8 de diciembre de 2016

SALVAJE, la salvaje novela de Guillermo Arriaga

Cuando abro por primera vez la novela  de algún amigo, lo hago con emoción y cierto temor; con emoción porque me hace feliz saber que aquéllos a quienes aprecio forman parte de mi mundo y cumplen con algunas expectativas a las que aspiro al escribir mis libros; con temor porque siempre existe la posibilidad de que me desilusionen: me parece que cuando un amigo escribe lo que me parece un mal libro, se aleja un poco, y comienza a ser menos amigo. Sé que esto que digo es absurdo pero me parece explicable en una persona que resulta ser intolerante en el tema de la calidad literaria.
Compré El salvaje tras haberlo rastreado por semanas en varias ciudades y en cuanto lo tuve en mis manos comencé e leerlo.
Tras un buen inicio hallé algunas debilidades estilísticas que me hicieron dudar de que una novela tan voluminosa (casi 700 páginas) lograra mantener mi atención. Más adelante, la historia me comenzó a atrapar y ya no me fue importante la escasa elaboración estilística. Resulta ser el recorrido casi biográfico por la vida de un rebelde, o más bien un salvaje, que tiende la mano descaradamente hacia los dones de la vida y que recibe de ella incontables reveses y malaventuaras. Las desventuras agobian al protagonista: asesinado atrozmente su hermano por un grupo de fundamentalistas cristianos, muertos sus padres en un accidente de tránsito, descubre que su amante se acostaba son su hermano y con  varios del vecindario.
Lo que pinta Arriaga es un mundo violento, despiadado, de disputas entre bandas, peleas de perros,  mundo de territorios delimitados: los Nazis, los Defensores de Cristo, los narcos, las autoridades venales e inescrupulosas, las azoteas del Barrio Modelo en la Ciudad de México (un auténtico universo al margen de las calles). Simultáneamente con las narraciones de la vida desventurada de Juan Guillermo, el protagonista, aparecen entreverados fragmentos de narraciones de la existencia de un perro lobo y de un mercenario norteamericano (lo que me hace pensar en la estructura de la famosa película Amores perros, de la que fue guionista Arriaga): capítulos cortos, casi fulgurantes, entreverados con la historia central: estructura netamente cinematográfica (se cortan las historias para dar paso a otras; se alternan; se continúan, creando varios focos de interés).
Particularmente dramáticas son las historias de la relación entre el protagonista, huérfano, azotado por todas las inclemencias de la vida, y el perro lobo (que resulta ser un lobo pura sangre): un salvaje enfrentando a otro salvaje, los dos buscando imponer sus leyes. El protagonista, Juan Guillermo, a partir de tantas desgracias y de su propósito febril de conseguir venganza contra los que asesinaron de la forma más despiadada a su hermano, se convierte en un ser que deja salir la parte bestial de su persona, se torna, pues, un  salvaje, tan feroz como el lobo; como ese lobo llamado Colmillo, que termina siendo compañero de vida, su cómplice.
La amante infiel, Chelo, personaje muy destacado, secundario pero fundamental, no es el prototipo de la mujer seductora, atractiva, misteriosa, sino un ser físicamente defenestrado, débil de carácter, propicia a la depresión (que la lleva a acostarse con cualquiera que esté cerca). Chelo cojea, chorrea semen ajeno, desaparece, regresa, desgarra con sus relatos de infidelidades a Juan Guillermo. Me recuerda a uno de los personajes más memorables de la narrativa contemporánea, la insignificante Lisbeth Salander, de Millenium, la trilogía novelística de Stieg Larssen, que logra desmantelar la estructura de poder corrupto de todo un país, a lo que llega después de haber sido violada, vejada, sepultada, casi resucitada y humillada hasta el tuétano.
Salvaje es una novela salvaje, tramada con frialdad racional, matemática, por un narrador ducho en las técnicas cinematográficas;  es una obra grande (casi 700 páginas) que nos lleva  de las guerras soterradas entre las bandas de la Ciudad de México a la cruda existencia de los cazadores solitarios en las montañas nevadas, inhóspitas y casi intocadas el Yukón; es un apretado itinerario de vida que nos obliga a asistir al crimen tramado con sevicia  y al  espanto faulkneriano de la convivencia con el  cadáver de un ser amado; es un testimonio de descargo que nos lleva de la mano, casi como testigos implicados,  a una travesía de terco y desigual amor (el protagonista es casi un adolescente; su amada es una mujer madura, ducha en los lechos) que acompaña y en cierta manera justifica la necesaria venganza.
Hay en la novela un emparentamiento (espiritual) entre la bestia (el lobo) y el protagonista, vínculo que nos permite atisbar la parte oscura del ser humano, esa sombra que según Jung, debemos asumir los humanos para reconocernos como lo que somos en lo más íntimo: más que divinos: satánicos, es decir, salvajes.
El final de la obra es un canto a la libertad y un canto al poder de la voluntad sobre la fuerza del destino.


Muchos reparos podría hacerle a la edición pero me los guardo. Me quedo con la memoria de una semana de lectura intensa como pocas.

