda un mechón de vello y la idea de que cuando allá arriba pongan las cosas de su vida en la balanza, acaso el acto heróico incline su destino trasmundano en el buen rumbo. Le preocupa la supervivencia del buen Gervasio. Toda felicidad tiene sus esquinas y sus grietas, se dijo añorando a su querido y huérfano pez.
III. 4
Se fotografiaron a la luz de los faroles en el parque, dieron más de diez vueltas a la cuadra conversando. Frente al hermano de Margarita--hecho pedazos por un accidente, camina convocando a todas las fuerzas de la asimetría y el absurdo-- le tomó las manos y se lanzó de picada hacia el desfiladero de sus ojos de color champaña, al tiempo que Margarita, le decía con aires campesinos ¡ay, Amado de los Santos Dionisio, cómo eres!
El amoroso le dijo muchas veces, sin hipocresías --por lo menos eso cree-- te quiero, te quiero, te quiero.
III.5
La más bella sonrisa de tensión resuelta, semejante a la de un corredor de maratón que hace el último esfuerzo y cruza la meta cansado pero radiante (insisto en que disculpen estas comparaciones, indulgentes y curiosos lectores: hay que atribuírselas al ya declarado héroe de nuestra historia: esté cronista no hace más que trascribir algunos papeles e interpretar lo que ve con el catalejo de su pérfida imaginación), se dibujó en sus labios. Parecía una luminosidad que partiendo de la boca irradiara hacia las mejillas, hacia los ojos, cerrados en un rictus de dicha, como si en sus pupilas quisiera guardar la felicidad del cuerpo y la paz del alma por fin conciliadas.
--¿Cierto que no está mal? --. Entonces parecía más singular que nunca, y era como el asceta que mira al cielo y exige respuesta inmediata y de viva voz.
--Si es algo que causa placer y tranquilidad, y que no ofende a nadie, no puede estar mal.
El sutilísimo perfume -- "antes de venir, maceré hojas de hierbabuena y las froté en todo mi cuerpo", había confesado Margarita. ¡Por Cristo, ésta es la peor traición de la vida! ¿Cómo podré jamás olvidar a esta mujer, este aroma, este instante? --invadía a Amado.
--¿Me voy?
--Sí, déjate venir, abandónate.
Mientras seguía musitando sus disculpas, en las pausas de su exaltación, abría los ojos chispeantes de buen vino espumoso y preguntaba, ¿cierto que no esta mal?, ¿cierto que me quieres?, dime que sí, que un poquito, aunque sea mentira, ayúdame a justificarme porque me queman los remordimientos, yo había jurado a mi hija que nunca un hombre se acercaría a mí, y ahora mira hasta dónde has llegado.
Detenida en medio de su felicidad, Amado le apartaba los rizos de la frente, le colocaba sus dos manos en las sienes y la tranquilizaba, al tiempo que Margarita seguía insistiendo, ¿cierto que todos lo hacen?, ¿por qué yo no?
--Sí, amor, todos lo hacen, pero no todos gozan. Hay que efectuar esta ceremonia con todo el corazón, con toda el alma, y hasta con los intestinos y disfrutar. Para eso fuimos hechos los seres humanos, para gozar los unos con los otros, las unas con los otros, sin torturarnos, sin represiones, sin temores.
--Déjame acariciarte --dijo. Luego permitió que Amado recorriera ya sin tantos sobresaltos con las yemas de sus dedos su rostro, sus párpados, sus brazos, su cintura, avanzando, conquistando, roturando aquella tierra que, abandonada tanto tiempo, se había tornado salvaje e inhóspita, sin más frutos que las espinas, los cardos y las yerbas inútiles y las lombrices.
(Dejemos a un lado a las simpáticas lombrices. Bien se ve que nuestro protagonista no está consciente de la alta misión que tiene, c’ est a dire, redimir a aquella brillante obra de la naturaleza y liberarla del parentezco -¡ay! fatal- que la liga con los nematelmintos).
--¡Me duele! ¡No me toques! --. Sus palabras eran una invitación. Así lo entendió Amado, que continuó su camino por la ruta de sus cintura, transitando por vertientes y desfiladeros, rumbo a sus nalguitas de virgen renovada, buscando las vías de su felicidad, sus dedos jugando a las hormiguitas que buscaban nido, su pulpa de mamey destilando frescura de amor.
III.6
Luego, cuando el caballero sin sombrero se asomó a la puerta más íntima de su casa y comenzó a abrir ventanas para que entrara el sol a raudales, la niña misma fue quien quitó todas las cerraduras y franqueó las entradas y dio un breve pero magistral golpe con su grupa, apoyando la parte superior de su espalda y las puntas de sus pies de manera que formaran un arco tenso y vibrátil, como la infanta que bajo el sol del amanecer tiene en la mano la manzana más bruñida de la creación y esa manzana es la parte mejor, la más sensible y dichosa de su cuerpo.
--Poco a poco-- musitó.
Ya habiendo recuperado la maestría del amor que todas las mujeres, incluso las más púdicas o desdeñosas, guardan para los instantes de revelación y esplendor, su cuerpo todo se convirtió en un manantial calmo y seguro.
--¿Cierto que no es malo? ¿Cierto que me quieres un poquito?
Ay, si yo supiera, si alguien en el mundo comprendiera y lograra expresar qué es el amor, pensó el estudioso de los afectos, si un científico aislara el virus pertinente y mediante exámenes clínicos pudiera tener certeza: "El examen serológico dio por resultado tanto por ciento de leucocitos, tanto por ciento de globulos rojos y X% de virurs amoroso positivo hacia la receptora de nombre Margarita", entonces podría decir sin el más mínimo ápice de hipocresía: "Estoy cierto de que te quiero, estoy contaminado de ti, lo prueban los exámenes del laboratorio y si no me correspondes moriré infectado hasta el último rincón de mi cuerpo y de mi alma". Mientras eso no suceda, uno anda por el mundo de las relaciones con las manos adelante, como los ciegos, tentando, a ver si da con la puerta de ese elusivo sitio que se llama amor.
III.7
Pero cómo decirle eso a una mujer que se entrega definitivamente --casi todas tienen esa maldita costumbre: quieren que todo sea definitivo, no entienden el amor como un ensayo, como un proceso y un progreso hacia la dicha perfecta o la nada más escolástica-- :hay que decirles mentiritas que a veces resultan verdades, repetirles una y otra vez que las queremos y aderezar el asunto con poesía, hacerles el amor fingiendo que escuchamos la música de las esferas.
Entonces Amado, que en ocasiones puede ser poeta, le soltó una estrofa que no supo de dónde salió:
Ayer
es nunca jamás.
Hoy es para siempre.
La poesía facilita las cosas, las lubrica, las aceita, qué duda cabe, se dijo el profesor de los Santos Luna. Margarita volvió a tomar al señor sin sombrero y se lo incluyó hasta el último socavón de la mina.
--¿En el puro fondo qué sientes? --pregunto Amado.
--Creo que no tengo fondo. Nadie lo ha tocado... que yo sepa.
III.8
El idilio se cortó porque Amado tuvo que regresar a Xalapa. No estaba seguro de que su amante titular e irresponsable se hubiera ocupado maternalmente de Gervasio. Los periodistas no se llevan bien con los peces. Cargar su conciencia con un animalito abandonado sería no sólo brutal, sino absolutamente insoportable. Se puede abandonar a una mujer, nunca a un perro, menos a un pez, que vive encerrado en una pecera y sin esperanza de redención, escribió ya en su casa nuestro amigo.
En el camino de regreso Amado iba pensando en Margarita y Diana, su hija melancólica. Diana tiene cuatro años y comprende que su madre necesita amor. En Juchique (habría que agregar que paciente y consultor hicieron un viajecillo a un pueblo cercano y... bueno, disculpemos los preámbulos y vamos a Juchique) salieron a caminar por la calle principal. Altos árboles sombreaban al paso de multitudes cargadas con flores para sus muertos.
Amado y Margarita (o Margarita y Amado) entraron a una iglesia y se besaron.
Mientras tanto Diana clavaba la vista en el suelo.
Extraña pareja hacen Margarita y Diana --pensó Amado--: madre e hija melancólicas, aisladas del mundo como en una burbuja, tal parece que ninguna de las dos perteneciera a él.
Una semana después Amado recibió carta de Margarita. Decía "conservo las fotos que te tomé y la botella que sirvió para un uso poco romántico". Rememoró: cuando estaban en la habitación de su casa --"Quisiera hacer el amor en un sitio que no sea un hotel, dijo Margarita, me parece menos mercenario, más cercano a lo definitivo”--, se escuchó que alguien entraba. Margarita se transmutó, ahora sí qué hago, llegó mi hermano el celoso. Amado comenzó a reírse, pensó en las tradicionales soluciones, esconderse bajo la cama o en el armario, colgarse de una sábana sobre un abismo con aguas fragorosas al fondo o por lo menos con cocodrilos hambientos. Pero en lugar de buscar estos destinos permaneció tendido entre las hermosas sábanas, con las manos tras la cabeza, enlazadas sosteniendo la nuca. Miró a Margarita, la pequeña Margarita, caminar de un lado a otro, disfrazada con una inmensa camisa, a medida que los pasos de su hermano, mi hermano el celoso, se acercaban. La criatura corrió por fin a cerrar la puerta con llave, apagó la luz y se metió en la cama, temblorosa. El hermano entró en la habitación que quedaba al frente, separada apenas por un pequeño patio y un par de ventanas. Amado se ocupó de acariciar a Margarita, al tiempo que ella lo pellizcaba, muda de terror y acaso de emoción, no, no lo hagas, nos va a oír.
