26 de agosto de 2016

Viaje compartido

Cuento incluido en Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor, próxima edición en la Editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Este cuento es muy parecido a "Diatriba de amor contra un hombre sentado", monólogo escrito por García Márquez. El mío fue publicado en 1983; el de don Gabo en 1992.
Antes, les ofrezco en link con el video del monólogo escrito  por García Márquez, para que compare y saque conclusiones.
https://www.youtube.com/watch?v=cDjJyepkBNM
Sí, dos veces nada más. ¿Quién te lo contó? La que está más fresca es la de ayer. Y no porque yo quisiera, sino simplemen­te porque salí de la casa dispuesto a ver una buena película. Premiada en Cannes, nacional, curiosa­men­te. Tú no estabas, supongo que habías dejado a los niños en casa de mamá y decidiste visitar a Lolita. Cuando entré en la sala y vi las luces apagadas supe que te habías ido y que yo solo no podría soportar un hueco de dos horas sin hacer nada. Ni la música ni la televisión alcanzan a llenar el vacío que tú dejas. Tomé el periódico y lo abrí en la sección de espectácu­los. Entre tanta piel brillante alcancé a vislumbrar un pequeño recuadro, unas palmas de olivo y un escudo. Ésta debe ser una buena película, me dije, lo malo es que el  sitio no debe ser de primera si se anuncia en caracteres tan microscópi­cos. Sea por Dios!, esta soledad simplemente no puedo soportar­la. El garage semivacío reafirmó mi necesidad de asistir a un buen espectácu­lo. Puse el motor en marcha y busqué la direc­ción en el mapa.
                !Mi amado, las montañas,
                los valles solitarios nemorosos,
                las ínsulas extrañas,
                los ríos sonorosos,
                el silbo de los aires amoroso!
                            Cántico Espiritual     


Un enorme cacto, cuyas ramas, como de árbol, se exten­dían a lado y lado de la barda. La piel de un verde casto apenas si podía tocarse, con mucho cuidado, introduciendo la mano de canto, entre las espinas largas, filosas y resistentes. Con un cuidado infini­to, ayudado por el cuchillo de la cocina, fui limpiando la superficie. Al inicio fue difícil porque no existía espacio suficiente entre las espinas. Luego, después de sufrir varias punzadas, el espacio devastado fue creciendo hasta que ya no hubo mayor problema. La savia de un blanco lechoso hacía su aparición cuando arrancaba cada espina. La cicatrización duraba varios días y finalmente terminaba por integrarse el verde delicado, hasta hacer casi imperceptible la herida. Una vez que hube concluido la operación, pude acariciar sin riesgo la piel. Entonces, con el mismo cuchillo, dibujé un corazón, escribí mi nombre y dejé un espacio en blanco. Esperé. Una semana más tarde leí: Paty.

Para quien está acostumbrado a la sagrada rutina del traba­jo, la iglesia y el hogar, un mapa no basta. Y por eso me extra­vié entre calles tortuosas, fábricas obscuras y señales contra­dicto­rias. Di dos o tres vueltas. Y finalmente lo hallé. Pero, qué encuentro?... Las luces están apagadas, no hay público, la taquilla está cerrada. Casi contento retorno al auto y emprendo el retorno a casa. Me digo, Paty ya debe estar esperándome, enciendo la radio, avanzo a tientas y con mucha paciencia logro salir del laberinto. Debo confesar que a pesar de todo me sentía un poco contrariado. Si hay algo que me caiga mal es hacer planes y que después no me resulten. Iba bajando por Madero para luego tomar Avenida Universi­dad, cuando veo las luces, veo la marquesi­na luminosa y me acuerdo de que aquel es el Blanquita, un sitio al que fui hace ya tanto tiempo con los compañeros del seminario. No es un lugar muy recomendable, pero es que me sentía, no sé cómo decirte, con ganas de hacer algo diferente. No escandaloso, claro está, sino diferen­te, entrar en contacto con otro tipo de perso­nas. Pensé por un momento en las palabras del Padre Ruvalca­ba: "Vivimos en nuestro mundo, pero olvidamos que somos compañe­ros de otros mil mundos". Y creo que el Padre Ruvalcaba tiene razón. Es cierto que somos felices, que glorificamos a Dios, que pertenecemos a la Sociedad de la Purísima Hostia y que hacemos lo posible por no contrariar Sus mandamientos. Pero, y los demás? Qué hacemos por siquiera conocer a los compañeros de viaje? Fue ese pensamiento el que me impulsó a detenerme en medio del camino. No encontré un estacionamiento cercano y por ello decidí dejar el auto en una calle adyacente. Le puse las dos alarmas, desconecté el flujo de electricidad, no vaya a ser que me robaran por andar de piadoso.  Pregunté, a qué hora comienza la función? Me dijeron, comenzó hace dos horas; dije, ah, bueno, qué lástima. Un poco reconcilia­do con mi propia conciencia llegué a la conclusión de que era más prudente regresar a casa. Paty ya debía estar esperándome. De salida no pude evitar mirar las fotografías de la cartelera. Jesús!, muchachas en posiciones impúdicas, muchachas con ropa interior negra, vestidas con ropajes de fantasía o sin vestido, simplemente sin vestido, con las manos cubriendo las partes indecorosas de sus anatomías. Tuve un movimiento de repulsión y me sentí feliz de que la función estuviera a punto de concluir. Discúlpame, voy a prender un cigarrillo. El primero que me atrevo a quemar en este sagrado recinto. Puedo explicártelo. El hecho es que casi iluminado por una luz nueva y desconocida emprendí el regreso al auto, conven­cido que había estado al borde del abismo y que el enemigo malo me había llevado por malos pasos. Claro!, había malinterpretado las palabras del Padre Ruvalcaba, me pesa, me pesa.

Yo estaba con la cabeza baja mientras papá hablaba sobre mí.  Tu madre y mi madre me miraban orgullosas. Estábamos sentados todos en la sala de tu casa. La lámpara de cristales parecía un árbol invertido cargado de piedras preciosas colgando del techo. Un cuadro con los pecadores aullando entre las llamas y con la Virgen flotando sobre ellos, presidía la escena. Cuando tu padre llamó, Paty, yo levanté la cabeza. Tardaste un momento en apare­cer y yo supuse que te estabas peinando los rizos o que estabas acostando a tus muñecos o que tenías vergüenza, como yo. Tócanos Para Elisa, pidió orgullosamente tu padre. Pusiste las manos a tu espalda y casi con miedo dijiste, Papi, todavía no me sale bien. Hubo un instante de silencio tenso, una mirada imperativa y finalmente te sentaste al piano. Los primeros compases fueron indecisos, luego la música fluyó gloriosa y cristalina y cuando bajaste la cabeza y pusiste las manos sobre el regazo ya había comenzado a amarte.

Ya llevaba unos cien metros caminados cuando pienso: y por qué voy a echar a perder la buena intención? Pues simplemente aquí traigo un librito pío, me siento en la antesala y espero a que comience la próxima función. Efectivamente, volví al auto, me percaté de que todo estuviera en su sitio: las alarmas conecta­das, el distribuidor sin contacto, las puertas completamente selladas, y tomé mi libro de la guarda, uno que me había prestado el padre Ruvalcaba y que me ha ayudado mucho, es un gran auxiliar en esos momentos en los cuales hay que esperar en una fila en el banco, o hacer antesala, cualquiera de esas circuns­tancias imprevistas que se tornan en una tortura si uno no tiene algo que hacer, algo en qué entretenerse. Enton­ces sí, bueno, fui, me senté. Naturalmente que me veía un poco fuera de sitio en aquel lugar, con mi traje High Life y mi corbata Oxford. Me la quité rápidamente. Me desaliñé la camisa. El aspecto de los que me rodeaban no era muy tranquili­za­dor: muchachos greñudos de pelo reseco como la paja, campesi­nos de pata al suelo, algún individuo con facha de carnicero, unas manos de indudable mecánico, rostros de cualquier cosa, pero no gente de mi nivel, naturalmente. Me senté a esperar y me subí un poco la bufanda. No, no porque tratara de impedir que me recono­ciera alguien; tú sabes que a veces uno se puede encontrar en los sitios más insospechados con la gente que va, gente que... A propósito, quién te contó? Recuerdas lo que se dice de Poncho Rumayor sentado en un bar de mala muerte en Nueva York? Te digo, la vida es extraña, los caminos de Dios son...

Les molestaba que yo no quisiera participar en sus conversaciones, que evitara los secretos que para todos eran un miste­rio apasionante. Y por eso me llevaron al Blanquita. Ni siquiera me dejaron mirar los fotografías de la entrada e impidieron que protestara porque sólo veía a gente mayor a mi alrededor y escuchaba risas inso­lentes y malas palabras. Claro que tenía un poco de curiosidad, pero el miedo era mucho mayor. Me temblaban las piernas y tenía unas ganas horribles de hacer pis. Ellos se sentaron a lado y lado y me hacían cosquillas y trataban de tranquilizarme. En el seminario mis compañeros comentaban que yo iba a ser sacerdote de verdad y eso los molestaba. Todos estaban ahí por obligación y trataban de violar las reglas y quien más lo hiciera resultaba el más admirado. Apenas si tuve tiempo de ver a la primera bailarina cuando eché a correr.