4 de diciembre de 2016

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS


Parábola sobre el destino de los justos en un mundo dominado por los injustos. Escenificación de la feneciente y triste concupiscencia de los viejos y su gusto inevitable por las mujeres jóvenes. Parábola sobre el aparthaid y su hipócrita moralidad. Civilización y barbarie enfrentados: el hombre blanco contra los bárbaros (la otra raza, los sub hombres). Amarga reflexión sobre el racismo y la inutilidad (la imbecilidad) de las fronteras.
¿Sería mejor el mundo mejor sin los pobres, sin los negros, amarillos, cobrizos, sin los bárbaros, esos tristes personajes que afean las limpias ciudades con sus chabolas de miseria, su suciedad e ignorancia?, se pregunta el magistrado que gobierna un puesto de frontera entre el imperio y el indeterminado territorio de los bárbaros?
“Lo mejor sería que ese oscuro capítulo de la historia del mundo acabara de una vez, que borraran a esos feos seres de la faz de la tierra y nosotros juráramos empezarlo todo desde el principio, gobernar un imperio en el que no hubiera más injusticia, más dolor”. Así razona el magistrado y luego contra razona: su vida ha estado al servicio de la virtud y la verdad, además de alguna (romántica, idílica) manera admira las virtudes de los bárbaros: “Decidí que cuando la civilización supusiera la corrupción de las virtudes de los bárbaros y la creación de un pueblo dependiente, estaría en contra de la civilización; y en esta resolución he basado mi conducta en la administración. (¡Y esto lo digo yo, que ahora meto a una muchacha bárbara en mi cama!)”
“¡Cuándo aprenderé a no decir lo que pienso!”, se dice el único hombre justo de la novela  Esperando a los bárbaros, de Coetzee, una vez que es reducido a la miseria, a la indigencia y al ostracismo por defender a los bárbaros, a los otros, y por haber entretenido sus concupiscencias de anciano (de forma bastante fetichista, utilitaria, perversa) de una joven bárbara.
Los bárbaros de esta novela son los nómadas que viven libremente, en estado semi salvaje, lejos del imperio. Un imperio que en la obra de Coetzee sintetiza  los estados “civilizados” que quieren imponer su ley a todos los que lo rodean y extenderse al resto del mundo, como se extendieron los mongoles, los romanos, los persas, los aztecas, los incas. 
Es claro que bajo el neutro disfraz del ambiguo  imperio  que es el espacio narrativo de la novela, Coetzee nos ofrece una visión aciaga, sin esperanza, de lo que fue y sigue siendo Sudáfrica, con impolutos barrios boers e interminables y míseros barrios de negros. Pero no es a Sudáfrica a la que pinta (alude) Coetzee en esta novela, sino el mundo entero, el mundo de hoy y de siempre: España y su tormentosa frontera con África; Alemania invadida por gitanos, checos, rumanos; Estados Unidos, tomada por hordas de seres de todas las nacionalidades; Austria, de la que están huyendo los nativos, atosigados por oleadas de árabes, checos, croatas, etc.
El mundo hoy: la tragedia sin solución. Esto es lo que subyace a la novela de Coetzee, el Premio Nobel, cuyas obras han apasionado por su crudeza, su falta de sutileza: aquí no hay un mundo feliz: lo que hay es un mundo infeliz, sin esperanza.
“Un camino que quizá no conduzca a ninguna parte”: éstas son las últimas palabras de la novela y gracias a ellas la obra se dispara de ser la crónica del último año de la existencia de un pueblo de frontera entre los bárbaros y los “civilizados”, a ser una cifra de la historia de la humanidad: “un camino que quizá no conduzca a ninguna parte”.

Ésta, como las otras novelas de Coetzee, nos muestran un mundo sin salida, ante el cual no hay otra alternativa que ejercer la virtud y el arte, aunque sepamos que no llevan a nada que no sea la íntima salvación individual: el mundo está perdido, sólo el individuo puede salvarse en el estrecho mundo de su vida personal.


1 de diciembre de 2016

Fotos recientes y noticias

Terminé la lectura de una buena cantidad de obras literarias y di mi opinión. Pronto habrá rueda de prensa en la que se informa quién ganó los 150 000 pesos.
Sigo leyendo Salvaje, una novela salvaje de Guillermo Arriaga, guionista de Amores perros.
Estoy preparando mi primer concierto de violín en la Escuela de Música de la maestra Estela Cuervo.
Sigo preparándome para el próximo Nacional Máster, que será en la Ciudad de México en mayo.
Espero buenas noticias (siempre estoy esperando buenas noticias).
Posiblemente pronto tengamos nueva edición de Historia de todas las cosas.
Mi cabaña espero que esté terminada antes de un mes.