Hicieron impune y contenidamente el amor y durmieron abrazados. A las tres de la mañana nuestro Amado tuvo ganas de exonerar la vejiga, pero para hacerlo con dignidad y propiamente en el sitio socialmente asignado debía pasar al lado de la habitación del moro. Aunque no fuese imposible hacerlo y De los Santos partidario de la aventura, Margarita se opuso, tiene que haber una solución. Tomó la botella de vino que habían vaciado jubilosamente horas antes, hizo un embudo con papel periódico, introdujo la punta en la boca de la botella y dijo, listo, con lo que llegó el alivio del atribulado, pero no se solucionó lo pertinente a la higiene, pues que Margarita no pudo contener la risa y el temblor, y más de la mitad de líquido terminó cubriendo el suelo, las manos, el vientre de la servicial dama, motivo que les indujo a un segundo encuentro, aun más placentero y vigoroso que el primero.
Tal fue pues el uso poco romántico de la botella --que guardo, escribiría en carta posterior la bella, como fetiche, al lado de las fotos que nos tomó el noctámbulo en el parque de Querétaro.
Si no fuera un profesional disciplinado diría que otra vez estoy enamorado. Una prueba de ello, se dijo, es que no quise cobrarle ni cinco centavos por un trabajo tan minucioso y difícil. Otra, esta planta de hierbabuena con su tierrita fresca, que llevaré viva y perfumada a Xalapa como testimonio de este sueño.
IV. LA MUJER A LA QUE SIEMPRE LE DECÍAN QUE NO (O A MÍ QUE ME GUSTA EL TROTE DEL MACHO)
IV.1
En una fiesta de clase media -de clase media pendeja, agrega nuestro Amado- con champaña nacional, tamales huastecos y gorditas, Amado Moon conocó a Cayita: ama de casa, pesa 54 kilos, es una espiga, un junco de mujer, un poema de Jorge Guillén, sobre ella crece curvo el firmamento compacto azul sobre el día y ella misma reposa central, sin querer, como una rosa, en medio de la turbamulta de los jolgoriantes.
Tenía, y digo tenía, porque pronto, gracias a los buenos oficios de Amado no lo va a tener, el defecto atroz: estaba casada, pero tal desperfecto se hallaba paliado por una salvedad: estaba mal casada. Simpatiquísima, cordial, chispeante, agradable, parecía una mujer en oferta continua.
--Pesa lo mismo que un bulto de cemento --le dice su esposo, que por puro capricho del azar es arquitecto. "Constructor de casitas", aclara su mujer, que todo lo reduce, con su carácter infantil, a las dimensiones de su mundo de muñecas.
--Ay, amor, ¿por qué no me dices algo romántico? Dime que soy una margarita silvestre.
¡Margarita, Margarita, quién regará tu jardín!, musita nuestro silvestre consultor sentimental
---Dime que soy una florecilla del campo, hasta una flor de plástico, pero no un bulto de cemento.
Amado accedió a extraer su violín del estuche. Era el Amati, de barniz caoba claro, que había adquirido en lance confuso a la salida apresurada del Teatro del Estado y que mantuvo escondido hasta que su propietario regresó desconsolado a Varsovia, donde, para fortuna de los dos, terminó lanzándose a las vías del tren con tan mal tino que no acabó donde esperaba sino en un hospital.
Era tan fiel, tan noble el instrumento, que volvía maestro al más torpe, y por ello Amado, aun en contra de la heterodoxia de sus dedos de picapiedra, logró conmover a Cayita, que se había sentado a sus pies a escucharlo, mientras el resto de los invitados se ocupaba de luchar contra el contenido de las botellas.
Esta tipa me gusta, se dijo Amado con algo de rudeza, y es digna de la mejor cama. Definitivamente, es un caso para el Doctor Amóribus.
Ella lo miraba agradecida, feliz, y expresaba su arrobamiento asiéndose a las piernas del artista del amor. Un trabajo de éstos lo hago gratis y hasta pago, agregó en su pensamiento, y, de paso, me cura de Ratita, Donna Maradonna y Margarita. Y es que el profesional del amor le habían caído gravísimos conflictos de conciencia: ¿Hasta qué punto había ayudado a sus pacientes a recuperarse de sus dolencias erótico-sentimentales, o hasta qué abismos terminó por sepultarlas? Uno de sus principios más recientes -le había dado al pobre por apuntar en sus cuadernos filosóficos por lo menos un principio vital al día- era no mirar atrás. No mirar atrás para no conmoverse por lo que pudo haber sido el esplendor y terminó siendo sólo estupor.
Cayita se veía tan accesible, tan entusiasmada, tan rotundamente dichosa de haber alcanzado un momento de alta emoción en su vida, que habría caído allí mismo. Pero el sabio Amado conocía que el tiempo y el lugar podrían mejorarse, de modo que buscó despedirse con honor.
Antes de salir recibió de la dama un beso húmedo y prolongado hasta la asfixia y el bochorno, exactamente frente al marido de Cayita, que no dejaba de alabar al violinista, aunque el individuo no había escuchado sino los gritos de sus amigos y de su esposa.
Un hombre cortés --se dijo Amado--, es decir, un estúpido.
Y es que nuestro amigo, metido a filosofías, no tenía cuándo parar y se convertía en una máquina de postulados. Veamos los más recientes:
Para ser cortés hay que ser estúpido, porque no existe nada sobre la tierra y nadie en ella, que motive otra cosa que el insulto.
Postulado que tenía su antítesis, como todos los de Amado, que creía firmemente en San Pablo cuando decía bendito sea Dios que hoy sólo me he contadicho catorce veces.
La antítesis del postulado número uno era:
Todo y todos tienen su razón de ser y hasta el hombre más humilde puede enseñarle algo al hombre más grande. Con mayor razón las mujeres, que son hombres con alto grado de espiritualidad.
Amén.
La misma Cayita se encargó de limpiarle la mejilla a Amado con la manga de la blusa, al tiempo que le decía, mira nada más cómo te he puesto. Y tal vaivén, se percató con sorpresa y agrado el amoroso, sólo buscaba ocultar un movimiento maestro de distracción, el de su otra mano, la izquierda (recordemos el papel histórico y ontológico de las manos izquierdas y no olvidemos que si uno no pudiera decir “a mano izquierda” estaría irremediablemente perdido en cualquier parte del planeta) que buscó risueña el certificado de autenticidad y eficiencia masculina.
Lo que no entendió Amado de los Santos Dionisio Luna como desvergüenza o impudor, sino como juego, al que respondió el muy vergajo badajo con un envión de catapulta, que fue complicidad, promesa y amenaza. El bip-bip que había despertado Ratita seguía vivo, agazapado y sonriente.
Amado hizo un balance de la situación y de las incógnitas del problema. El esposo, de lenguaje limitado, con metáforas que no escapan de las instalaciones eléctricas, las maquetas y los acabados; su barriguita de veinte millones en el banco, su credulidad, su confianza. (Es de los que soportan todas las ofensas, porque creen tener perfectamente domesticada a su esposa. No saben que la mujer es una criatura que jamás, jamás, llega a ser domesticada del todo y que sólo la muerte termina con sus insidias y legítimas fantasías y que basta el toque sutil de un soplo en el instante propicio, para que caiga en la aventura y el desliz). (Este paréntesis no corresponde a Amado, sino al narrador, que soy yo, un tipo a quienes ustedes no conocen ni conocerán; o tal vez -confesémoslo- corresponde al autor, cuyo nombre es ...) Bah, dejémoslo ahí.
IV. 2
Cuando Cayita, en la segunda fiesta, comenzó a ver estrellas de champaña nacional, salieron los trapos al sol, ante la complacencia no sólo de su consorte, sino de los demás circumpresentes, que según parece, estaban acostumbrados a repetir su pasmo y diversión ante tantos desacatos maritales.
--Por eso me gusta el champaña, porque me hace ver estrellitas y luego no tengo que salir corriendo al baño a hacer inventario de mis tripas --dijo Cayita con la punta de la lengua (¡fresca como un filete del mejor lomo!) asomando entre los labios y en contraste con unos dientes del más espléndido brillo.
--Pero siempre me pasa --la pena y la súplica de perdón asomaron a su rostro--: que comienzo a decir verdades, ¿cierto, Tato?
Tato calla. La sonrisa de su rostro parece una instalación navideña que enciende y apaga. (Hombres como éste no pueden tener pena alguna, todo les resbala y les llega a los intestinos, que deben ser más largos que la deslealtad. Mensos de capirote, que en el momento de nacer ya traían las marcas de los cuernos). (Aquí hay un problema gravísimo: que el narrador, autor o protagonista traten de manipular al lector, dictándole lo que debe pensar sobre X o Y , anticipando lo que va a suceder, sembrando prejuicios y dedicándose a la abierta maledicencia. Sinceramente no hallo cómo salir de este aprieto sino permitiendo que la narración siga su curso).
Tato finge removerse incómodo porque quiere hacer suponer que ya sabe lo que se le viene encima.
Señoras y señores: se inicia ahora la obra titulada "Tato y Cayita"
tomen asiento y disfruten.
--¿Tu crees --dice, dirigiéndose a Amado que, como de costumbre, escucha con fingido desinterés, pero que siente a flor de piel al curioso impertinente, batallando por salirse de su pellejo y gritar ¿qué, qué? A ver, ¡cuenta, cuenta!, que me muero de curiosidad, burp, burp, los chismes me llenan de gases la imaginación-- que Tato siempre me dice que no.
Tato le rascó la nuca a su dueña como si acariciara a un perro chihuahueño.
--Y a mí que me gusta el trote del macho, me tocó un galope de burra vieja... Me casé con un hombre para que me dijera que no. ¿Qué pasa? ¿Tengo algún defecto?
