27 de julio de 2016

¿Quién es Adolfo Montaño Vivas, el frenáptero?

En la Feria del Libro de Saltillo el próximo sábado me pidieron una conferencia sobre mi trabajo literario. He aquí (aproximadamente) lo que voy a decir. Me sucede que escribo las conferencias y termino olvidándome de ellas.

Los placeres perdidos

Los placeres perdidos ha sido la novela que menos trabajo ha costado escribir. Nació de la admiración irrestricta por una persona que vive en la ciudad de Cali, Colombia. Era por los tiempos en que lo conocí, un muchacho de aproximadamente dieciocho años. De apostura agradable, atlético, parecía vivir a otro ritmo y en otro mundo, muy distante del carácter superficial y fiestero de las calles de la ciudad por la que discurría su cuerpo. En torno a él siempre había un grupo de personas, que formaban una especie de sociedad, no secreta sino pública —pues no se ocultaban de nadie y no tenían nada que ocultar, a no ser pequeños placeres sensoriales e imaginativos que proporcionaba la hierba inofensiva, que fumaban casi sin esconderse en los jardines de la Ciudad Universitaria del Valle o en los parques de Cali—. El muchacho en cuestión se llamaba y sigue llamándose Adolfo Montañovivas y en él concurrían una serie de virtudes, talentos y gracias, que lo convertían en el centro de atención de mucha gente. Hay que hacer la salvedad de que así como había personas que prácticamente lo adoraban y estaban pendientes de cada una de sus palabras y  de sus actos, había otras personas que se reían abiertamente de él, que lo calificaban como loco, trastornado, drogadicto, hippie, inmoral y cuanto la sociedad convencional podía inventarle. El caso es que Adolfo era músico: cantaba como los ángeles, componía romanzas medievales, tocaba la flauta, el piano y muchos otros instrumentos. Era querido por los niños, con los que improvisaba en el término de quince minutos, unos coros polífónicos inigualables. Adolfo era poeta, no sólo académico o más bien muy poco académico, y lograba sacar de la nada poemas soberanamente conmovedores y a veces muy divertidos, que dedicaba a los temas más insólitos. Recuerdo ahora un poema dedicado a un vaquero... Adolfo tenía una sabiduría insólita sobre las plantas y era un botánico natural, que lograba injertos sorprendentes y hacía experimentos, tenía viveros en la azotea de su casa, coleccionaba plantas raras y se extasiaba en los mercados oliendo hierbas y hablando interminablemente con indígenas y viejitas conocedoras, a las que enseñaba y de las que recibía enseñanzas. Las aventuras de Adolfo eran de lo más insólitas y espero hablar de ellas más adelante, pero por lo pronto les adelanto la forma en que sin tener un centavo logró ser propietario de la finca más hermosa que se pueda imaginar en las laderas donde nace el río Pance, cerca de Cali. Un día caminando por el campo, como lo hacía habitualmente con su mochila a la espalda, sus tenis y su pantalón vaquero y su camiseta blanca –nunca usó anteojos o sombrero, aunque pasaba días enteros bajo el sol calcinante del Valle del Cauca— ... un día caminando por el campo vio cerca de la cima de una montaña una casita rodeada de árboles frutales, bambúes y helechos, vio a su lado una quebrada de cristal vivo bajando de la montaña, vio grandes piedras y un cielo sin comparación alguna. Entonces, extasiado, miró hacia arriba y se dirigió a Dios, con quien tenía coloquios frecuentes: «Mucho te agradecería, Señor, y espero me disculpes la confianza, que me regalaras este Paraíso».  Y no, no se abrió el cielo ni se asomó Dios entre las nubes, sino que se abrió la puerta de la casita y salió una señora ancianita, con la que Adolfo entabló plática tan amena sobre plantas y animales, que cuando llegó la hora de la despedida, la viejita le dijo: “Querido Adolfo, espero que  no te vayas a ofender por lo que te voy a decir. Es que mira, yo me voy a morir pronto y no tengo a quien heredar este territorio amoroso. Y bueno, quiero regalártelo a ti». Fue a buscar las escrituras y le dijo: «Todo esto que ves es tuyo. nadie podrá cuidarlo y disfrutarlo como tu». El carácter de Adolfo es tal, su talante de persona tan  inocente, es tan confiado en Dios, que el amigo –vamos a llamarlo frenáptero, y luego les diré por qué— ni siquiera se asombró, le pareció perfectamente natural aquel obsequio. Solamente alzó los ojos al cielo y dijo: «Gracias, Señor. Sabes que siempre he confiado en tu sabiduría y estaba seguro que no me ibas a decepcionar». Luego abrazó a la viejita y listo: pasó a ser propietario del más literal  paraíso que pueda haber —yo estuve allí hace apenas dos años y nunca he visto un sitio más hermoso, placentero y dichoso—. Obviaremos los trámites notariales que debió sufrir Adolfo y pasemos a otro asunto. Estábamos hablando de los talentos de Adolfo. Antes, cumplamos una promesa. Diré por qué llamo a Adolfo «frenáptero». Es que en aquellos tiempos yo estaba estudiando griego antiguo y una de mis entretenciones en clase —Universidad del Valle, licenciatura en Filosofía—era unir raíces para crear palabras. Uní la raíz “phren” y la raíz “pteros”  e inventé la palabra “frenáptero. Cuyo significado sería, más o menos, “persona de mente alada”. Eso era para mí Adolfo: una persona de mente alada, lejos de convencionalismos, inventando a cada instante, creando, componiendo música, haciendo poesía, escribiendo novela. Porque no había dicho que Adolfo era un narrador excelente, que dejaba embelesado a cualquiera con sus historias. Y por eso los niños se acercaban a él como si fuera un San Francisco —diremos de paso que Adolfo  tenía y tiene mucho de San Francisco de Asís, incluyendo una especie de santidad difícil de definir y comprender—: Adolfo podía mantener a los niños horas escuchando sus historias y era frecuente que anduviera por las calles con cinco o seis chiquillos o chiquillas detrás. Había quienes tergiversaban estas amistades y llegaban a considerar a Adolfo persona peligrosa, particularmente porque sus ideas no siempre coincidían con las morales al uso. Adolfo, en su famosa mochila, verdadera caja de maravillas, portaba —a más de objetos insólitos como campanillas de acólito y frascos de mermelada para engatusar a las hormigas, dos o tres novelas siempre en proceso. Nunca supe que terminara una. Muestras públicas y editadas de su talento hay pocas. Sólo sé que participó en un gran concurso de cuento y ganó, con un texto que se llama “La rueda”. En realidad el frenáptero carecía de ambiciones literarias, no quería figurar ni salir en las fotos, sino básicamente disfrutar de la vida y hacer que los que lo rodeaban gozaran de ella. Al frenáptero le parecía que la fama era una lacra y que lo mejor era pasar inadvertido, de modo que pudiera divertirse sin suscitar  mucha curiosidad. Había un detalle que iba a contracorriente de su deseo de no figurar: Adolfo poseía belleza física y magnetismo, que llamaban la atención de hombres y mujeres por igual. Tales dones le acarreaban problemas, persecusiones, seducciones de todo tipo de personas, que no siempre tenían intenciones sanas. Adolfo con su buen carácter sabía sortear a todos los que se le acercaban sin honestos objetivos. Lo suyo era fundamentalmente la gracia del alma. La enumeración de sus otros dones y gracias sería interminable: pintor, muralista, vitralista, pedagogo,  diseñador de paisajes, teórico del amor, el esoterismo, la música medieval, botánico, explorador. Y sobre todo amigo dispuesto a perder todo el tiempo del mundo con quienes quisieran escucharlo y seguirlo a todas partes. Yo fui su seguidor durante varios años y con él tuve atrevimientos que no tendría con nadie. Emprendí viajes de hongos sagrados y permanecí en el campo, entendiendo la esencia del hombre, gracias a la guía de aquella especie de santo. Pero mis intenciones no eran tan castas, tan sanas, tan santas: yo quería escribir sobre él y por eso fue que siempre que estuve a su lado llevaba una libreta en la que iba escribiendo todo lo que él decía, lo que hacía.  De esas notas salió la novela que inicialmente llamé Venturas y desventuras de un frenáptero. Naturalmente no siempre fui fiel a las notas. A veces dejé volar la imaginación: inventé un pianociclo, es decir, un piano que el Adolfo de la novela acarreaba con la fuerza de sus piernas; inventé escenas de amor, pero en general la obra se basa en las andanzas de este personaje que todavía discurre por las calles de Cali. Envié la obra a la Bienal de Novela José Eustasio Rivera en Colombia, en la que un amigo mío era miembro del jurado. A Los placeres perdidos  le otorgaron el premio, no sé si por influencia de mi amigo o por la calidad de la  obra. El caso es que se publicó en Colombia y en México y que recibió buenos comentarios en los dos países. Esta novela fue la primera que me dio la seguridad para presentarme ante un editor en México y decirle en 1985: “Sólo si me paga diez mil pesos autorizo su publicación”. Lo que era una insolencia, pues yo era un autor desconocido en este país. El editor, a quien le había gustado la obra, se atrevió a pagarme diez mil pesos, que en aquellos días era mucho dinero. Tengo que decir, sin pena alguna, que la novela constituyó un éxito de crítica pero un estruendoso fracaso de ventas. Y vale la pena explicar por qué: resulta que la editorial que publicó la novela es una editorial que se dedica a editar textos de calidad bastante pobre para un público no muy exigente —sus títulos más taquilleros son Tú puedes ser el mejor, La supersecretaria, La magia de Karen Lara—  que no estaba dispuesto a comprar un producto que se anunciaba como literatura. La editorial se llama Edamex y es el tipo de empresa que coloca sus libros en supermercados y grandes almacenes. Esto no le quita el mérito ni a la novela ni a la editorial. La novela ha sido leída por muchas personas, que han simpatizado con el personaje y que incluso han llegado a adoptar su lenguaje y a utilizar en su habla diaria las palabras “frenáptero” y “frenolito” —el frenolito es la contraparte del personaje de mente alada, es decir, es el personaje con mente petrificada.
       Esta es la breve historia de  Los placeres perdidos, una novela que de alguna manera cifra la experiencia de toda una generación en Colombia: la del poshippismo, la de los inicios de la segunda gran violencia, la del acercamiento más respetuoso al mundo de la alucinación. Se trata de una novela de época, pero intenta  representar a un espíritu esencial en la humanidad: el espíritu grande, creador, renacentista, que recuerda de alguna manera al hombre del paraíso, frente al cual el hombre actual no es sino un remedo. Aunque no sea la novela que me haya dado más dinero, es quizás la que más me gusta, tal vez porque en ella yo no aparezco como fuente de inspiración, fuente de datos, personaje o veta. Es una novela que me dio la realidad casi en su pureza y en la que mi imaginación interviene muy poco.