...gente que uno realmente no piensa que puede ir a uno de esos lugares, pero que efectivamente de pronto resulta la casua­lidad de que allá se encuentre con el gerente del banco donde uno tiene la cuenta, que se tropiece con el médico familiar, con el abogado, y bueno, es embarazoso y uno tiene que dar explicacio­nes, y ellos también, pero el caso es que yo no me subí la bufanda porque quisiera ocultarme, sino simplemente porque estaba haciendo frío, bastante frío. Comencé a leer. Eran bellas pági­nas, seleccio­nes de la Biblia, hasta me aprendí de memoria algunos paisajes: Contemplad los lirios del campo: ni Salomón en medio de toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba del campo que hoy florece y mañana se marchi­ta, no tendrá mucho más cuidado de vosotros, hombres de poca fe? Imagínate si con ese tipo de pensamientos me podía sentir mal aunque estuviera haciendo antesala a las puertas del infier­no. Todos somos criatu­ras de  Dios.

No recuerdo con precisión qué fue primero. Si nuestros nombres sobre la piel del cacto o la velada en casa de tus padres. Lo que sí recuerdo con exactitud es que tu nombre apare­ció, todavía adornado con gotas frescas de savia, cuando estaba perdiendo las esperanzas. Y aunque tú jures que jamás escribiste en el espacio en blanco yo sé que lo hiciste porque ninguna otra persona pudo hacerlo. Ni el jardinero que cortaba la hierba una vez por semana, ni Petra, que ya estaba muy vieja para andarse subiendo en las bardas, y mucho menos tu padre o tu madre, que ignoraban nuestros juegos infantiles. Fue algo hermoso y no entiendo porque te empeñas en negarlo, si no tiene nada de malo. O es que crees que yo estoy inventando. Apuesto que si volvemos a la vieja casa y el cacto está en su sitio, podremos ver las huellas.
        
Por eso me senté bien adelante, bien adelante. En la fila E-10, me acuerdo con perfección. Sonó la primera llamada, como en los conciertos, imagínate. Los hombres se frotaban las manos, había que verlos, fumaban nerviosamente, leían revistas escanda­losas, crónicas sobre crímenes, hablaban con toda desfachatez sobre temas bastante apropiados para el sitio. Otro mundo, absolutamente otro mundo, te digo, compañeros de viaje totalmente extraños a nosotros. Yo naturalmente seguía leyendo mi respetable libro, puesto que no era asunto de mezclarme con ese tipo de gente. Lo mío llevaba una intención piadosa, tú sabes. Sonó la tercera llamada. Me atreví a pedirle a mi vecino, un muchacho con la piel más desastrosa que haya visto en mi vida, el primer cigarrillo de mi vida y cerré el libro, todavía repitiendo de memoria las palabras consoladoras: No tendrá mucho más cuidado de vosotros, que de los lirios, hombres de poca fe? Los primeros acordes coincidieron con mi ataque de tos. Cuando logré sobrepo­nerme pude escuchar una especie de guaracha, o mambo, algo de esa clase, no sé. Se abrió el telón y el escenario estaba vacío. Por los altavoces se anunció la presentación del Ballet Femenil del Teatro Blanquita. Aparecieron cinco muchachas, naturalmente...con poca ropa. Cuatro de ellas bastante torpes. Y una muy experimen­tada. Se movía de forma bastante graciosa...No, "graciosa" no es la palabra. Seductora, envolvente, sugestiva.


Cuando regresaba del seminario los fines de semana, lo primero que hacía, antes de desempacar la ropa sucia y los libros, era ir al patio, subirme a la barda y sentir con mis dedos las letras en la obscuridad. Desde mi puesto de observación trataba de adivinarte tras las cortinas de la sala o en las luces prendidas de tu habitación. Y en algunas ocasiones tuve la  suerte de ser recibido por la música del piano. Hablar, verdade­ramente hablar, nunca lo hicimos en esos tiempos. Todo se limita­ba a indi­cios, señas, ecos, sombras, sonidos, papelitos volando. Y así como yo comencé a vivir para descubrirte tras cualquier movi­miento que se produjera en tu casa, tú permanecerías en el balcón del frente esperando el instante en que, siendo sábado por la noche, escu­charas el cláxon del auto pidiendo que abrieran el garage. Enton­ces, después lo supe, te peinabas los bucles apresu­radamente y corrías a sentarte frente al piano. Y por eso, desde que apren­diste horas y fechas de mis llegadas, la música me recibió.

Sí, era una morena a la que se le notaba la experiencia, que dominaba con su actuación todos los matices de los rostros provocadores, de los gestos lascivos, sin que dejara de tener su arte, por supuesto. Y las otras cuatro eran una chica bastante obesa y torpe cuyos movimientos estaban en desacuerdo con los de las demás bailarinas; otra era más bien tímida, una joven inex­perta, daba la impresión de que era su debut; de las dos restantes, no me acuerdo. Terminó la presentación del Ballet Femenil del Teatro Blanquita y luego vino una comedia con Fufurufo, un gordo que se ha  dedicado a difundir la pornografía, la desnudez, la entretención barata y perniciosa entre las clases populares de Monterrey. Además de Fufurufo estaban una señora ya mayor, una jovencita extremadamente bien formada, simpática, y... un galán, el típico macho engominado. El argumento consistía en que Fufurufo compraba unos anteojos mágicos con los que podía ver desnuda a la gente. Al final descubre que el novio de su hija, cómo decirte...pues, tiene...pocos atributos masculinos, no sé si me entiendes. Que no tiene...cierta parte del cuerpo bien desarrolla­da. Esa fue la primera comedia en la cual todo se desenvolvía dentro de un ambiente de procacidad que no carecía de cierto ingenio, que he de confesarlo, me hizo reír a pesar de mi actitud eminentemente piadosa.

Avanzabas por el pasillo central, la primera en la fila de tu colegio. Tu madre dejaba escurrir lágrimas silenciosas. Tu padre musitaba oraciones en voz baja. La música del órgano hacía estremecer las paredes de la Catedral y mi alma se agitaba como una sábana tendida en un viento ciclónico: giraba enloquecida con una ebriedad mística que estaba a punto de hacerme desfallecer. Cuando te arrodillaste y separaste una mano de la otra para apartar el velo que obstruía el camino de la hostia hacia tu boca, creí que no lo iba a soportar, que iba a ponerme a berrear de emoción. Aspiré profundamente tres veces y recuperé la compos­tura. Viniste con la cabeza baja y te arrodillaste a mi lado. Al salir de la iglesia, mi padre me hizo el gesto conveni­do. Me acerqué a ti y te entregué, sin decir una palabra, la Biblia con letras de oro y separador de seda que te había comprado en Barcelona. Tú tampoco levantaste los ojos. Ni dijiste gra­cias. Los cuatro caminamos juntos hacia el auto.

Ah, bueno, se me olvidaba: durante la comedia, apenas aparecía una mujer, el público gritaba oso, oso, oso. Yo realmen­te no comprendía que querían decir con esa expresión. Es posible que formara parte de un lenguaje cómplice que allí se estilaba, o alguna expresión de doble sentido, no había que ser muy agudo para adivinar la existen­cia de una significación impía. Más tarde vino la presen­cia de la juvenil Bety Jiménez, Bety Rodríguez, no recuerdo: una muchachita de aspecto bastante decente, muy bien cuidada en cuanto a su aspecto físico, y comenzó a bailar de forma interesante. Lo interesante era que... No, no lo interesan­te... Lo curioso era que el vestido, totalmente dorado por el frente... en cuanto se dio la vuel­ta... tuve que bajar los ojos. Te­nía descubier­tos los omóplatos y la parte donde la espalda se vuelve obscena... y los glúteos, vamos, tenía descubiertos los glúteos. En ese instante tuve la tentación de salir, pero veinte o treinta piernas lo impedían y estaba seguro que en cuanto me pusiera de pie me harían una silbatina terrible. Me resigné pues a seguir en mi sitio. Y cuando daba la espalda la muchacha, el público se enardecía y gritaba oso, oso, oso. La muchacha no se inmutaba... O sí, sí se inmutaba. La que no se inmutó fue Norma Lee, al final. Ya te contaré. Permíteme prender otro cigarrillo. Disculpa. No sé. Es algo como una lavativa espiritual, como un lubricante, me permite hablar con libertad. Ah, se me olvidaba mencionar, esta muchacha, Bety Rodríguez, Bety Jiménez, como quiera que se llame, era... blanca, blanquísi­ma y tenía el pelo rubio. Naturalmente se notaba que el pelo era de un rubio artificial. No, bonita no, de ninguna manera: su rostro redon­do, los ojos invisibles en la obscuridad de unas ojeras espantosas, la boca grande y vulgar; sin embargo, sus manos, sus piernas, su cuerpo en general eran de una claridad, de una diafanidad que no inspiraba ningún mal pensamiento. Bueno, como decía, terminó la primera parte. Yo naturalmente volví a mi libro. Y fue san Pablo quien me tomó de la mano: La caridad es longánime, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha... Las palabras me envolvieron de tal manera que me olvidé de todo: ...no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera.  Las palabras me elevaron por sobre lo temporal y solamente regresé al salón cuando se dieron las tres llamadas de ley.