Cayita se contonea, entreabre la boca, hace un gesto que recuerda a esa maravillosa criatura triste, sensual y cretina del cine argentino que fue... (llenar espacio en blanco ________ .
--Sé que estoy flaquita, pero tengo entusiasmo y puedo ser cabroncilla cuando me lo exigen. ¡Bien que me gusta el trote del macho y aunque me zangoloteen! Y, teniendo todo esto --muestra, exhibe, pasea, modela su cuerpo de muñeca de Tai Pei--, me casé con un macho, ¿será mula?, para que me dijera que no--. Finge llorar, mira al doctor De los Santos y a los concurrentes.
Amado casi no puede sufrir la situación. El hembro merece un castigo ejemplar y la macha satisfacción inmediata o devolución del pasado, con pompas, glorias y deleites apuntados en la columna de los haberes. Piensa que podría sacar allí mismo su credencial de paladín del amor y dar fin a aquella hazaña, que no se parecería en nada a los trabajos de Hércules, pero sí podría darle a ella un cachito de cielo, pasión y felicidad, y a él una tranquilidad de conciencia y un alivio del cuerpo, ambos indispensables para seguir viviendo.
--¿O es que porque a una le gusta el trote del macho le van a decir que es piruja desgastada y sin dignidad?--. Esnifea, busca que le soplen la próxima línea de su parlamento--. Si no fuera por el trote del macho no habría ni Adán ni Eva ni...-- buscó un remate digno y se atrevió: --... una chingada madre.
Cayita mira al doctor Moon entre los velos de champaña. Lo exhibe con su palma abierta:
--Don Amado es un músico, un artista. Los artistas son muy comprensibles --.Se detuvo a reflexionar.
Tato no se sonroja ni se molesta. De todos modos es tan rubicundo y saludable que sería difícil adivinar su turbación sanguínea. La escena no sólo le debe ser familiar sino que la asume con resignación franciscana, en la secreta esperanza de verla variar una milimicra en cada ocasión, conjetura Amado.
--No se dice "comprensibles" sino "comprensivos" --aclara Tato --. Los artistas son comprensivos.
--Comprensibles también, porque sólo ellos se dejan comprender. Los demás se fingen pendejos. Y sin necesidad, porque todo hombre que no sea un artista es un pendejo. Entonces, ¿para qué fingir?
Es más inteligente de lo que pensaba. El bruto es su marido. Todavía debe estarse preguntando si su mujer lo insultó o simplemente puso una palabra tras otra sin meditar lo que decía, meditó Amado.
--Los artistas son muy comprensibles --dijo Cayita, satisfecha de la inmundicia que había comenzado a ver en el rostro de su esposo-- y es por eso que te voy a pedir, Amado, que vengas a la salita de estar, para enseñarte las fotos de cuando yo era feliz y tenía las ilusiones encabronadas--. Miró vengativamente a su esposo.
IV. 3
Tato se opuso débilmente. A un tipo de estos hasta cagar le debe costar mucho trabajo.
--No comiences con lo de las fotos, mira que la vez pasada terminaste mal --gimió Tato.
Cayita lanzó un mugido y prácticamente le puso las nalgas en la cara a su consorte, tomó a Amado de la mano y se lo llevó a la salita de intimidad. Tras ellos fue Héctor Perez-Garcicrespo --el inoportuno, el bromista, el pernicioso del pueblo, el que de puro peste podía llegar a ser presidente municipal.
Caya a no sólo mostró fotos de su espléndida adolescencia y de una infancia florida, sino las pantaletas y el brasier, con el pretexto de que vieran que Tato, el salvaje, por lo menos tenía la decencia de comprarle prendas de calidad.
--¡Ofensa! --gritó Cayita--, existo como la reina del Nilo, más bella, deseable y propicia que la vieja Naná o que la mejor concubina de Harum Al Rashid, tan espléndida como Friné, que supo con su desnudez torcer la justicia griega, pero solitaria, infeliz, ay, jugando a las barajas con mis tarjetas de crédito en lugar de leer cartas de amor y de urdir intrigas galantes.
El certificado de masculinidad de Amado comenzó a protestar en contra de la represión de la portañuela. Se hacía imperativo mandar a Pérez-Garcicrespo a la sala de los borrachos para ver qué delicada empresa se podía iniciar con la pesarosa. Garci, hombre diplomático, es decir, lerdo, supo que la batalla estaba perdida y abandonó el campo en el instante en que vio que Cayita miraba complacida el triunfo prominente de su solicitud.
El amoroso, el consultor sentimental, que afirma haber sido siempre víctima de los designios deleitosos e inefables de las mujeres, no criminal ejecutor ni maligno seductor, se dijo que la bien nacida y mal amada de Cayita recibiría su merecido aunque la fiesta terminara a balazos.
Cuando Héctor Pérez-Garcicrespo salió, Cayita emitió un prolongado suspiro e inmediatamente fue a cerrar la puerta.
--No quiero que nos interrumpan --dijo--. Ven acá, artista.
Tomó al asesor sentimental de la mano y dijo que siempre había querido cumplir sus fantasías con un violinista, en un baño, poniendo como testigo a sus muñecas. Entonces fue cuando Amado se pudo dar cuenta dónde estaba: un principesco baño con innumerables estantes desde los que era contemplado por cientos de ojos de muñecas.
-Y quiero hacerlo muy cerca de mi marido, para darle una lección al tipejo que siempre me dice que no.
Parece que la pobre de Cayita, altamente insatisfecha y con un espíritu volcánico y un cuerpo en efervecencia, se había aficionado en secreto a las revistillas semieróticas y llevaba muchos años maquinando la posibilidad de traer a la realidad lo que en ellas se celebra. De modo que sus gestos y sus palabras resultaron caricaturescos, tanto que en ocasiones en lugar de emocionar al amoroso, lo que hicieron fue darle risa.
La champaña chispeaba en los ojos de Cayita cuando llevaba a Amado de la mano al baño. Imposible no admirar la habitación suntuosa, impecable, llena de muñecas, toallas y alfombras, que la muy sutil dice haber aderezado por años, a la espera de la oportunidad.
--Y tú eres el designado, Amado Luna, y espero que estés a la altura de mis sueños mojados.
Nuestro héroe se da cuenta de que la situación es muy comprometedora, especialmente porque dispone de poco tiempo, menos de quince minutos, a partir los cuales los invitados comenzarán a sospechar. Tato no, él jamás dudaría de su esposa o del presidente de la república. Cualquier científico del amor sabe que una mujer normal es como una pierna de cerdo, que requiere por lo menos de doce horas de maceramiento y una hora de jugueteos preliminares, para que el horneado esté en su punto.
Pero Cayita no es una mujer normal. O tal vez sí lo sea, pero la situación la ha transformado en algo diferente. Su metabolismo trabaja a gran velocidad y los jugos de su cuerpo corren ciclónicos y quieren manifestarse.
El resultado es una escena acelerada, en la que Cayita demuestra su diligencia, la disciplina de su imaginación y la efectividad de su entrenamiento: prendas fuera. Uno: sentados en la taza; dos, de pie; tres, trinchada y con las patitas aleteando; cuatro, ella en pleno disfrute del trote del macho; cinco, Cayita remando contra corriente, en riesgo de caerse pero jubilosa. ¡Ayo Silver!, grita; seis, cochinito rostizado; siete, conejito mascando yerba; ocho, Caya Pompeya asume costumbres de ternera; nueve, el amoroso bebiendo en la fuente...
Y todo ello resulta en un espasmo que le llega al Doctor Amóribus hasta el último fondo y le vacía de todas las reservas, y en un enloquecedor zangoloteo de Caya que parece estar sufriendo un encontronazo que la vincula con las grandes mareas de energía del universo, entre gritos y risas desmedidas y exclamaciones de júbilo:
--¡Sabía que tarde o temprano esto iba a suceder, lo sabía, Amado de los Santos Dionisio Luna, ahora ya puedo morir tranquila, ya sé lo que es el amor, aleluya, ay, mi Tato, de lo que me has privado con tu pendejez.
Y justo en ese momento, como obedeciendo a la convocatoria del instante de su desventura entró Tato al baño y se quedó mirando la escena, sin perder su sonrisa de luces altas.
Y Caya, todavía con el cuerpo de su deseo entre sus más íntimas prendas y la gran serenidad y aplomo de señora grande, digna y especial, dice:
--Precisamente estaba hablando de ti. Le decía a Amado que tú no has sabido enseñarme el trote del macho porque estás muy ocupado construyendo tus casitas de muñecas.
El bendito de Tato, entre las copas y el optimismo de burro con orejeras, parecía no entender el episodio. Pero lo que dijo dio a entender que no sólo lo entendía, sino que lo justificaba y perdonaba:
--Cuando terminen, vayan a la sala, que van a comenzar los cuentos verdes --dijo Tato y luego a manera de cariñoso regaño--: No sean tan antisociales, caramba.
El caramba le salió con dificultad, como si no estuviera acostumbrado a pronunciar semejante palabrota.
IV.4
Nadie pareció extrañarse cuando el amoroso regresó algo maltrecho y solo a la sala, tampoco cuando Caya Andrónica volvió, diez minutos más tarde, recién bañadita, perfumada con aires de vainilla y más feliz que la entrada de la primera lluvia del verano.