El juego de las seducciones

Si Los placeres perdidos fue una novela fácil de escribir, que terminé rápidamente y sin dificultades de ninguna clase,  El juego de las seducciones fue una auténtica tortura que se prolongó por diecinueve años. El asunto de la novela era espinoso, no sólo porque entraba de lleno en mi intimidad, sino porque se ocupaba de mi familia y de mi madre. Se trataba básicamente de relatar los orígenes de una enfermedad mental, la del protagonista, que pierde el sentido de la realidad a los diecisiete años, cuando debe que enfrentarse a un mundo que se le antoja terrible. La idea de la expulsión del reino, o del paraíso del seno familiar está presente: Alejandro, un muchacho que recién termina su bachillerato, es obligado a ir a trabajar como maestro rural a un pueblo perdido en las montañas del sur de Costa Rica. El juego de las seducciones tiene una estructura relativamente compleja, y constituye mi primer verdadero experimento con diversos elementos de la novela: la estructura, el tiempo, los personajes, el espacio. El aspecto más importante de la novela en términos de estructura es la ruptura temporal: la novela se cuenta en tres tiempos que avanzan de manera paralela: 1. La vida de Alejandro desde que sale de su casa rumbo a Pueblo Nuevo, donde ha de trabajar. 2. El relato de la recuperación de la infancia de Alejandro, en el  que se involucra a su familia —varios hermanos y una hermana, la madre viuda que tras la muerte del padre de Alejandro se involucra en varias relaciones amorosas destructivas. 3. El monólogo de Alejandro, recluido en la habitación de la casa familiar, ya afectado por completo por lo que un psiquiatra califica como esquizofrenia precoz. La novela avanza por ciclos de tres en la forma un, dos, tres, un dos tres, de modo que el lector recupera el hilo de lo que se ha contado en el fragmento uno, en el fragmento cuatro. El efecto que quise crear fue el de un enriquecimiento cada vez mayor de la información que tiene el lector, de modo que se fuera involucrando cada vez más. El capítulo final empata con el primero. En el final se cuenta el escape de Alejandro de Pueblo Nuevo, donde ha sufrido un proceso persecutorio, alucinaciones y ha cometido actos que los habitantes consideran contra la moral: Alejandro pierde la conciencia y huye rumbo a su casa. En el primer capítulo se cuenta la llegada de Alejandro a la casa familiar, donde se desploma en llanto en los brazos de su madre y sólo atina a decir «¡estoy loco!»
Una de las características que algunas personas han señalado de mis novelas es que exigen en ciertas partes, regresar a fragmentos o capítulos anteriores, o por lo menos solicitan una segunda lectura. Supongo que éste puede ser un valor para el buen lector y un disvalor para el lector apresurado, el que simplemente quiere divertirse.
            Para escribir esta novela no solo recurrí a experiencias personales y de mi familia, sino que —creo que como estrategia de distracción o para no terminar una novela que me causaba problemas de conciencia—emprendí muchos estudios sobre temas tan diversos como mitología, psicología, psicoanálisis, estudios sobre enfermedades mentales, particularmente sobre esquizofrenia. Estudié antropología, leí las tragedias griegas y ya no recuerdo cuantas otras cosas. El caso es que yo de alguna forma no podía o no quería terminar esta novela. Publicarla no fue muy difícil, después del “exito” de otros libros míos como  Cuentos para después de hacer el amor  o  Mujeres amadas.  El caso es que yo ya tenía un editor, un empresario que creía en mi trabajo y que estaba dispuesto a invertir en él.
            La novela tuvo una suerte paradójica: hubo algunas reseñas, no muchas, en las que destacaban que era de nuevo, mi mejor novela, y por otro lado la obra tuvo mala distribución y pronto cayó en el olvido. Ha habido quienes la han encomiado altamente, diciendo que es una obra de gran ambición, en la que se nota una influencia benéfica de Dostoievski, cosa que yo no negaría. Dostoievski me ha impresionado desde mi adolescencia lectora: su capacidad de profundizar en el alma humana me parece prácticamente inigualable. Sus novelas son conmovedoras, inolvidables, hay quien dice que imperfectas —pero eso en verdad importa muy poco—: El idiota, Crimen y castigo, La noches blancas, Los hermanos Karamazov, son cimas inalcanzables. Solo ha habido un Dostoievsi que reina como un Himalaya en el territorio de la literatura. Yo quise hacer lo que Dostoievski: entrar en un espíritu humano y llegar hasta el fondo, buscar sus más profundas incitaciones, sus resortes secretos, no guardar nada, no tener pudor alguno, hacer una especie de harakiri o strip tease del alma: eso quiso ser  El juego de las seducciones.