Como todo saleciano de corazón yo invocaba a Don Bosco en mis actividades, lo imitaba en su fe y lo seguía en su ejemplo. Cuántas veces su imagen preciosa me salvó de la tentación durante la peligrosa época de la adolescencia, cuántas veces estuve al borde del pecado mortal, cuántas veces estuve a punto de romper, aunque fuera en la imaginación, el irrecuperable voto de castidad con que había santificado mi vida. Y no es que yo tuviera la vocación sacerdotal. Nunca la tuve. Me arrastraba, como a San Agustín, la necesidad de conocer el mundo. Sospechaba mis debilida­des y por ello la lucha era más tenaz. Tú eras mi objetivo, y yo, como San Antonio, que forjó una gran santidad viviendo en el desierto, quería acrisolar mi voluntad de llegar puro al matrimo­nio, aunque viviera rodeado de alimañas. Y eso que jamás se había hablado de matrimonio o cosas semejantes entre tu familia y la mía. Todo sucedía aquí, en mi cabeza. Y lo que son las afinida­des: también en la tuya. El nuestro fue un auténtico matrimonio de almas, un matrimonio espiritual.

Llega el momento estelar de la noche y se anuncia la presencia de Norma Lee. Naturalmente todo el mundo aplaude, todo mundo se acomoda en sus sillas, la mayor parte saca sus cigarri­llos y los enciende nerviosamente, hay comentarios; parece que algunos ya la han visto, a la Norma Lee, me refiero. Pedí otro cigarrillo entre disculpas. Mi vecino me regaló esta cajetilla, imagínate. Y aparece Norma Lee. Imposible negar que Norma Lee es una mujer hermosa. En el pelo intensamente negro luce una cinta así como griega recogiéndolo.

Dios siempre premia a las almas que confían en Él, las llena de dones y  yo no tenía por qué ser la excepción a la regla divina. Siempre esperé confiado el cumplimiento de mis propósitos y cuando nuestras relaciones pasaron del jardín a la sala de tu casa, no me asombré en lo absoluto. Fueron mis oraciones y supongo que las tuyas las que formalizaron un compromiso del cual jamás se habló. No recuerdo una primera vez sino la  mezcla compleja y a la vez invariable de mil tardes, sentados en los incómodos sillones, uno al lado del otro y tu madre al frente, bordando incansablemente mantelitos blancos de crochet para  vender en las ferias de la parroquia y de paso para llenar el tiempo de su vida. La suma de las palabras que cruzamos durante diez o doce años de noviazgo no alcanzaría a componer un libro de poemas. Siempre hubo algo que se interpuso entre tú y yo. Un juego de damas chinas, un tablero de ajedez, el piano. Pero nos bastaba. Alcanzamos la comunión espiritual a través de los objetos.

Apenas hubo cantado la primera canción, se quitó esa cinta y el pelo cayó hacia atrás formando un diluvio negro que la envol­vía toda, y cuando giraba era un remolino hermosísimo, especial­mente porque, tal como la primera, Norma Lee era intensamente blanca, intensamente blanca, con una piel deliciosa, bellísima, indescrip­tible... Entonces bailó, volvió a cantar, con una voz lo suficiente­mente educada como para no causar mala impresión, pero no con la maestría que haría exclamar a un conocedor; y una vez que hubo cantado desapareció por un segundo. Se levantó otro telón y apareció un hombre ya mayor, con corbata, de aspecto respetable, y comenzó a tocar en la batería una música de estilo africano, tú sabes ese ritmo acelerado de los tambores resonantes, sí, de estilo africano, porque hay algo de esos estilos primitivos africanos que tiene que ver con lo que me atrevería a calificar como el llamado de la bestia, algo que pone en ebullición la sangre, como que todos escondemos bajo la piel a otra criatura menos temperada y cuando uno escucha esos tambores sabe que algo diferente va a suceder, que algo... no común está a punto de iniciarse y que tanto uno como el mundo somos diferen­tes, no sé si me entiendes; el sonido fue elevándose gradualmente hasta que apareció Norma Lee... Norma Lee apareció y ahora estaba mucho más ataviada, vestida de pies a cabeza con una especie de túnica árabe hecha con muchos velos y llena de cintas, cantida­des de cintas, por todos lados, de modo que cuando giraba parecía un trompo al que se le hubieran amarrado una serie de... no sabría cómo definirlo ... Parecía un rehilete, una visión, un trozo de sueño que no alcanzaba a definir.

Un pedacito de cielo lo arregla todo, decía Domingo Sabio, y yo no tuve un pedacito, sino el infinito en mis manos, cuando avanzaba por el pasillo central de la Catedral hacia el altar mayor, ante el cual tú serías, finalmente, la esposa con la que compartiría penas y alegrías hasta que la muerte nos separe. Creo que por primera vez, tras recibir el anillo de mis manos, me miraste fija y sostenidamente a los  ojos. Entonces no supe que hacer y ni siquiera escuché las palabras del oficiante cuando dijo, si el cónyuge lo desea, puede besar a su esposa. Estaba totalmente anonadado y poco faltó para que echara a correr. Sólo cumplí con mi deber cuando mi padre empujándome disimuladamente me susurró al oído, bésala, atarantado. Tú retiraste los labios y me ofreciste, sonrojada hasta el último pelo, la mejilla.

Un trompo en movimiento, y ella en el centro girando, girando, entre colores, la mayor parte de los colores luminosos, que ha­cían contraste con su pelo negro y armonizaban con su piel intensamente blanca. Comenzó a bailar y lo hacía bastante bien y se notaba que tenía rudimentos de ballet. Se notaba que era una profesional y no simplemente una aficionada. Y curiosa­mente no se escuchaban los  gritos de oso, oso, oso!, que se habían escuchado a lo largo de toda la función. Bailó muy hermo­samente, con placer y seducción, y comenzó a destrenzar cintas, una cinta aquí y otra cinta allá, y parecía que estaba envuelta en ropaje­s, inmensamente envuelta en ropajes y que jamás iba a terminar de desenvolverse. Pero eso en vez de apagar la emoción hacía que ésta creciera, y, bueno... su vestido quedó reducido a un par de piezas y surgió aquella escultura clásica, perfecta, perfecta, sin la más pequeña fisura, sus manos eran alas de paloma en un aire manso y su cuerpo se estremecía de una forma intensamente artística y yo me dije, en realidad no he perdido mi tiempo: esto es arte. Pero, después de esta danza que podría llamarse de odalisca o ritual o esotérica, quizás de vestal, una vez que quedó en prendas menores, comenzaron las voces a gritar desde atrás oso, oso, oso!

        
Ni tú ni yo queríamos ser el primero en salir del baño. Yo me duché tan minuciosamente como pude, me afeité hasta que la piel se me puso encarnada, leí el reglamento del hotel, me senté en la taza y traté de escuchar. El agua de la regadera en tu baño seguía sonando y a lo lejos se podía oír la música de la orquesta en el salón, recuerdas? Alegrías y tristezas del amor sonaba en el primer piso. Supuse que te estaba sucediendo lo mismo que a mí, pero no tuve el valor de abrir la puerta primero. Miré el reloj. Era la una de la mañana cuando por fin escuché el sonido de tu puerta. Y ni siquiera entonces salí. Por el siseo de las sábanas y el ruido del apagador imaginé que te habías acostado y tomé el pomo de la puerta. Pero no pude. A la una y media unos golpecitos modestos me hicieron despertar. No tienes sueño?, preguntaste, y no me quedó más remedio que salir. Al día siguien­te fuimos a pasear en góndola y le dimos de comer a las palomas en la Plaza de San Marcos.

Y esta mujer ni se inmutaba como la primera joven sino que estoicamente seguía su rutina. La música bajó hasta un nivel casi inaudible. No. Antes de eso ella formó figuras perfectamente geométricas con su cuerpo, había momentos en que solamente se podía percibir su anatomía de la cintura para abajo. Sus partes se destaca­ban de una forma desasosegante y aquello era como una manzana perfilada contra el horizonte morado de la cortina. Se acostó, se abrió de piernas y formó  una "V" impeca­ble, y todo el mundo gritaba oso, oso, oso!, y ella se acaricia­ba sin ninguna morbosidad, simplemente como un ritual, me perdo­narás la compara­ción, como podría ser la Santa Misa, era algo perfecta­mente artístico, y después que hubo formado todas estas figuras, hermosas, sin lugar a dudas, puesto que el cuerpo humano no tiene nada de pecaminoso, descendió el ritmo, descendió el sonido hasta un nivel bajísimo... y apareció un hombre, un macho, un héroe griego, una estatua de Apolo... No me queda bien decirlo, pero era, quizás... el hombre más bello que he visto en mi vida. Apareció ante el público bailando en impecables puntas de pies con su cuerpo que estaba formado por dos intachables triángulos unidos por una cintura imposible. Traía un ademán de dominio y comenzó a bailar en torno a ella, la envolvió, la colocó en cuantas posiciones quiso y simulaba lo que era inconfundiblemente el acto de amor en tantas formas distintas  que yo no pude menos que sorprenderme.