28 de noviembre de 2016

VIVIR MUCHAS VECES (Conferencia en Facultad de Derecho de la UV)

La foto es de cuando tenía 25 años



Video de la presentación a cargo del Dr. José Luis Cuevas, director de la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana...
https://www.youtube.com/watch?v=Dw_XrtupYn8&t=1s
Es curioso cómo los sucesos de la vida se concatenan para desembocar en ciertos resultados: si uno mira hacia atrás se da cuenta de que nada obedece al azar sino a una especie de plan que no es precisamente el que uno lo diseña. Las decisiones del pasado determinan lo que ha de suceder ahora. Y sin embargo el azar también interviene.
Hace una semana tuve una charla con personas de mi edad en la Quinta de las Rosas. Hablé libre y caóticamente sobre muchos asuntos: los escritores que determinaron mi vida, las mujeres que me atrajeron, me hicieron caer y me levantaron, mis pequeñas  hazañas deportivas, mis fracasos y triunfos literarios, mis grandes alegrías y mis espantosas depresiones. Pero entre todas estas anécdotas, algunas heroicas y otras menos celebrables, se fueron deslizando en mi plática críticas a personalidades de la cultura, la política, la universidad y el mundo. La plática fue video grabada y reproducida en youtube y facebook y pude verme en pantalla objetivamente: Dios mío qué viejo y que feo estoy, me dije, y sobre todo qué tremendas barbaridades dije, que peligrosas afirmaciones. No me arrepiento de ellas: no dije ni una sola mentira; quizás sí pequeñas exageraciones.
Doy un salto adelante: esta mañana (me refiero a la mañana en que estaba escribiendo esta conferencia en mi nueva y vieja MacBook Pro: aclaro que es nueva para mí pero vieja para la actualidad: la compré en un empeño por una cantidad bastante exigua); esta mañana, repito, mientras esperaba a mi esposa para llevarla a su trabajo, me puse a leer una conferencia, una magnífica conferencia de Juan Villoro, pronunciada en un congreso de médicos. Excelente conferencia, llena de erudición, amena e inteligente. Y entonces  me dije: ¿Por qué no puedo yo dar conferencias como esa, en lugar de ponerme a divagar (como lo estoy haciendo ahora) y me respondí: Pues claro que puedo hacerlo. Y eso es lo que estoy haciendo o tratando de hacer: pronunciar una conferencia seria, meditada, en el Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana; lo que es una responsabilidad, concluí,  una responsabilidad que debo asumir con seriedad, tratando de eludir la levedad del ser y de comunicar su sentido profundo, su densidad, o para decirlo con más propiedad y menos originalidad, su trascendencia.
Vivir muchas veces: el oficio del escritor es un título escogido un poco a vuelapluma y aceptado por el doctor José Luis Cuevas, quien es culpable de que yo esté aquí. José Luis es lector de muchos años, me conoce en letra y hoy lo conozco en vivo y le agradezco la oportunidad de estar ante ustedes, un auditorio diferente a los que acostumbro.
Sin preámbulos (nunca olvidaré una palabras de Cantinflas, que citó sin pie de página Fernando del Paso: “Antes de hablar voy a decir unas cuantas palabras”) visitemos las vidas de algunos escritores y vinculémoslos con sus obras: el primero que se me viene a la cabeza es Dostoievski, (“el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos” según Stefan Zweig). Dostoievski,  autor de  Crimen y castigo, una de las novelas más estremecedoras, en la que el joven estudiante Raskolnikov  asesina a una usurera, tuvo un debut meteórico: escribió en forma veloz una novela cortísima, Pobres gentes;  se la llevó a Belinski, el crítico más importante de Rusia, éste la leyó en una noche y al día siguiente el crítico le dijo: “A Rusia le ha nacido un genio”. Así empezó la carrera fulgurante y trágica de Dostoievski, que estuvo marcada por excesos, vicios, enfermedades, y que llegó al extremo de estar frente a un pelotón de fusilamiento en Siberia. Dostoievski vivió en vida muchas vidas (el éxito, el fracaso, la cárcel, desastres y desgracias familiares, la popularidad, el desprecio) pero en su literatura vivió muchas más vidas: la del criminal en Crimen y castigo; la del hombre rebelde condenado por defender sus ideas en Memorias de subsuelo; la de los hijos que son responsables de la muerte de su padre, en Los hermanos Karamazov (novela muy vinculada con la vida y la enfermedad de Dostoievski: la epilepsia, padecimiento que heredó su hijo Aliosha y que llevó a la muerte del niño a la edad de tres años). Vida intensa la de Dostoievski, heroica, patética, luminosa, que marcó su literatura y que ha marcado a interminables generaciones de lectores: dijo Albert Camus (otro de las grandes, grandes escritores, autor de dos obras absolutamente necesaria para cualquier buen lector: El hombre rebelde y El mito de Sísifo: si no las han leído, corran a hacerlo: su vida cambiará, lo garantizo). Dijo Camus: “Los personajes de Dostoievski no son absurdos ni locos: son como nosotros”.