 EL LIBRO DE LA VIDA
El libro de la vida bien podría llamarse El libro de mi vida, porque está basado directamente en mi existencia, desde el momento en que llegué a la ciudad de Xalapa. En aquellos lejanos días de fines de 1979, hace ya 24 años, llegué a esta ciudad movido por dos fuerzas muy importantes: el amor y el dinero. (Primero hablaré del dinero: participé en un concurso literario organizado por  La Palabra y el hombre, revista de la Universidad Veracruzana; gané el segundo premio y con ese dinero me escapé de Monterrey para venirme a vivir a Xalapa). Hay que decir que de alguna manera en Monterrey había fracasado en el amor, al no poder culminar una relación amorosa, con una mujer que parecía la definitiva, y que a últimas fue una de tantas, una de la fila de mujeres que han pasado por mi vida, algunas dejando una huella y otras simplemente desapareciendo. Aunque habré de decir que para  un grafómano, para un grafoadicto como yo, es difícil que pase una mujer sin que ella de alguna forma termine convertida en literatura. En cierta forma el autor, este autor que yo era y soy, al fijar a una mujer en el papel, la estaba matando, la estoy borrando de mi vida activa. Ya dejan de ser mujeres para ser literatura. Hay excepciones, pero de eso no hablaré hoy y posiblemente no hablaré durante este taller. Tal vez en el próximo o en el que vaya a impartir dentro de cinco años me ocupe de ese tema. Viéndome en esta ciudad en aquel tiempo (fines de la década de los setentas) tan cerrada, tan limitada, tan cubierta de niebla y ocupada por seres desconocidos que se ocultaban en sus casas, yo busqué alguna ocupación o algunas ocupaciones que me impidieran volverme loco. Imaginar que en aquellos días la ciudad de Xalapa podía estar cegada por una niebla que tardaba 30 días en disiparse, es para volver loco a cualquiera. Yo logré escapar del tedio y el aburrimiento —lo de la locura es una licencia poética: el que escribe ya nunca puede volverse loco, pues tiene un interlocutor perfecto, y ya se sabe, sólo se vuelven locos los que ya no tienen con quien hablar—, logré escaparme del tedio gracias a la compañía de algunas mujeres que encontraba en La Parroquia, que en aquel tiempo era el sitio de los solitarios. Entablé relaciones con una mujer y luego con otra. Y ellas pasaban del café a la cama y de la cama al papel, aunque también había momentos en que no estábamos ni en la cama ni en el café. Me dediqué a vivir mi vida de soltero y a relatarla minuciosamente en grandes libretas. Año tras año escribía todo lo que hacía con esas mujeres y sin esas mujeres y contaba mi vida como escritor o como aspirante a escritor.
    

Muchos años después, más o menos en 1985, fue fundada la revista Línea,  y recibí la invitación a colaborar semanalmente. Se me dio absoluta libertad para tratar cualquier tema que quisiera en el tono que más me acomodara. Se me ocurrió la idea de sacar historias de esos cuadernillos que había escrito a lo largo de los años. Eran en realidad mis diarios: en los que apuntaba no sólo mis relatos de aventuras amorosas o gnoseológicas —lo fundamental era describir los comportamientos femeninos dentro y fuera de la cama, en un intento de captar algo como el espíritu femenino por medio de la carne; en otras palabras, era una especie de fenomenología de la mujer. Pero no se trataba de un simple estudio de las mujeres, sino que tras ello había un empeño personal: el de encontrar una mujer a mi medida, una mujer que detuviera el flujo de mujeres por mi vida, por mis cuadernos diarios y finalmente, por mis libros. A mis entregas semanales las títulé Diario de un frenético.  Pocas revistas se han leído tanto y con tal fruición como la revista  Línea.  Se leía en las oficinas de la Universidad Veracruzana, en las de gobierno, en los cafés, se hallaba en las mesas de los consultorio y en muchos otros sitios. Evidentemente interesaba el tema erótico, pero también la chismografía que se tejió en torno a los artículos semanales. La curiosidad estaba motivada sobre todo por un par de razones: Xalapa era una ciudad bastante provinciana y muchos de los personajes, particularmente de  las  protagonistas, eran o se pensaba que eran personas reales, en ocasiones esposas o hermanas o hijas de políticos encumbrados o personas de alta alcurnia intelectual o social.  El diario de un frenético  fue publicado durante quizás dos años, hasta que comenzaron a haber manifestaciones de personas prestantes, que pedían que terminara aquel aquelarre. Un periódico de la localidad, en voz de su director – que ahora es una estatua y un centro cultural, una colonia de Xalapa y muchas otras cosas— solicitó al rector en turno de la Universidad Veracruzana, que se expulsara al autor. Además el honestísimo señor hizo gestiones para que gobernación expulsara del país a quien calificó como corruptor de la sociedad y denigrador de la mujer veracruzana. Los ataques no progresaron en aquel tiempo porque el autor del Diario de un frenético, viéndose en apuros y sin poder alguno, solicitó la ayuda de Gabriel García Márquez. Gabo se ocupó del asunto y el escándalo fue acallado.   Sin embargo el  Diario de un frenético siguió siendo publicado hasta que la revista  Línea desapareció.


25 de julio de 2016

Hechos y fotos en vacaciones del 2016

Sleeping beauty
Primer día de vacaciones: 
Voy a enumerar, mientras espero que me entreguen la habitación en el Hotel X (mi máneger tiene la simpática costumbre de cambiar en cada ciudad a la que vamos dos o tres o cuatro veces de hotel en una sola semana) en la ciudad X.
      1. Un solo día en el Hotel Rivoli basta para que MT pierda la línea que ha mantenido con tanto esfuerzo natatorio durante todo el año (el buffet del restaurante es extraordinario, muy variado e irresistible) (no publicaré fotos porque mis panzas son contingentes; no permanentes... y publicarlas, perjudicaría mi imagen de superhéroe casi senil).
      2. Ayer en una parada que hizo mi corcel Jetta Black 12 en la carretera cometí uno de mis escasos "lapsus magnáticus": compré, por una suma algo onerosa, una cabaña de madera que espero puedan instalar en la azotea de mi casa. La vi al borde de la carretera y me dije "voy a cumplir mi sueño de tener una cabaña por estudio".  Y anoche tuve pesadillas recurrentes: soñé que la cabaña no podía entrar por el garage y que por lo tanto sería imposible elevarla hasta en tercer piso de la Mansión Garrapata. El caso es que la cabaña se vende armada por completo y se entrega así. (Como es lógico mi máneger se opuso a que la comprara y yo hice mi sacrosanta y esporádica voluntad).
Vacation fachon

    3. Mucho sol: ya estamos de color chocolate.
     3.1 La cuota de sufrimiento: varias horas en un enorme centro comercial siguiendo a mi máneger que salió con dos pares de zapatos y un esnorkel. Namás.
Haciéndole la corte a un muñeco cadete


4. Estoy leyendo Infieles de Joyce Carol Oates. Narraciones excelentes, profundo conocimiento de la naturaleza humana. Es una especie de Chéjov contemporáneo.
     5. En un par de días llegará Adolfo Montaño Vivas a Xalapa. Se puede decir que es la persona que más admiro en el mundo. Sobre sus andanzas adolescentes escribí mi novela Los placeres perdidos a la que le dieron el Primer Premio José Eustasio Rivera hace muchos años.
     5.1 A las cuatro de la tarde del viernes  29 tendremos una reunión con Adolfo en casa de la maestra Estela Cuervo.
     6. Pausa: ya nos dieron la habitación.


Nuestro senil superhéroe

17 de julio de 2016

Diario de MT en fotos

A TI TE NECESITAMOS EN EL GRUPO 
"EL PLACER DE ESCRIBIR"


El 13 de agosto iniciaremos. Estoy convocando a escritores hechos o por hacer. Quiero reunir a un grupo de personas durante tres horas los sábados en un sitio hermoso, acondicionado para el efecto. Compartiremos trabajos literarios y daré asesorías en corrección, lectura y trámites de publicación. Interesados escribir a aguilera.marcotulio@gmail.com
También haré asesorías en línea.
Siete asesorías presenciales y cinco en línea.
A la derecha Becerril, el primer aceptado en el grupo El placer de escribir,
que comenzaré en agosto. Sentado el escrirtor Chimal.


Portada el libro en proceso. Supongo que estará listo en octubre
Recordando a Carlos Fabre, el invencible campeón:
nadie le ha ganado en México:
a los 70 años hace 29 segundos en 50 metros libres

Haciéndole propaganda a Addidas.
Pintando, limpiando y ordenando mi estudio tiré
a la basura un montón de recortes.





