26 de septiembre de 2016

Muchas fotos: septiembre 26 de 2016

MI MAESTRA DE VIOLIN, ESTELA CUERVO

FOTOS DE MT EN LA CABAÑA DEL FRENÁPTERO

UNA HORA DESPUÉS DE ESTA FOTO CAYO UN
DILUVIO SOBRE XALAPA QUE MOJÓ LA CABAÑA
TODAVÍA SIN TECHO

ESTO SE LLAMA MERCADO MOOD

ESTRENANDO SOMBRERO DE 40 PESOS

NÓTESE EL PERFIL ITALIANO-CHIBCHA

TE ESTOY MIRANDO, MIRÓN

GENERAL MANAGER

ESPERANDO LA GLORIA O LA ABDUCCIÓN

SIEMPRE TIENE LA RAZÓN

FILOSOFEO

FOTO SIN QUE SE DÉ CUENTA

23 de septiembre de 2016

José Agustín presenta Los grandes amores de Aguilera Garramuño

En el año de 1990 fue publicado mi libro Los grandes y los pequeños amores por la editorial Joaquín Mortiz en su desaparecida colección Premios Bellas Artes. Este libro había sido galardonado con el Premio Nacional de Libros de Cuentos San Luis Potosí por un jurado integrado por el querido Severino Salazar, Agustín Ramos y Jorge Von Ziegler. Una vez que el libro se hubo agotado, retomé los derechos y desmembré el libro, publicando unos textos en mis libros Cuentos para después de hacer el amor y Cuentos para antes de hacer el amor. En su edición original, como Los grandes y los pequeños amores, fue presentado por José Agustín en el Palacio de Bellas Artes de México. Las siguientes son las palabras con las que presentó mi libro, que fueron publicadas en el diario Excelsior el domingo 29 de noviembre de 1992).



Antes de conocer a Marco Tulio Aguilera Garramuño había leído Cuentos para después de hacer el amor, un libro irreverente, agresivo, diferente, desaforado, superefectivo. Bueno, posteriormente le hice una entrevista muy divertida en el Zooológico de Chapultepec para Canal 13 y fue entonces cuando nos hicimos muy amigos… (Nota del transcriptor: En este punto hay un salto, debido al hecho de que la copia complementaria ha desaparecido del archivo).


El primer cuento “Cantar de niñas” es un cuento clásico, muy sencillo, hermoso, en el que se narra la historia de amor de un hombre maduro con una delicadísima Lolita. Hay que destacar la sutileza, el tacto, con el que el autor cuenta esta historia mil veces contada. Lo original de este texto es que se lee como si nadie nunca hubiera tratado el tema.


El segundo cuento, “Paso de baile”, es el de una mujer que por la noche sale dormida, sonámbula o desdoblada, después de maquillarse y vestirse provocativamente. Asumiendo una personalidad ajena a la de su vida consciente, se entrega a aventuras en cierta forma fantásticas, lo que nos hace sospechar que nos movemos en un mundo de sueños o en otra dimensión de la realidad. El cuento nos hace pensar en esa otra cara de la mujer con la que vivimos, en el lado oculto de la personalidad que tal vez todos los seres humanos tengamos.


“Los grandes y los pequeños amores” es un cuento que yo creo tiene que ver con las parejas o, por lo menos, con las parejas modernas, ya que por la culpa de un amor de antaño que muchos de nosotros tenemos guardado como mito o como ensueño que ayuda a soportar la rutina conyugal, el matrimonio tiende a desgastarse sin razón verdadera. El vínculo matrimonial sale triunfante en el cuento a pesar de todo, y en ello hay una reflexión profunda, filosófica sobre los valores actuales. Siento que hay en éste y en el cuento posterior, una revaloración del matrimonio como espacio reivindicado. Ya no se trata del amorío de reventón, pasajero, sino del amor estable, de costumbres y ritos.


Posteriormente, para cerrar el libro encontramos el relato “La noche de Aquiles y Virgen”, uno de los textos más cachondos y bellos que haya leído en los últimos tiempos. Trata de una noche de amor entre una esposa aparentemente inocente, y un hombre algo convencional. El tema del idilio doméstico ha sido poco tratado en nuestros tiempos. El texto es un largo y deleitoso ritual de amor y erotismo al que asiste el lector como mirón privilegiado y dentro del cual el hombre le relata un cuento pornográfico a su esposa. Se contraponen lo rutinario del hombre con lo fantasioso de la mujer.


Los cuatro textos que he comentado son los dos primeros y los dos últimos, de un libro de siete. Los tres restantes en cierta forma desentonan, pues son cuentos simplemente buenos, frente a otros formidables, cuentos maestros, dignos de la mejor pluma. Ningún colombiano ha escrito cuentos tan extraordinarios como estos de Marco Tulio Aguilera… y creo que decir esto no es una exageración sino una simple apreciación de lector con criterio. “El neuras en la sartén” trata de la liberación de una mujer que ha estado sujeta toda su vida a un esposo neurótico. “Visitas nocturnas” es un cuento de fantasmas algo frío, que no llega a convencerme, pero que se puede leer. “Melesio o la soledad” trata de un homosexual latinoamericano que tiene el sueño de ser poeta laureado por la Academia Francesa. (Y ahora que lo pienso, más bien se trata de que estos cuentos, más que ser de calidad inferior, simplemente rompen la unidad del libro, cuyos temas centrales son el amor y el erotismo).


En el Marco Tulio de Los grandes y los pequeños amores hallamos casi un filósofo que reconstruye un mundo que parecía a punto de hacerse trizas. Contra la filosofía del reventón y de la desilusión política, se levantan con verosimilitud, los nuevos valores: el amor y el erotismo al rojo vivo, dentro del matrimonio. En el aspecto formal Aguilera Garramuño nos vuelve a hacer creer en el cuento redondito, bien logrado, con un estilo refinado y sin embargo agresivo y alegre. Marco Tulio tiene un don especial: maneja tensiones espléndidas: sus cuentos nos agarran y no nos sueltan.


Todo ello me ha llevado a pensar en ese don que tienen algunos colombianos; en esa capacidad de narrar bien, que vemos en García Márquez y Álvaro Mutis, y que en MT se manifiesta de una manera muy especial, con una picardía erudita muy divertida, que hace que la lectura sea una auténtica fiesta de la imaginación.

19 de septiembre de 2016

Historia de todas las cosas: ¿la mejor novela?

Hace varios años un amigo escritor nicaraguense escribió una de las más entusiastas reseñas de mi novela Historia de todas las cosas.  La publiqué en este blog, pero con una tipografía demasiado pequeña, lo que la hace ilegible. La estoy volviendo a reproducir, ahora con tipografía más grande, lo que la hace, obviamente, más legible.

Guillermo Goussen Padilla
 Lo diré de la manera más rápida, sin ambages ni paños tibios, sin “dar la con dulce” ni “el avión”: Historia de todas las cosa ha sido la mejor novela recién editada que he leído en las últimas dos décadas (hago esta aclaración porque en este lapso, por ejemplo, he devorado tardíamente La montaña mágica y otras obras ya clásicas que, con suerte, han pasado para mí la prueba del añejo), así como puedo asegurar que Frío de vivir, de  Carlos Castán, es el libro de cuentos que más me ha conmocionado en este periodo aludido.
Así las cosas, debo confirmar por qué Marco Tulio Aguilera Garramuño, el autor de esta novela, merece tal afirmación de un reseñista sin enseña ni obligatoriedad, sin penas ni glorias, sin cargo alguno en las editoriales de postín ni muchos menos paga o lote de libros al calce.
Cuando terminé de leer la novela de Garramuño se me vinieron a la cabeza tres imágenes casi fotográficas:
1)      El joven soberbio que a principios de los setenta,  flaco como una percha y desgarbado, pero con una estatura muy conspicua en el territorio istmeño, todavía no puteaba como loco contra el establishment literario; el montañista caminante y corredor de largo aliento que confiaba en sus lecturas y en sus estudios académicos como un marino avezado cree ver en el libro del agua la ruta siempre certera hacia el mejor puerto. Un muchacho de 20 y pocos años que estaba escribiendo una obra monumental, pero (como dicen en América Latina) le faltaba un poco más de verde para ser perico. No obstante, en su cortedad, el tipo se aventó con todos los fierros para pergeñar una novela que desde su génesis pensó como el fin de un malestar que ya chimaba o producía salpullido: darle fin a una fórmula multirreconocida y multipremiada: el realismo mágico o lo real maravilloso.

Marco Tulio -lo pienso así- siempre ha estado orgulloso de sus nombres latinos; quizá el Aguilera no le acomoda y por ello hasta ha hecho uso del Garramuño. Ha barajado una y otra vez cómo quieren que le digan para la posteridad. Amante de la palabra, ha buscado cómo, dónde y desde qué perspectiva acometer la empresa literaria que ya trae en mente: una novela que asocia mucho con los cronistas del Nuevo Mundo, como Gonzalo Fernández de Oviedo y su Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano, y a la que el entonces muchacho cachaco antepuso el “Breve” en un descuido del ego, quedando como Breve historia de todas las cosas.
Desde un comienzo, MTAG, el irreverente, intentaba hacer con los seguidores del realismo mágico los que Enrique González Martínez le hizo al modernismo con su “Tuércele el cuello al cisne…”
Toma como base la novela emblemática de Gabo, un poco de su técnica, pero luego se desentiende porque el no quiere hacer un plagio sino una ópera bufa, un remedo, una parodia que burla burlando se acerque a la iconoclasia, un pastiche, y para ello cuenta con una cultura sostenida por la lectura de todos los clásicos habidos y por haber. Sabe cómo se construye un espacio mítico-literario, le ha dado las tres vueltas al perro narrativo para acordar consigo mismo que Cervantes sigue siendo un vanguardista en asuntos de la voz cantante a la hora de relatar –un Cide Hamete Benengeli convertido en Mateo Albán, que a su vez es deudor de Mateo Alemán y su Guzmán de Alfarache-, le encantan los juegos verbales de Guillermo Cabrera Infante y el barroquismo de un Severo Sarduy, ha disfrutado las greguerías de Gómez de la Serna, el lenguaje escatológico de la picaresca española, admira cómo Rulfo pone a hablar a los muertos y los recicla en el tiempo sin tiempo que el mito vuelve perenne. Mientras todo sucede (o deja de suceder o sufre la procrastinación de un “ranador” que cuenta a sus compañeros de celda -¿les suena a Manco de Lepanto?- lo escrito en sus cuadernillos, propensos éstos a desaparecer o a ser utilizados como limpia culos por los “perfidiarios”) en su novela atreve algunos guiños a su panteón literario pues se siente como pez en las aguas procelosas de un Boom literario latinoamericano que se ha amafiado y que no le perdonará ser la Margarita que una estrella quiso coger. Tras su publicación en Argentina en Ediciones La Flor, la crítica le cargó el pesado fardo de epígono del realismo mágico y sucesor de GGM.
El mismo nativo de Aracataca dijo de él -palabras más, palabras menos- que Breve historia… debía ser la obra más importante de MTAG, como decirle a ese muchacho de 24 años que sería como el burro que había tocado la flauta.