Vayamos ahora a asomarnos a la vida y la obra del otro gran autor ruso: Tolstoi, autor de grandísimas novelas como La guerra y la paz y Ana Karenina (que se inicia con una frase memorable: Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada). Pero la que nos interesa ahora no es ninguna de las anteriores novelas sino La sonata a Kreutzer, obra brevísima íntimamente ligada a la vida de Tolstoi:   obra que resulta ser una defensa de la abstinencia sexual, un análisis de los celos y un alegato demoledor contra el matrimonio, que , si hemos de creerle, resulta ser la tumba del hombre de genio. Pues bien, Tolstoi pudo escribir esta obra gracias precisamente a su vida, la del escritor genial, adorado por toda Rusia, que tuvo que huir de su esposa porque ya no soportaba su control y sus requerimientos. Sin embargo, habría que estudiar también el anverso de la moneda: Tolstoi, como Pushkin,  el gran poeta de Rusia, era una especie de semental al que no se le escabullía ninguna doncellita o matrona. Por su parte la mujer de Tolstoi no era precisamente una arpía sino una mujer que fue capaz de copiar novelas monumentales a mano cinco o seis veces: estuvo, pues al servicio del genio de su marido. En los Diarios de Tolstoi, su traductora al español, Selma Ancira, registra que el escritor llevaba varias bitácoras de  su vida y que una de ellos, en la que escribía sus andanzas secretas, no se lo dejaba leer a nadie y la llevaba cosido a su chaqueta.
Vida y obra están ligados íntimamente. Hay un argumento de Pushkin que me ha impresionado y que he asimilado en carne propia. En sus Memorias secretas (que se han reputado como apócrifas) afirma que los grandes hombres no pueden ser fieles a sus esposas o amantes, porque la fidelidad está lejana a la necesidad de aventuras, de ideas, de novedades, absolutamente indispensables para alimentar la imaginación de un artista.
Hay un caso inolvidable que atañe a dos escritores mexicanos y que tiene que ver con las otras vidas que viven los artistas gracias a su imaginación. Cuando uno lee una novela tan abiertamente libertina y casi pornográfica como es Inmaculada o los placeres de la inocencia, de Juan García Ponce, se pregunta cómo fue posible que este autor, recluido en una silla de ruedas durante muchos años, pudiera escribir tan tremendas escenas de la que es considerada la novela erótica más importante de la literatura mexicana. Es inolvidable el inicio de esta novela: Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Lo dijo, eso fue lo que dijo. De regreso del baño, mirándonos a Anselmo y a mí acostados aquí en la cama y que la mirábamos también. Huelo a ella; todo huele a ella. Desnuda en el marco de la puerta. Alzó los brazos y era como si quisiera borrarse por completo. Pero su cuerpo no la dejaba. No sé qué puedo recordar. Corrió en seguida a la cama, como si no soportara estar lejos. ¿De qué no soportaba estar lejos? Cuando caímos en la cama por primera vez me tenía agarrado del sexo. Su mano en mi sexo. Ya le había visto las manos, desde que llegó. Era fascinante cómo las movía. Allí estaba la necesidad de darse. Pero, ¿por qué? Ella sólo nos oía. Con la pierna cruzada se le veían los muslos. No se pueden cruzar así las piernas. Ya sabía lo que iba a pasar. Pero ni siquiera me conocía. Por eso; era mejor. No saber lo que iban a hacer con ella. En la cama, Anselmo empezó a besarle los pechos. Pero cuando yo me le subí y entré dijo: “No, míralo, me está cogiendo. No lo dejes”.
Y aquí voy a entrar directa e inverecundamente en el pedregoso y divertido campo del chisme (que es, de paso, una de las fuentes indispensables de la literatura): Juan Vicente Melo, uno de los grandes de la literatura veracruzana, en una de sus últimas confidencias etílicas, contó a sus amigos –entre los que me contaba- que García Ponce, que ya no podía gozar de su mujer y con su mujer debido a la parálisis, invitaba a uno  de sus compinches a hacerlo, mientras espiaba por el ojo de la cerradura e invitaba a otros amigos a mirar a su mujer en pleno disfrute de la más solidaria amistad erótica.
Estamos poniendo el pie, al hacer esta confidencia, en el terreno de la moral (flexible, acomodaticia, trasgresora) de los artistas. Yo he repetido lo que ya han dicho otros escritores: para escribir literatura hay tres requisitos que se deben cumplir irremediablemente: 1, tener algo que decir, 2, saber escribirlo, 3, atreverse a hacerlo. Y es por eso, por el atrevimiento de tantos escritores, que terminaron censurados, en la cárcel, acusados de inmoralidad o de tener ideas subversivas: la lista es larga, casi interminable: Nabokov, por Lolita; Henry Miller, por sus Trópicos de cáncer y de capricornio, Oscar Wilde, Sócrates, Solsenitzin, James Joyce.
Hasta este personaje que  les está hablando ha sido amenazado por sus escritos: muy respetables señores han solicitado su expulsión de México (historia que no contaré pero que ya he contado varias veces). (Los escritores tenemos la costumbre de contar las mismas historias una y otra vez, por lo que no es recomendable escucharlos con demasiada frecuencia y por lo que las esposas de los escritores prefieren quedarse en casa).
Al escribir esta conferencia quise evitar la divagación, el perderme por el jardín de senderos que se bifurcan a cada paso, pero fue inevitable. Volvamos pues a tratar de encarrilarnos. Escribir es, sin duda vivir muchas veces. Y leer es también vivir muchas veces: es como atisbar la vida ajena subiéndonos en los hombros de otras personas.  Dijo Schopenhauer que somos enanos subido en hombros de gigantes.