12 de julio de 2016

Engelbert Valpeoz en Xalapa

Foto del encuentro de Engelbert, con quien pronto espero
iniciar grandes proyectos.
No quiero dejar pasar la ocasión de dejar registrado en mi blog el encuentro con Engelbert Valpeoz, ex director editorial de Newsweek en español y hoy editor independiente con grandes planes. 
Durante algunos meses escribí artículos en Newsweek y en ella apareció el artículo más elogioso que se haya publicado sobre mi obra literaria con el pomposo título de El nuevo gran escritor latinomericano... y a más de ello mi nombre apareció en portada, al lado de Angelina Jolie. 
Hoy, ya como editor en ciernes, Engelbert me detalló sus planes, entre los cuales estoy incluido. En sus manos se llevó varios de mis libros. Hicimos repaso de lecturas, gustos, amistades, y coincidimos en todo. 
No es asunto intrascendente que un redomado steppenwolf como MT encuentre un amigo a primera vista y que éste resulte editor.


Leer arriba a la izquierda

10 de julio de 2016

El libro de la vida


En 1988, cuando ese personaje indefinible que se llama Marco Tulio Aguilera y que soy yo tenía treinta y nueve años, vio publicada su novela Mujeres amadas en la Editorial de la Universidad Veracruzana. Hoy, 15 de junio de 2016, veintiocho años después, a la edad considerable (escribiría Borges) de sesenta y siete años y noventa días, he hecho la última corrección y lectura de El sentido de la melancolía, sexta novela de la serie que he llamado El libro de la vida. Lejos estaba MT de imaginar en 1988 que Mujeres amadas sería la primera de una serie de novelas que seguirían a Ventura, el mismo protagonista (mujeriego, deportista, estudiante de violín y de la vida, excesivo e irresponsable en casi todo), a lo largo de varias décadas, y que estaría ocupado tantos años (¡veintiocho!) en un solo proyecto novelístico que llegaría a comprender Las noches de Ventura, Buenabestia, La pequeña maestra de violín, La hermosa vida, La insaciabilidad, Doctor Amóribus, La plenitud del amor, El sentido de la melancolía y Sin máscara frente al espejo, además de la que anoté en el primer párrafo. Anoto nueve títulos, pero en realidad son siete los que merecen ser citados, pues La plenitud del amor aunque está escrita, no me satisface y (por ahora) no pienso publicarla. Solamente a partir de la segunda, Las noches de Ventura (Editorial Planeta en México; Plaza y Janés en Colombia , bajo el título de Buenabestia) publicada en 1995, siete años después de la primera, fue que cobré conciencia de lo que estaba haciendo y de lo que pensaba hacer y ello lo registré en un pequeño prólogo que decía: No oculto desde ahora el tamaño de mi ambición. Aspiro a narrar sin pudor alguno, a mi placer y en mi estilo, la historia de una sensibilidad exaltada. Si no alcanzo la calidad, por lo menos aspiro a las dimensiones de El Cuarteto de Alejandría, La crucifixión rosada o En busca del tiempo perdido. Y aventuro que haré cualquier cosa menos aburrir al paciente lector. Me ampara en mi osadía la sentencia de san Pablo: “El Señor no juzgará al hombre por sus sueños”. Por lo menos en términos estadísticos puedo decir que he cumplido. Las ocho novelas están escritas; cinco publicadas en un archipiélago de editoriales (CONACULTA, Universidad de Puebla, Plaza, Planeta, Universidad Veracruzana, Incunábula); una al borde de la publicación (espero); las otras tres terminadas (en busca de editor dos de ellas; una sufriendo el insulto del polvo o la luz de la resurrección). En lo que respecta a la calidad y a la pregunta de si están a la altura de sus modelos y de sus autores (Durrel, Miller y Proust), me reservo (obviamente) el juicio. Si es difícil lograr un record mundial (en natación, deporte de senectud por excelencia, que practico desde hace cinco años con buen éxito y algunas medallas máster) más difícil es estar a la altura de las obras maestras de la literatura universal. Pero hay que intentarlo sin dudar un instante: si cuando te sientas ante la máquina de escribir y el papel en blanco no piensas que vas a escribir una obra de arte, mejor dedícate a algo más productivo como cosechar legumbres o construir casas. Los más frecuentes acercamientos críticos (los más cómodos) han insistido en el bastón fácil del alter ego: Ventura es Marco Tulio (y/o a la inversa). Mi protagonista comparte mis gustos: las mujeres, el violín, el deporte, los libros, la filosofía, algunos autores (Miller, Dostoievski, García Márquez, Rubem Fonseca, Thomas Mann). En mi descargo he de decir que inventé bastante, estudié mucho, tergiversé, exageré, sutilicé, edité, corté, mejoré o empeoré la realidad, le busqué un sentido y quise hacer que cada novela fuera completamente independiente de las demás… y de mi vida real. Y básicamente no quise hacer autobiografía (como Vivir para contarla, un largo “canto a mí mismo”) sino una obra en la que estuviera cifrada, si no descifrada, una existencia que debería (de) tener (de alguna forma) un sentido, un fin. Y sobre todo, que no se ocupara solo de los éxitos sino fundamentalmente de los fracasos y las sombras. Más que héroe, Ventura es antihéroe, por lo tanto mi anverso: lo que yo siempre he querido ser es superhéroe. Si me preguntaran en un examen de tesis de grado cuál es el tema de la serie de novelas, yo respondería sin dudarlo otro instante: la búsqueda del amor, del placer y de la virtud (en ese orden), además investigar (como Freud) qué diablos quieren las mujeres; y en últimas lo que intento es alcanzar el perdón de las personas a las que he ofendido y… sí, la salvación de mi alma (o de lo que sea). Hay algo de patético en el proyecto: compréndanme, así soy yo. De estas novelas se han hecho toda clase de juicios, algunos propicios, otros adversos, otros más condescendientes. El mayor elogio me lo hizo la poeta mexicana Silvia Sigüenza (persona de juicios en general feroces): “No entiendo cómo un hombre puede saber tantos asuntos secretos sobre las mujeres”. Un escritor mexicano cuyo nombre no puedo recuperar ahora calificó una de las obras como “sex fiction”. Otro dijo que Mujeres amadas podía ser la novela amorosa de la década. Un tercero dijo que esa novela era aburridora hasta la página 100 y que después se arreglaba. De La insaciabilidad hubo grandísimos elogios en varios países (muchos de ellos emitidos por amigos del autor). El sentido de la melancolía fue descalificada por el lector de una prestigiosa y caprichosa editorial y arguyendo que estaba mal escrita, llena de lugares comunes y obviedades (puñalada trapera a un autor que se trabaja sus obras con esmero y que considera buen estilista). Como curiosidad voy a reproducir el comentario reciente de mi amiga de Twitter Gabriela Humphrey a La insaciabildad: “Hola maestro…sigo leyendo, lenta pero segura su libro; he de decir que su libro es como un rollo de cajeta: no me lo puedo acabar de una sentada porque nunca volvería a comer cajeta, que es mi dulce favorito de todos. Lo gozo como a mí me gusta…Pero temo a dónde me va a llevar la historia o si no me va a llevar a ningún lado, solo al miembro de Ventura, o a su cabezota, que, insisto, la tiene abajo del ombligo como todos los hombres… Ventura, el protagonista, me enseñó lo que la gente no está ni dispuesta a pensar sobre sí misma… Me habla de que Ventura hubiese hecho el amor hasta con su gatita… Hay hombres así. En fin, me encantó el humor, la narrativa y sí le digo que sus personajes causan shock, su grado de conciencia es apenas el indispensable para que no los apedreen por donde van. En fin. Yo me di cuenta con su libro que todos mis personajes hacen cosas malas, pero siempre la conciencia los corroe, todos están muy conscientes de lo que pueden perder… No me vaya a entender mal, solo quiero decir que su libro me pareció fuerte en cuanto a la conciencia corpórea de sus personajes. Ventura es un misógino, mujeriego, pedófilo, vigoréxico, antipático a veces, narcisista, atrevido, simpático, erudito, alcohólico, un pecador sin redención posible. Eso hace que atraiga personalidades iguales y pues esa carga de su forma de ser hace la lectura muy interesante y uno se da cuenta que de algún modo todos tenemos algo de esas cosas y no nos atrevemos ni a pensarlo. Así que, ¡bendita escritura!, porque puede uno decir de mil formas lo que no está permitido ni pensar. Ya no sé si me estoy explicando, pero no se mortifique pensando que he dicho algo malo de su libro, al contrario, disfruté mucho la disección (que es la mía también, tal vez)”. Espero que algún día una editorial publique los siete (u ocho) libros juntos. Mientras tanto sigo puliendo los dos últimos y preguntándome si habrá un octavo (o noveno) o si simplemente me dedicaré a entrenar natación, a ser feliz y a reunirme con un grupo de jóvenes escritores que me ayuden a navegar los años que me faltan a cambio de acompañar sus proyectos.