2)      En los ochenta, tras un largo periplo por los Yunaites, las aguas siempre traicioneras de la academia, el periodismo literario y el Prêt-à-porterobligatorio para “escupir en rueda”, el pelao de amplios hombros, gran estatura y no patas flacas como su personaje Betóben Chúber recaló en Mexico, motivado por los pelos de una mujer que siempre jalan más que una yunta de bueyes. Y aquí buscó acomodo no tan Lejos de Veracruz, en Jalapa, y entre los outsiders intelectuales que Huberto Batis aglutinaba como reservoir dogs en su siempre memorable suplemento “Sábado”, de ese buen  periódico que el salinismo aniquiló, Unomásuno. Su columna “Descabezadero” fue partemadres, “guerrillera”, iconoclasta, antisistémica, aunque sus lectores tuviéramos que sufrir su ego sublimado a la n potencia (aquí tengo que aclarar que en mi vida he estado rodeado por muy buenos amigos “egoandantes”, como Guido Münch, Pablo Amor, Pepe Toño de Lara, Gustavo Peñalosa y “dos que tres” que no aguantarán la vara de ser balconeados. Sin embargo, debo decir que Marco Tulio no es mi amigo, como tampoco mi paisano Sergio Ramírez lo es, porque los amigos se buscan o buscan la oportunidad calva para verse, y eso está por verse…).

MTAG peleó su lugar en el establishment mexicano con estas banderas: soy un escritor culto con grados académicos. Nunca le besaré el pito a los que tienen poder. Gano los concursos en buena lid (los que no organizan las grandes editoriales), y no he construido mi casa en la nada, sino con el dinero de los premios, jejejeje. Como en México nunca me darán las becas de creador, puedo mentarle la madre a los mafiosos que las adjudican. Y la más cierta: soy un gran escritor que escribo sin afanes meretrices, pero buscando ser leído…
Y ahí es donde se ha equivocado, ya que él no es un escritor para lectores hebdomadarios ni "menstruarios", ni cautivos de las tristes estadísticas de América Latina, sino del lector “diarina y huevo”. Tampoco puede llegar a ser “de culto” pues tiene la necia idea de durar 130 años, por lo que no podrá competir con idolatrados como Roberto Bolaño ni Pedrito Infante. Es más, no se emborracha ni dispara “netas” para el futuro –como los Bukowski, Fante, etcétera-, mal punto para él.

Además, México, hay que decirlo, viene de una larga tradición que ha soslayado el realismo mágico, con su Julio Torri, Francisco Tario, Juan José Arreola, Pacheco, Fuentes y el  incombustible Rulfo, y menos ahora con los que hacen exotismo a la “visconversa”, o sea, los crackitos Volpi y Cia. Por eso a Garramuño le pesó la etiqueta de “epígono del realismo mágico”, “la zaga de Gabriel García Márquez”: mató un perro y le llamaron mataperros.
Pero no lo mató, porque condenado al ostracismo y a la etiqueta, los verdaderos epígonos como Isabel Allende y, en el caso de Nicaragua –que sí me interesa-, novelistas descubridores del hilo negro escupieron relatos de familias criollas o puertos fluviales y lacustres tan anacrónicos como el romanticismo más demodé.
Lo interesante es que MTAG siguió haciendo novelas y cuentos que no volvieron a tocar el tema “macondiano” ni reintentaron elevar al cielo a las paisanas continentales de Remedio La Bella por ninguna otra vía. Pero sí rescató a los Profesionales devenidos Intelectuales, y los frenápteros llenaron de genial locura el mundo garramuñano, para disfrute de nosotros, sus lectores.

3)      En este nuevo siglo se ve con más masa corporal y grasa, ha puteado como loco, escrito ya casi 30 libros, asistido a un chingo de congresos y presentaciones de su obra, ha visto cómo el poder le ha birlado uno y otro premio de las grandes editoriales, como el Alfaguara, para darlo a la mafiosa mayor de México por una mala novela llamada La piel del cielo. Para no renegar de su ego se ha puesto a nadar y, como toda persona competitiva, se ha dedicado a cosechar medallas categoría masters en las piscinas de Veracruz y anexas. Ah, ha dejado el básquet porque ya las “tabas” lo traicionan, pero quiere vivir 130 años…

Lo importante de este periodo es que viene trabajando su novela de 1974 “como si fuera la primavera…” ¿Con qué motivo si ya está editada y como dijo José Emilio Pacheco: “Yo publico para no seguir corrigiendo”?, uno se pregunta. Pero él –no lo olvidemos- ha tomado de referente al señor Miguel de Alcalá de Henares, y si éste sacó su segunda parte de El ingenioso hidalgo…”, ¿por qué Marco Tulio-Garrapata-Albán no debía ventilar su segunda versión -aunque el “ranador” siguiera en la cárcel por un delito que nunca cometió ni quedó registrado en  juzgado alguno y quizá sólo fue producto de su mente frenáptera?-: Historia de todas las cosas, así, sin “aljetivos” que apocopen, que reduzcan, que miniputeen. Porque MTAG ya piensa en el Nobel, y su humor es tan cabrón que sólo aspira a hacer reír a Dios, en el caso de que se confirmara su existencia y no compitiera con la capacidad facultativa y psipicuística de Mateo Albán.
Nunca leí Breve historia…pero tras devorar esta nueva versión llego a concluir que las doscientas páginas añadidas significan algo que sólo el Ulises griego y el de Joyce pueden confirmar: que los viajes ilustran a los lustrados, que en un segundo cabe hasta Borges y la trompeta de oro de Californio el simple, que la apoteosis es “eterna en cinco minutos”, que hay que joderse con lo que este cachaco de mierda y mirada fiera -pero que se ha vuelto un tranquilo san bernardo para sus lectores- ha aprendido en Mexicalpan de las Tunas.
¿Cuál aprendizaje? Cuestionó el Loco, y yo, que ya me he metido en la trama como un personaje de Woody Allen, le contesto: Hay muchos mexicanismos que enriquecen el mundo del historiador-literato encarcelado en San Isidro de El General, que la trama (¿existe?) me la creo más a partir de la interrupciones anacrónicas y “¡versallescas!”,  gritaría un estúpido cronista deportivo de la Televisa que ahora manda lavadólares a Nicaragua; que MTAG tiene los pelos de la mula literaria y los hila e hilvana como la Santa Flaca, esperando casamentarse con el Nobel siempre esperado en su larga espera desesperante (que no impaciente, la cual fue mal escribida por el “Borges” nica).
En este nuevo siglo, nuestro frenáptero ahora expuesto en esta reseña se encuentra con algo inédito: los cuatro mejores escritores colombianos viven en México (no me pregunten por qué, ya que es una pregunta que me hago a mí mismo cada día que con dios no me acuesto ni con dios me levanto, y menos con la gracia de dios ni la del espíritu santo). Ah, y por ahí mi amigo Ulisses Montoya cuestionaría la no inclusión de la Restrepo y su Delirio, pero yo le contestaría: Odio las tesis e ensayos (¿voy bien Marco Tulio?), por lo que no quiero extenderme para ganar puntos del “Snif” en la Academia. Entonces, visto lo visto (diría un gachupín peninsular, porque los hay deste lado de la Mar Océano, y son los peores porque tienen el síndrome de Cortés), se da la venturosa coincidencia de que los nietos de Vargas Vila (“amigo” del Paisano Inevitable; por favor, no le quiten las comillas mientras las islas de San Andrés y un cachimbo de cayos, como Roncador y Quitasueños, sigan en manos vallenateras) vivan en la “Región menos transparente del aigre”; que dos de ellos son exquisitos y muy cosmopolitas, y los otros “muy sinembargos”; o sea, que nada los conforma ni los asienta: uno por puto incomodaticio y anticardenalicio (por aquello del color púrpura), y el otro por puto contestatario, anarca frenáptero que va al cielo y va llorando… Pero Marco Aguilera (suena a Juan “Grabiel”, ¿no?), buscó a Gabo mientras el cerebro no se le obnubiló (al otro Grabiel), como quien busca sus señas de identidad (ésta te la debo Goytisolo), pero ya el mal estaba hecho: el viejo patriarca nunca aceptaría a quien se había “paseado” en su Otoño… Que no su coño.
Con Mutis ni insistir, a menos que lo buscara en el ¡Hola! Y Fernando Vallejo ya es un viejo muy amable, cuasi beatífico (“pero por favor no se lo digas nunca…”). Con esto bien podría cerrar el episodio de los escritores colombianos, y decir “fueron muy felices y comieron un cachimbo de perdices…” Pero no: por lo general cometo el error de que cuando empiezo a leer a alguien que me interesa, suelo también leer a sus coetáneos. Entonces me armé de la lectura de Héctor Abad Faciolince y su El olvido que seremos, y el premio Alfaguara 2011, Juan Gabriel (¿este juego me dice algo sobre alguna trompeta de algún arcángel?) Vázquez, El ruido de las cosas al caer. La primera novela, llamémosle testimonial, es una elegía a su padre, luchador ingenuo contra el poder omnímodo  del narcotráfico ya empoderado; la segunda, la premiada por quienes no han querido galardonar a MTAG y le prometieron el oro y el moro mientras le daban los ¿178,000? dólares a la Poniatowska, es una novela de regular manufactura cuya trama versa sobre el principio del tráfico de la droga, cuando los gringos nobles e ingenuos, cuasi cuáqueros, reclutaban a colombianos nobles e ingenuos para volar sobre el Caribe y llegar hasta la tierra de la libertad y el consumo pontífice… Mamadas pues, nada que contarle a dios.
Entretanto y entretenido, yo deambulaba con mi Historia de todas las cosas por parques y avenidas (me disgusta manejar porque me impide leer), hasta que un día decidí entrar a una cantina de antaño, en el Centro Histórico, y luego de una cerveza se me ocurrió ir al mingitorio y dejar mi libro. Mi castigo no obedeció al robo, sino a tener esta puta edad y todavía creer que el México que conocí en los años setenta me seguía aguardando con su tiempo mítico, invulnerable y maniqueo. Sí, la pena fue: te jodés, no podrá hablar de esta novela. Pero vino este ex reservoir dog, ahora aplacado, y me ofreció regalarme el libro si le tiraba a matar en una crítica… Y eso intento hoy, pero no puedo hacerle al francotirador porque pienso que es muy buen novelista, pero no ha logrado el buen éxito por algo que yo desconozco, y que las grandes editoriales creen saber, y que mi pareja –con ese pragmatismo que sólo las que domesticaron al animal y crearon la agricultura poseen-, tras leer las solapas del libro en cuestión, me dijo: “¿Cómo crees que las editoriales apuesten por un tipo que, de entrada, se cree la mamá de Tarzán, habla de múltiples premios literarios obtenidos, le mienta la madre a los jurados por no galardonarlo sabiendo de qué pie cojean, en un lugar en donde se odia al triunfador sin padrinos, y todavía presume de medallas por nadar en las albercas?" (mi pareja es buena ondina, yo no). Fin del partido.