 Por una elemental fórmula, es que quien lee tiene ventajas grandes sobre todos lo que no leen. En principio porque tienen tema para hablar, además, porque tienen armas, argumentos, para no dejarse manipular, para tener un criterio crítico (valga la redundancia). En la vida práctica las ventajas del buen  lector son evidentes: cuando se  está ante alguien que va a definir el rumbo de tu vida, por ejemplo, un empleador, un entrevistador de una empresa, un académico de quien depende el ingreso a una cátedra, si eres buen lector, tendrás las palabras adecuadas, los argumentos, las razones para convencer.
El buen lector es como el hombre que llega a la batalla bien armado, mientras que el analfabeta disfuncional es como el que se presenta desnudo en todas partes.
Ahora vayamos más cerca: el mundo de ustedes, los abogados: mientras más palabras tengan, mientras más argumentos esgriman, mientras más libros hayan leído, más podrán dominar a sus adversarios, entender las leyes, incluso tergiversarlas (si es que quieren cumplir la malintencionada y nefasta leyenda de que no hay abogado que no sea transa). Sorry: los lugares comunes son casi la ley en este país. Y es por eso que ustedes (me voy a poner de predicador) tienen que ir contracorriente e imponer otra regla: la de la inamovible rectitud ética. Fin de la epístola (que, por otra parte sus maestros les deben haber machacado).
Ahora la pregunta es, ¿para qué escribir? ¿Qué gana el que escribe libros? No les diré que dinero (ese es otro tema espinoso: de 50 000 escritores sólo uno podrá vivir de lo que escribe).  Lo que gana el escritor es la posibilidad de vivir otras vidas. Y no sólo eso gana, sino la posibilidad de crear otras vidas, que si se convierten en clásicas, terminan por ser casi eternas.
Pues yo, como tantos otros a quienes no les ha bastado su vida, comencé a inventar hace más de cincuenta años  otras vidas, vidas innumerables, que podrían a esta fecha de 2016 llegar a ser 500, si consideramos que en una sola novela, Breve historia de todas las cosas,  inventé todo un pueblo, San Isidro de El General, que en realidad no fue inventado por el Marco Tulio Aguilera de veinticuatro años, sino que fue reproducido, tergiversado y recreado por ese muchacho que por entonces se dedicaba a jugar básquet y a tener sus primeros escarceos de amor.
No voy a hacer un recorrido exhaustivo por las vidas que inventé en  casi 30 libros, sólo me dedicaré a recordar las vidas que incluí en el libro de más reciente aparición, Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor.  Lo que abre el libro es un breve prólogo en el que, a la manera de Borges, di leves atisbos del origen de algunos cuentos. Luego viene el primer texto, una pequeña fabulita en la que de manera simbólica, quise cifrar lo que es el amor. Este es el único cuento que he plagiado en mi vida. Lo escuché de labios de Ricardo Elizondo Elizondo, escritor regiomontano, y me pareció tan hermoso, que quise escribirlo. El relator nunca lo escribió, solamente me lo contó. Pensé que al morir el autor, el cuento se iba a perder. Y me apropié de él amparándome en la consigna de que el cuento no es de quien lo cuenta sino de quien lo escribe y publica. Un pecadillo literario en el que incurrí como incurrieron en el mismo pecado ingente número de autores; entre ellos Boccaccio, Shakespeare, Borges y muchos más.
El segundo cuento, “Cantar de niñas” escenifica una de las obsesiones de muchos hombres mayores: el gusto por criaturas demasiado jóvenes, tan jóvenes que el ejercicio de la pasión amorosa con ellas es considerada ilegal.
“Amor contra natura”, el segundo cuento,  también relata los amores heterodoxos entre un rinoceronte macho y un helicóptero hembra, amor que da como resultado un producto nuevo: el rinoceróptero. Este cuentito fue celebrado por García Márquez y Augusto Monterroso; fue puesto en música y en video por Natalia Lafourcade y ha sido traducido a muchos idiomas.
“Paso de baile”, el tercer cuento, relata las aventuras nocturnas de una esposa que escapa cada noche de los brazos de su esposo, lo que hace, según parece, de manera sonámbula o con alguna alteración mental. 
“Historia de un orificio” es el primer cuento que escribí en mi vida;  aborda el tema espinoso de las curiosidades infantiles con respecto a la vida íntima, sexual, aterrorizante, de su madre.
Hay cuentos que son extraídos, casi calcados, directamente de la vida o de las fantasías o temores del autor. Otros son limpiamente inventados a partir de la imaginación pura (digámoslo así): tal es el caso de “Las tablas crujientes”, que se me ocurrió cuando escuché esta frase en labios de una anciana: En las casas de madera es difícil guardar secretos.
Todos los anteriores relatos pertenecen a mi primer libro,  Cuentos para después de hacer el amor,  publicado en 1983, cuando yo tenía 33 años; eran tiempos de muchos premios, tiempos de soltería y desafuero.
Gracias a ese libro recibí el Premio San Luis Potosí, el Latinoamericano de Excélsior, el de  La palabra y el hombre  y otros tres. Añoro de verdad esos tiempos: recuerdo que en 1979 recibí tres premios, snif. Con ellos compré mi primer coche, un Volkswagen que choqué en mi primera salida. Gracias a esos premios me despedí de Monterrey, donde trabajaba como un burro dictando clases de traducción de inglés y  francés a hordas de inquietantes mujeres en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Gracias a ellos me instalé en Xalapa, después de compartir el Premio de Cuento de La palabra y el hombre  con Sergio Pitol.