La gran paradoja de Caya, recordaría Amado tratando de guardarla en un cajoncito aparte de Margarita y Renata, no era su aparente ingenuidad y su entrega desordenada al trote del macho, sino las cosas horrorosas que salían de su boca con gran tranquilidad mientras estaba disfrutando. Dijo haber conocido a un asesino que mataba a muchachos, y que su método de trabajo era el siguiente: en el momento en que los tenía enculados, los ahorcaba con su corbata, porque según él no había nada más hermoso que los estertores del esfínter en el momento de la muerte. El doctor Moon ya conocía esa historia, pero con gallinas. Pensó con mayor sutileza en Caya, en su esposo, en los concurrentes. Por un instante tuvo la sospecha de que había sido objeto de una burla crudelísima. El mismo rostro de Caya, visto días después cerca de Chedraui, se veía ajado, y su cuerpo había perdido su condición de espiga.
¿Qué opinión tendría el inocente de Gervasio, recluido en su monasterio, de semejante jugarreta de la realidad? ¿El hecho de que no hubiera cobrado los dos últimos trabajos implicaba un reblandecimiento del profesional del amor? Las reservas de dinero se estaban agotando. Una semana más y no tendría dinero ni para comprarle tortillas a su íntima mojarra y pez amigo. La bruja de la renta ya había comenzado sus rondas mensuales. ¿Qué hacer? Necesitaba con urgencia mortal una clienta generosa. Estaba dispuesto a emprender cualquier hazaña… Menos enamorarse otra vez.
V. CLEOPATRA MARTÍNEZ
V. 1
Amado tuvo una disputa sorda y feroz con su amante oficial. Rechazó las objeciones de la periodista a su profesión de consultor sentimental. Según ella, no es la necesidad económica la que lo impulsa a revolcarse con cualquier pesarosa, sino una insufrible tendencia a prostituirse. El resultado es que Amado decidió acabar de una vez y para siempre con esa relación miserable e infeliz. Mandó a la periodista al diablo. Una vez que cerró la puerta tras ella, se lavó las manos con alcohol, las secó minuciosamente y tomó el violín. Era un tesoro, comparado con el cual el resto de la creación palidecía. Ninguna mujer valía lo que su Amati. Que Dios tenga en su gloria al polaco y que le suministre los mejores violines del paraíso, se dijo. Para calentar, hizo todos los ejercicios elementales de Kaiser. A las doce de la noche emprendió la interpretación del método de Mathieu Crickboom, desde el volumen primero hasta el tercero. El cuarto volumen lo dejó a un lado: se trataba de disfrutar, no de padecer. A partir de la cuarta posición Amado se reconocía inepto. A las tres de la mañana ya se sintió listo para tocar su selección completa de sonatas. Gozó a Mozart y a Weber, e incluso llegó a entonar coherentemente la Sonata número 12 de Paganini. Los vecinos habían comenzado a tirar piedritas a las cinco de la mañana, pero Amado no les prestó atención. Que se pongan tapones de cera en los orificios de la audición, como yo, cuando ellos me incordian con sus fiestas dementes. Satisfecho de sí mismo, guardó el Amati a las diez de la mañana. Doce horas de violín lo habían dejado dispuesto a luchar contra los batallones enteros de filisteos. Si fuera necesario, se pondría con su atril japonés, sus partituras, su Amati, su cara de rabino de Eilat y un sombrero en el desacansillo de las escalinatas del Parque Juárez: con seguridad ganaría lo suficiente para alimentar a Gervasio y despreocuparse de las metafísicas de la alimentación. Ninguno de los músicos pobres venidos de Naolinco o Xico podrían hacerle sombra con sus violines fabricados a serruchazos. Se lanzó a la cama como a un limpio estanque en el río de su infancia.
Cuando despertó, vio que Gervasio se removía inquieto en su acuario. El menú de tortilla desmenuzada parecía no agradarle mucho. Sería necesario comprarle alimento especial. En el Chedraui vendían una especie de papilla de tiburón y merluza que quizás acabara con la melancolía del amigo pez.
Salió a comprar la papilla, comió una explosiva y pasajera torta de jamón de queso y chile chipotle, retornó a casa, asperjó el alimento sobre el agua, y sin ver si Gervasio se alegraba, volvió a la calle disfrazado de Polifemo, sin otra esperanza que repetir la rutina de siempre: tomar un café en La Parroquia, ir a cine, volver a casa, hacer unas cuantas escalas en el violín y tener los deleites sicarios de pensar en Ratita, de modo que durmiera bien, para salir a trotar por los senderos del Macuiltépetl al día siguiente ligero de secreciones. Cumplió con ir a La Parroquia donde vio a los de siempre diciendo lo mismo de hace diez años. Por fortuna se encontró con una mujer que le pidió un cigarrillo y dijo llamarse Cleopatra Martínez. El rostro apetecible, la piel blanca y jaspeada como una manzana de California, sus deliciosos ojos claros, su preciosura, opacaron por unas cuantas horas la tristeza sin tregua que estaba enfermando al amoroso por culpa de la Ratita, por la distante añoranza de Margarita y por el resto de las mujeres que todavía, ay, le faltaban por conocer, trabajar y disfrutar.
Cleo estaba deprimida --ajá, se dijo Amado: mujer deprimida no habrá en esta tierra mientras la flor de la vida aliente en mi pecho y los bichitos de amor sigan navegando rumbo al sitio a donde nunca han de llegar-- porque su actual enamorado estaba recluido en Pacho, a causa de un crimen no demasiado trágico ni demasiado leve: le había astillado el tabique nasal a su muy erudita progenitora, quien lo denunció menos perezosa que tarda, solicitando una indemnización equivalente al monto total de los sueldos malhabidos por su hijo en un año de insolencia y antesalas.
--Me siento muy sola --dijo--. Mañana voy a visitarlo a Pacho y me quema la angustia. ¡Ay! --suspiró y el suspiro fue un flechazo al hígado de Amado, que no puede sino sufrir males ajenos, sobre todo cuando son mujeres las pesarosas--. ¡Ay, necesito compañía!
Todo podrá ser Amado, menos enemigo de las desvalidas y abandonadas. Ultratataranieto de un caballero muy afamado, nuestro protagonista no puede luchar contra su destino y su alto linaje espiritual. Por ello, decidió acompañarla en su pena y en su cena.
La llevó a comer en La Casona. Ella, naturalmente, no quiso aceptar que él pagara (afortunadamente, pues el dinero no le hubiera alcanzado al artista del hambre), como debía ser, sino que, a cambio de los treinta pesos del importe, sugirió:
--En vez de pagar la cuenta te propongo que compres una botella de vino del Rihn y vayamos a tomarla en mi casa.
V. 2
Llegaron al lugar, no muy lejos del centro, por un rumbo de calles empedradas que le recordaron al soñador una estrofa de Juan Ramón Jota
Esa siniestra avenida
por donde nadie ya peca
bajo el árbol de la vida.
Cleo respondió a la agresión poética con un hum y abrió la puerta de su casa. Le hizo recorrer la edificación, bastante extraña, longitudinal, cuarto tras cuarto, con un patio que culminaba en un ángulo superagudo y un pequeño basurero con testimonios de pasadas celebraciones. Luego se sentaron sobre una piel ruda, que parecía de vaca alopécica. Cleopatra puso en el equipo la inevitable pieza de Ravel y preguntó:
--¿La conoces?
--No --mintió el amantísimo.
Cleo fingió quedarse extasiada, escuchando los coros del paraíso, y Amado no pudo evitar el lugar común:
--El leit-motiv del Bolero es la metáfora musical más perfecta del asedio amoroso. --¿Entonces sí conoces la pieza?
--Sí.
--¿Por qué dijiste que no?
--Por presumir de ignorante.
-Bah, dijo Cleopatra, eres un intelectual. Sólo eso me faltaba.
Amado se lanzó a construir una teoría sobre cómo llegó Ravel a componer su pieza cimera, sin percatarse de que Cleo había quedado hierática, en un éxtasis de contemplación, arrasado el rostro por lágrimas, como si la pieza le estuviera lastimando las carúnculas lacrimales y los géneros sutilísimos del alma, y sólo condescendía a bajar para prender un nuevo cigarrillo y endilgarse un buen trago de vino de Coatepec --pues el dinero de Amado no alcanzó para el del Rihn--, de modo que hacia el final de esa esquizofrenia musical, el cenicero estuvo lleno, la botella vacía y la mente del Profesor Amóribus distante de comprender el rumbo del evento, y viendo que la criatura había quedado fija en su pose y que no exisitía otra cosa que hacer, el desorientado obedeció a su instinto más tozudo y comenzó a acariciarle las piernas sin que ella aparentara darse cuenta. Salió por fin de su transporte y comenzó a hablar, con los ojos vacíos, como si estuviera frente al espejo.
Dijo que cuando abandonó a Remo Varrón --su primer amante, escritor, y por lo tanto maniático-- hizo el descubrimiento más preciado que puede tener una mujer: la autodeterminación, que es la forma más alta de la libertad, y que ello le permitió tener sanos amores con Mijail, un violinista ruso, alto, genial, fuerte, y con un locutor de radio que se creía San Juan Bautista, de rostro bello y sereno, pero un auténtico degenerado.
Amado contempló a Cleopatra con cariño de oncólogo. Creyó encontrar que, tras la efusión, había asumido una entereza incluso tan extremosa como el dislate anterior, pero halló en la estatua el enorme defecto del habla, con la que insistía en explayarse sobre la autodeterminación, repitiendo insistentemente las mismas ideas en diferentes frases que llevaban a la inferencia, no muy consoladora, de que la mujer sentíase dueña del universo y de todos sus dones.
--Soy una mujer libre, disfruto de vivir al día y amo a todos los hombres que considero dignos de mi lecho.
--Yo también soy un solitario, y quisiera estar enamorado.
V.3
Cleo lo miró con sorna.
--Pues yo no quiero estar enamorada. Eso es para entidades inferiores.