Otras veces sucedió lo mismo. Entramos en el baño y ninguno de los dos quería ser el primero en salir. Durante la tercera noche en Venecia, mientras el agua caliente corría por mi cuerpo sentí una agradable y quizás incómoda sensación. Te juro que era la primera vez que sucedía. En el seminario menor el agua fría calmaba cualquier ardor. Una parte que hasta entonces había sido accesoria en mi anatomía, comenzó a adquirir vida propia y a exigir con apremio algo de lo que, puedo decirlo con la mano sobre la Biblia, hasta entonces no había tenido la más leve idea. Fui yo entonces quien inauguré la cama y quien toqué a tu puerta. Me coloqué de espaldas y esperé a que estuvieras a mi lado. Toda la fuerza de voluntad que puse para vencer el temor de abrazarte, me robó la energía extraña  que en el baño había sentido. Luego fuiste tú quien me abrazó y sintió mi cuerpo rígido y mi ánimo pasmado y quien finalmente me dio la espalda cuando te percatas­te de que no había más. Los dos estábamos esperando, pero no sabíamos qué.

Y yo me dije, esto es cosa de otro mundo, cuánto he perdido, cuánto he perdido: la clásica posición de la mujer mirando al cielo no está mal y es la que recomiendan los doctores de la iglesia, pero aburre; imaginando pues un poco todas las posibili­dades que podríamos, Paty, discúlpame, ensayar, si tú accedieras a este tipo de cosas. Y este hombre, en actitud de soberano dominio, la colocaba de espaldas, de frente, de cabeza... se cruzaba de brazos y abría las piernas y le ordenaba aquí! aquí! bésame!, y ella no quería aquí! a mis pies! de rodillas! bésame!, y ella no quería y ella estaba en el suelo tirada con el pelo sobre el rostro y ella no quería y el hombre la tomó del pelo y la atrajo hacia su cuerpo y ella lo golpeaba y lo golpeaba hasta que por fin rendida ante lo imponente de aquel macho tuvo que hacer lo que éste le exigía y ni te digo lo que era porque no me lo vas a creer. Y yo sentí una cierta emoción contraria a mi actitud eminentemente piadosa, puesto que si estaba allí era para compartir el viaje con los compañeros de este mundo a los cuales tenemos tan olvidados. Sin embargo, me contuve, cerré los ojos y con la ayuda de Don Bosco recuperé la compostura. Había sido una debilidad humana, simplemente humana. Somos seres finitos, criaturas de Dios y estamos sujetos a los azares del mundo. Tras echar una mirada al público seguí contem­plando a aquella mujer, quien después de que fue poseída, simbóli­camente, claro está, puesto que tanto el hombre como la mujer conservaban sus taparra­bos y lo que alguien llamó las pezoneras, después que la mujer fue poseída simbólicamente, llegó el momento en que el macho desapareció y el furor de la multitud se elevó unánime: oso, oso, oso! Y luego los gritos se transformaron en súplicas, madrecita, danos oso!

Tras una semana en el Hotel del Gran Canal seguíamos siendo los mismos novios candorosos de siempre. Caminábamos por las calles tomados de los dedos meñiques e incluso en los momentos de dicha suprema llegábamos a darnos besos siempre púdicos. Retornamos a la casa que nos tenían lista nuestros padres siempre provisores. Nos ocupamos de las minucias domésticas y  pretendimos olvidar el asunto. Pero sabíamos que había algo inconcluso porque nuestros cuerpos pedían la consumación de un acto que estábamos lejos de imaginar. El viaje a la playa fue un pretexto velado. Comer mariscos fue una sugerencia que deslizó mi padre casi al azar, en medio de una conversación intrascenden­te. Pero yo adiviné sus intenciones y si no le pregunté directa­mente fue porque había algo de vergonzoso en el tema. Hay cuestiones que no se deben tratar y de las cuales sólo la naturaleza puede ser maestra. Tú dolor y mi sorpresa fueron mayúscu­los cuando se abrió la herida.

Oso, oso, oso, ese es mi oso, oso salvaje, oso animal, oso delicioso, oso precioso, oso escandaloso, oso goloso, aquí te tengo lo sabroso!, gritos indecentes, lo supe, lo descubrí fulminantemente, porque vi a un individuo ponerse las manos entre las piernas cuando gritaba su majadería, entonces comprendí toda la bajeza, todo el primitivismo, pero no pude escapar, me sentía llevado por el río desbordado de lo que allí estaba sucediendo y la revelación se hizo aún más espantosa cuando la mujer, obedeciendo a los gritos, con un movimiento rápido, elegante y orgulloso:
         -Si no saben apreciar mi arte, les voy a dar su oso, hijitos, pa que se calmen!
         Se despojó de la prenda inferior y descubrió... al oso, lo que hizo rugir  al público. Ni el mismo Don Bosco pudo ayudarme a superar la emoción y aunque quise cerrar los ojos seguí mirando como hipnotiza­do... porque... la función seguía adelante... La mujer, retado­ra, se acercó sonriente, enigmática, maravillo­sa.
         -Quieren oso, hiji­tos? Lo van a tener.
         Se sentó en le borde del escena­rio... abrió sus piernas y comenzó a moverse y yo sentí que aquella masa humana, yo incluido en ella, iba penetrando en esa mujer... y conocí... el oso... supe que allí estaba la esencia de lo que tú y yo hemos ignorado todo el tiempo por culpa de la prisa y la vergüenza, entendí, cuando ella dio el grito final que el viaje debía ser compartido, y que aquella mujer con sus vestidos brillantes era como una...

Dejamos de hablarnos por un tiempo y volvimos a comunicarnos por medio de objetos. Cuando me oías llegar, tú tocabas el piano y yo recuperaba la emoción y el desencanto de aquella primera noche en la playa. Volvimos a intentarlo varias veces. Era inútil, tu te resignabas estoicamen­te, como una santa mujer.


24 de agosto de 2016

Nadando hasta Isla Sacrificios con Aquax y Veratrix

AL AMANECER, ANTES DE LA SALIDA
El 20 de agosto volví a nadar junto con nadadores de AquaX y triatlonistas de Veratrix hasta Isla Sacrificios desde la Playa La Bamba, Veracruz. Hice un tiempo en los 4500 metros de una hora 37 segundos. Aquí hay unas fotos de la multitud esperando al amanecer, otras fotos nadando o con la perspectiva de los edificios o la playa.



Yo soy el que no lleva gorra.


Narración en video de la travesía...
https://www.youtube.com/watch?v=ynV4ua4Fv5A
Video en la playa antes de la salida a Isla Sacrificios

https://www.youtube.com/watch?v=yL6iTugNPkI

10 de agosto de 2016

LA CASA DE LA IMAGINACIÓN DE GARRAMUÑO

En el siguiente link hallará un video en el que se abren las puertas de La Casa de la Imaginación, sitio en el que se llevarán a cabo las reuniones sabatinas de creación y asesoría literaria coordinadas por Marco T. Aguilera. 
Actualmente estamos en el proceso de inscripción: faltan apenas dos personas para completar el número cabalístico: siete.

https://www.youtube.com/watch?v=VymIM1TWFL0&feature=youtu.be

31 de julio de 2016

Los placeres de Marco Tulio

Con Adolfo Montaño, protagonista de Los placeres perdidos.
Encuentro en Xalapa, julio 30 de 2016
Luis H. Aristizábal publicó en el Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990, la siguiente reseña de...