7 de julio de 2016

Un cuento tristemente célebre

La publicación de este cuento ocasionó que se cerrara el único suplemento literarío que había en Xalapa en los años noventa. Se relata la historia trágica de quien fuera administrador de la Orquesta Sinfónica.

 

UN MUERTO SIN ESTATUA

 Es menos desconcertante que te dé por el culo un viajante que un obispo

Auden



Lo conocí en el Cine Radio, uno de esos sórdidos lugares que nunca faltan en cualquier cuidad, por recatada que parezca. Especie de palacio de ópera o de sala de conciertos, el Cine Radio en algún indiferente pasado tuvo su época de esplendor, en la que sin duda albergó orquestas sinfónicas, compañías de zarzuela y acaso a una María Callas o a un Beniamino Gigli.
         El Cine Radio es el inevitable lugar común de los pueblos chicos que se convierten en ciudad: de mansión de arte a sala de pornografía. En la actualidad no es sino las ruinas de lo que fuera y su estructura grita al cielo la derrota de sus glorias. 
         No me tocó tener a Cervantes a mi lado en el gallinero del cine Radio (una especie de
circo romano de dimensiones monumentales, con asientos de cemento, sumido en una oscuridad verdaderamente criminal), donde la acción era más cruda y cada cual se ocupaba más de los suspiros ajenos que de los propios y había muy poco respeto por las perversiones ajenas. Me tocó justo abajo, en platea, en medio del ágora, donde quien se considerara relativamente decente podía estar a salvo. (Era claro que ninguna persona que quisiera pasar por respetable —respetable del todo— se atrevía a franquear las enormes puertas del Radio.)              Yo me había sentado muy lejos de todos, donde podría disfrutar con entera libertad. Acababa de rebasar la adolescencia y las mujeres de carne y hueso simplemente no mostraban interés alguno por mi modesta persona—secretamente modesta: la verdad es que nadie tenía mejor opinión de mí mismo que mi propia conciencia afiebrada—.  Trabajaba en el nuevo diario de la ciudad y lo mío era todo lo que no fuera sociales. Al Radio iba en busca de mujeres extraplanas, quizás en venganza contra las de tres dimensiones, que me ignoraban arteramente.
        
Súbitamente fui consciente de que a mi lado había una presencia inquieta. Inquieta e inquietante. Lo supe porque sentí una respiración pesada y una especie de fetidez como la que emitiría una de esas entidades nunca definidas que sólo aparecen en los antros de la pesadilla. Imaginé que el hedor partía de un reptil, de una criatura que se acercaba a sus víctimas no con sigilo y entera seguridad, sino con torpeza de principiante. (Es claro que por esos días estaba intoxicado con todo tipo de literatura. Tal vez fuera Lovecraft el culpable de mis obsesiones y temores de entonces.)
         Todo él era un acezar, un jadeo más animal que humano. ¿Qué buscaba ese hombre, esa criatura deplorable?  No quise investigarlo.
         Me puse de pie rápidamente, salí, y eché a caminar. Cuando iba por el Parque Juárez me di cuenta que un Ford negro, anticuado, casi de museo, brillante como una aparición, me seguía. Avancé por Úrsulo Galván, doblé hacia los Lagos y llegué a la estatua de San Sebastián.
         Súbete, muchacho, me dijo con voz temblorosa, yo te llevaré hasta donde quieras.                     Caminé más aprisa, tomé una calle en contravía y cuando creí haberme librado de él, me salió al frente y me cerró el paso.
         —Quiero que escuche dos palabras —dijo tartamudeante—. Sólo dos palabras, por caridad.  Sé quién es usted. Necesito contarle algo.
         Lo empujé y seguí caminando.
         Ya cerca del Monte de Piedad, Cervantes subió el auto a la banqueta, me cerró el paso, descendió y casi suplicante me pidió de lo escuchara por un minuto.
         Estuve a punto de ceder a su solicitud cuando vi sus ojos: unos ojos turbios y tristes, que daban lástima y espanto. Imaginé que quería sincerarse conmigo, contarme alguna historia terrible al amparo de unos tragos. Quedaba en mí la sospecha de que quisiera otra cosa. Y eso —tengo que aceptarlo— me asustaba.
         La verdad es que mi espíritu cristiano es débil y yo tenía asuntos urgentes esa misma noche. Se trataba de una crónica de la que no vale la pena ni hablar.
         —Sólo le pido 30 minutos de su vida —dijo con voz trémula.
         Todavía nadie se había suicidado por mi culpa y no estaba seguro de querer iniciar la cuenta. Acepté.
         Me llevó a la cantina del Tío Mikey, pidió una botella de Tequila 30-30 y se sentó al frente mío. No dijo una sola palabra. Sólo juntó las manos, como si estuviera rezando y me miró. Imaginé que con su mirada quería transmitirme todo lo que no se atrevía a decir. Yo, que soy, que era —lo que estoy contando sucedió hace quizás once o doce años—más escéptico que curioso, lo dejé disfrutar de su pena, me tomé dos tragos, dije que iba al baño y ya no regresé.

Semanas más tarde tuve noticias de Cervantes, del profesor Cervantes —pronto tuve información abundante sobre él—: fue también el relato de un abordaje. Un abordaje que concluyó de manera deplorable con toda esta historia. Reproduzco un texto periodístico: "Lo conocí en el Cinema Pepe cuando veía una película de terror. Se me acercó  y me preguntó qué me parecía la película. Le contesté que bonita pero aburrida.  Entonces el profesor me invitó a su departamento a ver unas películas francesas muy especiales. Cuando llegamos a ese lugar me dijo descaradamente que me bañara y luego me pidió que lo usara:  Quiero que me uses, muchacho, dijo, con toda confianza, y después quiero que me dejes usarte y que no protestes ni te quejes ni le cuentes a nadie lo que va a pasar. Si lo haces, nada te faltará. Te compraré ropa, comida, alguna propiedad, te buscaré trabajo, te daré educación. Eso me dijo.”
         El personaje objeto del abordaje se pregonaba pobre. Concluyó que el negocio era bueno. Que el trabajo no tan difícil y el dinero fácil. “Si lograba juntar un dinerito hasta podría casarme".

Habrá de decirse sin mucho aderezo que así como Cervantes tenía dos vidas perfectamente diferenciadas que salieron a la luz tras la tragedia, tenía dos casas completamente distintas. En su casa de Azueta vivía con su nana, una viejita de casi noventa años, a la que adoraba y quien nunca se enteró de los secretos de su ahijado. Allí nadie del ambiente nocturno lo visitaba. Sólo recibía a artistas, músicos, gente del arte, la ciencia y el poder. Allí estudiaba, escribía, manejaba sus negocios musicales y administrativos.
         En su apartamento de Altamirano, por otra parte, disponía de una cama, un gran equipo de sonido, su televisión panorámica con pantalla gigante, una videocasetera. Todas las paredes estaban cubiertas por alfombras rojas, los cielos rasos con espejos, los armarios llenos de objetos propios para sus fechorías o deleites. (Todos estos detalles los tomo de recortes periodísticos del otro diario. Espero que sepan disculparme el abuso de confianza.)