Mostraba despreocupadamente el nacimiento de sus humildes y torturantes senos, estaba sentada en flor de loto sobre la piel de vaca alopécica, exactamente frente a Amado, que seguía acariciándole las piernas e intentaba por todos los medios mantener viva la conversación, temeroso de que el silencio rompiera con el buen ritmo de lo que estaba en proceso.
Cuando Cleo fijó los ojos en el techo y dijo estar sintiendo que una fuente de energía se hallaba próxima, Amado supo que era el momento de ir en busca del más allá. Metió cautamente las manos hasta el fondo, tanteando el nacimiento de sus pantaletas y en el instante en que ya las tenía asidas con las primeras falanges, Cleo dijo:
--A mí me pasa lo que a José Donoso, estoy habitando un lugar sin límites, pero no puedo salir a la luz--. Y luego, como percatándose del tren en marcha, agregó:
-Detente, no vayas más allá.
--No me doy por vencido --dijo enternecido y toez (suplico disculpar las licencias de nuestro protagonista: “toez” según nuestro erudito es el sustantivo que corresponde al adjetivo “tozudo”) por la dura roca de su indiferencia--. La vio apurar las últimas gotas de vino, ponerse de pie y avanzar con pasos de Isadora Duncan rumbo a la Acrópolis, apagar las luces y prender una vela. Volvió a sentarse, en la misma posición, y a ponerse en trance budista.
--La energía crece --dijo.
Amado repitió "la energía crece" y con habilidad de mago logró apoderarse de la pantaleta casi sin que Cleo se diera cuenta, tras lo cual hizo buen uso de sus dedos índice y medio. Extremó la pericia y la circunspección, pues la perla bruna y brillante de Cleopatra era esquiva, apretada y avara. Cleo avanzó un suspiro que podía entenderse como de resignación y entrega al destino. Sin brusquedad apartó los dedos indiscretos, se puso de nuevo de pie y fue a sentarse a la mesa del comedor, donde colocó un codo a manera de pensador. Quince minutos estuvo en aquella actitud y Amado fue lo suficientemente caballeroso para darle espacio a que sacara las cuentas, pusiera su cabeza en claro y tomara la determinación pertinente. Mientras tanto y por si acaso servía de algo la ayuda visual, el amantísimo procedió a desnudarse (¡Ay, querido personaje, hijo mío! ¿De dónde sacas que las mujeres se excitan mirando a un hombre desnudo? Bruckner y Finkielkraut ya probaron experimentalmente lo contrario) poniendo en la ceremonia un granito no muy ostentoso de picardía y arte dancístico --que también había sido bailarín contemporáneo en sus años mozos nuestro heroico consultor y sabía caminar con donaire cuando la situación lo requería.
Terminada la segunda estación, la misma Cleo fue quien se acercó, se tendió al lado del Profesor Amóribus y ofreció su cuerpo a las atenciones, sin dar indicios de que estuviera padeciendo o disfrutando de emoción alguna. Súbitamente y como si hubiese tomado una decisión mortal, tornó su rostro sublime hacia donde estaba don Pomponcio, asió el mango y se prendió del pomo con su boquita de rosa imperial, (¡Típico, típico!: la mujer mira la taguebra y cae de rodillas como ante la imagen misma del Señor) chupándolo juiciosamente y con deleite de pecado capital, tan sin preámbulos, que más que placer fue el asombro.
V. 4
VI.
Tal vez intenta demostrar que todo su discurso sobre la autodeterminación, la libertad y la falta de represiones, no es sólo teoría, sino una praxis vital, distante de toda retórica, se dijo Amado, tratando de acallar a la señora conciencia.
Hela ahí, pues, como una anónima criatura de la noche chupe y chupe, con demasiado énfasis pero sin arte, sin placer, como si estuviera en competencia con la opinión que tenía sobre sí misma. Cuando el engendro femenino apartó su rostro, Amado pudo entrever en el claroscuro la sombra de un gesto risueño que quería tal vez decir, "¿Viste?, che, así somos las mujeres ejecutivas, directo al corazón de la noche". En ese instante el Doctor Amóribus sintió un olor hostigante --¿atún enlatado, caviar ruso, hydrosaurus gerimoia?-- que le preocupó, mas no lo suficiente, que en cuestión de prioridades el placer venal estaba antes que cualquier reserva olfativa.
Entonces, guardándose las reticencias, Amado se vio forzado a reciprocar y para ello inclinó su cuerpo a contracorriente y buscó su flor de calabaza, incluso más olorosa de lo socialmente aceptable
reía más que las fuentes
olía más que las rosas
y en esas estuvo hasta que la criatura comenzó a arquearse y a suspirar. ¡Lista!, gritó por fin, y Amado imaginó que el grito era como el silbido de una cafetera, como una campana llamando a misa, como el sonido de la torta alquímica en el momento en que se logra el oro de los pertinaces y supo que ahora se trataba de pasar a otra cosa, la tercera estación.
V. 5
De modo que le buscó la tapadera, girar hacia la izquierda, pero ella, con un movimiento veloz, en lugar de dar la cara, lo que dio fue las galas de estribor y le entregó no su coñito chapoteante como el hocico de la peor bestia de Cthulhu, sino un apretadísimo anillo cuya doncellez parecía fuera de toda duda.
Y así fue como concluyeron, felices el uno y la otra, aunque acaso menos dichosa la señora, que tras el acto se removió e hizo amagues de dar a entender que mejores contentamientos le habían propinado Varrón, Mijail y el Bautista, aunque de todos modos pareció disfrutar del abrazo posterior y en tal circunstancia y manera siguieron hablando hasta que ya nada los unió, pero en el interregno Cleopatra declamó párrafos enteros de La vida es sueño, lo que llevó al ingenuo de Amado a gritar por enésima vez que había encontrado a la mujer de su vida, entusiasmo que le permitió recoplilar nuevo ánimo para iniciar un segundo encuentro y cuarta estación. Que comenzó dándole besos supuso de amor a los que siguieron el uso de su bastón de tuerto con el que le recorrió todo el cuerpo a la ninfa haciéndole cosquillas, que motivaron un veloz y sospechoso viaje al baño, un regreso apresurado y renovados y suculentos besos adonde terminan las últimas venas del penas, nobleza obliga.
Amado volvió a dar ósculos profundos, prolongados e intensos, en donde lo ameritaba la situación, mientras la trabajaba con los sutiles dedos de aurora. Nuevo suspiro trascendente de Cleopatra, que dio la señal para el segundo gran encuentro de las almas. Que fue terminado con gusto y razón suficientes, manque la dama siguiera insistiendo que había faltado algún ingrediente, con lo que Moon estuvo entre sí de acuerdo, pues, y luego analizando la situación se daría cuenta, todo había sido extremada y francamente fácil. Pero en fin, la ilusión tenía algo de porvenir y acaso rescatara a Amado de los Santos Dionisio Luna del bache de su vida, de los recuerdos nostalgiosos y las tristezas y malas recidivas que le habían dejado pasados amores, no todos tan mercaderes como el profesional del amor quiso hacerse creer a sí mismo.
Y una vez agotadas las fuentes, era necesario hacer algo para llenar los vacíos. Bañémonos, dijo Cleopatra Martínez inspirada, bañemonos al ritmo de Malher, ¿qué te parece la idea? No era mala ocurrencia, que el agua purifica y revive, como pudieron comporbarlo inminentemente, en particular el consejero, que tenía del agua, los baños, las cascadas y los ríos muy buenos recuerdos, a los que convocó el aromoso, al tiempo que hundía su rostro en la espesura, agora con mayor placer, pues el olorcillo atunesco había sido sustituido por otro más amable como de alga azulverdosa recién sacada del mar. Le enterró pues el rostro en la dulce guarida, sentado en el piso del baño, poniéndole ambas manos en los respectivos blanquísimos tafanarios de la sílfide, y Cleopatra de nuevo recurrió a su mejor hieratismo, con los ojos fijos en el azur del altísimo infinito y el cuerpo simulando cariátide, el agua le bajaba por el rizado cabello, escurriéndo seno abajo por el canal, rumbo al ombligo de vermis y concluía en el racimo de la vida cuyo zumo mejor destilaba en labios del esforzado andante. Y cuando tras varios estremecimientos Cleo salió de su mutismo e inmovilidad, decidió bañar por completo al profesional del amor con una barra de color rosado que generalmente se usa para lavar ropa fina y que se llama jabonsote, que lo dejó oloroso a sirvienta saludable y pulcra, en el amanecer xalapeño.
VI. 6
Al despedirlo, no con un beso promisorio y cómplice, sino con un sorprendente apretón de manos y un gesto en los labios que bien pudo ser de desprecio o burla, ella estuvo a punto de cerrarle la puerta en la magna nariz de judío de Eilat, pero él, detallista y simbólico hasta la pesantez, decidió dejarle como prenda una canción compuesta especialmente para la celebrar la noche y que cantaría a capella, cosa que Cleo no supo apreciar en toda su grandeza: le dijo que se apurara a salir, pues dentro de cuatro horas debía estar a las puertas de la prisión de Pacho para hacerle visita conyugal a su amante del mes.
Amado emprendió el regreso a su casa pensando cuán sorprendentes resultaban ser las mujeres que en los últimos tiempos había tenido la buena o la malafortuna de encontrar y meditando si no sería conveniente dejar a un lado la profesión de consultor y dedicarse a afinar, con la ayuda de Fritz Kreisler, ciertos problemas de digitación que le impedían superar el estadio de eterno aprendiz.
En llegando fue a conversar con Gervasio al tiempo que le daba de comer la bendita papilla comprarda en el Chedraui y que el sirénido pareció despreciar del todo.