Del segundo libro de relatos, Cuentos en lugar de hacer el amor, publicado en 1994, quince años después del primero, tomé seis cuentos, algunos de un subido tono erótico, lo que hizo que uno de esos críticos etiqueteadores me calificara como “maestro del cuento erótico”.
“Olor a cuero”, el primero,  fue escrito con la intención expresa de imitar al gran maestro brasileño del cuento negro, Rubem Fonseca: en él se cuenta la violación de una vedette famosa y la subsiguiente venganza de la mujer. La fuente de este cuento es una noticia aparecida en un diario.
Otro cuento basado en una noticia periodística es “El suave olor de la sangre”. En la noticia se contaba de un grupo de asaltantes que abordaron un autobús en la Ciudad de México y procedieron a robar y a violar a las pasajeras.
Para escribir este cuento leí la Biblia de principio a fin y también gran cantidad de libros sobre los sacrificios de los aztecas. Suena exagerado y extravagante: para escribir un cuento leer más de 2000 páginas. Pero eso fue lo que hice. Yo puedo ser todo menos mentiroso (eso lo saben quienes me conocen).
“Un matrimonio feliz” representa lo que me parece es una novelad en el mundo del género cuentístico: un cuento que incluye tres sub cuentos seriados con los mismos personajes. Trata del erotismo conyugal, de los límites que imponen a los esposos los preceptos de la religión cristiana y de los excesos a los que a veces se llega en el matrimonio en aras de buscar alguna novedad. No oculto que hay algo de autobiográfico en el texto y hasta este extremo llevo la confesión.
El siguiente cuento, “La noche de Aquiles y Virgen” también aborda el tema del amor conyugal: trata de una noche de excesos amorosos y eróticos entre un par de esposos atrevidos, dispuestos a experimentar y a romper la rutina. Para establecer una comparación cercana, diría que se trata de contar una noche de amor con todo, como las hamburguesas con todos los ingredientes. En este relato llevo mi atrevimiento a contar dentro de un cuento relativamente convencional, un cuento abiertamente pornográfico que comienza así: La señora pelapapas, mujer madura pero hermosa, escuchó que tocaban a la puerta. Se lavó la manos, se las secó en el delantal y suspirando se dirigió a abrir. ¿Será el lechero? (… p 133).  El resto pueden imaginárselo.
Luego vienen dos cuentos que tienen por protagonista a “el humilde Willy”, un modesto burócrata que viaja a Cuba, donde descubre que es poeta y que todas las hermosas y lúbricas poetas de la isla quieren disfrutar de su lira poética y de su cuerpo. Estos son cuentos bufos que escribí gracias al relato que me hizo un compañero de oficina tras un viaje turístico a Cuba, donde fue exprimido de su órgano más sentimental por infinidad de mujeres necesitadas de amor y fornicio urgente.
            La tercera parte del libro incluye relatos extraídos de Cuentos en lugar de hacer el amor.  Son tres cuentos largos, casi noveletas,  en las que tres artistas (dos escritores y un pintor) sucumben ante los encantos de mujeres subyugantes, voraces, hiperactivas, que terminan por trastornar a sus víctimas masculinas.
He de decir que estos cuentos también tienen elementos autobiográficos. Uno de ellos surgió del hecho de haber compartido una noche entera con una joven y atractiva profesora en un hotel de Pansylvania, noche en que tanto ella como yo nos planteamos la necesidad de contarnos nuestras respectivas fantasías, con la condición perentoria de que no deberíamos acercarnos, tocarnos o establecer cualquier contacto físico. Tanto ella como yo teníamos relaciones armoniosas con nuestros cónyuges. 
El cuento comienza así:   Se puso los zapatos. Se dirigió a la puerta. La abrió. Antes de salir regresó. Me tomó de los hombros y me besó. No con pasión sino con amor. Oh, Dios, con amor, con auténtica ternura y compasión. Compasión por él y por mí misma. Hubiera querido que me agarrara las nalgas y me las estrujara, que vapuleara mi cuerpo, que me hubiera violado una y otra vez con saña. No que me rozara el corazón con un beso tan limpio, que dijera con voz ronca lo que dijo, y que después simplemente cerrara la puerta tras él y desapareciera de mi vida.
            Pienso que este libro,  Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor, incluye los mejores cuentos que he escrito y me parece que todos son bastante legibles. En ellos están presentes una serie de vidas paralelas que he vivido y disfrutado, y que me han ayudado a vivir esta existencia real y concreta que he llevado a lo largo ya de bastantes años. Gracias los cuentos no he vivido una sino muchas vidas. Ellos han enriquecido mi transcurso vital, me han sostenido en mis momentos difíciles, me han dado algunas monedas, un pequeño prestigio y la certeza de que estoy cumpliendo una misión más allá de la de sobrevivir. Se puede decir que he vivido del cuento y que he disfrutado de esta actividad que ha potenciado mi existencia.
            Los escritores, en fin, no vivimos una sino muchas vidas y esta actividad tan placentera está al alcance de todos los que se lo propongan. Escribir es vivir muchas veces, vivir más intensamente, reflexionar sobre los grandes problemas e inscribirse en el mundo y en la historia ejerciendo el más grande poder que tiene el ser humano: el de la imaginación.
            Eso es todo lo que voy a decir por ahora a ustedes, futuros abogados. Muchas gracias.