16 de septiembre de 2016

Mi querido diario. 15 de septiembre de 2015

Las lluvias han retardado la construcción de la cabaña que está llevando a cabo Ale, hermano de LL y carpintero obstinado. Cuando la termine tendré un hermoso estudio de madera en la azotea de mi casa,  con grandes ventanales y tremendo paisaje. Aislado por completo del resto de la casa.https://www.youtube.com/watch?v=rIF3bVrCYZ4
Avanzo en el estudio del violín, que me ocupa una hora diaria, de seis a siete pm, antes de ir al cotidiano entrenamiento de natación (seis días a la semana). 
Me estoy preparando para el Campeonato Nacional Máster, que será a fines de octubre. La expectativa que tengo es ganar mi primera medalla de oro en natación en piscina. Ya gané una de oro, pero fue en el mar, en el pasado Nacional Máster en Cancún: quedé campeón nacional de Aguas Abiertas 1500 metros en Playa Tortugas (categoría 65-69 años). 

-Mi entrenamiento para el Nacional Máster en Guadalajara va bastante bien. Mis tiempos han mejorado y puedo decir que estoy mejor preparado que en los anteriores campeonatos.
Este año ha sido muy productivo:
-Terminé la escritura de la séptima novela de mi serie El libro de la vida, que ya está buscando su editor.
-Corregí la sexta novela de la misma serie, El sentido de la melancolía.

-Está a punto de aparecer publicado por la Editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor.
-Ya está en su plataforma digital la novela Doctor Amóribus pero el libro impreso no ha aparecido. Esta misma novela terminó de publicarse por entregas en la revista virtual Otro lunes, que publica en Berlín Amir Valle. Pienso ofrecerle a la misma revista otra novela.
-Terminé otros dos textos de los cuales por lo pronto no daré noticia.
-Avanzo en la lectura de Ulises de Joyce, del cual he hecho un par de videos.
-Mi Taller de Novela está funcionando bastante bien. Entrevisté a bastantes postulantes pero me quedé sólo con dos. La mayoría prefirieron poner pies en polvorosa cuando supieron que el taller no era una escuelita de caridad.
-De salud, bien.
-Y proximamente a Colombia.
-No me he jubilado porque a los pobres jubilados no les pagan en el estado de Veracruz.

12 de septiembre de 2016

Muchas fotos, septiembre 2016

En estas fotos podrán encontrar: 
entrega de reconocimiento a MT como deportista destacado de la Universidad Veracruzana; nuestra perra Mila; MT torturando a vecinos con el violín; MT en la playa y en la USBI; Fabrizio Prada, gran director cinematográfico; MT y esposa y otros asuntos.









10 de septiembre de 2016

El arte de la novela

Marco T. Aguilera

Primera sesión del taller de novela en la Escuela de escritores de Xalapa, 27 de julio de 2002.