Los placeres perdidos
Marco Tulio Aguilera Garramuño
Fundación Tierra de Promisión. Neiva. 1989,
254 págs.
La Primera Bienal de Novela José Eustasio Rivera, convocada por la Fundación Tierra de Promisión, con un jurado integrado por los escritores Néstor Madrid Malo (q.e.p.d.), Benhur Sánchez y Gustavo Alvarez Gardeazábal, concedió el primer premio a la novela Venturas y desventuras de un frenáptero, del escritor vallecaucano, radicado en Jalapa (México), Marco Tulio Aguilera Garramuño.
Hasta aquí la fría noticia. Ahora ese libro es publicado, con intenciones seguramente comerciales, como Los placeres perdidos. ¿Desacierto? Tal vez. El hecho de que nadie sepa qué es un frenáptero no invalida un título más acorde con la personalidad del autor (y de sus personajes, todos frenápteros) y más acorde con sus ya conocidos libros anteriores, entre ellos Breve historia de todas las cosas (1975), curiosa trama cuyo laberinto se desenvuelve, imprevisiblemente, en Costa Rica, o los espléndidos Cuentos para después de hacer el amor (1983), que constituyen, sin duda alguna, junto con La nave de los locos de Pedro Gómez Valderrama, los mejores libros de cuentos de autores colombianos publicados en la década de los ochenta.
¿Qué es, pues, un frenáptero? Aventuro una hipótesis etimológica: la palabrita podría provenir del griego y querría significar: ‘inteligencia sin alas’ o ‘espíritu sin alas’. Frenáptero: "cazador metafísico", dirá el autor, aludiendo al protagonista. "Si alguna vez hubo en Cali —ciudad que se precia de albergar especímenes humanos en los que el esplendor es costumbre y espectáculo— un mancebo digno de ser amado por todos, todas, siempre sin tacha ni pausa ni reposo, ese ser magnífico fue Adolfo Montañovivas".
La presentación no otorga ni pide tregua. De ahí en adelante veremos que Adolfo, extraído de las alturas del barrio San Fernando y de las aulas del San Luis Gonzaga, en "la ciudad más depravada y gozona de Colombia", es el único y absoluto personaje, y hablar de un solo personaje siempre ha sido ardid que da buenos resultados.
Como aproximación a lo real, no hay problema hasta aquí. Pero basta una breve ojeada en la obra de Aguilera para advertir que en ella conviven en perfecta armonía la cruda realidad de seres humanos y otras bestias comunes con el mundo mágico del libro de los seres imaginarios. El frenáptero debe ser, desde una nueva óptica, un primo de los cronopios o de las famas, pues. son de una misma estirpe, o del rinoceróptero célebre de Amor contra natura, uno de los Cuentos para después de hacer el amor en el que un ingenuo rinoceronte se enamora de un desgarbado helicóptero, nuevo acuerdo entre esos dos mundos aparentemente irreconciliables, o de los perratas que por aquí van y vienen, o de las tenyerinas, criaturas que oscilan entre anfibio y ave, o dé los extraños bibbis, o de los elefantes terrestres, marinos y volátiles, o de los toxitls muy aztecas, al menos de nombre. Un toxitl puede ser cualquier cosa; desde una cruza entre un chontaduro y un axolotl, criada en Jalapa o en Tetzaltenango, hasta el nombre propio de una de las mónadas de Leibniz, si bien es cierto el autor adviene que las mujeres seguramente son una forma evolucionada de toxitl, lo que nos acerca a más atrevidas perspectivas.
lgualmente, en Los placeres perdidos reaparecen los hermosos saúdes, esos "seres de ojos inmensos y tiernos, como los de los antílopes, y que sufren si no son acariciados con arte y paciencia". Y es que, como recalca más adelante Aguilera, "para saber a ciencia cierta si una persona es hermosa o detestable, es necesario someterla a un largo tratamiento de besos y caricias".
El inicio del recorrido es un tanto arduo y se presenta, engañosamente a mi parecer, como un aparte más de esa inmensa novela mediocre que se está escribiendo día a día en Colombia y que parece provenir siempre de un mismo autor, aunque quizá, en este caso, un poco por encima del nivel general —por lo menos no es sórdida aunque por ahí afloran resentimientos, acaso no injustificados, contra un conocido concurso literario—, que oscilan entre lo cotidiano y lo vulgar, con un ambiguo erótico que denuncia los mil años de tabúes que llevamos encima, con un contundente violento y un aberrante sórdido, aditados con tal cual metáfora que apane del lenguaje callejero lo suficiente como para ameritar la imprenta.
Todo huele, en las primeras páginas, a apuntes guardados en un baúl en espera del concurso redimidor, pues se advierten en principio todas las características de novela de aprendizaje, de ejercicio juvenil. Costumbre de nuestros escritores: enviar una novela a un concurso viene a ser casi como comprar lotería; al fin y al cabo, cualquier día los jurados pueden caer en la trampa...
Adolfo, el frenáptero, es apenas un tipo chévere, uno de esos arquetipos que pueblan cuentos y novelas colombianos. Resulta ser un personaje no tan atractivo como nos lo propone Aguilera Garramuño. "Aedo de piano portátil ", intenta deslumbrarnos con su exterior hermoso, con su inasible, insosegable alma de colibrí, con sus desplantes pretendidamente pintorescos de hippie de los sesenta y revolucionario trasnochado, nutrido en Lenin y en "las iluminadoras comilonas de hongos en los valles aledaños a Cali", es decir, en las "sendas escondidas de Pance". Adolfo es especialista en la materia. El complemento es obvio: la suya es una filosofía no escrita en libros ni estudiada
en universidades. Está lejos de la introspección, lejos de la metafísica, lejos de las profundidades de la conciencia. Sus ideas de horno ludens son puro divertimiento, puro juego inocente o escapatoria de la realidad: "carpe diem"... para Adolfo, "un perro que se muerde la cola no es un perro que se muerde la cola, sino una trampa puesta en medio del camino para que nos detengamos a contemplar una imagen viva del infinito", porque la realidad es "una obra de arte que está esperando el ojo iluminado". Desde luego, el tema no lo agotó Fernando González, y el frenáptero se muestra capaz de suscitar reflexiones en el lector, porque es preciso decir que Aguilera Garra-muño maneja todo un lenguaje de símbolos que oscilan entre el mamagallismo y la metafísica: Véase un ejemplo: "La postreridad: que otros se coman el postre que uno prepara con tanto trabajo".
Cuando Adolfo sale, va a ver y a que lo vean, a sentir envidia de los demás y a que los demás sientan envidia de él. Es un peripatético, nutrido en calles y bailaderos, rebelde e iconoclasta que no se acuesta con sus hermanas porque ya muchos lo han hecho con las suyas, aunque no tiene inconveniente en noquear a su madre con un recto a la mandíbula. Lo triste es que aquello ya no nos conmueve en demasía, salvo acaso porque la mano, como en la leyenda que han propagado por siempre las madres precavidas, se le arruga al hijo agresor.
Su programa vital comprende desde reformar el paisaje hasta abolir la televisión, ese demonio, pasando por rascarle los testítulos al infinito, tutearse con las esencias, tomar el té con los arquetipos platónicos, admirar amaneceres y crepúsculos a pesar de la presencia inmediata de "los mastines del orden", pero, ante todo, escribir la ración diaria de literatura sin la cual la vida es imposible: "¡Un cálamo, un papiro, una corteza de maple, un cuero de cabra del Sinaí, rápido, lo que sea, tengo que escribir una idea que se me escapa!...".
Seductor a su pesar, su figura es "una visión desquiciante". "Hombres, mujeres y bestias caen abatidos fulminantemente por su encanto y sienten la necesidad angustiosa de hincar el diente real o figuradamente en su carne de ave celestial... Los recursos para llegar hasta Adolfo han sido tan diversos como los matices del verde en la selva amazónica al amanecer".
Bisexual aunque casi asexual, sus vicios sirven para símiles y metáforas atrevidos: "No he tenido tiempo para decidir si me gustan más las mujeres que los hombres. Creo que prefiero a las lombrices de tierra después de la lluvia". Oeste otro: "los ojos del profesor se abatieron sobre los de Adolfo como garras en cuellos de gorriones y picas en nucas de Flandes". El prefiere el amor a lo Dante y Beatrice, amor emocionante pero "sin desagradables intercambios de secreciones", pese a que se topa a menudo con mujeres con intenciones aviesas y "no ignora que tras los ojos de admiración mística hay bestezuelas golosas que más vale no convocar", porque "todas quieren lo mismo, cochinas, prosaicas. No me opongo al acto sino a la prisa... Al amor se debe llegar como a la cima de la montaña más alta".