--"Yo he logrado eliminar por completo el sentimiento de culpa", repetía Cleopatra. ¿Tú crees, Gervas, que eso sea posible?
Gervasio vio caer impunemente al fondo la papilla y se dedicó a mirar a su amo.
--Es una de esas tipas que presumen de todo lo que hacen y que siempre parecen estar diciendo "mira, mira cómo disfruto". También se interesa en demostrar que no tiene metas, nada le interesa y quiere ser una persona común, sin importancia, una mediocre. "Sólo espero ser feliz y hacer felices a mis amigos", eso dice. Tal vez tenga razón. Eso de aspirar a la excelencia y a la genialidad es terrible. Sólo los hombres grandes se suicidan. ¿Crees que eso sea cierto? ¿O será al contrario?
Ahora Gervasio lo mira de reojo. (¡Cretino!, gritó la señora Antiparra, todos los peces miran siempre de reojo).
--¿Sabes, Gervais? Cleopatra vive sola, trabaja como modelo publicitaria, huyó hace veinte años de casa del insoportable de Varrón, y después de abandonarlo, se dedicó al hedonismo.
A Gervasio evidentemente no le interesa el chisme. Por primera vez se acercó a oler la papilla, poniendo su cuerpo de saeta en ángulo de 45 grados con respecto al fondo de su pecera, y rápidamente huyó hasta el otro extremo.
--¿No te gusta? Se llama Tetrapez y contiene harina de pescado, avena, trigo, camarón, aceite de hígado de bacalao, vitaminas y minerales. Come, come. Tal vez llegues a ser un tiburón o una ballena azul.
Gervasio no se dejaba convencer.
--Dice que la primera vez que se encerró con el Bautista duraron catorce horas haciendo el amor, ¿qué opinas de eso? Un exceso, sin duda, un atentado contra la salud. Es la primera mujer que conozco que se refiere a su cuca con naturalidad, evidentemente aprendida en los libros. Dice, por ejemplo, "cuando mi coñito no quiere, por nada del mundo se moja", o "mi coño sólo suelta su jugo cuando hay cariño y atracción física, buena energía compartida".
Gervasio empujó la papilla con los traslúcidos labios. Amado fingió no mirarlo. Pensó acaso que su amigo consideraba el comer asunto en exceso íntimo como para hacerlo en público.
--Tiene el rostro de la Simonetta Vespucci de Pietro de Cosimo y hasta creo que podría lucir un collar de oro adornado con una serpiente viva.
Gervasio parecía haber abierto la boca para engullir aquel alimento de parias.
--En fin, te dejo solo.
Antes de entrar en su habitación le gritó:
--Y no te preocupes, que pronto voy a conseguirte una peza que sea de tu calidad y clase y que tenga la belleza del alma que considera Fray Luis de León indispensable para acrisolar el amor verdadero--. Amado se detuvo a pensar--: Ah, y que no sea feminista. Y si te causa problemas existenciales, nos la comemos y buscamos otra y luego otra y otra, hasta que demos con tu amor ideal, que espero no sea una peza filipina excesivamente cara y sofisticada, eh, ¿qué tú dices?
Gervasio esperó que Amado diera la espalda para barrer con su cola aquella porquería de papilla. Pronto Amado estuvo de regreso y entendió la razón de la turbiedad del agua.
--¿No te gusta? ¿Quieres volver a tu dieta mexicana de costumbre? Bueno, sea--. Y procedió a desmenuzar una tortilla no del todo fresca y a asperjarla sobre la superficie del agua--. Me regresé a contarte algo que considero importante. Algo que había guardado. Es lo siguiente.
Gervasio se puso de perfil, convirtiéndose apenas en una línea con ojos a lado y lado.
--Cleopatra tuvo la desfachatez de sentarse en la taza y orinar frente a mí, a medida que seguía hablando. ¿Qué te parece? ¿Una mujer que hace eso en su primera cita no es de fiar? ¿Ha perdido por completo el encanto de la sutileza? ¿La borro definitivamente de la lista?
Gervasio asintió y comenzó a masticar su tortilla.
VI. APASSIONATA CUM LAUDE
VI.1
Amado miró con moroso deleite el callo violinístico --esa mancha horrorosa que todo violinista que se respete debe portar como marca de Caín, herida de guerra y condecoración, signo de pertenecer a una raza aparte, en el sitio donde apoya el instrumento, bajo el lado izquierdo del maxilar y que él mismo amoroso como aprendiz no había desarrollado más allá de una llaga infame en sus tiempos de mayor furia y soledad-- y notó que estaba adornado por una pelusilla rubia, densa y trigal. La Korolenko tenía un callo violinístico extraordinario, fieramente visible. Otras violinistas de la Sinfónica usaban gaznés, bufandas, cuellos altos, para ocultarlos. La Korolenko lo exhibía como la mujer que anda con las tetas por delante simulando banderas de triunfo y estandartes de disponibilidad.
--Lo que yo necesito --dijo con un aire que el profesional del amor calificó 20% Mata Hari, 30% Ninoshka-Greta Garbo y el resto snob centroeuropeo-- son dos brazos que me abarquen, me guarden, me oculten, me hagan desaparecer. Leí el aviso clasificado y me pregunté qué diablos había detrás de semejante presunción. Por eso te llamé.
Antes que nada recitó su currículum. La Koro habla mejor español que Juana la Loca. Ha estado en España, Cuba y Chile, siempre como primer violín y espectáculo incomparable, con sus terciopelos del viejo régimen, sus aires de personaje de Broch y su insufrible sofisticación. De todos los países ha archivado gestos, manías, tics, expresiones, acentos, modismos, de modo que resultaba un especímen verdaderamente inclasificable.
--Si te bastan dos brazos --respondió Amado-- creo que tengo la solución justa a tu medida: un chimpance de Mauritania, que tiene las extremidades superiores más prolongadas de los antropoides. O, si lo que quieres es vigor y no extensión: un gorila del Borneo, que posee bíceps robustos, peludísimos y arrulladores. Lo que yo te ofrezco es un corazón apasionado y un espíritu comprensivo, a muy bajo precio.
La Korolenko, que tenía como todas las mujeres que se dan su importancia, poquísima capacidad para entender ironías, o que prefería esquivarlas en aras de su hipócrita y bien montado espectáculo, despojó a Amado de la camisa. Estuvo recorriendo el torso del amoroso con deleite y cálculo de compradora.
--Lo que yo necesito es un torso para apoyarme en él.
--En la morgue, alias anfiteatro, del Hospital Civil, hay gran cantidad de torsos, algo fríos, es cierto, pero dignos de admiración, como todas las obras del Señor.
La Koro parecía estar en otra parte. Todas las mujeres, cuando están dispuestas a la entrega, fingen ausencia, acaso para después protestarse inocentes.
Desnudó su hombro derecho y lo acarició al tiempo que se revolcaba en su pasado. Dijo que su madre, a los 16 años, anduvo esquivando las bombas alemanas y que en un brazo portaba un fusil y en otro, una deliciosa niña rubia de ojos color sky blue.
Y para dar vida a tales historias, salió al jardín de La Quinta de Pérez, donde rentaba su pent house, disfrazada de revolución francesa, en un hombro portando una escoba y en el brazo opuesto una almohada, se tiró al suelo, avanzó a gatas y reprodujo el estallido de los obuses y los ruidos de las gentes al correr y el silbido de las balas y el estruendo de los tanques triturando los huesitos de leche de los niños varsovianos.
Los anteojos que soslayaban la horrísona nariz --los primeros, aparatosos; la segunda, digna de Cyrano de Bergerac, detalles estos dos discordantes en aquel portento de hembra-- y ocultaban sus hermosos pero glaciales ojos, cayeron, y la Korolenko, cegatona como era, tuvo que abandonar a su hija y a su fusil para buscarlos (anteojos, claro) entre las frondas de selva alta perennifolia del jardín.
Una vez que volvió a la compostura, asumió un papel rigurosamente apasionado, de mujer que ha vivido a fondo y tocado todos los límites de las emociones y perversiones y deleites humanos. "Soy tan vehemente en todos los actos de mi vida, que más de un hombre ha escapado de mí para no verse arrastrado a la locura o a otro destino menos elegante. Mi vida ha estado llena de delirios, no conozco la paz, cuando me entrego me convierto en esclava, en protohembra, en prostituta, en asesina. Si eres prudente debes huir inmediatamente".
Se puso el dorso de la mano derecha en la frente, con la otra mano trazó nubes de gasa en el aire, alzó la cabeza al cielo, dejando ver su callo violinístico, que se antojaba una bestia peluda avanzando hacia la tersura del rostro.
La Korolenko con un ojo miraba el empíreo sublime, con el otro espiaba las reacciones de Amado. Al verlo tan indiferente a su pasión en hervidumbre, le dijo que era un coqueto, un superficial, un témpano, una persona que no había tenido jamás acceso a la puerta de marfil de la creación o a la puerta de diamante de los sueños.
--Pos si yo soy coqueto y superficial, niña, vos eres una snob, una cursi y una gilipolla mastuerza.
--¡Mein Gott, qué asquerosas y poco discretas palabrotas! --gritó la Korolenko--: por eso, precisamente, por eso, detesto a los españoles. No saben dominar sus pasiones para convertirlas en arte: todo se les va en ajos y pasodobles.