Primero que todo intentemos delimitar el tipo de personas que escriben o escribieron novelas. Si pensamos en Hemingway, diríamos que aventureros, mujeriegos, borrachines, irreflexivos, prepotentes. Si buscamos en Rulfo diríamos que callados, circunspectos, aislados, parcos, finamente sarcásticos. Si recurrimos a Virginia Woolf, diríamos que  llenos de conflictos, insatisfechos, sensitivos. Si pensamos en el irlandés James Joyce, diríamos que se trata de personas eruditas, desaforadas, burlonas, ambiciosas en términos intelectuales, amantes del amor y del vino. Hay una frase bíblica que se puede aplicar perfectamente a los escritores de novelas: Por sus obras los conoceréis. Cada escritor es lo que son sus obras y no tiene forma de ocultarse. Cada escritor es del tamaño de su ambición. Imaginen que Joyce quiso escribir una novela en la que contara absolutamente todo lo que sucede durante un día en la vida de dos hombres, Stephen Dedalus y Leopoldo Bloom, y lo que sucede en la mente de una mujer, Molly Bloom, durante una hora de divagaciones nocturnas; imaginen que en el curso de este tiempo (un día) Joyce hizo un recorrido completo por la historia de Irlanda, Inglaterra, el mundo conocido, la literatura, la filosofía, la psicología femenina, el arte y la ciencia. “Joyce no se conformó con inventar un hombre o una ciudad, un espacio, sino que creó todo un universo, aunque lo representó, en un solo día”,comenta Ricardo Sigala. Según Yvan Goll, Joyce se divierte en el Ulises parodiando a Dios. Su arte novelístico está basado en una observación minuciosa y en una complejidad de alcances intelectuales que pocos lectores llegan a comprender en su plenitud.  Para Joyce todo tiene un significado que remite a diversos niveles. En el Ulises hay tantas capas de significados que es casi imposible llegar al fondo, como es casi imposible llegar al fondo del significado de los sueños, según Freud. En el  Ulises, hay tantos procedimientos novelísticos, tantas técnicas, tantas alusiones mitológicas, teológicas, lingüísticas, intertextuales, que uno podría pensar en esa novela como una especie de enciclopedia.  El lector comienza la lectura y asiste a la aparición de un mundo vertiginoso, como un universo en el que pasan velozmente alusiones helénicas, parodias teológicas, violentas zambullidas en reflexiones trascendentales, disquisiciones políticas, recetas de vida, aforismos, fragmentos de vidas y todo lo imaginable. Las calles de Dublín configuran todo un universo, en el que el lector se ve inmerso, como en un caudal a veces incomprensible que lo arrastra hacia un final imprevisible. Hay que ser valiente, culto, tesonero, ambicioso, humilde, fuerte, indomable, para llegar a buen puerto en esta novela, que se constituye en una de las cimas de la creación novelística. Al principio de la novela Stephen Dedalus se encuentra en crisis, lo que lo llevará a un cambio. Apuntemos de paso un elemento que considero importante no sólo en esta novela, sino en cualquiera: el cambio. Es necesario que suceda algo. De otro modo la narración no tendría sentido. La novela es  movimiento, aunque sea solamente movimiento de la conciencia.
Hubo toda una tendencia novelística que quiso oponerse a esta idea del movimiento. La que se llamó la nueva novela francesa, o el noveau roman. El resultado fue el aburrimiento y una cauda de borregos que escribían de manera semejante y que hicieron temer que la novela en efecto estuviera en vías de extinción. Volvamos al Ulises  con una última reflexión. Quien hoy en día quiera ser un novelista serio no puede evitar pasar por la ruta donde está el Ulises, como no puede evitar la lectura de  En busca del tiempo perdido, La Metamorfosis, Muerte en Venecia,  todo el teatro de Shakespeare,  La Divina Comedia, La Ilíada  y La Odisea. Y, naturalmente El Quijote.
        Pero detengámonos. Hemos comenzado a acercarnos a la novela por el lado más difícil. Si nosotros, este grupo de personas que estamos aquí reunidos como una cofradía secreta para desentrañar uno de los grandes misterios (cada misterio, grande o pequeño, entraña una pregunta que se debe responder. Aquí la  pregunta sería: ¿Qué es una novela? Si sabemos qué es una novela, tal vez algún día podamos escribirla). Repito: Si nosotros, este grupo de personas que estamos aquí reunidos como una cofradía secreta para desentrañar uno de los grandes misterios... si nosotros fuéramos veinticinco marinos, en un barco, y navegáramos en un mar tormentoso –digamos que ese mar tormentoso es la vida actual—, al estanos acercando al Ulises de Joyce, lo que estaríamos haciendo sería tratar de atracar en un inmenso arrecife de rocas afiladas. Absurdo, naturalmente. De modo que intentemos de nuevo acercarnos al continente de la novela: hagámoslo más amablemente, recurriendo a lo que podríamos llamar “un novelista fácil”, que escribe novelas fáciles de leer, aunque quizás difíciles de digerir moralmente.  Tomemos a Henry Miller y a su novela en tres volúmenes, en tres gordos volúmenes, que se llama La crucifixión rosada.  Los títulos de estos tres volúmenes son Sexus, Nexus  y Plexus. Protagonista: un hombre, un macho, seductor de mujeres, casado, que explota a su legítima esposa, que se enamora de otra, y que se acuesta con todas las que se le atraviesan en el camino. Esto es la novela: el relato pormenorizado de las andanzas de éste, que ni siquiera puede llamarse un don Juan norteamericano: escéptico, sin trabajo (porque no quiere trabajar y todavía no sabe en realidad lo que quiere hacer en la vida), de costumbres no muy de acuerdo con el american way of life. Leamos el primer párrafo: Debió de ser un martes por la noche cuando la conocí: en el baile. Fui a trabajar por la mañana, tras haber dormido una o dos horas, como un sonámbulo. El día pasó como un sueño. Después de  cenar, quedé dormido en el sofá sin haberme quitado la ropa y me desperté hacia las seis de la mañana del día siguiente. Me sentía como nuevo, puro de corazón y obsesionado con una idea: conseguirla a toda costa. Mientras atravesaba el parque, iba preguntándome qué clase de flores le enviaría con el libro que le había prometido (Winesburg, Ohio). Pronto iba a cumplir treinta y tres años, la edad de Cristo crucificado. Tenía por delante toda una vida nueva, si era capaz de arriesgarlo todo. En realidad no había nada que arriesgar: estaba en el último peldaño de la vida, era un fracasado en todos los sentidos de la palabra.
Fíjense bien que si vamos a lo básico, Ulises  y La crucifixión rosada, tratan el mismo tema y tienen el mismo protagonista: un hombre en crisis. Sin embargo la novela de Miller nos ofrece otra textura narrativa: se desliza en la mente del lector, del lector más desprevenido y del menos erudito, del más dispuesto a dejarse seducir, con gran suavidad, sin traumas rocosos. Se trata de una novela netamente autobiográfica de un novelista que se toma a sí mismo como tema de su obra: él es su propio protagonista, su heroe, tiene una moralidad bastante heterodoxa: por lo pronto digamos que no reconoce límites sexuales: todas las mujeres que le gustan deben ser objeto de seducción. Pero la novela va más allá: intenta ser una búsqueda no solo del sexo, sino del amor e incluso de la vocación. Es pues, una búsqueda de un centro, de un sentido. Ulises también es la novela de un hombre en búsqueda de un centro, de un sentido, de una vocación.
            Ahora comparemos estos dos tipos de novela: una compleja, erudita, llena de técnicas novelísticas novedosas, con muchas capas de sentido, que presta atención al más mínimo gesto de los personajes, y en cada palabra tiene un escollo que lo lleva a una exploración a veces dispendiosa, que busca o cifra significados ocultos, y que se desarrolla en las  calles, las casas, las mentes de personajes de Dublín. La otra novela, la de  Miller, bastante sencilla, con una narración lineal, que sigue los pasos de un escritor por la ciudad de Nueva York.
La obra de Miller y la de Joyce parecen ser diametralmente opuestas en algunos aspectos: mientras que el Ulises es una refelxión sobre el sentido del universo, y de todas las cosas del universo,  La crucifixión rosada es un recorrido por la nimia tragedia individual de un hombre que persigue la satisfacción sexual, la realización literaria y el amor. Joyce está crucificado por el peso de la cultura, de la historia y el arte; Miller se siente crucificado, clavado entre las piernas de las mujeres, por eso su crucifición es rosada.
Casi al inicio de Sexus[1] el protagonista de la historia hace una  confesión inusualmente comprometida: Rendirse absoluta, incondicionalmente, a la mujer que se ama es romper todas las ataduras, salvo el deseo de perderla, que es la más terrible de todas. Es una confesión inusual, pues Miller generalmente habla de sexo, no de amor, y habitualmente confiesa desprecio a las mujeres, no devoción. Avanzando en el texto, descubrimos que la receptora de esta protesta de amor no es la esposa de Miller, Maude, sino otra mujer, de nombre Mara, a quien busca con desesperación en un salón de baile de dudosa reputación.
            En contraste con la adoración que muestra hacia Mara, nuestro protagonista se refiere a su esposa Maude como “puta”. Luego dice, refiriéndose a Mara, una bailarina a sueldo: "Estoy enfermo de amor. Mortalmente enfermo"... Y refiriéndose a sí mismo: "Soy un criminal de amor, un cazador de cabelleras, un asesino. Soy insaciable...".
            Por esos días la situación de Miller y su mujer era la siguiente: "Vivíamos en un barrio morbosamente respetable, ocupando la planta baja y el sótano de una lúgubre casa de bien. De vez en cuando había intentado escribir, pero la tristeza que mi mujer creaba a su alrededor era superior a mis fuerzas."
Aquí está pues el núcleo del conflicto que la novela va a desarrollar. Se trata de un problema individual, el del escritor Henry Miller frente al mundo, a la mujer, al amor, a la literatura. En la novela de Joyce es mucho más difícil definir un núcleo, un conflicto: hay demasiadas fuerzas, demasiadas tensiones, demasiadas líneas, demasiadas impresiones. El filósofo francés Henri Bergson sostenía la idea de que el hombre sólo puede soportar la percepción de una parte menor del universo. Y que si quisiera abarcar más, se volvería loco. Por eso, dice, es que la función del sistema nervioso central es básicamente eliminativa. Y aquí es donde hallamos la gran diferencia entre el Ulises  de Joyce, y las novelas de Miller. En el Ulises  hay un intento de captar la totalidad de eventos que le suceden a tres personajes en un lapso de tiempo. En las obras de Miler hay una gran eliminación, una enorme simplificación del mundo.
Busquemos ahora una conclusión que ataña a la novela en general: la novela es un discriminación del mundo, realizada por un individuo, a partir de un caos de impresiones. De ese caos, de ese maremagnum, el novelista quiere sacar un orden, cifrarlo y entregarlo empastado. Así vemos que hay novelas como El viejo y el mar¸en la que tenemos un número limitado de elementos: un viejo, un bote, un gran pez, el mar y el cielo. Y vemos que hay otras novelas, como La Colmena,  de Camilo José Celá, en la que el número de personajes parece incontrolable: cientos de individuos entran, se sientan en un café, hablan, se van, vienen otras personas, se sientan, toman café, conversan, se van.
Hay una expresión en el lenguaje de los costarricenses: “batear”. No quiere decir golpear con un bate una pelota relativamente pequeña y dura que si cae del del cielo puede causar graves contusiones, sino que significa o quiere significar (en Costa Rica, repito) tentar, intentar, tratar de hacer algo sin realmente saber cómo hacerlo. Muchos novelistas escribieron su primera novela bateando. Tal es el caso de la chilena Isabel Allende, quien en reciente entrevista comentaba: “Cuando escribí La casa de los espíritus ni siquiera sabía lo que había escrito, no sabía que era una novela... Cuando se publicó el libro y fui a España, me di cuenta que todo el mundo estaba hablando del libro, y que venían los periodistas y los críticos a hablar conmigo. Yo era una pobre campesina venida de Venezuela que no tenía idea de lo que era el mundo literario, ni que existía la crítica", agregó. "No había leído crítica literaria en mi vida, no había estudiado español, no sabía nada de nada. Y cuando vi que se empezaba a traducir y que llegaban los contratos de las traducciones ya la cosa se me disparó de las manos".
¿Qué conclusiones podemos sacar de esta entrevista? Conclusiones diametralmente opuestas a las que sacaríamos del estudio del Ulises: No hay que ser ni erudito ni importante ni casi nada para ser novelista. Basta con saber redactar y con tener una historia que contar. ¿Quién no tiene una historia que contar? Y, ¿quién tiene la razón? ¿Joyce o Isabel Allende? ¿Cuál es más novela, el Ulises  o  Casa de los espíritus?
 Cortázar en una entrevista dijo: “Mi ideal sería tener un año o dos de tranquilidad, para escribir una novela que me da vueltas en la cabeza hace mucho tiempo. Por eso es que cada vez más me convierto en un cuentista, porque los cuentos los escribes en el avión, en tu casa, en la calle..."
Ah, ¿entonces para escribir novelas se necesitan por lo menos dos años? Dostoievski contestaría que no. Una de las más bellas novelas que se haya escrito, llamada Las Noches blancas, fue escrita en una semana. Conclusión: no hay reglas sobre el tiempo que se debe gastar para escribir una novela.
Les voy a contar una anécdota personal, y espero me disculpen por incluirme al lado de tan ilustres parientes... Resulta que a lo largo de mi vida como novelista he tenido diversas etapas: al principio, a mis veintitres años,  comencé a escribir con absoluta libertad, terminé una novela,  Breve historia de todas las cosas; luego la corregí después de leer una colección de obras grandes (La Iliada, La Odisea, Ulises, El Quijote, Cien años de soledad...) y la mandé a Buenos Aires. Tuve la fortuna absolutamente inconcebible de que me la publicaran con gran despliegue publicitario en una editorial importante. Me pasó lo que a Isabel Allende: me volví novelista sin saber lo que era una novela. Después, ya tomándome más en serio, me preparé como un corredor de fondo y escribí otras novelas, en las que gasté muchos años. Una de ellas, El juego de las seducciones, tardé diecinueve años en terminarla. Y tengo que confesar que esa novela pasó casi inadvertida. Hace poco, quizás un año, me vi movido por una ambición malsana: vi las bases de un concurso internacional de novela con 170 000 dolares de premio. Esa cantidad de dinero súbitamente disparó mi ambición y quizás mi talento. En dos meses terminé una novela que tenía enredada en mente desde hacía años. La mandé al concurso y casi lo gano. Quedé en segundo lugar. Y miren lo que dice Cervantes sobre los concursos: "El  concurso, si es de justa literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero siempre se le lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser el segundo, y el primero, a esta cuenta, será el tercero...".
La conclusión a la que quiero llegar es que no se trata solamente de que uno tenga que encerrarse una década a escribir una obra maestra, sino que llegue el instante preciso, o la musa propicia, que puede ser un cheque de 170 000 dólares, una mujer o la súbita perdida de un empleo. El dinero ha movido a los novelistas desde siempre: Dostoievski escribía por encargo y sus grandes obras se las pagaban antes de estar siquiera imaginadas. No es vergonzoso que el dinero muerva al novelista, sino el hecho de que lo apresure y le haga entregar un producto inmaduro. Nuestro García Márquez comenzó igual que todos: ganando concursos. Ganó el Concurso de la trasnacional de novela Esso, cuando era un pecado de lesa izquierdismo codearse con las empresas norteamericanas.
Hasta aquí hemos estado bateando en el mundo de la literatura y hemos mencionado varios nombres: Joyce, Woolf, Miller, Cortázar, Allende, García Márquez, Dostoievski, y todavía no hemos llegado a grandes certezas, sólo a conclusiones parciales. Sin embargo creo que vamos aclarando las preguntas: ya no una pregunta tan general: ¿Qué es una novela? Sino preguntas más concretas: ¿De qué tratan las novelas? ¿Cómo se escriben las novelas? ¿Cuándo se escriben las novelas? Ensayemos unos cuantos batazos. ¿De que tratan las novelas? Respondo: las novelas tratan de sustantivos. ¿Cómo de sustantivos? Eso es tema de la redacción. No, señores, las novelas tratan de sustantivos: es decir, de personas, animales o cosas. O tratan de lo que le sucede a los sustantivos: aventuras, emociones, traiciones, amores, adulterios, guerras, pleitos. ¿Qué es la novela, entonces? Es un texto de una longitud digamos superior a cien páginas que se ocupa de sustantivos y sus accidentes. Y definamos accidentes como todo lo que le pasa a las personas, animales o cosas. Que haya accidentes es muy importante en las novelas, pues si no hay accidentes, simplemente los sustantivos se quedan ahí quietos, y el lector se aburre de escuchar la cantaleta: una rosa es una rosa es una rosa. Como lectores de narrrativa —he aquí una palabra interesante para nosotros— queremos que le  pase algo a la rosa. Tal vez a los poetas les baste que la rosa sea una rosa, pero a los narradores nos importa conocer los accidentes que ha tenido esa rosa.
Sigamos bateando: “La virtud no tiene historia”. “A la maldad con éxito se llama virtud”(Séneca).  Hay novelas de aventuras, en las que lo más importante es lo que pasa, sumirse en un vórtice: un suceso tras otro, y el lector se emociona con esas aventuras, pero cuando cierra el libro ya la emoción se calma y no queda nada. Hay otras novelas en las que asistimos a rupturas con lo convencional: enfrentamientos con la moral, con las costumbres, con las formas narrativas aceptadas. Las grandes novelas han sido auténticas rupturas con las convenciones. Pensemos en  Crimen y castigo, una obra en la que el autor penetra en la mente de Raskolnikoff, un joven que asesina a una anciana. El autor sigue los razonamientos de Raskolnikoff y prácticamente termina por justificar ese asesinato. O pensemos en las obras de Miller, DH. Lawrence o Anais Nin, que plantearon nuevas reglas en las relaciones afectivas, reglas de libertad sexual, de autodeterminación, de destrucción de los esquemas en los que se basa la familia (establilidad, fidelidad, cumplimiento del deber).  A partir de lo anterior nos enfrentamos a una nueva pregunta: ¿Hay alguna relación entre la moral y la novela?
Respondemos: Sí, claro que sí; cada novela plantea una moral, una forma de ser, modelos dignos de ser imitados, admirados o rechazados. Entonces la novela no es un jueguito de espacios, tiempos, tensiones, ni es un crucigrama o una ecuación con incógnitas, sino que es o debe ser una indagación auténtica en lo que es fundamental para los sustantivos. Para los sustantivos sustantivos, es decir, para los que escriben y para los que leen.
             Y dejemos aquí esta primera sesión. Espero que de acercamientos a otras novelas podamos sacar algunas conclusiones y acercarnos al continente de la novela, que es tan grande, tan variado, tan cambiante, que sin duda el tema podría ser eterno, y mucho más grande que el mundo, pues una novela, adelantémonos un poco en aseveraciones, soporta prácticamente todo, salvo la tontería, la falta de sentido, la retórica, el exhibicionismo, la mentira, la mediocridad, la ignorancia, la vacuidad. En verdad no es cualquiera el que pueda escribir una novela: es solamente el que tiene algo que decir y puede decirlo de manera original.