25 de noviembre de 2016

MÁS FOTOS RECIENTES EN DERECHO E INGENIERÍA

La experiencia de dictar tres conferencias en pocos días fue extremadamente gratificante pero me bajó la batería. Hoy ya estoy de regreso con la carga completa. 
Tanto en la Quinta de las Rosas (no hay fotos) como en Derecho e Ingeniería el público fue atento y se mostró interesado. Hablé libremente y como de costumbre tuve varias divagaciones. Hubo en Derecho e Ingeniería muy buen ambiente, muchas carcajadas, entusiasmo. Hay varios videos breves de la conferencia en Derecho: están en mi cuenta de Facebook. Quizás más tarde ponga los links aquí.
José Luis Cuevas, director de Derecho UV, 
me presenta 
No iré a la Feria de libro de Guadalajara pero allá estará Cuentos para antes, después y en lugar de hacer  el amor, que entiendo se está moviendo velozmente. Ese libro lo presentaré en la Feria del Libro de la Universidad Veracruzana, tal vez con la presencia de Antonio Ramos Revillas, editor de la Universidad de Nuevo León.
Estoy leyendo la novela Salvaje de Guillermo Arriaga. La primera impresión es que Guillermo hizo una película en libro.
Terminando las labores de un concurso en el que soy jurado ya por segunda vez.
Frente a la gente de Ingeniería
Nadando, tocando violín (la maestra Estela Cuervo -chere fou-quiere que dé mi primer concierto en diciembre... sólo me sale una bien... El himno a la alegría).
Preparando viaje a Colombia.
Esperando buenas noticias (as usual).
Van unas fotos...

En la Facultad de Ingeniería
Con Francisco Ricaño, organizador de la conferencia 
en Ingeniería de la Universidad Veracruzana 
y gran lector


Tras la conferencia en la Facultad de Derecho 
con alumnos con su respectivo libro


22 de noviembre de 2016

Diario en fotos, noviembre 2016

La ley y el orden
Con José Luis Cuevas, director
 de la Facultad de
Derecho de la UV, tramando 
una conferencia



Personalidad secreta


Con Francisco Ricaño,
tramando otra
conferencia


Se coló esta foto
 tomada en mi cabaña


Con Vitelo y Maribel, 
directora de
Actividades Deportivas
de la UV
informando
sobre medallas ganadas en
Guadalajara


Yair, hijo de la señora que 
cocina para nosotros, con
su celular

16 de noviembre de 2016

El día en que pesé 102 kilos

(UN DÍA DEL AÑO 2012)
FOTOS, EGOS, THE DAY AFTER LA PRESENTACIÓN DE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS

Anoche no dormí sino tres horas porque debía ir por mi máneger a las 6 am a la TAPO. Pasó la presentación de Historia de todas las cosas en el DF. Acabo de medirme en una de esas maquinitas de dos pesos que hay en las farmacias. El papelito registró lo siguiente: peso 101 kilos 200 gramos. Estatura: un metro 97. ¿Conclusión 1? El "éxito" y  las salidas de Xalapa me hacen engordar aceleradamente. Conclusión 2: la famosa maquinita midió mi ego, no mi estatura.  Antes de la presentación medía apenas 1 metro 81. Voy a reproducir unas fotos y a hacer unos comentarios intermetidos.
Ricardo Moreno Botello, René Avilés, MT, MA Quemain y Guillermo Samperio en el Centro Cultural Bella Época del DF, durante la presentación de Historia de todas las cosas

Los comentarios sobre la novela fueron espléndidos, en algunos casos desmesurados pero creo que no  falsos. Los tres presentadores son escritores veteranos, de respeto, amigos, tránsfugas de la fama y de glorias ajenas. Ellos publicarán sus textos y yo los reproduciré aquí. Abajo me pueden ver con Samperio, que parece un duende que camina y un hombre ilustrado, y con el novelista cubano Félix Luis Viera, escritor extraordinario que está sobreviviendo en México, que no sólo le ha ofrecido penas.
El maestro Samperio, el magnífico novelista cubano Félix Luis Viera y MT a la salida de la presentación de Historia de todas las cosas.
Fue una presentación muy agradable, larga, alegre, desprejuiciada, en la que intervino el público y hasta una hija de San Isidro de El General, Cuca Coto, quien está dispuesta a fundar dos centros culturales "Aguilera Garramuño": uno en Nueva York y otro en San Isidro, Costa Rica. Esto no es broma ni producto de la imaginación mía sino un proyecto en marcha.
Por la tarde fui a caminar por las calles del Centro Histórico con mi máneger. Investigamos en la Plaza Santo Domingo el precio de un título de psiquiatra de la UNAM, con todos los sellos y firmas: 5000 pesos en un sitio y 5500 pesos en otro. Mi idea es poner un consultorio en Cardel, una vez que me jubile o me jubilen. Uno de los que me ofrecieron el título hizo un comentario filosófico y sociológico que sintetiza la ideología del mexicano corrupto: "México es muy lindo: aquí todo se puede".
En la iglesia de San Francisco vimos que venden agua bendita: vi  un tinaco de 100 litros, con llave que el requiriente puede abrir libremente, siempre que esté dispuesto a soltad una  buena limosna. A las siete de la tarde visitamos el taller literario que tiene Félix Luis en el Centro Cultural José Martí. Allí hablé con los integrantes y les di unos consejos maternales. Uno de ellos: enemistarse con todo el mundo antes de escribir algo que valga la pena y volverse un esquizofrénico al borde del abismo (el resto del mundo debe quedar al otro lado del abismo).
El editor Ricardo Moreno sembró carteles en la librería Rosario Castellanos. (No me robé ninguno para mi egotecta).