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Adolfo simplemente habla, divaga. "Adolfo, las señoras y los elevadores tienen largas y tórridas historias dignas de ser contadas". La novela es apenas una disculpa para perorar sobre lo que se le ocurra al autor. Capítulos hay que, como éste, rezan en su encabezamiento: "IV. Pequeña cuasitragedia, para mujer que puede ganarle discusión a Borges, ambiente desolado y Gandul, con peligroso entremés del frenáptero entre las garras de las perratas y las uñas pintadas de la Poeta Lujuriosa". Los recursos líricos no se improvisan: "Consideremos ahora la gran diferencia que hay entre tu piel, tan suave y disfrutable, bajo la cual hay músculos mullidos que parecen llenos de espíritu de alta nube, y mi piel, erizada de vellos, que oculta músculos rígidos, protuberantes, desagradables, como un vil sistema de correas y poleas carente de toda poesía". O estos dos:   "y se miran divertidos los dos abrazados en el centro del espejo, en medio del escándalo anticuado de sesenta bombillas de diez voltios" y "más insultado que una hetaira romana en manos de la baja plebe o tan vapuleado como una mujer adúltera en el Antiguo Testamento".
A veces son breves sentencias o aforismos propios, espetados de repente:   "No hay como las largas antesalas para la alimentación de la cultura personal: en aquella ocasión leí 500 páginas de La guerra y la paz ".
"Si uno les dice piropos a viejas secas como espartos, éstas reverdecen".
"La sociedad se inventó para liberar al hombre solitario del peso de su propia conciencia y para que se mantenga ocupado en imbecilidades".
"Soy más inútil que una vaca, pero menos perjudicial que un policía".
"Cuando uno es feliz más vale no hacer preguntas".
"Ahora me doy cuenta de que relativamente es la palabra perfecta: quiere decir que sí sin conceder del todo, y quiere decir que no, sin ser descortés".
"La palabra impúdicamente me agrada: vamos a ponerla en práctica".
Es inevitable aquí la referencia a la sombra de Swann, de sus muchachas en flor y de las magdalenas mojadas en té, cuando Adolfo permanece cinco años sumergido en el primer volumen de Proust, cuya obra espera rehacer "a la colombiana". También rondan los acentos kafkianos: "Parece que su propósito era convertirse en un monstruo insecto ", o "una mañana al despertar Adolfo descubrió que se había vuelto a transformar en un monstruoso ser solitario". En todo caso, por doquier hay guiños de ojo a los buenos lectores.
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Hermosa es su vivencia personal de los libros que dirige. "Con don Quijote anduvo quebrando vitrinas a pedradas y liberando maniquíes fríos e indiferentes". Con Funes el memorioso le entró un delirio nemotécnico que lo iba llevando al manicomio. La lectura de El licenciado Vidriera estuvo a punto de mandarlo al hospital y con Dante recorrió los círculos del infierno en un bailadero de salsa, donde "conoció fugazmente la cara de la muerte cuando un moreno extraviado entre el alcohol y una mujer maldiciente, lanzó un puñal al azar, que se clavó a tres dedos de su carótida".
Su mundo es extraño, sonoro; claro está que eso no basta para hacer una literatura; tener una boa constrictora de mascota tampoco es literatura. Sin orden ni concierto desfilan por estas páginas Mahoma, Heráclito, Descartes y su silla turca, refugio del alma, Bach, Ravel, Mastropiero y su cuernófono dipituitario, Dick Tracy, Mandrake, Drácula, Nietzsche, Descartes, Carnap y su "Demostración matemática de la inexistencia de Dios", refutación a Spinoza, Lautréamont, el Filósofo de Envigado, Robbe-Grillet, Gramsci, Roberto conde de Flandes, el más grande insultador de la historia, el poeta Antonio Llanos languideciendo, en un manicomio atroz, un frailecillo extraído de las Memorias de Casanova, un perdido fanático propulsor de las Cruzadas, un profeta de tercera línea que apenas si es nombrado en la Biblia, junto con ángeles de mala calidad cuyas alas se deshojan al menor golpe de viento y con lugares biensonantes como la Mongolia Central, equivalente al éxtasis, al paraíso, Ratisbona, Fuenteclara del Ebro... (Sartre aseguraba que los de nombre más hermoso eran Aranjuez y Canterbury).
Adolfo afirma, por supuesto, que la gran literatura del siglo XX es la que se esconde en las tiras cómicas. No ha acudido al suicidio por no haber conseguido dar forma definitiva a su carta de despedida aunque sí a su epígrafe: "No pongan flores sobre mi tumba pues soy alérgico", lo que no le impide elaborar un fino Manual del suicida doméstico.
El marco temporal de la novela es irrelevante. Si la página 105 nos ubica en 1974, por la 196 estamos en 1978. En la 241 estamos en 1982, aunque en la 195 ya ha muerto Juan Pablo II. En verdad, poco importa.
Los personajes secundarios apenas sí son dignos de mención: Polibio de Megalópolis, líder universitario; Gandulín, cuya madre "le ganaría en discutir a Duns Scotto, a Erasmo de Rotterdam, incluso a Borges" (¿no será esta una mala interpretación de las capacidades intelectuales del argentino, más dado a "sugerir" que a "vencer"?); Mariño, poeta que, como todos los poetas colombianos, "está estudiando francés en la Alianza y sueña con ahorcarse colgándose de un poste de luz en París". Los niños, Lorena y Tato, son depravados: "Yo sólo espero que los niños no cambien, dice Adolfo, que conserven íntegras sus capacidades perversas". Lorena, sobra decirlo, a los siete años sueña con hacer el amor con su tío Adolfo: "-Por favor, tiíto, no te rasures que me gusta tu piel rasposa —le dice— y por la noche, cuando no estés, el ardor en mi carita me traerá hermosos recuerdos ". La presencia final de Albamarina, con su figura de princesa de Alfa Centauro, da relumbre a la novela. Su papel es perturbar a los adeptos de Adolfo, llevándolos a crisis terribles. Pero lleva a Adolfo al amor (hoy hace amor, dice al despertar), en escenas de una ternura infinita: "Luego nos acostamos a descansar y a darnos besos. Unos 700". Son el doncel y la doncella de oro. Más aún: son felices. Lo que consiste simplemente en "alternarse la flauta dulce, cantar dúos, hablar de instrumentos musicales, admirarse mutuamente y darse muchos besos La metáfora pertinente y atinada da a las escenas eróticas cierta frescura y aun majestad: "El pelo se desparramaba sobre la sábana blanca y era como si allí mismo estuviera estallando una supernova... Me dediqué a besarla hasta que mis labios tropezaron con el más fresco rincón de su existencia". O esta bella comparación donde parecen agotados todos los recursos: "Sus dos pechos eran como las narices de dos ardillas dormidas. Su sexo parecía el dorso de un delfín hundiéndose en el agua cristalina de sus muslos ".
Y es que la novela, con el correr de las páginas, va adquiriendo cuerpo, majestad, se va poetizando. No solamente asoma la literatura sino que empieza a rondar lo magistral, para acercarse y rematar al final con fanfarria triunfal.
El frenáptero propugna la aparición de un nuevo superhombre: "Para que surja el nuevo hombre es necesario que asuma el sentido de su propia irresponsabilidad ". "El poder para los imbéciles. La libertad y la irresponsabilidad para los frenápteros". De ahí acaso la dispersión del relato. No se divisa un hilo conductor. Con el mayor cinismo Aguilera termina una aventura por aburrición, o simplemente no la termina. Adolfo soluciona todo acudiendo a expedientes demasiado sencillos, deus ex machina que descienden para suprimir los problemas. Paradójicamente es entonces cuando brilla la literatura, bendita musa irracional. Es especialmente notoria en el viaje a Grecia, con su "bello desastre de las islas dispersas", en una cubierta de buque olorosa a camellero egipcio, a aguador armenio, a puta parisiense o a pisaverde de Turín, donde advierte Adolfo que su verdadera vocación siempre había sido la de cuidador de cabras en Hipogasto.
Al final de cuentas, vemos que la novela no está lejos —creo personalmente que la supera con creces— de aquella muy mentada y sin duda sobrevalorada —lo que hacen el prestigio del suicidio y de la juventud— Que viva la música de Andrés Caicedo.
Quiero finalizar con una reflexión, ojalá provechosa. Aguilera Garramuño demuestra, una vez más, que nuestra riqueza expresiva —hablo no sé si de la del latinoamericano, del hombre del trópico o del tercermundista, que no los he conseguido ubicar porque no soy sociólogo— se esconde en nuestro sistemático repudio a los sistemas y a las academias y florece en el caos inteligente. La lectura de una obra como ésta invita —¡oh desgracia!— al análisis socio-político (¡qué horrible!). Un personaje se impone hoy en las letras: el desadaptado urbano, incoherente, soñador, mamagallista y, sobre todo, intrascendente. Su historia —a lo más— nos hace reír o nos pone los pelos de punta y puede ser el pretexto para una bella novela. Creo descubrir en la literatura más actual un nuevo rumbo. Se trasluce en ella el anhelo, la esperanza de una vida mejor, más justa. No ya el llanto y la ira que propagó una desesperanzada Latinoamérica antes y durante el boom.
En este caso, en particular, encuentro patente la influencia de la narra tiva mexicana actual (¡Dios tenga en su seno a Jorge Ibargüengoitia!), tan lúdica y gozona. Ya no habla la voz de Onetti ni la de Rulfo. Ya hay una capacidad para reír, así sea a costa de nuestras insensateces, dentro de un nivel de vida soportable. Es, lo entreveo, el despunte de una nueva generación, ávida de paz y de progreso.
LUIS H. ARISTIZÁBAL