    [1] Sexus, La crucifixión rosada I, Henry Miller, Alfaguara, 1960. Traducción Carlos Manzano, Barcelona.

4 de septiembre de 2016

Reconocimiento a deportistas de la Universidad Veracruzana

Reconocimiento: la rectora Sara Ladrón, Maribel Barradas,
con los participantes en la pasada Universiada y con los medallistas
Vitelio Ahumada y MT, máximos medallistas
master de la Universidad Veracruzana

31 de agosto de 2016

Resultado de XV Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera: Carlos Colla, ingeniero argentino, resultó ganador

Buenos Aires con Carlos Colla, ganador de la XV Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera

No. 7518 Bogotá, Martes 30 de Agosto de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra


Por: Pablo Hernán Di Marco / Argentina / Especial para Libros & Letras.



La novela El final del cielo y de la tierra del escritor argentino Carlos Colla ha resultado ganadora de uno de los premios literarios más antiguos de Colombia: la Bienal Internacional de Novela “José Eustasio Rivera”.

Pese a que un escritor jamás debe ser valorado por los premios que ganó sino por la calidad de su trabajo, es innegable que obtener la Bienal —premio que incluye la publicación de la novela y también una generosa dotación de dinero— es tanto un reconocimiento como un aliciente para seguir escribiendo.

Mi conversación con Carlos Colla tuvo lugar en un momento de bienvenida felicidad en la vida de un escritor: apenas horas después de enterarse que su novela había sido elegida ganadora.

—Estás casado, tenés dos hijos y ocupás la mayor parte de tu día trabajando como ingeniero. ¿Cómo compatibilizás esa vida con la gran cantidad de horas que exige la escritura?

— C: ¿Y quién dijo que la compatibilizo? En ocasiones mi vida es un desmadre. Si a veces lo logro, no es fácil. Con mucha disciplina e insomnio, una buena cuota irrefrenable de frustración y sacrificando tiempos de descanso y familia pero, parafraseando la canción, es sólo literatura pero me gusta.

—En el año 2000 ganaste en Francia el Premio Internacional de Cuento “Juan Rulfo”. ¿Qué ganaste y qué perdiste como escritor desde aquel año a hoy?

—Gané un mayor sentido de la realidad y de mis vicios y defectos como escritor, y un disco de Bauhaus. Perdí ilusiones.

—Los años que pasaron entre un premio y el otro me hacen sospechar sobre el por qué de las ilusiones perdidas, pero así son los tiempos de la escritura. Estoy convencido de que el principal requisito de un escritor es la paciencia. Espero que obtener un premio como la Bienal resulte un aliciente. Decime, Carlos: ¿cómo te enteraste de que eras el ganador? ¿Cómo viviste los minutos posteriores?

—C: Me enteré por mail. Y lo viví desencajado; estaba en una reunión en el trabajo y tuve que seguir trabajando todo el día.

—¿Qué me podés adelantar de tu novela ganadora del premio?

— C: Son cuatro historias independientes e interconectadas con el telón de fondo del proceso de reorganización nacional y las obras de Pieter Brueghel el Viejo como hilo conductor, en donde coexisten la revolución hippie, el descubrimiento del Amazonas, la masacre de los mártires palotinos, los templarios en la Patagonia y otras obsesiones. Tarde unos tres años y medio en escribirla.

—Los organizadores de la Bienal te invitaron a viajar a Colombia a principios de diciembre para que estés presente en la ceremonia de premiación. ¿Qué expectativas te despierta el viaje?

—C: Lo que ya viene ocurriendo: conocer escritores y personas relacionadas con la literatura. Hasta ahora conocí muchos ingenieros, lo que no está mal porque varios están locos. Y por supuesto conocer esa nación, cuna de grandes escritores.

—Vamos con la última e inevitable pregunta de “Un café en Buenos Aires”: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.

—C: A James Joyce, a La Cigale o a tomar absenta en Salvame María. No le preguntaría nada, me emborracharía con él y después le pegaría un trompazo por haber escrito una obra que la humanidad tardará siglos en superar… si es que lo logra alguna vez. Ah, y si está en el mismo bar trataría de levantarme a Assia Wevill aunque no creo que me dé bola.


Uno de los jurados de la reciente edición de la Bienal es nada menos que el reconocido poeta colombiano radicado en Estados Unidos Manuel Cortés Castañeda. Llamé a la Eastern Kentucky University, en donde Cortés Castañeda trabaja como profesor de español y literatura de los siglos XX y XXI, para saber algo más acerca de la novela ganadora.


—¿Qué motivó al jurado a premiar la novela de Carlos Colla por encima de las otras participantes?

—M.C.C: Desde el primer párrafo El final del cielo y de la tierra es una promesa inquietante que genera interés por la lectura, que logra que el lector se comprometa, sienta empatía con el texto y se convierta inmediatamente en cómplice tanto del proceso narrativo como de las situaciones y los personajes.

—¿Qué puede adelantarme en relación al uso del lenguaje?

—M.C.C.: La novela en su totalidad está bien escrita y lograda y, a pesar de ser extensa, consigue que todo su entramado se mantenga vivo, fresco, y genera en el lector la necesidad de continuar la lectura. La intensidad y el ritmo, que no decaen por ningún motivo, logran que el interés del lector se mantenga durante todo el proceso narrativo. Y la búsqueda por lograr nuevas formas de expresión es tal que la intensidad y la transparencia del lenguaje se vuelve de manera progresiva y sutil uno de los personajes del texto.

—¿Quiénes fueron tus compañeros jurados?

—M.C.C.: La escritora cubana Lourdes González y el escritor colombiano radicado en París Eduardo García Aguilar.

—Muchas gracias, Manuel. Ahora solo nos queda disfrutar de la lectura de la novela.

Pablo Hernán Di Marco

* Pablo Hernán Di Marco.

Autor de las novelas Las horas derramadas (ganadora del XXI Certamen Literario Ategua 2010, España), Tríptico del desamparo (ganadora de la I Bienal Internacional de Novela «José Eustasio Rivera» 2012, Colombia), y Espiral (finalista del XIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2015, España). Desde Buenos Aires trabaja vía Internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas.

Sígalo en Facebook: pablohernan.dimarco

26 de agosto de 2016

Viaje compartido

Cuento incluido en Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor, próxima edición en la Editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Este cuento es muy parecido a "Diatriba de amor contra un hombre sentado", monólogo escrito por García Márquez. El mío fue publicado en 1983; el de don Gabo en 1992.
Antes, les ofrezco en link con el video del monólogo escrito  por García Márquez, para que compare y saque conclusiones.
https://www.youtube.com/watch?v=cDjJyepkBNM
Sí, dos veces nada más. ¿Quién te lo contó? La que está más fresca es la de ayer. Y no porque yo quisiera, sino simplemen­te porque salí de la casa dispuesto a ver una buena película. Premiada en Cannes, nacional, curiosa­men­te. Tú no estabas, supongo que habías dejado a los niños en casa de mamá y decidiste visitar a Lolita. Cuando entré en la sala y vi las luces apagadas supe que te habías ido y que yo solo no podría soportar un hueco de dos horas sin hacer nada. Ni la música ni la televisión alcanzan a llenar el vacío que tú dejas. Tomé el periódico y lo abrí en la sección de espectácu­los. Entre tanta piel brillante alcancé a vislumbrar un pequeño recuadro, unas palmas de olivo y un escudo. Ésta debe ser una buena película, me dije, lo malo es que el  sitio no debe ser de primera si se anuncia en caracteres tan microscópi­cos. Sea por Dios!, esta soledad simplemente no puedo soportar­la. El garage semivacío reafirmó mi necesidad de asistir a un buen espectácu­lo. Puse el motor en marcha y busqué la direc­ción en el mapa.
                !Mi amado, las montañas,
                los valles solitarios nemorosos,
                las ínsulas extrañas,
                los ríos sonorosos,
                el silbo de los aires amoroso!
                            Cántico Espiritual     


Un enorme cacto, cuyas ramas, como de árbol, se exten­dían a lado y lado de la barda. La piel de un verde casto apenas si podía tocarse, con mucho cuidado, introduciendo la mano de canto, entre las espinas largas, filosas y resistentes. Con un cuidado infini­to, ayudado por el cuchillo de la cocina, fui limpiando la superficie. Al inicio fue difícil porque no existía espacio suficiente entre las espinas. Luego, después de sufrir varias punzadas, el espacio devastado fue creciendo hasta que ya no hubo mayor problema. La savia de un blanco lechoso hacía su aparición cuando arrancaba cada espina. La cicatrización duraba varios días y finalmente terminaba por integrarse el verde delicado, hasta hacer casi imperceptible la herida. Una vez que hube concluido la operación, pude acariciar sin riesgo la piel. Entonces, con el mismo cuchillo, dibujé un corazón, escribí mi nombre y dejé un espacio en blanco. Esperé. Una semana más tarde leí: Paty.