Y hoy mi máneger me llevó a buscar un saco sport elegante, que mejore el que ven en la foto, cuyo precio es de 5 dólares en un pawn shop de Indiana, Pensylvania.


13 de noviembre de 2016

Todos estamos muertos

Todos estamos muertos de Armando Ortiz
Universidad Popular Autónoma de Veracruz, Colección Premios Nacionales, 2016

Haré un breve repaso por los cuentos de este volumen que disfruté doblemente, por ser de un amigo y porque ese amigo regresó a la literatura después de extraviarse por varios años en las azarosas y pasajeras aguas del periodismo político. No estaba perdido Armando; andaba en otra fiesta más turbulenta como es la del Veracruz político de hoy. Saludo su regreso.
“Recordando a Botero”, primer texto,  es un magnífico cuento en el que se nos presenta a una hermosa y lujuriosa gorda que seduce a diestra y siniestra. Está muy bien escrito, tiene un adecuado manejo de la tensión y una serie de personajes como de comedia bufa, que hacen de la lectura un placer.
 "El jardín del señor Chéjov": sobre el paso del tiempo en la vida de un viejo solitario y la perspectiva que tiene un grupo de jóvenes de la existencia de ese hombre. Bello, lleno de poesía, sencillo. El nombre de Chéjov va bien con este texto, que evoca y le hace honor a uno de los mejores cuentistas del mundo.
El tercer cuento, “Rosaura en la brevedad” es de una delicada nostalgia de un amor infantil, recordado muchos años después y remendado por el recuerdo. La presencia de la muerte, desde la primera línea, le da un adecuado toque trágico. Agradable lectura, como la del primer cuento, “Reconsiderando a Botero”, que me parece verdaderamente memorable. 
Armando se dedicó varios años al periodismo político y relegó la literatura: el alejamieto le hizo bien. Anticipo el disfrute de otros cuentos que desde el mismo título invitan a la buena lectura.
“De paseo con las ninfas” es el relato de un deseo insatisfecho asociado con el amor (la tentación que suscitan)  las niñas casi impúberes  en un hombre de mediana edad.
Me parece que el libro cojea en el relato llamado “El umbral”; las razones las pasaré por alto; todas, a excepción de una: la falta de uso de la coma en el vocativo (hasta aquí dejo la observación para destacar lo que me parece destacable en el libro). El relato es bueno pero no bien armado ni bien escrito. Narra amores entre hombres con ingredientes trágicos, ausencias, soledades y regresos.
“Mi vida con Michael Jackson es una historia de amor y muerte, como otros de los textos. Narra el transcurso de una relación amorosa entre un hombre mayor y un joven aficionado a los bailes del astro norteamericano. Cautiva la delicadeza del acercamiento entre los dos hombres, su mutua fragilidad, el encuentro, la evolución natural, sin  truculencias, de la relación… y el desenlace trágico, íntimamente ligado a la situación actual de Veracruz (violencia, corrupción, secuestros, deterioro del “tejido social”, desempleo). Relato que se relaciona estratégica y narrativamente, con “Todos estamos muertos”, otra de las cimas de este libro de relatos;  conserva, como el anterior, el alto nivel literario y la adecuada dosificación de la intriga,  tanto en la intimidad de los personajes como en la de la colectividad; dos aspectos constreñidos por el carácter irrecusable, ineludible y generalmente inexplicable de la muerte.
“Cuentas saldadas” es una auténtica novela de narcos (hiper resumida) que se desarrolla en Coatzacoalcos: la acción no le da tiempo al narrador para lograr una caracterización detallada de los personajes ni le permite hacer un análisis de la situación, que se presenta en toda su crudeza (sin un ápice de imaginación: lo que relata es lo que ha sucedido y sigue sucediendo en esa ciudad y en gran parte del territorio veracruzano, desde que los gobernantes recientes -lo que es vox populi, sin duda vox dei- pactaron con los cárteles de la droga.
No dudo que si el autor se diera tiempo y tuviera la difícil paciencia que no le es propia al periodista, podría dar el salto del relato a la novela: tiene los ingredientes fundamentales: la información (abundante, apabullante, rica en sórdidos elementos y aventuras con armamento pesado y acción trepidante) sobre lo que está sucediendo;  y tiene la formación, el know how, como escritor.
Un buen libro de cuentos de un veracruzano que se suma a la lista de otros autores que aportaron su cuota de calidad a la formación de la respetable tradición literaria de este Estado: Sergio Galindo, Juan Vicente Melo, Luis Arturo Ramos, Rafael Antúnez.

Y que recuerde Armando: la literatura queda; la eternidad del periodismo dura un día. Consejo del gurú Maracuya.