Antes de que sucediera el infausto suceso que dará fin a esta historia, acepté reunirme con él por segunda vez. De nuevo en la cantina del Tío Mikey, de nuevo tequila 30-30, de nuevo silencio. Mi propósito de investigar su vida se vio frustrado. Tengo que confesarlo: la curiosidad no era malsana, simplemente profesional. Quería escribir un reportaje de altura. Nada tan conmovedor como los pecados ajenos. Se siente uno virtuoso al enterarse de ellos. Eso lo sabe cualquiera. Tengo una disculpa: en este pueblo los temas son escasos: la niebla, escándalos de corrupción política, algún conferenciante de segunda.
          Lo miré casi con cariño, acaso con un poco de pena. Tez oscura y barba muy cerrada, cuyas sombras hacían pensar en un rostro mal lavado; ojos eternamente turbios, no tanto por su naturaleza, sino (conjeturé) por la interminable angustia de sus noches y las pasiones que le dejaban el blanco del cristalino inyectado en sangre.
         Usaba anteojos de vidrio espeso, que velaban el hálito de maldad o inconciencia que emanaba de su mirada. Anteojos con marco de  plástico negro, poco elegantes y siempre amarillentos. En el vestir no tenía estilo alguno. Más bien parecía usar cualquier cosa, siempre barata, como si le molestara ostentar algún lujo, cuando podría usar Armani, Pierre Cardin, trajes de cuatro o cinco millones, como el rector o como don Raciel, y nadie se lo habría reprochado. (Eran los tiempos en que el rector de nuestra universidad usaba la Sinfónica para sus fiestas y en una sola botella de vino —Chardonais, creo que se llamaba uno bastante célebre— podía gastar lo que vale un buen auto. Lo apodaban Ludwing el rey loco de Baviera...)
         Perdón, regreso a mi historia. Lo demás es una larga novela que quizás algún día escriba. Si antes no sucede alguno de los acontecimientos que están haciendo que nuestro pueblo pierda su inocencia. Ya se sabe: a medida que se contamina el aire comienza a ennegrecerse la conciencia.
         El profesor Juval Cervantes usaba guayabera, pantalón oscuro, zapatos negros. En su muñeca izquierda un reloj-calculadora de plástico. Esa era la única vanidad que exhibía. El pelo apretado como el esmeril. La nariz un puñito apretado, una especie de corbatín sin forma.
         Extraño es que aunque llegó a ocupar un lugar eminente —administrador y casi dueño de la Sinfónica— no cayera en la tentación de cambiar su imagen de don Nadie. Nunca hubo mejor administrador y organizador. Aunque odiara a las mujeres (y lo pregonara con absoluta seriedad), se valía de ellas para formar sus cuadros administrativos, que le obedecían militarmente. Con mujeres Cervantes alcanzaba altos niveles de eficiencia y se evitaba, de paso, la tentación de los mozalbetes, a quienes usaba solamente para sus negocios del cuerpo. 
         —El primer gran alboroto público en el que me vi envuelto fue motivado por una trampa que me tendió el dueño del viejo cine Lerdo —. Por fin escuché su voz, una voz semejante del todo a su figura: cascada, en derrota.
         —¿El Cine Lerdo?
         —Sí, ese fue el primer lugar donde nos encontrábamos los solitarios. Después, cuando lo rehabilitaron, nos pasamos al Cine Radio.
         Juval Cervantes dijo que el dueño del Lerdo estaba hastiado de los ataques de don Raciel Valenti, el viejo moralista y poseedor del único diario por entonces del pueblo. Que el Lerdo era el refugio de las más grandes degeneraciones y aberraciones contra natura, escribía don Raciel en sus célebres Epístolas Profanas. “Y tanto insistió don Raciel, que el dueño del Lerdo me puso una trampa de alimaña en conciliábulo con un adolescente traidor y hermoso. La carnada coqueteó unos días conmigo y me ofreció con los ojos y el caminar lo que siempre buscaba”.
         —¿Qué buscabas, Cervantes?
         —No lo sé. Algo como la juventud, la fuerza, el poder de los muchachos.
         —Luego vinieron las palabras en la oscuridad y los roces. Hasta que un día el mancebo arregló todo. En el momento en que yo le estaba dando todo mi cariño, dejó caer unas llaves, se encendieron las luces del cine y me agarraron como a una rata royendo el queso. Tres policías me detuvieron, un notario dio fe del asunto y terminé en la cárcel.
         De allí salió gracias a la señora O’ Donnel, eterna benefactora de la Sinfónica.  Ella pagó una enorme fianza, indemnizó a los padres del afectado (aquí valdría la pena incluir un par de carcajadas) y se llevó a Cervantes a Sinaloa, donde lo convirtió en secretario privado del Director de Cultura. Pasados los meses el recuerdo de su eficiencia hizo que se le llamara  para rescatar a la Sinfónica, que había caído en un bache a causa de la deserción del director, un tal Lenormour.  Regresó pues el profesor Juval Cervantes a administrar la Sinfónica y cumplió a cabalidad.
         Con el crecimiento de su influencia y el manejo de excedentes del presupuesto, Cervantes logró tener a su merced no a uno o dos mancebos, sino a todo un harem de jóvenes, en general magníficos y atléticos, a los que trataba despóticamente, teniendo sin embargo, siempre, preferencia por uno, al que pregonaba amor. Si fue fiel o no, se ignora. Las revelaciones que surgieron a raíz de su muerte hacen sospechar que lo suyo no era la fidelidad sino las vías retorcidas.
         El criminal declaró, "ante la alta presión psicológica de los investigadores" —sobra hacer notar el eufemismo de los redactores de la nota roja—, "que el Profesor había pedido que lo usara contra natura y que luego se negó a liquidar el pago de sus servicios. Cuánto se negó a pagar, preguntó el agente del ministerio público. Tres pesos, respondió el criminal. ¿Se arrepiente de haberlo hecho? No, dijo sereno, me siento feliz, orgulloso, y sé que muchos en secreto se solidarizarán conmigo. ¿Por qué? Porque el profesor me trató muy mal, era un déspota y yo ya había soñado con asesinarlo desde el momento en que por primera vez sucedió aquello.  Después de que me usó, me sentí débil, vomité, dormí un rato. Y cuando desperté, no me quiso pagar.”
         No todo era sombra nefasta y eficiencia administrativa en Cervantes (Doctor Jenkill y Mister Hyde siguen recorriendo las calles de muchas ciudades del mundo). Su sensibilidad artística fue cantada por músicos de alcurina. Llegó a escribir un libro ya clásico sobre Arthur Rubinstein, a quien siguió en sus giras por el mundo con celo de amante despechada.
         Nadie como Juval Cervantes para escribir las crónicas de los conciertos, las entrevistas a los virtuosos que visitaron la ciudad, los programas de mano. Nadie como él para negociar con celebridades. El profesor Cervantes fue quien trajo a Emil Gilells, Pablo Casals y Rostropovich a la ciudad. El profesor fue quien los paseó por los alrededores, les cumplió sus caprichos, les gestionó los cheques extraordinarios.
         También fue músico, pero esto es casi un secreto. Cervantes insistió en mantener ocultas sus dotes. ¿Cómo llegó a ser pianista? Con enorme esfuerzo, sin duda. Huérfano de padres desconocidos, fue abandonado a la puerta de la Casa Sol cuando tenía un mes de vida. Poco se sabe de su infancia y adolescencia. Fue adoptado por una vieja dama, de esas de piano de cola y solfeo. El niño Juval Cervantes Duval —tal era su nombre completo o por lo menos el que usaba— comenzó a trajinar las teclas hasta que mostró instinto natural y la vieja dama supuso que no sería acción sin recompensa darle pinceladas de educación a aquella especie de criatura silvestre que parecía sublimarse frente al piano.
         Imagino que en sus primeros años, todavía incierto de su rumbo sexual y de sus últimos placeres, pero con las tendencias ya definidas aunque no racionalizadas, Cervantes desfogaba sus pasiones en escalas infinitas. Conjeturo que llegó a un punto en el que tuvo que optar entre la apoteosis de los concertistas y las modestas labores de pianista de segunda. Apuesto que no pudiendo abandonar los reflectores, buscó un camino paralelo, como sería el de la difusión cultural, que le daría acceso a Menuhin, Abbado, Plácido Domingo, con quienes trató en confianza, pues su erudición en asuntos musicales y su don de gentes —siempre que estuviera lejos del Cine Radio y sus adictos— no eran cortos.
         Que haya habido un autor intelectual tras el asesinato, es dudoso. Los detalles del hecho fueron tan poco elegantes que ningún asesino premeditado habría utilizado esas armas tan domésticas y primitivas: un cuchillo de mesa romo y dentado, y un bastón de bastonera de desfiles.
         ¿Es concebible que una persona que tuvo la sensibilidad y el don para encantar a Pablo Casals, Henryk Zseryng y Rostropovich, pudiera terminar su vida con los calzoncillos a media pierna, embarrado en sangre y mierda, apaleado hasta caer de hinojos, descalabrado con un bastón de bastonera y con la tráquea destrozada por un cuchillo de mesa, y ello solamente porque no quiso darle tres pesos a un albañil que estaba cobrando sus servicios sexuales?
         Días antes de la tragedia, el asesino, quien tenía un horario de citas íntimas con Cervantes (sábados por la tarde, declaró a los periodistas —aquí las versiones se contraponen y lo mejor es dejarlas así, pues, ¿de qué sirve la verdad, si no es para agregar miseria a la miseria?) estaba sentado en el parque Juárez con su novia. La estaba besando en el instante en que llegó el profesor, quien lo increpó. “Prostituto, homosexual y degenerado”, así me dijo el infame, declaró el futuro asesino.
            Esa misma tarde el hombre fue a visitar a Cervantes para reclamarle. ¿Cómo es que usted, profesor, sí puede tener otros amigos y yo tengo que reservarme sólo para usted?, le preguntó humildemente. Cervantes le respondió: Porque yo tengo todo el dinero del mundo para comprarme todos los machos que quiera y tú eres un miserable albañil que me coge y a quien chupo la sangre por diez pesos. E inmediatamente le pidió que se bajara los pantalones, dulcificó la voz y le dijo humíllame, mi amor. El asesino, en lugar de hacerlo, empujó a Cervantes sobre la cama, le sacó un billete de la billetera y huyó. "Estuve tomando hasta el otro sábado, en que me tocaba visita conyugal con el Profesor. Cumplí la cita y pasó lo que pasó.”
         Días después del asesinato el  diario —el diario de la competencia— dio la noticia de que el profesor había padecido de una enfermedad incurable. Los parroquianos se dieron a las conjeturas: ¿Enfermedad incurable? Obvio. ¿Conclusión? El asesino se había enterado de la enfermedad incurable. ¿Total? El móvil de la venganza estuvo más que completo. Las declaraciones de los asiduos al profesor se desencadenaron. Sí, el profesor había padecido de la enfermedad maldita, lo que en lugar de mitigar su ansia sexual, se la estimuló y la llevó más allá, hasta el punto en que se convirtió en una especie de insaciablilidad. Los vecinos señalaron que Cervantes recibía a grupos de muchachos que podían llegar a diez y que en ocasiones éstos salían desnudos al corredor del apartamento en Altamirano.
         "X", uno de los ocasionales visitantes del Profesor, que dio declaraciones al programa Evidencias, de una cadena televisiva nacional, accedió a revelar detalles de la intimidad del hoy occiso. Lo primero que hacía el profesor cada vez que quería realizar sus desmanes, era poner música grandiosa, la obetura Semiramis, Los maestros cantores de Nuremberg  u otras de grandes coros y orquestas, cerraba los ojos y comenzaba a dar instrucciones, haz esto haz lo otro.
         Esta ciudad le debe gran parte de su esplendor a Juval Cervantes. Fue él quien le llevó las mañanitas al Coronel Tejar con la banda municipal y quien le sugirió que financiara una orquesta sinfónica; fue él quien reclutó a Herralde de la Reguera y lo trajo con engaños desde Roma para que se hiciera cargo de la Sinfónica, que estaba a punto de caer en ruinas; fue él quien se dedicó a repartir bonos para sostener la orquesta cuando el gobernador decidió retirarle el subsidio de un millón de pesos anuales. El profesor fue el artífice de la primera interpretación de la Novena de Beethoven y de la Octava de Malher, ocasiones en que el público aplaudió ininterrumpidamente durante quince minutos y veinte minutos respectivamente.
         La ciudad fue pacífica y culta, una verdadera Atenas, pero en los últimos tiempos ha habido una serie de crímenes atroces. El primero de ellos fue el del antropólogo Ferráez, que fue envuelto como un taco con una soga de muelle, amordazado y torturado, cubierto con una sábana y dejado a la intemperie, escurriendo sangre hasta la muerte. El segundo fue el de una lesbiana que recibió setenta puñaladas en el parque Bicentenario. Se conjetura que en la ciudad anda suelto un asesino de homosexuales, acaso una víctima del mismo Cervantes, que le dejó el obsequio de la enfermedad incurable.
         Habiendo sido tan adicto a los grupos de muchachos, no sería remoto que haya toda una corte de criaturos contagiados en la ciudad. Don Raciel cayó en cama después del asesinato de Juval Cervantes y el viejo diario suspendió sus investigaciones en torno al caso del profesor. Parece que el prócer está con un pie en la tumba y que no quiere que nadie se le acerque, acaso porque, habiendo tenido tanto poder, se ha creído inmortal y no quiere que nadie lo vea con las sombras de la muerte en el rostro.
         El tema de las dos vidas y los dos espacios de Juval Cervantes tuvo nuevas versiones. El diario Política publicó los siguientes datos. En su casa de Azueta, un caserón viejo lleno de muebles antiguos, cortinajes, columnas y estatuillas— reproducciones de Rodín, casi todas ellas— se hallaba la parte divina de su vida. Allí almacenaba tres vehículos: un Rolls Royce impecable, que sólo sacaba cuando debía ir por los directores de la sinfónica o los solistas; un Suburban, para grupos selectos de gente, y un Ford antiguo, para la vida diaria. Su lugar preferido era una enorme sala en la que había instalado una televisión con sistema digital de pantalla gigante. Allí veía sus videos de las grandes orquestas en compañía de estudiantes de música y de amigos del mundo culto. En su apartamento de Altamirano todo era de una austeridad franciscana (y de un mal gusto insuperable, agreguemos): apenas una sala mal acondicionada con asientos de vinil, y una recámara con una rústica y sólida cama extragrande. Sobre una  mesa de madera de pino sin cepillar se encontraba el equipo de sonido, de calidad dudosa, y otra televisión gigante, para las películas que acompañaban a sus orgías.
        Y así como era la división de sus espacios, su cielo y su infierno (afirma el periódico), era su vida: llegaba de un viaje a Bélgica, en el que se había entrevistado con los grandes directores de orquestas e inmediatamente corría a buscar a sus muchachos, entidades con aretes, tatuajes, olorosos a sudor rancio y perfumes baratos.