Para quien está acostumbrado a la sagrada rutina del traba­jo, la iglesia y el hogar, un mapa no basta. Y por eso me extra­vié entre calles tortuosas, fábricas obscuras y señales contra­dicto­rias. Di dos o tres vueltas. Y finalmente lo hallé. Pero, qué encuentro?... Las luces están apagadas, no hay público, la taquilla está cerrada. Casi contento retorno al auto y emprendo el retorno a casa. Me digo, Paty ya debe estar esperándome, enciendo la radio, avanzo a tientas y con mucha paciencia logro salir del laberinto. Debo confesar que a pesar de todo me sentía un poco contrariado. Si hay algo que me caiga mal es hacer planes y que después no me resulten. Iba bajando por Madero para luego tomar Avenida Universi­dad, cuando veo las luces, veo la marquesi­na luminosa y me acuerdo de que aquel es el Blanquita, un sitio al que fui hace ya tanto tiempo con los compañeros del seminario. No es un lugar muy recomendable, pero es que me sentía, no sé cómo decirte, con ganas de hacer algo diferente. No escandaloso, claro está, sino diferen­te, entrar en contacto con otro tipo de perso­nas. Pensé por un momento en las palabras del Padre Ruvalca­ba: "Vivimos en nuestro mundo, pero olvidamos que somos compañe­ros de otros mil mundos". Y creo que el Padre Ruvalcaba tiene razón. Es cierto que somos felices, que glorificamos a Dios, que pertenecemos a la Sociedad de la Purísima Hostia y que hacemos lo posible por no contrariar Sus mandamientos. Pero, y los demás? Qué hacemos por siquiera conocer a los compañeros de viaje? Fue ese pensamiento el que me impulsó a detenerme en medio del camino. No encontré un estacionamiento cercano y por ello decidí dejar el auto en una calle adyacente. Le puse las dos alarmas, desconecté el flujo de electricidad, no vaya a ser que me robaran por andar de piadoso.  Pregunté, a qué hora comienza la función? Me dijeron, comenzó hace dos horas; dije, ah, bueno, qué lástima. Un poco reconcilia­do con mi propia conciencia llegué a la conclusión de que era más prudente regresar a casa. Paty ya debía estar esperándome. De salida no pude evitar mirar las fotografías de la cartelera. Jesús!, muchachas en posiciones impúdicas, muchachas con ropa interior negra, vestidas con ropajes de fantasía o sin vestido, simplemente sin vestido, con las manos cubriendo las partes indecorosas de sus anatomías. Tuve un movimiento de repulsión y me sentí feliz de que la función estuviera a punto de concluir. Discúlpame, voy a prender un cigarrillo. El primero que me atrevo a quemar en este sagrado recinto. Puedo explicártelo. El hecho es que casi iluminado por una luz nueva y desconocida emprendí el regreso al auto, conven­cido que había estado al borde del abismo y que el enemigo malo me había llevado por malos pasos. Claro!, había malinterpretado las palabras del Padre Ruvalcaba, me pesa, me pesa.

Yo estaba con la cabeza baja mientras papá hablaba sobre mí.  Tu madre y mi madre me miraban orgullosas. Estábamos sentados todos en la sala de tu casa. La lámpara de cristales parecía un árbol invertido cargado de piedras preciosas colgando del techo. Un cuadro con los pecadores aullando entre las llamas y con la Virgen flotando sobre ellos, presidía la escena. Cuando tu padre llamó, Paty, yo levanté la cabeza. Tardaste un momento en apare­cer y yo supuse que te estabas peinando los rizos o que estabas acostando a tus muñecos o que tenías vergüenza, como yo. Tócanos Para Elisa, pidió orgullosamente tu padre. Pusiste las manos a tu espalda y casi con miedo dijiste, Papi, todavía no me sale bien. Hubo un instante de silencio tenso, una mirada imperativa y finalmente te sentaste al piano. Los primeros compases fueron indecisos, luego la música fluyó gloriosa y cristalina y cuando bajaste la cabeza y pusiste las manos sobre el regazo ya había comenzado a amarte.

Ya llevaba unos cien metros caminados cuando pienso: y por qué voy a echar a perder la buena intención? Pues simplemente aquí traigo un librito pío, me siento en la antesala y espero a que comience la próxima función. Efectivamente, volví al auto, me percaté de que todo estuviera en su sitio: las alarmas conecta­das, el distribuidor sin contacto, las puertas completamente selladas, y tomé mi libro de la guarda, uno que me había prestado el padre Ruvalcaba y que me ha ayudado mucho, es un gran auxiliar en esos momentos en los cuales hay que esperar en una fila en el banco, o hacer antesala, cualquiera de esas circuns­tancias imprevistas que se tornan en una tortura si uno no tiene algo que hacer, algo en qué entretenerse. Enton­ces sí, bueno, fui, me senté. Naturalmente que me veía un poco fuera de sitio en aquel lugar, con mi traje High Life y mi corbata Oxford. Me la quité rápidamente. Me desaliñé la camisa. El aspecto de los que me rodeaban no era muy tranquili­za­dor: muchachos greñudos de pelo reseco como la paja, campesi­nos de pata al suelo, algún individuo con facha de carnicero, unas manos de indudable mecánico, rostros de cualquier cosa, pero no gente de mi nivel, naturalmente. Me senté a esperar y me subí un poco la bufanda. No, no porque tratara de impedir que me recono­ciera alguien; tú sabes que a veces uno se puede encontrar en los sitios más insospechados con la gente que va, gente que... A propósito, quién te contó? Recuerdas lo que se dice de Poncho Rumayor sentado en un bar de mala muerte en Nueva York? Te digo, la vida es extraña, los caminos de Dios son...

Les molestaba que yo no quisiera participar en sus conversaciones, que evitara los secretos que para todos eran un miste­rio apasionante. Y por eso me llevaron al Blanquita. Ni siquiera me dejaron mirar los fotografías de la entrada e impidieron que protestara porque sólo veía a gente mayor a mi alrededor y escuchaba risas inso­lentes y malas palabras. Claro que tenía un poco de curiosidad, pero el miedo era mucho mayor. Me temblaban las piernas y tenía unas ganas horribles de hacer pis. Ellos se sentaron a lado y lado y me hacían cosquillas y trataban de tranquilizarme. En el seminario mis compañeros comentaban que yo iba a ser sacerdote de verdad y eso los molestaba. Todos estaban ahí por obligación y trataban de violar las reglas y quien más lo hiciera resultaba el más admirado. Apenas si tuve tiempo de ver a la primera bailarina cuando eché a correr.

...gente que uno realmente no piensa que puede ir a uno de esos lugares, pero que efectivamente de pronto resulta la casua­lidad de que allá se encuentre con el gerente del banco donde uno tiene la cuenta, que se tropiece con el médico familiar, con el abogado, y bueno, es embarazoso y uno tiene que dar explicacio­nes, y ellos también, pero el caso es que yo no me subí la bufanda porque quisiera ocultarme, sino simplemente porque estaba haciendo frío, bastante frío. Comencé a leer. Eran bellas pági­nas, seleccio­nes de la Biblia, hasta me aprendí de memoria algunos paisajes: Contemplad los lirios del campo: ni Salomón en medio de toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba del campo que hoy florece y mañana se marchi­ta, no tendrá mucho más cuidado de vosotros, hombres de poca fe? Imagínate si con ese tipo de pensamientos me podía sentir mal aunque estuviera haciendo antesala a las puertas del infier­no. Todos somos criatu­ras de  Dios.

No recuerdo con precisión qué fue primero. Si nuestros nombres sobre la piel del cacto o la velada en casa de tus padres. Lo que sí recuerdo con exactitud es que tu nombre apare­ció, todavía adornado con gotas frescas de savia, cuando estaba perdiendo las esperanzas. Y aunque tú jures que jamás escribiste en el espacio en blanco yo sé que lo hiciste porque ninguna otra persona pudo hacerlo. Ni el jardinero que cortaba la hierba una vez por semana, ni Petra, que ya estaba muy vieja para andarse subiendo en las bardas, y mucho menos tu padre o tu madre, que ignoraban nuestros juegos infantiles. Fue algo hermoso y no entiendo porque te empeñas en negarlo, si no tiene nada de malo. O es que crees que yo estoy inventando. Apuesto que si volvemos a la vieja casa y el cacto está en su sitio, podremos ver las huellas.
        
Por eso me senté bien adelante, bien adelante. En la fila E-10, me acuerdo con perfección. Sonó la primera llamada, como en los conciertos, imagínate. Los hombres se frotaban las manos, había que verlos, fumaban nerviosamente, leían revistas escanda­losas, crónicas sobre crímenes, hablaban con toda desfachatez sobre temas bastante apropiados para el sitio. Otro mundo, absolutamente otro mundo, te digo, compañeros de viaje totalmente extraños a nosotros. Yo naturalmente seguía leyendo mi respetable libro, puesto que no era asunto de mezclarme con ese tipo de gente. Lo mío llevaba una intención piadosa, tú sabes. Sonó la tercera llamada. Me atreví a pedirle a mi vecino, un muchacho con la piel más desastrosa que haya visto en mi vida, el primer cigarrillo de mi vida y cerré el libro, todavía repitiendo de memoria las palabras consoladoras: No tendrá mucho más cuidado de vosotros, que de los lirios, hombres de poca fe? Los primeros acordes coincidieron con mi ataque de tos. Cuando logré sobrepo­nerme pude escuchar una especie de guaracha, o mambo, algo de esa clase, no sé. Se abrió el telón y el escenario estaba vacío. Por los altavoces se anunció la presentación del Ballet Femenil del Teatro Blanquita. Aparecieron cinco muchachas, naturalmente...con poca ropa. Cuatro de ellas bastante torpes. Y una muy experimen­tada. Se movía de forma bastante graciosa...No, "graciosa" no es la palabra. Seductora, envolvente, sugestiva.