Hacía un calor de aire inmóvil en pleno desierto de Arizona. En el curso de seis horas la Korolenko se duchó diez veces, y en todas las ocasiones hizo ostentación de su cuerpo lácteo y de su capacidad histriónica. Cada toalla era una túnica que la hacía variar de nacionalidad: fue hindú, árabe, zapoteca, mormona. Al final, con un turbante tunecino y un velo transparente pakistano, se dedicó a fingirse Tartini, y en el instante de emitir unas inimitables y casi imposibles de interpretar florituras, se le cayeron turbante, velos y así, desnuda y enfebrecida, vestida apenas con su callo violinístico y la pelambre de su resumidero natal, terminó la actuación, sudorosa, feliz, orlada por la certeza de que se había puesto en contacto con el espíritu mismo de la música.
Amado entendió: la Korolenko había demostrado con hechos, deeds, hazañas espirituales, su afirmación: era en efecto, apasionada en grado sumo, apasionada cum laude.
Tras el undécimo duchazo, perfumada y serena, la Koro regresó. Toda la función tenía que llevar a alguna parte y ahora la jugada debía correr por parte del amoroso. La tomó pues de los hombros y la tendió en la cama --una losa de concreto sobre la que se había instalado un colchón, cobijas inmaculadas, un ederedón mullido y una piel de oso blanco-- en posición decúbito ventral. Acarició su espalda con deleite y le recitó un poema.
A la très chère, a la tres belle
al tiempo que la Koro lanzaba exclamaciones más de afectación que de placer
Qui remplit mon coueur de clarté
como si ese cuerpo de juiciosa blancura fuera el pollo rostizado del amor, la hizo girar hasta la posición decúbito dorsal, para proceder a acariciarle los senos
A l'ange, a l'idole immortelle
los circunsenos y territorios del septentrión. De nuevo, una vez cumplida la labor milimétrica de besar, lamer, mordisquear, ramonear y acariciar el haz y el envez, pronunció
Salut en l'immortalité!
VI. 2
La Korolenko había caído en un estado de sumisión extraño pero consciente. La barnizó con lengua y aliento hasta el punto de no retorno, y la volteó hasta situarla en decúbito lateral derecho, primero; y luego, en decúbito lateral izquierdo, para no dejar zona sin visitar, y en cuanto su cuerpo ofreció la parte coherente de su persona, de nuevo en decúbito dorsal, Amado se percató de que la Korolenko tenía el rostro congestionado de los que llevan tres minutos de inmersión involuntaria, y que el vello aúreo de sus brazos habíase erizado y que el callo de su maxilar violinístico parecía un puercoespín a la defensiva. Amado, que se imaginaba sabio en asuntos de amores y otras enfermedades del alma y suponía conocer al dedillo los puntos de cocción de una hembra fogosa, conjeturó que era el momento de poner la mano justo a la entrada de la caverna de Galatea para ver si sacerdotes y escribas estaban dispuestos a aceptar la entrada del sumo sacerdote al templo.
La Koro accedió con un envión pélvico al avance y comenzó a hablar aceleradamente: "Puedes hacer conmigo lo que quieras, Príncipe Mishkin, pero no dejes de hablar: quiero respuestas, respuestas a los enigmas del universo: qué son los hoyos negros, por qué el tiempo avanza hacia adelante y no hacia atrás, por qué los planetas no se colapsan, por qué Dios, si existe, permite la existencia del mal, por qué los seres humanos se avergüenzan del placer, qué es la muerte y cómo debe afrontarse: quiero palabras, porque, como dice Heiddegger, la palabra es la casa del ser, y yo no soy yo si no me hablan cosas con sentido, y si no me das razones, campesino de Baviera, por lo menos debes hacer ruido, o cantar un aria de Rossini, para aturdir mi conciencia puritana, ortodoxa, mahometana”.
Amado, que generalmente necesita alta concentración para tratar casos in extremis, no supo qué decir en el instante en que la Koro se hundió en el abismo del silencio, y hasta olvidó las líneas del poema, sorprendido por el estrépito de la parafernalia de la lengua de la Koro y su subsiguiente silencio. Él, poseedor de un alma esencial, no podía hacer bien dos cosas al mismo tiempo: o hablaba o caminaba, pero no las dos cosas concertadamente. El resultado fue que se le entorpeció la lengua y las manos se le engarrotaron y la escena toda comenzó a avanzar hacia el desastre. Salvó la situación el peón cuatro rey cambiemos de actividad: la Koro puso en la casetera una serie de arias italianas y se dejó flotar por territorios de ensueño, lo que le sirvió para demostrar nuevamente que en eso de la música, como en todo, era una grandísima apassionata. Cuando el silencio campeó de nuevo sobre las aguas quietas del recinto, la Koro lanzó un suspiro de doble densidad y exclamó ¡Gutten morgen, gutten sorgen! Exclamación con la que, sin duda, hubiera caído en La Gran Depresión de la que acaso ni Dios mismo la podría sacar, pero que corrigió a tiempo gracias a una cita de pie de partitura del Don Juan de Mozart
Forse un giorno il cielo ancora sentirá pietá di me!
¿Dónde escuché esa frase?, preguntóse el amoroso.
--Los polacos somos una nación católica, privilegiada por las alas de Dios -casi gritó la Korolenko.
Impostura ante la cual Amado no pudo menos que lanzar una carcajada mefistofélica, había que castigar de alguna manera tanto fingimiento, se dijo, y sin embargo, calculador como era en asuntos de metros cuadrados de piel femenina conquistados y de difícil desollación, optó por la prudencia, madre de toda seducción y se ocupó de contemplar fotos que la Koro sacó de sus álbumes de terciopelo y oro. Pudo ver, pues, a la protagonista, al lado de su hermana. La dos lucían rizo alambicado en la frente y gestos de angustia acaso motivados por la amenaza de la cámara y los gritos de los padres intimándolas a posar para el futuro con la alta dignidad que corresponde a niñas decentes y cristianas, comme il faut. En otra foto pudo ver a la Korolenko de adolescente, nimbada por la nieve de Varsovia, al pie del monumento a Chopin, luciendo las pieles que eran su debilidad, y la nariz poco común, que era su diferencia específica.
--El romanticismo es la esencia del pueblo polaco. Los polacos creen en tres cosas: Dios, la patria y el heroísmo. Por eso en Polonia abundan los suicidas, los ascetas y los grandes artistas. Polonia es un país musical, allí hasta el viento canta en pentagrama, los árboles, los bosques, los ríos componen sinfonías que los artistas se limitan a copiar. Los bebés maman el arte en la leche materna. Todo bebé polaco es un Mozart en potencia.
Extendió sobre la piel de oso blanco un gran mapa de Polonia, se tendió desnuda sobre él, recogió una pierna, lanzó los brazos hacia el infinito, acaso esperando que el infinito encarnara en un hombre y la hiciera dichosa.
--Por eso Polonia ha sido ocupada una y otra vez por los bárbaros: porque es una hembra generosa, sensual, apassionata, comme io.
El Doctor Amóribus, que no soporta las actitudes grandilocuentes, quiso bajar a la Korolenko a la realidad. Fornicar con toda Polonia le parecía en extremo oneroso. Disfrutar de una hembra poseída por el espíritu de la historia se le antojaba de pésimo gusto. Lo suyo tenía una intención más humilde: hombre+mujer = buen y disfrutable enigma. Quería sí, una mujer, con su huequito rodeado de obstáculos, no un símbolo, una Altisadora en trance de poner los poderes del universo a bailar en torno a su cuerpo.
--Para mí la patria no significa nada --dijo Amado--: la patria es una forma de histeria colectiva, una imbecilidad inventada por los que carecen de motivaciones personales, de objetivos reales y concretos. Los nacionalistas y los localistas son entidades mediocres, que quieren salvarse tras el escudo de su ciudad, su país, su equipo.
--Lo que pasa es que tu espíritu animal te impide alcanzar alturas. Eres más serpiente que águila.
--Mira, koroboshka, la vida es corta y no hay razones para perder el tiempo en abstracciones. Si sacamos un mínimo común denominador de esta intriga estaremos ante la siguiente ecuación: hombre+mujer= posibilidades de gozo compartido.
--Ay --la Koro cambió su papel: el espíritu romántico la había abandonado y estaba tomando posesión de ella el duende del amor absoluto--: la verdad es que no puedo hacer el amor contigo porque estoy enamorada.
VI.3
--¿El amor? ¡Bah! Otra insensatez, otra ficción, ganas de perder el tiempo. ¿Para eso me llamaste? Los bomberos podrían apagar tu fuego sin tanto desperdicio de palabras y de tiempo.
--No hay tiempo perdido, ya lo demostró Proust: todo el tiempo que parece perdido es parte de un tiempo mejor: el que nos proporciona el placer del recuerdo o la expectativa de la dicha posible.
--¡Tonterías! No hay que vivir para el recuerdo ni para aguardar paraísos que acaso no lleguen. Quien viva del pasado o para el futuro, jamás goza del presente, vive una vida siempre falsa, postiza, y es como el que prefiere manosearse mirando a las muchachas desde la ventana, en lugar de invitarlas a dar el paseo de sus vidas.
--Pues yo, tonterías o no, estoy profunda y fatalmente enamorada de un príncipe zapoteca a quien no me siento digna de amarrarle los huaraches. Vivo temblorosa a la espera de su llegada, como quien espera que Dios toque en cualquier instante a su puerta.
El amoroso bajó la cabeza. Aceptó la derrota de su dialéctica: sí, el amor existía, era una enfermedad grave y deleitosa, que padeció en alguna oportunidad --con Ratita, con Margarita y con otra media docena de pacientes no historiadas, quizás-- y le había dejado recidivas, resabios y reconcomios y una añeja sabiduría que no podía esgrimir ante la polaca.
--La verdad es que le temo al amor y sufro por falta de él. Siento que puede ser un monstruo succionante que me dejará sin tuétano, pero sospecho que sin él nada de lo que haga tendrá sentido.