27 de julio de 2016

¿Quién es Adolfo Montaño Vivas, el frenáptero?

En la Feria del Libro de Saltillo el próximo sábado me pidieron una conferencia sobre mi trabajo literario. He aquí (aproximadamente) lo que voy a decir. Me sucede que escribo las conferencias y termino olvidándome de ellas.

Los placeres perdidos

Los placeres perdidos ha sido la novela que menos trabajo ha costado escribir. Nació de la admiración irrestricta por una persona que vive en la ciudad de Cali, Colombia. Era por los tiempos en que lo conocí, un muchacho de aproximadamente dieciocho años. De apostura agradable, atlético, parecía vivir a otro ritmo y en otro mundo, muy distante del carácter superficial y fiestero de las calles de la ciudad por la que discurría su cuerpo. En torno a él siempre había un grupo de personas, que formaban una especie de sociedad, no secreta sino pública —pues no se ocultaban de nadie y no tenían nada que ocultar, a no ser pequeños placeres sensoriales e imaginativos que proporcionaba la hierba inofensiva, que fumaban casi sin esconderse en los jardines de la Ciudad Universitaria del Valle o en los parques de Cali—. El muchacho en cuestión se llamaba y sigue llamándose Adolfo Montañovivas y en él concurrían una serie de virtudes, talentos y gracias, que lo convertían en el centro de atención de mucha gente. Hay que hacer la salvedad de que así como había personas que prácticamente lo adoraban y estaban pendientes de cada una de sus palabras y  de sus actos, había otras personas que se reían abiertamente de él, que lo calificaban como loco, trastornado, drogadicto, hippie, inmoral y cuanto la sociedad convencional podía inventarle. El caso es que Adolfo era músico: cantaba como los ángeles, componía romanzas medievales, tocaba la flauta, el piano y muchos otros instrumentos. Era querido por los niños, con los que improvisaba en el término de quince minutos, unos coros polífónicos inigualables. Adolfo era poeta, no sólo académico o más bien muy poco académico, y lograba sacar de la nada poemas soberanamente conmovedores y a veces muy divertidos, que dedicaba a los temas más insólitos. Recuerdo ahora un poema dedicado a un vaquero... Adolfo tenía una sabiduría insólita sobre las plantas y era un botánico natural, que lograba injertos sorprendentes y hacía experimentos, tenía viveros en la azotea de su casa, coleccionaba plantas raras y se extasiaba en los mercados oliendo hierbas y hablando interminablemente con indígenas y viejitas conocedoras, a las que enseñaba y de las que recibía enseñanzas. Las aventuras de Adolfo eran de lo más insólitas y espero hablar de ellas más adelante, pero por lo pronto les adelanto la forma en que sin tener un centavo logró ser propietario de la finca más hermosa que se pueda imaginar en las laderas donde nace el río Pance, cerca de Cali. Un día caminando por el campo, como lo hacía habitualmente con su mochila a la espalda, sus tenis y su pantalón vaquero y su camiseta blanca –nunca usó anteojos o sombrero, aunque pasaba días enteros bajo el sol calcinante del Valle del Cauca— ... un día caminando por el campo vio cerca de la cima de una montaña una casita rodeada de árboles frutales, bambúes y helechos, vio a su lado una quebrada de cristal vivo bajando de la montaña, vio grandes piedras y un cielo sin comparación alguna. Entonces, extasiado, miró hacia arriba y se dirigió a Dios, con quien tenía coloquios frecuentes: «Mucho te agradecería, Señor, y espero me disculpes la confianza, que me regalaras este Paraíso».  Y no, no se abrió el cielo ni se asomó Dios entre las nubes, sino que se abrió la puerta de la casita y salió una señora ancianita, con la que Adolfo entabló plática tan amena sobre plantas y animales, que cuando llegó la hora de la despedida, la viejita le dijo: “Querido Adolfo, espero que  no te vayas a ofender por lo que te voy a decir. Es que mira, yo me voy a morir pronto y no tengo a quien heredar este territorio amoroso. Y bueno, quiero regalártelo a ti». Fue a buscar las escrituras y le dijo: «Todo esto que ves es tuyo. nadie podrá cuidarlo y disfrutarlo como tu». El carácter de Adolfo es tal, su talante de persona tan  inocente, es tan confiado en Dios, que el amigo –vamos a llamarlo frenáptero, y luego les diré por qué— ni siquiera se asombró, le pareció perfectamente natural aquel obsequio. Solamente alzó los ojos al cielo y dijo: «Gracias, Señor. Sabes que siempre he confiado en tu sabiduría y estaba seguro que no me ibas a decepcionar». Luego abrazó a la viejita y listo: pasó a ser propietario del más literal  paraíso que pueda haber —yo estuve allí hace apenas dos años y nunca he visto un sitio más hermoso, placentero y dichoso—. Obviaremos los trámites notariales que debió sufrir Adolfo y pasemos a otro asunto. Estábamos hablando de los talentos de Adolfo. Antes, cumplamos una promesa. Diré por qué llamo a Adolfo «frenáptero». Es que en aquellos tiempos yo estaba estudiando griego antiguo y una de mis entretenciones en clase —Universidad del Valle, licenciatura en Filosofía—era unir raíces para crear palabras. Uní la raíz “phren” y la raíz “pteros”  e inventé la palabra “frenáptero. Cuyo significado sería, más o menos, “persona de mente alada”. Eso era para mí Adolfo: una persona de mente alada, lejos de convencionalismos, inventando a cada instante, creando, componiendo música, haciendo poesía, escribiendo novela. Porque no había dicho que Adolfo era un narrador excelente, que dejaba embelesado a cualquiera con sus historias. Y por eso los niños se acercaban a él como si fuera un San Francisco —diremos de paso que Adolfo  tenía y tiene mucho de San Francisco de Asís, incluyendo una especie de santidad difícil de definir y comprender—: Adolfo podía mantener a los niños horas escuchando sus historias y era frecuente que anduviera por las calles con cinco o seis chiquillos o chiquillas detrás. Había quienes tergiversaban estas amistades y llegaban a considerar a Adolfo persona peligrosa, particularmente porque sus ideas no siempre coincidían con las morales al uso. Adolfo, en su famosa mochila, verdadera caja de maravillas, portaba —a más de objetos insólitos como campanillas de acólito y frascos de mermelada para engatusar a las hormigas, dos o tres novelas siempre en proceso. Nunca supe que terminara una. Muestras públicas y editadas de su talento hay pocas. Sólo sé que participó en un gran concurso de cuento y ganó, con un texto que se llama “La rueda”. En realidad el frenáptero carecía de ambiciones literarias, no quería figurar ni salir en las fotos, sino básicamente disfrutar de la vida y hacer que los que lo rodeaban gozaran de ella. Al frenáptero le parecía que la fama era una lacra y que lo mejor era pasar inadvertido, de modo que pudiera divertirse sin suscitar  mucha curiosidad. Había un detalle que iba a contracorriente de su deseo de no figurar: Adolfo poseía belleza física y magnetismo, que llamaban la atención de hombres y mujeres por igual. Tales dones le acarreaban problemas, persecusiones, seducciones de todo tipo de personas, que no siempre tenían intenciones sanas. Adolfo con su buen carácter sabía sortear a todos los que se le acercaban sin honestos objetivos. Lo suyo era fundamentalmente la gracia del alma. La enumeración de sus otros dones y gracias sería interminable: pintor, muralista, vitralista, pedagogo,  diseñador de paisajes, teórico del amor, el esoterismo, la música medieval, botánico, explorador. Y sobre todo amigo dispuesto a perder todo el tiempo del mundo con quienes quisieran escucharlo y seguirlo a todas partes. Yo fui su seguidor durante varios años y con él tuve atrevimientos que no tendría con nadie. Emprendí viajes de hongos sagrados y permanecí en el campo, entendiendo la esencia del hombre, gracias a la guía de aquella especie de santo. Pero mis intenciones no eran tan castas, tan sanas, tan santas: yo quería escribir sobre él y por eso fue que siempre que estuve a su lado llevaba una libreta en la que iba escribiendo todo lo que él decía, lo que hacía.  De esas notas salió la novela que inicialmente llamé Venturas y desventuras de un frenáptero. Naturalmente no siempre fui fiel a las notas. A veces dejé volar la imaginación: inventé un pianociclo, es decir, un piano que el Adolfo de la novela acarreaba con la fuerza de sus piernas; inventé escenas de amor, pero en general la obra se basa en las andanzas de este personaje que todavía discurre por las calles de Cali. Envié la obra a la Bienal de Novela José Eustasio Rivera en Colombia, en la que un amigo mío era miembro del jurado. A Los placeres perdidos  le otorgaron el premio, no sé si por influencia de mi amigo o por la calidad de la  obra. El caso es que se publicó en Colombia y en México y que recibió buenos comentarios en los dos países. Esta novela fue la primera que me dio la seguridad para presentarme ante un editor en México y decirle en 1985: “Sólo si me paga diez mil pesos autorizo su publicación”. Lo que era una insolencia, pues yo era un autor desconocido en este país. El editor, a quien le había gustado la obra, se atrevió a pagarme diez mil pesos, que en aquellos días era mucho dinero. Tengo que decir, sin pena alguna, que la novela constituyó un éxito de crítica pero un estruendoso fracaso de ventas. Y vale la pena explicar por qué: resulta que la editorial que publicó la novela es una editorial que se dedica a editar textos de calidad bastante pobre para un público no muy exigente —sus títulos más taquilleros son Tú puedes ser el mejor, La supersecretaria, La magia de Karen Lara—  que no estaba dispuesto a comprar un producto que se anunciaba como literatura. La editorial se llama Edamex y es el tipo de empresa que coloca sus libros en supermercados y grandes almacenes. Esto no le quita el mérito ni a la novela ni a la editorial. La novela ha sido leída por muchas personas, que han simpatizado con el personaje y que incluso han llegado a adoptar su lenguaje y a utilizar en su habla diaria las palabras “frenáptero” y “frenolito” —el frenolito es la contraparte del personaje de mente alada, es decir, es el personaje con mente petrificada.
       Esta es la breve historia de  Los placeres perdidos, una novela que de alguna manera cifra la experiencia de toda una generación en Colombia: la del poshippismo, la de los inicios de la segunda gran violencia, la del acercamiento más respetuoso al mundo de la alucinación. Se trata de una novela de época, pero intenta  representar a un espíritu esencial en la humanidad: el espíritu grande, creador, renacentista, que recuerda de alguna manera al hombre del paraíso, frente al cual el hombre actual no es sino un remedo. Aunque no sea la novela que me haya dado más dinero, es quizás la que más me gusta, tal vez porque en ella yo no aparezco como fuente de inspiración, fuente de datos, personaje o veta. Es una novela que me dio la realidad casi en su pureza y en la que mi imaginación interviene muy poco.