Hay una anécdota iluminadora que sucedió en una de las giras provinciales de la Sinfónica. Fue en Chicontepec, durante un concierto en la Asociación Ganadera. Un perro, antes del inicio del concierto, insistía en entrar al escenario y no había forma de sacarlo. El director, Herralde de la Reguera, decidió tener la fiesta en paz. "Déjenlo pasar. También las bestias tienen derecho escuchar La consagración de la Primavera", dijo. De modo que se dejó estar al perro, que se echó al lado del podio. Allí escuchó el concierto mientras miraba atentamente al director. Cuando éste salió del escenario acompañado por los primeros aplausos, el perro lo siguió tras bambalinas. Y cuando Herralde de la Reguera regresó llamado por el público, el perro venía detrás. Una y otra vez perro y director de orquesta entraron tras bambalinas y volvieron al escenario e incluso cuando el director se inclinó para agradecer, el perro también lo hizo.
         Como este perro fue Cervantes, que siguió a la orquesta por todo el mundo, con humildad, con cariño, cultivando como un huerto sellado una leyenda que guardó para sí, esa parte bestial, que desgraciadamente salió a la luz en sus últimos días. Tres pesos le hubieran bastado para conservar limpia su memoria.
         Juval Cervantes ya no podrá tener estatua, como sí la tiene don Raciel Valenti, de quien se conocieron tras su muerte asuntos aún más atroces, que fueron sepultados bajo siete sellos —yo conocí a la persona que mes a mes le llevaba un gran cheque a Valenti, para que no denunciara a los que estaban desforestando el Cofre de Perote, nuestra montaña tutelar, fuente de agua y de todo esplendor. Y, ¿saben quién era el presidente del Comité de defensa del Cofre de Perote? ¿Es necesario escribir su nombre?). La leve diferencia entre Valenti y Cervantes es que nuestro estatuario prócer era propietario del único periódico que establecía los límites entre el chisme y la verdad histórica. El precio de un ejemplar de su periódico era de tres pesos. No deja de ser curiosa la simetría de los números.
         Esta memoria no pretende rescatar a Cervantes ni condenar a Valenti. Si hay una justicia divina ella se encargará de arreglar las cargas que quedaron tan mal distribuidas en la memoria de esta ciudad.