--Lo que temes del amor es que te convierta en un ser común y corriente, que te baje las defensas, te abolle el autoaprecio y te lastime el narcisismo. Tienes la actitud del eterno observador, pero no quieres participar en nada. Estoy segura de que llegas a tu casa esta misma noche y apuntas en un cuadernito todo lo que hagamos y digamos. Así no se puede. Quien camina vida siempre con un espejo adelante, termina por vivir en la falsedad.
¿Qué decirle? La sabia Korolenko había desnudado a Amado hasta dejarle los huesos de sus más ocultas intenciones y costumbres mondos y lirondos. Ni el más mísero buitre daría un ardite por sus despojos. Desde su lecho, como un río de leche y miel virgen, la Korolenko lo miraba. En sus ojos una chispa de inteligencia que Amado no había detallado antes, ocupado como estuvo en buscarle la incógnita que lo llevaría a la fuente del deleite.
El cuerpo de la Koro era una visión deslumbrante, un paisaje que partía en dos a Polonia y acaso también a la vida de Amado, que no encontraba el desagüe a esa situación.
A las doce de la noche, después de un larguísimo silencio, aplastado por los ojos de hierro forjado de la Korolenko, Amado estaba dispuesto a asimilar su enésimo fracaso. No había ironía posible, palabra alguna. Se trataba de una derrota nítida, pulida hasta el último extremo.
Antes de abrir la puerta preguntó:
--¿Sientes alivio de que me vaya?
El “sí” cayó como una guillotina.
Amado echó a caminar por el sendero, entre bugamvilias, olores minuciosos, sonidos de grillos. Vio al vecino y propietario de la Quinta, un anciano calvo, asomado a un balcón: estaba soñando sin duda con un harén. No le preguntó de dónde venía ni le sonrió en complicidad. Él también soñaba con el cuerpo lácteo de la Korolenko y acaso los caprichos de una hembra semejante le abrieran la puerta una de sus noches de saudades. Amado montó en su bicicleta --trofeo acaso de un negocio pasado del que conjeturo se averguenza, pues no dejó registro-- y se dejó rodar por la carretera rumbo a Veracruz. Tal vez el mar con sus olas aturdidas y las estrellas absolutamente inmutables lograran calmarlo, recuperarlo para sí.
VI.4
¿Que cómo terminó el asunto con la Korolenko? Decir que fue en fracaso sería generoso. Pero de todo fracaso queda algo, un rincón de humedad, la memoria de una piel, la frescura de un instante. En general hay algo que Amado no soporta: que lo traten con superioridad, que lo hagan sentir pequeñito y tonto. Y precisamente esas sensaciones fueron las que acompañaron al amoroso durante su asedio al jardín perfumado de la Koro. Ella parecía estar siempre actuando, discurría por su diminuto apartamento como si fuera el gran escenario de la Opera de Viena. Desnuda o vestida, la Koro era la misma. En ningún momento asumía el papel de una mujer natural. No se quitaba la máscara ni siquiera para dormir. Sus glaciales ojos azules, tras los cuales se adivinaba a una urraca acechando, en pocas ocasiones asumían brillo humano.
Todo ello, y la torturante costumbre de fingirse abandonada cuando el profesional del amor no la visitaba durante una semana y el cacarear que estaba abrumada de trabajo cuando el asediante la visitaba --mientras hablaba con Amado no dejaba de lanzar miradas relampagueantes a su violín, como si sintiera remordimiento por no estar cultivando su callo violinístico-- hacían que Amado se prometiera a sí mismo olvidar a la malhadada polaca para dedicarse a asuntos de más provecho y deliete. Pero pasaba el tiempo, no aparecía trabajo alguno, la musa bigotona y calva seguía merodeando sin atreverse a visitar del todo al compositor. Meses y meses sin escribir una sola bolita en el pentagrama, esperando que una armonía celestial lo sorprendiera en cualquier recodo de la existencia. El gran violín, digno de un Vivaldi estaba en el taller de laudería (había abierto la jeta el pasmoso Amati, como bostezando por la falta de acción y el maestro laudero había dictaminado un mes en restauración y miles de pesos a cambio de retornarlo con el mejor sonido del mundo). El interpretar canciones ramplonas en el Parque Juárez con su viejo Strad checo se hacía degradante y poco rentable...¿Resultado? Que otra vez estaba el amoroso a la puerta de la Koro, dispuesto a cobrarle las consultas previas y a darle el tratamiento definitivo. ¿Por falta de autoestima o dinero, por carencia de espíritu ascético, por exceso de líquido perlático, o por añoranza de los hermosos pezones que había adivinado en la primera noche? Amado de los Santos Dionisio Luna se inclina a creer que la última alternativa es la más propicia y consoladora, aunque no desprecia la idea de que la soledad fuese la que lo llevase a aquel jardín aromado, o de que el carácter exótico de aquella criatura le atrajera más que el cultivo de una hipotética posteridad. También, ¿por qué negarlo?, se hallaba el pequeño detalle de que la Korolenko era una de las pocas mujeres inteligentes que se le habían cruzado en el camino ("En general --escribió--, las mujeres no necesitan ser muy inteligenes: les basta con la gracia. A veces la gracia excluye la inteligencia y casi siempre la inteligencia es el resultado de una serie de frustraciones que terminan por castrar a las mujeres”) y la conversación con ella era una especie de esgrima, con ingredientes de reto, humor, ironía, sarcasmo, que excluían la posibilidad del amor.
Y es que Amado, ¿tenemos que decirlo?, aunque siempre terminara en la cama con sus mujeres, no despreciaba la posibilidad de un buen amor.
VI.5
La Korolenko nunca quiso interpretar la vieja música que Amado compuso en los años previos al tiempo del desierto. Ay, qué aburrimiento, decía, ¿tú crees que después de Bach, Teleman y Tartini yo pueda ponerme a rasquetear en mi Pugnani lo que escribió un tal Amado de los Santos Dionisio Luna? Ten compasión de mí. Tus composiciones se ven lindas, un poco extremistas y desarticuladas, pero sugerentes, en el papel pautado. Déjalas allí. No las eches a perder pidiéndome que las interprete. Es fascinante vivir con la ilusión de que un macaco latinoamericano como tú pueda sentarse a la mesa con los genios de la música. Para mí tú eres apenas un cuerpo, unos brazos, apoyo físico en tiempos de penuria. Digamos que eres como un rótulo borroso que veo a la distancia en un camino solitario y desolado.
¿Cómo terminó el asunto con la Korolenko? Mal, hay que confesarlo. Cuando por fin ella decidió rendir las armas y desnudó soezmente los frutos de su pecho frente a los ojos y los labios resecos del amoroso, Amado no supo qué hacer: se abalanzó torpe, goloso, voraz, despiadadamente sobre los más hermosos pezones que hombre alguno hubiera visto jamás, y con una imprudencia digna de azote, comenzó a magullarlos sin control. Comportamiento a todas luces equivocado y contrario a las normas de la cortesía y el placer. Si una mujer se desnuda, no es para ser magullada sin preámbulos, sino para suscitar contemplación y reverencia. Pero Amado no tenía cabeza para meditar sus actos: tanta espera lo había hecho perder la noción de los grados necesarios, de modo que entre gozo, gula y atraganto, y suponiendo, a esta chica la voy a hacer papilla de maicena, le lanzó una mano a la puerta trasera y por allí forzó que ella rindiera su pantaleta y allí, de pie, le hizo una somera introducción, oh oh oh, sin darse cuenta de que la Koro estaba muda, tiesa, sorprendida, en rigor mortis, incapaz de reaccionar ante tal desacato y cuando Amado lanzó un jadeo de perro faldero al tiempo que expulsaba su humor negro y alzó la cara para hacer eye contact con la que suponía feliz dama, encontró que ella le clavaba los ojos de gélido acero y le decía con una media sonrisa:
--¿Eso fue todo?
Y, luego, sin pausa ni piedad:
--Toma tu ropa y no regreses jamás si no quieres que difunda tu miseria espiritual, tu bestialidad, tu carácter prosaico sin comparación.
VI.6
Gervasio lo recibió con ojo interrogante. El ascetismo y la soledad, la reclusión en su pecera de 50 centímetros cúbicos, el régimen de tortilla desmenuzada, habían desarrollado en él una enorme capacidad para comprender a su amo.
--Uno tiene sus errores. Y tal vez el más grande de ellos sea creer que cualquier fracaso es definitivo.
Gervasio permaneció inmóvil, expectante.
¿Por qué no buscas a Renata o a Margarita?
--Porque entonces podría incurrir en el único fracaso definitivo: el amor.
Gervasio lanzó un coletazo y dio la espalda. Diminutas olas crecieron en torno suyo. ¿Qué quiso decir el pez amado?
El agua de su pecera se enturbió y Amado ya no pudo ver claro. Con los ojos clavados en las ondas permaneció largo tiempo hasta que tuvo una sensación inefable. Era como una idea que se entreverase con ciertos sonidos y certezas, ciertas sospechas, entre las que se colaban como obsesiones una serie de escalas musicales. Las mujeres, sus mujeres, las que tuvo, imaginó o quiso, parecían columpiarse en un pentagrama y producir, mecidas por la brisa nocturna, una melodía de belleza imperfecta pero conmovedora.
Tomó una pluma y comenzó a escribir. Seis horas más tarde dio por terminado el trabajo. Tomó su viejo y querido Strad. Lo afinó con la certeza del francotirador. Y comenzó a tocar lo que, estaba seguro, no era una obra de arte, pero sí el germen de lo que podría llegar a serlo. Así sus mujeres.
Y, that's all folks!!!