Cuando regresaba del seminario los fines de semana, lo primero que hacía, antes de desempacar la ropa sucia y los libros, era ir al patio, subirme a la barda y sentir con mis dedos las letras en la obscuridad. Desde mi puesto de observación trataba de adivinarte tras las cortinas de la sala o en las luces prendidas de tu habitación. Y en algunas ocasiones tuve la  suerte de ser recibido por la música del piano. Hablar, verdade­ramente hablar, nunca lo hicimos en esos tiempos. Todo se limita­ba a indi­cios, señas, ecos, sombras, sonidos, papelitos volando. Y así como yo comencé a vivir para descubrirte tras cualquier movi­miento que se produjera en tu casa, tú permanecerías en el balcón del frente esperando el instante en que, siendo sábado por la noche, escu­charas el cláxon del auto pidiendo que abrieran el garage. Enton­ces, después lo supe, te peinabas los bucles apresu­radamente y corrías a sentarte frente al piano. Y por eso, desde que apren­diste horas y fechas de mis llegadas, la música me recibió.

Sí, era una morena a la que se le notaba la experiencia, que dominaba con su actuación todos los matices de los rostros provocadores, de los gestos lascivos, sin que dejara de tener su arte, por supuesto. Y las otras cuatro eran una chica bastante obesa y torpe cuyos movimientos estaban en desacuerdo con los de las demás bailarinas; otra era más bien tímida, una joven inex­perta, daba la impresión de que era su debut; de las dos restantes, no me acuerdo. Terminó la presentación del Ballet Femenil del Teatro Blanquita y luego vino una comedia con Fufurufo, un gordo que se ha  dedicado a difundir la pornografía, la desnudez, la entretención barata y perniciosa entre las clases populares de Monterrey. Además de Fufurufo estaban una señora ya mayor, una jovencita extremadamente bien formada, simpática, y... un galán, el típico macho engominado. El argumento consistía en que Fufurufo compraba unos anteojos mágicos con los que podía ver desnuda a la gente. Al final descubre que el novio de su hija, cómo decirte...pues, tiene...pocos atributos masculinos, no sé si me entiendes. Que no tiene...cierta parte del cuerpo bien desarrolla­da. Esa fue la primera comedia en la cual todo se desenvolvía dentro de un ambiente de procacidad que no carecía de cierto ingenio, que he de confesarlo, me hizo reír a pesar de mi actitud eminentemente piadosa.

Avanzabas por el pasillo central, la primera en la fila de tu colegio. Tu madre dejaba escurrir lágrimas silenciosas. Tu padre musitaba oraciones en voz baja. La música del órgano hacía estremecer las paredes de la Catedral y mi alma se agitaba como una sábana tendida en un viento ciclónico: giraba enloquecida con una ebriedad mística que estaba a punto de hacerme desfallecer. Cuando te arrodillaste y separaste una mano de la otra para apartar el velo que obstruía el camino de la hostia hacia tu boca, creí que no lo iba a soportar, que iba a ponerme a berrear de emoción. Aspiré profundamente tres veces y recuperé la compos­tura. Viniste con la cabeza baja y te arrodillaste a mi lado. Al salir de la iglesia, mi padre me hizo el gesto conveni­do. Me acerqué a ti y te entregué, sin decir una palabra, la Biblia con letras de oro y separador de seda que te había comprado en Barcelona. Tú tampoco levantaste los ojos. Ni dijiste gra­cias. Los cuatro caminamos juntos hacia el auto.

Ah, bueno, se me olvidaba: durante la comedia, apenas aparecía una mujer, el público gritaba oso, oso, oso. Yo realmen­te no comprendía que querían decir con esa expresión. Es posible que formara parte de un lenguaje cómplice que allí se estilaba, o alguna expresión de doble sentido, no había que ser muy agudo para adivinar la existen­cia de una significación impía. Más tarde vino la presen­cia de la juvenil Bety Jiménez, Bety Rodríguez, no recuerdo: una muchachita de aspecto bastante decente, muy bien cuidada en cuanto a su aspecto físico, y comenzó a bailar de forma interesante. Lo interesante era que... No, no lo interesan­te... Lo curioso era que el vestido, totalmente dorado por el frente... en cuanto se dio la vuel­ta... tuve que bajar los ojos. Te­nía descubier­tos los omóplatos y la parte donde la espalda se vuelve obscena... y los glúteos, vamos, tenía descubiertos los glúteos. En ese instante tuve la tentación de salir, pero veinte o treinta piernas lo impedían y estaba seguro que en cuanto me pusiera de pie me harían una silbatina terrible. Me resigné pues a seguir en mi sitio. Y cuando daba la espalda la muchacha, el público se enardecía y gritaba oso, oso, oso. La muchacha no se inmutaba... O sí, sí se inmutaba. La que no se inmutó fue Norma Lee, al final. Ya te contaré. Permíteme prender otro cigarrillo. Disculpa. No sé. Es algo como una lavativa espiritual, como un lubricante, me permite hablar con libertad. Ah, se me olvidaba mencionar, esta muchacha, Bety Rodríguez, Bety Jiménez, como quiera que se llame, era... blanca, blanquísi­ma y tenía el pelo rubio. Naturalmente se notaba que el pelo era de un rubio artificial. No, bonita no, de ninguna manera: su rostro redon­do, los ojos invisibles en la obscuridad de unas ojeras espantosas, la boca grande y vulgar; sin embargo, sus manos, sus piernas, su cuerpo en general eran de una claridad, de una diafanidad que no inspiraba ningún mal pensamiento. Bueno, como decía, terminó la primera parte. Yo naturalmente volví a mi libro. Y fue san Pablo quien me tomó de la mano: La caridad es longánime, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha... Las palabras me envolvieron de tal manera que me olvidé de todo: ...no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera.  Las palabras me elevaron por sobre lo temporal y solamente regresé al salón cuando se dieron las tres llamadas de ley.

Como todo saleciano de corazón yo invocaba a Don Bosco en mis actividades, lo imitaba en su fe y lo seguía en su ejemplo. Cuántas veces su imagen preciosa me salvó de la tentación durante la peligrosa época de la adolescencia, cuántas veces estuve al borde del pecado mortal, cuántas veces estuve a punto de romper, aunque fuera en la imaginación, el irrecuperable voto de castidad con que había santificado mi vida. Y no es que yo tuviera la vocación sacerdotal. Nunca la tuve. Me arrastraba, como a San Agustín, la necesidad de conocer el mundo. Sospechaba mis debilida­des y por ello la lucha era más tenaz. Tú eras mi objetivo, y yo, como San Antonio, que forjó una gran santidad viviendo en el desierto, quería acrisolar mi voluntad de llegar puro al matrimo­nio, aunque viviera rodeado de alimañas. Y eso que jamás se había hablado de matrimonio o cosas semejantes entre tu familia y la mía. Todo sucedía aquí, en mi cabeza. Y lo que son las afinida­des: también en la tuya. El nuestro fue un auténtico matrimonio de almas, un matrimonio espiritual.

Llega el momento estelar de la noche y se anuncia la presencia de Norma Lee. Naturalmente todo el mundo aplaude, todo mundo se acomoda en sus sillas, la mayor parte saca sus cigarri­llos y los enciende nerviosamente, hay comentarios; parece que algunos ya la han visto, a la Norma Lee, me refiero. Pedí otro cigarrillo entre disculpas. Mi vecino me regaló esta cajetilla, imagínate. Y aparece Norma Lee. Imposible negar que Norma Lee es una mujer hermosa. En el pelo intensamente negro luce una cinta así como griega recogiéndolo.

Dios siempre premia a las almas que confían en Él, las llena de dones y  yo no tenía por qué ser la excepción a la regla divina. Siempre esperé confiado el cumplimiento de mis propósitos y cuando nuestras relaciones pasaron del jardín a la sala de tu casa, no me asombré en lo absoluto. Fueron mis oraciones y supongo que las tuyas las que formalizaron un compromiso del cual jamás se habló. No recuerdo una primera vez sino la  mezcla compleja y a la vez invariable de mil tardes, sentados en los incómodos sillones, uno al lado del otro y tu madre al frente, bordando incansablemente mantelitos blancos de crochet para  vender en las ferias de la parroquia y de paso para llenar el tiempo de su vida. La suma de las palabras que cruzamos durante diez o doce años de noviazgo no alcanzaría a componer un libro de poemas. Siempre hubo algo que se interpuso entre tú y yo. Un juego de damas chinas, un tablero de ajedez, el piano. Pero nos bastaba. Alcanzamos la comunión espiritual a través de los objetos.

Apenas hubo cantado la primera canción, se quitó esa cinta y el pelo cayó hacia atrás formando un diluvio negro que la envol­vía toda, y cuando giraba era un remolino hermosísimo, especial­mente porque, tal como la primera, Norma Lee era intensamente blanca, intensamente blanca, con una piel deliciosa, bellísima, indescrip­tible... Entonces bailó, volvió a cantar, con una voz lo suficiente­mente educada como para no causar mala impresión, pero no con la maestría que haría exclamar a un conocedor; y una vez que hubo cantado desapareció por un segundo. Se levantó otro telón y apareció un hombre ya mayor, con corbata, de aspecto respetable, y comenzó a tocar en la batería una música de estilo africano, tú sabes ese ritmo acelerado de los tambores resonantes, sí, de estilo africano, porque hay algo de esos estilos primitivos africanos que tiene que ver con lo que me atrevería a calificar como el llamado de la bestia, algo que pone en ebullición la sangre, como que todos escondemos bajo la piel a otra criatura menos temperada y cuando uno escucha esos tambores sabe que algo diferente va a suceder, que algo... no común está a punto de iniciarse y que tanto uno como el mundo somos diferen­tes, no sé si me entiendes; el sonido fue elevándose gradualmente hasta que apareció Norma Lee... Norma Lee apareció y ahora estaba mucho más ataviada, vestida de pies a cabeza con una especie de túnica árabe hecha con muchos velos y llena de cintas, cantida­des de cintas, por todos lados, de modo que cuando giraba parecía un trompo al que se le hubieran amarrado una serie de... no sabría cómo definirlo ... Parecía un rehilete, una visión, un trozo de sueño que no alcanzaba a definir.