El juego de las seducciones

Si Los placeres perdidos fue una novela fácil de escribir, que terminé rápidamente y sin dificultades de ninguna clase,  El juego de las seducciones fue una auténtica tortura que se prolongó por diecinueve años. El asunto de la novela era espinoso, no sólo porque entraba de lleno en mi intimidad, sino porque se ocupaba de mi familia y de mi madre. Se trataba básicamente de relatar los orígenes de una enfermedad mental, la del protagonista, que pierde el sentido de la realidad a los diecisiete años, cuando debe que enfrentarse a un mundo que se le antoja terrible. La idea de la expulsión del reino, o del paraíso del seno familiar está presente: Alejandro, un muchacho que recién termina su bachillerato, es obligado a ir a trabajar como maestro rural a un pueblo perdido en las montañas del sur de Costa Rica. El juego de las seducciones tiene una estructura relativamente compleja, y constituye mi primer verdadero experimento con diversos elementos de la novela: la estructura, el tiempo, los personajes, el espacio. El aspecto más importante de la novela en términos de estructura es la ruptura temporal: la novela se cuenta en tres tiempos que avanzan de manera paralela: 1. La vida de Alejandro desde que sale de su casa rumbo a Pueblo Nuevo, donde ha de trabajar. 2. El relato de la recuperación de la infancia de Alejandro, en el  que se involucra a su familia —varios hermanos y una hermana, la madre viuda que tras la muerte del padre de Alejandro se involucra en varias relaciones amorosas destructivas. 3. El monólogo de Alejandro, recluido en la habitación de la casa familiar, ya afectado por completo por lo que un psiquiatra califica como esquizofrenia precoz. La novela avanza por ciclos de tres en la forma un, dos, tres, un dos tres, de modo que el lector recupera el hilo de lo que se ha contado en el fragmento uno, en el fragmento cuatro. El efecto que quise crear fue el de un enriquecimiento cada vez mayor de la información que tiene el lector, de modo que se fuera involucrando cada vez más. El capítulo final empata con el primero. En el final se cuenta el escape de Alejandro de Pueblo Nuevo, donde ha sufrido un proceso persecutorio, alucinaciones y ha cometido actos que los habitantes consideran contra la moral: Alejandro pierde la conciencia y huye rumbo a su casa. En el primer capítulo se cuenta la llegada de Alejandro a la casa familiar, donde se desploma en llanto en los brazos de su madre y sólo atina a decir «¡estoy loco!»
Una de las características que algunas personas han señalado de mis novelas es que exigen en ciertas partes, regresar a fragmentos o capítulos anteriores, o por lo menos solicitan una segunda lectura. Supongo que éste puede ser un valor para el buen lector y un disvalor para el lector apresurado, el que simplemente quiere divertirse.
            Para escribir esta novela no solo recurrí a experiencias personales y de mi familia, sino que —creo que como estrategia de distracción o para no terminar una novela que me causaba problemas de conciencia—emprendí muchos estudios sobre temas tan diversos como mitología, psicología, psicoanálisis, estudios sobre enfermedades mentales, particularmente sobre esquizofrenia. Estudié antropología, leí las tragedias griegas y ya no recuerdo cuantas otras cosas. El caso es que yo de alguna forma no podía o no quería terminar esta novela. Publicarla no fue muy difícil, después del “exito” de otros libros míos como  Cuentos para después de hacer el amor  o  Mujeres amadas.  El caso es que yo ya tenía un editor, un empresario que creía en mi trabajo y que estaba dispuesto a invertir en él.
            La novela tuvo una suerte paradójica: hubo algunas reseñas, no muchas, en las que destacaban que era de nuevo, mi mejor novela, y por otro lado la obra tuvo mala distribución y pronto cayó en el olvido. Ha habido quienes la han encomiado altamente, diciendo que es una obra de gran ambición, en la que se nota una influencia benéfica de Dostoievski, cosa que yo no negaría. Dostoievski me ha impresionado desde mi adolescencia lectora: su capacidad de profundizar en el alma humana me parece prácticamente inigualable. Sus novelas son conmovedoras, inolvidables, hay quien dice que imperfectas —pero eso en verdad importa muy poco—: El idiota, Crimen y castigo, La noches blancas, Los hermanos Karamazov, son cimas inalcanzables. Solo ha habido un Dostoievsi que reina como un Himalaya en el territorio de la literatura. Yo quise hacer lo que Dostoievski: entrar en un espíritu humano y llegar hasta el fondo, buscar sus más profundas incitaciones, sus resortes secretos, no guardar nada, no tener pudor alguno, hacer una especie de harakiri o strip tease del alma: eso quiso ser  El juego de las seducciones.


 EL LIBRO DE LA VIDA
El libro de la vida bien podría llamarse El libro de mi vida, porque está basado directamente en mi existencia, desde el momento en que llegué a la ciudad de Xalapa. En aquellos lejanos días de fines de 1979, hace ya 24 años, llegué a esta ciudad movido por dos fuerzas muy importantes: el amor y el dinero. (Primero hablaré del dinero: participé en un concurso literario organizado por  La Palabra y el hombre, revista de la Universidad Veracruzana; gané el segundo premio y con ese dinero me escapé de Monterrey para venirme a vivir a Xalapa). Hay que decir que de alguna manera en Monterrey había fracasado en el amor, al no poder culminar una relación amorosa, con una mujer que parecía la definitiva, y que a últimas fue una de tantas, una de la fila de mujeres que han pasado por mi vida, algunas dejando una huella y otras simplemente desapareciendo. Aunque habré de decir que para  un grafómano, para un grafoadicto como yo, es difícil que pase una mujer sin que ella de alguna forma termine convertida en literatura. En cierta forma el autor, este autor que yo era y soy, al fijar a una mujer en el papel, la estaba matando, la estoy borrando de mi vida activa. Ya dejan de ser mujeres para ser literatura. Hay excepciones, pero de eso no hablaré hoy y posiblemente no hablaré durante este taller. Tal vez en el próximo o en el que vaya a impartir dentro de cinco años me ocupe de ese tema. Viéndome en esta ciudad en aquel tiempo (fines de la década de los setentas) tan cerrada, tan limitada, tan cubierta de niebla y ocupada por seres desconocidos que se ocultaban en sus casas, yo busqué alguna ocupación o algunas ocupaciones que me impidieran volverme loco. Imaginar que en aquellos días la ciudad de Xalapa podía estar cegada por una niebla que tardaba 30 días en disiparse, es para volver loco a cualquiera. Yo logré escapar del tedio y el aburrimiento —lo de la locura es una licencia poética: el que escribe ya nunca puede volverse loco, pues tiene un interlocutor perfecto, y ya se sabe, sólo se vuelven locos los que ya no tienen con quien hablar—, logré escaparme del tedio gracias a la compañía de algunas mujeres que encontraba en La Parroquia, que en aquel tiempo era el sitio de los solitarios. Entablé relaciones con una mujer y luego con otra. Y ellas pasaban del café a la cama y de la cama al papel, aunque también había momentos en que no estábamos ni en la cama ni en el café. Me dediqué a vivir mi vida de soltero y a relatarla minuciosamente en grandes libretas. Año tras año escribía todo lo que hacía con esas mujeres y sin esas mujeres y contaba mi vida como escritor o como aspirante a escritor.
    

Muchos años después, más o menos en 1985, fue fundada la revista Línea,  y recibí la invitación a colaborar semanalmente. Se me dio absoluta libertad para tratar cualquier tema que quisiera en el tono que más me acomodara. Se me ocurrió la idea de sacar historias de esos cuadernillos que había escrito a lo largo de los años. Eran en realidad mis diarios: en los que apuntaba no sólo mis relatos de aventuras amorosas o gnoseológicas —lo fundamental era describir los comportamientos femeninos dentro y fuera de la cama, en un intento de captar algo como el espíritu femenino por medio de la carne; en otras palabras, era una especie de fenomenología de la mujer. Pero no se trataba de un simple estudio de las mujeres, sino que tras ello había un empeño personal: el de encontrar una mujer a mi medida, una mujer que detuviera el flujo de mujeres por mi vida, por mis cuadernos diarios y finalmente, por mis libros. A mis entregas semanales las títulé Diario de un frenético.  Pocas revistas se han leído tanto y con tal fruición como la revista  Línea.  Se leía en las oficinas de la Universidad Veracruzana, en las de gobierno, en los cafés, se hallaba en las mesas de los consultorio y en muchos otros sitios. Evidentemente interesaba el tema erótico, pero también la chismografía que se tejió en torno a los artículos semanales. La curiosidad estaba motivada sobre todo por un par de razones: Xalapa era una ciudad bastante provinciana y muchos de los personajes, particularmente de  las  protagonistas, eran o se pensaba que eran personas reales, en ocasiones esposas o hermanas o hijas de políticos encumbrados o personas de alta alcurnia intelectual o social.  El diario de un frenético  fue publicado durante quizás dos años, hasta que comenzaron a haber manifestaciones de personas prestantes, que pedían que terminara aquel aquelarre. Un periódico de la localidad, en voz de su director – que ahora es una estatua y un centro cultural, una colonia de Xalapa y muchas otras cosas— solicitó al rector en turno de la Universidad Veracruzana, que se expulsara al autor. Además el honestísimo señor hizo gestiones para que gobernación expulsara del país a quien calificó como corruptor de la sociedad y denigrador de la mujer veracruzana. Los ataques no progresaron en aquel tiempo porque el autor del Diario de un frenético, viéndose en apuros y sin poder alguno, solicitó la ayuda de Gabriel García Márquez. Gabo se ocupó del asunto y el escándalo fue acallado.   Sin embargo el  Diario de un frenético siguió siendo publicado hasta que la revista  Línea desapareció.