                                                                                                          

 








3 de julio de 2016

Frases del Marqués de Sade

Del blog Nalgas y libros

1. Ningún acto de posesión debería ejercerse sobre un alma libre.
2. El cuerpo es el templo donde la naturaleza pide ser venerada.
3. La felicidad es ideal y utópica, es obra de nuestra imaginación.
4. La posesión de una mujer es tan injusta como la posesión de esclavos.
5. Mátame o acéptame tal y como soy, porque jamás cambiaré.
6. La verdad suscita menos imaginación que la ficción.
7. El amor es más fuerte que el orgullo.
8. No está en mi poder cambiar como soy. Y si lo estuviera, no lo haría.
9. La conciencia no es la voz de la naturaleza, sino del prejuicio.
10. La persona más afortunada es aquella que posee más medios para satisfacer sus antojos.
11. El orden social a cambio de la libertad no es un buen trato.
12. Las religiones son la cuna del despotismo.
13. La idea de Dios es el único mal que no puedo perdonar a la humanidad.
14. La ignorancia y el miedo son las bases de toda religión.
15. No perdáis de vista que la felicidad del hombre yace en su imaginación, y que no podrá conseguirla si no satisface sus caprichos.
16. El ser humano es tan culpable de seguir sus impulsos como el Nilo lo es de las inundaciones o el mar de las olas.
17. La destrucción, y por ende la creación, es uno de los mandatos de la naturaleza.
18. La mayoría de las personas militan en contra de las pasiones sin pararse a pensar que es su filosofía retrógrada lo que las aviva.
19. ¿Hay algo más inmoral que la guerra?
20. La crueldad, lejos de ser un vicio, es el primer sentimiento que la naturaleza nos infunde.
21. El sexo es tan importante como comer o beber, y debemos satisfacer este apetito con tan pocas restricciones y falso decoro como los otros.
22. A juzgar por el conocimiento expuesto por teólogos, solo podemos concluir que Dios creó a la mayoría de los hombres simplemente para abarrotar el infierno.
23. Los principios morales universales no son más que caprichos inútiles.
24. El pasado me motiva, el presente me excita y no tengo miedo al futuro.
25. El sexo sin dolor es como la comida sin sabor.
26. No es mi manera de pensar lo que me ha traído mis desgracias, sino la manera de pensar de otros.
28. Las pasiones de la lujuria son inexorables. La lujuria exige, provoca y tiraniza.
29. Para conocer la virtud, primero debemos familiarizarnos con el vicio.
30. ¿Acaso podemos convertirnos en alguien diferente de quien somos?
31. El único camino para conquistar el corazón de una mujer es a través del tormento. No conozco otro tan seguro.
32. Si Dios mató a su propio hijo como a un ternero, me estremece pensar lo que haría conmigo.
33. Solamente a través del dolor puede alcanzarse el placer.
34. El placer sexual es la pasión que gobierna al resto, pero en la que todas se unen.
35. La lujuria es al resto de pasiones lo que el fluido nervioso a la vida. La ambición, la crueldad, la avaricia, la venganza… todas se basan en la lujuria.
36. Si las leyes permanecen como hasta ahora, seamos discretos; las opiniones fuertes nos obligan a serlo. Pero en la privacidad y el silencio, seamos nosotros mismos para compensar la cruel castidad que nos vemos obligados a manifestar en público.
37. El carácter natural del hombre lo lleva a imitar a sus seres queridos tan bien como sea posible. Así ha sido como yo me he ganado mis propias desgracias.
38. Cualquier gozo disminuye cuando se comparte con otras personas.
39. ¿Acaso no son peligrosas las leyes que inhiben las pasiones? Compare los siglos de anarquía con los de mayor legalismo de cualquier país. Así verá cómo las mayores acciones aparecen únicamente cuando las leyes perecen.
40. La felicidad no se consigue con el vicio ni con la virtud, sino con la manera en que entendamos el uno y la otra, y con las decisiones que tomemos en pos de la conformación de nuestro propio ser.
41. La imaginación es el detonante de todos los placeres. Todo depende de la imaginación. ¿Acaso no es de la imaginación de donde nacen la felicidad y los placeres más intensos?
42. No existe una sensación más verdadera que el dolor. Su efecto es certero y fiable, nunca engaña, como lo hace el placer que las mujeres fingen y rara vez sienten.
43. ¿Son las guerras algo más que el medio por el que una nación se nutre, se fortalece y se protege?
44. La variedad y la multitud son los vehículos más poderosos de la lujuria.
45. Ningún hombre, si es de buena fe y sincero, negaría que prefiere que su amante muera a que le sea infiel.
46. El exceso de sensualidad hace que la pena abandone al hombre.
47. No existe ningún dios, la naturaleza se basta sin necesidad de un autor.
48. El mayor triunfo de la filosofía sería poder esclarecer la manera en que la Providencia pretende acabar los planes que tiene para el hombre.
49. Hasta que alguien me demuestre la infabilidad de los juicios humanos, exigiré la abolición de la pena de muerte.
50. La naturaleza, que para mantener las leyes de su equilibrio requiere a veces de vicios y de virtudes, nos impulsa de acuerdo con sus demandas.
51. Las conversaciones, como ciertas partes de la anatomía, siempre fluyen mejor cuando se lubrican.
52. Mi forma de pensar, según dicen, es absolutamente reprobable. ¿Acaso creen que me importa?
53. No hay mayor desgraciado que el que cambia su forma de pensar para complacer al resto.
54. ¡Joder! ¿También se espera que un hombre sea un caballero cuando está excitado sexualmente?
55. Algunas personas parecen crueles con otras, pero a veces es simplemente la única manera que conocen para cuidar de otros y sentir más fuertemente.
56. Si es lo obsceno lo que otorga placer a la lujuria, entonces cuanta más obscenidad, más placer debe haber.
57. No sé lo que es el corazón. Solo utilizo tal palabra para referirme a las flaquezas de la mente.
68. Debemos aplicar violencia al objeto de nuestro deseo. Así, cuando se rinda, el placer será mayor.
69. La verdadera felicidad yace en los sentidos, y la virtud no satisface ninguno de ellos.
60. Yo he estado en el infierno. Ustedes solamente han leído acerca de él.
61. La naturaleza ha otorgado a cada humano sentimientos bondadosos que no se deben malgastar en otros.
62. Supuse que todo debía ceder a mis deseos, que el universo entero debía responder a mis caprichos y que tenía el derecho de satisfacerlos a mi voluntad.
63. Espero que el resto de mi vida supere las extravagancias de mi juventud.
63. La imposibilidad de enfurecer a la naturaleza es la mayor angustia que el ser humano puede sentir.
64. Cuando alguien ha tenido suficiente de algo es porque ya ha tenido demasiado.
65. Entreguémonos indiscriminadamente a lo que piden nuestras pasiones, y así siempre seremos felices.
66. Mis pasiones, concentradas en un solo punto, se asemejan a los rayos del sol concentrados gracias a una lupa: los dos prenden fuego inmediatamente a cualquier objeto a su paso.
67. En una era de absoluta corrupción, la mejor actitud es hacer lo que hacen otros.
68. La belleza es algo simple, mientras que la fealdad es algo excepcional.
69. Está comprobado que la crueldad, el horror y el miedo es lo que procura el placer al fornicar.
70. El sexo debe ser un equilibrio perfecto entre dolor y placer. Sin esa simetría, el sexo se convierte en una rutina más que en un deleite.
71. Los monstruos también son necesarios en la naturaleza.
72. Cada principio es un juicio, cada juicio el resultado de una experiencia, y la experiencia solo se consigue a través del ejercicio de los sentidos.
73. No son las opiniones ni los vicios del individuo lo que daña a un Estado, sino el comportamiento de las figuras públicas.
74. El crimen es el alma de la lujuria. ¿Qué sería del placer sin el crimen? No es el desenfreno lo que nos excita, sino el mal.
75. Las mujeres bellas solo deberían preocuparse por el placer, no por la procreación.