Un pedacito de cielo lo arregla todo, decía Domingo Sabio, y yo no tuve un pedacito, sino el infinito en mis manos, cuando avanzaba por el pasillo central de la Catedral hacia el altar mayor, ante el cual tú serías, finalmente, la esposa con la que compartiría penas y alegrías hasta que la muerte nos separe. Creo que por primera vez, tras recibir el anillo de mis manos, me miraste fija y sostenidamente a los  ojos. Entonces no supe que hacer y ni siquiera escuché las palabras del oficiante cuando dijo, si el cónyuge lo desea, puede besar a su esposa. Estaba totalmente anonadado y poco faltó para que echara a correr. Sólo cumplí con mi deber cuando mi padre empujándome disimuladamente me susurró al oído, bésala, atarantado. Tú retiraste los labios y me ofreciste, sonrojada hasta el último pelo, la mejilla.

Un trompo en movimiento, y ella en el centro girando, girando, entre colores, la mayor parte de los colores luminosos, que ha­cían contraste con su pelo negro y armonizaban con su piel intensamente blanca. Comenzó a bailar y lo hacía bastante bien y se notaba que tenía rudimentos de ballet. Se notaba que era una profesional y no simplemente una aficionada. Y curiosa­mente no se escuchaban los  gritos de oso, oso, oso!, que se habían escuchado a lo largo de toda la función. Bailó muy hermo­samente, con placer y seducción, y comenzó a destrenzar cintas, una cinta aquí y otra cinta allá, y parecía que estaba envuelta en ropaje­s, inmensamente envuelta en ropajes y que jamás iba a terminar de desenvolverse. Pero eso en vez de apagar la emoción hacía que ésta creciera, y, bueno... su vestido quedó reducido a un par de piezas y surgió aquella escultura clásica, perfecta, perfecta, sin la más pequeña fisura, sus manos eran alas de paloma en un aire manso y su cuerpo se estremecía de una forma intensamente artística y yo me dije, en realidad no he perdido mi tiempo: esto es arte. Pero, después de esta danza que podría llamarse de odalisca o ritual o esotérica, quizás de vestal, una vez que quedó en prendas menores, comenzaron las voces a gritar desde atrás oso, oso, oso!

        
Ni tú ni yo queríamos ser el primero en salir del baño. Yo me duché tan minuciosamente como pude, me afeité hasta que la piel se me puso encarnada, leí el reglamento del hotel, me senté en la taza y traté de escuchar. El agua de la regadera en tu baño seguía sonando y a lo lejos se podía oír la música de la orquesta en el salón, recuerdas? Alegrías y tristezas del amor sonaba en el primer piso. Supuse que te estaba sucediendo lo mismo que a mí, pero no tuve el valor de abrir la puerta primero. Miré el reloj. Era la una de la mañana cuando por fin escuché el sonido de tu puerta. Y ni siquiera entonces salí. Por el siseo de las sábanas y el ruido del apagador imaginé que te habías acostado y tomé el pomo de la puerta. Pero no pude. A la una y media unos golpecitos modestos me hicieron despertar. No tienes sueño?, preguntaste, y no me quedó más remedio que salir. Al día siguien­te fuimos a pasear en góndola y le dimos de comer a las palomas en la Plaza de San Marcos.

Y esta mujer ni se inmutaba como la primera joven sino que estoicamente seguía su rutina. La música bajó hasta un nivel casi inaudible. No. Antes de eso ella formó figuras perfectamente geométricas con su cuerpo, había momentos en que solamente se podía percibir su anatomía de la cintura para abajo. Sus partes se destaca­ban de una forma desasosegante y aquello era como una manzana perfilada contra el horizonte morado de la cortina. Se acostó, se abrió de piernas y formó  una "V" impeca­ble, y todo el mundo gritaba oso, oso, oso!, y ella se acaricia­ba sin ninguna morbosidad, simplemente como un ritual, me perdo­narás la compara­ción, como podría ser la Santa Misa, era algo perfecta­mente artístico, y después que hubo formado todas estas figuras, hermosas, sin lugar a dudas, puesto que el cuerpo humano no tiene nada de pecaminoso, descendió el ritmo, descendió el sonido hasta un nivel bajísimo... y apareció un hombre, un macho, un héroe griego, una estatua de Apolo... No me queda bien decirlo, pero era, quizás... el hombre más bello que he visto en mi vida. Apareció ante el público bailando en impecables puntas de pies con su cuerpo que estaba formado por dos intachables triángulos unidos por una cintura imposible. Traía un ademán de dominio y comenzó a bailar en torno a ella, la envolvió, la colocó en cuantas posiciones quiso y simulaba lo que era inconfundiblemente el acto de amor en tantas formas distintas  que yo no pude menos que sorprenderme.

Otras veces sucedió lo mismo. Entramos en el baño y ninguno de los dos quería ser el primero en salir. Durante la tercera noche en Venecia, mientras el agua caliente corría por mi cuerpo sentí una agradable y quizás incómoda sensación. Te juro que era la primera vez que sucedía. En el seminario menor el agua fría calmaba cualquier ardor. Una parte que hasta entonces había sido accesoria en mi anatomía, comenzó a adquirir vida propia y a exigir con apremio algo de lo que, puedo decirlo con la mano sobre la Biblia, hasta entonces no había tenido la más leve idea. Fui yo entonces quien inauguré la cama y quien toqué a tu puerta. Me coloqué de espaldas y esperé a que estuvieras a mi lado. Toda la fuerza de voluntad que puse para vencer el temor de abrazarte, me robó la energía extraña  que en el baño había sentido. Luego fuiste tú quien me abrazó y sintió mi cuerpo rígido y mi ánimo pasmado y quien finalmente me dio la espalda cuando te percatas­te de que no había más. Los dos estábamos esperando, pero no sabíamos qué.

Y yo me dije, esto es cosa de otro mundo, cuánto he perdido, cuánto he perdido: la clásica posición de la mujer mirando al cielo no está mal y es la que recomiendan los doctores de la iglesia, pero aburre; imaginando pues un poco todas las posibili­dades que podríamos, Paty, discúlpame, ensayar, si tú accedieras a este tipo de cosas. Y este hombre, en actitud de soberano dominio, la colocaba de espaldas, de frente, de cabeza... se cruzaba de brazos y abría las piernas y le ordenaba aquí! aquí! bésame!, y ella no quería aquí! a mis pies! de rodillas! bésame!, y ella no quería y ella estaba en el suelo tirada con el pelo sobre el rostro y ella no quería y el hombre la tomó del pelo y la atrajo hacia su cuerpo y ella lo golpeaba y lo golpeaba hasta que por fin rendida ante lo imponente de aquel macho tuvo que hacer lo que éste le exigía y ni te digo lo que era porque no me lo vas a creer. Y yo sentí una cierta emoción contraria a mi actitud eminentemente piadosa, puesto que si estaba allí era para compartir el viaje con los compañeros de este mundo a los cuales tenemos tan olvidados. Sin embargo, me contuve, cerré los ojos y con la ayuda de Don Bosco recuperé la compostura. Había sido una debilidad humana, simplemente humana. Somos seres finitos, criaturas de Dios y estamos sujetos a los azares del mundo. Tras echar una mirada al público seguí contem­plando a aquella mujer, quien después de que fue poseída, simbóli­camente, claro está, puesto que tanto el hombre como la mujer conservaban sus taparra­bos y lo que alguien llamó las pezoneras, después que la mujer fue poseída simbólicamente, llegó el momento en que el macho desapareció y el furor de la multitud se elevó unánime: oso, oso, oso! Y luego los gritos se transformaron en súplicas, madrecita, danos oso!

Tras una semana en el Hotel del Gran Canal seguíamos siendo los mismos novios candorosos de siempre. Caminábamos por las calles tomados de los dedos meñiques e incluso en los momentos de dicha suprema llegábamos a darnos besos siempre púdicos. Retornamos a la casa que nos tenían lista nuestros padres siempre provisores. Nos ocupamos de las minucias domésticas y  pretendimos olvidar el asunto. Pero sabíamos que había algo inconcluso porque nuestros cuerpos pedían la consumación de un acto que estábamos lejos de imaginar. El viaje a la playa fue un pretexto velado. Comer mariscos fue una sugerencia que deslizó mi padre casi al azar, en medio de una conversación intrascenden­te. Pero yo adiviné sus intenciones y si no le pregunté directa­mente fue porque había algo de vergonzoso en el tema. Hay cuestiones que no se deben tratar y de las cuales sólo la naturaleza puede ser maestra. Tú dolor y mi sorpresa fueron mayúscu­los cuando se abrió la herida.

Oso, oso, oso, ese es mi oso, oso salvaje, oso animal, oso delicioso, oso precioso, oso escandaloso, oso goloso, aquí te tengo lo sabroso!, gritos indecentes, lo supe, lo descubrí fulminantemente, porque vi a un individuo ponerse las manos entre las piernas cuando gritaba su majadería, entonces comprendí toda la bajeza, todo el primitivismo, pero no pude escapar, me sentía llevado por el río desbordado de lo que allí estaba sucediendo y la revelación se hizo aún más espantosa cuando la mujer, obedeciendo a los gritos, con un movimiento rápido, elegante y orgulloso:
         -Si no saben apreciar mi arte, les voy a dar su oso, hijitos, pa que se calmen!
         Se despojó de la prenda inferior y descubrió... al oso, lo que hizo rugir  al público. Ni el mismo Don Bosco pudo ayudarme a superar la emoción y aunque quise cerrar los ojos seguí mirando como hipnotiza­do... porque... la función seguía adelante... La mujer, retado­ra, se acercó sonriente, enigmática, maravillo­sa.
         -Quieren oso, hiji­tos? Lo van a tener.
         Se sentó en le borde del escena­rio... abrió sus piernas y comenzó a moverse y yo sentí que aquella masa humana, yo incluido en ella, iba penetrando en esa mujer... y conocí... el oso... supe que allí estaba la esencia de lo que tú y yo hemos ignorado todo el tiempo por culpa de la prisa y la vergüenza, entendí, cuando ella dio el grito final que el viaje debía ser compartido, y que aquella mujer con sus vestidos brillantes era como una...

Dejamos de hablarnos por un tiempo y volvimos a comunicarnos por medio de objetos. Cuando me oías llegar, tú tocabas el piano y yo recuperaba la emoción y el desencanto de aquella primera noche en la playa. Volvimos a intentarlo varias veces. Era inútil, tu te resignabas estoicamen­te, como una santa mujer.